Valladolid ’13 – Capítulo IV: Bodegas Alfredo Santamaría, Concejo Hospedería y vuelta a casa (día 3)

Vamos con la última etapa del #saboreavalladolid, ese bonito blogtrip en el que pudimos conocer algunos de los rincones más interesantes de la provincia de Valladolid. En este artículo os proponemos un breve (pero intenso) recorrido por el patrimonio de Pucela, para después ir a visitar las entrañables Bodegas Alfredo Santamaría, en las que queda claro que lo tradicional no está reñido con el progreso. Por último, hacemos una cata y disfrutamos de una deliciosa comida en Concejo Hospedería, uno de los restaurantes vallisoletanos más afamados. ¡Acompañadnos! 🙂

Eso sí, antes de ver todo eso hay que cargar las pilas. ¿Se os ocurre mejor manera que en el delicioso buffet del Hotel AC Palacio de Santa Ana?

La mañana comenzó de la mejor manera posible: haciendo un recorrido por el centro de Valladolid, descubriendo algunos de sus grandes elementos patrimoniales. No fue una ruta convencional, ya que disponíamos de poquito tiempo, sino una especie de best of en base a los gustos de los que estábamos allí.

Empezamos por el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español, una de las principales instituciones culturales de Pucela. En este centro de arte se exponen obras desde 1918 hasta la actualidad, la mayoría procedentes de colecciones privadas. Pero más allá de grandes creadores (Manolo Millares, Jorge Oteiza, Esteban Vincente…) lo más interesante es la cantidad de actividades que se celebran: ciclos de cine, conferencias, actividades temporales…

 

De hecho, el motivo de la visita no era ver el museo en sí (entre otras cosas porque no teníamos tiempo), sino más bien su carcasa. Y es que si se llama Patio Herreriano es porque está ubicado en un claustro del antiguo Monasterio de San Benito el Real, una maravilla del siglo XVI llevada a cabo por Juan de Ribero Rada (aunque el nombre se debe a que siguió el estilo herreriano, tan de moda en España en ese periodo). Está muy restaurado, pero aun así es una pasada.

Eso si, ya que estábamos echamos un ojito por algunas salas. No pudimos ver gran cosa -una escultura de los reyes y una proyección audiovisual impresionante-, pero aun así fue suficiente para darnos cuenta de una cosa: el Museo Patio Herreriano merece la pena. Pese a que no somos muy amigos del arte contemporáneo, en una próxima visita a Valladolid le hincaremos bien el diente.

El caso es que estuvimos muy poquito tiempo, porque si queríamos aprovechar bien este paseo express era necesario darse prisa. Siguiendo con nuestra ruta, al ladito del museo nos topamos con la Iglesia de San Agustín, un edificio renacentista que en la actualidad es sede del Archivo Histórico Municipal de Valladolid. También muy cerca de ella está la Iglesia de San Miguel y San Julián, del siglo XVI. Y diréis… ¿Tres iglesias casi en la misma calle? Pues si. Valladolid tiene un patrimonio espectacular, no solo reflejo de los años en los que fue capital del Imperio Español (que también), sino del esplendor de la ciudad desde prácticamente su fundación. Ya lo hemos dicho varias veces, pero aun así volvemos a hacer hincapié: Valladolid tiene mucho que dar, pese a que quizá tenga menos “nombre turístico” que otras capitales castellanoleonesas.

 

Pero no solo de iglesias vive Pucela, también tiene una cantidad brutal de edificios nobles. El mejor ejemplo es el Palacio de Fabio Nelli, uno de los grandes edificios renacentistas de España. Es una joya del clasicismo, en la que tan importante es la fachada como su patio interior. Por suerte se puede ver todo libremente, ya que actualmente es la sede del Museo de Valladolid.

 

Otro edificio sorprendente, también a dos pasos de todo lo anterior, es la Plaza del Viejo Coso. Aunque hoy en día simplemente parezca un parque -o, por lo diferente que es del resto de Valladolid, una ciudad en miniatura- en realidad se trata de la primera plaza de toros que se construyó en la ciudad. Fue construida en 1833, tiene planta octogonal y en sus buenos tiempos llegó a albergar hasta 8.000 espectadores. A finales del siglo XIX fue abandonada, para después pasar a ser cuartel de la Guardia Civil y, por último, viviendas particulares. ¿No os parece espectacular?

 

La última parada de este bonito paseo fue la Plaza de San Pablo, que toma su nombre de la espectacular Iglesia de San Pablo (a pesar de tener mucho más patrimonio). No obstante, centrándonos en la iglesia, hay que decir que posee una de las fachadas góticas más espectaculares que hemos visto nunca. Tiene de todo: arcos, gárgolas, esculturas, armas, lápidas… Es preciosa, quizá el mejor ejemplo de la monumentalidad de Valladolid.

 

Junto a la iglesia está el Palacio de Pimentel, lugar de nacimiento de Felipe II. Hay una ventana diferente al resto (de la que cuelgan unas cadenas), por la cual -según la leyenda- el rey fue sacado nada más nacer para poder ser bautizado en la Iglesia de San Pablo. Y es que si hubiese salido por la puerta le habría correspondido la Iglesia de San Martín, algo que no interesaba a la familia real. Por lo visto no fue así del todo, pero es la típica anécdota que siempre se cuenta frente al palacio.

Y la plaza tenía mucho más, como el Palacio Real de Valladolid o el Colegio de San Gregorio (sede del Museo Nacional de Escultura), pero lamentablemente tuvimos que irnos. Había mucho que hacer esa mañana, por lo que Pucela queda en el tintero para una futura (y esperamos que cercana) visita.

BODEGAS ALFREDO SANTAMARÍA

Al margen del recorrido por Valladolid (que era más improvisación que otra cosa), ese día teníamos dos cosas gordas en el programa. La primera de ellas nos llevó hasta Cubillas de Santa Marta, donde nos esperaba el responsable de Bodegas Alfredo Santamaría para enseñarnos su zona de producción, su hotel rural y hasta su casa. Muy buena gente.

Nos hacía mucha ilusión conocer esta zona de Valladolid, la cual está acogida a la Denominación de Origen Cigales. Recordemos una vez más que en Valladolid hay cinco vinos D. O., que aparte de Cigales son Toro, Rueda, Ribera del Duero y Tierras de León.

Después de haber conocido gigantes como Yllera o Viña Mayor, en Alfredo Santamaría encontramos un proyecto de menor tamaño, aunque igual de interesante. Se trata de la típica familia vallisoletana que, durante generaciones, ha producido vino para consumo propio y que en un momento dado (esto ya no es tan típico) decide dar el salto y convertir en profesión su tradición. Durante algo más de una hora conocimos su planta de elaboración, su nave de crianza e incluso su bodega subterránea.

Cubillas de Santa Marta más parece Hobbiton (el hogar de los hobbits de El Señor de los Anillos) que un pueblecito vallisoletano, pues por todo el lugar se han excavado pequeños agujeros en el suelo que toda la vida se han utilizado como bodegas. Las condiciones son excelentes, ya que tienen una temperatura muy estable y tirando a reducida, por lo que el vino envejece en las mejores condiciones.

 

Pero Bodegas Alfredo Santamaría no solo se dedica a la elaboración de vinos. También tiene dos alojamientos rurales y un restaurante, en lo que ellos mismos denominan el Complejo Enoturístico Santamaría. El proyecto nos pareció interesantísimo por sí mismo (una experiencia emprendedora familiar que ofrece calidad a buen precio siempre es digna de mención), pero también porque demuestra que hay futuro para los pequeños pueblos. A veces pensamos que solo se puede vivir en grandes ciudades, pero complejos como estos representan que todavía es posible prosperar en el campo, donde la vida es mucho más auténtica.

El toque familiar que impregna a la bodega y a los hoteles rurales es el que, a su vez, marcó el final de nuestra visita. En una sala abovedada subterránea disfrutamos de un riquísimo aperitivo compuesto por embutidos y, sobretodo, por algunos vinos de Santamaría. Probamos varios, aunque especialmente nos gustó su caldo estrella: el tinto reserva Trascasas. Un excelente punto y seguido en un viaje que poco a poco se acercaba a su fin.

CONCEJO HOSPEDERÍA

La última estación de este excelente fin de semana enológico y gastronómico fue en Valoria la Buena, donde íbamos a conocer otro proyecto que nos ha dejado enamorados: Concejo Hospedería. Una mezcla entre bodega, restaurante, hotel, espacio para eventos y casi cualquier cosa que os podáis imaginar relacionada con el buen comer, el buen beber y el buen descanso.

En compañía del principal impulsor del proyecto descubrimos este antiguo palacio medieval, que ha sido restaurado para ofrecer alojamientos de una gran calidad a un precio más que correcto (unos 80€ la doble, más o menos). Dormir aquí tiene que ser una pasada, ya que es como hacerlo en una especie de museo etnográfico. En cada rincón del castillo (que, dicho sea de paso, es como un pequeño laberinto) hay objetos pertenecientes a la familia, los cuales recuerdan el modo de vida de nuestros antepasados: pequeñas prensas de vino, bridas para montar, aperos agrícolas… Lo que más nos gustó fue subir al torreón y disfrutar de las vistas de Valoria.

 

Más allá del alojamiento, el motivo de esta visita era disfrutar de dos nuevas experiencias enológicas y gastronómicas (las últimas del viaje). La primera de ellas fue una cata de tres vinos, que es una de las actividades que con frecuencia de desarrollan en Concejo Hospodería. Probamos tres vinos, elaborados por ellos mismos en su propia bodega. El que más nos gustó fue el Carredueñas Rosado, un joven de esos que se beben con muuucha facilidad. ¡Riquísimo!

 

Dado que lo propio es acompañar el vino con unos pinchos, en Concejo Hospedería las catas siempre se hacen maridadas (¡tres hurras por esa forma de entender las catas!). Gracias a eso probamos tres pinchos de autor, a cada cual más sorprendente: crema de morcillas con manzana reineta y peta zetas (no os imagináis que cosa más curiosa es estar comiendo morcilla y estar sintiendo chispitas en la boca), un cono de atún con perlas de aceite de oliva y una riquísima croqueta de chipirón.

Sin embargo, el plato fuerte (nunca mejor dicho) consistía en una comida en el restaurante del establecimiento: El Sueño del General. Allí, el prestigioso chef Jorge Gómez combina la tradicional cocina de mercado -en la que la base son los productos frescos de temporada- con las tendencias gastronómicas más vanguardistas. Está acompañado de Tanya Nieto, segunda de cocina y jefa de postres (mejor dicho, de deliciosos postres). Vais a ver, porque nos pusimos finos.

El menú que degustamos consistía en dos entrantes, dos platos principales y dos postres. En total, seis propuestas diferentes llenas de matices. Empezamos con un crujiente de cigala sobre salsa de pimientos de piquillo. Nos ha encantado esta idea, y de hecho la hemos incorporado (aunque no nos queda tan vistosa) a nuestra gastronomía, por lo que la hacemos en casa cuando viene algún invitado y queremos sorprenderle.

Segundo plato: gazpacho de mango con fresa y virutas de foie. Nos gustó mucho esta especie de gazpacho dulcecito, pero sobretodo su presentación, ya que lo sirven en un cubo de hielo. En verano tiene que ser una delicia.

Para los platos principales no hace falta presentación. El primero fue un delicadísimo bacalao con brotes sobre almejas y una salsa riquísima. A ninguno de los dos nos ha gustado nunca el bacalao, pero este lo probamos… ¡Y estaba exquisito! Dejamos el plato como si lo hubieran servido vacío. 😛

¿Y qué nos decís de este solomillo? Aquí sí que sobran las palabras:

En cuanto a los postres, empezamos con unas reducciones de vino que convierten el caldo de los dioses en una especie de mousse. También muy ricos, sin duda la manera más original de todo el viaje para degustar unos vinos.

El broche de oro fue una deliciosa tarta de queso casera con bizcocho de galleta, fresa y mermelada de uva. ¡BESTIAL! Puede parecer un poco exagerado, pero solo por este dulce merecería la pena ir a Valladolid, a Madagascar o a la Conchinchina. No se nos ocurre mejor forma de poner punto y final a este delicioso carrusel de experiencias enológicas y gastronómicas.

Con la visita a Concejo Hospedería terminaba el fantástico #saboreavalladolid. Podríais pensar que lo que más nos gustó fue el hotelazo de lujo, catar los mejores vinos del mundo o disfrutar de cocina de fama internacional. Todo eso fue inolvidable y lo recordamos con todo el cariño, tal y como habéis podido ver en todos los capítulos de este diario. Sin embargo, lo que realmente nos ha llegado al corazón ha sido descubrir todo lo que se esconde detrás de la palabra Valadolid: un lugar único, con gente increíble y con infinitas posibilidades para ser feliz (que es lo importante de viajar y, por supuesto, de la vida). Estamos eternamente agradecidos con la Sociedad Mixta para la Promoción del Turismo de Valladolid y la Oficina de Enoturismo, porque nos han permitido conocer un lugar que nos va a acompañar toda la vida. Id a Valladolid, os aseguramos que vais a descubrir un sitio inolvidable.

Cerramos este diario de viaje con tres pequeños extractos que, en su momento, hablaron del #saboreavalladolid. La verdad es que tuvo un notable impacto en medios escritos y digitales: Europa Press, El Norte de Castilla, Viajesline, El Día de Valladolid, la web oficial del Ayuntamiento…

  

¡Volveremos pronto! 🙂

Capítulo III – Volver a Valadolid ’13

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