Valladolid ’13 – Capítulo III: Bodegas Viña Mayor, Peñafiel, Cepa 21, Valladolid, Señorita Malauva y los mejores pinchos del mundo (día 2)

Segundo día del #saboreavalladolid, ese mítico viaje en el que disfrutamos de un inolvidable fin de semana de buen comer, buen beber y mucha cultura, en compañía de tres grandes bloggers de viajes. Hoy os vamos a enseñar la jornada principal, en la que el programa era tan atractivo como intenso: bodegas, pinchos, cocina de autor, castillos, iglesias, catas e incluso juegos por equipos con el vino como protagonista. ¿A que no tiene mala pinta?

Todo fue rodado desde primera hora. La noche anterior nos acostamos con malas previsiones en lo que a tiempo se refiere, pues todo apuntaba a que iba a estar lloviendo durante todo el día. Sin embargo, al abrir la ventana de nuestra habitación comprobamos que hacía un día fantástico: quizá no mucho calor, pero el sol suficiente para que no hubiese amenaza alguna de lluvia. Dicho sea de paso, las vistas al Pisuerga desde los dormitorios del Hotel AC Palacio de Santa Ana son espectaculares, igual que su jardín (por el que estuvimos paseando un rato). Pero bueno, vamos al lío.

Empezamos de la mejor manera posible: desayunando en un espacio tan increíble como el claustro de este antiguo convento de jerónimos, hoy principal punto de encuentro del hotel. En él es donde se desayuna, se come y se cena, aunque también se puede picotear algo o simplemente te puedes sentar a leer en uno de sus cómodos sofás. Un espacio increíble, seguro que mucho ha tenido que ver en las cinco estrellas que tiene el establecimiento.

El desayuno buffet es espectacular. No solo tiene una enorme variedad (la cual renuevan día a día), sino una calidad digna de mención. Cada día probamos cosas distintas, y todas estaban buenísimas. Al margen del autoservicio, también se pueden pedir platos calientes de todo tipo: desde salchichas alemanas hasta sandwich club como el que hacen en el Vips. Mejor forma de cargar las pilas no hay.

 

Como os hemos dicho antes, dimos un pequeño paseo por los jardines del hotel. Tienen toda la pinta de ser la antigua huerta del convento, pero no lo podemos confirmar. En cualquier caso, es un sitio perfecto para acercarse al Pisuerga y disfrutar de un espacio natural a solo unos pasos de la habitación.

 

A las 9:30  nos reunimos con los otros bloggers y con los responsables del #saboreavalladolid para comenzar la maratoniana jornada que teníamos por delante. Aunque no habíamos dormido demasiado, todos teníamos la misma ilusión y las mismas ganas de aprovechar al máximo cada segundo del día, pues nos esperaban un montón de experiencias increíbles.

BODEGAS VIÑA MAYOR

La primera parada fue en Bodegas Viña Mayor, perteneciente a un gigante de la talla de Hijos de Antonio Barceló, en la carretera de Valladolid a Soria a su paso por Quintanilla de Onésimo. Quizá esa ubicación no os suene mucho, pero la cosa cambia si decimos que las bodegas están en el corazón de la zona de producción de la denominación de origen Ribera del Duero

Para hacer la visita conviene hacer reserva y dejar libres, al menos, un par de horas, pues el recorrido es muy completo: viñedos, instalaciones de elaboración, salas audiovisuales y degustación de un par de vinos. Todo eso por 6€, lo cual no está nada mal. Dicho sea de paso, también organizan cursos de iniciación a cata de vinos (30€/persona), una opción que puede ser un regalo muy chulo para alguien al que le guste el vino.

 

La visita guiada nos encantó, así de claro. No solo aprendimos cosas sobre la elaboración del vino (que también), sino que las explicaciones de la guía estaban llenas de precisiones históricas, de anécdotas de la región e incluso de cuestiones biológicas (sobre la evolución de los distintos tipos de uvas). Nunca podríamos haber imaginado que utilizando el vino como hilo conductor se pudiese hacer un itinerario tan sumamente interdisciplinar. En definitiva, merece la pena para amantes del vino y también para aquellos que no han probado una gota en su vida.

También queremos destacar una impresión que nos llevamos de todas las bodegas que visitamos en este viaje, aunque especialmente de Viña Mayor: la mezcla entre tradición y modernidad. La elaboración de vino es un proceso con milenios de antigüedad, en el que la esencia no se ha perdido y todo consiste en convertir algo tan sencillo como la uva en el caldo de los dioses. Sin embargo, para obtener vinos de primer nivel es necesario aplicar la tecnología más puntera, y eso fue lo que nos enseñaron en Viña Mayor, donde cuidan hasta el último detalle en sus instalaciones de elaboración. Más tecnología que en la NASA, oigan.

 

Esa muestra de tecnología no es el único elemento vanguardista de Bodegas Viña Mayor, pues también han hecho una clara apuesta por las nuevas tecnologías. En determinados espacios se hacen proyecciones en la pared y en el techo, en las que a través de imagen y sonido muestran su particular visión sobre la elaboración del vino, estableciendo vínculos con la alquimia.

Tras la visita guiada, participamos en una interesante cata en la que probamos cuatro vinos: Viña Mayor Blanco Verdejo 2012, Viña Mayor Crianza 2009, Secreto Vendimia Seleccionada 2010 y Viña Mayor Toro 2011 Vendimia Seleccionada. Cuatro caldos muy diferentes, llenos de matices y perfectos para aprender más cosas sobre enología, pues los responsables de Viña Mayor que nos estaban acompañando en la visita nos enseñaron varios truquitos para seguir convirtiéndonos en unos auténticos enólogos.

 

En definitiva, esta visita mola mucho. Valladolid (España en general) es sinónimo de vino, y sin descubrir lugares como éste es imposible conocer esta pequeña parte del mundo tal y como es en realidad. Para redondear una mañana perfecta, nuestros amigos de Viña Mayor nos obsequiaron con una cajita de madera con tres de sus vinos. Un detallazo digno de mención.

PEÑAFIEL

La segunda parada del día fue en Peñafiel, un pueblo en el que cualquier adjetivo sobre la belleza de su patrimonio se queda corto. Aunque tiene raíces vacceas, su época de esplendor fue en la Edad Media. En ese periodo, en pleno proceso de reconquista, el núcleo Penna Fidele fue una de las grandes plazas para defender los territorios cristianos. Su más destacado gobernante fue Don Juan Manuel (autor de El Conde Lucanor), que siempre sintió especial cariño por esta villa.

Aunque normalmente el tiempo causa estragos en los pueblecitos medievales, Peñafiel se ha saltado esta regla, pues a nuestros días han llegado innumerables muestras de arquitectura civil conservadas en perfecto estado. El ejemplo más destacado es la Plaza del Coso, una plaza de planta cuadrada y suelo de arena formada por 48 edificios. Un sitio especialmente bonito que, más que palabras, merece una panorámica. Pinchad en la foto de aquí debajo y veréis por qué nos gustó tanto.

Entre los casi cincuenta edificios parece haber una competición por demostrar quien tiene el balcón más bonito. Estos estaban pensados para ver los espectáculos que se celebraban en la plaza (como corridas de toros), por lo que había que demostrar la potencia económica de cada casa. Gracias a eso nos ha llegado un conjunto de balconadas bellamente ornamentadas, en la que, con un poquito de paciencia, se pueden descubrir detalles interesantísimos.

 

Ya que estábamos, aprovechamos para hacernos una fotito. Os recomendamos hacerlo desde el extremo suroeste de la misma, pues en ese punto se puede ver, perfectamente, el Castillo de Peñafiel.

Ya que estábamos allí, subimos a ver el Castillo. No estaba previsto en el programa (y, de hecho, no teníamos tiempo para entrar), pero cogimos el autocar para poder verlo de cerca. Mereció la pena, pues esta fortaleza medieval es una de las más bonitas de España y una de las que mejor se conservan de toda Europa. Un monumento espectacular, arquetipo sin igual de los castillos roqueros.

Aunque la fortaleza data del siglo IX, su impresionante perímetro defensivo responde al siglo XIV, cuando Don Juan Manuel reedificó la mayor parte del edificio y levantó las murallas. Tiene una planta muy característica, pues tuvo que amoldarse a las estrecheces del terreno. Así, posee más de 200 metros de largo por solo 35 de ancho, algo no demasiado común. Sin embargo, sus muros eran casi inexpugnables y esa es la sensación que nos transmitió cuando estuvimos bordeando su perímetro. Algún día (esperemos que dentro de poquito) volveremos.

 

Aunque no teníamos demasiado tiempo, no quisimos perdernos las magníficas vistas que se contemplan desde el promontorio en el que está erigido el castillo. No solo se pueden observar los campos vallisoletanos en todo su esplendor, sino también el pueblo de Peñafiel a vista de águila. Una buena perspectiva para despedirnos de un sitio que, pese a lo fugaz de la visita, nos dejó encantados.

 

CEPA21

A la hora de comer nos trasladamos a la bodega restaurante Cepa21, el ejemplo más destacado del turismo vitivinícola del siglo XXI. Si hubiera que calificarlo de algún modo, se le podría catalogar perfectamente como revolucionario. Se trata de un novedoso proyecto liderado por la familia Moro (una de las productoras de vino más importantes de la Ribera del Duero), en el cual se puede hacer de todo: visita a los viñedos, conocer la planta de producción, cata de vinos junto a profesionales, degustar cocina de autor y, por supuesto, comprar botellas de los mejores caldos vallisoletanos. Con todos ustedes, Cepa21.

El programa que nos tenían preparado era muy especial, pues mezclaba dos propuestas distintas: por un lado, visita a las instalaciones; por otro, una abundante y variada comida. Pero vayamos por partes.

Empezando por la visita guiada, fue diferente a todas las que habíamos hecho hasta ahora. Pese a estar en un sitio con una potente inversión detrás, no se han dejado llevar por ideas faraónicas y ofrecen un recorrido sencillo y cercano. Paseando por su (pequeña) planta de elaboración conocimos más sobre Cepa21, su filosofía y su apuesta por convertir el enoturismo en una forma de ocio moderna.

Nos gustó especialmente que la visita se hizo con una copa de vino en la mano. ¡Así es cómo debe ser! Es mucho más gratificante hablar sobre el proceso de elaboración, almacenaje y distribución de lo que se está produciendo en un lugar si mientras tanto puedes estar degustándolo.

Fue una visita cortita, ya que eran conscientes de que habíamos hecho ya recorridos parecidos en este viaje, y además querían centrarse en la parte gastronómica de Cepa21. Aun así, nos gustó mucho y nos hicimos una fotito para inmortalizar el momento.

¿Y qué podemos decir del restaurante? Está justo encima de la bodega, y en él está al mando de los fogones Alberto Soto. Este chef de gran prestigio internacional tiene como base los ingredientes de toda la vida, pero innova en cada plato y hace que degustar cada una de sus producciones sea un placer para los sentidos. Todo ello en un espacio lleno de estilo, luz y con unas vistas perfectas hacia los viñedos de los alrededores.

Comer en Cepa21 cuesta 40€ (menú tradicional) o 50€ (menú degustación). Puede parecer caro, pero incluye visita a la bodega, cata de vinos y una comida con muchos platos: la experiencia total puede durar fácilmente 5 o 6 horas. Total, que quizá no sea para todos los días pero sí para darse un homenaje y probar uno de los restaurantes más importantes de la provincia de Valladolid.

 

Os vamos a enseñar el menú degustación, formado por… ¡Doce platos! Si, como lo leéis.  Pequeñas joyas de Alberto Soto que estuvimos degustando durante más de tres horas. ¿A que ya el precio os va pareciendo más que razonable? 😛

Empezamos con tres cremas (romero, mostaza y aceituna) que degustamos junto a grisines artesanos:

Aquí se ven tres cosas distintas: magdalena de morcilla y piñones (izquierda), croqueta líquida de setas, espinacas y trufa (arriba a la derecha) y brioche de tomate al vapor con escalibada y sardina ahumada (abajo de la derecha).

Lo siguiente fue una empanadilla cantonesa ibérica. ¡Riquísima!

Dejando de lado los snacks y empezando con los platos principales, el primero de ellos fue una sopa de cocido. Quizá resultó lo más sorprendente, pues dentro de esa especie de pelota blanca había un cocido completo en miniatura: garbanzos, chorizo, morcilla, fideos…

Siguiente parada: canelón de lechal gratinado con crema de alcachofa y romero. De lo que más nos gustó.

Turno del pescado: chipirones en su tinta con pochas, habitas, espárragos trigueros y navajas. Puro sabor a mar.

Otro plato de mar: salmonete de roca con arroz negro y alioli de pimiento verde. También estaba buenísimo.

El plato fuerte de montaña fue carrillera ibérica lacada con cremas de apionabo. Extremadamente jugoso.

Y ahora vamos a lo dulce. De prepostre, after eight con sopa de frutos secos rojos. El plato en sí es muy bonito, pero no os podéis imaginar lo rico y refrescante que era.

Por último, las famosas natillas Cepa21. El principal detalle consiste en la galleta: te la dan en un sobre, hecha bolitas, y así la vas administrando a tu gusto. Los más golosos seguro que saben valorar como se merece esta innovación. 😛

¡Ah! Y por si esto os parece poco, rematamos con gominolas y chocolates caseros. Un broche de oro perfecto.

¿Qué os parece? Lo dicho, tres horas y media después estábamos hasta arriba. Los platos por sí solos son pequeñitos, pero entre todos forman un conjunto capaz de saciar al más glotón. Una experiencia gastronómica distinta y 100% recomendable.

VALLADOLID

Volvimos al hotel para afrontar el último tramo de esta larga jornada. Después de toda la mañana entre viñedos y con semejante atracón, el cuerpo pedía descansar un poquito. Originalmente en el programa estaba hacer un pequeño paseo para conocer el patrimonio de Valladolid, pero decidimos hacer un pequeño cambio: tener una horita para descansar (ya que a la noche nos esperaban muchas cosas interesantes) y al día siguiente dormir un poco menos para así poder conocer la ciudad.

Cada cual optó por descansar de una manera: nosotros nos inclinamos por ponernos los bañadores y darnos un pequeño chapuzón en la piscina climatizada del hotel. Fue poquito rato, pero nos supo a gloria 🙂 A veces, hacer un mini break puede ser sumamente reparador, pues nos quedamos como nuevos y con energías suficientes para una noche que pintaba muy bien.

En líneas generales, teníamos dos cositas que hacer: enoturismo urbano (a través de un innovador local llamado Señorita Malauva, del cual hablaremos en un momentín) y una ruta por los mejores bares de pinchos de la ciudad. Irresistibles ambas propuestas.

Eso si, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (nunca mejor dicho) desviamos un poquito nuestros pasos para conocer algunos edificios destacados de la ciudad. Gracias a ello pudimos contemplar la imponente Catedral de Valladolid. Fijaos en la foto: ¿A que la iluminación es increíble? Está cuidada al detalle, pues el ayuntamiento de la ciudad puso en marcha hace ya unos años la ruta Ríos de Luz: un paseo nocturno por los edificios más singulares de Pucela, en los que la iluminación es extremadamente buena. Ese recorrido será de las primeras cosas que hagamos cuando volvamos a ir a este destino.

Hablemos ya de las experiencias. La primera parada fue Señorita Malauva, pioneros de un concepto que hoy está muy de moda: el enoturismo urbano. Técnicamente se trata de una vinoteca, pero no esperéis nada convencional, pues si hubiera que definir la filosofía de este proyecto la palabra más adecuada sería transgresora. En Señorita Malauva se pueden comprar y beber vinos, si, pero eso es solo el principio. También se pueden hacer catas, juegos por equipos (que tienen mucho éxito en despedidas de soltero/a), probar gastronomía de la tierra y mil cosas más.

 

En este caso participamos en el Casino del Vino, uno de sus juegos estrellas. Básicamente hicimos dos equipos, nos vendamos los ojos y nos pusimos a ver quien tenía mejor gusto y olfato. Con el vino como protagonista, aunque con chucherías de sabores como apoyo, afinamos los sentidos. ¡Ah! Dicho sea de paso, nuestro equipo ganó, como no podía ser de otro modo. 😛

 

No solo probamos sus vinos (de elaboración propia), sino también su cerveza artesanal, su aceite de oliva e incluso alguna que otra delicatessen como la que veis en la foto de más abajo. La verdad es que nos encantó esta idea. Quizá los más puristas la vean como una aberración, pero ahí está la gracia: con lo rompedora que es, ha sabido conectar perfectamente con la gente joven. No se nos ocurre una manera más asequible y divertida para acercarse al buen vino que pasarse por Señorita Malauva. Como muestra de lo bien que les van las cosas, hace poquito han abierto dos locales nuevos: uno en Palencia y otro en Madrid.

La noche empezó muy bien, pero continuó aun mejor. Tras los juegos en Señorita Malauva, nos lanzamos a recorrer el centro de Valladolid en busca de sus mejores pinchos. Pero no era una ruta cualquiera, sino la inauguración de Catadolid: un recorrido que desde ya se puede hacer desde la Oficina de Turismo de la ciudad. En él, acompañados de un sumiller profesional, se visitan tres bares y se prueban otros tantos pinchos, cada uno acompañado por su correspondiente vino. Una iniciativa muy interesante y con un precio más que asequible.

En este caso, tuvimos la suerte de estar acompañados por José Antonio Solano, responsable de Enoturismo España y uno de los grandes impulsores de Catadolid. Con él descubrimos todo lo que ahora os vamos a enseñar. La primera parada fue en el Ángela Restaurante Cervecería, un establecimiento con mucha tradición en Pucela y que no puede faltar en ninguna ruta de pinchos que se precie.

El pincho estrella (el cual degustamos) es “Nubes de Ángela”, que ganó el premio al mejor pincho frío del concurso provincial de Valladolid de 2008. Ese mismo año fue finalista a nivel nacional, por lo que es un peso pesado en cuanto a pinchos se refiere. Su definición técnica es “lancita de pez espada con verduritas escabechadas bajo lluvia de vinagreta de rueda y aceite de oliva virgen”. Dicho de otro modo, en la base está el pescado con la verdura, y arriba hay un cucurucho que hay que romper para que caiga un delicioso aliño. ¡Riquísimo!

Segunda parada de la ruta, el Restaurante La Criolla. A pocos pasos de la Plaza Mayor se encuentra este emblemático local, que en las últimas décadas ha pasado de ser un bar familiar a convertirse en una referencia gastronómica de primer nivel. Es también parada obligada en cualquier noche de pinchos que se precie.

Aquí probamos dos pinchos, a cada cual mejor: calabacín relleno de verduras, pasas y habitas, un manjar especialmente suave al paladar; y alcachofa rellena de foie, deliciosa incluso para los que (como Edu) no son especialmente amigos del sabor de esta planta.

Lo que más nos gustó (aparte de los deliciosos pinchos y de los vinos) fue conocer al alma de La Criolla: Francisco Martínez. Paco, como todo el mundo le llama en Valladolid, es uno de los grandes cocineros del país. Desde las olimpiadas de 1996 es el encargado de la comida de la delegación española, por lo que ya se ha encargado de alimentar a nuestros atletas en cinco Juegos Olímpicos. Pese al éxito y la fama no ha perdido su gusto por las pequeñas cosas de la gastronomía, y parece disfrutar tanto cocinando a miles de kilómetros como elaborando los platos en su restaurante de toda la vida. Seguramente en eso resida la clave de su éxito. ¡Un placer conocerte! 🙂

La siguiente parada que hicimos esa noche no forma parte de la ruta de Catadolid, pero igualmente fue una pasada. Nos acercamos a la preinauguración de la innovadora Taberna Wabi-Sabi, un espacio que mezcla la esencia tradicional de los pinchos en Valladolid con la gastronomía japonesa. Lo que más nos gustó de este sitio es que hasta el último detalle ha sido tratado con mimo: desde la cubertería hasta los pósters que decoran las paredes, pasando por un mar en el que los peces están hechos con papiro.

Todos los pinchos tienen un precio máximo de 3€, por lo que el glamour no está reñido con unas tarifas más que razonables. Pudimos probar la Ostras Pedrín, uno de sus platos en miniatura más típicos: una vieira en salsa de manzana acompañada de una perla hecha con agua de mar. ¡Riquísima! Si queréis saber más sobre este establecimiento, volved al párrafo anterior y pulsad en su nombre, lo cual os llevará a un extenso artículo que hicimos sobre él justo al volver del viaje.

Y la última parada de la noche fue en Los Zagales de Abadía, uno de los restaurantes más prestigiosos, premiados y concurridos no solo de Valladolid, sino de toda España. Sus pinchos, pese a que son tirando a baratos, tienen merecida fama internacional. Ahora os enseñamos algunas de sus creaciones, porque os vais a quedar boquiabiertos.

En compañía de los hermanos González García (responsables del proyecto) tuvimos la suerte de degustar cuatro pinchos. El primero de ellos fue un pequeño clásico conocido como Tierra – Mar – Aire, y ha ganado muchos premios desde que se empezó a elaborar hace más de diez años: Concurso de tapas de diseño Madridfusión 2007, tapa más vanguardista el Concurso Nacional de Tapas de 2006, mejor pincho caliente de Valladolid 2003… Se trata de una brocheta de chipirón rellena de espárragos trigueros, cococha de bacalao, bacon, pimientos del piquillo, confitados, cebolla deshidratada y sésamo. ¿Os parece poco? Pues además se sirve sobre un pequeño vaso que le da aroma a lúpulo, gracias a un pequeño bloque de hielo carbónico en su interior. Una maravilla gastronómica y casi científica.

Ese fue el punto de partida, pero aún quedaban muchas sorpresas reservadas para nuestros paladares. Por ejemplo, el Bread Bag, un bocadillo de calamares en miniatura. Viene envuelto en un supuesto plástico que, en realidad, es totalmente comestible. ¡No os imagináis que sensación más alucinante! Además, la tapa te la sirven en una pequeña bolsa de tela que te puedes llevar como obsequio. Todo un detalle que ahora protege las baterías de nuestra cámara de fotos.

Después nos deleitamos con su archiconocido Tigretostón, un homenaje al Tigretón que también ha cosechado infinitos premios. ¿Recordáis el capítulo de Los Simpsons en el que Marge hace un postre dulce con apariencia de perrito caliente? Pues esto es al revés: con apariencia de bollo de chocolate, en realidad tenemos un platazo en miniatura formado por pan negro, tostón, morcilla, cebolla roja confitada y crema de queso. No sabemos cuantas calorías tendrá, pero aunque tuviera 50000 seguiría mereciendo la pena. ¡¡Qué rico!! Aunque lo veáis pequeñito, es difícil terminarse a este superventas.

Y vamos con otro hit, de esos que todo vallisoletano de a pie a comido alguna vez en su vida. Estamos hablando del Obama en la Casa Blanca, que fue Pincho de Oro en el año 2009. En un recipiente inspirado en la Casa Blanca se sirve una salsa de setas castellanas sobre hojaldre, rematadas con un huevo cocido a baja temperatura (por lo que tiene una textura muy especial) y rematadas por patatas de color negro, acompañado por una chapata en miniatura. ¡Bestial!

Después de todo un día entero comiendo, nuestros estómagos (y los del resto de bloggers) dijeron basta. Aún existía la posibilidad de ir a quemar la noche vallisoletana, pero optamos por volver al hotel y descansar un poquito. Al día siguiente todavía quedaban muchas cosas que hacer, así que era la mejor opción. Eso sí, de camino al hotel pasamos por la preciosa Plaza Mayor de Valladolid, una auténtica maravilla.

¿Qué os ha parecido el día? No nos negaréis que las posibilidades gastronómicas, enológicas y culturales de Valladolid son infinitas. 🙂

Capítulo II – Volver a Valadolid ’13 – Capítulo IV

6 pensamientos en “Valladolid ’13 – Capítulo III: Bodegas Viña Mayor, Peñafiel, Cepa 21, Valladolid, Señorita Malauva y los mejores pinchos del mundo (día 2)

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    • Muchas gracias a vosotros por lo bien que nos tratasteis, por todo lo que nos enseñasteis y por lo bien que comimos. Proyectos como el vuestro son los que hacen que todavía se pueda creer en España 🙂 ¡Un abrazote!

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