Rumanía ’08 – Capítulo VII: Último día en Bucarest (Día 6)

Pues sí, es cierto, todo lo bueno se acaba. Nuestro último día empezó con la pena típica de fin de viaje, pero también con el furor de querer ver muchas cosas, así que madrugamos, hicimos el equipaje y nos fuimos rápidamente a la calle. Lo primero fue ir al mercado de debajo de casa, en busca de unas cosas que nos habían encargado y que no logramos encontrar.

En este último día habíamos pensado ir a museos, y el que no podía faltar era el Muzeul Satului o Museo de la Villa, más conocido como “el museo de las casitas”. Se trata de un museo etnográfico al aire libre ubicado en el Parque Herastrau, en el cual se encuentran muestras de toda la arquitectura popular del país. Está organizado por regiones, y es enorme. En él vimos reflejadas casas que habíamos visto días atrás, y otras que no pudimos ver como las de la región de Maramures.

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Nada más entrar nos encontramos con una familia española a la cual conocimos en el castillo de Bran el día anterior, y nos hicimos fotos mutuamente. Ellos también volvían ese mismo día a España, pero a media tarde, por lo que fueron bastante más rápido que nosotros. Del museo hay que destacar muchas cosas. Lo primero de todo es la variedad de las casas, aunque eso no hace sino reflejar la diversidad del país. Además, muchas casas se podían visitar por dentro, y en cada habitación había cosas típicas de la región en cuestión: mantas, objetos de madera, muebles… Incluso en una cama había un gato durmiendo.

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Por otro lado, nos llamó la atención la cantidad de trabajadores que tenía el museo. Prácticamente había un par por cada edificio, y son como 70 u 80 edificios. De todas formas, el mes siguiente a nuestra visita había una cumbre de la OTAN en Bucarest, y es posible que lo estuvieran engalanando pensando en la visita de algún mandatario.

Había edificios de todo tipo: casas, molinos, iglesias de madera… Eso por no hablar de las vallas de las casas, los arados o las bodegas. Es una visita que merece la pena, y que sin duda el concepto de este museo debería ser exportado a otros países. En una mañana pasas un rato más que agradable paseando y conociendo la arquitectura popular de toda Rumanía.

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Tras pasarnos la mañana pateándonos el museo, salimos fuera y aprovechamos, ya que estábamos en la zona más al norte de la ciudad, para ver algunas cosas que no vimos el primer día. Primero fuimos al Arcul de Triumf, un arco que ha sido reconstruido varias veces y que por tanto conmemora varias cosas: la independencia rumana de fines del XIX, los soldados caídos de la I Guerra Mundial… Lástima que estuviese en obras. Sin embargo, una vez has visto el de París los arcos de triunfo tampoco llaman tanto la atención. Luego nos fuimos a la Piata Charles de Gaulle, en la cual hay una estatua del mandatario galo.

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Ahora nos fuimos a la zona centra de la ciudad, donde habíamos quedado con nuestros tíos para ver otro museo. Para ello cogimos el metro de Bucarest, toda una joya. Teníamos ganas de verlo, pues los suburbanos construidos bajo regímenes comunistas suelen ser auténticas obras de arte, y este no nos decepcionó. No es tan lujoso como el de Moscú, pero tiene estaciones -a las que fuimos, al menos- en buen estado, con vagones amplios y espaciosos y una cierta puntualidad. Al salir del metro, por cierto, nos topamos con una manifestación, pero nos tuvimos que ir porque pronto empezó la refriega, y había bastante tensión en el ambiente. Por cierto, cuando fuimos a Bolonia también nos pilló una manifestación.

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Ya en nuestro objetivo, el Museo del Campesino, cuya tienda habíamos visto el primer día, estuvimos aprendiendo algo más sobre la historia de Rumanía. El museo tampoco es gran cosa, aunque a nosotros nos llamó mucho la atención, pues lo frecuente en los museos es ver la cultura de élites -reyes y demás-, y aquí todo era cultura popular, que es lo que más nos gusta. Vimos aspectos de la vida religiosa, familiar y educativa. Además, en la planta baja había un espacio temático dedicado a la etapa comunista del país.

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Rumanía 123Después nos fuimos a ver el Museo de Historia Nacional de Rumanía, el cual por razones obvias no podía faltar en nuestra visita. ¡Menuda decepción! Resulta que en las guías que habíamos consultado no ponía nada, pero llevaba en obras desde dos años atrás y no se podía visitar más que la planta baja. Un chasco, la verdad.

Eso hizo que nos perdiésemos muchas cosas interesantes, pero pudimos ver una tremenda reproducción de la columna de Trajano, con todo su programa iconográfico detallado, y el tesoro nacional rumano, todo en oro y con mención especial a las coronas que conserva. El edificio en el que está el museo también es impresionante, pero en cualquier caso nos quedamos un poco chafados por no poder verlo entero.

El viaje se acababa, pero antes de nada nos quedaba una última comida al más puro estilo rumano. La señora que trabaja en casa de nuestros tíos, Mariana, es rumana, y nos hizo la mejor comida casera: ciorba de pollo, mămăligă, sarmale (de parra y de col) y unos deliciosos crepes rellenos de chocolate.

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Y así llegó nuestro viaje a su fin. Volvimos al Aeropuerto Otopeni, el origen de todo, y nos tocó un vuelo de cuatro horas en el cual hubo algunas turbulencias. Desde arriba pudimos ver Split, Roma y Valencia, según nos fue indicando el piloto.

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