Rumanía ’08 – Capítulo VI: Sighisoara, Braşov, Bran y Sinaia (Día 5)

Era nuestro último día en ruta y había mucho que ver, o dicho de otro modo: tocaba un nuevo madrugón. Sighisoara es una ciudad que si llegas de noche da un poco de miedo, pero de día la cosa cambia para tomar un cariz romántico que no hay que pasar por alto. Las primeras diferencias las encontramos en nuestro hotel, pues tenía un aspecto muy diferente a pesar de seguir siendo igual de bonito. También entraba el desayuno en buffet libre, aunque Erika no lo aprovechó por estar mal con el estómago por la cena del día anterior. Edu por su parte desayunó tostadas con mantequilla, jamón, leche con cereales, yogurt y un zumo.

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Así pues, empezamos la ruta por la ciudad, a la cual nos acompañó Donut, que hizo de guía. Lo primero que había nada mas salir de nuestro hotel, en el que dejamos la maleta, era la Casa del Ciervo, un curioso edificio que tenía dos cuerpos de animal pintados que se unían en una esquina, de la cual salía una cabeza con unos cuernos enormes. Al lado estaba la Casa natal de Vlad Tepes, la cual tampoco es nada del otro mundo desde el punto de vista arquitectónico. Hoy en día es un restaurante, aunque por suerte estaba cerrado -normalmente despliegan una terraza- y pudimos hacernos una foto en la puerta.

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Lo más interesante de Sighisoara, más que un edificio en concreto -y mira que los hay de interés-, es pasear y perderse por sus estrechas calles con casitas de colores. Toda la ciudadela medieval está declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y a pesar de eso algunos edificios están en muy mal estado. El que sí estaba en buen estado era el Ayuntamiento viejo de la ciudad, el cual para nuestro gusto no pegaba en medio de tanta arquitectura medieval.

Sighisoara desprende un aroma medieval, romántico y tenebroso a la vez. Era pronto y había niebla, por lo que todo tenía un aspecto digno de Bram Stoker. Por aquí y por allá te encontrabas detalles propios de una novela: una estatua de Vlad Tepes, edificios siniestramente puntiagudos, árboles con ramas afiladas…

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A continuación fuimos al pasaje de las escaleras. La ciudad, que ya de por sí está en altura, cuenta con un pequeño promontorio al cual se accede por túnel de madera con 172 escalones -contados por Erika-. Es curioso, porque arriba está la escuela del pueblo, y cuando fuimos había chavales de camino allí subiendo con mochilas enormes. Eso sí, en la parte de arriba no solo había una escuela, sino cosas que daban mucho miedo. Por un lado, había una muralla en mal estado, la cual tenía un agujero. Pasando por él, llegamos al típico camino brumoso, como nos picó la curiosidad decidimos seguirlo hasta llegar al final: una verja de hierro oxidada típica de Resident Evil. Creo que, para dar más miedo aun, alguien decidió poner el cementerio en la parte alta de la ciudad. Allí vimos la tumba de la familia Wagner, los dueños del hotel en el que pasamos la noche.

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La parte de arriba, aunque pequeñita, tiene mucho jugo. Por uno de sus extremos pudimos contemplar las montañas que hay alrededor de la ciudad, y nuevamente obtuvimos una panorámica de película. Transilvania es una región preciosa, y a pesar de todas las historias de vampiros no nos topamos con nadie que quisiese mordernos el cuello.

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Lo último que nos quedaba por ver en Sighisoara era la Torre del Reloj. Se trata de toda una referencia en la ciudad, pues casi desde cualquier punto se ve, y está más o menos céntrica. Las cuatro plantas de la torre han sido musealizadas, y en cada una se pueden ver cosas muy distintas: desde la historia de la ciudad hasta el mecanismo del propio reloj. La parte de arriba también es muy interesante, porque se pueden ver todos los tejados rojos de la ciudad -nos recordó a Bolonia– y además hay carteles que marcan la distancia en kilómetros a otros puntos del planeta, como Madrid (2360 km.) o el Polo Sur (14025 km.). Eso si, aunque sea una visita imprescindible es la más cara, solo por hacer fotos nos quisieron cobrar una tasa de 30 leis. Abajo había una tiendecita en la cual nos compramos unos pósters fabulosos. Por las diferentes plantas nos encontramos con otra pareja de españoles, y al salir había un grupo enorme también de españoles.

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Así llegamos al final de nuestra visita a Sighisoara, para meternos en el coche dirección a Brasov. El trayecto no se hizo nada pesado, pues ya estábamos más que acostumbrados al coche, aunque nuestro culo cada vez sufría más. Brasov -llamada La ciudad Stalin entre 1950 y 1960- está más al centro del país, es una de las ciudades más importantes de Rumanía y tiene hasta su propio equipo de fútbol en primera división. La visita a la ciudad fue fugaz, puesto que queríamos ir a ver un par de castillos antes de volver a Bucarest, así que vimos lo imprescindible una vez aparcamos en pleno centro a 3 leis la hora.

Plano de BrasovBrasov no es una ciudad excesivamente grande, aunque hay algunas cosas que no se encuentran fácilmente y es posible perderse. Para que no pase eso, aquí está un plano de Brasov que hemos hecho nosotros mismos. Con este mapa podréis ver los edificios más destacados de esta preciosa ciudad rumana.

Nuestra primera parada fue la Bâserica Neagră -es decir, Iglesia Negra en castellano-. La original data del siglo XIV, pero se la conoce como “negra” desde la reconstrucción del XVII. Es un símbolo de la ciudad y quizá de la zona, una visita obligada que merece la pena. Lo primero que hay que decir es que no es tan negra como dicen, más bien mulata. Tras pagar los leis de rigor entramos a visitarla, y la verdad es que no nos defraudó lo más mínimo. Tiene un órgano digno de ver, la luz de las cristaleras ilumina todo y el suelo está protegido con madera, aunque no afea lo más mínimo. Además, parte de la iglesia está musealizada, y entre muchas cosas en rumano vimos a Magallanes e Ignacio de Loyola.

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Al lado del edificio había un colegio en pleno recreo, con niños jugando al escondite. Y a dos pasos de la Iglesia Negra está la Piaţa Sfatului o Plaza del Consejo. Es la plaza central, la cual tenía ajetreo pero no el comparable al de la Plaza Mayor de Madrid, por ejemplo. El día era espléndido, por lo que decidimos dar un paseo y curiosear en cada rincón de la plaza. Lo primero que vimos fue un montón de pájaros, esperando a que la gente les diese comida o a salir corriendo cuando los niños iban a asustarlos. En otra parte de la plaza había una oficina de turismo, pero no necesitábamos más mapas. También quisimos entrar a un baño, pero costaba 1 lei, así que entramos a un KFC a mear gratis.

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La plaza tiene todo tipo de casitas de colores en los alrededores, pero el edificio que más destaca es la Torre de las Trompetas. A su alrededor había unos cuantos puestos de pulseras y demás, pero nada que nos llamase la atención. Así, nos pusimos a dar una vuelta por la ciudad, viendo alguna que otra iglesia y buscando la muralla, la cual encontramos pero tampoco era gran cosa.

De vuelta a la plaza, encontramos una máquina para enviar emails con foto gratis, así que nos hicimos una foto y se la enviamos a nuestros papis. Luego descubrimos que en otros puntos turísticos, como en el castillo de Bran, había máquinas similares. Ya de vuelta al coche nos dimos cuenta de que, en la montaña de al lado del pueblo, han puesto las letras de la ciudad al modo de Hollywood. Sin duda cada vez son más occidentales.

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Muy cerquita de Brasov está el castillo de Drácula, así que nos pusimos en camino. Eso sí, dimos un poquito de vuelta porque Donut nos quiso enseñar Poiana Brasov. Está a unos kilómetros de Brasov, y es una especie de complejo turístico con pistas de esquí, restaurantes, hoteles de lujo… Vamos, el equivalente a los cientos de campos de golf con hoteles que están haciendo por España, pues para hacerlo se han cargado media montaña. Como ya no había nieve estaba más o menos vacío, así que poco vimos. Eso sí, antes de eso fuimos a un mirador en la montaña desde el cual se veía la ciudad de Brasov, una bonita imagen a modo de despedida.

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Por fin llegamos a una de las pocas cosas que conocíamos -de oídas- antes de planificar este viaje: el Castillo de Bran. Se trata del principal foco turístico del país, el cual ha sido utilizado para el rodaje de numerosas películas de Drácula y fue el modelo que siguió Bram Stoker para diseñar el castillo de su personaje. Lo primero de lo que nos dimos cuenta, al llegar, es que toda la región parece vivir del turismo, pues la afluencia de gente es masiva. Nosotros fuimos a la hora de comer y no tuvimos que hacer colas, pero parecía preparado para ser visitado constantemente. Así, una vez nos maravillamos con la imagen del castillo -está encima de un promontorio rocoso- decidimos aventurarnos dentro de él.

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Aunque es una visita obligada y sin duda merece la pena, el castillo tampoco es nada del otro mundo desde el punto de vista visual, y se pueden ver otros mucho más bonitos. Todo el interior ha sido musealizado, aunque tampoco con mucho esmero, la verdad. Con eso de que pagamos una tasa por hacer fotos nos retratamos en cualquier rincón, pero la mayoría de las salas que visitamos no tenían nada de interés. La parte que más nos gustó del castillo fue el patio interior, pues tenía algunos balcones que eran bastante bonitos y tejados muy pequeños.

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En el patio interior había un pequeño pozo en el cual la gente tiene costumbre de dejar dinero. Como el pozo está tapado lo dejan por encima, y la imagen era curiosa, pues andabas entre montones de monedas y billetes que tu honradez te impedía tocar. Poco más hay que destacar del castillo. No es que nos decepcionase, porque normalmente los sitios más turísticos son menos bonitos que aquellos que no tanta gente visita, pero si no fuese por toda la historia de Drácula que hay alrededor del castillo seguramente no lo hubiésemos visitado.

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En la parte de abajo del castillo había un mercadillo enorme, al cual no pudimos dejar de pasarnos. En él compramos objetos de madera, tazas, unos muñecos… Todo baratísimo. Sin embargo, daba mucha pena ir allí y ver con la cara de necesidad que te miraban los vendedores, a pesar de ser una zona rica por el turismo esa gente parecía muy pobre. Uno de ellos tenía un perro de la misma raza que el de Edu, así que le hicimos una foto.

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Con un poco de pena, puesto que ya solo nos quedaba una parada en nuestra ruta, dejamos el castillo de Bran para encaminarnos a la ciudad de Sinaia. Allí fuimos directos a ver el Castillo de Peles, infinitamente más bonito que el de antes. Hubo un problema, y es que ese día el castillo cerraba. Sin embargo, quisimos ir a verlo por fuera, por lo que bajamos del coche y empezamos a andar. 200 metros antes del castillo apareció un guardia que, aunque en un principio parecía querer echarnos, lo que en realidad quería era que le sobornásemos para pasar, así que le tuvimos que dar 10 leis de una manera más que poco discreta.

Tras ese pequeño encuentro con la corrupción rumana, pudimos ver unos exteriores que sencillamente eran fabulosos. Hay algo que nos llamó la atención de Rumanía: usan la madera para casi todo y sin embargo siguen conservando sus bosques en perfecto estado. El castillo de Peles es increíble, tanto por su arquitectura como por los jardines que tiene alrededor. Es una pena no poder haberlo visitado por dentro, pero ya volveremos.

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Al lado de ese castillo estaba el Castillo de Pelisor, que parece sacado de un cuento de muñecas. Según nos contó Donut, era el castillo de la reina, y el de Peles era del rey. En cualquier caso es precioso, todo con detalles de madera y siguiendo con el estilo del castillo anterior. A su lado había un caserón de madera, el cual estaba en bastante buen estado.

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La verdad es que el rey que construyó esto lo tenía todo bien pensado. No solo le hizo un castillito a la señora reina, sino que además hizo varias casas enormes en los alrededores para el servicio. En la actualidad todos esos edificios han sido acondicionados como hoteles de lujo, tiendas e incluso la taquilla en la que comprar las entradas para el castillo. Como estaba cerrado no había nadie -solo otro grupo que subió a sobornar al guarda-, así que todo era paz, pajaritos cantando, ríos haciendo un ruido relajante… En ese paraje incomparable Donut nos dijo que ya tocaba volverse a casa, así que nos hicimos una fotito con él y nos metimos en el coche.

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Así pues, lo único que nos quedaba era unas horitas de coche, un atasco enorme al entrar en Bucarest y la despedida con Donut, en la cual le pedimos el email para enviarle las fotos. Estábamos A-G-O-T-A-D-O-S, así que caímos rendidos. Al día siguiente nos tocaba ir a ver algunos museos y lo que nos quedaba de Bucarest, para coger el avión de vuelta a última hora de la noche. Qué rápido se acaba lo bueno.

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