Rumanía ’08 – Capítulo V: De los monasterios de Bucovina a Transilvania (Día 4)

Cuando te pasas un día entero haciendo cosas y con el coche de un lado a otro, por lo general sueles dormir muy bien. Ese fue nuestro caso, así que aprovechamos para madrugar -nos habíamos ido a dormir temprano- y poder ver más cosas. El desayuno, nuevamente servido por la familia que regenta la pensiunea, fue bastante fuerte, con tortilla de ajo y perejil, carne de la noche anterior fría (estaba bastante buena) y tostadas con mantequilla y frutas del bosque que ellos mismos recolectaban. Así, tras el desayuno recogimos las cosas y fuimos al coche, no sin antes pedirle al dueño de la casa hacernos una foto con él y con la pensiunea. Esto le llamó la atención en el mejor sentido de la palabra, pues se dio cuenta de lo cómodos que habíamos estado, así que nos dios un abrazo a cada uno y nos hicimos una foto, tras lo cual nos deseó buen viaje y suerte.

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Ya en el coche, decidimos emplear la mañana en ver algunos monasterios más y tras ello meternos de lleno en Transilvania, lo cual significaba mucho coche. Además, para ver estas cosas nos metimos por carreteras en bastante mal estado, algunas con barro y con agujeros. De camino al primer monasterio vimos que un chico iba andando por la carretera de un pueblo a otro, al cual le recogió un camión para llevarle. Igualito que en España, donde nadie te hace un favor si no es por algo.

El primer edificio a visitar este día fue el Monasterio de Moldovita. Eso si, llegamos tan sumamente pronto que el monasterio estaba cerrado, y nosotros mismos tuvimos que abrir el portón de madera que cerraba el recinto. Además, no había nadie ni en las taquillas ni en la zona. ¿El problema? Que no pudimos visitar ese monasterio por dentro, aunque la verdad es que el interior de los mismos no era nada especial una vez has visto unos cuantos. ¿La ventaja? Como no había nadie, no pudimos pagar y entramos gratis. Según Donut, a esa hora los curas rumanos duermen. ¡Vagos!

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El monasterio, a pesar de no haber visto el interior, es increíble. Las pinturas están en perfecto estado, y son realmente expresivas. Por un lado, Edu se hizo una foto al lado de una pintura que representa el asedio y la caída de Constantinopla de 1453, algo que despertó su frikismo durante todo el día. A la derecha se puede ver a Erika en una foto con todo el monasterio, en la cual se ven más detalles de las pinturas.

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Tras las muchas fotos de rigor, y de leer la información que llevábamos sobre el monasterio in situ, nos volvimos a montar en el coche, esta vez en dirección al Monasterio de Sucevita. Seguía siendo más que pronto, por lo que nuevamente nos encontramos con que no había nadie y por tanto invitaba la casa. Además, había muy poca gente, solo una familia y nosotros. No obstante, tampoco pudimos pasar, aunque en este caso si había gente, pero estaban encerrados dentro haciendo algún ritual -lo vimos a través de la mirilla-.

Hablando ya del monasterio, lo primero es decir que el entorno es fabuloso, en medio de unas montañas que ya nos acompañarían el resto del camino. Además, el monasterio está dentro de una auténtica fortaleza, quizá antaño hubiese sido una zona conflictiva. Por otro lado, en uno de los lados del recinto nos encontramos una de esas pequeñas estructuras de metal en las que se ponen velas: una para los vivos y otra para los muertos. Como ya dijimos antes, antiguamente estaban dentro de los templos, pero el humo echaba a perder las pinturas.

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El monasterio en sí sigue la misma línea que los anteriores, con unas pinturas preciosas -muy bien conservadas- y una arquitectura que no se parece en nada a lo que hay por España. En este caso había algunas zonas para el abastecimiento, como un depósito de madera o unos cuantos pozos, los cuales le encantaron a Eri. Sin embargo, teníamos tantas ganas de ir a Transilvania que empezamos a ver los monasterios cada vez más rápido, y decidimos ir a solo uno más.

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Así, el elegido fue el Monasterio de Putna. Este es el más al norte que visitamos, el cual está a tan solo 12 kilómetros de la frontera con Ucrania. La sensación fue la misma que en el anterior: está mucho más fortificado que el resto. Además, este carecía de pinturas, y aunque desconocemos si las ha perdido lo cierto es que si hubiese estado en una zona de conflicto sería lógico que no hubiese tenido. La zona es más que peculiar, era la que más popes tenían trabajando en el mantenimiento del entorno. De hecho, en la montaña de alrededor se podía leer “Stefan”, en honor a Esteban III de Moldavia -también conocido como Esteban el Grande-. Es un auténtico héroe nacional, Donut nos habló maravillas de él y de su labor como estratega y como dirigente.

Lo curioso es que en este monasterio, a pesar de que había un cura trabajando la tierra en la entrada, no hizo ningún ademán de cobrarnos, y pasamos a verlo sin más. Sin embargo, como Erika es poco discreta, no se le ocurrió otra cosa que ponerse a hacer fotos al lado suyo, y entonces nos pidió la tasa de muy malas maneras con toda la razón del mundo. Además, al salir quisimos ir al baño, y nos intentaron cobrar 1 lei por usarlo, el cual obviamente no pagamos. Les hicimos un favor usando el baño sin pagar, porque la otra opción, como españoles que somos, hubiera sido mear entre un par de pinos.

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Ahora ya sí, nuestra etapa viendo monasterios había finalizado, y nos pusimos en camino a Transilvania. Donut nos dijo que había dos caminos: el rápido y el bonito, y optamos por el segundo. Tardamos un poco más, pero pudimos pasar por unos acantilados impresionantes y por un lago del que ahora hablaremos. Lo primero que hay que decir es que cruzando los Cárpatos nos cayó una nevada impresionante, y a punto estuvimos de quedarnos tirados con el coche. El paso hacia la zona de “los vampiros” se hace a través de un parque nacional, en el cual paras a medio camino para maravillarte con las impresionantes vistas.

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Debido a la nieve y a las escarpadas carreteras nos retrasamos más de la cuenta, y tuvimos que comer al lado del Lacu Rosu, en el típico sitio para guiris. La comida estaba rica -una ciorba de albóndigas y filete y salchichas-, pero nos cobraron más leis de lo habitual y así no se hace la digestión igual.

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Una vez comimos pudimos visitar el lago, y la verdad es que mereció la pena desviarse un poco: ¡qué preciosidad! Estaba totalmente congelado -según Donut en verano allí se alquilan barquitas-, y todo estaba lleno de pinos, bruma… De película, vamos. Además, había troncos encima del hielo, e incluso nos planteamos caminar por él, pero tras tirar un par de piedras pensamos que no era buena idea. El Lacu Rosu es uno de esos lugares de los que los rumanos se sienten orgullosos, y Donut no paró de decirnos lo divertido que es venir en verano con las barcas, en invierno con la nieve, en otoño con los colores y en primavera con las flores. Vamos, que es una zona perfecta para cualquier época del año.

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En cualquier caso, ya sí que decidimos no parar hasta llegar a donde pasaríamos la noche: Sighisoara. Esta preciosa fortaleza medieval nos esperaba, y a pesar de la nieve -que era mucha, por lo menos metro y medio se acumulaba en los arcenes- decidimos seguir hacia ella lo más rápido posible.

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A Sighisoara llegamos ya de noche. Teníamos reservada una habitación en Casa Wagner, un hotel en plena ciudadela. Al llegar, hay unos guardias que solo te dejan subir en coche si demuestras que tienes una reserva hecha, medida que según nos comentó Donut está fomentada por los alojamientos de la zona baja -la ciudad nueva- para ganar clientes. En cualquier caso llegamos a nuestra habitación, en plena plaza del pueblo, y la cual merece mención aparte.

¿Transilvania? ¿Vampiros? Algo así, pero con encanto y mucho estilo. Se trata de un caserón impresionante, a tan solo 500 metros de la casa natal de Vlad Tepes -o, lo que es lo mismo, Drácula- y decorado de época. Es sensacional, y cumple con todos los tópicos: un recepcionista con cara de vampiro, un piano en el pasillo y alfombras preciosas. Quedamos encantados con el sitio, la verdad es que es recomendable por el aroma a Historia que desprende.

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No sabíamos donde cenar, y la verdad es que la ciudadela estaba llena de sitios para guiris. Nosotros quisimos algo más auténtico, y través de pasadizos que daban bastante miedo llegamos a una zona con algunos sitios más para comer, unos pubs y una tienda de ultramarinos. Como andábamos algo justos de dinero, decidimos comprar en la tienda de ultramarinos e irnos a la habitación.

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La cena de lo más básico: embutidos, quesitos -aquí los hay de varios tipos, no solo “quesitos” como en España-, pan, fruta y chocolate. El embutido estaba demasiado fuerte, y Erika incluso se puso mala, pero los quesitos y el chocolate merecieron la pena. Sea como fuere, estábamos rendidos, y decidimos irnos a dormir, no sin antes poner un rato la tele y ver Un Paso Adelante doblado al rumano. También vimos que tienen un canal de telenovelas en castellano subtituladas en la lengua del país. Increíble pero cierto, según Donut hay muchas rumanas que están aprendiendo castellano a base de frijolitos y gavilanes.

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