Rumanía ’08 – Capítulo IV: ¡Rumbo al norte! (Día 3)

Rumanía 00En nuestro tercer día en Rumanía iniciaríamos una ruta que nos llevaría por toda la zona norte y centro del país. La idea era ir a ver los monasterios de la región de Bucovina (algunos pegados a Moldavia), luego ir a ver algunas ciudades de Transilvania como Sighisoara o Brasov y por último ir a ver algunos castillos, como el de Bran. Sin embargo, habría cosas que no podríamos ver y otras que, sin estar previstas, resultaron increíbles. A la derecha se puede ver, en cualquier caso, la ruta que hicimos. 

Lo primero de todo, decir que a través de nuestra tía, que contactó con una empresa de allí, la ruta la haríamos en un coche -Volkswagen Passat nuevecito- con chófer, algo impensable para nuestra economía. Sin embargo, el trayecto de tres días, incluido alojamientos, comidas, visitas y chófer nos costó 200€ aprox. a cada uno, por lo que quedamos más que satisfechos. El conductor, cuyo nombre sigue siendo una incógnita -¿Dorum? ¿Donut? ¿Durun?-, nos hizo conocer la cultura rumana desde su propio punto de vista, pues en todo el viaje no dejamos de hablar en inglés con él.

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La mañana se hizo larga, pues decidimos subir arriba del todo del tirón y luego ir bajando viendo cosas. Salimos a las 8:00 de la mañana, y hasta la hora de comer no vimos nada en condiciones. Sin embargo, el viaje estuvo plagado de curiosidades. Lo primero de todo que queremos destacar es el conductor, el cual era muy simpático. El tema estrella, para ir cogiendo confianza, el fútbol y la Eurocopa 2008 que posteriormente ganaría España. Además, cuando le dijimos de donde somos y oye que Erika es de Getafe empieza a hablar de Cosmin Contra. Por otro lado, las carreteras de Rumanía no son tan malas como las pintaban: la mayoría de las principales están perfectamente asfaltadas, y tienen un carril con un arcén enorme que la gente utiliza como segundo carril. De camino al norte pasamos por el Mausoleo de Mărăşeşti, un monumento que rinde homenaje a los soldados rumanos caídos en la I Guerra Mundial, y por un mercadillo de campesinos gitanos.

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Seguimos haciendo kilómetros, y las conversaciones con ¿Donut? cada vez eran más animadas. Cuando se enteró de que somos historiadores nos empezó a contar cosas interesantísimas de héroes rumanos, las cuales amenizaron el viaje. También vimos que había un montón de gente haciendo auto-stop, como en la España de los 70.

Es cierto que todo tenía un aroma a esa época, sobretodo en el sentido de aprovechar los recursos del medio. Cada pueblo vendía algo típico de allí: leche, patatas, pescado… Todo ello transportado en unos carruajes de madera tirados por caballos que van por la carretera. Por otro lado, en cada pueblo hay una biserica ortodoxa, todas con un diseño muy parecido y casi siempre acompañadas de un pozo. También hay pequeños altares en algunas casas. A pesar de todo también hay ciudades “al uso”, como Piatra Neamt, en la cual aprovechamos para comer shaorma, una especie de pollo ahumado con patatas fritas y repollo crudo, y estirar las piernas antes de llegar al primer monasterio.

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Por fin llegamos al primer monasterio de los siete que vimos: el Monasterio de Agapia. Todos los monasterios comparten unas características similares: están rodeados de muralla, en el centro está el edificio principal y anexos a la muralla otros que seguramente sean los domicilios de los popes ortodoxos. En todos hay que pagar la entrada y una tasa por fotos, pero suele ocurrir que no haya nadie en taquilla y pases de gratis, como en este caso. Este monasterio en concreto es el que menos nos impresionó, pero para empezar las visitas está bien a pesar de carecer de pinturas. Había poquita gente, sin duda es menos turístico que otros que visitaríamos más tarde.

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La siguiente parada de nuestro viaje fue en el Monasterio de Neamt, el cual tiene en el exterior una biblioteca que hace las veces de tienda de souvenirs. Este es mucho más bonito, sin duda. El interior del monasterio es interesante de visitar, pues a pesar de los muchos turistas hay gente que está realizando su culto cotidiano ortodoxo, y es algo que muchos no habíamos podido ver antes. Las casas de los curas de Neamt siguen el mismo esquema que en Agapia, solo que esta vez están todas enmarcadas en un bonito porticado.

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En este monasterio tuvimos nuestro primer encuentro con los famosos popes o curas ortodoxos, los cuales dan, cuanto menos, un poquillo de miedo. Van todo de negro, desde los zapatos hasta el gorro, y es curioso ver como se reparten las tareas: unos dirigen el culto, otros arreglan el jardín, otros cobran la entrada a los turistas… En la biblioteca-tienda de fuera, los dependientes eran curas, y uno de ellos al escucharnos hablar en castellano exclamó: “¡Barcelona! ¡Madrid”. A Erika, para responder cortésmente, no se le ocurrió otra cosa que decir “the monasterio is biutiful“. Auténtico diálogo entre civilizaciones. De vuelta al coche, donde nos esperaba Donut -él no entraba a la mayoría de los monasterios, los cuales conocía, salvo uno en el que buscaba a un conocido-, nos enseñó que había comprado unas pulseras muy chulas para su madre, su mujer y su hija.

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Tras esta visita deshicimos algo del camino andado, y fuimos a nuestro siguiente destino, el Monasterio de Humor. Este fue el primero de los que visitamos en mostrar las famosas pinturas que decoran los exteriores de los monasterios. En la parte de abajo estaban algo perdidas, pero según la pared se acerca al techo las pinturas se conservaban mejor. Precioso monasterio, y además no había nadie. Cerca del edificio había una torre enorme a la cual se podía subir por una escalera diminuta y por unos pasadizos estrechísimos. Eso sí, desde arriba había una panorámica genial tanto del monasterio como de la pequeña aldea de al lado.

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El último lugar que fuimos a visitar antes de irnos a la pensiunea en la que pasaríamos la noche fue el Monasterio de Voronet. Es claramente el más turístico de todos los que vimos ese día, y en buena medida eso se debe a las excelentes pinturas que presenta. Sobretodo destaca -y ahí nos hicimos la fotito- una representación del Juicio Final, en la cual se ven algunas escenas relacionadas con ese tema. El monasterio también tenía una torre, aunque menos espectacular que la de Humor. Al lado del monasterio había un pequeño mercadillo, en el cual hicimos algunas compras. Además, en el propio monasterio compramos 8 ó 10 huevos pintados típicos de la región, para luego regalar a toda la familia.

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La noche se nos vino encima, y decidimos ir a nuestra pensiunea -una casita en medio de la montaña- para darnos una ducha calentita, cenar y descansar para el día siguiente. Nos alojamos en el pueblo de Voronet, como a un kilómetro del monasterio, y fue una experiencia gratificante. El pueblo está en mal estado y no se veía un alma, pero la casa, regentada por una familia encantadora, era un mundo a parte. Entre español, rumano y castellano estuvimos hablando con el “hombre de la casa”, que junto a su mujer nos ofrecieron una deliciosa cena a base de queso kashkaval con crema de yogurt, mămăligă y una carne un tanto extraña que no logramos identificar. De postre había una especie de bollo relleno de queso con azúcar por encima. A Eri le costó un poco cenar, pues todo lo ponen en grandes cantidades, pero en cualquier caso estábamos rendidos y tras la cena nos fuimos a dormir, tras haber llamado a España para dar señales de vida.

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