Rumanía ’08 – Capítulo III: Descubriendo Bucarest (Día 2)

Nuestro segundo día en Bucarest prometía, ya que en principio deberíamos aprovechar para ver la mayoría de lugares de interés de la ciudad, salvo los museos que los dejamos para el último día. Era divertido simplemente asomarse a la ventana y ver como la gente paseaba con su ritmo de vida normal, haciendo cosas cotidianas que sin embargo a nosotros nos ponían en contacto con una cultura distinta.

Lo primero que hicimos al levantarnos fue ir a ver el mercado que estaba al lado de casa. Estaba dividido en tres partes: puestos de plantas y de frutas que se entremezclan en la calle, algo similar pero metido en el interior de una especie de centro comercial y, en su parte superior, un gran número de pequeñas tiendas. En un lateral del mercado había un Fornetti, una cadena de comida rápida que se ve por todo el país y que vende cosas saladas fundamentalmente, como hojaldres rellenos de carne. Nuestro primo pequeño se compró un bollo salado, y la verdad es que tenía buena pinta.

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En el primer tramo de paseo entramos a una pequeña biserica de barrio, nada turística y similar en cuanto estructura a un gran número de las que se suelen ver por la ciudad. Lo primero que vimos es que la gente se santiguaba tres veces y que los edificios ortodoxos son bastante distintos a los católicos. Lo que más nos llamó la atención fue que había dos estructuras de metal fuera de la biserica en la que la gente pone velas: una es para los vivos (vii) y otra para los muertos (mortii). Antiguamente estaban dentro de las bisericas, pero el humo oscurecía las pinturas. Con un rápido paseo por la ciudad te das cuenta de la cantidad de desigualdad que hay, pues ferraris y casinos se intercalan con edificios en muy mal estado.

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Al poco llegamos al Ateneo de Bucarest, que es precioso. Es de estilo neoclásico, y la verdad es que recuerda a edificios como el Panteón de París -no en vano Bucarest es conocida como “el París del este”-. Nos hicimos unas cuantas fotos y seguimos el rumbo. Vimos un suelo formado por troncos cortados que nos llamó la atención y el cual ha sido durante mucho tiempo nuestro wallpaper. También vimos un monumento raro que era como un huevo pinchado en un palo.

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En Bucarest hay edificios que llaman la atención por su desatino arquitectónico. Toda la ciudad (actual) fue concebida por Ceauşescu como algo monumental, y a veces te encuentras con edificios antiguos de dos alturas a los que se les han incorporado doce más con una arquitectura post-moderna. Un buen ejemplo de eso es un Novotel de la calea Victori. Otra cosa peculiar es que las calles principales son monumentales, pero entre medias hay callejones angostos y oscuros, totalmente abandonados, que también son dignos de visitar.

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De pronto apareció un edificio que destacaba entre los demás: el Cercul Militar National, o lo que es lo mismo, la sede del ejército rumano. En lo alto ondeaba la bandera del país, y en la parte baja hay una cafetería que tiene bastante fama. Es impresionante a la vista, y sin duda cumple con la función estética desde el punto de vista militar, así que nos hicimos unas fotitos.

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Lo siguiente fue meternos de lleno en la zona universitaria, donde vimos varias cosillas, como el edificio principal de la Universitatea, la sede del Partidul National Liberal y del Partidul Social Democrat o la Banca Comercial Romana, el equivalente al Banco de España. Es una zona pintoresca, con aroma a principios del siglo XX gracias a los trolebuses que por allí se ven.

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Dejando de lado la zona universitaria llegamos a uno de los edificios más curiosos a nuestros ojos: una biserica ortodoxa. La denominada Biserica Sfântul Nicolae (también conocida como Biserica Rusa y Biserica Studentilor) es parecida a las que siempre se ven en los documentales sobre Moscú, con formas muy redondeadas. El interior estaba en obras, pero a pesar de ello se encontraban celebrando una fiesta en la que varias personas llevaban comida y la compartían con los demás. A nosotros nos invitaron y nos ofrecieron un trozo de tarta metido en un vaso a presión que estaba realmente delicioso.

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Seguimos pateando la ciudad, esta vez sin rumbo fijo. Sin embargo, todo parecía estar cerca en Bucarest, y sin darnos cuenta llegamos a la Biblioteca Nacional y a la Banca Naţională a României, que es algo así como el Banco de Rumanía. De camino pasamos a ver un montón de restaurantes, y todos tenían una pinta genial a buen precio. Siguiendo con el paseo, llegamos a una galería comercial de estilo italiano, muy parecida a las que hay en Milán o Roma. Estaba llena de tiendas que parecían muy caras, y para colmo algunas vendían supuestas antigüedades egipcias. Es curioso, pues dentro nos encontramos con un francés que iba pidiendo dinero totalmente trajeado.

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Casi sin darnos cuenta llegamos a uno de los lugares más pintorescos de la capital rumana: Lipscani. Se trata de un barrio comercial que data de la Edad Media, y en él se pueden encontrar desde las tiendas de artesanía más lujosas -de cristales, fundamentalmente- hasta la pobreza más absoluta. De camino a allí nos encontramos con el rodaje de una película y con el CEC, un palacio impresionante. Una vez allí, pasamos a varias tiendas, lo cual era toda una aventura. Lipscani es impresionante, tiene un aroma un tanto decadente pero sin duda es un lugar que merece ser visitado.

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Dentro de Lipscani hay algunas cosas más que merecen la atención. Por un lado, el Amsterdam, antiguo y frecuentadísimo bar que hoy es un anticuario, y el cual conserva los carteles de ambos establecimientos. Por otro lado está el Hanul Manuc, una antigua posada que hoy es uno de los mejores restaurantes de la ciudad, la cual estaba de obras y no pudimos visitar ni ofreciendo sobornos.

Nuestra siguiente parada era el edificio más emblemático de Bucarest, aunque previamente pasamos por el centro y vemos algunas cosillas. Por un lado, el Río Dâmboviţa, el cual baña la ciudad -pero la baña de verdad, no como el Manzanares a Madrid-. Por otro lado, vimos a unas chicas vendiendo unas hierbas que, según nos contaron, sirven de alimento a los más pobres.

En cualquier caso, por fin llegamos al Palacio del Pueblo, el cual recibe mil nombres tanto en rumano como en castellano. ¿Qué decir de él? Es espectacular, impresiona ver un edificio de tal tamaño -es el segundo más grande del mundo, y eso que dicen que todo lo que tiene de alto lo tiene de profundo como búnker-. Se trata de la obra maestra de un loco, el dictador Nicolae Ceauşescu, que para su construcción derribó barrios enteros. Según con que rumano hables, te dirá que es una ofensa que siga estando el edificio en pie, o que le da igual.

Sea como fuere, con el paso del tiempo se ha convertido en un símbolo de Bucarest, y cuando fue la cumbre de la OTAN un mes después de nuestra visita se celebró allí. Como curiosidad, en Eurovision los famosos “points” los dan desde allí los rumanos. Verlo por fuera es impresionante, pero entrar no se queda atrás. Se podría hablar largo y tendido del mármol y la madera que hay dentro, pero lo que más te sobrecoge es la posibilidad de salir al balcón al cual Ceauşescu salía a dar sus discursos. La visión es sobrecogedora, ponerse en la piel de un lunático egocéntrico así sencillamente te deja helado.

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A estas horas comer era ya una necesidad, y nuestros tíos decidieron llevarnos a “Casa Mama“, un local de comida típica rumana. En él probamos varios platos que luego hemos echado de menos: en primer lugar, unas riquísimas ciorbas (son sopas enormes, una de pollo y otra de carne); en segundo lugar, mititei y sarmale (dos tipos de salchichas) acompañados de mămăligă, una especie de puré de maíz muy típico de allí; de postre, crepes riquísimos. Preguntando por los ingredientes de las salchichas, la respuesta fue clara: “todo lo que lleva dentro un cerdo”. De postre también había helados, uno de sabor a “Málaga”.

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Tras la comida nos dimos cuenta de un pequeño error de cálculo: en Bucarest los museos cierran relativamente temprano. A partir de las 17:00 casi todo estaba cerrado, por lo que nos quedamos sin ver algunas cosillas -que luego, por suerte, pudimos ver unos días después-. Sin embargo, pudimos hacer otras visitas, como a la tienda del Muzeul Ţăranului Român o Museo del Campesino. En ella vendían cosas típicas de todo el país, así que aprovechamos para comprar unas cucharas de madera típicas de Maramures, región a la cual no íbamos a poder ir en esta ocasión. Las cosas típicas de otros lugares ya las compraríamos allí. Por cierto, a las afueras de la tienda del museo, y tras hacer las pertinentes compras, había una iglesia de madera típica de esa zona del país.

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Sin embargo, cuando salimos de viaje somos imparables, así que como algunas cosas estaban cerradas tuvimos que ir a las que estaban abiertas, y la mejor opción era, al norte de la ciudad, el enorme Parque Herăstrău. Más que un parque con estanque es una llanura con un pantano: ¡qué cosa más enorme! Es el auténtico pulmón de la ciudad, pues en invierno la gente va a patinar sobre el lago y en verano a alquilar barquitas como en el Retiro. En el parque hay muchas cosas curiosas: sauces llorones, paseos enormes, estatuas-cabezas gigantes… Por supuesto, aprovechamos para hacernos fotos por doquier.

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Así, la noche nos fue ganando terreno. Antes de ir a casa nos fuimos a tomar algo cerca de la embajada de España, donde vimos lo diferente que es la actitud de la hostelería rumana y de la española. Era casi la hora de cenar, y las mesas estaban montadas con todo tipo de ornamentos para la cena. Cuando dijimos “only drink”, la camarera, con una sonrisa en la boca, empezó a retirar todo. En España lo más normal hubiese sido un “drink no”. Ya de vuelta a casa, vimos uno de los problemas de Bucarest: el aparcamiento. Por todos lados hay lo que se conoce como “gorrillas”, solo que en vez de cobrarte por “ayudarte” a aparcar lo que hacen es guardar sitios a gente que les ha pagado previamente. Por mucha mirada del tigre que les hagas no se amedrentan.

Nuestra segunda jornada en Rumanía había llegado a su fin. Ahora había que reponer fuerzas, pues al día siguiente empezaría nuestra ruta por los monasterios del norte y por Transilvania, la cual nos llevaría tres días fuera de casa. Así que… ¡A dormir!

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