Roma ’11 – Capítulo VII: Excursión por los alrededores de Roma

El penúltimo día del viaje se presentaba, a priori, como el más ajetreado. En nuestro planning estaba marcado con la palabra “excursión” en grande, ya que teníamos previsto alejarnos un poco del centro de Roma para ir a ver dos cosas: los vestigios de Ostia Antica, un enorme yacimiento arqueológico en el que se pueden visitar los restos del antiguo puerto de la ciudad; y la Basílica de San Pablo Extramuros, una de las cinco iglesias más antiguas de Roma. Como volvimos antes de lo previsto también fuimos al Puente Milvio, donde se ha hecho muy típico ir a poner un candado como prueba de amor, pero eso lo contaremos más adelante.

Roma 397De momento hay que decir que para ir a Ostia Antica es recomendable madrugar un poquillo, pues mínimo se tarda una hora: primero hasta la estación Pirámide, de la línea B de Metro. Desde allí se hace andando un trasbordo a la línea Roma – Lido una especie de tren de cercanías que empieza en esa misma estación y termina en la estación de Cristóforo Colombo.

El tren funciona a las mil maravillas y está incluido en la misma franja que el centro de Roma. Por tanto, como el billete de metro es válido 75 minutos para cualquier medio de transporte, con un sólo ticket se puede llegar hasta la estación de Ostia Antica. Ya en el propio andén comienzan a aparecer restos arqueológicos, lo cual denota la riqueza patrimonial de la zona. Por cierto, no se pueden hacer fotos, pero vimos el cartel demasiado tarde.

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Roma 401Llegar desde la estación de tren hasta el yacimiento de Ostia Antica es muy sencillo: todo recto hasta el final. Según se sale de la terminal hay que cruzar una autovía por un puente azul (el que se ve en la fotografía) y seguir los carteles que indican el camino hasta el yacimiento arqueológico. No tiene pérdida, aunque hay que ir prestando atención.

El acceso no es gran cosa: un pequeño puesto de venta de entradas y poco más. Al margen de los tickets (4€ por persona en tarifa reducida) es totalmente imprescindible hacerse con un mapa del yacimiento: cuesta dos euros, pero sin él es imposible orientarse. Contiene algunas fotografías y un poco de información sobre cada cosa, pero volvemos a repetir que lo importante es tenerlo para hacer un recorrido con sentido. Es un recinto enorme, de varias hectáreas, en el que muchas cosas están alejadas de los caminos principales. Por tanto, no es muy conveniente adentrarse en Ostia Antica sin saber hacia donde se está caminando.

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Total, que a las nueve de la mañana ya estábamos dentro. Estábamos totalmente solos y teníamos toda la mañana por delante para recorrer uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Italia. Antes de enseñaros todo lo que vimos, una pequeña introducción histórica.

Ostia Antica tiene unos orígenes inciertos, con fechas de fundación que van desde el siglo VII a. C. (según la leyenda) hasta el IV a. C. (según las últimas investigaciones). En cualquier caso, desde muy temprano se estableció aquí un pequeño puerto comercial que floreció al amparo de Roma: en momentos de esplendor llegó a tener medio millón de habitantes. Sin embargo, el crecimiento desmesurado del Imperio hizo que se fundase un segundo puerto, proyectado con las dimensiones que requería el abastecimiento de la urbe más poderosa de occidente. Con el tiempo Ostia Antica fue perdiendo dinamismo, y tras la caída de Roma entró en una decadencia de la que no se pudo recuperar nunca. Fue abandonada casi en su totalidad, hasta el punto de que en el siglo XVII cayó prácticamente en el olvido.

Roma 404La gracia del yacimiento radica en varios puntos: sus enormes dimensiones, propiciadas por el importante papel que tenía Ostia en la vida comercial de Roma; su poco desarrollo, pues a diferencia de otros lugares como el Foro apenas hay construcciones de época posterior; su conservación, dado que tiene la apariencia arquetípica de unas ruinas románticas…

Vamos, que pasear a lo largo y ancho de este enorme yacimiento es una experiencia muy recomendable. Calzadas y grandes edificios conviven con una densa vegetación que impone el color verde sobre cualquier otro. Hay mucha libertad, ya aunque algunas zonas están restringidas por cuestiones científicas (no hay que olvidar que en Ostia Antica se sigue excavando) es posible investigar rincones que normalmente no son visitables.

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Si estuviéramos jugando al “Un, dos, tres” y el tema fueran “edificios romanos”, seguramente saldrían palabras como pórtico, termas, teatro, mausoleo o taberna. En Ostia Antica hay de todo eso, quizá no muy bien señalizado pero la conservación es tan buena que prácticamente todas las construcciones preservan sus elementos más característicos.

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En el caso de Ostia Antica se pueden destacar las dos facetas interesantes de todo yacimiento arqueológico: la global y la individual. En primer lugar, cuanto se visitan unos vestigios de este tamaño, es importantísimo hacerse una idea global de lo que se está viendo. ¿Cómo era la vida en uno de los puertos más importantes de la antigua Roma? ¿Cómo se organizaba la ciudad? ¿Cual era la planificación urbanística? A todas esas preguntas es posible responder con un simple paseo, al que se unió un simpático gusano del tamaño de una zapatilla.

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En segundo lugar, los detalles son importantes. Con “detalles” nos referimos a edificios concretos, de esos que tienen una función específica y tangible a los ojos de un ciudadano del siglo XXI. Por ejemplo, en el caso de Ostia Antica es especialmente representativo su Teatro. Fue construido en época de Augusto para albergar 3000 espectadores, pero tras reformas posteriores llegó a permitir el acceso a 4000 espectadores. Incluso llegó a ser adaptado para ofrecer funciones acuáticas, muy populares entre los romanos.

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Es un yacimiento enorme, de dimensiones desproporcionadas. Eso tiene una parte buena, y es que tiene muchísimo que ofrecer. Los que somos historiadores, o aquellos a los que les encanta la Historia, lo pasamos en grande en un lugar así. Sin embargo, también tiene una connotación negativa: si se ha venido por venir, como a veces ocurre con museos y otros sitios culturales, puede ser una tortura caminar de una calzada a otra.

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La Casa de los Pescadores (Domus dei Pesci), el Ninfeo degli Eroti, el frontón del Templo de Agusto in Roma… La lista es interminable, inabarcable para una web como esta y encima en constante expansión. Por tanto, preferimos seguir como hasta ahora y recordar más bien las sensaciones que tuvimos paseando por estas ruinas románticas, pues meterse en un mar de nombres no llevaría a nada.

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Por ejemplo, una de las cosas que más nos gustaron es que la vida parece haberse detenido de repente en Ostia Antica. Se conservan muy bien edificios que normalmente no han llegado a nuestros días, como pequeños templos o comercios privados. El caso más representativo es el de las tabernas, que incluso algunas siguen mostrando sus tablas de mármol originales.

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Hay que decir que, aunque ya hemos hablado varias veces del excelente estado de conservación del yacimiento, la vida no se detuvo exactamente de un día para otro. Hay muchas huellas de presencia cristiana, desde una basílica que muestra a las mil maravillas la estructura de los primeros templos cristianos hasta otros muchos detalles: frescos, esculturas, viviendas… Una ciudad tan grande no podía desaparecer de golpe.

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También hay que recordar que las excavaciones siguen su curso. Eso tiene una cara fascinante, pues implica que día a día crece Ostia Antica -o, mejor dicho, lo que conocemos de ella-. Nuevos hallazgos hacen que cualquier día podamos encontrar la típica noticia en el periódico de “se ha hallado X cosa en un yacimiento cercano a Roma”. Sin embargo, eso también tiene una parte menos agradable: zonas cerradas, caminos que no llevan a ninguna parte, vestigios tapados con geotextil…

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Por cierto, casi al final de la visita pudimos subir a la tercera planta de una antigua vivienda romana. Nunca habíamos hecho algo similar, lo cual no deja de ser curioso, pero aun así lo que queremos destacar es las vistas que había desde la azotea del resto de la excavación. Más bien de parte de ella, ya que no se veía toda, pero en cualquier caso desde las alturas un yacimiento arqueológico tiene un sentido totalmente distinto.

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También nos llamó mucho la atención la Horrea Epagathiana ed Epaphroditiana, que se ve en la foto de abajo en el medio. Se trata de una antigua tienda enorme, de dos plantas: como si fuera uno de esos horribles centros comerciales de carretera de extrarradio, sólo que que de época romana. 2000 años atrás ya habían inventado lo que hoy en día es una de las grandes formas de ocio.

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El broche final a la visita a Ostia Antica lo puso su Museo, establecido allí en el siglo XIX por el papa Pío IX. Hay restos procedentes del yacimiento arqueológico, aunque también de otras localidades de Roma. No nos gustó especialmente, puesto que ya estábamos cansados y no ofrecía más que un montón de piezas acumuladas sin ton ni son. Aun así es mejor que estén ahí y no tiradas en medio del yacimiento.

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Buscando información sobre Ostia Antica nos encontramos con que muy cerquita había un burgo medieval. Apenas habíamos visto cosas en ese viaje relacionadas con la Edad Media, por lo que nos pusimos a recabar datos. Lamentablemente en guías impresas no ponía nada, aunque la verdad es que tampoco tiene pérdida.

Roma 438En realidad, desde el tren hasta el yacimiento (y viceversa) se ven algunos elementos sospechosos: una muralla, casas distintas, las almenas del castillo… Vamos, que quien no va es porque no quiere. Teníamos los pies un poco hechos polvo después de tanta calzada romana, pero la verdad es que tenía muy buena pinta.

Roma 439La fortificación que se ve es el Castillo de Julio II (Castello di Giulio II). Fue construido a finales del siglo XV y abandonado en menos de un siglo, siendo anegado en su mayoría por el foso circundante. Por tanto, su bello y cuidado aspecto exterior se debe a la ambiciosa restauración que experimentaron el castillo y el burgo en el siglo XX.

Roma 440Y hablando de todo un poco, al burgo medieval se accede franqueando una de las puertas que tiene su muralla. Fuimos directos al castillo, pero acababa de cerrar diez minutos antes y por la tarde no abría. Probamos con aquello del “mañana volvemos a España”, pero ni dando pena nos dejaron pasar. Ellos se lo pierden.

Eso sí, aunque no se visite el castillo, sigue mereciendo la pena un paseíto por el burgo medieval. No son más que cuatro calles y en cinco minutos andando se podría ver todo, pero aun así tiene decenas de lugares deliciosos: casas de cuentos de hadas, olor a pasta recién cocida, flores por doquier… La construcción más destacada es la Iglesia de Santa Aurea (Chiesa di Sant Aurea), a la cual pudimos entrar.

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La pena es que el burgo sea un burguito, porque es realmente pequeño. Si en vez de cuatro calles tuviese cuarenta sería probablemente Patrimonio de la Humanidad, aunque pese a todo sigue siendo encantador un paseo por el entorno. Vimos que había dos o tres restaurantes, y la verdad es que ya teníamos bastante hambre, pero con los precios prohibitivos que tenían tuvimos que irnos a otro sitio.

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En realidad, teníamos en mente otro plan. Ya que estábamos cerquita de la playa y hacía bueno… ¿Por qué no acercarse? El verano quedaba muy lejos y seguramente hasta meses después no íbamos a ver el mar, por lo que no era mala idea.

Roma 447En la línea de Roma – Lido hay varias paradas señalizadas como cercanas a la playa, aunque la más típica es la Estación de Lido Centro. Sin embargo, que estén marcadas como playeras no significa que estén en primera línea de playa. De hecho, es bastante complicado llegar, aunque se acaba llegando si se sigue una premisa: ¡tó p’alante!

Según se sale de Ostia Lido hay que ir todo recto y de un modo o de otro se llega a la playa. Podríamos poner calles, pero la idea es básicamente esa: avanzar hacia delante, lo que técnicamente sería ir hacia el oeste. Recordemos que el refrán dice “preguntando se llega a Roma”, lo que en este caso sería “preguntando se llega a la playa de Roma”.

Roma 448Nosotros llegamos a un punto en el que sabíamos que el mar estaba al otro lado, pero un larguísimo y horrible club playero nos impedía el paso. Fuimos hacia la izquierda y, al final… ¡La playita! Pocas cosas hay en esta vida como encontrarse el mar después de varios meses rodeados de asfalto, coches y viviendas.

Lo primero era comer, pues se había hecho bastante tarde. Enfrente del paseo marítimo encontramos varios sitios de comida para llevar, pues nos apetecía cogernos algo que pudiésemos zamparnos enfrente del mar. Total, que como no podía ser de otro modo acabamos en una pizzería. Hay que decir que no fueron las mejores pizzas del viaje, pero también fue interesante dar cuenta de ellas ya que eran muy distintas a las que habíamos comido en Roma. Estaban hechas al estilo napolitano, es decir, con una masa mucho más gorda y esponjosa.

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Cuando nos terminamos los trozos de pizza nos dedicamos a relajarnos, aprovechando a tope todo lo que ofrece una playa: la agradable sensación de caminar descalzos por la arena, la brisa marina en la cara, los barquitos surcando el mar a lo lejos… Una delicia de la que, por desgracia, no podemos disfrutar todo lo que quisiéramos. Hay que decir que no es una playa especialmente buena, pues está sobreexplotada y no especialmente limpia, pero aun así fue una experiencia de lo mas gratificante.

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Igual nos pasamos una hora con los pies en el agua, por lo que cuando decidimos dejar atrás el mar teníamos los pies como garbanzos en remojo. En cualquier caso no podíamos estar allí toda la tarde, pues aún teníamos muchas cosas que hacer.

Y es que, aunque hasta el día anterior no habíamos decidido en firme ir a visitarla, teníamos muchos ganas de conocer la Basílica de San Pablo Extramuros (San Paolo fuori le Mura). Pese a ser un lugar relativamente importante -lugar de entierro de San Pablo Apóstol, muchas obras medievales de gran calibre, claustro comatesco excelente- no es de los más visitados, puesto que está bastante alejado y con todo lo que ofrece puede tardarse una tarde entera.

Roma 454En cualquier caso, el viaje estaba saliendo bien y habíamos cumplido todos los objetivos, por lo que no queríamos perdernos la basílica. Llegar a ella es fácil, pues está en la misma Roma – Lido. La parada no tiene pérdida: Estación Basilica di San Paolo. Desde ella hay que seguir las indicaciones, aunque al ser un templo enorme se ve en seguida donde está.

Al principio nos quedamos un poco fríos. En todas las guías habíamos leído maravillas sobre su fachada, y nos encontramos algo normalito tirando a feo. Nuestra cara debía ser un poema, porque un romano que estaba haciendo footing se paró y nos llevó hasta la fachada principal. Aun así lo que se ve por fuera no hace demasiada justicia…

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Roma 458…porque lo realmente impresionante se ve desde el patio. Diez columnas de diez metros de altura soportan una cornisa coronada por un mosaico que luce especialmente bello a última hora de la tarde. Aun así, al ser un edificio bastante nuevo -hubo que reconstruir el templo a mediados del siglo XIX por un incendio- todo parece algo artificial.

En cada esquina del “cuadripórtico” que rodea al patio hay una palmera de bastante altura. Por alguna extraña razón nos gustan las palmeras, quizá sea porque las asociamos con sitios que nunca nos han fallado, como Marruecos o la playa en general.

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El caso es que pasamos bastante rato en el patio, pues ofrece más cosas aparte de palmeras. Una estatua de San Pablo, del siglo XIX, muestra al apóstol con una espada. También hay otra, esta vez de San Lucas, que está bastante cerquita de la Santa Puerta. Este portón procede de la basílica original, y aunque su aspecto se debe en buena medida a la restauración tras el incendio, no deja de ser una muestra excelente de época bizantina. Data del siglo XI nada menos.

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San Pablo Extramuros tiene cinco naves: una central enorme que recuerda bastante a Santa Maria Maggiore y cuatro laterales algo más pequeñas. Hay que destacar que es el interior un poco oscuro, aunque en cierto sentido eso le da bastante encanto. También es destacable que, pese a ser un edificio nuevo, se han conservado muchas obras medievales: un mosaico financiado por Gala Placidia, el cimborrio gótico de 1285, el Candelabro Pascual del siglo XII… A eso hay que sumarle obras de arte modernas, como los altares de malaquita y lapislázuli donados por el zar Nicolas I tras el incendio.

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Roma 468Por encima de todo destaca, sin discusión alguna, la Tumba del Apóstol San Pablo. Se trata de un sarcófago hallado en el año 2002, durante unas excavaciones arqueológicas, identificado rápidamente como lugar en el que descansan los restos mortales del Apóstol. Desde el año 2006 es visible, ya que se abrió un hueco en la pared que permite contemplarlo. Mucho ojo, el sarcófago es lo que se ve tras las rejas, el cristal del suelo sólo muestra -que no es poco- el ábside de la primera iglesia. Es un lugar muy sensible en lo que a culto se refiere, que nadie nade por ahí como un guiri con su flash.

Hace bien poco, en 2009, se estudió el contenido del sarcófago. Si nos creemos lo que dijo Benedicto XVI, se pudo confirmar que era la tumba de San Pablo por varios motivos: análisis óseo por carbono 14, prendas litúrgicas, incienso rojo…

Roma 469Quizá menos sagrado, aunque también muy llamativo, es el claustro cosmatesco del siglo XII. Cuando visitamos la Archibasílica de San Juan de Letrán, tres días antes, vimos un claustro que nos encantó, ornamentado con este peculiar estilo decorativo. Aun así, en la guía decía que el de San Pablo Extramuros se conservaba mucho mejor.

Había que comprobarlo y, en efecto, ha soportado mucho mejor el paso de los siglos. Lo que más nos gusta del estilo cosmatesco es que cada columna es un mundo distinto: rectas, curvas, en espiral, lisas, llenas de oro… Es increíble como una ornamentación tan delicada ha sobrevivido tanto tiempo, pues el claustro fue realizado en el siglo XII. Fue -como no podía ser de otro modo- un encargo de una de esas familias pudientes romanas que han contribuido a dejarnos una ciudad espectacular.

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Roma 474Dicho sea de paso, desde un lateral del claustro se entra a una especie de museo formado por varias estancias. Hay una galería de pintura bastante chula que tiene pinturas religiosas desde los siglos XII al XIX, la cual convive con una capilla llena de reliquias en las que el oro es el denominador común. Aun así, la pieza estrella es una cruz relicario de plata del siglo XV.

San Pablo Extramuros, como San Juan de Letrán, ha sido una de las sorpresas más destacadas del viaje. Está en una situación bastante incómoda, pues no pilla muy a mano que se diga, pero aun así nos parece un elemento turístico de primer nivel.

Con la visita a San Paolo habíamos terminado con nuestro planning. Era muy prontito, pero al ser el penúltimo día decidimos volver al hotel para hacer lo que menos nos gusta en un viaje: preparar la maleta de vuelta a casa. Lo pasamos bastante mal -de hecho, peor que en ningún otro viaje- porque llevábamos mucha ropa y encima se nos había ido la mano con las compras, pero aun así conseguimos que cupiese todo. Al día siguiente tuvimos que ponernos una chaqueta encima, pero mereció pasar un pelín de calor antes que pasar por el abuso de pagar 30€ por cada maleta facturada.

El caso es que no serían ni las ocho cuando ya habíamos hecho todo. No nos íbamos a ir tan pronto a dormir, así que empezamos a hablar sobre posibilidades para pasar el rato y… ¡Tachán! ¡Se iluminó la bombilla de las ideas! El Puente Milvio o Ponte Milvio sería nuestro destino final ese día. Nos apetecía mucho ir allí, pues con el tiempo se ha convertido en uno de los sitios más románticos de Roma. ¿Por qué? Ahora os lo contamos.

Roma 475Antes de nada, la ruta que tuvimos que hacer. Para llegar al Ponte Milvio nos tocó utilizar dos medios de transporte: el Metro y el tranvía. En primer lugar fuimos en Metro hasta la estación de Flaminio (línea A). En la propia Via Flaminia cogimos la línea 2 de tranvía hasta la parada de Pinturicchio. Es la quinta, hay que prestar mucha atención porque no avisan del nombre de la parada.

Una vez en Pinturicchio hay que ponerse mirando en dirección hacia donde avanza el tranvía en el que se ha llegado. Así, hay que coger la segunda calle a la derecha (Via Giulio Romano) y seguir todo recto hasta que se acabe la calle. Justo en frente hay como un polideportivo: según se le mira hay que ir hacia la derecha, siguiendo el cauce del río, y así se llegará al Ponte Milvio. Se puede hacer el camino dando menos vuelta, pero era muy de noche y esta nos pareció la opción más segura.

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Roma 479Y nada, aquí tenéis el Puente Milvio. Es uno de los más reconocidos de la ciudad, pues fue construido por Cayo Claudio Nerón (no confundir con el Nerón del incendio) en el siglo II a. C. y reconstruido posteriormente por otros emperadores. El momento más célebre se dio en el 312 d. C., cuando Constantino venció a Majencio en la batalla del Puente Milvio.

Roma 480En la actualidad el lugar se ha hecho popular por la novela “Tengo ganas de ti”, del escritor Federico Moccia. Gracias al libro ha surgido la costumbre de ir al puente en pareja para poner un candado como prueba de amor. Al principio se hacía en una farola, pero esta se cayó por el peso de tanto candado, lo que denota la popularidad de esta tradición moderna.

Desde el incidente de la farola, en 2007, se han puesto varios pilares unidos entre sí con cadenas, en los cuales es fácil plantar tu candado para la eternidad. En realidad no es una eternidad muy eterna, pues cada cierto tiempo el ayuntamiento hace limpia y funde los candados, para evitar que vuelva a haber otro colapso. Aun así, es impresionante pasear entre los candados y pararse a ver las miles de muestras de amor con detalle.

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Nosotros íbamos preparados desde España con un candado tuneado, en el cual figuraban nuestros nombres, la fecha en la que empezó nuestra relación y -por supuesto- la dirección de nuestra web. Sin embargo… ¡Tragedia! En algún momento del viaje perdimos el candado, así que tuvimos que comprar uno en un chino (si vais sin candado no pasa nada, puesto que en el mismo puente hay vendedores non stop) y rallar nuestros nombres con la llave. No nos cupo más que “Ed” por un lado y “Er” por el otro, pero nos dio igual: nuestro amor está hecho de pequeñas cosas, y en cierta manera poner un candado tan chiquitito resultó romántico.

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Roma 487Aquí está Eri, posando con nuestro pequeño candadito. ¡Que nadie se meta con él por ser un canijo, que se tendrá que enfrentar a nosotros! Por último, hay que reconocer que nos encantó la experiencia. En principio nos parecía una bobada ir a la otra punta de Roma a poner un candado, pero ahora se lo recomendamos a todo el mundo.

Para volver al centro de la ciudad hay que volver a la misma estación de tranvía y montarse de nuevo, pues es una línea circular. Eso fue lo que hicimos, y aprovechamos para terminar el día con un paseíto nocturno por la Piazza del Popolo y la Plaza de España.

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Roma 490Como curiosidad hay que decir que, sin quererlo, nos vimos en una especie de manifestación. No sabemos cuales eran sus quejas, pero de repente decenas de bicicletas (algunas bastante extrañas) aparecieron por todas partes pitando, chillando y haciendo toda clase de ruidos extraños. Tras ellas iban dos coches de policía, no sabemos muy bien las intenciones. El caso es que nos pareció una protesta de lo más curiosa, ejemplo de lo que ha sido 2011: un año especialmente conflictivo (que nos lo digan a los españoles, que hemos dado ejemplo al mundo con el 15M).

Ya sólo faltaba un día para volver a casa. Pese a estar un poco tristes, aún teníamos dos buenos ases en la manga por jugar: los Museos Vaticanos y el Castillo de Sant’Angelo. Pero eso os lo contaremos en el siguiente capítulo.

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