Roma ’11 – Capítulo IV: Un viaje al Imperio Romano (día 3)

El tercer día del viaje nos levantamos diciendo lo mismo que diríamos en jornadas sucesivas: “Mañana tenemos que dormir más, no podemos madrugar tanto. Hoy ya nos levantamos que hay mucho que ver, pero mañana…”. Nos gusta aprovechar el tiempo al máximo cuando estamos fuera de casa, no hay ningún esfuerzo que no se cure con unas cuantas horas de sueño a la vuelta. Con este espíritu empezamos un día que nos iba a llevar a ver algunos de los lugares más destacados del Imperio Romano, como el Coliseo o el Circo Máximo, aunque también habría tiempo para visitar otras cosas.

Por ejemplo, empezamos la mañana visitando la Basílica de San Pedro Encadenado (San Pietro in Vincoli), que estaba al ladito de nuestro hostel. Data del siglo V, y tiene ese nombre porque fue el lugar elegido para depositar las cadenas con las que ataron a San Pedro en Jerusalén. Quizá su aspecto exterior no sea muy llamativo, pero en su interior alberga uno de los grandes tesoros de la ciudad.

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Roma 137Y es que, al margen de la reliquia que os hemos contado en el párrafo anterior, el templo es célebre porque en él se encuentra el Moisés de Miguel Ángel. Esta impresionante escultura, planteada en origen como mausoleo del papa Julio II, tiene como protagonista a un colosal Moisés tallado en mármol de Carrara. Es una de las obras más famosas de Miguel Ángel, y pese a ello pasa desapercibida para muchos turistas, pues la cantidad de visitantes que recibe San Pietro in Vincoli es ridícula en comparación con el Foro o el Vaticano. Una pena, pues es un conjunto sobrecogedor.

A nuestro siguiente destino, el Coliseo, no le faltan visitantes. Es el símbolo por antonomasia de la ciudad, como la Torre Eiffel en París o la Catedral de San Basilio en Moscú. Al decir Roma -o incluso Italia- a todo el mundo se le dibuja en la mente la figura semiderruida de este anfiteatro que ha pervivido como vestigio del máximo esplendor del Imperio Romano. La entrada nos costó 7.5€ (descuento de estudiantes), e incluye el acceso al Coliseo, al Foro Romano y al Palatino. Si es muy pronto, como en nuestro caso, da igual por donde se empiece. Sin embargo, desde media mañana sería recomendable comenzar la visita por el Foro, ya que las taquillas del Coliseo suelen tener colas kilométricas.

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El Coliseo de Roma fue erigido en el siglo I, por lo que cada uno de sus rincones respira Historia por sus cuatro costados. Tanto es así que, al margen de los elementos puramente arquitectónicos, el edificio funciona como museo -con algunas vitrinas que explican su construcción- y sala de exposiciones. Cuando nosotros fuimos había una sobre Nerón y el famoso incendio de Roma, pero nos consta que las van renovando cada pocos meses. Pese a todo no es un espacio especialmente aprovechado, y el recorrido por su interior es bastante lioso. Hay pocos carteles y es difícil irse de allí sin la sensación de que te has dejado algo por ver.

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Aun así, es una visita totalmente imprescindible. En origen se le conocía como Anfiteatro Flavio, pues fue construido durante la época de gobierno de los emperadores de la Dinastía Flavia. Sin embargo, el nombre actual responde a una enorme estatua que colocaron al lado: el Coloso de Nerón. Éste no ha llegado a nuestros días, pero sí ha perdurado toponímicamente a través de la palabra Colosseum.

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Estuvo en uso durante más o menos 500 años, en los que se celebraron espectáculos de todo tipo: luchas de gladiadores, ejecuciones, obras de teatro… A la vista de las imágenes no debe sorprender su enorme capacidad, pues poseía un aforo de aproximadamente 50.000 personas. Ya quisieran muchos estadios de fútbol llegar a esa cifra. Lamentablemente, cuando perdió su uso lúdico tuvo distintos usos: desde santuario cristiano hasta fortaleza militar, pasando inevitablemente por su papel como cantera para extraer materiales para otras construcciones.

Así se forjó su aspecto ruinoso actual, el cual es precisamente uno de sus principales valores. Por suerte, en la actualidad está especialmente protegido por ser el icono de la ciudad. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, fue designado en 2007 como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo y recibe miles de visitantes cada día.

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Hacía frío, llovía y no sabíamos muy bien hacia donde ir ya que apenas había carteles. Sin embargo, disfrutamos como dos enanos yendo de un lugar a otro. Buscar un sitio tranquilo, cerrar los ojos e imaginarse el Coliseo lleno de gente que espera a que dos gladiadores se batan en duelo es una experiencia extrasensorial de primer orden. Sus 189 metros de largo, 156 de ancho y 57 de alto esconden muchos rincones sorprendentes.

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Roma 149Por cierto, desde el Coliseo están las mejores vistas del cercano Arco de Constantino. Este arco del triunfo, construido para conmemorar la victoria en la Batalla del Puente Milvio del año 312, ha llegado en perfecto estado a nuestros días. Esto se debe a que es uno de los más modernos, por lo que se libró del expolio que sufrieron sus predecesores.

Una vez terminamos en el Coliseo pusimos rumbo al Foro Romano, que estaba incluido en la entrada que habíamos adquirido. Hay dos accesos: el de la Via di San Gregorio y el de la Via dei Fori Imperiali. El primero estaba más cerquita, pero suele tener colas, por lo que decidimos ir al segundo. Fueron cinco minutos andando y entramos sin esperar nada, por lo que creemos que puede ser una opción a tener en cuenta para futuros viajeros.

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Antiguamente conocido como Forum Magnum, era la zona en la que se desarrollaban las actividades propias de una ciudad en la antigua Roma: negocios, justicia, actos religiosos… Fue un lugar en el que el esplendor del Imperio se elevó a la máxima potencia, por lo que pese al abandono y los expolios han llegado hasta nosotros vestigios de la grandeza de otro tiempo.

Lo que nosotros encontramos allí fue como una especie de excavación arqueológica a lo bestia. Íbamos con cosas impresas en casa, así que no hubo ningún problema, pero echamos de menos que nos dieran un mapa para orientarnos por el enorme conjunto que supone el Foro. Y más teniendo en cuenta el mal estado en el que están presentados, pues todo el apoyo al visitante que se da son carteles indicando donde están las cosas. Se echan de menos paneles informativos, reconstrucciones a escala o recursos audiovisuales, y más en un sitio que cuenta con esos medios.

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No vamos a ir edificio por edificio, ya que la lista de construcciones que componen el Foro Romano es impresionante. Sin embargo, hay muchos que no se pueden quedar en el tintero de ningún modo. La interminable Basílica Emilia o el Arco de Septimio Severo fueron las referencias que utilizamos para orientarnos, ya que en un primer momento -pese a ir con mapa- nos costó saber en qué dirección estábamos avanzando. También tratamos de ver la Lapis Níger, pero no pudo ser ya que su entorno se encontraba en restauración.

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Uno de los edificios más destacados del foro es la Curia, sede del órgano civil más importante de la República: el Senado. En ella se pronunciaban los famosos discursos que servían para dirigir la política interior y exterior de un Estado que no paraba de crecer. El edificio actual data de tiempos de Diocleciano, cuando fue reconstruido tras un incendio. La importancia del edificio está en sus dimensiones: la altura es la mitad de la suma de la longitud y la anchura, obteniendo así una acústica perfecta -según Vitrubio- para el debate.

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El Templo de Saturno, el Templo de Vespasiano y el Templo de Concordio fueron los siguientes en hacer acto de presencia. Al principio cuesta orientarse, pero una vez te ubicas en el mapa es fácil ya que el Foro Romano está básicamente dividido por dos calles: la Via Sacra y la Via Nova. Como ya hemos dicho, se echan en falta algunas explicaciones, ya que en el recinto conviven edificios de épocas muy diversas y a veces cuesta un poco hacerse a la idea de lo que se está viendo.

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Uno de los edificios que más nos llamó la atención fue la Casa de las Vestales (Atrium Vestae), la residencia de las Vírgenes Vestales. En él vivían y se formaban las sacerdotisas públicas de la antigua Roma, pues eran las encargadas de custodiar el fuego sagrado. Antes de llegar a los restos de este lugar tan mágico habíamos pasado por los del Templo de Cástor y Pólux, así como los de la Basílica Giulia. No obstante, no todo son ruinas, tal y como atestigua el Templo de Rómulo. En su interior había una exposición temporal acerca del cine basado en el Imperio Romano.

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Poco a poco íbamos ascendiendo, lo cual era síntoma de que nos encontrábamos en los albores del Monte Palatino. Sin embargo, antes de eso pasamos por enclaves realmente importantes como la Basílica de Majencio. Era un edificio clave en la justicia de la antigua Roma, tan influyente que fue el esquema que siguieron los cristianos para construir sus primeros templos. No se ha conservado en exceso, pero los restos de sus antiguas bóvedas dan cuenta de la magnificencia de la estructura.

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Otro punto de interés notable del Foro Romano es el Arco de Tito, un arco de triunfo construido en el siglo I. Sus relieves, cargados de detalles, ilustran las victorias de Tito contra los judíos. Es la última construcción perteneciente al Foro, pues a partir de ahí ya se está oficialmente en el Palatino.

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Roma 171Esta colina es una de las partes más antiguamente pobladas de la ciudad, por lo que en ella se asentaron las primeras casas nobles. Precisamente por eso surgió aquí la palabra “palacio”, término utilizado para describir las lujosas viviendas de la gente bien posicionada. Una vez más la etimología y la Historia van de la mano.

Dado que el Palatino es un monte, no deben sorprender las buenas vistas que hay desde él hacia la ciudad, en particular, y el Foro Romano, en general. Aunque el día había empezado lluvioso, poco a poco las nubes se habían ido calmando y a estas alturas de la película ya no caía ni una gota. Fue toda una suerte, pues gracias a eso pudimos disfrutar de las vistas de una manera más que aceptable.

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Roma 173Mientras que en el Foro Romano todo son ruinas y más ruinas, el Palatino es un oasis verde en medio de Roma. Al haber ido en otoño el calor no ha sido un problema, pero seguramente en agosto este sea un refugio perfecto para las altas temperaturas. Otra diferencia con el Foro es que en la colina hay mucha menos gente, lo cual es una delicia para pasear.

El Criptopórtico, la Casa de Livia, la Casa de Augusto… La lista de museos, monumentos y restos arqueológicos del Palatino es interminable. Sin embargo, los problemas son los mismos que encontramos en todo lo relacionado con la antigüedad romana: las hordas de turistas aseguradas año tras año hacen que nadie se esfuerce por sacarle partido al lugar. Unos paneles informativos o mejor señalización del itinerario son dos ideas que alguien podría poner en práctica alguna vez.

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En mitad del monte está el Museo Palatino, un pequeño edificio con dos plantas destinadas a almacenar restos de las excavaciones realizadas en la zona. Decimos “almacenar” y no “exponer” porque fragmentos de estatuas, capiteles y lápidas se hayan diseminados por las distintas salas sin ton ni son. Una pena, las posibilidades son enormes y la realidad exigua.

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El conjunto más destacado del Palatino, o al menos uno de los tres más importantes, es el Palacio de Domiciano. Está compuesto por tres construcciones distintas: la Domus Flavia, la Domus Augustana y el Estadio Palatino. Tres ejemplos distintos de lo mismo: la manifestación del poder romano en sentido amplio.

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En el Monte Palatino terminamos como empezamos: disfrutando de sus magníficas vistas. En este caso, si se mira al lado opuesto al foro está el Circo Máximo (o, mejor dicho, lo que queda de él). A pesar de haber sido un lugar muy importante en la ciudad por la fama que tenían las carreras de cuadrigas, llegando a albergar más de 150.000 espectadores en sus tribunas y en los alrededores, hoy por hoy no es más que un parque en el que vagamente se adivinan los restos de la pista de carreras. Especialmente aquí se podría hacer más por su conservación, pues algunas zonas están valladas para almacenar material de obra.

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Si se mira al fondo, a la izquierda del Circo Máximo, hay dos edificios que también son interesantes. En segundo plano se adivina el perfil de las Termas de Caracalla, conjunto que visitaríamos esa misma tarde y del que más abajo os hablaremos. Más cerca, en primer término, está la sede de la FAO en Roma.

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Con eso habíamos terminado con el triunvirato formado por el Coliseo, el Foro Romano y el Palatino. Habíamos empleado una mañana entera, pero había merecido la pena ver como todo lo que llevábamos años estudiando sobre el Imperio Romano había cobrado vida en unas pocas horas. Los arqueólogos suelen decir que las piedras hablan, y en este caso la expresión no podía tener más sentido.

De todos modos, no todo fue tan dulce como hasta ese momento, pues nuestros siguientes pasos no fueron nada satisfactorios. Primero nos dirigimos hacia la Domus Aurea para contemplar los restos del enorme palacio que construyó Nerón tras el incendio. Lo único que pudimos ver fue un cartel anunciando que el conjunto estaba cerrado por obras. También intentamos ver dos templos, la Basílica de San Juan y San Pablo (Santi Giovanni e Paolo) y la de San Gregorio Magno al Celio. Las dos nos las encontramos cerradas, así que vimos dos bonitas fachadas pero nos quedamos con ganas de visitar sus interiores.

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Roma 186Tampoco fue ninguna alegría visitar a pie de campo el Circo Máximo. Desde el Palatino habíamos comprobado que estaba abandonado y en un estado lamentable, pero de cerca la situación es aún peor. Parece una especie de descampado en el que en cualquier momento vas a ser atacado por zombis o algo peor. Una pena.

Roma 187Nuestros pasos, aunque no por el camino más corto, nos habían ido encaminando hacia la Basílica de Santa Maria in Cosmedin. El “in Cosmedin” de su nombre viene de la palabra griega kosmidion, que significa bello. También es conocida como Schola Graeca, ya que cuando fue construida -en el siglo VI- estaba rodeada de muchas estructuras de origen bizantino. Pero lo que realmente ha popularizado esta iglesia en la cultura moderna es que en la pared de su pronaos está la Boca de la verdad o Boca della Verità, otro de los iconos de la ciudad.

No está claro del todo, pero parece que la Bocca della Verità es una alcantarilla tallada en el siglo I. Su misteriosa figura ha fascinado a propios extraños en los últimos 2000 años, y una leyenda muy popular dice que aquellos que mienten perderán su mano al introducirla en la boca de piedra. Esta tradición queda reflejada en la mítica película Vacaciones en Roma, icono del cine de los años 50 y con varios premios Oscar a sus espaldas. En un pasaje de la cinta, los legendarios Gregory Peck y Audrey Hepburn hablaban de la leyenda e incluso el protagonista simulaba perder una mano.

La Boca de la Verdad se ve desde fuera, tras una valla, durante todo el día. Sin embargo, también es posible tocarla e introducir la mano para comprobar que todo va bien. Para eso hay que ponerse a la cola y esperar turno detrás de hordas de chinos/japoneses. Se supone que para hacer la foto hay que hacer una donación de un euro, pero en la práctica poca gente la hacía ya que nadie controlaba que echases la monedita o no. Por cierto, ninguno de los dos se ha quedado manco… ¡Nuestro amor sigue adelante sin mentiras!

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Pese a que la Bocca della Verità es un crack mediático, no hay que despreciar el interior de Santa Maria in Cosmedin. El pavimento cosmatesco, la techumbre de madera, la cripta de Adriano (hecha por el papa Adriano I en el siglo VIII, no confundir con el emperador) o el mosaico del siglo VIII (ubicado en la tienda) son atractivos suficientes para justificar la visita a esta bonita basílica. Del exterior hay que destacar al campanario, una auténtica joya.

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A partir de aquí hubo que andar un rato, pues teníamos que ir a la Cripta Balbi ya que estaba incluida en la entrada del Museo Nacional Romano que habíamos comprado un par de días atrás. Caducaba ese día, así que era un destino obligado. Lo que también resulta inevitable cuando se está en Roma, da igual hacia donde se camine, es encontrarse con todo tipo de iglesias, restos arqueológicos y monumentos. De muchos es difícil saber el nombre o su época, pero aun así están ahí y da gusto cruzarse con ellos.

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Otro placer es la comida. Ya era bastante tarde y nuestros estómagos rugían, por lo que a la que caminábamos con los ojos bien abiertos en busca de un sitio bueno, bonito y barato. Lo encontramos en el Ghetto, el encantador barrio de tradición judía que habíamos visitado el día anterior. El sitio se llamaba Pizza Franco e Cristina, y es otro ejemplo de que en Roma se puede comer bien y a buen precio. En un mostrador tenían distintos platos preparados, elegías el tuyo, lo pesaban y a zampar. Nos hicimos con dos platos de pasta, una ensalada caprese y bebidas por 15.80€ en total. En la puerta tenían una terraza cubierta, y aunque llovía estuvimos ahí comiendo porque tenían estufas de esas que convierten el invierno en un infierno. Un sitio muy recomendable para comer gastando poco dinero.

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Además, aprovechamos la jugada para explorar más a fondo el Ghetto. El día anterior vimos algunas cosas, pero como empezó a anochecer nos quedamos con ganas de más. En este caso pudimos conocer muchas más cosas y comprobar como en cada rincón hay muestras de una herencia hebrea que sigue muy presente en la actualidad.

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Roma 200Vamos, que aunque íbamos en dirección a la Cripta Balbi (Crypta Balbi en italiano) dimos algo de vuelta. Anyway llegamos allí, la última sede del Museo Nacional Romano que nos quedaba por visitar tras el Palazzo Maximo, las Termas de Diocleciano y el Palazzo Altemps. ¿Cómo describir esta última sede? Decepcionante es el primer adjetivo que nos viene a la mente.

Para ser justos, la Cripta Balbi tuvo una desventaja inicial que no tuvieron los demás. Justo cuando estábamos llegando nos dijeron que empezaba una visita guiada en cinco minutos, por lo que decidimos esperar. Al final, los cinco minutos resultaron ser media hora larga porque nadie encontraba a la guía, y el recorrido lo hizo una señora que preguntó si éramos italianos. Cuando dijimos que no dijo algo así como “me da igual, no pensaba hablar de todos modos” y empezó a enseñarnos el subsuelo del museo a toda velocidad, sin esperarnos y con muy malos modos.

Tras media hora esperando la visita fue de tres minutos, por lo que ya nos pusimos de mala leche. El resto del museo lo vimos por ver, pero ni nos gustó ni nos apetecía seguir allí. De hecho, en el cuaderno en el que hacemos las anotaciones sobre el viaje, sólo figura una única precisión sobre este sitio: “mierda total”.

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Roma 203Al ladito de la Cripta Balbi está el Área Sacra, una pequeña excavación arqueológica en medio de varias calles que contiene cuatro templos erigidos entre los siglos IV y III a. C. Es un lugar que hoy en día puede pasar desapercibido, ya que está en muy mal estado y sin ninguna señalización, pero en tiempos marcaba los límites del Ghetto.

Tras visitar un sitio totalmente prescindible nos quedó un regusto bastante amargo, no sólo porque la Cripta Balbi había sido una experiencia negativa sino porque teníamos que volver hacia el Circo Massimo, lo cual suponía media hora deshaciendo el camino andado para ver algo que no nos había gustado nada.

Roma 204Aun así, cuando se va a ver algo importante las fuerzas salen de donde no las hay, y en este caso nos esperaban las Termas de Caracalla (Terme di Caracalla). La entrada son 3€ por persona en tarifa reducida, e incluye además el acceso a la Villa dei Quintili y el Mausoleo de Cecilia Metela, ambos en la Via Appia Antica.

Por cierto, sin saberlo entramos por los pelos. Las Termas de Caracalla están abiertas hasta una hora antes del anochecer, y nada más comprar la entrada cerraron la puerta. Pudimos verlo todo sin prisas, pero si hubiéramos llegado unos minutos más tarde nos habríamos quedado en la puerta.

En líneas generales el conjunto está partido en dos zonas: la estrictamente arqueológica y otra enorme que hace las veces de parque por el que pasear tranquilamente. Seguramente sólo paguemos entradas los guiris, porque por ahí vimos varios señores mayores que tenían pinta de estar todos los días con su bastón por allí.

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En cuanto a los restos arqueológicos, son los vestigios que han quedado de unos enormes baños construidos entre 212 y 217. También se les llama Termas Antoninas, puesto que Caracalla sólo era un apodo de Marco Aurelio Antonino Basiano. A pesar de haber sido un edificio importantísimo -por sus dimensiones y por el lujo de su ornamentación- en la actualidad presenta un estado más que ruinoso por siglos de abandono, saqueos, guerras e incluso terremotos. Algunas de sus piezas más destacadas están en otros lugares: por ejemplo en el Museo Arqueológico de Nápoles está el Toro Farnesio, una excultura hallada en estas termas en el siglo XVI.

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Pese a la destrucción y el paso de los años, es fácil distinguir las distintas estancias propias de unas termas. Eso por no hablar del impacto visual que producen las cúpulas que han resistido los achaques del tiempo. Incluso hay restos visibles de bañeras, pese a que muchas de ellas fueron arrancadas literalmente para construir fuentes en la Roma medieval.

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Una vez terminamos en las Termas de Caracalla, nuestro plan era aprovechar que estábamos al sur para acercarnos a la Via Appia Antica y recorrer algunos tramos. Sin embargo, tras acercarnos al principio no lo vimos demasiado claro: los lugares de interés como las Catacumbas o el Mausoleo de Cecilia Metella estarían cerrados, estaba chispeando, la iluminación no era especialmente buena…

Roma 213Vamos, que todo lo que vimos ese día de la Via Appia Antica es la foto que tenéis a la derecha. Hicimos un repaso de nuestros apuntes, mapas y folletos y decidimos modificar los planes. Pospondríamos para el día siguiente la Via Appia Antica, y aprovecharíamos el final de esta tercera jornada para visitar la catedral de Roma.

En nuestras ideas previas la Archibasílica de San Juan de Letrán (Basilica di San Giovanni in Laterano) figuraba en la primera posición de la lista de cosas para visitar si sobraba tiempo. No se puede decir que estuviésemos al lado, pero desde las Termas de Caracalla estábamos relativamente cerca y sería una buena manera de acabar el día. Algo más de media hora caminando nos llevó a la Piazza di Porta San Giovanni, en la cual está el obelisco más antiguo de la ciudad.

Además, sus 45 metros de altura (31 del monumento y 14 de la base) hacen de él el obelisco con mayor altura de la ciudad. En origen estaba ubicado junto al Circo Máximo, pero fue abandonado e incluso se cayó, resultando partido en varios trozos. El papa Sixto V lo trajo desde allí y lo colocó en el lugar en el que se encuentra en la actualidad. Estuvimos un rato en la plaza, pero en seguida entramos a ver una basílica que tenía muy buena pinta.

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El acceso es gratuito y permanece abierta casi todo el día, con lo que es la visita perfecta para rellenar huecos a primera o a última hora. Hay muchísimas cosas que se pueden destacar de San Giovanni in Laterano, ya desde la entrada: las puertas son las originales de la Curia del Foro Romano (la cual habíamos visitado por la mañana). El interior fue restaurado por Borromini, siendo considerada una de sus grandes obras. También es destacable la tumba de Martín V (cuya losa de bronce suele ser atribuida a Donatello), el ciborio del siglo XIV (obra de los papas de Avignon) y el Fresco del Jubileo, obra de Giotto en el año 1300.

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La única zona de pago de toda la archibasílica es su claustro cosmatesco, para el que hay que abonar 3€ por cabeza. Aun así merece la pena, ya que este estilo decorativo medieval es muy poco frecuente fuera de Roma. Es un tipo de ornamentación que combina el mármol -fundamentalmente extraído de ruinas romanas- con detalles geométricos coloreados, siendo comunes los tonos dorados. Los dos ejemplos más destacados que vimos en este viaje fueron, a su vez, sendos claustros: el de la Basílica de San Pablo Extramuros y este, de San Juan de Letrán, que podéis ver más abajo. Además, como en casi todos los templos que vimos en la ciudad, los cuatro corredores estaban plagados de interesantes vestigios de la antigüedad romana.

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Además de la archibasílica y del claustro, aún vimos muchas cosas allí. Y es que a San Juan de Letrán no hay que verle como un único edificio, sino como un conjunto de varios puntos de interés. Por ejemplo, destaca como un edificio independiente el baptisterio. Es de planta octogonal, siguiendo la forma más común de este tipo de estancias en el primer cristianismo. Aunque ha sido muy reformado aún perdura la tradición que afirma que aquí fueron bautizados el emperador Constantino y su madre, Santa Elena.

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Y en lo que aquí os vamos a enseñar queremos ponernos solemnes, ya que es uno de los lugares que más nos ha impactado de todo el viaje. Estamos hablando de la Escalera Santa o Scala Santa, que sin duda se encuentra entre los grandes símbolos de veneración del cristianismo junto a otros como el Sudario de Turín. Es una escalera de mármol traída en el año 326 de Jerusalén por Santa Helena. La leyenda -no especialmente fiable -dice que en origen la escalera estaba en el palacio de Poncio Pilato, por lo que Jesús de Nazaret subió por ella para ser juzgado en el Viernes Santo y, posteriormente, quedaron en ellas restos de sangre.

Roma 226Para que su veneración fuera más accesible el papa Sixto V construyó en el siglo XVI el actual edificio, en el que se ubicó en la parte central la Scala Santa con otras dos escalinatas a cada lado para facilitar la masiva afluencia de fieles. Todo un ejemplo de lo bien que domina la iglesia el marketing en este tipo de cuestiones.

Roma 227Desde entonces las personas que han peregrinado al lugar se cuentan por millones. Como forma de penitencia, los 28 peldaños de la Santa Escalera sólo pueden ser subidos de rodillas, en silencio y rezando. Es, por tanto, el lugar en el que la fe cristiana se manifiesta de manera más auténtica y espiritual tanto en Roma como en el Vaticano: nada que ver con el circo turístico que encontramos en la Basílica de San Pedro el día anterior. Nosotros no tenemos nada que ver con ninguna religión, pero aun así nos impactó mucho ver a toda esa gente supurando fe por los cuatro costados.

Por cierto, en la parte alta del edificio está la Capilla Privada de los Papas, llamada en ocasiones Sancta Sanctorum por las muchas reliquias que custodia (o custodió en algún momento). Sólo abre dos veces al día, pero por suerte se puede ver desde fuera a través de una ventana. También es posible visitar las capillas laterales, recientemente restauradas. De hecho, allí trabajaba una chica que hacía pequeñas explicaciones a cambio de un donativo para financiar el mantenimiento de la Scala Santa. No somos muy amigos de donar nada a la iglesia, puesto que esa empresa multinacional no tiene problemas de liquidez precisamente, pero no tuvimos más remedio que soltar unas monedas para poder entrar en dichas capillas.

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Roma 230El último destello de grandeza que nos regaló San Juan de Letrán fue el mosaico del Triclinium que se ha conservado del antiguo Palacio de Letrán. Está a la vuelta de la entrada a la Scala Santa, justo enfrente del actual palacio, y es una joya que explica por qué es el único fragmento que ha resistido el paso de los siglos.

En conclusión, haber cambiado la visita a la Via Appia Antica por San Giovanni in Laterano había sido una decisión inmejorable. La catedral de Roma se merece un diez, y aunque en un primer momento sólo íbamos a visitarla si teníamos tiempo, ahora no podemos dejar de recomendársela a todo el mundo. Es una parada obligada si se está en la ciudad, totalmente imprescindible y probablemente el lugar en el que la fe cristiana se manifiesta de manera más auténtica en toda Roma.

Aunque ya era noche cerrada, estábamos cansadísimos y ya habíamos visto todo lo que habíamos planificado para ese día… ¡Aún teníamos ganas de más! Estábamos relativamente cerca de la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén (Basilica di Santa Croce in Gerusalemme), un edificio bastante alejado de otros puntos de interés. Si no íbamos a él en ese momento no iríamos en este viaje, por lo que no nos lo pensamos dos veces y nos pusimos a caminar.

Roma 231Su exterior quizá no sea muy llamativo, en especial después de todo lo que ya habíamos visto en Roma. Aunque está ubicado en el mismo lugar que el palacio de Santa Elena, el edificio actual data del siglo XIII. No obstante, su apariencia responde a muchísimas modificaciones realizadas hasta el siglo XVIII, cuando ya quedó tal y como se la ve hoy en día.

Aunque a nivel artístico el templo es una maravilla -a la vista de las fotografías está-, en este caso queremos destacar el ambiente en el que se desarrolló nuestra visita. Era tarde, chispeaba y hacía frío, por lo que pudimos visitar la basílica prácticamente solos. Por si eso fuera poco, un músico estaba tocando el órgano con una melodía que retumbaba por todo el edificio. Una maravilla, así es como habría que recorrer siempre un templo. Ya había pasado mucho tiempo, pero nos recordó mucho a cuando cuatro años y medio antes, en París, visitamos la Iglesia de la Madeleine en circunstancias muy similares.

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Roma 235Mención aparte merecen las reliquias de la sacristía, pues se trata de una de las mejores colecciones del mundo de objetos de veneración relacionados con la Crucifixión. Hay de todo: fragmentos de la cruz, clavos, espinas de la corona e incluso la inscripción “INRI”. Hay que decir que la veracidad de todas estas cosas siempre está en entredicho (la gente suele decir que con todas las astillas de la cruz de Cristo que hay diseminadas por el mundo se podrían construir varios barcos), pero no dejan de ser objetos de fe que mueven a millones de personas cada año.

Ahora si que si, con eso terminaba nuestro tercer día en Roma. De camino al hostel aprovecharíamos para comprar los primeros regalos para la familia (camisetas e imanes de nevera), aunque tampoco nos entretuvimos demasiado. Después de un día pasado por agua -el único del viaje- nos apetecía una ducha calentita y una suculenta cena. Eso por no hablar de la camita, que estábamos cansadísimos y necesitábamos nuestras ocho horitas de sueño para afrontar todo lo que teníamos por delante.

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