Roma ’11 – Capítulo II: Roma non basta una vita

La vida del viajero  que utiliza vuelos low cost tiene algunos inconvenientes. A cambio de conocer el mundo a muy buen precio a veces toca hacer algunos sacrificios, y en el caso de este viaje fue que el vuelo Madrid-Roma salía a las 7 de la mañana, con el consiguiente madrugón. Si a eso se le suma que no dormimos muy bien en las noches previas a una nueva aventura, os podéis imaginar la cara de sueño que llevábamos al entrar en el avión.

El caso es que, pese a un despegue en el que todo se movió mucho por culpa de las nubes, fue un vuelo de lo más tranquilo. En aproximadamente dos horas dejábamos atrás nuestra rutina madrileña para aterrizar en el Aeropuerto Intercontinental Leonardo Da Vinci. En realidad, casi nadie le llama así, y su nombre más común es Aeropuerto de Roma – Fiumicino o simplemente Aeropuerto de Fiumicino. Está a unos 30 kilómetros de la Città Eterna y fue tanto nuestra entrada como nuestra salida de esta segunda visita a Italia. Hacía más o menos cuatro años que no nos dejábamos caer por el país, tras un inolvidable fin de semana en Bolonia en 2007.

Roma 01Tras todas estas precisiones hay que decir que el aeropuerto es un poco lioso, y que si no se va prestando atención es fácil pasarse la salida (como nos pasó a nosotros, que sin saberlo llegamos a estar en la cola de embarque de otro vuelo). Pero nada, una vez ubicados es fácil seguir las indicaciones que llevan hasta la estación de tren.

Y es que la mejor forma de ir a Roma desde el aeropuerto de Fiumicino es el tren. Hay dos opciones, el típico tren caro y sin paradas (en este caso se llama Leonardo Express, que por 14€ por persona comunica con la estación de Termini en 30 minutos) o una especie de tren de cercanías, en la que el trayecto sale por 8€.

Roma 02Optamos este último, pues conecta con la estación de Metro de Piramide en 40 minutos, la cual estaba a sólo tres paradas de Cavour, nuestro destino final. En total tardamos 50 minutos en vez de 30, pero la diferencia de precio es clara: en el Leonardo Express el precio total serían 56€ dos personas ida y vuelta, mientras que en la línea FR1 pagamos 32€.

Ahorrarse 24€ a cambio de pasarse un poco más de tiempo en el tren merecía la pena, y más teniendo una semana por delante para disfrutar de Roma. Además cogimos el tren en seguida, tanto que llegamos corriendo y nada más subir a él se cerraron las puertas.

Con las mismas fuimos al alojamiento que habíamos reservado, el Rose B&B and Hostel. Aunque hablaremos de él en detalle en su correspondiente artículo, podemos adelantar que resultó una elección perfecta: muy bien ubicado, al ladito de Santa Maria Maggiore; precio económico, pues sale a 40€ la habitación doble; desayuno incluido, lo cual supone un gasto menos; cocina, con lo que puedes cocinar allí y seguir ahorrando… Una maravilla.

Roma 03Además, tuvimos mucha suerte. Cuando llegamos al hostel nos dijeron que la habitación que habíamos reservado no estaba disponible, por lo que nos darían una mejor. Nos llevaron a otro edificio (más cerca aún de Santa Maria Maggiore) y por el mismo precio nos alojamos en una habitación baño privado y una pequeña nevera. Total, que por 240€ teníamos una habitación con baño privado, nevera, desayuno incluido y derecho a cocina. ¡Para que luego digan que los hoteles en Roma son caros! Es cierto que no había ningún lujo, pero ni falta que nos hacía para un viaje en el que no pisaríamos la habitación más que para dormir.

Tras los trámites de rigor (pagar la habitación, deshacer la maleta y llamar a la familia) preparamos nuestras mochilas y empezamos a hincarle el diente a Roma. Una ciudad tan grande exige una buena planificación para aprovechar el tiempo al máximo, y en este primer día la ruta que habíamos planeado incluía un poco de todo: iglesias, museos, plazas… Todo cerquita del hotel, pues en realidad el nexo entre todas esas cosas era que no habían entrado en ninguno de los itinerarios del resto de la semana.

Total, que empezamos por lo que más cerca estaba: por la Basílica de Santa María la Mayor o Basilica di Santa Maria Maggiore. Es uno de los templos más destacados de la ciudad por muchas razones: es una de las cuatro basílicas mayores, jurídicamente su suelo no pertenece a Italia sino al Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene el campanario con más altura de Roma… Tiene un aspecto realmente monumental, a estar ubicado en una plaza que permite contemplar las fachadas con buena perspectiva. En la misma plaza está el Obelisco Esquilino, hecho en época romana imitando los originales que se traían de Egipto.

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Entrar es gratis, como a prácticamente todos los templos cristianos de Roma. Por cierto, la plaza y los alrededores tienen bastante fama debido a robos a turistas. Nosotros fuimos con cuidado, no tuvimos ningún problema y tampoco vimos nada raro, pero ahí queda el aviso para futuros viajeros.

Roma 07El espacio principal del interior de Santa Maria Maggiore es una enorme nave central, entorno a la cual hay cuarenta enormes columnas. Quizá fuera por ser la primera cosa que vimos en el viaje, pero el caso es que nos quedamos boquiabiertos. Es un edificio especialmente impresionante, de esos que te hacen sentir pequeño ante tanta belleza.

La cubierta renacentista está decorada con el primer oro traído de América, que fue entregado por los Reyes Católicos a modo de ofrenda. También hay que destacar los mosaicos del siglo V que decoran la propia nave, o el que ornamenta el ábside realizado en el siglo XIII por Jacopo Torriti. También es llamativo el baldaquino, uno de los muchos que veríamos en este viaje. Hay varias capillas sobre las que podríamos escribir cientos de párrafos por su riqueza, belleza e importancia histórica, por lo que lo único que podemos hacer es recomendaros encarecidamente que visitéis este templo si viajáis a Roma. Eso si, no queremos dejar de comentar una curiosidad, y es que en las naves laterales hay decenas de confesionarios “modernos”: con luces para indicar si hay un cura libre y con letreros que indica el idioma en el que el feligrés puede confesarse. Nunca habíamos visto esta especie de confesionarios 2.0, solo les faltaba la manzanita de Apple.

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Como toma de contacto con la ciudad, Santa Maria Maggiore nos había dejado muy buenas sensaciones. Fue una especie de prólogo viajero, pues tras ver la basílica hicimos un pequeño parón por cuestiones técnicas. Dado que nuestro alojamiento incluía cocina, habíamos previsto comprar todo lo necesario para cenar allí. Así sólo gastaríamos en una comida al día con el consiguiente ahorro. En la misma plaza de la basílica, en una esquina, nos encontramos con un enorme Supermercado Simply (también conocido como SMA). Abre los siete días de la semana mínimo hasta las 20:30, y aparte de las cenas para todo el viaje (carne, pollo, fruta, aceite, etcétera) también compramos pasta para llevar a Madrid.

Roma 12Podría parecer que perdimos una hora del viaje en hacer la compra, pero más bien la invertimos. Aparte del ahorro, siempre se pierde tiempo en encontrar un restaurante que guste, a buen precio, en el sitio en el que se está… Por eso cenando en casa no sólo pudimos gastarnos el dinero en otras cosas, sino que también ganamos algo de tiempo. Por otro lado, nosotros estamos empezando a hacer vida independiente, y una de las cosas que más nos gustan es ir al mercado. En este caso, conocer como funciona una cadena de distribución extranjera también fue interesante.

A pesar del madrugón, las horas estaban volando. Entre llegar a la ciudad, encontrar el hostel, ver la basílica de Santa Maria Maggiore, hacer la compra y colocarla nos habían dado ya las 13:00. Era pronto, pero como nos habíamos levantado a las cinco teníamos mucha hambre. Justo en la puerta de nuestra casa había un establecimiento de comida rápida con muy buena pinta, por lo que entramos ahí. Se llama Pizzería Flu… Flu y fue todo un acierto. Es de esos locales de pizza al taglio o pizza rustica, es decir, de pizza al corte que se vende al peso. Tienen unas enormes pizzas rectangulares, se elige el trozo de la variedad que te gusta y a disfrutar. En este caso probamos tres tipos distintos: de champiñones, de salchicha y margarita. Once deliciosos cortes, agua y coca-cola por 12.80€ euros en total. Más rico y a ese precio es imposible comer.

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Ya nos podíamos poner en marcha, ahora que teníamos el estómago lleno y todos los cabos atados. Con el plano que llevábamos impreso empezamos a visitar los primeros edificios interesantes, como la pequeña Basílica de Santa Pudenciana (Basilica di Santa Pudenziana), una iglesia que data del siglo IV y que durante mucho tiempo se le ha considerado el templo cristiano más antiguo de Roma. En la actualidad es la iglesia a la que acude la comunidad filipina que vive en la ciudad. Muy cerquita está el Teatro de la Ópera de Roma (Teatro dell’ Opera), de finales del siglo XIX.

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Roma 17El primer objetivo importante que estaba marcado en nuestro itinerario -aparte de Santa Maria Maggiore- era el Palacio Massimo alle Terme, una de las cuatro sedes del Museo Nacional Romano (Museo Nazionale Romano). La institución tiene más de un siglo de antigüedad, y su colección es tan grande que está diseminada por toda la ciudad.

La entrada (3.5€ por persona en tarifa de estudiante) da acceso a las cuatro sedes: el Palacio Altemps, las Termas de Diocleciano, la Cripta Balbi y el propio Palacio Massimo. Se puede utilizar durante los tres días siguientes a la compra del tícket, por lo que no hay excusa para no dejarse caer por los diferentes miembros de este conjunto museístico.

En el caso del Palacio Massimo alle Terme, lo que el visitante encuentra es la colección de escultura, monedas y joyería de época republicana e imperial. Era nuestro primer contacto del viaje con los vestigios de la antigüedad romana y por tanto recorrimos hasta la última sala con muchas ganas. Sin embargo, como en la gran mayoría de los museos de la ciudad nos quedamos un poco decepcionados. La colección es excepcional, pero está muy mal expuesta: apenas hay carteles, no existe un discurso uniforme, las vitrinas son viejas… Vamos, que se podría hacer mucho más.

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Pese a todo es una visita obligada, pues en sus tres plantas se pueden encontrar obras de todo tipo: la escultura de Augusto Pontífice, un retrato de Adriano, el impresionante sarcófago de Portonaccio o el célebre discóbolo Lancelloti (la que quizá sea la copia más célebre de la obra de Mirón) son sólo algunos ejemplos. Mención aparte merecen los estucos que provienen de distintas villas romanas, como la Casa de Livia o la Villa Farnesina.

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Roma 26Echamos un buen rato en esta primera sede del museo, aunque tras visitarla quedaba todavía mucho que ver. De hecho, justo enfrente de la fachada principal está la entrada a las Termas de Diocleciano (Terme di Diocleziano). Como es otra sede del Museo Nacional Romano no tuvimos que pagar nada más.

El conjunto incluye un montón de cosas: las termas, un museo, dos iglesias, jardines… Vamos, que también requiere un cierto tiempo. En este caso, la parte puramente museística es la más floja con diferencia, pues como en tantos otros sitios se limita a una sucesión de piezas sin la menor explicación. Y eso que el edificio luce bastante nuevo, así que por falta de fondos no parece que sea.

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El espacio que más chulo nos pareció fue el claustro. Como veis hacía un día perfecto, por lo que pasear por su interior fue una auténtica delicia. Prácticamente en cada rincón había una lápida, una inscripción o un resto de escultura: objetos que de un modo o de otro remitían a la gloria de la antigüedad romana.

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La zona estrictamente dedicada al baño no está muy bien conservada, y eso que las termas de Diocleciano fueron las mayores de todo el Imperio Romano. Tenían capacidad para más de 3000 personas, lo cual da buena cuenta de la magnitud del proyecto de un emperador que, pese a dar su nombre al edificio, no llegó a pisar Roma en vida.

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Aunque una parte de las termas solo se puede visitar pagando (como sede del Museo Nacional Romano), no todo el conjunto es así. De hecho, si se camina hacia la Plaza de la República o Piazza della Repubblica (construida en el siglo XIX y que en la actualidad es uno de los cruces más concurridos de la ciudad) es posible visitar la la Basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires (Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri), que está construida en lo que fue el tepidarium. Aquí se abre el debate: por un lado, las termas se han conservado gracias a su uso como basílica cristiana; por otro, a raíz de eso su estructura ha sido notablemente modificada. Sea como fuere, no pudimos pasar a ver su interior -una pena, porque Miguel Ángel tuvo mucho que ver en su construcción-, ya que había una especie de procesión de ecuatorianos residentes en Roma y estaban celebrando un acto privado.

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En estas primeras horas en Roma estábamos comprobando que, como se suele decir, non basta una vita para conocer Roma. Prácticamente en cada calle había una iglesia, un monumento o un pequeño punto de interés marcado en nuestro mapa. Sin embargo, podíamos contar por decenas los que ni siquiera estaban recogidos en la guía que llevábamos encima: las fotos de abajo son sólo dos ejemplos de lo mucho se va a quedar en el tintero. Si hiciéramos referencia a todo lo que vimos en el viaje, este diario no se acabaría nunca.

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Roma 38A grandes rasgos estábamos en dirección a la Plaza Barberini (Piazza Barberini), otro cruce de caminos que nos vendría muy bien para visitar un montón de cosas en sus alrededores. La propia plaza está bien, pues pese a estar muy castigada por el agobiante tráfico romano conserva bastantes edificios bonitos en los laterales.

Lo primero que visitamos desde ahí fue la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos (Santa Maria della Concezione dei Cappuccini). Arquitectónicamente podría pasar desapercibida, pues iglesias como estas en Roma hay a puñados: del siglo XVII, con un exterior modesto y con algunas capillas interesantes, aunque claramente eclipsadas por lo mucho que ofrece la ciudad. De hecho, si no fuera gratis seguramente sólo entrarían en ella los fieles.

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Lo realmente importante, y lo que atrae a miles de visitantes cada año (quizá por eso cuesta un euro entrar), es su sorprendente cripta, la cual contiene un terrorífico cementerio en el que paredes, capiteles, lámparas y todo lo que se pueda imaginar están decorados con los huesos de más de 4000 capuchinos fallecidos entre los siglos XVI y XIX. Para completar el cuadro hay esqueletos enteros vestidos con túnicas, y el suelo está decorado con tierra traída de Palestina e Israel.

Tener miles de huesos a unos pocos centímetros y saber que algún día serás algo parecido a eso impresiona, aunque quizá menos de lo que esperábamos. Habíamos leído mucho sobre este lugar y, aunque hay que reconocer que es un sitio impactante, tampoco es que nos haya creado ningún trauma.

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Imágenes extraídas de wikipedia

Roma 41Con el yuyu en el cuerpo volvimos al mundo de los vivos, para esta vez poner rumbo hacia el Palacio Barberini (Palazzo Barberini). Costó bastante encontrarlo, pues aunque hay una plaza con su nombre no está en ella sino en un alto justo al lado. Para entrar hay que subir por la Via delle Quattro Fontane, de la que luego hablaremos.

El edificio es muy interesante, pues se trata de un enorme palacio del siglo XVII construido por la poderosa familia Barberini. Su pujanza quedó plasmada en el conjunto, puesto que es uno de los más representativos del barroco gracias a diversos elementos: la fachada de Bernini, la escalera elíptica de Borromini, los frescos de Andrea Sacchi…

A esto hay que sumarle que es una de las dos sedes de la Galería Nacional de Arte Antiguo (Galleria Nazionale d’Arte Antica). La institución posee unos fondos brutales, pues se creó a partir de las colecciones privadas de las familias más pudientes de Roma. Obras como Judith cortando la cabeza a Holofernes (de Caravaggio), Retrato de Stefano Colonna (de Bronzino) o La fornarina (de Rafael) son sólo tres ejemplos que explican el tiempo que pasamos recorriendo sus salas. Cuesta entrar 2.5€ por persona (tarifa de estudiantes), pero con lo que hemos dicho no hace falta volver a justificar que merece la pena.

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A la salida del Palazzo Barberini tocaba afrontar la realidad: lo estábamos pasando muy bien, pero lamentablemente estaba empezando a atardecer. Eso mismo fue lo que nos empujaba a seguir aprovechando el tiempo, con lo que seguimos subiendo por la Via delle Quattro Fontane. Esta calle suele aparecer en las guías por su curioso trazado (sube la montaña, por lo que desde arriba es muy bonita) y porque desde ella se pueden contemplar hasta tres obeliscos distintos.

A mitad de calle está la Iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes, aunque todo el mundo la conoce por su nombre en italiano: Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane. Es muy pequeña, aunque muy interesante por estar diseñada por Borromini. Otra clave para entender el barroco más puro, de ese que se propagó por toda Europa. El interior es circular, algo poco frecuente y que conlleva precisos cálculos matemáticos para su construcción. ¡Ah! ¡Se nos olvidaba! En la plaza en la que está la iglesia se encuentran las cuatro fuentes que dan nombre a la calle, obra del arquitecto del siglo XVI Domenico Fontana.

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Justo en esa plaza dejamos la Via delle Quattro Fontane para coger la Via del Quirinale, que definitivamente nos encauzaba hacia el Monte Quirinal. En este promontorio, que forma parte de las famosas Siete Colinas de Roma, está la Iglesia de San Andrés del Quirinal (Sant’Andrea al Quirinale). Lo hemos dicho tres veces seguidas, pero esta es otra joya más del barroco. En este caso lleva la firma de Bernini, autor que sentía especial cariño hacia esta obra por su diseño poco común, por el efecto que produce la luz entrando por las ventanas y por su fachada. Es muy chiquitita, pero no debe pasar desapercibida ya que es una auténtica obra maestra.

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En la acera de enfrente está el interminable Palacio del Quirinal (Palazzo del Quirinale), actual residencia oficial del Presidente de la República Italiana. Empezó a construirse a finales del siglo XVI como residencia de vacaciones papal, para posteriormente ser utilizada como morada de reyes. Hoy en día destaca por su imponente fachada y por contar con más de 1200 habitaciones. Justo cuando fuimos de viaje Italia estaba en un periodo político muy convulso, con Berlusconi apunto de caer, por lo que se notaba cierta agitación en la zona (y sobretodo en la Piazza del Quirinale).

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Roma 49Por cierto, aunque no habíamos leído nada sobre él, resulta que hay un cambio de guardia en el Palacio del Quirinal. No sabemos que horario tiene ya que no hemos encontrado nada en internet, sólo podemos decir que era domingo a las 5 de la tarde cuando lo vimos. Que conste que no es una ceremonia muy llamativa, pero estas cosas siempre gustan.

Roma 50De lo que no hay duda es de que las vistas desde el Quirinal son espectaculares. Hay una especie de mirador hacia la parte oeste de Roma en la que destaca, por encima de todo, la cúpula de San Pedro del Vaticano. Al día siguiente iríamos a verla, por lo que este bonito atardecer fue suficiente para ponernos los dientes largos. ¡Qué ganas teníamos!

Pero ya habría tiempo de ver esa maravilla, antes había que pasar por otro de los sitios imprescindibles de Roma: la Fuente de Trevi o Fontana di Trevi. Esta impresionante fuente barroca de más de 40 metros de ancho tiene casi tanta historia como la propia ciudad, aunque el aspecto actual responde al remozado que hizo Nicola Salvi en el siglo XVIII. Es un icono de Roma por derecho propio, aunque también ayudan factores como haber sido inmortalizada en La Dolce Vita de Fellini o la tradición de arrojar una moneda.

Roma 51Resulta que si se va a la fuente hay que pedir un deseo y tirar dos monedas a la plaza: una para volver a Roma y otra para que se cumpla la petición. Para hacerlo todo más difícil hay que echar las monedas con la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Un lío que nosotros desconocíamos, por lo que echamos la monedita de rigor a nuestra manera.

Más o menos se recaudan 3000 euros al día (más de un millón de eurazos al año) que Cáritas recoge para fines benéficos. Antaño había un mendigo al que le dejaban recogerlas, pero echaron cuentas y al pobre hombre se le acabó el chollo.

Roma 52Sin embargo, la Fontana di Trevi también representa -desde un punto de vista viajero- lo peor de Roma: la desproporcionada cantidad de turistas que recibe anualmente la ciudad. La gente que hay a todas horas del día hace que llegar a “primera línea de fuente” sea una odisea que lleve varios minutos, todo rodeado de carteristas y chinos que venden flores.

Una pena, y es que aunque es un lugar imprescindible no nos gustó demasiado. De hecho, cuando volvamos a comprar unos vuelos a Roma sólo iremos aquí si vamos con gente que no conozca la fuente, porque si regresamos solitos a Roma emplearemos nuestro tiempo en cosas que nos permitan disfrutar de un mínimo de espacio vital.

En fin, pelillos a la mar. El caso es que aunque ya era noche cerrada aún nos quedaban algunas cosas por ver. Fuimos rumbo al Palazzo Altemps, la tercera sede del Museo Nacional Romano que íbamos a visitar, aunque como os podéis imaginar de camino vimos un montón de cosas: la Columna de Marco Aurelio, construida entre 176 y 192; la Iglesia de Santa María Magdalena (Chiesa di Santa Maria Maddalena), otra bonita muestra del barroco romano; Sant’Agostino, una de las primeras iglesias renacentistas… ¡Incluso hubo tiempo de perderse y pasar por el Panteón! De este edificio ya hablaremos en capítulos venideros, puesto que hay mucho que contar.

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Roma 56Al final llegamos al Palacio Altemps (Palazzo Altemps), un sobrio edificio que como ya hemos dicho es parte del Museo Nacional Romano. En él el protagonista es el coleccionismo renacentista: arte griego, egipcio y mesopotámico se dan cita a lo largo de tres enormes plantas. No dejaban hacer fotos del interior, pero podemos asegurar que vale la pena.

Teniendo en cuenta que nos habíamos levantado prontísimo, que llevábamos todo el día pateándonos la ciudad y que estábamos en la otra punta de la ciudad decidimos volver en autobús. Miramos en una guía y al parecer la línea 70 nos dejaba en Santa Maria Maggiore, con lo que nos ahorrábamos una buena caminata.

¿El problema? Que no nos acordamos de que en Italia hay que comprar el billete de autobús antes de subir, ya que frecuentemente no lo venden a bordo. Intentamos hablar con el conductor pero pasó de nosotros, así que… ¡Trayecto gratis! No recomendamos hacer esto ya que la multa es 101€ por cabeza, pero no nos quedó otra opción. Eso sí, nos pusimos en la puerta del medio y fuimos atentos por si subía algún revisor, para tirarnos por la borda a toda velocidad. No hizo falta llegar a ese extremo, así que nos ahorramos los dos euritos del bus.

Roma 57Con los pies destrozados llegamos a nuestra casita romana, donde nos esperaba el descanso del viajero: una ducha calentita, una cena bien rica (no hay más que ver al cocinero) y un rato sin prisas para reflexionar sobre lo que habíamos visto en esta jornada. También repasamos el planning del día siguiente, en el que empezaríamos por el Vaticano.

La conclusión de este capítulo está en el nombre: non basta una vita para ver Roma. Quizá se podría añadir “aunque si te organizas bien…”, pero eso habría que comprobarlo en los siguientes días. De momento habíamos exprimido al máximo las primeras horas en la ciudad, con lo que estábamos más que satisfechos.

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