París ’12 – Capítulo IV: Île de la Cité, Montmartre, Panteón y vuelta a casa (día 3)

ParísLo bueno que tienen los viajes de fin de semana es que no hay tiempo para la morriña. Siempre da pena empezar el último día de una escapada, pero pesan más las ganas de seguir aprovechando hasta el último instante y, por eso, nos levantamos prontito. Desayunamos en el barco, terminamos de hacer las maletas y las dejamos allí, a la espera de volver a por ellas a última hora de la tarde.

Hasta las 20:40 no salía nuestro vuelo, por lo que teníamos muchas horas por delante para seguir exprimiendo París. Básicamente teníamos intención de ir a la Île de la Cité y a los alrededores de Montmartre, aunque teníamos previstas algunas otras cosas por si nos sobraba tiempo o había que hacer cambios de última hora en el recorrido.

ParísLlegamos en RER a la Estación de Saint-Michel Notre-Dame, la que mejor nos venía para empezar a hincarle el diente a la Île de la Cité. Esta pequeña islita en medio del Río Sena constituye los orígenes más remotos de París, pues en ella se establecieron sus primeros pobladores hace más de 2000 años. Es, con diferencia, la mayor zona turística de la ciudad.

Aunque son muchos los edificios dignos de mención que hay en la isla, sin lugar a dudas el más destacado es la Catedral de Notre Dame (Cathédrale Notre-Dame). Famosa por ser la obra más esplendorosa del gótico y fuente de inspiración de innumerables historias entre las que, casi inevitablemente, hay que citar la obra de Víctor Hugo. En Nuestra Señora de París cuenta la historia de Quasimodo, el jorobado que Disney llevó siglo y medio después al cine. Aunque el aspecto actual responde en buena medida a la restauración que Viollet-le-Duc acometió en el siglo XIX, no deja de ser un icono universal y que en seguida se asocia mentalmente a la palabra catedral.

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La entrada es gratuita y el edificio abre casi todo el día, pero merece la pena madrugar por dos motivos. El primero es entrar sin hacer cola, pues desde las 11 o 12 de mañana la fila de gente para acceder es interminable. Además, en segundo lugar, se trata de unos edificios en los que hay que ir con los ojos abiertos, disfrutando de cada detalle, por lo que cuanta menos gente haya mejor. A nuestros padres les encantó, tanto que los cuatro salieron diciendo que se trataba de la iglesia más bonita en la que habían estado nunca. Y no es para menos: los arcos del techo, el famoso órgano Cavaille-Coll, las vidrieras… No deja de ser un tópico, pero es uno de esos lugares a los que todo el mundo debería ir, como poco, una vez en la vida.

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No hay que olvidar que, pese a las hordas de turistas japoneses, Notre Dame no deja de ser un templo religioso. Eso implica un cierto decoro recorriendo el edificio (ropa adecuada, silencio, no tocar cosas), aunque también posibilidades interesantes. Por ejemplo, cuando nosotros fuimos tuvimos la suerte de que estaban en plena misa y el hilo musical contribuyó a darle un toque aun más medieval a la catedral.

 

Pasamos como media hora en el interior de Notre Dame, pero aun así nos daba pena alejarnos del edificio. Por eso, estuvimos otro buen rato contemplando los detalles de su fachada, mientras Eri, como buena medievalista que es, daba las correspondientes explicaciones. No os podéis imaginar la gozada que es tener una cámara en las manos en ese momento, pues hay tantas posibles fotos como uno quiera imaginar.

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ParísUna de las partes más reconocibles de la catedral son sus contrafuertes y, por eso, nadie debe irse de allí sin verlos. No es tarea difícil, pues la parte de detrás de Notre Dame es un pequeño jardín por el que se puede pasear sin problemas. Lo malo es que los árboles han crecido mucho y dificultan la visibilidad, pero los pobres tienen derecho a vivir.

ParísY… ¡ATENCIÓN! Aquí viene el momento más surrealista del viaje. Todo comenzó con una inocente foto, la que veis justo a la derecha. Al padre de Eri le hacía ilusión quedar inmortalizado dentro de una especie de huevo de mimbre, y allí que se metió. No es que sea la foto más típica, pero tampoco da más de sí la anécdota. ¿Seguro?

Pues la cosa se enredó hasta límites insospechados. Por alguna extraña razón, al grupito de japoneses que venía detrás les pareció una idea fantástica hacerse la misma foto. Exactamente la misma: con nuestros padres metidos en el huevo de mimbre (si, al padre de Edu también le gustó hacerse la foto). Total, que empezaron a venir japoneses y más japoneses… No sabemos el motivo, pero el caso es que algunos aguardaron pacientemente hasta cinco minutos para hacerse una foto con nuestros padres, que estaban gozando del momento de gloria más extraño que se haya visto nunca. Por supuesto, nuestras madres y nosotros estábamos a un lado partiéndonos de risa, sin entender lo más mínimo la situación.

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Por supuesto, el momento quedó inmortalizado. Las generaciones venideras de la familia Sánchez López nunca podrán entender por qué sus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos (según corresponda) se hicieron todas esas fotos con aquellos japoneses.

 

Viajar tiene estas cosas. En fin, volviendo al relato, hay que decir que nos pusimos en a la fila para subir a las torres de Notre Dame. No estaba previsto en origen, pero tres motivos nos empujaron a ellos: nuestros padres estaban encantados con la catedral, no habíamos subido en el viaje a París de 2007 y era demasiado pronto.

Aunque nuestros padres no se han enterado hasta que han leído esto, calculamos mal el tiempo y el resto de cosas que queríamos ver (como la Sainte Chapelle) no habían abierto aún. Tuvimos que esperar un poco, pero la espera la amenizó un señor que vendía paquetes de diez llaveros de la Torre Eiffel a 2€ en total. Vamos, que por eso a todos nos han traído una torrecita de París: porque cada una vale 20 céntimos. Of course, nosotros nos hicimos con nuestra decena.

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Subir fue, en resumidas cuentas, uno de los mayores aciertos del viaje. No contábamos con ello, pero subir a lo alto de las torres nos permitió disfrutar de una preciosa panorámica de París. De hecho, las gárgolas de la Galerie des Chimères contemplando el horizonte han sido retratadas infinidad de veces, siendo una de las postales más típicas de la Ciudad de la Luz. ¿Lo malo? Pues que, aunque se sube en pequeños grupos, es un espacio muy estrecho y siempre hay incómodas aglomeraciones.

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Aunque la terraza en la que están las gárgolas es la parte más reconocida, no hay que olvidarse del campanario. A casi 70 metros de altura se encuentran los timbres que, según la novela de Víctor Hugo, dejaron sordo al bueno de Quasimodo. Como veis en la foto, incluso fue posible tocar las campanas con nuestras propias manos.

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Pero bueno, ya que estamos arriba lo suyo es enseñaros las vistas. ¿No? Aquí está la panorámica que se contempla desde lo alto de Notre Dame, en un mirador de 360º que permite divisar el Sena, el Barrio Latino o la propia Île de la Cité. Nos pasó como en el Arco del Triunfo: la catedral, al ser más baja que la Torre Eiffel, ofrece una vista mucho más espectacular porque los edificios casi se pueden tocar con las manos.

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ParísY de lo más alto de Notre Dame fuimos a lo más bajo, a la Cripta Arqueológica del Atrio de Notre Dame. Se trata de un conjunto arqueológico que recoge los restos de la ciudad anteriores a 1750, con especial atención a la época romana. Por cierto, fue el único sitio de todo París en el que tuvimos que pagar pese a ser menores de 25 años.

No es una visita demasiado larga, pues en una media hora se puede ver todo con cierto detalle. Lo que más nos llama la atención es la escasa cantidad de visitantes que recibe, pues, pese a que la entrada está en la propia plaza de la catedral, siempre está medio vacía.

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Más allá de Notre Dame, la Île de la Cité ofrece una serie de cosas que nadie debe perderse. Es un sitio pequeñito, pero además de los edificios que nunca faltan en las guías de viaje (como la Sainte Chapelle o la Conciergerie, nuestros siguientes destinos) también hay cabida para las sorpresas. Por ejemplo, el mercado de flores y animales con el que nos encontramos en la Place Louis Lepine. No sabemos con qué frecuencia se celebra o la tradición que tiene, pero es un enclave perfecto para curiosear e infiltrarse entre los parisinos de a pie.

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ParísTras esa parada inesperada llegamos a la Santa Capilla (Sainte Chapelle), cuyo acceso se complicó un poco. Siendo menores de 25 años entrábamos gratis, pero teníamos que ponernos a la cola. La señora de la puerta nos lo indicó de malas maneras, nuestros padres se mosquearon y no pudieron evitar dejarla un recado en el libro de visitas.

Eso sí, ni la señora imbécil de la puerta ni el exceso de la gente del interior: nada puede empañar la belleza de esta capilla real. Fue construida en el Palacio Real (actualmente Palacio de Justicia) por orden de Luix IX, que quería un lugar acorde a su estatus para albergar una serie de importantes reliquias. Hablamos del siglo XIII, una época en la joyas como Notre Dame ya estaban en marcha.

El edificio está dividido en dos partes. En primer lugar se visita la capilla inferior, de aspecto un tanto oscuro aunque muy reconfortante. En origen era la capilla en la que rezaban los siervos del palacio, pero fue resistiendo al paso del tiempo y hoy goza de un aspecto espectacular. Prácticamente todo es medieval, salvo las pinturas, que se hicieron en el siglo XIX.

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La segunda parte de la visita es la que realmente deja boquiabierto a cada viajero que pasa por allí. La capilla superior tiene las cristaleras más impresionantes que hayamos visto nunca. Son 15 distintas y en total representan más de 1000 escenas bíblicas, dado que cada una mide más de 15 metros de altura. Incluso en días nublados -como el que nos había tocado vivir a nosotros- la luz atraviesa el vidrio y difumina un abanico de colores inmenso por todo el recinto. Que conste que el edificio está en pleno proceso de restauración hasta 2014, pero están llevando a cabo los trabajos por tramos y sigue siendo igual de espectacular.

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ParísViendo el edificio por fuera (a la izquierda tenéis una foto) sorprende lo mucho que guarda en su interior. Y eso que el Palais de Justice no es feo en absoluto, pero la Sainte Chapelle produce un efecto negativo: al salir de ella todo te parece gris y carente de vida. En conclusión, pese a los problemitas para entrar la capilla no defraudó en absoluto.

ParísAdemás, en el mismo edificio está otra de las paradas obligadas si se está en París: la Conciergerie (que viene a significar algo así como la Conserjería, aunque casi nadie la llama así). Lo más fácil es comprar la entrada combinada para la Sainte Chapelle y la Conciergerie, aunque eso no evita hacer cola en los dos sitios.

Este espacio de palacio se caracteriza fundamentalmente por haber sido escenario de los horrores más impactantes de la Revolución Francesa, incluido el encierro de María Antonieta y de otros personajes ilustres. Sin embargo, lo primero que vemos es la Salle des Gens d’Armes, la Salle des Gardes y las cocinas: tres estancias medievales que recuerdan que, en el pasado, la Conciergerie era un palacio.

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ParísAun así, lo relacionado con la Revolución Francesa se lleva inevitablemente el protagonismo. Se han recreado distintas estancias, entre ellas la propia celda de María Antonieta. También se han reconstruido celdas comunes e incluso la oficina del carcelero. El mobiliario no es original, pero da buena cuenta del horror que se tuvo que vivir allí.

ParísY ahora viene una anécdota un poco friki, pero representativa de lo mucho que nos gusta viajar. En una de las columnas de la Conciergerie está marcado el nivel al que llegó el agua durante una inundación en el año 1910. Justo en ese sitio, cinco años atrás, Eri se hizo una foto. Al preparar este diario de viaje comparamos las dos juntas y se puede ver como poquito a poco vamos haciéndonos mayores. El tiempo pasa, pero seguimos juntitos y encima cada vez conocemos más mundo. Algún día haremos una foto allí con varios churumbeles alrededor 😛

Con eso habíamos terminado en la Île de la Cité, y también con la mañana. Sin embargo, aún quedaban unas horas para seguir exprimiendo París. Utilizamos el Metro y nos trasladamos hasta los alrededores de Montmartre, con la intención de ver la Basílica del Sagrado Corazón y alguna cosita más. Pero bueno, antes de eso teníamos que comer. Por eso, según salimos del suburbano nos pusimos a buscar y al final nos metimos en un sitio de esos de kebabs. Por 42€ en total (7€ por persona) llenamos nuestros estómagos hasta reventar.

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ParísNuevamente con energías, volvimos a la calle, ahora sí con la intención de recorrer la colina del Montmartre y sus alrededores. Este sitio había sido de los que más nos habían gustado en la primera visita a París, por sus tiendecitas y su ambiente bohemio. Habíamos hablado a nuestros padres de la zona mil veces, y todos teníamos puestas muchas ilusiones… que se transformaron en un chasco casi inmediato. Se había puesto a llover, lo que había reducido el ambiente a unas pocas personas paseando por allí y poquita cosa más.

ParísPor si eso fuera poco, se trata de una de las zonas más inseguras de París. Total, que no había turistas ni jóvenes: solo quedaban los carteristas, los trileros (vimos como desplumaban a unos mexicanos) y gentuza de ese tipo. De hecho, hubo un tipo que intentó provocarnos, y que incluso llegó a decir que los españoles somos todos unos maricones. ¿Acaso le había escocido la paliza que le había dado España a Francia el día anterior en la Eurocopa? En cualquier caso, ahí va la advertencia: es una zona chunga. Id con los ojos bien abiertos y la cartera bien guardadita.

ParísEntre la lluvia y el mal ambiente que se palpaba, apenas disfrutamos nada de la subida a la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre (Basilique du Sacré-Cœur). Nos limitamos a avanzar mientras nos empapábamos y nos intentaban vender cosas de todo tipo, desde llaveros de la Torre Eiffel (no gracias, ya íbamos cargaditos) hasta colonias falsas.

Lo más curioso del interior de la basílica es la cantidad de velas que tiene, pues hay centenares encendidas simultáneamente casi en cada rincón. Los fieles pagan entre 1€ y 2€ por ponerlas, así que el negocio es redondo. Sin embargo, no dejan hacer fotos así que no podemos enseñaros la jugada. Lo que sí queremos mostraros es las vistas desde lo alto de la colina (la foto no es gran cosa debido a la lluvia), y también animaros a que exploréis un poco. Además del templo principal, otros edificios como la Iglesia de Saint Pierre o el Espace Dali también merecen la pena.

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ParísEl grupo estaba ya cansado y la subida a pie tampoco había sido demasiado segura, por lo que decidimos bajar en el funicular. Es un medio de transporte integrado plenamente en la red de la ciudad, por lo que con cualquier abono se puede utilizar. Tarda unos minutos y te pone a los pies de Montmartre, algo que agradecieron los maltrechos pies de la madre de Edu.

Nuestra intención era haber pasado la tarde entera allí, pero como ya os hemos contado la cosa se torció un poco. Sin embargo, siempre llevamos un plan B por si algo sale mal y en este caso hubo que tirar de él.

ParísLo primero que hicimos fue ir a un sitio tan reconocible como el Moulin Rouge, el cabaret parisino por antonomasia. Data de fines del siglo XIX y, aunque sigue celebrando cada noche espectáculos musicales, hoy en día la gente lo visita a raíz de la película “Moulin Rouge!”. La cinta, protagonizada por Nicole Kidman y Ewan McGregor, está considerada uno de los mejores musicales de la Historia. Por eso mismo fuimos, para hacernos la foto de rigor y poquito más. En realidad, nos dejamos caer por allí porque estaba a un par de paradas de Metro.

ParísNuestro destino último era el Panteón, al cual tardamos un poquito en llegar. No solo por el trayecto en Metro, sino porque la estación nos dejó a los pies de una cuesta enorme. Eso fue la gota que colmó el vaso para las maltrechas piernas de nuestros padres, que no están demasiado acostumbrados a andar…

ParísPor decirlo suave mente, el camino duró un poquito más de los esperado. El caso es que conseguimos llegar al Panteón (Panthéon), una antigua iglesia reconvertida en lugar de enterramiento de las principales personalidades de la patria gala. Algo así como el equivalente al Panteón de los Hombres Ilustres que hay en Madrid.

Aunque el acceso está inspirado en el Panteón de Agripa, en Roma, el interior nada tiene que ver. Todo hace alusión a episodios brillantes de Francia, a través de pinturas, esculturas y otros muchos detalles. Sin embargo, nosotros nos quedamos con el Péndulo de Foucault, mediante el cual el científico León Foucault demostró la rotación de la tierra y el efecto Coriolis. Aunque actualmente hay en otros muchos lugares -Alcobendas entre ellos-, este es el original y como tal debe ser admirado.

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La parte más destacada, sin duda, es la enorme y oscura cripta que hay en el subsuelo. En ella están enterrados personajes de la talla de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Alejandro Dumas o Jean Jaurés. Todo son nombres masculinos, pero la zona más visitada es la que alberga la tumba de Marie Curie. La ilustre química, física y profesora, galardonada con dos premios Nobel, recibe al año miles de visitas e incluso es frecuente que la lleven ramos de flores.

Nosotros tuvimos la oportunidad de contemplar un hecho enternecedor. Un grupo de personas invidentes estaban visitando el recinto, y dos de ellos quisieron ir a ver la tumba de Curie. Un guía les llevó hasta ella y les puso a un metro, para que la pareja (un chico y una chica) pudieran tocarla. Al palpar el nombre de la científica, ambos se estremecieron. Ya podían aprender las autoridades en España: si se hace con respeto y cabeza, no pasa nada por tocar un monumento.

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ParísAunque el Panteón nos había impresionado, también dio un poco de pena terminar la visita, pues suponía el punto y final del viaje. Como dijo Edu justo antes de salir… ¡Esto ha sido París! Ahora solo quedaba recoger nuestras maletas y volver al aeropuerto al que habíamos llegado dos días atrás. Por cierto, de camino al Metro pasamos por el Jardín de Luxemburgo, aunque no llegamos a entrar.

ParísVolvimos a nuestro barquito por última vez. Estaba lloviendo bastante, por lo que fuimos a toda prisa a por las maletas. También le devolvimos las llaves a la dueña de tan curioso alojamiento. Desde aquí queremos darle las gracias por su simpatía y amabilidad. ¡Ah! Y, dicho sea de paso, por habernos felicitado por el partidazo de España del día anterior.

De nuevo volábamos desde el Aeropuerto de Charles de Gaulle. Teníamos tiempo de sobra, por lo que fuimos en tren en lugar de autobús. No se puede decir que ahorrásemos demasiado (el viaje costó 9.5€ por persona, frente a los 10€ del RoissyBus), pero fue infinitamente más cómodo.

Ya en el aeropuerto, lo típico: controles, esperas, hacer un pis de última hora… Distraerse en Charles de Gaulle no es complicado, pues hay un piano, un futbolín, una tele y varias cosas más. Sin embargo, los momentos pre-vuelo siempre son tensos (sobre todo para Edu) y el tiempo pasa despacio.

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Al final, llegamos a Madrid casi a medianoche. El viaje había salido a la perfección, todo tal cual lo habíamos planeado. Nuestros padres disfrutaron mucho del finde, tanto que desde entonces están deseando repetir. Por nuestra parte, solo podemos decir que París estaba tan bonita como la recordábamos. En esta escapada pudimos conocer cosas nuevas y revisitar aquellas que nos habían fascinado cinco años atrás, aprovechando el tiempo al máximo. De hecho, a los pocos días de volver nos enteramos de que unos amigos habían comprado un vuelo a París con eDreams y que hicieron un itinerario muy similar. ¿Cuando iremos de nuevo allí? No sabemos con exactitud, pero París es uno de esos sitios a los que siempre se vuelve de un modo o de otro.

Capítulo IIIVolver a París ’12

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