París ’12 – Capítulo III: De la Torre Eiffel al Arco del Triunfo. ¡París a tope! (día 2)

Era muy temprano -unos minutos antes de las 7:00- y apenas habríamos dormido cinco horas, pero las ganas por hincarle el diente a París nos daban un plus de energía. La noche anterior no habíamos visto prácticamente nada, así que había que exprimir hasta el último minuto si queríamos aprovechar el finde en la ciudad. Por eso, apenas tardamos nada desde que sonó el despertador hasta que dejamos el barco y nos pusimos en marcha.

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Empezamos en la Estación de París-Austerlitz (Gare de Paris-Austerlitz), una de las más reconocidas de la red de ferrocarriles parisina. Fue construida en el siglo XIX y su fachada es su seña de identidad. Aquí fuimos para coger el tren que nos llevaría a las inmediaciones de la Torre Eiffel, pero antes había que desayunar. Aunque en el barco hay cocina, no habíamos podido traer leche desde Madrid por cuestiones obvias, pero en la estación encontramos un montón de puestos de café y bollería. Nos costó más de 20€ desayunar a los seis, por lo que a la tarde buscaríamos un supermercado para ahorrarnos el palo al día siguiente.

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ParísDesde la Gare d’Austerlitz hasta la Estación Champ de Mars – Tour Eiffel el trayecto fue rápido y cómodo, ya que no teníamos que hacer trasbordos de ningún tipo. Aun así, íbamos con cierta prisa ya que 2012 ha sido un año complicado para visitar la Torre Eiffel: varios ascensores están en obras y solo funciona uno, por lo que las colas son enormes.

ParísDe hecho, llegamos a eso de las 8:20 a la Torre Eiffel y, pese a abrir a las 9:00, ya había una fila de gente considerable. De todas formas contábamos con ello, lo que realmente nos había llevado hasta allí tan pronto era subir lo más cerca posible de la hora de apertura. Hubo que esperar un ratito, pero mereció la pena.

ParísAdemás, esperar a los pies de la Torre Eiffel nunca es un problema. Por turnos fuimos abandonando la fila y curioseando por los alrededores: el carrusel que hay cerca del Sena, la estatua de Gustave Eiffel, los vendedores ambulantes… Vamos, que es difícil aburrirse. Además, hay que tener en cuenta que esa noche se jugaba el España – Francia de los cuartos de final de la Eurocopa 2012, por lo que cada vez que te topabas con otros españoles era obligado parar para darse ánimos de cara al partido. Dicho sea de paso, muy cerquita tenían instalada una fanzone similar a la que ponen al lado del Estadio Santiago Bernabeu.

ParísY ya que estamos… ¿Qué mejor momento que la espera antes de subir para dar unas pinceladas históricas? Esta genial construcción, obra cumbre del ingeniero Gustave Eiffel, fue erigida en 1889 con motivo de la Exposición Universal de París. Sus 330 metros de altura no estuvieron exentos de críticas, pues en origen no gustó a los parisinos e incluso se especuló con su demolición. Poco a poco fue ganando fama, y hoy es uno de los monumentos más reconocibles del planeta. Cada año es visitada, más o menos, por siete millones de personas.

Y eso que las entradas no son precisamente baratas: 14€ por persona. Al final pudimos subir en el tercer turno, previo paso por caja, a las 9:15 más o menos. Aunque le habíamos robado una horita al sueño, esa decisión había sido clave: la fila que había a nuestras espaldas daba ya la vuelta a la plaza. Como decimos siempre, un rato de sueño lo puedes recuperar en casa.

La visita a la Torre Eiffel se centra básicamente en la segunda planta (a la que se sube directamente en ascensor) y la tercera (para la cual hay que coger otro elevador). Decidimos ir directamente a lo más alto porque en el cambio entre plantas suele haber bastante cola, y al ser tan prontito no íbamos a encontrar gente. Total, que en poco más de 5 minutos estábamos a 281 metros de altura. Aquí tenéis un vídeo con la subida:

 

¿Y qué podemos decir? Pues que hacía un día perfecto para disfrutar de las vistas. Empezar por la Torre Eiffel siempre es recomendable, pues desde lo alto se puede disfrutar de una panorámica de 360º en la cual es fácil reconocer los principales atractivos de París: el Arco del Triunfo, el Louvre, Notre Dame…

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Aunque lo más típico es hacer las fotos desde la tercera planta, a nosotros siempre nos ha gustado más la panorámica que hay desde la segunda. Los edificios están más cerca, hay mejores zonas para sacar la cámara y la gente no está tan amontonada. Lo que nunca será fácil es encontrar a alguien que haga una buena foto cuando vas en grupo… ¡Qué desastre!

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La Torre Eiffel no decepcionó en absoluto, tanto a los que ya la conocíamos como a los nuevos (esta era la primera vez que Ana y Vicente, los padres de Eri, viajaban a París). Todo había salido como lo habíamos previsto y, pese al madrugón, todos coincidíamos en que había merecido la pena. No os imagináis la cola que había cuando bajamos de la torre, mínimo para estar un par de horas esperando.

ParísLo siguiente que hicimos fue recorrer el Campo de Marte (Champ-de-Mars), un enorme jardín que comunica la Torre Eiffel con la Escuela Militar. Aunque hoy es un bucólico jardín, es un sitio en el que hubo -como suele decir el padre de Edu- mucha chicha, pues fue escenario de fusilamientos y guillotinas durante la Revolución Francesa.

En el Campo de Marte está la panorámica más famosa de la Torre Eiffel. Aunque en 2007 llegamos a la torre desde la otra gran zona, la de Trocadéro, esta nos ha gustado bastante más. Encima hacía un día fantástico, por lo que disfrutamos de una imagen de la que será difícil olvidarnos. Cuando estás delante de un monumento como este, el cual has visto tantas veces en tantísimos sitios, a veces cuesta no pellizcarse el brazo para ver si es un sueño o si realmente se está ahí. ¡Viva la Torre Eiffel!

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Como ya hemos dicho, al otro lado del Campo de Marte esperaba la Escuela Militar de Francia (École Militaire), un conjunto de edificios destinados a la formación militar. Tienen una gran tradición, pues se construyeron durante el reinado de Luis XV, y hoy está destinada a la formación superior de las Fuerzas Armadas francesas. La gente no se suele fijar demasiado en la Escuela Militar, pero se esconde mucha Historia tras sus muros.

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El que si recibe muchísimas visitas es el Palacio Nacional de los Inválidos (Hôtel National des Invalides), nuestra siguiente parada. Se trata de un conjunto arquitectónico en el que hay museos, estancias palaciegas, residencias y museos… Vamos, como para pasar una mañana entera. Su principal seña de identidad es la cúpula dorada de la Iglesia del Domo (Eglise du Dôme).

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ParísEn dicha iglesia está la Tumba de Napoleón, que era lo que nos había llevado hasta allí. Aunque el Museo de la Armada resultaba muy tentador, había que seleccionar si queríamos ver las cosas más gordas de París. Por eso, fuimos únicamente a ver el lugar en el que está enterrado Napoleón. Hay que comprar ticket, pero entra en la Paris Museum Pass.

ParísLa Iglesia del Domo tiene una forma tan peculiar porque, en realidad, es parte de un proyecto más grande. Luis XIV quería una iglesia en la que poder rezar con sus soldados, pero sin mezclarse con ellos. Se proyectó un templo enorme que al final no se llevó a cabo, y que dio dos edificios distintos: el Domo y St-Louis-des-Invalides.

Arquitectónicamente, el edificio del Domo (al único que entramos en Los Inválidos) es una pasada. La cúpula tiene más de 100 metros de altura, y bajo ella hay un espacio prácticamente diáfano en el que es difícil no quedarse boquiabierto. El edificio en sí es un mausoleo dividido en dos alturas. En la parte de arriba están los restos mortales de José I de España (Pepe Botella) y Jerôme Bonaparte, hermanos de Napoleón. También está Napoleón II, su hijo, y algunos de los generales más destacados como Foch o Lyautey.

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Sin embargo, lo realmente impresionante es la Tumba de Napoleón, cuyos restos mortales fueron trasladados desde la Isla de Santa Helena hasta Los Inválidos en 1840. La construcción de su mausoleo duró dos décadas, y fue especialmente delicada porque hubo que tocar los cimientos del templo.

ParísFruto de esos trabajos, la parte inferior del templo es un majestuoso mausoleo en forma de cripta circular. Hay doce estatuas que representan las principales victorias napoleónicas, pero sobretodo destaca el enorme sarcófago de pórfido rojo. En su interior reposan los restos mortales de Napoleón, divididos a su vez en otros seis ataúdes.

Impresionante, ¿Verdad? No hace falta ser un fanático de Napoleón o de la Historia en general para disfrutar de un sitio como este. De hecho, nuestros padres quedaron igual de sorprendidos que nosotros con el súper sarcófago de Napoleón.

ParísAun así, había que retomar el rumbo. La siguiente parada iba a ser el Museo del Louvre, y aunque en un viaje algo más largo se puede ir andando, en este caso fuimos en Metro. Así ganaríamos algo de tiempo y nos podríamos sentar un rato, pues el enorme museo aseguraba varias horas en pie recorriendo sus interminables salas.

Además, la Estación de Palais-Royal Musée du Louvre de RER no puede estar mejor comunicada con el propio museo. La propia parada comunica con el Carrousel du Louvre, un lujoso centro comercial subterráneo que va a parar al vestíbulo en el que se compran las entradas. Por cierto, nosotros no llevábamos abono turístico porque en casi todo lo importante de París se entra gratis por tener menos de 25 años y ser de la Unión Europea. Es una gozada, pero hay un aspecto que mejorar: el tema de las entradas. En muchos sitios, como en el Louvre, con enseñar el pasaporte es suficiente, pero en otros es necesario comprar entradas. Eso hizo que hiciésemos más de una cola para nada.

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Aun así, pese a haber hecho una cola que nos podíamos haber ahorrado, nada podía empañar la felicidad de estar allí. El Museo del Louvre (Musée du Louvre) es una de las principales instituciones culturales del planeta. Alberga piezas que van desde el año 7000 AC hasta 1848 DC, y aunque “solo” expone 35000 obras en su colección hay mucho más. Los fondos llegaron al museo, principalmente, mediante dos grandes procesos históricos: el coleccionismo de la monarquía francesa y todo lo relacionado con la revolución francesa -pensamiento ilustrado, desamortizaciones, campañas napoleónicas-.

ParísPor eso, cuando fue inaugurado en 1793 ya apuntaba alto. Con el tiempo no ha dejado de crecer, e incluso en los últimos años está preparando la apertura de nuevas sedes en Lens y Abu Dabi, no exentas de polémica. ¿Hace falta decir más cosas para explicar lo imprescindible que es pasarse por el Louvre si se está en París?

Pues por si todo eso fuera poco, aquí van algunas de sus obras maestras. En nuestra opinión, el Louvre merece prácticamente un día entero. Sin embargo, entre que íbamos con nuestros padres (no demasiado amigos de los museos) y que solo habíamos ido a pasar un finde, hicimos un recorrido por el best of que duró más o menos dos horas. El Código de Hammurabi, la Venus de Milo,la Estatua de Ramsés II, la Victoria de Samotracia o el Escriba Sentado son solo algunas de nuestras favoritas, pero la lista de obras maestras de la humanidad es inmensa.

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ParísNo hay que olvidar que el Louvre también posee una colección excepcional de pintura. De hecho, su principal pieza forma parte de ella: La Gioconda. Popularmente conocida como La Mona Lisa, este cuadro de Leonardo Da Vinci sufre día a día el acoso de miles de visitantes que se afanan en fundirla con los flashes de sus cámaras, pese a estar prohibido. ¡Dejadla en paz a la pobre!

Quizá con la imagen no haya quedado demasiado claro. Aquí tenéis un pequeño vídeo para que comprobéis de primera mano lo incómodo y agobiante que es acercarse mínimamente a La Gioconda:

 

ParísLo dicho: pasamos un par de horas pateándonos el museo. Eso, junto al camino que ya llevábamos encima, hizo que tuviésemos un hambre bestial. Cuando habíamos salido del tren habíamos visto un McDonald’s anunciado en el propio Carrusel del Louvre, así que allí que fuimos. En total, 43€ para seis personas y luego 6.60€ en cafés.

Después de pasar tanto tiempo en el interior del Louvre nos apetecía despejarnos un poco, así que salimos a explorar sus alrededores. El edificio El Palacio del Louvre (Palais du Louvre) por fuera es precioso, tanto como sus alrededores. Muy cerquita está el Arco del Triunfo del Carrusel (Arc de Triomphe du Carrousel), mandado construir por Napoleón.

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ParísEn realidad llevábamos a nuestros padres un poco engañados, pues lejos de disfrutar del aire libre íbamos en dirección a otro museo. Aun así, hubo tiempo para disfrutar de un primer tramo del Jardín de las Tullerías (Tuileries), uno de los principales parques públicos de París. Comunica el Louvre con la Plaza de la Concordia, así que siempre está hasta arriba de gente.

Nuestro destino era el Museo de Orsay (Musée d´Orsay), una referencia a nivel mundial en cuanto al movimiento impresionista se refiere. Su relación con el Louvre es similar a la del Museo del Prado con el Reina Sofía, pues continua cronológicamente con su colección. El edificio es todo un ejemplo de gestión patrimonial, ya que cuando la preciosa Estación de Ferrocarril de Orsay estaba en desuso, a punto de ser demolida, se decidió establecer en ella un museo. En este caso el continente es tan importante como el contenido.

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Como en el Louvre, podríamos destacar infinidad de obras y autores: Renoir, Manet, Van Gogh, Gauguin, Cézanne, Rodin, Delacroix… La lista de maestros es infinita. Por quedarnos con algunos lienzos, quizá se podría destacar el Desayuno sobre la hierba de Édouard Manet, la Iglesia de Auvers-sur-Oise de Vincent van Gogh o las Mujeres de Tahití de Paul Gauguin. Un cuadro realista que nunca pasa desapercibido es El Origen del Mundo, de Gustave Courbet, rebautizado por nuestros padres como “El gran potorro” y como “La Virgen del Moño”. Ahí queda eso.

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Desde la azotea del Museo de Orsay se puede disfrutar de una bonita panorámica de París, muy distinta a la que hay desde la Torre Eiffel o el Arco del Triunfo. Merece la pena subir, pese a que son cuatro plantas y hay que atravesar la cafetería. Tiene su gracia, pues desde ahí veíamos algunos de los hoteles que estuvimos consultando para alojarnos allí. Mucho ojo, porque las tarifas varían mucho de una web a otra. Avisados quedáis, ahora pasadlo bien con la panorámica.

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Ahora sí, tras los dos museos volvíamos definitivamente al exterior. La idea era volver al Jardín de las Tullerías, aunque de camino nos topamos con una sorpresa inesperada.

ParísEn la Pasarela Léopold Sédar Senghor (conocida también como Puente Solférino) se ha convertido en costumbre que los enamorados dejen un candado con sus nombres, tal y como se hace en el Puente Milvio de Roma. Es una costumbre que cada vez se está haciendo más popular en toda Europa, y hoy en día casi es difícil ver un puente sin candados.

El caso es que acabamos recorriendo las Tullerías de punta a punta. Mientras el padre de Erika se quejaba de lo sucio que estaba todo, los demás pudimos comprobar que los parisinos disfrutan de este parque de maneras muy diversas: paseando, jugando a la petanca, sentándose a tomar el sol… La imagen es de esas que invitan a unirte y a dejar pasar el tiempo, pero en un viaje tan corto lo único que pudimos hacer fue quedarnos con la miel en los labios y seguir caminando.

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ParísDonde sí nos detuvimos un poco más fue en la Plaza de la Concordia (Place de la Concorde). Pese a que hoy en día ha sido fagocitada por el tráfico, sigue siendo un lugar de referencia. Es la segunda plaza más grande de toda Francia (la primera está en Burdeos), y fue uo de los grandes lugares de la Revolución Francesa. Solo hace falta decir que en ella fueron ejecutados Luis XVI y Maria Antonieta, además de otras muchas personalidades que pasaron por la guillotina. Cuando terminó el Terror, se la dio el nombre actual para tratar de borrar su imagen de escenario en el que corrieron ríos de sangre.

Al margen de sucesos históricos, es un lugar ciertamente interesante. Los amantes del automovilismo conocen el lugar porque en él está la sede de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), pero además hay que prestar atención a su decoración, a otros muchos edificios y, sobretodo, a la cantidad de gente que pasa de un lado a otro.

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ParísDesde la Plaza de la Concordia fuimos a la Iglesia de la Madeleine, uno de nuestros edificios favoritos de París. Es un templo muy peculiar, pues tiene aspecto de templo romano pese a tener un par de siglos de antigüedad. Nos apetecía mucho compartir este sitio con nuestros padres, pues fue de los que más nos impactó en el viaje a París de 2007.

Y es que el interior de la Madeleine es espectacular. Tiene un ambiente muy sombrío, tétrico incluso, no solo por su especial iluminación (la luz entra en el templo a través de las tres aberturas en las cúpulas) sino por sus estatuas y el perpetuo sonido del órgano. Los ángeles alados son realmente impresionantes, los más expresivos que hemos visto nunca. De verdad, no dudéis en pasaros por esta pequeña iglesia. Quizá no sea tan imprescindible como el Louvre o el Arco del Triunfo, pero merece igualmente la pena y seguro que no os deja indiferentes.

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No podemos dejar de destacar, una vez más, la importancia de la música en este tipo de lugares. Las dos veces que hemos visitado La Madeleine nos ha quedado la misma sensación: la melodía que escuchamos contribuía enormemente a que el templo tenga esa atmósfera tan siniestra. Abrid bien los oídos:

 

ParísPor cierto, la Iglesia de la Madeleine está muy cerquita de donde nos había dejado el autobús la noche anterior. Aprovechamos para curiosear un poco por los alrededores, pero siempre teniendo en cuenta que íbamos en dirección al Metro. La tarde avanzaba y a última hora teníamos el partido de España, por lo que no había que perder tiempo.

ParísNuestro último destino ese día era el Arco del Triunfo (Arc de Triomphe), en la Plaza Charles de Gaulle. Es, sin lugar a dudas, el arco de triunfo más famoso de todo el planeta. Su figura es la que inspira a los arcos modernos y es todo un icono, no solo de París o de Francia, sino de todo occidente. Otra visita imprescindible en la ciudad.

Fue construido entre 1806 y 1836 por orden de Napoleón, con la intención de conmemorar sus principales victorias militares. Lo que no calculó el Emperador es que algún día el arco se iba a ver rodeado por una rotonda de tres carriles. Sin embargo, es fácil acceder a él gracias al túnel que lleva directamente a sus pies. En el paso subterráneo está la taquilla, por lo que si no tenéis abono turístico ya sabéis donde tenéis que ir.

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ParísNormalmente, en los edificios con tanto renombre histórico, las piedras hablan por sí solas. En este caso lo hacen de manera explícita, pues en cada pared hay hueco para conmemorar distintos hechos: el nombre de soldados caídos en la batalla, grandes victorias de Napoleón Bonaparte (entre ellas muchas ocurridas en España) o los principales emblemas de la patria francesa. Merece la pena prestar atención a cada rincón, aunque con mucho ojo: es una de las zonas con más carteristas por metro cuadrado de todo París. ¡A ver si os van a robar la cartera por un despiste!

ParísComo no podía ser de otro modo, es posible subir a lo alto del Arco del Triunfo. La subida es especialmente dura porque es a través de una angosta escalera de caracol. Por si eso fuera poco, estábamos bastante cansados por haber caminado todo el día y algunos miembros del grupo (en especial la madre de Edu) las pasaron canutas.

Como siempre decimos, el esfuerzo mereció la pena. Las vistas desde el Arco del Triunfo son las mejores de todo París o, al menos, siempre han sido las que más nos han gustado. Es una panorámica centrada, a una altura que otorga una gran visión pero que permite tener realmente cerca a los edificios. En la azotea han puesto distintos paneles explicativos en los que se señalan los principales monumentos de la ciudad, por lo que es normal entretenerse un rato contemplando el horizonte.

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ParísAl ser un lugar de referencia en la capital francesa, es muy frecuente encontrarse todo tipo de eventos y conmemoraciones. Por ejemplo, ese sábado había una especie de homenaje a veteranos de guerra, pues mientras estábamos en lo alto una comitiva se acercó a la llama eterna y comenzó un emotivo acto alrededor de ella.

Lo más bonito del acto fue el himno. La Marsellesa es una de las canciones nacionales más bonitas que existen (al menos de las que conocemos) y escucharla en directo nos puso los pelos de punta.

 

Con la visita al Arco del Triunfo dábamos por terminado el día, al menos en lo que a ver cosas se refiere. Sin embargo, aún teníamos pendiente un par de asuntillos: comprar el desayuno del día siguiente y ver los cuartos de final de la Eurocopa, que curiosamente enfrentaban a España con Francia.

ParísCon lo primero no hubo ningún problema, pues volvimos al barco y le preguntamos a la señora. De camino una española nos dio más indicaciones, y al final acabamos yendo a un Carrefour Express en el que compramos leche, café, cacao y bollos. Nuestros padres no pudieron resistirse y también se hicieron con algunos quesos.

Ya con la bolsa llena regresamos al barco, y estuvimos un rato disfrutando del buen día que hacía. Habernos hospedado en un barco no significa renunciar a las comodidades de cualquier otro alojamiento, y en cubierta había una especie de terracita en la que estuvimos muy tranquilos comentando la jugada y esperando al partido. Al final había sido un recorrido más duro de lo esperado… ¡Nuestros padres estaban cansadísimos! Hay que reconocer que a nosotros también nos pesaban un poco las piernas.

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El día había salido a la perfección, y el broche de oro lo puso un fantástico partido de la selección española de fútbol. Iniesta, Casillas, Alonso y compañía dieron un auténtico recital ante los franceses, imponiéndose con un marcador de 2-0 y pasando a una nueva ronda de un torneo que, a la postre, volvieron a ganar. Aunque estábamos en territorio hostil no pudimos evitar celebrar los goles, y al día siguiente los que estaban en otros barcos nos felicitaron por nuestra victoria.

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ParísUna vez se pasaron los nervios del partido llegó el tiempo de descansar. Después de un día entero pateándose una ciudad, no hay nada más reconfortante que una duchita calentita y una buena cena. Si eso se hace en familia, mejor que mejor. Teníamos caras de cansados, pero estábamos todos contentos por la cantidad de sitios a los que habíamos podido ir en una sola jornada.

Con las mismas nos fuimos a dormir, pues, aunque al día siguiente teníamos que volver a Madrid, aun quedaba mucho por ver. Había que recuperar fuerzas, ya que el domingo lo íbamos a exprimir al máximo.

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