País Vasco ’08 – Capítulo XIV: Bermeo, Mundaka y alrededores (Día 12)

No solo no dejábamos de hacer excursiones, sino que cada día que pasaba estas eran más físicamente exigentes. En los últimos días empezamos dando paseos por un par de pueblos, para luego ir a ver una ciudad enorme y por último andar horas y horas por un monte, pero a pesar de ello esta nueva mañana nos levantamos con ganas de más y nos fuimos a ver Bermeo, Mundaka, San Juan de Gaztelugatxe y el Cabo de Matxitxako.

Pues eso, nuestra primera parada fue Bermeo, otro pueblo con origen pesquero en el cual todo lo relacionado con la pesca en el Cantábrico es poco menos que tradición (a veces incluso leyenda). Este enclave si que tenía algo más de turismo, y debido a ello hay un aparcamiento en la zona alta que te permite ver la ciudad perfectamente, pues está a un minuto del casco histórico. La primera toma de contacto con la parte vieja de Bermeo fue de la mano de una plaza en la que se enmarcan la Iglesia de Santa María de la Asunción y la Casa Consistorial. El ayuntamiento no hizo sino confirmar que la mayor parte de estos edificios tiene una estructura similar: fachada sobria, arcada en la parte inferior y en ocasiones un pequeño frontón en su interior.

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A estas alturas de viaje esta frase parece ya algo desgastada, pero Bermeo es un pueblo precioso. Tiene la misma tradición pesquera que la mayoría de los lugares que visitamos, aunque en este caso, quizá por un mayor patrimonio, también da una sensación medieval bastante interesante. Quizá el edificio que mejor recoja esto sea la Iglesia de Santa Eufemia, de imponente aspecto exterior y gran belleza en el interior.

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La mayoría de los edificios de interés histórico de Bermeo son gratuitos, a excepción de algunos como la Casa-Torre de Ercilla. De todos modos, con el carnet joven la entrada es 1.5€, y para colmo en el interior se puede disfrutar del Museo del Pescador. Es una exposición magnífica, perfectamente musealizada y con información útil e interesante. Nos gustó mucho, pero quizá a veces sea demasiado técnico, y tras hora y media de visita las últimos datos se hacían algo densos. Eso sí, pese a que el museo es genial no hay que dejar de lado la arquitectura del edificio, uno de los símbolos de Bermeo.

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Después de ver el museo necesitábamos aire fresco, y nos fuimos al puerto, para pasear e inmiscuirnos en un ambiente típicamente marinero. Aparte de las embarcaciones y el propio barrio pesquero, el mayor atractivo quizá fue el rompeolas, pues en ese día tuvimos la suerte de que no hacía un tiempo especialmente bueno y disfrutamos de imágenes espectaculares.

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El patrimonio arquitectónico bermeotarra no tiene parangón, y siguiendo un plano con el cual nos habíamos hecho en un puesto turístico llegamos al Convento y claustro de San Francisco, un conjunto sensacional y perfectamente conservado. Para colmo, cuando hicimos la visita no había nadie en el convento, y a cada pisada que dábamos retumbaban todas las piedras del edificio. El claustro, por otro lado, está en igual estado -perfecto- y es de una factura impresionante. Eso sí, en plena visita oímos como se cerró una puerta: aquella por la cual habíamos entrado. Fuimos corriendo, y tras un par de gritos en plan “¡Estamos encerrados”! apareció un monje de clausura, con hábitos y un manojo de llaves, que nos permitió recuperar la libertad. Ya nos veíamos comiendo allí y esperando a que abriesen a la tarde.

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Por último disfrutamos de la Puerta de San Juan, la cual es difícil de fotografiar, pues enfrente de ella suele haber más de una furgoneta estacionada. La puerta “separa” la zona alta de la baja, y en una de sus caras -la que se ve según se sube desde la zona portuaria- “está” San Juan vigilando.

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Pais Vasco 167A estas alturas de día ya apretaba el hambre, por lo que comimos, cogimos el coche y nos fuimos a nuestro siguiente destino: San Juan de Gaztelugatxe. En Wikipedia dicen de él que es un “tómbolo con un estrecho istmo pedregoso”, pero para que nos entendamos es una formación geológica con apariencia de isla, en cuya cima se ha establecido ermita a la cual se llega recorriendo un sinuoso camino entre la piedra. Vamos, uno de esos lugares propios de cualquier película de fantasía que solo por ir allí a hacerte una foto ya merece la pena. El sitio está cargado de historias, desde su origen hasta su destrucción pasando por las reliquias que ha albergado, por no hablar de la campana que hay que tocar nada más llegar o de todas las romerías que en él se celebran.

El aparcamiento es un poco caótico, pues se hace en el arcén de la típica carretera estrecha en un acantilado. Un consejo es que, si se va con coche, se vaya abajo del todo, pues la gente se piensa que allí no va a haber sitio y aparca arriba, y al llegar la gente se da cuenta de que hay un espacio maravilloso para dar la vuelta y encima un montón de huecos libres.

La subida a la ermita es dura, seguro que más de uno no podrá realizarla, por lo que es frecuente que mientras familias enteras suben las abuelas y/o familiares que no hacen mucho deporte se queden en la base. Eso sí, sin lugar a dudas hay que afirmar que merece la pena: las vistas preciosas, el ruido del mar rompiendo con las olas es más que relajante y encima haces deporte. Tres en uno, ¿qué más se puede pedir? El comentario más oído es que el recorrido recuerda a la muralla china, y la verdad es que tiene cierto parecido, aunque por suerte dura un pelín menos.

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Una vez se llega a la ermita, la tradición manda al viajero hacer sonar la campana tres veces. Es más que recomendable sentarse en los alrededores y ver como la gente llega y toca la campana a su manera: desde el típico macho ibérico que parece que quiere tirar la ermita abajo hasta niños pequeños que tienen que saltar para coger la cuerda. Por cierto, en la cima hay un refugio en el cual está permitido pasar la noche. No tiene muchas comodidades, pero seguro que es una experiencia única.

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Pais Vasco 173Una vez has visto todo, hay que dar la vuelta sobre el recorrido andado y volver a bajar las interminables escaleras. Ya abajo decidimos proseguir con nuestra excursión, en la cual la siguiente parada era el Cabo de Matxitxaco. La llegada viene precedida de una carretera en bastante mal estado, y luego allí tampoco hay gran cosa en función del día en que se vaya. En nuestro caso, como hacía mal tiempo, no pudimos más que ver el faro. Sin embargo, cuando hace buen día es frecuente ver gente haciendo submarinismo, e incluso con prismáticos se pueden divisar grandes cetáceos, como ballenas. Después de haber visto varios museos relacionados con la pesca de ese animal nos hubiese apetecido ver alguna, la verdad.

En vista de que allí no había mucho que hacer fuimos a la última parada de nuestra excursión: Mundaka. La definición más adecuada de este lugar nos permite hablar de un pueblo surfero de tradición pesquera. Vamos, que toda la vida ha vivido de la pesca, pero en la actualidad es una especie de Zarautz vizcaíno. No entendemos mucho de ese deporte, pero parece que la duración de las olas -rompían realmente pronto y recorrían más de cien metros hasta desaparecer- puede ser su principal atractivo. Visto el puerto y los surfistas, fuimos a la Iglesia de Santa María, una de las dos iglesias de la localidad, la cual ha sido reformada hasta la saciedad.

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Desde allí se veía un edificio al otro lado del pueblo, en plena costa, y allí que fuimos. Resultó ser la Ermita de Santa Catalina, un edificio del siglo XIX que por su ubicación tiene que ser constantemente restaurado, pues sufre una y otra vez las inclemencias del tiempo. Aunque sea decimonónico el lugar ha sido utilizado desde la Edad Media como sitio para reunirse, defenderse de los piratas costeros y como hospital en época de grandes enfermedades.

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Mundaka es bastante pequeñita, y tras un breve paseo llegamos a una plaza en la cual estaban los dos últimos monumentos del día: la Cruz de Kurtzio y el Palacio de Simitur. La cruz data de 1611, y fue trasladada a este lugar desde las afueras pensando en su mejor conservación. El edificio de al lado, que en la actualidad es un hotel, está cimentado sobre una antigua casa de postas, en la cual los viajeros se abastecían tras su paso por el pueblo.

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Tras varios días seguidos de excursiones nos fuimos pronto a casa, con la idea de pasar el día siguiente tranquilitos en plan “sol y playa”.

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