Oporto ’12 – Capítulo IV: Más Oporto y un inesperado día de playa en Foz do Douro (día 3)

Tras un sábado frenético en el que no habíamos parado de ver cosas en todo el día, todavía nos quedaba una jornada completa para seguir disfrutando de Oporto al máximo. Para el domingo habíamos previsto dos cosas: terminar de hacer las visitas que estaban pendientes y acercarnos a la playita. Ya estábamos en pleno mes de octubre, pero el tiempo durante todo el fin de semana estaba siendo espléndido y nos apetecía mojarnos los pies un poco. ¿Lo conseguiríamos?

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La primera parte de la mañana empezó con todo un clásico: explorar los alrededores del hotel. Así, fuimos a ver cositas como Coliseu do Porto (el teatro más emblemático de la ciudad, con más de cien años de antigüedad) o el Majestic Café (uno de los grandes puntos de reunión en Oporto durante el siglo XX, equivalente al Café Gijón de Madrid).

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También nos acercamos a ver la Iglesia de San Ildefonso (Igreja de Santo Ildefonso). El primer día pasamos frente a ella, pero ya era de noche y estaba cerrada. Nos llamó mucho la atención su impresionante fachada, con los característicos azulejos de color azul tan típicos en la ciudad.

Aunque la iglesia original era mucho más antigua, este edificio responde a una completa reconstrucción efectuada en los años centrales del siglo XVIII. Eso se tradujo en un marcado estilo barroco, de lo mejor de Oporto. Fue un acierto madrugar, pues estaba prácticamente vacía.

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Una vez hicimos las visitas que habíamos previsto, empezamos a sacarle partido a nuestra Tarjeta Andante Tour. Tomamos el metro hasta la estación Estádio do Dragão, donde evidentemente está el recinto con ese nombre. Allí es donde juega como local el Oporto, uno de los equipos de fútbol más laureados de Portugal. No sabíamos si podríamos visitarlo, ya que en internet no habíamos encontrado demasiada información, pero nos apetecía acercarnos hasta allí y al menos verlo por fuera.

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El Estádio do Dragão, que viene a significar algo así como Estadio del Dragón, fue inaugurado en el año 2003. Fue una de las grandes sedes de la Eurocopa 2004, incluyendo la disputa del primer partido del trofeo. Dispone de la Categoría 4 de la UEFA, el mayor reconocimiento que puede recibir un estadio en Europa por la calidad de sus instalaciones. Tiene capacidad para albergar más de 50.000 espectadores.

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Por allí no se veía nadie, así que estuvimos investigando un poco. Al final resultó que sí se podía ver por dentro, pero únicamente en visita guiada. Además, los domingos solo hacían pases por la tarde, por lo que tuvimos que quedarnos con las ganas.

No nos arrepentimos de ir hasta allí, pues en los alrededores de los grandes estadios de fútbol siempre se respira un ambiente especial. Sin embargo, tampoco vamos a negar que nos hubiese gustado mucho hacer el tour.

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Ni siquiera pudimos entrar a ver la típica megastore que los equipos suelen tener en sus estadios. En el caso del Oporto se llama Loja Azul, pero los domingos abre tardísimo y no nos íbamos a quedar allí a esperar solo para ver una tienda. Lo dicho: esto solo es una excusa para volver a la ciudad en el futuro y poder sacarnos la espinita.

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Cuando terminamos de ver lo poquito que había por allí a esas horas, cogimos de nuevo el metro. En esta ocasión fuimos justo al norte del casco histórico, para visitar la Iglesia de Nuestra Señora de Lapa (Igreja Nossa Senhora da Lapa). Lo primero que hay que decir es que la estación de metro no deja precisamente cerca, pues aunque las torres están a la vista hay que atravesar un largo y desangelado descampado.

Es un buen momento para decir que la zona nos transmitió muy malas sensaciones. No es que tuviéramos algún incidente concreto, pero se veían muchos mendigos, aparcacoches peleándose entre sí por dirigir el tráfico en una misma calle, mucha suciedad… Mejor ir con los ojos bien abiertos.

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Pese a todo, hay que decir que la Iglesia de Lapa está bastante bien. Data del siglo XVIII, sus dos torres son muy bonitas y el interior es precioso. Es barroca, aunque no está demasiado recargada.

Cuando fuimos para allá estaban celebrando una especie de comunión o confirmación, por lo que no pudimos recorrerla de arriba a abajo. Aun así nos llamó mucho la atención la ceremonia, ya que no se parecía a nada que hubiésemos visto antes en una iglesia, así que nos sentamos detrás un rato a ver si nos enterábamos de algo. Nos fuimos de allí sin saber nada de nada.

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La iglesia nos gustó, pero en realidad habíamos ido hasta allí porque nos interesaba mucho visitar el Cementerio de Lapa (Cemitério da Lapa). Como institución es realmente importante, ya que está considerado uno de los primeros cementerios modernos de Portugal. Fue autorizado por Pedro IV en el siglo XIX, y pese al rechazo inicial (igual que ocurrió con las Sacramentales de Madrid) rápidamente pasó a ser uno de los más utilizados de Oporto.

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Aunque la entrada está justo al lado de la puerta de la iglesia, nos la pasamos de largo y acabamos bordeando todo el perímetro del cementerio. Un pequeño despiste que no nos quitó las ganas, pues habíamos leído en internet que el cementerio estaba realmente bien. Bastó estar allí un par de minutos para comprobar que así era, pues posee una belleza escultórica impresionante.

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Desde la Iglesia de Lapa, bajando hasta la Plaza de la República y subiendo toda la Rua da Boavista, llegamos hasta la Praça de Mouzinho de Albuquerque. Es un lugar bastante curioso, pues se trata de una especie de rotonda gigante con un parque en su interior. Lo decimos por decir, pero seguramente sea de las rotondas más grandes del mundo, pues no hemos visto una cosa igual en otro lugar.

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El interior, de hecho, se llama Jardín de la Rotonda de Boavista (Jardim da Rotunda da Boavista), y está reconocida como una zona verde de más de 3 hectáreas. El epicentro del parque es el Monumento a los Héroes de la Guerra Peninsular (Monumento aos Heróis da Guerra Peninsular), una enorme torre de 45 metros de alto. Quizá ese nombre no diga nada a un español, pero así es como los portugueses conocen a lo que nosotros llamamos Guerra de Independencia: el conflicto bélico que a comienzos del siglo XIX llevó a los franceses por toda la Península Ibérica.

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En esa misma plaza, aunque fuera de la propia rotonda, está uno de los edificios más emblemáticos de Oporto: la Casa de la Música o Casa da Música. Es una de las grandes obras de Rem Koolhaas, el famosísimo y reconocidísimo arquitecto neerlandés responsable de proyectos como la Biblioteca Central de Seattle o la Sede de la Televisión Central de China.

Su diseño, aclamado por unos y criticado por otros, tiene fama internacional, habiendo rebasado su función práctica (servir como sala de conciertos) para pasar a ser una referencia para los arquitectos de todo el mundo.

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Ese edificio supuso un punto y aparte en la mañana, pues según terminamos de verlo dimos un golpe de timón y fuimos hacia la zona baja. A orillas del Duero, a los pies de la Iglesia de San Francisco, nos esperaba nuestro encuentro con un medio de transporte tradicional, ecológico y con mucho encanto: el tranvía.

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Aunque el Porto Tram está claramente en desuso, todavía resisten algunas líneas con los vehículos originales. La Línea 1 nos venía perfecta, pues comunica esa zona con Foz do Douro, la freguesía perteneciente a Oporto que da al Océano Atlántico. Vamos, que es el medio de transporte adecuado para pasar un día en la playa. Hay autobuses que hacen el mismo recorrido, pero nos apetecía mucho revivir la forma en la que nuestros padres o nuestros abuelos se movían por las grandes ciudades.

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Es un puntazo, pues se han esforzado en que la experiencia reviva al máximo el ambiente de los tranvías de Oporto del siglo pasado. Eso implica no solo restaurar vehículos antiguos, sino también los asientos, en uniforme de los conductores e incluso los tickets se han hecho siguiendo el diseño antiguo.

La parte negativa es que es un rara avis dentro de los transportes de la ciudad, está al margen del sistema. ¿Eso que significa? Pues que no está incluido en los abonos de transporte convencionales, como nuestra Tarjeta Andante Tour. Hubo que pagar 3€ por persona por el trayecto de ida.

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Evidentemente esto va en gustos, pero nosotros hubiéramos pagado más si hubiera hecho falta. Igual que a Sheldon Cooper de The Big Bang Theory o al Reverendo Lovejoy de Los Simpson, a nosotros nos encantan los trenes, especialmente los antiguos. Por eso, disfrutamos como niños durante todo el trayecto y no dejamos de sonreir ni un instante.

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La última parada del recorrido llega hasta la Avenida de Don Carlos I, el inicio del paseo marítimo de Foz do Douro. Quizá nos quedasen por ver algunos museos o algunas cosillas culturales, pero después de la paliza del día interior nos apetecía más pasear frente al mar y mojarnos los pies que un plan más serio.

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Y es que posiblemente sería la última vez que viésemos la playa en mucho tiempo. Vale que al mes siguiente íbamos a Grecia, pero ya sería a mediados de noviembre y seguramente el tiempo no nos respetaría. Por eso, nos apetecía darnos el capricho y disfrutar de imágenes tan interesantes como ésta.

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Además, el paseo marítimo de Foz do Douro no tiene nada que ver con el de las típicas ciudades costeras. Nada de rascacielos o chiringuitos rancios, en su lugar hay varios edificios históricos (incluyendo dos fortalezas), restaurantes de calidad para todos los bolsillos y un montón de zonas verdes por las que pasear.

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La verdad es que al principio las playas nos decepcionaron un poco. Esperábamos una interminable lámina de fina arena y en su lugar encontrábamos pequeñas playas rocosas separadas entre sí por mugrientos espigones. ¿Cómo podía tener eso tanta fama? Por suerte Eri llevaba bien preparado el viaje, y sabíamos que teníamos que seguir andando hasta llegar a las playas buenas.

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No fue ningún problema, ya que hacía un día espléndido y, como ya hemos dicho, el paseo marítimo era espectacular. Conocemos un montón de destinos playeros, pero éste nos gustó especialmente. Nunca habíamos visto tantos pequeños parquecitos a un paso del mar.

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A estas alturas ya teníamos bastante hambre, así que empezamos a buscar un sitio para comer. No tardamos demasiado en encontrar exactamente lo que buscábamos: algo frente al mar, barato y con buena comida. No sabríamos decir el nombre del chiringuito, ya que lo único que tenía por letreros era publicidad de Frigo (Olá, que es como se llama allí la empresa). Por lo demás, recomendaros que lo busquéis, pues por 4€ por persona nos zampamos una riquísima hamburguesa, unas buenas patatas fritas naturales y la correspondiente bebida.

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Una vez comimos seguimos caminando hasta llegar al Castillo de San Juan Bautista de Foz (Forte de São João Baptista da Foz), una fortaleza del siglo XVI ubicada en plena playa. Aunque la entrada es teóricamente gratuita, hay gato encerrado. En la puerta veréis a un hombre que te vende unas entradas para ayudar con una asociación de veteranos de guerra de no-sabemos-que-conflicto, por lo que al final hay que dejarse 2€ por cabeza.

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Es un mal comienzo, aunque un buen presagio. La fortaleza ésta tiene un cierto toque turbio, como a medio camino entre el abandono y el chanchullo. No sabríamos decir exactamente el qué, pero no nos dio buena espina estar por allí.

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Aun así, con el pedazo de edificio que es, muy mal se tiene que dar la cosa para no disfrutar del Castillo de San Juan Bautista de Foz. Cañones, puestos de vigilancia, matacanes… Nos encanta la arquitectura militar y todos los edificios que tengan vistas al mar, por lo que pese a todos los inconvenientes os recomendamos la visita.

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En el interior hay una especie de club social (de esos a los que van los señores mayores a echar la partida) y un pequeño museo sobre el grupo militar que supuestamente es responsable del fuerte. Quizá con un panel informativo o con un pequeño folleto nos hubiéramos enterado de algo, pero en esas condiciones fue imposible.

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La cuestión es que pasado el puesto, por fin, llegamos a ver la enorme playa de Foz do Douro. ¡Cómo molaba! Arena fina, olitas, agua limpísima… Vamos, que solo faltaba Estella Reynolds cantando “La mar está fresquiviris” para que fuese un día de playa en toda regla.

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Total, que nos quitamos las botas, cogimos la toalla que llevábamos en la mochila y nos sentamos un ratito allí a descansar. Nos repetimos como las cebollas, pero siempre que hablamos de la playa como algo mágico queremos recordar que estamos acostumbrados a vivir entre asfalto, por lo que el mar y la arenita nos parecen el paraíso. Mirad que monas nuestras Panamá Jack, recién estrenadas, en la arenita de la Playa de Oporto. ¡Ole!

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Estábamos en octubre y hacía un poquito de viento, pero llegados a ese punto era imposible irnos de allí sin darnos un bañito. El agua estaba mucho más caliente de lo que se podía esperar, por lo que fue una experiencia totalmente relajante. No hay nada como nadar un poquito en el mar para recuperarse de un día entero turisteando en una ciudad con tantas cuestas.

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Completamos nuestro particular día playero tomándonos unos riquísimos zumos naturales recién hechos. La oferta de Oporto en ese sentido es grandísima, pues a cada paso hay pequeños puestos en los que comer o beber algo a buen precio.

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Para volver en dirección al centro de la ciudad tomamos el autobús, que para eso era más rápido y lo teníamos incluido en la tarjeta turística. No volvimos directamente, sino que antes hicimos una parada en el Museo do Carro Eléctrico, uno de los más interesantes de la ciudad. Abre todos los días (lunes, de 14 a 18; martes a viernes, de 10 a 19; fines de semana y festivos, de 13:30 a 19), cuesta 4€ y la entrada da derecho a usar el tranvía una vez.

El museo está ubicado en una antigua central eléctrica (Massarelos), un edificio precioso que ha sido restaurado y acondicionado para acoger un museo de estas características.

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La colección hace un completo repaso al transporte público de Oporto, con réplicas y objetos originales. Además de tranvías como los que todavía siguen en funcionamiento o autobuses de comienzos del siglo XX, también hay vagones tirados por caballos, locomotoras y vehículos modernos. Nos encantó, una visita imprescindible pese a que no queda muy a mano.

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Cuando volvimos al centro la tarde ya estaba más que avanzada, aunque por suerte habíamos cumplido todos nuestros objetivos. Empezábamos a sentir bastante nostalgia, pues el viaje estaba a puntito de terminar, pero Oporto nos había gustado tanto que era imposible sentir tristeza. Además, todavía nos quedaban dos viajes tan gordos como Nueva York y Grecia antes de acabar el año. Dimos un último paseíto por la Ribeira, descubriendo calles encantadoras por las que no habíamos pasado hasta entonces.

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¡Ah! También teníamos en mente un evento futbolístico muy importante: el partido que enfrentaba al Real Madrid y al Barça en liga. Cuando estamos en el extranjero no solemos perdernos los partidos de nuestro equipo, ya que siempre es divertido ver fútbol fuera de España y hablar con la gente de allí, pero en este caso era más importante que nunca al ser contra el eterno rival. No fue fácil, pero conseguimos encontrar un bar al lado del río que ponía el partido. Pensábamos que todos irían con el Real Madrid, pues en los últimos tiempos tenemos más portugueses que madrileños, pero no se les vio nada alegres cuando marcó Cristiano Ronaldo.

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Estar por allí nos vino bien, ya que también disfrutamos del ambientazo que había esta noche en la Ribeira. Incluso tenían un escenario con música en directo, cómicos y actuaciones de niños pequeños. No sabemos lo que estaban celebrando, pero la cosa estaba muy animada.

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Y ya que estábamos por allí, acompañamos el partido (que acabó en empate) con unas cuantas tapas. Mención aparte merece este riquísimo chorizo al infierno, un plato que nos encanta y que aquí estaba deliciosamente bueno. Se nos hace la boca agua solo con ver la foto.

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Eso fue todo. Aunque las escapadas de fin de semana suelen acabar en domingo, en este caso haríamos noche en Oporto. Salía un avión a las 6:00, así que ese fue el que usamos para volver a casa. Toda una odisea que os contaremos en el siguiente capítulo.

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