Oporto ’12 – Capítulo III: Oporto a fondo (día 2)

Teníamos muchísimas ganas de publicar este post. Desde que fuimos a Oporto, no dejamos ni una sola conversación sobre viajes sin recomendar esta bonita ciudad de la costa portuguesa. En ella encontramos todo lo que se puede esperar de una buena escapada, desde interesantes museos hasta experiencias gastronómicas inolvidables.

Este artículo muestra el larguísimo sábado que pasamos en la ciudad. No sabemos si alguien será capaz de leérselo hasta el final, pues tiene decenas de párrafos y más de cien fotos. En cualquier caso, con él esperamos hacer justicia y transmitir lo que ahora pensamos firmemente: Oporto es un lugar mágico, una de las ciudades europeas más bonitas en las que hemos estado hasta ahora.

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Vayamos por orden. Sabíamos que iba a ser un día largo y con muchos kilómetros que caminar, por lo que teníamos que empezar cogiendo fuerzas. En ese sentido, el Hotel Residencial Porto Madrid resultó perfecto. El desayuno buffet que ofrecen nos sorprendió muy gratamente, pues está muy por encima de lo que se suele encontrar en un alojamiento tan sumamente lowcost: bollos recién hechos, tostadas, yogures, cereales, embutidos, frutas, zumos… De todo. ¡Nos pusimos hasta arriba!

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Una vez cargamos las pilas, salimos del hotel dispuestos a comernos la ciudad. Solo habíamos puesto medio pie en la calle, cuando ya hicimos el primer cambio de planes. ¿Y ese barullo que se escuchaba? ¿Y toda la gente que se veía? Resulta que allí mismo, en la Alameda das Fontainhas, se celebraba la Feira da Vandoma, uno de los mercados semanales más característicos de Oporto. Se trata de una interminable sucesión de puestos en la que se venden antigüedades, libros y casi cualquier cosa de segunda mano.

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Aunque este mercado es visitado sábado tras sábado por miles de personas, su origen es muy modesto. Surgió de forma espontánea cuando los jóvenes de la ciudad se empezaron a reunir allí para vender sus libros viejos. Poco a poco se fue consolidando y desde 1984 está regulado por la Cámara Municipal de Oporto, que ha fijado su horario (de 8 a 13) y algunas normas para los vendedores.

Nos encantan este tipo de mercadillos, así que nos pasamos por allí y nos pusimos a curiosear hasta el último puesto. Encontramos un montón de cosas súper chulas: monedas de la época de Salazar, videoconsolas clásicas, objetos antiguos suficientes para montar diez o doce museos etnográficos… Una pasada. Nos acordamos mucho de nuestros padres, ya que disfrutan un montón en este tipo de sitios.

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Al igual que la noche anterior, también aprovechamos nuestra privilegiada posición para disfrutar de unas fantásticas vistas del río Duero. Puede parecer repetitivo, pero os recomendamos asomaros a todos los miradores que veáis. Oporto es una ciudad fantástica en ese sentido, pues en cada panorámica descubriréis matices nuevos que hasta entonces seguro que os habían pasado desapercibidos.

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Y, tras esta primera e inesperada visita, comenzamos a patearnos la ciudad siguiendo el planning que habíamos preparado. Pronto entramos en contacto con esa decadencia encantadora que tiene Oporto. Algunas calles están en un estado ruinoso, posiblemente nos parecerían lugares inseguros en cualquier otro lugar de la Península Ibérica, pero aun así tienen algo que llama la atención. No sabríamos explicar el qué, pero hasta el rincón más insignificante resulta atractivo de un modo o de otro.

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Tras andar un poquito llegamos a A Perola do Bolhao, una pequeña tienda con mucha fama en la ciudad. La verdad es que comprendimos rápidamente su interés, pues tiene una fachada en Art Noveau muy bonita. Por lo visto por dentro también merece la pena, pero no tenía sentido comprar comida en ese momento e ir cargados con ella durante todo el día.

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Muy cerquita de ella está la Capela das Almas (Capilla de las Almas). Su fachada de azulejos azules llama mucho la atención, pues realmente parece que está pintada de ese color. Sin embargo, una vez nos acercamos pudimos comprobar que en realidad se trata de un complejo conjunto que narra escenas de la vida de San Francisco de Asís y de Santa Catalina. Por dentro no es tan bonita, aunque hay que reconocer que no pudimos explorarla en profundidad. Cuando fuimos a verla estaban en plena misa y no era plan de meternos allí a curiosear.

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Donde sí investigamos hasta cansarnos fue en el Mercado do Bolhao, el más emblemático de la ciudad. Lleva más de un siglo siendo la gran referencia de la ciudad para abastecerse de carne, pescado o fruta, además de ofrecer otro tipo de productos como flores o artesanía. Su evocadora arquitectura, el encanto de los pequeños puestos y la gran variedad de compras que se pueden hacer han hecho, hacen y harán que sea un punto de interés turístico de primer nivel en Oporto.

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Vamos con un poquito de información práctica. El Mercado do Bolhao cupa prácticamente una manzana, por lo que se puede entrar desde distintas calles como rua Fernandes Tomás o rua Sá da Bandeira. Abre de lunes a viernes de 8:00 a 17:00 y los sábados de 8:00 a 13:00, mientras que los domingos cierra por descanso.

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Posiblemente en origen su encanto residiese en una magnífica arquitectura. Sin embargo, la falta de mantenimiento ha hecho que poco a poco se haya ido deteriorando, siendo hoy en día un edificio decadente y en muy mal estado. Ojo, no decimos esto como algo negativo, sino todo lo contrario. El Mercado do Bolhao pertenece a ese selecto grupo de edificios con suerte que son bonitos incluso sin estar bien conservados. Paseando por el mercado se respira puro siglo XX.

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Conviene ir al mercado sin prisas, para poder disfrutar de él desde distintos puntos de vista. Tan importante es su fachada como pasear por sus galerías superiores, descubrir los detalles de las escaleras o curiosear entre los puestos del piso inferior. Si no os gustan nada los mercados podéis ahorrároslo, aunque en nuestra opinión es una visita totalmente imprescindible.

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Y es que, más allá de un edificio bonito o con historia, lo realmente importante de los mercados es que son una forma de acercarse al día a día de cualquier lugar. Nosotros disfrutamos un montón con el olor de la fruta recién cortada o con las voces que pegan los tenderos para convencer a los posibles compradores de que sus mercancías son las mejores del mundo. Como un museo etnográfico en movimiento.

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De lo cotidiano y lo terrenal de un mercado pasamos a la enorme Avenida dos Aliados, una de las calles más lujosas y engalanadas de la ciudad. Posiblemente sea la mejor calle de Oporto para disfrutar de la gran arquitectura civil del siglo XIX, pues distintas casas de relumbrón se suceden a ambos lados de la misma. Es tan amplia que más parece una plaza que una avenida, pero en cualquier caso es un sitio precioso.

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Empezamos yendo hacia la parte norte de la avenida, que pese a ser la menos visitada por los turistas es la que más patrimonio ofrece. Justo detrás del final de la avenida, pasando por una pequeña callejuela, llegamos a la Igreja da Trindade (Iglesia de la Trinidad). Fue construida entre finales del XIX y comienzos del XX, tiene unas dimensiones considerables y es el mejor ejemplo de neoclasicismo de Oporto. Tampoco pudimos explorarla a fondo, pues estaba a punto de empezar un funeral, pero lo poquito que vimos nos dejó muy buena impresión.

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Muchas veces esa iglesia pasa desapercibida, pues tal y como hemos dicho no está exactamente en la Avenida dos Aliados sino justo detrás de ella. Y claro, no son pocos los turistas que llegan hasta el Ayuntamiento de Oporto (también conocido como Cámara Municipal de Oporto o Edificio Paços do Concelho) y no siguen caminando. Lo entendemos, pues es un edificio precioso y nosotros también estuvimos a punto de caer en la tentación y pasarnos horas y horas frente a él.

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El Ayuntamiento de Oporto se construyó a mediados del siglo XX, siendo inaugurado en 1957. Destaca especialmente por su torre de 70 metros de alto (incluyendo un enorme reloj de carrillón) y por sus cuatro armoniosas fachadas, a cada cual más bonita.

Por lo visto se puede visitar por dentro, pero las condiciones son algo restrictivas para la mayoría de los viajeros: solo los dos primeros domingos del mes y apuntándose previamente por internet o en alguna oficina de turismo.

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Una vez vimos el Ayuntamiento, bajamos hacia el sur y fuimos recorriendo toda la Avenida, disfrutando de todos sus detalles. Quizá algunos sean más evidentes que otros, como la estatua de Pedro IV, pero hay que ir con los ojos bien abiertos y prestar atención a todo. ¡Ah! Y levantad bien las cabezas, pues casi todos los edificios decimonónicos de la Avenida dos Aliados están rematados por preciosas torres.

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Si miráis también al suelo, encontraréis los antiguos raíles del tranvía. Únicamente han sobrevivido tres líneas al paso del tiempo, pues el resto han sido sustituidas por el Metro o por autobuses, pero sigue siendo un medio de transporte muy querido por los habitantes de Oporto. Ya os iremos contando más cositas sobre esto, pues durante el viaje tuvimos la suerte de montar en uno de esos tranvías.

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Y ya que hablamos de medios de transporte, es un buen momento para recordar que Oporto es una ciudad con muchas cuestas, por lo que conviene llevar ropa cómoda y prepararse para hacer un poquito de ejercicio. Precisamente eso fue lo que tuvimos que hacer para llegar a la famosa Iglesia de los Clérigos (Igreja dos Clérigos). Frecuentemente veréis que se refieren a ella como Iglesia y Torre de los Clérigos (Igreja e torre dos clérigos), debido al impresionante campanario que ahora os vamos a enseñar.

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La Iglesia de los Clérigos es un templo barroco construido en la primera mitad del siglo XVIII. Fue auspiciada por la Hermandad de los Clérigos Pobres, en una zona que hoy puede resultar céntrica pero que antaño era más bien marginal. De hecho, se la conocía como el Cerro de los Ahorcados por ser el lugar en el que se daba sepultura a los criminales ajusticiados.

Pese a que hay que andar un poquito, es una visita 100% imprescindible en todos los sentidos. El tiempo y el dinero no son excusas, pues abre todos los días, con cierta amplitud y es muy barata:

  • Iglesia (gratis):
    • Lunes a sábado: 8:45 a 12:30 y 15:30 a 18:30.
    • Domingos: 10:00 a 13:00 y 21:00 a 22:20
  • Torre (2€ por persona):
    • Abril a octubre: 9:30 a 13:00 y 14:30 a 19:00
    • Noviembre a marzo: 10:00 a 12:00 y 14:00 a 17:00
    • Agosto: 10:00 a 19:00

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Empezamos subiendo a la famosa Torre de los Clérigos. Sus 76 metros de alto la convierten en la más alta de todo Portugal, lo cual, unido a que está en lo alto de un pequeño cerro, hace que ofrezca unas vistas estupendas. La subida es un poco dura, pues hay que sortear más de 200 escalones, pero merece la pena por las geniales vistas que se contemplan desde el mirador superior. Por cierto, antes de llegar a él se pasa al lado del carrillón de 49 campanas que está en lo alto.

Aquí van las impresionantes vistas…

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…también mirando hacia el río Duero…

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…y hacia su desembocadura, con el Océano Atlántico al fondo.

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La subida a la torre para disfrutar de esa inolvidable panorámica es motivo suficiente para visitar la Iglesia de los Clérigos, pero el templo también tiene mucho que ofrecer. Nosotros no somos especialmente amigos del arte barroco, no nos gustan mucho ese tipo de templos por lo recargados que suelen estar. Sin embargo, esta es una auténtica excepción de buen gusto y de saber hacer bien las cosas. Su nave principal de planta ovalada es sencillamente impresionante, uno de esos lugares en los que las palabras sobran y lo mejor es sentarse en un banquito y disfrutar del momento.

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Sabemos que la foto no es muy buena, pero es que está hecha desde lejos, a pulso  y sin flash. Sin embargo, es suficiente para enseñaros la calavera humana que preside la iglesia, justo en el centro del altar mayor. Mucha gente pasa por allí y no se da cuenta, pero hay un esqueleto siguiendo sus pasos.

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Lo prometido es deuda: aquí está la impresionante Torre de los Clérigos. Su altura resulta aun más llamativa gracias a su estrechez, más parece un palillo que una torre.

Por cierto, esta es muy buena zona para comprar souvenirs a buen precio. Nosotros nos hicimos con unos imanes de nevera a 1,85€ la unidad, mientras que en la zona baja de la ciudad no los vimos por menos de 3€.

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A dos pasos de la iglesia y la torre está la Librería Lello e Irmão (Livraria Lello e Irmão), también conocida como Librería Chardron (Livraria Chardron). Está en la rua das Carmelitas, abre de lunes a sábado (de 10:00 a 19:00) y entrar es gratis, pues para eso sigue siendo la misma tienda que cuando se inauguró en 1906.

Pese a ser una librería privada, se encuentra entre los lugares más visitados de todo Portugal. ¿El motivo? Es considerada por muchos la librería más bonita del mundo, estando siempre en las primeras posiciones en ese tipo de rankings. Su fachada modernista y su interior neogótico, incluyendo vidrieras con inscripciones en latín y una escalera curva, son elementos suficientes para acercarse hasta allí.

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De verdad, merece la pena acercarse aunque no os guste nada la lectura. ¡Qué maravilla! Es uno de los sitios más bonitos en los que hemos estado nunca, no dábamos crédito a lo que veíamos. Pese a ser un local de reducidas dimensiones, pasamos allí más de media hora disfrutando de cada rincón y curioseando en sus ajadas estanterías.

Eso sí, hay que reconocer tres puntos negativos que afean un poco la visita al lugar: el personal es estúpido, posiblemente los trabajadores más bordes que hayamos visto en una tienda; no se pueden hacer fotos, ni siquiera sin flash; los precios son abusivos, no merece la pena comprar nada allí.

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La Librería Lello e Irmão es muy conocida en Oporto desde su apertura, pero a comienzos del siglo XXI pasó a tener fama internacional. A esto han contribuido especialmente las películas de Harry Potter, pues aquí se rodaron varias escenas de la primera película de la saga. La librería forma parte del mítico Callejón Diagón, a donde el famoso mago acude en compañía de Hagrid para comprar los bártulos necesarios para ir al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

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Tras disfrutar como enanos en la librería, seguimos nuestra ruta para esta vez ir a la Igreja dos Congregados (Iglesia de los Congregados). Data de comienzos del siglo XVIII y destaca tanto por los azulejos azules del exterior como por las pinturas murales del interior, obra de Aécio Lino. ¿Adivináis? No pudimos verla bien por dentro, ya que estaban en plena misa. Parece que Oporto es una ciudad con misas non stop durante todo el día.

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Las misas no sabemos si pararán en algún momento, pero el edificio que sí que está todo el día en marcha es la Estación de São Bento. Es casi imposible ir a Oporto y no ver su espectacular fachada, pues como buena estación está en un cruce de caminos. Es un edificio decimonónico de primer nivel, el cual merece la pena visitar aunque no se vaya a tomar ningún tren. Eso si: mucho ojo. La zona nos pareció muy insegura, con un montón de gente sospechosa y vendedores de productos clandestinos.

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El vestíbulo de la estación de Sao Bento está considerado una de las grandes salas de la ciudad. Tiene nada más y nada menos que 20.000 azulejos, a través de los cuales se narran los episodios más destacados de la Historia de Portugal. Muchos viajeros pasan por allí sin levantar la cabeza, pero es uno de esos lugares en los que las paredes hablan.

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Y bueno, pensando también en la parte funcional, esta estación es el punto de partida ideal para excursiones de un día desde Oporto. Prácticamente todo el país está al alcance de la mano, aunque si solo vais un fin de semana os recomendamos no hacer ninguna salida, pues hay mucho que ver en la propia ciudad.

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Desde la Estación de San Bento parte una larga cuesta que va en dirección a la Catedral, la cual queríamos visitar a continuación. Antes, en medio de la subida, vimos el Mercado de San Sebastián, muy pequeñito y sin demasiado interés. Tiene un horario rarillo, pues pasamos alguna vez más por allí y casi siempre estaba cerrado.

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El caso es que al final llegamos a la Catedral de Oporto, conocida como la Sé do Porto. Es uno de los edificios más antiguos de la ciudad, pues fue construida entre los siglos XII y XIII. Lo que en su momento fue uno de los grandes monumentos románicos de Portugal poco a poco ha ido transformándose, y en la actualidad es un auténtico crisol de estilos artísticos. Con un simple paseo se puede pasar de estar bajo un rosetón románico a contemplar una capilla gótica o una portada barroca.

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Entrar a la Catedral es gratis, pero hay que pagar 3€ por persona para visitar el claustro del siglo XIV. Tiene distintos horarios en función de la época del año:

  • Abril a octubre: 9:00 a 12:30 y 14:30 a 19:00
  • Noviembre a marzo: 9:00 a 12:30 y 14:30 a 18:00

El claustro cierra todos los días media hora antes que la iglesia. Además, domingos y los festivos solo abre en horario de tarde.

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¿Qué podemos decir? Es espectacular. Las enormes columnas sirven para que el edificio parezca aun más alto, aunque sus dimensiones son suficientes para impresionar al viajero. Hay que prestar atención a elementos muy interesantes, como los tres órganos (muy influyentes en otras iglesias del país) o el altar mayor del siglo XVIII.

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Merece la pena hacer un pequeño esfuerzo y pagar los 3€ por ver el claustro, pues la verdad es que está muy bien. Es del siglo XIV y sobretodo destaca, como no podía ser de otro modo, por las diferentes escenas religiosas realizadas con azulejos azules. ¡Cómo le gustaba a la gente de Oporto decir cosas a través de los azulejos!

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Como suele ser costumbre, el acceso al claustro también permite “completar” la visita a la Catedral y visitar otras estancias que no son accesibles de otro modo. Eso incluye también la Casa del Cabildo (Casa do Cabildo), con el típico tesoro que este tipo de edificios tienen habitualmente.

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Nos gustó mucho la Catedral tanto por dentro como por fuera. Y con esto último no solo nos referimos a la fachada, sino a las muchas cosas que se pueden ver y hacer en los alrededores del templo. Estatuas, placas, marcas en el suelo y muchas más cositas que se encargan de contar la historia del lugar.

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El elemento más destacado quizá es el Pelourinho. Es un monumento instalado allí en 1940, que sirve para recordar una picota original que estuvo allí desde los orígenes de la Catedral hasta el siglo XIX. Nos encantan las columnas salomónicas, por lo que éste también nos gustó mucho.

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Aprovechando que la Catedral está en la zona alta, os recomendamos asomaros a los distintos miradores que hay por allí. Quizá no sea tan vistoso como la Torre de los Clérigos, pero precisamente la panorámica gana mucho al poder verse ese edificio en ella. Algo que siempre decimos: el edificio más bonito no puede ser desde el que se tome la foto.

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En el mismo promontorio que la catedral, a solo un paso de ella, está la Casa-Museo de Guerra Junqueiro. Es una casona barroca del siglo XVIII en la que vivió, como su propio nombre indica, el destacado político, periodista y poeta Abílio Manuel Guerra Junqueiro, principal representante de la Escola Nova.

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Era una persona más bien pudiente, por lo que amasó un gran patrimonio que incluía esculturas, artesanía, muebles y mucho más. Eso es precisamente lo que se visita en su Casa-Museo, una especie de Museo de Artes Decorativas en miniatura. No nos pareció gran cosa, aunque por suerte es gratis los fines de semana.

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La parte alta de Oporto ya estaba más que explorada, así que empezamos a poner rumbo hacia abajo. A través de distintas escaleras y terrazas fuimos descendiendo en dirección al río, pasando frente a edificios de renombre como la Iglesia San Lorenzo dos Grilos (actual Museo de Arte Sacro y Arqueología) y por calles que, pese a no tener ningún monumento, eran preciosas.

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Y, por fin, llegamos junto al río Duero. ¡Menudo caudal! Oporto está al lado de la desembocadura, por lo que entre una orilla y otra hay una distancia más que considerable. Y es que se trata del tercer río más largo de la Península Ibérica, solo superado por el Tajo y el Ebro. Eso sí, su cuenca hidrográfica es la mayor a nivel peninsular, con 97.290 kilómetros cuadrados.

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El barrio de Ribeira es el auténtico corazón de la ciudad, un sitio perfecto para pasear. Su cercanía al río hace que sea muy fresquito, mientras que la gran cantidad de bares y restaurantes aseguran mucho ambiente. Es un paseo marítimo en toda regla, con barcos, puestos de artesanía y muchos artistas callejeros.

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Eso sí, preferíamos dejar esa cara de la Ribeira para el atardecer y la noche. De momento, lo que nos apetecía era explorar un poco su patrimonio antes de que cerrasen las cosas, pues Oporto es la típica ciudad en la que no se puede hacer nada de 14:00 a 17:00.

Aquí abajo tenéis el Postigo do Carvao, una de las poquitas muestras que se conservan del recinto amuralla original. Está en muy buen estado, aunque puede pasar desapercibido por su ubicación.

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Lo más destacado por allí es la Casa del Infante o Casa do Infante, llamada así porque fue el lugar de nacimiento de Enrique el Navegante. Quizá nunca fuera rey, ya que ese derecho correspondía a su hermano mayor Eduardo, pero fue una de las grandes figuras de los descubrimientos marinos de Portugal en el siglo XV. Aunque se le conoce como el Infante de Sagres, pues allí estableció su famosa Escuela de Navegación, Enrique nunca olvidó sus orígenes.

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Entrar a la Casa del Infante cuesta 2.50€, aunque los fines de semana es gratis. En su interior no esperéis ver grandes cosas, pues únicamente hay un pequeño museo arqueológico y unos cuantos mosaicos. Esperábamos muchísimo más, un lugar a la altura de la figura de Enrique el Navegante, pero en su lugar encontramos un sitio que decía muy pocas cosas y encima solo en portugués.

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Por suerte en seguida se nos pasó la decepción, ya que la Ribeira es un barrio precioso y muy colorido. Aunque a la tarde disfrutaríamos de mejores perspectivas de la zona (tanto desde el paseo que hicimos en barco como desde la vecina Vila Nova de Gaia), pasear bajo las fachadas de sus preciosas casas nos puso de muy buen humor.

Ya era la hora de comer, así que estuvimos mirando los restaurantes de la zona. Sin embargo, ninguno nos convenció del todo: eran muy caros o el menú estaba tan enfocado al turismo que no era gran cosa.

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Antes habíamos estado atentos, y a la que bajábamos desde la Catedral habíamos visto un restaurante barato y con muy buena pinta. Solo teníamos que andar cinco minutos, así que decidimos ir hasta allí. Se llamaba Casa Porto À Noite, está regentado por una simpática familia y en él ofrecen comida tradicional a precio razonable.

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Comimos los dos por 18,40€ en total, y ambos elegimos los mismos platos del menú: una sopita de verduras, pollo asado con patatas, arroz y ensalada, bebida y una riquísima tarta de chocolate. Fue todo un acierto subir hasta él, porque comimos muy bien y nos trataron mejor todavía. A la noche suele haber fados, pero no nos interesaba demasiado el asunto y no sabemos como serán allí.

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Para después de comer habíamos dejado uno de los grandes momentos del viaje: el paseo en barco por el río Duero. Oporto tiene una gran tradición en navegación fluvial, contando incluso con un tipo de barco específico: los ravelos. Eran las embarcaciones que se utilizaban para transportar las barricas de vino desde su zona de producción hasta su zona de distribución, adornando la ciudad a su paso con su peculiar figura.

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Hoy en día ese uso apenas se mantiene, aunque el río sigue estando igual de transitado por la gran cantidad de cruceros turísticos que lo surcan. En el propio paseo marítimo hay un montón de pequeños puestos en los que se venden las entradas. Hay distintas compañías, aunque todas ofrecen más o menos lo mismo: un paseo en barco que cruza los seis puentes del casco histórico de Oporto y la entrada para visitar unas bodegas en Vila Nova de Gaia. Los tickets suelen costar 10€ por persona, o al menos eso es lo que nos cobraron a nosotros.

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Os recomendamos poneros pronto a hacer cola. Los trayectos suelen salir cada hora o cada media hora, pero son barcos chiquititos y es muy importante coger buen sitio, o de lo contrario no será posible hacer ni una fotografía.

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Aquí va un plato con el recorrido. Al margen de los folletos con información, hay que destacar que también hay una audioguía en varios idiomas (incluyendo castellano) que va sonando mientras el barco navega.

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Y aquí, fotitos del barco antes y después de coger sitio. Como véis, va hasta arriba de gente, por lo que nos reafirmamos en lo importante que es coger buen sitio.

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El recorrido estuvo genial. Duró más o menos una hora y cumplió con lo que prometía, algo que no suele ocurrir en este tipo de cruceros turístico. Aquí van unas cuantas fotos de todos los puentes. Pinchad en ellas para que se amplíen:

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Y aquí tenéis fotitos de las dos orillas del Duero. Oporto y Vila Nova de Gaia forman una pareja excepcionalmente bonita.

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Y para terminar con el crucero, esta foto está tomada desde el punto más occidental del recorrido. Si os fijáis bien al fondo se ven dos espigones, tras los cuales está ya el Océano Atlántico. Al día siguiente nos mojaríamos un poquito los pies en él.

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Realmente aquí no terminó nuestro crucero, ya que tal y como dijimos con la entrada estaba incluida la visita (y cata de vino) a una bodega. Casi todas están al otro lado del Duero, por lo que cuando nos dejó el barco fuimos a cruzar el famoso Puente Luis I (Ponte Luís I), construido por uno de los socios de Gustave Eiffel. No solo sirve para poder pasar por encima del río, sino que también comunica dos ciudades. Aunque parezcan lo mismo, y posiblemente no haya diferencias, a un lado está Oporto y al otro Vila Nova de Gaia.

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Por cierto, aquí va un mensaje para los enamorados del mundo. ¡Dejad de poner candados en todos los puentes del planeta! Quizá en alguno en concreto, como en el Ponte Milvio de Roma, pueda parecer gracioso. Sin embargo, vuestro amor no se hace más fuerte por poner un candado en un trozo de hierro y tirar la llave a dónde sea.

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La vista de Oporto desde Vila Nova de Gaia es espectacular, de los mejores recuerdos que tenemos del viaje. No solo la hemos puesto en uno de los muchos logotipos que tiene la web, sino que también imprimimos la foto de aquí debajo y ahora está junto a otras muchas instantáneas viajeras adornando la entrada de casa.

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El paseo frente al río de Vila Nova de Gaia también está muy bien. Por el día tiene un montón de puestos de artesanía, y por la noche ofrece un gran ambiente con sus infinitos bares, restaurantes y vinotecas. Está algo menos concurrido que el de Oporto, así que es la opción perfecta si se quieren evitar aglomeraciones.

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No exploramos demasiado Vila Nova de Gaia, pues solo disponíamos de un fin de semana y en Oporto teníamos muchas cosas que hacer. Aun así, la tarde-noche que estuvimos rondando por allí fue suficiente para comprobar como el enoturismo es uno de los principales reclamos de la ciudad: bodegas, restaurantes, tratamientos de vinoterapia y mucho más.

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También vimos que hay un Teleférico. Fue inaugurado hace poquito, en el año 2011, y tiene un fin netamente turístico. Comunica la parte baja con el Jardim do Morro, en lo alto. No sabíamos que existía esto antes de ir allí, por lo que no habíamos previsto la visita. Intentamos hacer un hueco, pero teníamos tantas cosas pendientes que al final no tuvimos tiempo.

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Volviendo a las bodegas, en el caso de la empresa con la que hicimos el paseo en barco estaba incluida la visita y cata de vinos en Bodegas Croft. Con la entrada nos dieron un mapita, así que no tuvo pérdida. Además, en la zona de Vila Nova de Gaia están muy habituados a las visitas a las bodegas y los viñedos, por lo que hay un montón de carteles indicando las distintas opciones. Nos pareció increíble cómo se pasaba del bullicio del río a la tranquilidad de los viñedos con solo cinco minutos andando.

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Rápidamente llegamos a las susodichas bodegas. Hay que decir que en ese momento no teníamos ni idea de vinos ni de visitar bodegas, por lo que la experiencia nos pareció fantástica: te explican cuatro cositas, se pasea entre las barricas y se prueba una copita. Y encima incluido en el precio. Sin embargo, después de haber visitado otros destinos especializados en enoturismo (por ejemplo Valladolid), la cosa se queda muy justita.

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Digamos que en realidad lo que está incluido con el paseo en barco es un pequeño gancho: vas allí porque es gratis, pero una vez allí ves que quieren sacarte la pasta. Las opciones son diversas, desde catar allí los vinos buenos (el que te dan es peleón peleón) hasta comprar todo tipo de souvenirs.

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Pero bueno, a nosotros nos hizo mucha ilusión en ese momento. Nunca habíamos visitado una bodega y no teníamos ni idea, por lo que disfrutamos un montón de la visita y aprendimos algo pese a las poquitas explicaciones que daban.

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Luz tenue, silencio, olor a vino, madera, el lento paso del tiempo… ¡Nos encanta! No somos grandes bebedores de vino, no lo vamos a negar. De hecho, se podría decir que tenemos cinturón blanco en eso de la enología, pero desde que descubrimos el mundillo nos hemos vuelto seguidores del vino y todo lo relacionado.

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Lo dicho: una charla de diez minutos, una visita de diez minutos y luego una copa de vino con muuuuuy poquita cantidad. Aunque en el momento nos encantó y pensábamos que era de lo mejor, ahora mismo preferiríamos pagar por ver una bodega de verdad y hacer una cata en condiciones. Aun así, 100% recomendable para novatos.

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Una vez visitamos las Bodegas Croft, volvimos a Oporto para seguir apurando la tarde. De vuelta a la ciudad, una nueva imagen con su particular skyline y los ravelos en primer término.

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Por cierto, empezaba a ponerse el sol y el panorama de la Ribeira no cambiaba en absoluto. Seguía hasta arriba de gente, con las terrazas de los bares llenas y con un montón de cosas curiosas para ver: música en directo, barquitos pasando, puestos de artesanía y mucho más.

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Nos quedaba por ver el Palacio de la Bolsa y alrededores, así que fuimos en esa dirección. De camino nos topamos con la popular Iglesia de San Nicolás (Igreja de São Nicolau), un templo barroco de finales del siglo XVII. Es pequeñito y estrecho, no demasiado visitado por los turistas, pero aun así merece la pena. Su única nave está llena de altares neoclásicos y rematada por un precioso retablo rococó, además de poseer varias tallas de primer nivel.

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Cuando llegamos al Palacio de la Bolsa de Oporto (Palácio da Bolsa do Porto) nos sentimos un poco defraudados, pues todo estaba en obras y la zona estaba patas arribas. Al llegar al interior del Palacio también nos decepcionó, pues solo se podía visitar mediante visita guiada (para la cual teníamos que esperar media hora) y encima costaba 8€ por persona. Ya que estábamos allí no nos íbamos a ir sin verlo, así que nos sentamos y aprovechamos el wifi gratuito del edificio para hablar con la familia por skype y darle un poco al twitter.

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Fue un acierto quedarnos, pues es la gran joya neoclásica de Oporto. Fue construido a mediados del siglo XIX para ser la sede de la Asociación Comercial de la ciudad, por lo que se dotó del mayor boato posible. Quizá por fuera parezca poca cosa, excesivamente sobrio, pero por dentro se ha cuidado hasta el último detalle. Su enorme patio central, la biblioteca o los distintos salones han hecho que se gane la categoría de Monumento Nacional de Portugal, un distintivo que pocos edificios poseen.

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Sin duda el espacio estrella es la Sala Arábiga o Sala Árabe, un enorme salón que basa su decoración en el Palacio de la Alhambra de Granada. Tiene más de 300 metros cuadrados con elementos neomoriscos muebles (bancos traídos del norte de África) e inmuebles (incluso hay inscripciones en árabe). Las autoridades son conscientes de que su fastuosidad impresiona al viajero, por lo que aquí es donde se celebran la mayor parte de las recepciones oficiales de la ciudad. Es impresionante, solo por verlo ya merece la pena pagar los 8€.

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Para rematar la jugada, aprovechamos que estábamos allí para visitar la Iglesia de San Francisco (Igreja de São Francisco). Es un conjunto enorme que incluye la iglesia, el museo y las catacumbas, por lo que se requiere cierto tiempo para visitarlo… al menos en teoría. Cuando llegamos quedaba media hora para que cerraran, y aunque en un principio el taquillero no nos quería dejar pasar le dijimos que era la única ocasión que teníamos para verlo y que nos daríamos mucha prisa. Dicho y hecho: pagamos los 6€ por cabeza de rigor y pusimos nuestra velocidad viajera al tope.

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Originalmente hubo una iglesia allí desde el siglo XII, pero la actual es del siglo XIV (un incendio acabó con la primera). Aunque por cronología debería ser gótica, tiene muchos elementos de inspiración románica (les daría nostalgia el antiguo edificio) y también barrocos (propios de reformas posteriores).

Empezamos por el museo, que no nos pareció gran cosa. Simplemente es el típico tesoro de iglesia y poquito más.

Oporto

Las catacumbas sí que nos parecieron mucho más impactantes. Aquí es donde se enterraban los curas de la iglesia (todos franciscanos, pues al fin y al cabo fue esa órden la que auspició la construcción de la iglesia), pero también algunas familias pudientes de Oporto. Las tumbas son relativamente neutras, sin ningún detalle artístico de interés. Hay que ir con atención, pues a través de unos cristales se puede ver el enorme osario de las catacumbas, con miles de huesos de enterramientos pasados.

Oporto

Por último, la iglesia no estaba nada mal. Destacan sobretodo los elementos ornamentales, especialmente hay uno que es el auténtico referente del lugar. En la Capilla de Nuestra Señora de la Concepción hay un retablo con el Árbol de Jesús Árbol de Jesé, una talla en madera policromada que muchos expertos no dudan en calificar como la mejor del mundo.

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Con eso terminamos con todo lo que teníamos previsto para ver ese día. Si habéis leído hasta aquí, comprobaréis que teníamos motivos suficientes para estar cansadísimos. Una cuesta más y acabaríamos en el hospital, así que decididmos aprovechar nuestra tarjeta de transportes (a la cual le habíamos sacado poco partido al margen del aeropuerto) y utilizar el Funicular Dos Guindais (conocido también como el Funicular de Oporto) para ir desde la zona baja hasta la alta. Es un medio de transporte con mucha solera, pues fue construido en 1891. Tiene el encanto de otros grandes funiculares europeos, por ejemplo se parece al funicular subterráneo de Estambul.

Oporto

Fuimos al hotel, nos pegamos una duchita y, contra todo pronóstico, no nos quedamos allí. Estábamos cansadísimos y podíamos haber cenado en los alrededores, como la noche anterior, pero nos apetecía ver el ambientillo nocturno de la Ribeira. Total, entre ir al funicular y bajar solo teníamos cinco minutos, así que eso fue lo que hicimos.

Oporto

El objetivo último era la cena, así que a la que paseábamos íbamos echando un vistazo a los precios de los bares. Tal y como nos había parecido al medio día, en la margen del río que da a Oporto cenar era carísimo, sobretodo calidad/precio. Los menús no eran gran cosa y no bajaban de 15€, algo que para nuestra economía era un duro golpe. Ya que andábamos por allí nos acercamos a la margen de Vila Nova de Gaia, y allí encontramos opciones más baratitas.

Oporto

Sobretodo nos apetecía probar la mítica Francesinha, un sándwich típico de la cocina portuguesa que se inventó en Oporto. Es una brutal bomba calórica, pues el sándwich lleva jamón, salchichas frescas, filete de ternera, mortadela, lonchas de queso y un huevo frito, todo ello regado con una salsa de cerveza y tomate que pica un poco. ¡A MORIR! Las dos francesinhas, incluyendo bebida, costaron en total 17.40€. No sabemos cuánto engordaríamos esa noche, pero desde luego nos fuimos a la cama pesando más que el día anterior. Con lo buena que estaba, solo podemos decir que mereció la pena.

Oporto

Y poquito más. Nuestra intención era cenar e irnos a dormir, pero después de esa bomba atómica de colesterol se hacía imprescindible dar un paseíto. Además el lugar lo pedía, ya que tanto Vila Nova de Gaia como Oporto (en especial esta última) lucen preciosas por la noche. Aquí van unas cuantas muestras:

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Ahora sí que sí, nada más. Después del paseo cogimos el funicular de nuevo y volvimos al hotel. Estábamos taaaan cansados que no teníamos sueño, así que estuvimos un rato frikeando, viendo cosas para el día siguiente y apuntado lo que habíamos hecho esa jornada para luego escribir este diario de viaje.

Oporto

 

¿Qué os ha parecido nuestro día a tope en Oporto? La ciudad tiene muchísimo que ofrecer, tanto que al día siguiente todavía nos quedarían cosas pendientes. En el siguiente capítulo os lo contamos.

Capítulo IIVolver a Oporto ’12Capítulo IV

9 pensamientos en “Oporto ’12 – Capítulo III: Oporto a fondo (día 2)

  1. Estupendo el día!! nosotros no vimos tantas cosas porque íbamos con la family y ellos no llevan el mismo ritmo…pero bueno xD

    Totalmente de acuerdo con la calma y las vistas de Vilanova! también decidimos cenar allí por ser mas barato.

    Un detalle, yo he buscado mucha info sobre la librería (y aunque en la wikipedia ponga que si) al final he llegado a la conclusión de que allí no se rodó Harry Potter. Lo que si hicieron fue inspirarse en ella. Si os fijáis, ni siquiera en la librería lo anunciaban…No se, he buscado mucho sobre ello y he encontrado bastantes lugares que matizan eso, “se inspiraron” no se rodó… :S No se si tenéis otras fuentes…Que es un tema al que le di muchas vueltas y me interesa xD

    Un abrazo!

    • Hola Verónica! Ciertamente no es lo mismo viajar solos que con la familia. Además de ser más barato cenar en Vilanova, las vistas que tienes de Oporto son espectaculares. En cuanto a lo de la librería, tienes razón en que no se rodó allí Harry Potter, pero sí es cierto que se inspiraron para las famosas escaleras de Howards. ¡Un abrazote!

        • Suponemos que tampoco debe ser muy agradable que miles de turistas entren en tu tienda, pero es lo que tiene la fama. En cuanto a lo de la francesinha… no te íbamos a decir que no jajajaja Eso sí, luego no comeríamos y casi que ni cenaríamos XD

  2. Pingback: Oporto ’12 – Capítulo II: Un viaje sorpresa (día 1) | www.eduyeriviajes.com

  3. Estupendo TravelBlog, que chulada de comentarios y fotos. Me vais a hacer el recorrido mas facil en mis proxima vacas que son en Porto.

    Mil gracias

  4. Jo muchisimas gracias por descubrime Oporto, me viene de lujo para mi proxima escapada..
    Estoy deseando pasear cerca de Duero y de catar ese magnifico sandwich, recordais el nombre del sitio??
    Muchisimas gracias. a partir de hoy, os seguire de cerca.

    • Gracias a tí, Itziar, por leernos. Estamos seguros de que te encantará la ciudad. Con respecto al sitio donde nos tomamos la franesinha, desafortunadamente no nos acordamos del nombre, pero en cualquier lugar podrás encontrarlas. Saludos!

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