Oporto ’12 – Capítulo II: Un viaje sorpresa (día 1)

Pocas cosas hay más inquietantes que ir a un aeropuerto sin saber hacia donde partirá el avión en el que te tienes que montar. Con esa sensación fue Edu, ya que este viaje era su regalo de cumpleaños. Durante unas cuantas semanas se le estuvo ocultando el destino, hasta que ya en el aeropuerto de Barajas, solo unos minutos antes de embarcar, se resolvió la incógnita: íbamos a pasar un fin de semana en Oporto. Una de las ciudades más interesantes de Portugal y, como comprobaríamos durante esta escapada, quizá de toda Europa. Pero vayamos por partes, que el avión aún no había despegado.

Oporto

Volamos con Ryanair, la compañía lowcost por antonomasia. En aquellos días estaba saliendo mucho en los medios por sus famosas pérdidas de presión en pleno vuelo, pero desde luego nosotros no tuvimos ninguna queja. Salimos y llegamos con la máxima puntualidad, el avión estaba limpio y nos trataron con mucha amabilidad. ¿Que nos tocó escuchar la venta de boletos para su rifa y ese tipo de cosas? Pues sí, pero lo hacen de manera tan graciosa que al final se convierte en una curiosidad más del viaje.

Oporto

Tras una horita de vuelo llegamos al Aeropuerto Francisco Sá Carneiro, conocido también como el Aeropuerto de Oporto. El aterrizaje es un tanto curioso, pues el avión va recto hacia el agua y traza una curva en el último momento para tomar la pista (que discurre paralela al mar).

Aunque es el segundo aeropuerto más importante de Portugal por número de pasajeros, en realidad es bastante pequeñito. Por suerte, allí mismo hay una Oficina de Turismo en la que venden la Tarjeta Andante Tour, un abono para utilizar los transportes de la ciudad de manera ilimitada durante 24 horas (7€) o 72 horas (15€). Compramos el de tres días, perfecto para un fin de semana ya que no son días naturales, sino tiempo real. Es decir, si lo activas un viernes a las 19:00 te vale hasta el lunes a esa misma hora.

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Existen otros abonos, pero lo bueno que tiene la Tarjeta Andante Tour es que también incluye el desplazamiento desde/hasta el aeropuerto. Eso es muy importante, ya que tiene una tarifa especial y el billete por separado sería mucho más caro.

Dicho sea de paso, la mejor forma de ir al centro de la ciudad desde el aeropuerto es el Metro. La línea E (de color morado) te deja en pleno centro en poco más de 20 minutos. Nosotros teníamos el hotel en la parte alta de la ciudad, por lo que fuimos hasta la estación de Trindade y de ahí hasta la estación de Saô Bento.

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El Metro de Oporto es bastante cómodo, los vagones son nuevos y funcionaba muy bien. Utilizamos el pasado y no el presente porque, lamentablemente, los transportes públicos han sufrido unos recortes bestiales en todo Portugal desde que empezó la crisis. Quizá a corto plazo les suponga un ahorro, pero estos trenes no están recibiendo el mantenimiento adecuado y en el futuro será un gasto extra. Eso por no hablar de la suciedad o de lo mucho que tardan en pasar los trenes.

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El caso es que al final llegamos a Oporto. ¡Qué ilusión! La primera toma de contacto con una ciudad siempre es inolvidable, pues los sentidos están más receptivos que nunca y se presta atención a todos los detalles. En el caso de esta ciudad portuguesa, las primeras sensaciones fueron fantásticas. Nos encontramos un lugar precioso y con muchísimo encanto. Tiene un cierto toque decadente, como si añorase épocas pasadas, pero eso le hace aún más especial.

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Aunque nuestra única intención era ir rumbo al hotel, de camino fue inevitable pararse a ver algunas cosillas. Nos topamos, por ejemplo, con la preciosa Iglesia de San Ildefonso (Igreja de Santo Ildefonso), un templo del siglo XVIII cuya fachada barroca está decorada con azulejos que muestran distintas escenas de la vida del santo. Aunque fueron añadidos en 1932, sus característicos tonos azules son todo un icono en Oporto. Iluminada por la noche es espectacular.

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También atravesamos la Plaza de la Batalla (Praça da Batalha), uno de los espacios públicos más emblemáticos de la ciudad. Además de la iglesia que os hemos enseñado, que está en la plaza, hay otros edificios realmente interesantes. Los más destacados son el Palacio de la Batalla (Palácio da Batalha) y el Teatro Nacional São João, aunque tampoco está nada mal la Estatua de Pedro V (siglo XIX) que hay en el centro de la plaza.

Ya era noche cerrada, pero todavía quedaba bastante gente por la calle. De hecho, en ningún momento nos dio sensación de inseguridad.

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Nuestro hogar durante esta escapada iba a ser el Hotel Residencial Porto Madrid, una pequeña y modesta pensión en la parte alta de Oporto. No tenía ningún lujo, pero sí todo lo que buscábamos: bien ubicada, limpia y con un buen desayuno. Además, el personal era muy amable, algo que siempre hay que agradecer. Sin duda, una buena recomendación para viajeros con poco prespuesto.

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Solo nos dio tiempo a ir al hotel, hacer el checkin y salir en busca de un sitio para cenar. Estábamos muy cansados, pues llevábamos toda la semana trabajando y el vuelo, aunque corto, nos había terminado de rematar. Por eso, nuestra única intención era dormir todo lo posible para darlo todo en los dos días siguientes.

Total, que un poquito más arriba de la calle de nuestro hotel, en dirección a la Praça da Batalha, nos topamos con A Minhota, un establecimiento familiar con comida casera. Había bastante gente, así que probamos allí. ¡Mejor imposible! Por 12.90€ en total, Edu se zampó un rico entrecot con patatas y arroz, mientras que Eri optó por salmón con papas cocidas. Da gusto comer bien y encima a buen precio.

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Aunque estábamos bastante cansados, no pudimos resistirnos a dar un paseíto por los alrededores. Teniendo en cuenta que nuestro hotel estaba en la parte alta, todo apuntaba a que las vistas de la ciudad serían impresionantes. Fuimos en dirección al río y encontramos un paseíto muy chulo, lleno de miradores, en el que disfrutamos de panorámicas tan chulas como la de la foto de abajo. Esta zona nos pareció algo más insegura, no por que viéramos gente chunga sino porque apenas nos cruzamos con nadie. En cualquier caso, nada de lo que preocuparse.

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Y ese fue el inicio del viaje sorpresa. Lo poquito que habíamos visto de Oporto nos había dejado muy buen sabor de boca, a ver qué tal se daban los días siguientes.

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