Oeste de Francia ’13 – Capítulo VIII: Le Mont-Saint-Michel y Avranches (día 7)

El Empire State, la Catedral de San Basilio y el Coliseo de Roma son solo tres ejemplos de  sueños viajeros que hemos ido cumpliendo con el paso del tiempo. Lugares a los que queríamos ir desde que éramos pequeños, que un buen día pasaron a ser una posibilidad real y que finalmente pudimos contemplar con nuestros propios ojos. La noche anterior a visitarlos fue muy parecida en todos los casos: una sonrisa imposible de borrar, muchos nervios, dudas ante una posible decepción… En definitiva, sensaciones propias de un viaje que nunca vamos a olvidar.

Pues bien, todo eso fue lo que experimentamos la noche anterior a la visita a el Monte Saint-Michel (Le Mont-Saint-Michel), uno de los lugares de toda Europa que más ganas teníamos de ver. No vamos a decir que el viaje estuviese hecho solo por ir hasta él, pero desde luego la ruta estaba marcada por su ubicación en el norte de Francia y por la ilusión que teníamos por visitarlo.

EL MONTE SAINT-MICHEL

Tras desayunar y hacer el checkout en nuestra modesta casita rural, pusimos rumbo al Monte Saint-Michel, donde queríamos llegar pronto por dos motivos: no sufrir los atascos que a veces se montan en la entrada y evitar coincidir con las hordas de turistas japoneses que día tras día asedian el monte.

Dejamos el coche en el aparcamiento del Monte Saint-Michel, prácticamente la única opción de parking a la hora de hacer esta visita. Os recomendamos visitar el enlace a nuestro post sobre el aparcamiento, ya que en él tenéis toda la información referente a tarifas, horarios y funcionamiento.

A cambio de la correspondiente tarifa de día (8,50€), el coche se queda vigiladito y tienes derecho a un autobús gratuito que te lleva desde el aparcamiento hasta las puertas del Monte Saint-Michel (y viceversa). Hay que andar diez minutitos hasta que se coge el bus, pero igualmente resulta un sistema muy cómodo.

 

Pensábamos que la imagen no nos iba a impactar demasiado, pues habíamos visitado el Monte Saint-Michel por la noche solo unas horas antes, pero igualmente nos quedamos boquiabiertos. ¡Qué maravilla! ¡Increíble! Es difícil de creer que el ser humano, capaz de lo peor, sea además responsable de cosas tan bellas. Pero… ¿Qué es el Monte Saint-Michel? ¿Cómo surge? ¿Por qué se conserva tan bien? Vamos con un poquito de historia sobre el lugar.

El Monte Saint-Michel es un promontorio en medio del mar. Siempre fue una isla a la que solo se podía acceder durante las mareas bajas, pero desde la construcción de un dique en el siglo XIX la bahía se llenó de arena y hoy está unido al continente. Por suerte, un ambicioso plan de restauración ambiental hará que a partir de 2015 vuelva a ser una isla.

Más allá de cuestiones geográficas, la isla destaca fundamentalmente por el pueblo-fortaleza-abadía que ocupa el promontorio. Desde comienzos de la Edad Media hay pequeños oratorios en el monte, pero no fue hasta el siglo IX cuando se construyó un templo en honor a San Miguel (Saint Michel). Fue en el año 966 cuando se fundó la abadía benedictina actual, entorno a la cual surgió un pueblo amurallado que resultó ser inexpugnable. La mejor muestra fue la Guerra de los Cien Años, episodio en el cual Saint-Michel resistió los constantes ataques de los ingleses.

Y así llegamos hasta la Revolución Francesa, cuando los benedictinos fueron expulsados del lugar. Saint-Michel pasó a ser una cárcel para presos políticos y religiosos, hasta que Napoleón III decide cerrarla en 1863. Desde entonces (en realidad desde mucho antes, aunque en este momento pasa a ser su única actividad) el Monte Saint-Michel pasa a ser un reclamo turístico de primer nivel, atrayendo primero a intelectuales franceses del romanticismo y después a viajeros de todo el mundo.

Actualmente son más de tres millones de personas las que visitan año tras año el Monte Saint-Michel, llegando a picos de 20.000 viajeros diarios en los meses de verano. Siendo un lugar tan pequeño, está justificado plenamente ir al lugar fuera de la temporada turística, pegarse un buen madrugón o hacer la visita también por la noche.

En cualquier caso, lo importante es una buena planificación. Por eso empezamos por la Oficina de Turismo, que está justo a la entrada del pueblo (nada más cruzar la primera puerta del recinto amurallado). Primero nos ofrecieron un mapa de 5€, pero resulta que tienen uno gratuito que es muy parecido. Coged el gratis, el otro no merece la pena.

Mapa en mano decidimos que lo primero sería ver el pueblo de camino a la Abadía, luego la propia Abadía (que para eso es el principal edificio de Saint-Michel, pese a que solo un tercio de los turistas entran a verla) y por último ir a los distintos museos que hay repartidos por la montaña.

Y así fue como empezamos a recorrer las calles del pueblo. La mayor parte de los edificios, tiendas y restaurantes de Saint-Michel se estructuran en torno a la Grand Rue, la típica calle mayor por la que es obligatorio pasar para ir a cualquier lado.

Lo que por la noche era paz y tranquilidad, por el día se convierte en ajetreo y un constante trasiego de personas. En las horas de máxima afluencia de gente es un algo agobiante, pero si se madruga un poco, como en este caso, sigue teniendo muchísimo encanto. Y es que el Monte Saint-Michel es un lugar mágico, en el que cualquier paseo es siempre inolvidable.

Al igual que por la noche, visitamos la Iglesia de San Pedro (Église Saint-Pierre). Nos sorprendió un montón que un edificio tan bonito no aparezca en ninguna guía de viajes, pues al hablar del Monte Saint-Michel hacen referencia únicamente a la gran abadía. Normalmente lo visita poquita gente, así que os recomendamos enormemente entrar.

 

En cualquier caso, queda claro que la auténtica protagonista del promontorio es la Abadía del Monte Saint-Michel (Abbaye du Mont-Saint-Michel). Todos los caminos dentro del monte dirigen a ella y nunca se la pierde de vista. Conviene visitarla lo antes posible, pues a partir de las doce las colas pueden ser bastante largas.

Abre todos los días de 9 a 19 entre mayo y agosto, y de 9:30 a 18 entre septiembre y abril (el último acceso es una hora antes). Entrar cuesta 9€ por persona, aunque los europeos de 25 años o menos entramos gratis (¡viva!) al ser parte de los Monumentos Nacionales de Francia.

¿A que es una pasada? Seguramente sea lo más cercano que existe en la tierra a Minas Tirith, la mítica ciudad de El Señor de los Anillos. Dado que Tolkien era medievalista, seguramente se inspiró en Saint-Michel para describir la capital de Gondor durante la Tercera Edad.

Tenemos unos cuantos amigos a los que no les gusta madrugar cuando viajan, pero que luego se quejan de aglomeraciones y de chinos dando empujones. A todos ellos les dedicamos la foto de abajo. Entrar en un monumento tan concurrido como la Abadía del Monte Saint-Michel sin esperar cola compensa dormir un poquito menos.

Por cierto, aunque no pagamos entrada, arrasamos en la librería que hay justo en la entrada/salida de la abadía. No solemos comprar en este tipo de sitios porque son carísimos, pero aquí encontramos un montón de libros chulos a buen precio.

La visita a la abadía comienza ascendiendo por la escalera del Grand Degré, una preciosa escalinata que discurre entre dependencias abaciales y la propia iglesia. Otro ejemplo más de que merece la pena madrugar, pues solo subiendo esta escalera en silencio se puede percibir la gran energía del lugar.

La escalera lleva a la terraza del oeste, un enorme patio perfecto para hacer unas cuantas fotos (mirad qué mona está Eri asomada al balcón) y contemplar la bahía. En días claros se ven algunas cosas interesantes, como el Mont-Dol, el archipiélago de Chausey o el peñasco de Cancale. También se puede apreciar nítidamente cómo los humanos nos hemos cargado la desembocadura del río Couesnon, pues hoy en día es un auténtico barrizal. A ver si hay suerte y los planes de restauración surten efecto.

 

Desde esta terraza se accede a la Iglesia Abacial, construida a comienzos del siglo XI. Eso si, la fachada data del siglo XVIII, pues hubo que reconstruirla por completo tras un cruento incendio. Aunque en la foto no sale (el objetivo de nuestra cámara da para lo que da) la iglesia está rematada por una aguja neogótica enorme, que es la que se divisa desde cualquier punto del Monte Saint-Michel.

La iglesia por dentro es bastante bonita, con algunos elementos curiosísimos. Por un lado está la bóveda, que, en lugar de mostrar directamente la piedra, está revestida por láminas de madera. También hay que destacar el coro: originariamente románico, destruido en 1421 y reconstruido en estilo gótico flamígero a finales de siglo. Sin embargo, si por algo es bonito este edificio es por el conjunto: iluminación, sobriedad, estado de conservación… Una maravilla.

 

Desde la iglesia se pasa directamente al claustro, también muy bonito. Los grandes desniveles del monte no permitían a los religiosos desplazarse demasiado, por lo que cuando querían hacer una procesión se celebraba directamente dando vueltas por el claustro con las tallas.

En el lado oeste hay una cristalera con unas vistas excepcionales de la bahía. La verdad es que no se puso ahí a propósito, sino que en origen estaba planteado construir una sala capitular que finalmente no se llevó a cabo. Gracias a eso tenemos un balcón maravilloso, aunque las fotos no quedaron muy apañadas debido al reflejo.

 

El claustro da acceso a dependencias de todo tipo: el refectorio, la cocina, los dormitorios… Merece la pena ir despacito (no solo en el claustro, sino en general en toda la abadía), pues en cada sala encontraréis decenas de bonitos detalles: desde un capitel excelentemente ornamentado hasta una puerta como la de la fotografía de abajo.

No esperábamos que se visitasen tantos espacios dentro de la Abadía de Saint-Michel. Lo siguiente que fuimos a ver fue el refectorio (normal y corriente, nada del otro mundo) y la sala de los huéspedes. Ésta última es algo más llamativa, pues aquí era donde el abad recibía a los reyes, nobles y grandes comerciantes que visitaban el lugar.

 

Después fuimos a la Cripta de Gruesos Pilares. Es del siglo XV, y sus desmesuradas columnas tienen su explicación: el coro de la iglesia abacial se estaba viniendo abajo, así que esta cripta nació con la idea de apuntalar el edificio superior. El nombre está escogido a la perfección.

No es la única cripta de Saint-Michel, pues también se accede a la Cripta de San Martín y la Cripta de San Esteban. La primera también se concibió con la idea de apuntalar la iglesia abacial (en este caso, el sur del crucero), mientras que la segunda fue pensada para recordar a los fallecidos en la abadía. Precisamente, entre ambas capillas está el osario de Saint-Michel, donde descansan los huesos de los monjes.

El recorrido termina en la Sala de los Caballeros, el principal punto de apoyo del claustro. En ellla estaba el famosísimo scriptorium del Monte Saint-Michel, cuyos manuscritos tenían fama en todo el mundo medieval. Buena parte de ellos se conservan en la vecina localidad de Avranches, donde hay un museo dedicado a ellos que visitamos a la tarde.

Con eso termina la parte imprescindible del Monte Saint-Michel, aunque todavía hay algunas cositas por ver. Y es que en el promontorio hay cuatro museos de historia. En principio teníamos pensado no visitarlos, ya que tenían una pinta chunguísima, pero ya que estábamos allí decidimos darles una oportunidad. Hay una entrada conjunta que cuesta 9€ por persona y que da acceso a todos.

Empezamos por el Museo Histórico (Musée Historique), pues el acceso está justo en la salida de la abadía. Prometían un viaje apasionante por los más de 1000 años de historia del Monte Saint-Michel, incluyendo un repaso a sus personajes notables y a las cárceles del monte.

Sin embargo, encontramos una propuesta mucho más modesta. La parte de museo propiamente dicha consistía en dos o tres vitrinas con piezas de dudosa datación y extraña procedencia: escopetas, monedas, libros y objetos de muy diverso ámbito. Por otro lado, había una zona dedicada a maquetas en escala real de distintas estancias de Saint-Michel, aunque cada cual daba más pena que la anterior. En esencia podría haber estado bien, sin embargo le fallaban los detalles. ¿Dónde se ha visto un scriptorium medieval en el que los monjes dejen los cálamos y las plumas en un bote usado de yogurt? Manda narices.

 

El primer museo era el único en el que teníamos depositadas unas mínimas esperanzas, y confirmó que nos habíamos gastado 9€ por persona en un pufo de dimensiones colosales. Aún así nos lo pasamos bien, ya que no solemos frecuentar este tipo de establecimientos casposos pensados en sacarle el dinero a los guiris, por lo que nos reímos un montón y hasta se podría decir que disfrutamos de la visita.

Lo siguiente fue ir la Morada Tiphaine (Logis Tiphaine), también conocida como la Casa de Guesclin (Maison du Guesclin). Teóricamente es la casa que Bertrand du Guesclin, máxima figura del ejército del Rey de Francia en el siglo XIV, mandó construir en el año 1365 para que viviese su esposa. Se visitan varias plantas en las cuales hay más carteles de “no tocar” que objetos propiamente dichos. El museo está sucio, lleno de telarañas y de polvo. Además, poquitos elementos son realmente medievales, y la mayor parte son muy posteriores (aunque supuestamente pertenecientes a descendientes de Guesclin). Igual de prescindible que el anterior.

 

Lo único bueno de todo este asunto es que gracias a visitar la Morada Tiphaine descubrimos el pequeño cementerio que hay detrás de la Iglesia de San Pedro. Desde la calle principal no se le ve, por lo que casi nadie pasa por él. A nosotros nos encanta visitar cementerios y éste, pese a ser muy pequeñito, es espectacular.

El fin de fiesta de los cuatro museos de Saint-Michel nos tenía reservado lo peor de lo peor. Empezamos por el Arqueoscopio (Archeoscope), un espectáculo audiovisual raruno, decadente y cutre sobre la historia del lugar. Después de atravesar un pasillo oscuro se llega a un patio de butacas, desde el cual se contempla un espectáculo dantesco: agua, humo, luces de neón… ¡Y una maqueta flotante, oigan! ¡Estamos que lo tiramos! Surrealismo en estado puro.

Terminamos esta oda al mal gusto con el Museo del Mar y de la Ecología (Musée de la mer et de l’écologie), igual de siniestro que el anterior. Primero hay un montón de maquetas de barcos metidas en urnas sin ton ni son, compitiendo entre ellas por ver quien tiene más aspecto de coleccionable por fascículos. Después se pasa a una sala que simula ser la cubierta de un barco, en la cual se proyecta un vídeo sobre la recuperación de Saint-Michel en una auténtica reliquia: una televisión de tubo de rayos catódicos de unas quince pulgadas. ¡Si, las teles de culo gordo del siglo XX! Por si pasa desapercibida esa joya, hay varios carteles pidiendo por favor que no te vayas de allí sin ver el vídeo.

 

En definitiva, los 9€ mejor empleados de nuestras vidas (guiño, guiño). Ya hablando en serio, no vayáis a ver los museos, que no merecen la pena en absoluto. ¡Ah! Y no penséis que con esta crítica queremos hacer daño, simplemente nos hemos tomado con humor un auténtico pufo que solo trata de sacarle el dinero a la gente. Si hubiésemos hablado de ellos en serio, los párrafos anteriores hubiesen sido crudísimos.

Por suerte, al salir nos esperaba de nuevo esta maravilla llamada Monte Saint-Michel. Ya habíamos visto todo, pero aun así dimos un nuevo paseo por la Gran Rue. Ya se notaba mucho más barullo, así que, tras comprar los correspondientes imanes de nevera, pusimos pies en polvorosa.

La conclusión final es sencilla: el Monte Saint-Michel es un lugar único, de esos en los que te tienes que frotar los ojos porque no te crees que estés viendo algo tan bonito. Fue un acierto visitarlo dos veces, ya que no tiene nada que ver recorrerlo con todo el bullicio del día que con la tranquilidad de la noche. Este sitio siempre estará en nuestros corazones y, desde luego, no será la última vez que vayamos.

En origen habíamos pensado pegarnos una gran paliza y aprovechar el resto del día para subir al norte, en busca de localizaciones relacionadas con la II Guerra Mundial y el Desembarco de Normandía. Sin embargo, decidimos cambiar de planes e ir a la cercana localidad de Avranches, en busca del museo sobre los manuscritos del Monte Saint-Michel. Ya tendremos tiempo de recorrer el norte de Francia en un futuro viaje.

AVRANCHES

Total, que fuimos hasta Avranches, en cuya Oficina de Turismo nos hicimos con un plano para hacer la visita (no sabíamos nada sobre la ciudad, ya que no teníamos previsto visitarla). Dicho sea de paso, la oficina está al lado de dos aparcamientos gratuitos enormes, por lo que conviene dejar allí el coche. De hecho, allí fue donde nos comimos los bocadillos que habíamos preparado.

El aparcamiento en cuestión en realidad es la Place Valhubert, en la cual destaca la estatua del General Valhubert, una pieza de mármol encargada por Napoleón para decorar una plaza de París. Finalmente fue trasladada a Avranches (localidad natal de Valhubert) por Luis XVIII en 1832.

El casco histórico de Avranches es pequeñito, por lo que un recorrido por sus principales puntos de interés solo lleva una hora y media (sin contar con el museo de los manuscritos, que de este hablaremos más adelante). Aun así hay muchas cosas para ver, algunas especialmente sorprendentes.

En torno al Jardin Bergevin, muy cerquita de la Oficina de Turismo, hay varios edificios militares de primer nivel: el Castillo, principal elemento defensivo de la ciudad; la Torre del Arsenal (también llamada Torre de San LuisTour Saint Louis), construida en el siglo XIII para reforzar el castillo; y la Torre Baudange, de la cual solo quedan unos pocos restos arqueológicos.

Lo que nos trajo hasta allí fue el famoso Scriptorial de Avranches, nombre con el que se conoce al Museo de los Manuscritos del Monte Saint-Michel (Musée du Manuscrits du Mont Saint-Michel). No sabíamos nada sobre este sitio hasta que vimos un cartel anunciándolo en la propia Abadía de Saint-Michel. Como nos gusta mucho el tema (especialmente a Eri, que para eso es una experta paleógrafa) nos la jugamos a ir hasta allí, y vaya si acertamos.

El museo tiene tres horarios a lo largo del año, pero básicamente abre de 10 a 12:30 y de 14 a 17, 18 o 19 en función de la época del año. Cierra los lunes, salvo en julio y agosto. Entrar cuesta 7€ por persona, aunque hay tarifa de estudiantes a 3€.

El interior está dividido en dos zonas completamente distintas. La primera está dedicada a Avranches, el Monte Saint-Michel y sus manuscritos. A lo largo de la moderna exposición se explica todo acerca de estos documentos, su influencia y su estado actual. Se exhiben documentos originales y hay varios de apoyo espectaculares.

Por otro lado, la segunda parte está dedicada al libro manuscrito en general: proceso de fabricación, tipos de letra, el panorama del siglo XXI con los libros electrónicos… Nos gustó especialmente este segundo ámbito, que nos recordó un montón al pequeño museo que hay en la Biblioteca Nacional de España.

Nos hubiera gustado enseñaros más cosas del Scriptorial, pero lamentablemente no permiten hacer fotos. En cualquier caso os recomendamos ir, desde nuestro punto de vista es una visita imprescindible para completar la experiencia de Saint-Michel.

Y, ya que estábamos allí, no íbamos a dejar el resto de la ciudad sin ver. Lo siguiente fue ir a la gran Iglesia de San Gervasio (Église Saint-Gervais), un edificio neoclásico con un campanario de 74 metros de alto. Pese a ser una iglesia bastante nueva y hecha en granito, es realmente luminosa.

 

Si por algo destaca Saint-Gervais es por su tesoro. En él se conserva un cráneo atribuido a San Aubert, obispo de Avranches en el siglo VII y fundador del primer templo en honor de Saint-Michel que se construyó en el promontorio donde hoy está la abadía. También tiene otras piezas de interés, como unos cálices o algunos crucifijos. Es destacable que entrar al tesoro sea gratis, ya que normalmente hay que pagar entrada.

El casco histórico de Avranches es, en general, correcto. No es que sea la ciudad más bonita del mundo, sobretodo si comparamos con precedentes en este mismo viaje como Burdeos o Rennes, pero desde luego es agradable pasear por él.

 

Sobretodo nos gustó que es un lugar variado: residencias de nobles (como la Casa Bergevin), calles llenas de casas medievales (como la Rue Maurice Chevrel), plazas interesantes (como la Plaza del Mercado, donde se sigue celebrando cada sábado un encuentro entre mercaderes de productos frescos)…

 

También hay varios pequeños parques, como el Jardin des Plantes. Nos llamó mucho la atención un pequeño monumento que, aunque puede pasar desapercibido, es importantísimo. Nos referimos al Monumento a Enrique II Plantagenet (Monument Henri II Plantagenêt), en el cual está la lápida en la que el monarca hizo penitencia pública tras la muerte de Thomas Bucket, obispo de Canterbury.

 

Terminamos nuestra ruta por Avranches con dos templos. El primero fue la Iglesia de Nuestra Señora de los Campos (Église Notre-Dame-des-Champs), una mole neogótica que parece de cartón-piedra. Destacan las gárgolas de la facha y su luminoso interior, aunque poquito más.

 

Por último, nos tuvimos que conformar con ver por fuera la Iglesia de Saint-Saturnin, ya que estaba cerrada. Tampoco parecía que tuviese gran cosa, ya que era otro edificio “neo” de los muchos que hay en la ciudad.

Como conclusión, solo podemos decir que fue un día inolvidable, y que la dupla Saint-Michel y Avranches funciona a las mil maravillas. Lo malo es que habíamos tocado techo en la ruta, y ya solo nos quedaban tres días de viaje. Eso si, tres días cargados de experiencias inolvidables.

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13 pensamientos en “Oeste de Francia ’13 – Capítulo VIII: Le Mont-Saint-Michel y Avranches (día 7)

  1. Me encanta esos guiños que hacéis siempre al Señor de los anillos… La verdad es que sí que le trae un aire.
    Yo soy también de madrugar bastante en viajes, para ver los sitios sin gente y exprimir al máximo el día.
    Me he reído también con vuestra historia con el pack museístico… jejeje
    Un saludo 😉

    • Los frikis somos así, metemos referencias a El Señor de los Anillos siempre que podemos 😛

      Viajar es sinónimo de madrugar, todo lo demás es turistear jeje

      Un abrazo! 🙂

  2. Menudos recuerdos que me trae leer este post. El viaje que hicimos a Mont Saint Michel fue uno de los que más nos ha gustado. Es un lugar muy especial, de los de visita obligada en la vida.

    • Seguro que lo tachas pronto, está mucho más a mano de lo que parece. Nosotros fuimos en coche desde Madrid, aunque también está a tiro de piedra si consigues un vuelo barato a París.

      Un abrazo!! 🙂

  3. Uno de mis sueños viajeros cumplidos desde mayo del año pasado, jeje. Impresionante lugar, verdad?

    Nosotros hicimos noche en Avranches pero no la visitamos y parece que tenía buena pinta 🙁

    • Avranches no es una localidad demasiado visitada. Nosotros fuimos porque profesionalmente a Eri le interesa mucho el tema de los manuscritos, pero si no seguramente hubiéramos optado por ir a ver algo del desembarco de Normandía.

      Un abrazo! 🙂

  4. Yo tengo unas ganas locas de conocer este sitio! Me parece un lugar fascinante!!! Me apunto lo de no visitar los museos porque veo que no merece la pena!
    Saludos

  5. Pingback: Oeste de Francia ’13 – Capítulo IX: Le Mans y Tours (día 8) | www.eduyeriviajes.com

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