Oeste de Francia ’13 – Capítulo VII: Dinan, Saint-Malo y Saint-Michel (día 6)

Todo viaje, por largo que sea, tiene un día grande. Ese en el que se visita algo con lo que se ha soñado toda la vida o aquel en el que están concentrados los principales atractivos de la aventura. En el caso de este viaje por el oeste de Francia, el sexto día era sin duda el que más ganas teníamos de vivir: un pueblecito medieval de ensueño (Dinan), una ciudad de corsarios (Saint Malo) y la que posiblemente sea la abadía más bonita de toda Europa (el Monte Saint Michel). ¿Qué os parece el panorama?

Eran muchas cosas para un solo día, por lo que lo planificamos todo al milímetro. Y para eso empezamos en Dinan, un pueblo de poco más de diez mil habitantes con un patrimonio medieval excepcional. A las diez de la mañana habíamos concertado una visita guiada en español: no somos muy amigos de hacer estas cosas, pero teníamos poco tiempo y nos interesaba sacarle el máximo partido a Dinan. Empezamos en la Oficina de Turismo, espacio clave para cualquier visita: aunque sea un pueblo pequeño, sin un mapa es más que probable que se queden en el tintero un montón de lugares interesantes.

DINAN

Hay que empezar diciendo que la Oficina de Turismo no está en la Rue du Chäteau, sino que se trasladó hace poquito a un pasaje cercano a la Rue de l’Horloge. En muchos mapas aún está la ubicación antigua, por lo que conviene seguir las indicaciones sobre el terreno.

De hecho, no tiene mucha pérdida: ahora está en el centro del pueblo. Es fácil de reconocer, pues está frente a un edificio medieval precioso. Es una casita de madera pintada en color rojo, con tallas humanas haciendo las veces de capiteles. Mejor comienzo imposible, ya que construcciones como esas era lo que nos había llevado a visitar Dinan.

 

Dinan es un pueblo con mucha fama en España, por lo que contactando con la Oficina de Turismo es relativamente fácil montar una visita guiada en español como la nuestra. A la hora convenida apareció una simpática señora preguntando por nosotros y comenzamos el tour. Tras una breve presentación, fuimos hacia hacia la Rue Sainte-Claire, a la altura en la que sirve para marcar la división entre la Place du Champ Clos y la Place du Guesclin. Allí, a los pies de la estatua de Bertrand du Guesclin (una de las principales personalidades de la Guerra de los Cien Años), comenzó a fluir un enorme torrente de anécdotas históricas. La mujer hablaba con una gran pasión, propia exclusivamente de los que aman la Historia con mayúscula.

Estas dos plazas son fiel reflejo de lo que es la ciudad, ya que muestran distintos momentos y distintos usos de la misma. Por un lado, en este enorme espacio es donde se celebraban los mercados que hicieron famosa a Dinan durante todo el medievo, pues hasta aquí acudían comerciantes de toda Europa. Por otro lado, las casas nobles que bordean la plaza también dan cuenta de la riqueza derivada de dicha actividad comercial, y que hizo que familias muy poderosas se estableciesen aquí. Y claro, ese poder también tenía una vertiente militar. La plaza sigue en paralelo, aunque en escala reducida, el antiguo trazado de las murallas de la ciudad.

De la plaza salen muchos callejones y pasajes cubiertos, a cada cual más bonito. Uno de ellos, el Pasaje de la Torre del Reloj (Passáge de la Tour de l’Horloge), nos llevó a tener la mejor vista posible de la Torre del Reloj (Tour de l’Horloge), una mezcla entre campanario, torre del reloj y fortaleza vigía de 45 metros de altura. Es del siglo XV y, pese a que es uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad, únicamente se puede visitar en verano. Esta zona de Dinan nos recordó un montón a otros pequeños pueblos Europeos, quizá el primero que nos vino a la mente fue Sighisoara (en Rumanía).

Los nombres de las calles del centro de Dinan evocan a los antiguos gremios que las ocupaban. Ejemplos como la Rue de la Boulangerie, la Rue de la Cordonnerie o la Rue de la Poissonnerie hablan por sí solos de un pasado gremial común al de otras urbes europeas. Sin embargo, el mejor espacio para rememorar esos antiguos usos es el Mercado de Dinan. Es una pequeña galería comercial situada en la misma ubicación que un antiguo mercado medieval. Ha sido restaurado al estilo del Mercado de San Miguel en Madrid, aunque de una manera mucho menos pretenciosa y con mucho más encanto.

 

En realidad, no hace falta buscar demasiado, ya que Dinan es sinónimo de Edad Media a más no poder. Cada calle y cada rincón muestran un pasado esplendoroso que, para bien o para mal, ha perdurado gracias a su decadencia posterior. Si la ciudad hubiese seguido siendo tan importante como en el medievo, seguramente ahora veríamos rascacielos en lugar de casitas como la de la foto de aquí abajo.

Este tipo de urbanismo medieval hace posible imágenes como esta: calles estrechas en las que apenas hay unos pocos metros entre un edificio y otro. Si a eso se le suma la presencia de pequeños salientes en los tejados, en algunos pasajes da la sensación de una noche continua.

¿Qué más podemos decir? Dinan nos encantó, y encima tuvimos la suerte de hacer la visita bastante pronto, antes de que llegasen hordas de turistas a través de viajes organizados y excursiones de colegios. Las fotos que veis solo son posibles hasta las 11 de la mañana, a partir de ahí hay más gente en cámara que en la entrada de la Acrópolis de Atenas.

¡Qué sitio más bonito! Solo le ponemos dos pegas: que vimos bastantes obras y que el centro no es exclusivamente peatonal. Ambos aspectos les restaban mucho encanto, aunque hay que comprender que son males necesarios para que la ciudad luzca buen aspecto y esté abastecida.

Un aspecto que nos gustó mucho de Dinan es que ha sabido reutilizar sus antiguos edificios nobles y darles un uso social. Mientras que en otras ciudades palacios y conventos siguen en manos privadas o se caen en pedazos, aquí son centros de salud, dependencias municipales o, como en este caso, colegios. ¡Muy bien!

 

A nosotros nos gusta mucho pasear, por lo que decimos con frecuencia eso de “merece la pena perderse” o lo de “descubrir lugares que no aparecen en las guías”. Dinan es un lugar propicio para ambas cosas, ya que todas las calles rezuman esencia medieval. Si, queda muy pedante, pero es lo que hay.

 

Al final de la Rue du Château está, como no podía ser de otro forma, el Castillo de Dinan. En realidad no se conserva toda la construcción, sino buena parte del recinto amurallado, un torreón del siglo XIV y algunas cositas más. Nos hubiera gustado acercarnos un pelín más al castillo, pero la guía no estaba por la labor. Nos gustó mucho el paseo que hicimos con ella, pero por ese tipo de detalles solemos ir a nuestra bola.

Lo que no perdonamos fue una larga caminata por la Muralla de Dinan. El paseo de ronda es espectacular, ya que está acondicionado prácticamente en su totalidad y permite recorrer el perímetro del pueblo desde una perspectiva fantástica. Muy propicio para hacer buenas fotos, para ver el trazado urbano y, aunque parezca mentira, para disfrutar de la brisa marina, pues la costa no está tan lejos.

 

¿Qué nos decís? ¿Acaso no merece la pena caminar un poquito por la muralla a cambio de estas panorámicas? Por cierto, lo que se ve en la foto de abajo a la derecha es el Puerto de Dinan. Normalmente no se suele visitar en estancias de un día en la ciudad, pero desde arriba parecía bastante bonito.

 

Nos gustó mucho que el paseo de ronda haya sido montado como una especie de anillo verde, pues casi todos los tramos van en paralelo a un pequeño jardín. Y es que Dinan, pese a lo que se podría suponer de una villa medieval, no es todo piedra, sino que tiene un montón de zonas verdes. Pura calidad de vida.

Nos hizo mucha ilusión cuando nuestro recorrido llegó a la Place Saint Sauveur, pues justo en ella estaba el hotel en el que habíamos pasado la  noche. Una casa del siglo XV que, como otras de la plaza, es preciosa. Hay un par de bares en ella, por lo que es una de las zonas más animadas de Dinan (dentro de lo que se puede considerar “animado” en un pueblo como este).

En dicha plaza está la Basílica de San Salvador (Basilique Saint Sauveur). Según la leyenda fue fundada en 1112 por un caballero que volvía de las cruzadas, e incluso hay una carta de 1123 en la que se hace referencia al prior de Saint-Sauveur de Dinan, pero la mayor parte del edificio es del siglo XV.

Pese a que la ubicación no es la más adecuada, ya que está en una plaza preciosa y la iglesia puede pasar casi desapercibida, merece la pena bordearla y prestar atención a los detalles. Desde sucesiones de capitales en los que conviven ejemplos de estilo gótico con otros del siglo XIX hasta capillas posteriormente añadidas que sobresalen en la fachada. Es una iglesia muy peculiar, la verdad.

Por dentro nos encantó, ya que consigue algo muy difícil, casi contradictorio: ser una iglesia luminosa y oscura a la vez. Sabemos que es difícil de explicar, pero su extraña superposición de estilos ha hecho que en el ábside fluya toda la luz de un templo gótico, mientras que en el centro de la nave principal se está en penumbra.

 

Con la visita a la Basílica Saint-Sauveur terminó nuestro recorrido guiado por Dinan. Nos despedimos de la guía tras un par de horas caminando y… bueno, y seguimos en el pueblo. Aunque nuestra idea original era irnos para aprovechar el resto del día entre Saint Malo y Saint Michel, no pudimos evitar volver a recorrer algunas callejuelas de este precioso pueblo medieval. Ya eran más de las doce, los coches se estaban retirando (solo entran hasta esa hora para abastecer a las tiendas y a los restaurantes) y empezaba a haber mucho ambiente.

Total, que nos perdimos un rato por Dinan. De hecho, aunque la visita guiada estuvo genial y aprendimos un montón de cosas, al final hay que reconocer que hubiésemos estado más a gusto yendo a nuestro aire. Además, en la Oficina de Turismo tienen un folleto en español, el cual te marca el itinerario a seguir y da unas cuantas pinceladas históricas sobre el lugar. Solo podemos decir que volveremos, ya que nos ha parecido un pueblo fantástico.

A eso de la una de la tarde fuimos al coche, el cual habíamos dejado en el parking que construyó el ayuntamiento de Dinan (se entra por la Rue Victor Basch). Es el único aparcamiento cubierto que hay en el centro, su ubicación es perfecta y tiene vigilancia las 24 horas. Si estuviera en España, seguramente costaría una pasta y sería una opción imposible para presupuestos ajustados. Sin embargo, en Dinan han entendido que este tipo de infraestructuras generan más turismo, así que lo han puesto baratísimo. Solo nos costó 4€, y eso que habíamos llegado la tarde del día anterior.

Por cierto, según salíamos del pueblo nos encontramos con un parquecito de inspiración oriental, y tampoco pudimos evitar parar y echar un vistazo. ¿A que es bonito? 🙂

SAINT-MALO

Llegamos a Saint-Malo más o menos a las dos. No sabemos si por el centro se aparcará bien, pero a la entrada (a 5 minutos andando de la Oficina de Turismo) había una calle para dejar el coche gratis, así que eso fue lo que hicimos. De hecho, como la mayor parte de las oficinas de turismo francesa tienen ese peculiar horario (de 10 a 12:30 y de 14:30 a 18:00), aprovechamos para comer en el coche, que para eso llevábamos unos bocatas preparados.

El caso es que, en cuanto abrieron, nos hicimos con el pack completo del perfecto guiri: mapas, horarios, folletos varios y alguna chorrada más. Lo primero que vimos es que Saint-Malo era más pequeño de lo que pensábamos, lo cual estaba bien por dos motivos: solo quedaban unas horas de sol y encima parecía que iba a llover.

En seguida nos pusimos a caminar, empezando por el Puerto. No es el más bonito de el mundo, aunque sí podemos decir que es bastante grande. Si os gustan los barcos, os divertirá pasear por él.

La cosa empezó muy bien, la verdad, pues nada más pasar el puerto nos encontramos con las impresionantes murallas de Saint-Malo. Pese a que la ciudad fue muy castigada en la II Guerra Mundial, de manera milagrosa quedaron intactas, lo que nos ha permitido conocer un sistema defensivo de la Edad Media y sus correspondientes ampliaciones de los siglos XVII y XVIII. Hay varias puertas monumentales, aunque la mayor parte de los viajeros entramos por la Puerta de San Vicente (Porte Saint Vincent).

Y, ya que estamos hablando de murallas, lo mínimo es hacer una breve introducción histórica. Aunque Saint-Malo fue fundada en el siglo VI, el apogeo de la ciudad llega a partir del siglo XII, cuando los habitantes, hartos de sufrir una invasión tras otra, deciden instalarse en la roca (lo que hoy es el recinto amurallado), creando una fortaleza casi inexpugnable. Poco a poco desarrollaron un carácter duro, sin apego por los pueblos del entorno, hasta el punto de que entre 1490 y 1493 Saint-Malo se declaró unilateralmente como república independiente.

En época moderna básicamente hay que destacar dos momentos. Por un lado, entre los siglos XVI y XVIII la ciudad estuvo muy relacionada con el mar, siendo lugar de partida de grandes expediciones de exploración (sin ir más lejos, el célebre Jacques Cartier nació en Saint-Malo) y de corsarios. Este último punto es especialmente popular, ya que los piratas y los corsarios siempre venden, hasta el punto de que en muchos folletos veréis que Saint-Malo se anuncia como “la ciudad de los corsarios”.

Por último, hay que decir que en la II Guerra Mundial la ciudad sufrió mucho. En 1944, tras el éxito del desembarco de Normandía, aproximadamente cien soldados alemanes huyeron hasta Saint-Malo y se hicieron fuertes tras sus muros. Los aliados no anduvieron con contemplaciones, arrasando la ciudad en pocas horas (siendo la primera vez en la Historia en la que se utilizó napalm). Resulta sorprendente que las murallas consiguieran aguantar, siendo prácticamente lo único que resistió.

Una evolución histórica interesantísima, eso es innegable. Es sin duda el principal motivo por el que miles de viajeros acuden a Saint-Malo cada año, ya que a nivel patrimonial no es la más potente del entorno. De hecho, rápidamente la cosa empezó a torcerse. Salvo algunas pocas calles con encanto (fundamentalmente las que bordean la muralla y alguna otra excepción), nos pareció una ciudad excesivamente gris. La reconstrucción se hizo apostando casi todo al hormigón, lo cual ha creado un lugar que no es demasiado bonito.

Y eso que empezamos por el que, a priori, tenía que ser uno de los edificios más sorprendentes y encantadores de la ciudad: la Casa del Corsario (Maison de Corsaire. Así es como se conoce popularmente al Palacete de Asfeld (Hôtel d’Asfeld), una de los escasísimas construcciones supervivientes a los bombardeos de 1944. Fue la residencia de François-Auguste Magon, uno de los corsarios franceses más temidos del siglo XVIII.

Está muy cerca de la muralla, aunque a diez minutos andando desde la Puerta de San Vicente. Hay una visita todos los días a las 15:00, salvo en verano (en julio y agosto el horario se amplía varias horas). Cuesta 5,5€ por persona, y solo se puede entrar haciendo una visita guiada.

¡Guau! ¡La casa de un corsario! ¿Qué podía salir mal? Era difícil que una visita como esta nos quitase la sonrisa de la boca, pero es que todavía no damos crédito a lo que vimos. Únicamente se ven tres habitaciones, las cuales tienen un 1% de mobiliario original y un 99% de objetos modernos (incluyendo cuadros que están a la venta, como si fuese una tienda-museo). Durante más de una hora y media (no sabemos cuanto más, ya que nos fuimos) la guía se dedicó a hablar de temas tan insoportables como impuestos, leyes o tipos de maderas. ¿Pero qué era eso?

Nosotros nos caracterizamos por ser personas entusiastas, incluso tenemos amigos que nos dicen que siempre nos gusta todo y que nunca criticamos nada. Pues bien, aquí va una excepción: la Casa del Corsario de Saint-Malo es una auténtica basura. No merece la pena entrar, únicamente te marean de una habitación a otra para justificar los 5€ que te han conseguido sacar previamente. Nunca hemos entrado en un sitio tan aburrido, cutre y decadente. En serio, aun nos arrepentimos de haber entrado. ¡Menudo pufo!

¡Uf, uf, uf! Sentimos si hemos sido muy bestias en la crítica, pero es que nos sentimos casi estafados: prometían “entrar en la vida de un corsario” y en vez de eso nos robaron una hora y media sin ningún sentido.

Por una cuestión de horario, volvimos sobre nuestros pasos y fuimos de nuevo a la Puerta de San Vicente. Ahí está el acceso al Castillo de Saint-Malo, que actualmente funciona como Museo de Historia (Musée d’Histoire).

Evidentemente nos gustó mucho más que la Casa del Corsario, pero tampoco nos pareció ninguna maravilla. Es el típico museo tirando a viejuno, con una exposición permanente que se montó hace décadas (o al menos lo parece) y necesita una renovación con urgencia. Aun así, dada la gran importancia histórica de Saint-Malo, vimos más de una pieza interesante.

De hecho, hay que reconocer que es una visita imprescindible, pues desde las torretas del castillo se obtienen unas panorámicas excelentes. Mirando a la ciudad se comprueba lo que más o menos se percibe desde el suelo: que es una ciudad gris, con una arquitectura que transmite la sensación de ser prefabricada (la reconstrucción de Saint-Malo se hizo a toda velocidad). Por otro lado, la playa es preciosa. Estaba a punto de llover y las fotos no lucen mucho, pero os aseguramos que las playas de la ciudad son realmente espectaculares.

 

Tras una gran decepción y otra más pequeña (pero decepción al fin y al cabo), empezamos a recorrer el centro del casco histórico. Encontramos justamente lo que esperábamos después del primer contacto con la ciudad: un sitio muy concurrido, pues Saint-Malo es un polo de atracción turística de primer nivel; pero con poquito encanto, ya que no son calles bonitas.

El edificio más destacado del centro es la Catedral de San Vicente (Cathédrale Saint-Vincent). Más o menos nos transmitió la misma sensación que el castillo: está bien y hay que visitarlo, pero no es gran cosa. Y tal y como dicen en Juego de Tronos, todo lo que se dice antes de “pero” es mentira. Desde luego, esperábamos muchísimo más. Por cierto, dentro de la catedral están las tumbas de Jacques Cartier y de Duguay-Trouin.

 

Recorrimos unas cuantas calles más, pero la cosa no mejoró. Quizá estemos siendo un poco injustos o pueda parecer que nos estamos cebando, pero es que esto fue exactamente lo que sentimos y lo que recordamos meses después. Saint-Malo fue decepcionante, si no hubiéramos visitado la ciudad no hubiese pasado nada. Aunque también hay que reconocer que tuvo malos compañeros de baile, ya que ese día visitamos dos preciosidades como Dinan y Saint Michel, y las comparaciones siempre son odiosas.

 

Como el casco histórico no nos estaba gustando demasiado, decidimos volver a las murallas, ya que era lo único que nos había parecido bonito. Fue una buena decisión, ya que el paseo de ronda es precioso y hay un par de torres (Tour Bidouane y Tour Notre Dame) que también tienen su aquel.

 

Desde ellas, las vistas del mar son muy bonitas. Quizá fuese porque estaba nublado, pues en esos momentos los colores del agua destacan más, pero el caso es que nos pareció una panorámica digna de recordar.

Terminamos el paseo entre unos parques que hay pegados a la muralla, cada uno con su propio monumento: la estatua de Surcout en uno y la estatua de Jacques Cartier en el otro. Hay varias estatuas más en Saint-Malo, aunque no llegamos a verlas.

 

En conclusión, Saint-Malo no nos gustó. Se salva todo lo relacionado con la muralla (el propio perímetro defensivo y las calles anejas a él), pero poquito más. Realmente fue la gran decepción del viaje, la única ciudad que nos podíamos haber ahorrado y no hubiera pasado nada. Sinceramente, no os recomendamos esta visita.

Una cosa positiva, de la cual no hemos hablado hasta ahora, es su gran oferta gastronómica. Hay muchos restaurantes, creperías y pastelerías, las cuales tienen mostradores al aire libre que desprenden un olor irresistible. Tanto es así que al final acabamos cayendo y probando dos especialidades francesas: un far breton y un kouign amann ¡Riquísimas!

 

Un último punto negativo de Saint-Malo es que la ciudad está rodeada de puentes levadizos. Eso supone que en determinados momentos del día se generan pequeños atascos, o que incluso (como en nuestro caso) tengas el coche al otro lado del puente y te toque esperar tu cuartito de hora hasta que pase el barco de turno.

No lo vamos a negar: nos fuimos un poco mosqueados de Saint-Malo. Esperábamos mucho y encontramos poco, pero estas cosas a veces pasan. Aun así, el panorama era tan interesante esa noche que no se nos quitaba la sonrisa de la boca: en lugar de irnos al hotel y a dormir, íbamos a cumplir el sueño de visitar el Monte Saint Michel. Lo íbamos a hacer al día siguiente por el día, pero queríamos hacerlo también por la noche.

Llegamos a nuestro modesto hotel (más bien casa rural) para hacer el checkin, que consistió en coger las llaves de la puerta y retirar un post-it en el que el dueño nos decía que había tenido que salir. Dejamos las cosas, nos duchamos y… ¡Rumbo a los sueños por cumplir!

EL MONTE SAINT-MICHEL DE NOCHE

Antes de nada, una brevísima introducción sobre el Monte Saint-Michel (Le Mont-Saint-Michel), ya que en el próximo capítulo de este diario de viaje hablaremos sobre él. Se trata de uno de los monumentos más famosos de toda Europa, el cual es visitado por más de tres millones de viajeros año tras año. Sobre un promontorio rocoso (que antiguamente era una isla, hoy está pegado a la tierra y a partir de 2015 volverá a ser isla) se alza una ciudad-fortaleza impresionante, coronada por una abadía propia de un cuento de hadas.

Es un lugar muy pequeño y que por los días está hasta arriba de turistas, especialmente del tipo que menos nos gusta: esas hordas de guiris que van en viajes organizados y que no paran de chillar. ¿Solución a este problema? El Monte Saint Michel también se puede visitar por la noche. Los museos, la abadía y el resto de edificios están cerrados, pero es el momento en el que más energía y autenticidad se respira en el lugar.

Llegar hasta él es imposible si no se hace en transporte privado. Hay que ir hasta un par de kilómetros antes del monte y allí dejar el coche (para que no haya dudas, hemos creado un post titulado aparcar en el Monte Saint-Michel). Una vez se aparca, se toma un bus gratuito hasta los pies de la roca.

Y así fue como llegamos al Monte Saint-Michel, uno de nuestros grandes sueños viajeros. Según nos íbamos acercando se nos iba poniendo una sonrisa tonta en la boca, pues no nos terminábamos de creer que estuviésemos allí. Habíamos visto esa imagen mil veces antes, pero en vivo y en directo es una cosa totalmente distinta. No se puede explicar con palabras, solo podemos deciros que hay que ir allí.

Disculpad que no hagamos una introducción histórica ni nada por el estilo, pero eso queda para el siguiente capítulo. En este nos vamos a centrar en lo más importante de un viaje: las sensaciones. Y no os podéis imaginar cómo nos sentimos al llegar a la puerta del Monte Saint-Michel, levantar la cabeza y ver lo que nos esperaba allí arriba.

Solo hicieron falta un par de minutos para darnos cuenta de que había sido un auténtico acierto hacer la visita también por la noche. Quizá fue un poco lío el tema del aparcamiento, y puede que le tuviésemos que robar un par de horas al sueño, pero sin duda mereció la pena. Y es que nos encontramos en un lugar impresionante, ni en nuestros mejores sueños nos hubiéramos imaginado que existía una mini-ciudad con esa esencia medieval.

El Monte Saint-Michel es un lugar frío por las noches, ya que está metido en el mar. Eso le daba aún más encanto, pues, tal y como decía una profesora nuestra de la universidad, “a las cosas medievales hay que ir pasando penurias, sólo así se entienden de verdad”. Pero, siendo sinceros, no pasamos ninguna estrechez: estábamos encantados de la vida con este paseo nocturno.

Saint-Michel no es demasiado grande: hay una calle principal que comunica la entrada con la abadía, algunas paralelas, unos parquecitos y poco más. Sin embargo, disfrutamos muy despacio de la montaña, devorando cada rincón con los ojos, por lo que pasamos mucho rato haciendo este recorrido. Queremos remarcar que apenas nos cruzamos con gente, ya que por las noches apenas hay viajeros: locos como nosotros, los 20 o 30 que se hospedan en los hoteles intramuros y poquito más. Mejor así, ya que disfrutamos también de un auténtico lujo en este tipo de situaciones: el silencio.

Nos llevamos una grata sorpresa al descubrir que la Iglesia de San Pedro (Église Saint-Pierre) estaba abierta pese a ser de noche. Entramos y estaba totalmente vacía, iluminada prácticamente en su totalidad por velas. ¡Waaaaaaa! Estábamos a puntito de ser devorados por el síndrome de Stendhal, ese en el que uno se vuelve prácticamente loco al ser expuesto a monumentos, obras de arte o edificios excepcionalmente bellos. Nunca nos habíamos sentido tan satisfechos intelectualmente en un viaje.

 

Poco a poco fuimos ascendiendo, hasta llegar a las puertas de la abadía que hay en la cumbre del promontorio. ¿El resultado? Nueva explosión de felicidad y satisfacción. Vimos alguna escena curiosa (como a unas monjas cambiando los carteles de la entrada) y echamos un ojo por los alrededores, pero esta vez no hubo tanta suerte: la abadía estaba completamente cerrada. Aun así es un edificio precioso, con una iluminación perfecta, por lo que fue un acierto subir.

 

Ya que estábamos por allí, investigamos un poco y fuimos a parar a un pequeño parque a los pies de la abadía. Estando tan oscuro daba un poquito de miedo, no por una cuestión de inseguridad (ya que en ningún momento percibimos algo parecido, más bien todo lo contrario) sino porque era tan siniestro que parecía que de la nada iba a aparecer el caballero sin cabeza de Sleepy Hollow.

Desde el parque las vistas de la abadía eran impresionantes eran excelentes, se mirase hacia donde se mirase, pues se estaba muy cerquita pero aun así se veía el edificio en su totalidad. Por otro lado, de la bahía también había buena vista, aunque en dirección a tierra. Y eso, lamentándolo mucho, no era gran cosa: una carretera en obras, fango y el deseo de que en el futuro eso volverá a ser lo que era.

 

Nos despedimos de Saint-Michel felices, curioseando por todas las calles que podíamos (incluyendo algunas en las que ponía una señal de prohibido). Las expectativas eran altísimas, pero lo que encontramos superó todo lo esperable. El balance final no puede ser mejor, y solo podemos decir una cosa: quien no visita el Monte Saint-Michel por la noche, no lo conoce de verdad. Y no hay más que hablar. 🙂

Volvimos al coche en el autobús gratuito, aunque no en el que nos correspondía, sino en uno más cercano reservado a empleados de Saint-Michel. Mil millones de gracias al conductor, pues nos ahorró una buena caminata en medio del frío.

Y eso fue lo que dio de sí el día. Cenamos en la propia habitación, recordando un día sandiwch: comienzo impresionante en Dinan, gran bajón en Saint-Malo y nuevo subidón en Saint-Michel.

Al día siguiente volveríamos al monte, aunque esta vez para batallar entre hordas de turistas por un rinconcito de la abadía. Mientras tanto, nos fuimos a dormir con esa sonrisa que solo se tiene tras cumplir un sueño.

Capítulo VIOeste de Francia ’13Capítulo VIII

5 pensamientos en “Oeste de Francia ’13 – Capítulo VII: Dinan, Saint-Malo y Saint-Michel (día 6)

  1. Hola! Estoy preparando un viaje al Mont Saint Michel, me ha gustado mucho vuestras indicaciones, creo que son realmente utiles. Una pregunta si podeis, si no nada, ¿en qué casa rural os hospedásteis? ¿Recomendable calidad/precio/ubicación?

    • ¡Hola Carlos! El viaje te va a encantar, pues es un lugar precioso. En realidad Francia es un país muy bonito. Nosotros nos alojamos en Chambres Les Salles situado un pueblecito llamado Beauvoir, muy cerca del Mont Saint-Michel. La relación calidad-precio no estaba mal: habitación con baño privado por 42€/noche. Aunque de aspecto es algo viejuno, estaba todo muy limpio y realmente para dormir no necesitábamos más. ¡Saludos!

  2. Mil gracias! Tenemos muchas ganas de ir, en serio muy últil la información de la visita por la noche y ahora con esta referencia del alojamiento casi vamos a tiro hecho.

  3. Pingback: Oeste de Francia ’13 – Capítulo VI: Rennes (día 5) | www.eduyeriviajes.com

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