Oeste de Francia ’13 – Capítulo VI: Rennes (día 5)

La capital de Bretaña, Rennes, es una ciudad muy atractiva para el viajero: 80 edificios clasificados como Monumento Histórico, ambiente universitario, animadísima oferta cultural… Vamos, que esperábamos grandes cosas del día que íbamos a pasar recorriendo de arriba a abajo su casco histórico. Pese a que es de naturaleza medieval, está en un gigante de más de 200.000 habitantes. Por eso, en el centro es casi imposible aparcar gratis. Para visitas cortas quizá convenga dejarlo en zona azul, pero para una excursión de un día lo mejor es buscar un parking céntrico. Nosotros dejamos el coche en el aparcamiento subterráneo de la Plaza Les Lices, que salió por 8€ después de unas cuantas horas.

No habíamos podido preparar demasiado el itinerario a seguir, así que nos plantamos en la Oficina de Turismo justo antes de que abriese. Ojito con la ruta que os vamos a enseñar, pues Rennes es una ciudad increíble. 🙂

Lo primero que hay que decir es que la Oficina de Turismo es de visita obligada en Rennes, no solo por la información que se pueda obtener o porque las rutas por el casco histórico siempre pasan cerca, sino porque además está ubicado en un edificio interesantísimo: la Capilla Saint-Yves (Chapelle Saint-Yves), una joyita de estilo gótico flamígero construida a finales del siglo XV. En realidad no era un edificio independiente, sino parte del antiguo Hospital Saint-Yves. Hay que prestar mucha atención a la fachada, pues hay todo tipo de detalles de muy alta factura.

En el interior hay tres cosas: Oficina de Turismo, tienda y una exposición. Respecto a lo primero, nos hicimos con un mapita para poder visitar la ciudad a nuestro aire. En la tienda estuvimos a punto de comprar la  Rennes City Pass, una tarjeta que vale 15€ y que da acceso a prácticamente todos los monumentos y museos de Rennes. Sin embargo, ese día el Parlamento de Bretaña no tenía visita guiada (luego hablaremos de eso), así que no nos ahorrábamos gran cosa y decidimos no comprarlo.

Por último, se puede visitar la exposición permanente titulada Rennes, Ciudad de Arte y de Historia. No es que sea gran cosa, pero sí un buen punto de partida para empezar la visita: hablan de sus orígenes, de sucesos traumáticos como los múltiples incendios que han asolado la localidad, hay paneles explicando los edificios que posteriormente se visitan…

Básicamente nos dedicamos a seguir el recorrido propuesto por el folleto turístico, ya que era lógico, nos ocuparía todo el día y se visitaba prácticamente todo. Algunos tramos los ampliamos y otros los redujimos, pero en general se puede decir que es un itinerario más que adecuado.

Así, empezamos por la Catedral de San Pedro de Rennes (Cathédrale Saint-Pierre de Rennes). Empujad bien la puerta, pues suele estar cerrada y da la sensación de que no se puede visitar el edificio en ese momento. Es la tercera catedral que ha habido en esta misma ubicación: se sabe que hubo una desde el siglo VI y que ésta fue remplazada por otra de estilo gótico en el XII. Sin embargo, la mayor parte se derrumbó a finales del siglo XV, por lo que se podría decir que el edificio actual fue construido entre el XVIII (fachada principal) y XIX (decoración interior).

 

En definitiva, la Catedral de Nantes es una especie de collage en la que se superponen distintos estilos arquitectónicos, aunque no hay más que ver la nave central para ver cómo predomina lo decimonónico sobre el resto. Eso sí, cogiendo uno de los folletos naranjas de la entrada es fácil localizar los elementos más interesantes: los mármoles a los pies del Altar Mayor, las pinturas de Alphonse Le Henaff, los gigantescos órganos con casi 5000 tubos…

 

A un par de calles de la catedral están las Puertas Mordelaises (Portes Mordelaises), del siglo XV. Antes de dar cualquier dato histórico o arquitectónico hay que decir que estas puertas, vistas desde el interior del recinto amurallado, dan a un callejón inspirador a más no poder. Parece que en cualquier momento vaya a pasar la carreta de un comerciante, dos nobles montados a caballo o el obispo con todo su séquito. Al pensar en Edad Media o Bretaña, nosotros sencillamente teníamos en mente algo como esto:

Las Puertas Mordelaises son los restos arquitectónicos más reconocibles del antiguo recinto amurallado de la ciudad de Rennes. Ésta era una de las plazas más importantes de los Duques de Bretaña, por lo que tenían un perímetro defensivo acorde a dichos intereses. Sin embargo, quedaron obsoletas por las innovaciones en artillería y por la situación política de la región, por lo que el gran crecimiento de la localidad las canibalizó casi por completo.

Cruzando la puerta y haciendo un pequeño recodo llegamos hasta la Plaza Les Lices (Place Les Lices), un enorme recinto en el que en época medieval se celebraban torneos, fiestas y mercados. Hoy en día no parece tan grande, ya que en el centro hay dos lonjas gemelas del siglo XIX. Fueron construidas en esta centuria por Martenot, y los sábados se celebra un mercado de productos frescos gigantesco (el segundo más grande de toda Francia).

Al norte de la plaza hay varios edificios súper bonitos, de esos que tienen la fachada decorada con madera vista. No son simples casitas civiles, sino los palacetes que la ciudad construyó en el siglo XVII para que sirviesen de residencia a los caballeros que participaban en las reuniones del Parlamento de Rennes. Resulta realmente curioso verlos integrados en el casco histórico.

El mejor ejemplo de ese tipo de arquitectura es el Ti-Koz, una casa de comienzos del siglo XVI. Es muy difícil de fotografiar, ya que está en una calle muy estrecha y apenas hay ángulo, pero, independientemente de eso, su entramado de madera roja representa como ningún otro el estilo gótico civil de Rennes. Es una auténtica obra maestra en la que se demuestra que con talento y madera se pueden hacer auténticas virguerías.

 

Y ahora, un pequeño paréntesis en el relato. Como habéis visto hasta ahora (y vais a seguir viendo, que aún nos queda mucho relato) en Rennes hay muchísimas cosas que ver. Una ruta de un día nunca baja de los 20 o 25 puntos de interés entre museos, palacios, parques y demás.

Sin embargo, lo que más nos gustó de la ciudad con diferencia fue su patrimonio “anónimo”. Nos referimos a las casas de tradición medieval, esas que se cuentan por decenas en Rennes y que no aparecen en las guías de viaje. Bretaña en estado puro…

…que se puede disfrutar paseando por calles como ésta…

…o como esta otra…

…o como casi cualquiera. Además, vimos muchas en restauración, muestra de que en Rennes son conscientes de la cantidad de turismo que atraen construcciones así. Ya que estamos, aunque en estas primeras fotos no se vea (era bastante temprano) en Rennes vimos mucho turismo, está claro que es uno de los grandes polos de atracción de la zona.

Volviendo a la ruta, los siguiente que vimos fue el Hôtel de Blossac, uno de los grandes palacios de la ciudad. Fue construido entre 1728 y 1732, y también tiene relación con los miembros del Parlamento (igual que las casas de la Plaza Les Lices). En este caso no se escatimó en gastos, y ha quedado una construcción espectacular. Aunque no se puede visitar libremente, ya que es sede de la Direction Régionale des Affaires Culturelles de Bretagne, normalmente tienen abierto el patio, desde el cual se pueden ver algunas fachadas y parte de un vestíbulo bestial.

 

En una calle paralela al Hôtel de Blossac está la Iglesia de San Salvador (Église Saint-Sauveur). No venía señalada en la ruta que estábamos siguiendo, pero como estaba tan cerca decidimos pasarnos. Fue todo un acierto, ya que no esperábamos gran cosas y nos sorprendió mucho. Sobre todo nos gustó la atmósfera interior, muy oscura, bastante distinta a los templos góticos que estaban predominando en ese viaje.

 

Pasito a pasito llegamos hasta la Plaza de Champ-Jacquet (Place du Champ-Jacquet), tremendamente significativa. Como ya hemos dicho, Rennes es una ciudad con una gran tradición de casas de madera, lo cual la ha hecho especialmente propensa a sufrir grandes incendios. Quizá el más dramático fue el de 1720, que duró una semana y que arrasó el 75% de la ciudad. Pues bien, en esta plaza conviven edificios pre-incendio (de madera) y post-incendio (de piedra). La foto de abajo habla por sí sola.

Cerca de dicha plaza está uno de los edificios más emblemáticos de Rennes: el Palacio del Parlamento de Bretaña (Palais du Parlement de Bretagne). Fue diseñado por Salomon de Brosse, uno de los arquitectos franceses más importantes de comienzos del siglo XVII. Entre otras cosas, es responsable del Palacio de Luxemburgo en París, actual sede del Senado de Francia.

El Palacio del Parlamento de Bretaña es espectacular, una joya única del patrimonio galo. Por eso, no se explica su extraña y restrictiva política de visitas. No hay un horario fijo, sino un calendario que van renovando cada dos o tres meses. Normalmente se hace una visita al día, pero a veces la anulan sin motivo aparente. Es lo que nos pasó a nosotros cuando fuimos a comprar la entrada en la Oficina de Turismo, que ese día había poca gente y que no lo iban a hacer. ¿Cómo que poca gente? Acababan de abrir y ya éramos quince personas intentando comprar tíckets, cuando el límite por visita es treinta. Lo dicho, incomprensible.

Total, que con todo nuestro pesar, nos tuvimos que conformar con ver la fachada y quedarnos con ganas de más.

El único consuelo de haber ido hasta allí y no ver el edificio por dentro es que la Place du Parlement de Bretagne es también preciosa, Fue creada prácticamente desde cero tras el incendio de 1720, por lo que desde su concepción fue entendida como el nuevo corazón de Rennes. Predomina el granito para evitar incidentes relacionados con el fuego, y su arquitectura está en consonancia con el Palacio del Parlamento de Bretaña. También nos recordó a Burdeos, como todos los edificios nobles tras visitar esa ciudad.

Seguimos con nuestra ruta, aunque esta vez tocó caminar un poquito hasta llegar a la siguiente parada. Por suerte, y como ya hemos dicho varias veces, Rennes es una ciudad en la que caminar es un auténtico placer. La larga rue Hoche (incluyendo la Place Hoche) nos permitió descubrir una capilla, edificios nobles y pequeñas casas civiles. Quizá ninguno viniera en el mapa, pero igualmente merecían la pena.

Así fue como llegamos a la Abadía Saint-Melaine, fundada en honor del primer obispo de Rennes. Es un conjunto bastante amplio, pues, además del edificio religioso, también hay un gran Palacio Abacial construido en el siglo XVII. Aunque está un poco apartada y por fuera no luce demasiado, es una visita muy interesante.

Al igual que la catedral, esta abadía cuenta con muestras de decenas de estilos arquitectónicos diferentes: desde los arcos fajones de la iglesia original hasta la torre campanario del siglo XIX, pasando por los restos del claustro del siglo XI o los añadidos tras la restauración después de la II Guerra Mundial. Vamos, que hay que ir con los ojos bien abiertos.

Hay que darle un pequeño tirón de orejas al que montó los paneles informativos de Saint Melaine, pues tuvo la feliz idea de hacerlos transparentes y es muy difícil leer las cosas.

Los monjes de Saint-Melaine tenían su abadía muy bien montada, y justo detrás de ella disfrutaban de un enorme jardín para meditar y cultivar la tierra. Dicha zona verde fue recuperada durante el Segundo Imperio y convertida en el Parque Thabor, un espacio decimonónico al 100%: plantas modeladas y traídas de todo el mundo, un quiosco, una pajarera…

De hecho, la pajarera sigue manteniendo su uso original, y hoy en día es uno de los lugares más concurridos del parque. No es que los bichos fueran muy simpáticos (fue imposible hacer una foto mínimamente decente de alguno), pero aun así este tipo de cosas en medio de un parque siempre son de agradecer. Por cierto, aunque para nosotros no sea especialmente famoso, el Parque Thabor es uno de los más reconocidos de toda Francia.

Detrás del parque hay dos edificios muy interesantes. El primero es la Iglesia de Thabor (Église Thabor), la cual no pudimos visitar porque estaba en obras, restaurando su famosa Chapelle des Carmes. El segundo es la Piscina Saint-Georges, un edificio art déco que, pese a funcionar como piscina municipal, cuenta con unos mosaicos excepcionales. No llevábamos bañador y gorrito, así que también nos quedamos sin verla por dentro.

Una pequeña nota de información práctica: en los alrededores del parque hay varias calles llenas de lugares para comer. Nos referimos a las típicas que son una sucesión de restaurantes, uno tras otro, en los que el precio no es especialmente bueno y todo está enfocado para sacarle el dinero al guiri. Nuestra recomendación es evitar esa zona, aunque cuando el hambre aprieta… 😛

Volviendo a la ruta, fuimos ahora a la Iglesia Saint-Germain, el templo auspiciado por los comerciantes de la ciudad relacionados con la mercería: hilos, botones, bordados… Este ha sido tradicionalmente uno de los gremios más poderosos de la ciudad, y quiso demostrar dicha fuerza a través de un templo gótico impresionante. Pese a que hubo que reconstruirlo por completo a mediados del siglo XV, todavía se conservan unas cuantas gárgolas en la fachada norte. Estaba cerrada, así que no pudimos verla por dentro.

Lo que sí pudimos comprobar es que, desgraciadamente, el río Vilaine pasa sucísimo a la altura de Rennes. No sabemos si será una situación constante, pero desde luego ese día daba asco asomarse al canal: parecía que había flotando gasolina en vez de agua. Si eso es el progreso, que no cuenten con nosotros. Por cierto, a la vera del río está el Museo de Bellas Artes de Rennes (Musée des Beaux-Arts du Rennes), el cual no visitamos por falta de tiempo.

El que no faltó en nuestra visita fue el Palacio de San Jorge (Palais Saint-Georges), una auténtica joya con unos jardines preciosos. Fue mandado construir en 1670 por Madeleine de La Fayette, abadesa de la Abadía de San Jorge, cuyo nombre puede leerse en letras capitales en plena fachada. En la actualidad el edificio ha perdido su función original, y hoy en día sirve para albergar distintas dependencias municipales (entre ellas, parque de bomberos).

Y, por fin, después de toda una larguísima mañana caminando, llegamos a Les Champs Libres, el principal espacio cultural de la ciudad. Fue diseñado por el arquitecto Christian de Portzamparc, célebre entre otras cosas por la Torre Bandai de Tokio o por la One 57 de Nueva York. Fue concebido a lo grande, para albergar distintos museos, un planetario, una biblioteca, exposiciones temporales…

Este espacio es muestra inequívoca del esplendor cultural de Rennes. Cada vez se está posicionando mejor como destino Erasmus, como el lugar idóneo para hacer un viaje para aprender francés o, simplemente, como una de las ciudades punteras de Francia en cuanto a recepción de turismo.

Que conste que, antes de entrar a verlo, hicimos una parada técnica para comer, pues a esas horas estábamos hambrientos. Llevábamos preparados unos bocadillos, pero además nos compramos unas patatas fritas (2.50€) con mucho ketchup, una de nuestras debilidades (sobretodo de Edu). Comimos en unas escalares en el exterior del edificio, pero si vais en un día de frío y lleváis bocadillos, sabed que también se puede comer en varios bancos que hay en el interior.

Una vez comimos, entramos a ver todo el conjunto. Tuvimos la suerte de que era martes, por lo que ese día el horario se ampliaba hasta las 21:00, así que fuimos sin ninguna prisa. Compramos una entrada combinada para verlo todo (5€ en tarifa reducida, 7€ precio completo) y… y… ¡Y no sabíamos a dónde ir! Teníamos tantas posibilidades que no teníamos ni idea de por donde empezar. Afortunadamente el personal es majísimo y muy atento, por lo que en seguida el recepcionista nos explicó lo que era más o menos cada espacio, y nos sugirió un recorrido a seguir.

Empezamos por una exposición temporal de arte contemporáneo de la que, sinceramente, no sacamos mucho partido. Todo era muy psicodélico y conceptual, pero es que ese tipo de propuestas no nos gustan nada.

Por suerte, la cosa remontó en seguida, gracias al Espacio de las Ciencias (Espace des Sciences). Es el típico museo de ciencia interactivo (nos recordó mucho al difunto Cosmocaixa de Alcobendas), de esos en los que se aprende un montón, ya que cada mesa o cada panel se convierte en un pequeño experimento en el que tú eres el protagonista. Lo pasamos genial.

Una muestra pequeñita (aunque no por ello menos interesante) es Bretagne des Mille et Une Images, algo así como La Bretaña de las Mil y Una Imágenes. Es un gran espacio circular en el que se muestran, a través de fotografías, los rincones más emblemáticos de la región.

 

En cualquier caso, la gran estrella de Les Champs Libres, al menos desde nuestro punto de vista, es el Museo de Bretaña (Musée de Bretagne). Un repaso a la evolución histórica de una de las regiones más emblemáticas de Europa, hecho desde una perspectiva vanguardista y con las mejores propuestas museológicas que hemos visto en mucho tiempo. Un museo único, a la altura de lo que esperábamos.

De verdad, os recomendamos al 100% visitar este museo. Nos pareció impresionante, de lo mejorcito del continente a nivel expositivo. Tiene un equilibrio perfecto entre piezas originales, reproducciones, paneles informativos, elementos interactivos y oferta audiovisual. Es imposible aburrirse en él, da igual la edad, la formación o el dominio que se tenga del idioma. Queda claro que nos gustó mucho, ¿no? 😛

Lo malo es que se nos fueron nuestras tres-cuatro horitas en Les Champs Libres, por lo que ya no nos quedaba demasiado tiempo en Rennes. La última parte de la ruta la hicimos en dirección al coche, viendo cosas pero teniendo claro que no podíamos retrasarnos demasiado. Aun así, paramos en un Carrefour para hacer algunas compras (básicamente la cena de ese día e ingredientes para bocadillos de futuras comidas).

Aun yendo cargados con las bolsas de la compra, nos dio tiempo a hacer unas cuantas paradas. La primera fue en el Palacio del Comercio (Palais du Commerce), construido entre 1888 y 1929 siguiendo los diseños del arquitecto Jean-Baptiste Martenot. Al igual que el Palacio de San Jorge, está dedicado fundamentalmente a dependencias de servicios (como correos o telecomunicaciones). Impresionante fachada.

Cerca de él, en la Place de la Mairie, está la Casa Consistorial (Hôtel de Ville), del siglo XVIII. En este caso, el hecho de que recuerde a la Plaza de la Bolsa de Burdeos no es casual, ya que es obra del mismo arquitecto: Jacques Gabriel. Nuevamente aquí trató de aplicar su idea de inmortalidad a través de la arquitectura.

Enfrente del ayuntamiento, en la misma plaza, está el edificio de la Ópera de Rennes, de la primera mitad del siglo XIX. Su característica forma de rotonda no es casual, sino que trató de encajar visualmente en la plaza a través de la réplica inversa de la curva que hay en la Casa Consistorial. Es obra del arquitecto Charles Millardet.

Con eso dimos por terminada la visita a Rennes, otra ciudad que nos dejó muy buena impresión en este viaje. Esperábamos mucho, pero nuestras expectativas fueron superadas. A continuación teníamos tres cuartos de hora en carretera, hasta llegar al pueblo en el que haríamos noche: Dinan.

Aunque en este viaje el presupuesto era low cost a más no poder, en el caso de Dinan hicimos una excepción y nos alojamos en el Hotel Saint Sauveur. No es que fuese caro ni mucho menos (45€), pero había opciones más baratas. ¿Y a qué se debía este pequeño capricho? A que el hotel está en una casa del siglo XV en el corazón del casco histórico. Ya haremos un artículo protagonizado por este alojamiento, porque tenemos mucho que contar de él.

Aunque normalmente llegábamos a los hoteles para cenar y dormir, en este caso lo hicimos bastante antes. El motivo era que ese día se jugaba el partido Francia – España, un encuentro clave que incluso podía haber dejado a nuestra selección de fútbol sin jugar la siguiente Eurocopa. Por suerte, ganamos el partido (0-1) y pudimos pegar unos cuantos gritos en honor a nuestra supremacía futbolística. Por cierto, el verano anterior vimos el Francia – España de la Eurocopa estando en París con nuestros padres y también ganamos. Parece que da suerte el tema. 🙂

Capítulo VOeste de Francia ’13Capítulo VII

3 pensamientos en “Oeste de Francia ’13 – Capítulo VI: Rennes (día 5)

    • Si, Rennes es una ciudad muy especial. Es cierto que por la zona la mayoría de las casas son así, pero a nosotros nos parecían taaaaan cuquis que no nos cansábamos de ellas 😛 Un besote!

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