Oeste de Francia ’13 – Capítulo IX: Le Mans y Tours (día 8)

El octavo día de nuestro viaje estuvo protagonizado por dos ciudades muy diferentes: Le Mans y Tours. De la primera no esperábamos grandes cosas y acabó siendo una de las grandes sorpresas del viaje, mientras que la segunda nos pareció espectacular pese a la intensa lluvia que nos acompañó durante toda la tarde. En este post os proponemos conocer ambas poblaciones en profundidad, incluyendo lugares tan diversos como la muralla romana de Le Mans, la bella Catedral de Tours o el circuito de carreras en el que anualmente se celebran las famosas 24 horas de Le Mans.

LE MANS

De Le Mans no esperábamos grandes cosas por varios motivos. Un porcentaje amplio de la visita se debía a que pillaba de paso en nuestra ruta (a dos horas de el Monte Saint-Michel y a una de Tours) y a que nos apetecía visitar el circuito de las 24 horas, el casco histórico era más bien secundario. A esa idea de poca importancia habían contribuido la decena de guías de viajes que habíamos consultado para preparar esta ruta, pues en NINGUNA hacían referencia a Le Mans. Encima nuestro hotel, al cual habíamos llegado la noche anterior, estaba en una zona de las afueras bastante fea y con cierta sensación de inseguridad. Total, que las expectativas eran mínimas.

Aun así, ya que estábamos por allí, lo mínimo era dar un paseo por la ciudad. Preguntamos en la recepción del hotel y no tenían mapas, pero más o menos pudo indicarnos dónde quedaba la Oficina de Turismo. Aunque teníamos una caminata de 20 minutos hasta ella, decidimos ir para saber si merecía la pena dar una vuelta o si directamente teníamos que coger el coche e irnos a otro lado.

La primera toma de contacto no fue la mejor del mundo. Nos encontramos con uan ciudad gris, carente de encanto y con cables colgando en cada calle. No tenía muy buena pinta el panorama, pero aun así decidimos seguir en busca de la Oficina de Turismo, pues quizás estábamos atravesando el ensanche (como así era) y ese tipo de zonas nunca son bonitas.

Lo que sí nos llamó la atención desde primera hora es la enorme cantidad de referencias que hay a las 24 Horas de Le Mans en prácticamente toda la ciudad. Hay monumentos, estatuas y placas prácticamente en cada plaza, con lo que la ciudad se convierte en un pequeño paraíso para los amantes del motor. Nos acordamos un montón del padre de Eri, pues es un auténtico fanático de los coches. A ver si hay suerte y después de leer este relato se anima a ir.

 

Al fin llegamos a la Oficina de Turismo de Le Mans. Entramos totalmente desconfiados, pues por lo visto hasta ahora no sabíamos si ni siquiera tendrían un plano turístico. Preguntamos tímidamente por “las cosas para ver” de la ciudad y… ¿Milagro a la vista? Nos dio un folleto precioso sobre la Ciudad Plantagenêt (Cité Plantagenêt), en el que aparecía dibujado un entramado urbano medieval precioso. ¿Realmente existía eso?

Pues va a ser que sí. Tras nuestra pequeña travesía en el desierto, descubrimos que Le Mans tiene un centro histórico excepcionalmente bonito. Se le llama la Ciudad Plantagenêt o el Viejo Mans (Vieux Mans), y es un oasis medieval dentro de un trazado urbano que dice pocas cosas.

Evidentemente, no nos lo pensamos dos veces y pusimos rumbo hacia el casco histórico. Aún no cantamos victoria, ya que nos parecía difícil de creer que un sitio tan bonito como el del folleto no apareciese en las guías de viaje, pero desde luego la perspectiva de Le Mans había cambiado por completo.

Justo cuando estábamos a punto de llegar, en una explanada a los pies de la catedral, nos encontramos con un mercadillo de esos que tanto nos gustan. Al principio no parecía gran cosa, ya que solo tenía ropa, telas y poquito más…

…pero en los extremos tenía muchos puestos dedicados a productos frescos, tales como verduras, quesos o panes recién horneados. Ahí si que disfrutamos como enanos, paseando entre esa enorme variedad de olores, colores y sabores.

Una curiosidad de la Ciudad Plantagenêt es que está elevada respecto al resto de la urbe, lo cual le da aún más apariencia de ser un núcleo urbano aparte respecto al resto de la localidad. Subir las escaleras es como hacer un viaje al pasado, pues dejas atrás a una Le Mans grisácea para pasar a la cuna de una de las casas reales más influyentes de la Edad Media.

La primera parada siempre es obligada, pues la Catedral de San Julian de Le Mans (Cathédrale Saint-Julien du Mans) y sus vistosos contrafuertes brillan con luz propia. Es un templo enorme, con una superficie de más de 5000 metros cuadrados, la cual le convierte en uno de los más grandes de toda Francia. Es una especie de best of de la arquitectura medieval, pues sus cinco siglos de construcción (del XI al XV) hicieron que tenga elementos de distintos estilos artísticos.

Lo malo es que tuvimos un pequeño problema, ya que nada más entrar en la catedral nos dijeron que iban a hacer un funeral, y que teníamos que abandonar el templo. Nos fuimos pues a ver el resto de la ciudad, con la esperanza de que al volver ya hubiesen terminado.

 

En cuanto empezamos a caminar nos quedamos sin palabras. No dábamos crédito a lo que estábamos viendo: la Ciudad Plantagenêt nos estaba pareciendo una auténtica joya. A lo largo de sus 9 hectáreas nos encontramos con preciosas calles adoquinadas, mansiones renacentistas, casas con los típicos paneles de madera…

El buen estado de este tramo de Le Mans tiene su explicación. Tras el esplendor medieval que trajeron los Plantagenêt, la ciudad vivió un nuevo boom en el renacimiento, atrayendo a grandes mecenas del norte de Europa. Sin embargo, después de ese auge vino una época de profunda decadencia, hasta el punto de que el Vieux Mans pasó dos siglos en total abandono.

Por suerte, en 1972 se puso en marcha un ambicioso plan para poner en valor la antigua Ciudad Plantagenêt, prestando atención a todas las épocas: desde la muralla galo-romana hasta las mansiones renacentistas. En este plan de recuperación participaron ciudadanos a título individual, instituciones locales y el propio Estado francés.

El resultado no ha podido ser mejor, y poco a poco (aún queda mucho por hacer) Le Mans se está posicionando como uno de los destinos turísticos del oeste de Francia con más tirón. La restauración de las casas de madera, recuperando el colorido original de sus fachadas, atrae cada vez a más viajeros.

Le Mans también fue una gran ciudad antes de la Edad Media, pues está plenamente documentado que fue uno de los grandes núcleos del Imperio Romano en Francia. Tras someter a poblaciones preexistentes, el emperador Augusto fundó Vindinum en el 20 antes de Cristo. Dicha ciudad vivió más de tres siglos de gran esplendor, hasta una crisis muy fuerte que la llevó al borde de su desaparición.

Distintos edificios testifican este pasado romano, como las termas (se pueden visitar pidiendo cita en la Oficina de Turismo) o el trazado del cardo. Sin embargo, el elemento más destacado es la muralla romana de Le Mans, uno de los recintos amurallados de época romana mejor conservados de toda Europa. Posiblemente sea el ejemplo más destacado tras lo que se puede ver en Roma.

La muralla tenía evidentemente una función militar, pues era de las más competentes en su época. Sin embargo, también fue construida para reafirmar el poder del emperador en una zona relativamente periférica del imperio, por lo que visualmente es muy llamativa. Fue elaborada con roussard, un gres rojizo propio de la región. Estos tonos rosáceos impregnaron a la muralla y a las doce torres que todavía se conservan.

El tramo más destacado, a orillas del río Sarthe, está cortado por la mitad por una carretera que atraviesa la Ciudad Plantagenêt de una punta a otra. Tal y como hemos dicho, esa zona de Le Mans está elevada respecto al resto, y aquí está el mejor ejemplo. Resulta muy llamativo que, pese al incesante y ruidoso tráfico de esta vía, la parte alta es un remanso de paz.

Un empujón notable a este fenómeno de expansión turística que vive Le Mans se lo está dando el mundo del cine, pues la Ciudad Plantagenêt es tan auténtica que año tras año se ruedan varias películas en sus calles. Producciones como Cyrano de Bergerac o El Hombre de la Máscara de Hierro son dos buenos ejemplos.

 

Podríamos citar decenas de puntos de interés dentro de la Ciudad Plantagenêt, desde modestas casas de madera hasta grandes palacetes, pasando por el Palacio Condal, el Ayuntamiento o las escaleras que unen la parte alta con la parte baja. Sin embargo, siendo sinceros, en nuestro recorrido no prestamos demasiada atención al mapa. Nos gustó tanto esta zona de Le Mans que pusimos en práctica eso de caminar sin rumbo.

 

Eso sí, fue imposible no hacer algunas paradas en espacios concretos. Quizá uno de los más destacados sea la Iglesia de San Benito (Église Saint-Benoît), que nos llamó la atención por ser la excepción que confirma la regla. En una ciudad en la que todo es medieval y renacentista, destaca un montón este templo de comienzos del siglo XX.

Pero vamos, que no hubiera pasado nada si nos la hubiéramos perdido. Lo que más nos gustó de la Ciudad Plantagenêt fueron los edificios civiles, esos que normalmente son anónimos pero que aquí, gracias al plan de recuperación puesto en marcha hace cuatro décadas, tienen nombre y apellidos. Casitas de madera restauradas, de las cuales parece que en cualquier momento se va asomar una dama medieval o un caballero con ropas del renacimiento.

Lo dicho: en nuestra opinión, Le Mans fue una de las grandes sorpresas de este viaje. Lo preparamos exhaustivamente, consultando guías de todo tipo, blogs de viajes y foros, pero aun así apenas conseguimos encontrar información sobre la Ciudad Plantagenêt. Es increíble que todavía se puedan encontrar joyas “ocultas” como Le Mans en Europa.

Aunque el hecho de que sea una ciudad poco conocida tiene sus ventajas (como la ausencia de ruidosos grupos organizados), también tiene sus inconvenientes. El que más nos afectó fue que los museos tienen un horario ciertamente restringido, y la mayoría solo abre unas horitas por la tarde.

Así, nos tuvimos que quedar con las ganas de visitar el Museo de la Reina Berenguela (Musée de la Reine Bérengère), ubicado en un edificio con una fachada en madera impresionante. La foto no hace justicia, ya que no teníamos apenas perspectiva, pero os aseguramos que era una maravilla.

 

Para terminar nuestro recorrido por la Ciudad Plantagenêt, volvimos a la Catedral de Le Mans, que antes estaba cerrada por estar celebrando un funeral. Ya estaba abierta, así que pudimos disfrutar de uno de los templos más bonitos de toda Francia y, posiblemente, de toda Europa. Así, como suena.

Y hablando de sonar, uno de sus elementos más destacados es la Capilla de la Virgen, una pequeña capilla justo detrás del coro. Está ornamentada con un impresionante fresco del siglo XIV con cuarenta y siete ángeles músicos, el cual ha sido recientemente atribuido a Jean de Bruges. La riqueza musical de esta obra es increíble, pues incluso determinados instrumentos han sido descubiertos a través de esta pintura.

También nos parecieron bestiales las vidrieras, incluyendo un gran rosetón del siglo XV y una serie que recorre los principales momentos de la vida de Juana de Arco (en este caso del siglo XX). Pero, más allá de los detalles, hay que reconocer que esta catedral es preciosa. Tiene todo lo que se puede esperar de un gran templo medieval, solo que llevado a una belleza extrema. Otra de las grandes sorpresas del viaje.

La conclusión es sencilla: ¿Cómo es posible que no aparezca en las guías? No lo sabemos, pero el caso es que Le Mans, con su pequeñita Ciudad Plantagenêt, resultó ser un regalo con el que no contábamos. Ya no es solo porque tenga los folletos turísticos más bonitos que hayamos visto nunca (el mapa está directamente para enmarcarlo y colgarlo en el salón), sino porque se trata de un conjunto inolvidable. Normalmente decimos eso de “un lugar recomendable”, pero este caso vamos más allá: un sitio único, sorprendente y al que debería ir todo el mundo en algún momento.

CIRCUITO DE LE MANS

Completamos la visita yendo al famoso Circuito de la Sarthe, más conocido como el Circuito de las 24 Horas de Le Mans. Y es que en él se celebra una de las carreras más míticas del mundo: la famosa carrera de resistencia en la que pilotos y constructores llevan poniéndose al límite desde 1923. Está en las afueras, por lo que es imposible ir hasta allí sin coche. Por suerte, el aparcamiento es gratuito.

Que conste que no se visita el circuito propiamente dicho, sino el Museo de las 24 Horas (Musée des 24 Heures). Abre todo el año (de 11 a 17 entre octubre y marzo y de 10 a 18 de abril a septiembre), y cuesta 8.50€ por persona. La importancia del evento hace que, en nuestra opinión, este sea un lugar imprescindible si os gusta el deporte, a la altura de los grandes templos del fútbol europeo o de los estadios olímpicos.

 

El museo, que no es muy grande, está dividido en seis espacios: El Pasillo de los Héroes, dedicado a las grandes personalidades relacionadas con las 24 horas; La Leyenda, en el que se hace un repaso a la evolución del evento; Los Bastidores, un sentido homenaje a todos los que trabajan en las 24 Horas; El Génesis, sobre cómo se concibieron el circuito y la carrera; El Auge, repasando la evolución del automovilismo desde hace 150 años hasta ahora; y Los Protagonistas, una exposición de vehículos que han disputado las 24 Horas de Le Mans.

Nosotros no somos ningunos expertos del mundo del motor, lo único que nos llama la atención es la Fórmula 1 y solo de vez en cuando. Sin embargo, hay que reconocer que este museo está muy bien montado. A través de vídeos, recortes de prensa y objetos de todo tipo (cascos, ruedas, entradas a la carrera) se hace una reconstrucción divertidísima, en la que aprendimos muchas cosas sobre este legendario evento.

A veces hemos visitado museos deportivos que nos han decepcionado un poco, pues saben que tienen un gran público asegurado y no se esfuerzan demasiado por ofrecer una propuesta museológica de calidad. En el caso del Museo de las 24 Horas nos tenemos que quitar el sombrero, pues tienen un programa de actividades muy interesante durante todo el año: conferencias, eventos para niños, exposiciones temporales, excursiones en vehículos clásicos y mucho más.

Eso sí, queremos destacar dos aspectos negativos. El primero es que la tienda era carísima. Nos hubiera gustado llevarle algún regalito al padre de Eri, pero un simple llavero ya costaba más de 5€. Por otro lado, estaría bien que la visita al museo incluyese el acceso al circuito o a sus gradas. Nos quedamos con ganas de verlo, y aunque investigamos un poquito no fuimos capaces de ver algo más que esto.

Aprovechamos que el coche estaba aparcado a la sombra, y allí mismo nos comimos los bocadillos y las ensaladas de bote que llevábamos para ese día. El tiempo se estaba poniendo un poco turbio, así que nos dimos toda la prisa que pudimos.

Saliendo de Le Mans vimos parte del circuito, aunque solo a través del GPS (curiosamente el trazado está digitalizado). Como ya hemos dicho, es difícil ver más allá de la valla. También vimos el MMArena, el estadio en el que juega el Le Mans Football Club desde la temporada 2011/2012, uno de esos equipos que viven a caballo entre primera y segunda división.

 

TOURS

El caso es que, cuando llegamos a Tours, estaba ya bien entrada la tarde y encima llovía. Total, que montamos una visita un tanto exprés, pues no nos apetecía coger una pulmonía (Edu había estado con fiebre en los primeros días del viaje y tampoco íbamos sobrados de fuerzas). Dejamos el coche en el parking subterráneo de un centro comercial cercano al Ayuntamiento (Hôtel de Ville).

Lo primero que nos llamó la atención de Tours es que es una ciudad con muchos parques. Quizá no tenga tantas zonas verdes como Nantes, pero desde luego vimos unos cuantos jardines en pleno centro histórico.

En seguida pusimos rumbo a la Oficina de Tuirsmo, la cual está justo enfrente de la estación de SNFC. Allí nos hicimos con un planito y le pedimos a la guía que nos recomendase un itinerario cortito, tirando a best of, ya que estaba lloviendo mucho y estábamos un poco cansados.

 

Hablando de zonas verdes, enfrente de la Place François Sicard (un pequeño pero bonito parque) está el Museo de Bellas Artes de Tours (Musée des Beaux-Arts du Tours), que también tiene un jardincito muy mono. No entramos a ver el museo porque andábamos faltos de tiempo, así que queda pendiente para un futuro viaje.

 

Lo que no íbamos a perdonar bajo ningún concepto era la visita a la Catedral San Gaciano de Tours (Cathédrale Saint-Gatien de Tours), el edificio más reconocible de la ciudad. Fue construida entre 1170 y 1547, predominando el estilo gótico por encima del resto. Sus dimensiones son considerables: 100 metros de largo, un crucero de casi 50 metros de ancho, torres de 70 metros de alto…

  

Aunque la Catedral de Tours no está considerada entra las catedrales más importantes de Francia, tiene tres elementos únicos de los que queremos hablaros. El primero es la Tumba de los Hijos de Francia (Tombeau des Enfants de France), el sepulcro en el que descansan los restos mortales de dos hijos de Carlos VIII y Ana de Bretaña: Carlos Orlando (muerto con tres años) y Carlos (muerto a los 25 días). Este conjunto escultórico de mármol es impresionante, está cargado de detalles y es una de las obras cumbre de la escultura francesa de finales de la Edad Media.

En segundo lugar destacan las vidrieras, una de las colecciones más importantes de Francia. Tiene vitrales del siglo XIII (en las capillas de la girola), del XIV (en el crucero), del XV (fachada principal) y también del XIX (cerca de los pies de la catedral).

Para el final hemos dejado al famoso Claustro de la Psalette, en el que los canónigos de la catedral rezaban, descansaban y elaboraban los famosos códices de Tours. El scriptorium del templo era famoso en todo el occidente medieval, lo cual hizo que posteriormente se configurase una de las bibliotecas humanistas más importantes de Europa. Vamos, que merece la pena pagar por ver el claustro, pues tienen montada una exposición muy chula y arquitectónicamente es impresionante.

claustro-psalette

Junto con la catedral, el otro gran edificio de la ciudad es el Castillo de Tours (Château de Tours). El origen es un castillo del siglo XI, tirando a bastante modesto, que fue ampliado entre los siglos XIII y XV, momento en el cual pasó a ser residencia real. Su aspecto actual responde a restauraciones muy posteriores, pero aun así conserva muchos elementos de un castillo-palacio medieval.

Es una construcción muy representativa, pues no hay que olvidar que Tours forma parte de los famosos castillos del Valle del Loira. De hecho, la ciudad se vende al mundo como la capital de dichos castillos.

En la actualidad, el Castillo de Tours funciona como una especie de centro cultural. Se puede visitar por dentro, pero solo si hay montada una exposición temporal o si hay alguna conferencia. Cuando nosotros fuimos estaban con una de arte contemporáneo, así que entramos por echar un vistazo al interior y poquito más.

Llovía mucho, pero aun así nos acercamos hasta la ribera del río Loira, pues estaba con un aspecto impresionante a su paso por Tours. Siempre decimos que nos encantaría que nuestra ciudad tuviese un gran río como éste, pues da una tranquilidad enorme ver correr el agua y pasear a su vera.

El centro de Tours tiene un pequeño cogollo peatonal en el que se agrupan las calles con más encanto, así que fuimos hacia él. De camino nos encontramos con la Iglesia de San Julián (Église Saint-Julien), restos de una antigua abadía benedictina. El edificio data del siglo XIII, aunque tiene partes más antiguas, por lo que está entre el románico y el gótico. Aunque la iglesia resistió los bombardeos de la II Guerra Mundial, a comienzos del siglo XXI tuvo que ser restaurada en profundidad porque estaba perdiendo piedras de la nave principal.

El centro de la ciudad (esa pequeña parte peatonal de la que hemos hablado) nos pareció muy bonito, con un montón de casas con tableros de madera. Quizá el listón estaba alto después de haber visto Rennes o Dinan, pero este tipo de arquitectura nunca deja de sorprendernos. Es fantástico que hayan resistido al paso del tiempo y que hoy en día podamos seguir disfrutando de estas construcciones.

Por cierto, Tours es una ciudad universitaria (con una gran presencia de estudiantes Erasmus). Eso se traduce en varias cosas, a cada cual mejor: ambientazo a cualquier hora del día, excelente vida nocturna, un montón de establecimientos para comer o picar algo a buen precio…

Nos sorprendió mucho que pese a que el tiempo era espantoso (no paraba de llover y encima hacía un frío considerable) la ciudad seguía estando muy animada. Quizá eso es lo que nos llevamos de Tours, al margen de la catedral o el castillo: el ambientazo que hay en sus calles.

Eso si, no podemos evitar tener la sensación de haber explorado poco la ciudad. En nuestro mapa aparecían algunas cosas más para ver, pero estábamos muy cansados y teníamos frío, por lo que a media tarde nos pusimos en ruta hacia el último destino del viaje: Poitiers.

En Poitiers pasaríamos tres noches, para poder visitar la propia ciudad un día, Futuroscope al siguiente y, por último, salir hacia España. Pero eso son historias que os contaremos en los siguientes capítulos.

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