Oeste de Francia ’13 – Capítulo IV: Rochefort y La Rochelle (día 3)

En nuestro tercer día de viaje, la protagonista iba a ser la pequeña ciudad de La Rochelle. Sin embargo, decidimos empezar con un pequeño aperitivo en forma de visita express a Rochefort. Allí es donde habíamos pasado la noche, ya que encontramos un hotel a muy buen precio, por lo que no pudimos resistirnos a hacer un pequeño recorrido por la ciudad. Habíamos leído que la zona del puerto estaba muy bien, así que madrugamos un poquito para poder verla antes de salir hacia La Rochelle.

Hay que empezar diciendo que este Rochefort no tiene nada que ver con el famoso queso que se elabora en la región de Causses, en el centro del país. Existen varias localidades en Francia y Bélgica con ese nombre y la que visitamos, en el departamento de Charente Marítimo, no se caracteriza por sus derivados lácteos.

También queremos arrancar el relato hablando del gigantesco aparcamiento gratuito que hay en la entrada al casco histórico: más de mil plazas, y encima al lado de una Oficina de Turismo. ¡Muy bien! Así no hay que andar callejeando ni echándole moneditas a un parquímetro. Lo malo es que los domingos dicha oficina está cerrada, pero tienen otra abierta en la zona del puerto. Ese sería nuestro primer objetivo.

ROCHEFORT

En seguida nos dimos cuenta de que Rochefort, pese a no ser tan turística como otras localidades del entorno (no solo nos referimos a La Rochelle, sino por ejemplo también a la Isla de Ré), tenía muchas cosas que ver. Desde los típicos memoriales a los caídos en la I o la II Guerra Mundial hasta un monumento en honor de Pierre Loti, el célebre escritor francés de finales del siglo XIX y principios del XX. Julien Viaud, que así es como se llamaba en realidad el literato, nació en Rochefort en 1850, por lo que la localidad le rinde homenaje en varios sitios distintos. Se puede visitar incluso su casa natal, aunque lamentablemente estaba cerrada al ser domingo.

Atravesamos el casco histórico por la Avenue Charles de Gaulle en dirección hacia el puerto. Nos habíamos propuesto a nosotros mismos no parar, ya que queríamos pasar la mayor parte del día en La Rochelle, pero aun así era inevitable no fijarse en algunos edificios. Quizá el que más nos llamó la atención fue el Hôtel Hèbre de Saint-Clément, que en la actualidad alberga el Museo de Arte e Historia de Rochefort (Musée d’Art et Histoire de Rochefort). Era muy pronto y estaba cerrado, pero por lo que hemos visto en internet tiene buena pinta.

La entrada al puerto la marca la Puerta del Arsenal (Porte de l’Arsenal), un pequeño arco que separa la parte civil de la parte militar. Y es que el puerto de Rochefort no es pesquero ni deportivo, sino fiel reflejo del pasado militar y manufacturero de la ciudad. Diferentes edificios muestran la ambición de Luis XIV y sus sucesores, pues el Rey Sol quiso establecer aquí el mayor arsenal de Europa. Desde el siglo XVII hasta el XX se construyeron aquí más de 550 navíos, utilizando gigantescas estructuras que han llegado hasta nuestros días.

Quizá la mejor manera de conocer ese pasado (y, en realidad, el de toda francia) sea visitar el Museo Nacional de la Marina (Musée National de la Marine), ubicado en el Hôtel de Cheusses (justo a la derecha de la Puerta del Arsenal). Nos hubiera gustado visitarlo, pero ese domingo estaba cerrado. Sin duda volveremos, pues por lo visto sus fondos son espectaculares.

Cruzando la Puerta del Arsenal llegamos a la Oficina de Turismo que Rochefort tiene habilitada los sábados, domingos y festivos. Allí nos hicimos con un planito y con la información necesaria para montar un paseíto rápido por el puerto. Por cierto, nos encantan las oficinas de turismo que están en edificios históricos, es una buena manera de sacarles partido, conservarlos y evitar las horrendas casetas de madera en la que en vez de mapas parece que te van a dar un helado.

Como ya hemos dicho, Luis XIV tuvo un sueño: la supremacía de la flota francesa en los mares de todo el mundo. Para lograrla, decidió establecer en Rochefort su cuartel general, una fábrica a gran escala de marinos, barcos y armas. Eso se tradujo en una grandísima inversión en lo que hoy llamaríamos I+D, estableciéndose aquí los muelles y astilleros más modernos de la época. La Place Amiral Dupont es la que da la bienvenida al famoso Arsenal Marítimo, cuyas enormes dimensiones hacen que reciba año tras año a miles de visitantes.

Básicamente hay cuatro cosas que visitar: el Museo de la Marina, del cual ya os hemos hablado; el Sitio del Hermione (Chantier de l’Hermione), una especie de taller en el que se está restaurando un barco con más de 300 años de antigüedad; el Centro Internacional de la Mar (Centre International de la Mer), un museo interesantísimo que está ubicado en la Corderie Royal (de la que ahora hablaremos); y el Jardin des Retours, una enorme zona verde por la cual es un gusto pasear.

La verdad es que el lugar ha perdido buena parte de su esplendor. Conserva estructuras impresionantes, pero nos dio una cierta sensación de abandono. Nos recordó en cierta manera a algunos pueblos de España (nos viene a la mente especialmente el caso de Huete, en Cuenca), que tienen muchas posibilidades turísticas y se anuncian muy bien en internet, pero que en la práctica tienen muchas cosas cerradas y otras medio abandonadas. Quizá esa imagen fue fruto de ir con prisas, pero desde luego esperábamos encontrar otra cosa.

En cualquier caso, no hay nada negativo que se pueda decir sobre la Corderie Royale, el alma del arsenal marítimo diseñado por Colbert a expensas de Luis XIV. Este gigantesco edificio de casi 400 metros de largo es una especie de equivalente a las Reales Fábricas de España, pues en él se elaboraban cuerdas e hilos de la más alta factura. En él está el Centro Internacional de la Mar, una exposición sobre sus productos y sobre su impacto en la navegación marítima.

La verdad es que el edificio es impresionante. Se accede por una esquina (la más próxima en dirección a la Oficina de Turismo), pero tampoco pudimos entrar por ser demasiado pronto. Un motivo más que añadir a la larga lista de excusas para volver a Rochefort.

Hemos dicho por activa y por pasiva que íbamos hacer un recorrido lo más sintético posible, pues en La Rochelle teníamos muchísimas cosas que ver. Sin embargo, la Corderie Royal se nos fue de las manos, y pese a ser un edificio gigantesco no pudimos evitar rodearlo y contemplarlo desde distintas perspectivas. Es una construcción única, que tiene un toque familiar pese a que no se parece a nada de lo que habíamos visto hasta ahora.

Sin duda, los planes de Luis XIV cambiaron la ciudad, y, en los alrededores del Arsenal y de la Corderie Royale, Rochefort recuerda a ciudades como Versalles o Aranjuez. Os recomendamos subir las escaleras que hay a mitad de la Corderie y ascender a una especie de plataforma, pues desde ahí las vistas del edificio son aun mejores.

Eso sí, hay que decirlo todo: la grandeza de la Corderie Royale (y de los edificios nobles del puerto en general) no evitan la sensación de decadencia de la que os hemos hablado. Quizá fuese por el barro o porque algunas zonas estaban en obras, pero desde luego nos dio sensación de que la ciudad está a medio gas.

Tras el paseíto de rigor por el puerto, volvimos al casco histórico para explorarlo un poco (siempre en dirección hacia el coche, pues se nos había ido más tiempo del previsto). Lo primero que hicimos fue recorrer la parte más verde de la ciudad: el Jardin des Retours y pequeños apéndices como Le Potager du Roy. En ese sentido, Rochefort sí que destaca: nosotros no tenemos demasiados conocimientos sobre el tema, pero los amantes de la botánica y la jardinería seguro que disfrutan mucho en la ciudad.

Y bueno, el casco histórico recoge un poco la idea que decíamos antes: es una ciudad con cierto aire a señorío, a nobleza y, en general, a dinero. Tanto la vertiente militar como la manufacturera hicieron que numerosas personas de renombre fijasen su residencia en Rochefort: generales, artesanos, comerciantes… Y eso, como no podía ser de otro modo, se tradujo en una especie de competición por ver quien tenía mejor casa. Yendo con atención, se pueden ver palacios muy chulos.

Y nada más. Seguramente nos equivocamos al haberle dado tan poquito tiempo a Rochefort, pero en viajes tan largos es casi imposible que algo no falte o algo no sobre. Lo único que podemos decir es que volveremos.

LA ROCHELLE

Al mediodía estábamos llegando a La Rochelle, uno de los lugares que más nos apetecía visitar en este viaje. Pese a que en dimensiones no es comparable a Burdeos o Nantes, es uno de los puntos turísticos de más éxito del oeste de Francia. Su éxito reside fundamentalmente en su variedad: edificios históricos, parques, el puerto, gastronomía, museos… Vamos, que es imposible aburrirse allí. Lo primero de todo, un vídeo con lo mejor de la ciudad:

Y antes de seguir, un poquito de Historia. El entorno lleva habitado más de mil años, pues hay constancia de una pequeña aldea de pescadores al menos desde el siglo X. El comercio fue especialmente próspero en La Rochelle, atrayendo a grandes comerciantes de Inglaterra, de Flandes y del Báltico. Fruto de esa diversidad social, la ciudad adquirió un carácter independiente y moderno. Así, el protestantismo arraigó especialmente en La Rochelle, hasta el punto de que se la conocía como la Ginebra del Atlántico. Eso llevó a una fuerte represión por parte de las autoridades, que entre 1627 y 1628 mantuvo a la ciudad bajo asedio durante más de 13 meses. Las consecuencias fueron dramáticas: muerte, hambre, enfermedad y, por supuesto, la pérdida de ese poderío comercial del que hemos hablado.

Sin embargo, la recuperación fue muy rápida, pues La Rochelle supo engancharse al comercio con América, estableciendo contactos regulares con la actual Canadá y las Antillas.

Con todo lo que hemos dicho… ¿A quién le sorprende ahora que en la ciudad se puedan hacer un montón de cosas?

Al igual que en Rochefort, en La Rochelle se aparca a las mil maravillas. Hay varios parkings gratuitos y de pago entre los que elegir, nosotros optamos por uno cerca del puerto y del Aquarium. Así, empezamos dando un paseíto por el puerto muy agradable.

Atravesar el puerto fue una pequeña tortura, pues pasamos por la entrada del Museo Marítimo de La Rochelle (Musée Maritime La Rochelle). ¿Por qué una tortura? Pues porque tiene una pinta estupenda (se visitan varios barcos diferentes) pero cierra entre octubre y marzo. Pena penita pena.

Fuimos directos hacia la Oficina de Turismo, donde nos hicimos con un mapita, folletos, la reserva para ver el Ayuntamiento por dentro (imprescindible) y un bono para ver los museos de la ciudad. Queremos destacar lo bien que nos atendieron, no solo porque hablaban en español (que también) sino porque no dejaron de sonreír en ningún momento, pese a que fuimos con 20000 preguntas.

Una vez nos informamos y resolvimos todas nuestras dudas, empezamos a turistear como es debido. Comenzamos por uno de los grandes emblemas de la ciudad: las Tres Torres (Trois Tours). Son tres fortalezas en miniatura que reflejan la independencia de La Rochelle respecto al resto de Francia, pues eran una auténtica demostración de poderío. Tienen el mismo horario (de 10 a 18 todos los días de verano, y de 10 a 13 y de 14:15 a 17:30 en invierno) y existe una tarifa conjunta que, pagando 8,50€, da acceso a las tres. Por suerte son Monumento Nacional de Francia, por lo que el acceso es gratuito para menores de 26 años.

Fuimos con cierta velocidad, ya que queríamos entrar a las tres torres antes de la pausa de la comida (de lo contrario, sería muy difícil ver todo lo que habíamos planificado).

La primera parada fue en la Torre de San Nicolás (Tour Saint-Nicolas), la más famosa de las tres. Su figura destaca un montón, no solo por sus 42 metros de alto sino por su belleza y robusted. Es la torre del homenaje de la ciudad, la fortaleza inexpugnable a la que se encomendaban los habitantes de La Rochelle en caso de problemas. Precisamente, siempre se la ha visto como representante del poder de la ciudad, por lo que ha sido la primera en ser atacada en cada conflicto bélico.

No es que haya que ser Chuck Norris, pero desde luego hace falta un mínimo de forma física para recorrer esta torre (en realidad, esto es aplicable a las otras dos). El interior es una especie de laberinto, lleno de pasillos y de escaleras, por lo que también es recomendable ropa cómoda.

Al margen de eso, las estancias interiores son preciosas. Responden a lo que se espera de un torreón medieval: gruesos muros, estancias secretas, estrechos pasillos… Hay más de un mirador hacia el puerto, por lo que sentarse allí y dejar volar la imaginación es una experiencia recomendable.

Por supuesto, subir a lo alto de la torre es algo más que obligado. Los 42 metros de altura hacen que haya una panorámica preciosa del Viejo Puerto (Vieux Port). Encima hacía un día precioso, por lo que la estampa era aún más bonita.

Aunque las tres torres están muy cerca entre sí, llegar desde la Torre de San Nicolás a las otras lleva su tiempo. Realmente solo hay unos metros de separación, pero esos metros son para la entrada del puerto. Total, que para seguir visitando las torres hay que bordear todo el Viejo Puerto. Es un paseíto muy agradable, en el cual vimos por algunos edificios destacados como el Gran Reloj (Grosse Horloge), justo enfrente de la estatua de Duperré, uno de los grandes almirantes galos de comienzos del siglo XIX.

Si se va a buen ritmo (como en este caso, ya que queríamos ver las torres antes de que cerrasen) la distancia entre la Torre de San Nicolás y la Torre de la Cadena (Tour de la Chaîne) se salva en poco más de cinco minutos.

Esta segunda fortaleza era la que se utilizaba para vigilar todo lo que ocurría en el puerto: barcos, mercancías, seguridad, cobro de impuestos, aplicar justicia… Seguro que las gentes del lugar no le tenían especial cariño.

En el interior de la torre hay una exposición titulada La Rochelle – Quebec: embarque hacia la Nueva Francia. Tras ese nombre se esconden un montón de paneles que rememoran los pasos que siguieron los primeros franceses que hicieron las américas. Fue montada en el año 2008 para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Quebec.

Nos dio la sensación de que la Torre de la Cadena es más pequeñita que la Torre de San Nicolás, o al menos mucho menos laberíntica. Hay que recorrer menos pasillos para llegar a las almenas y disfrutar de las vistas.

Siendo sinceros, esta fue la torre que menos nos gustó de las tres. Si la visita fuera solo a esta, seguramente no estaríamos hablando maravillas. Sin embargo, comparar es imposible, y en todo está algo por detrás: un poco más pequeña, peores vistas, historia menos interesante… Si vais justos de tiempo y no podéis verlas todas, nosotros nos saltaríamos esta sin dudarlo.

La que no nos perderíamos por nada del mundo es la Torre de la Linterna (Tour de la Lanterne), también conocida como Torre de los Cuatro Sargentos, sin duda la más atractiva de todas. Llegamos solo media hora antes del cierre, incluso el taquillero nos puso mala cara cuando le dijimos que queríamos subir. Aunque nos comentó que no nos daría tiempo (son muchas escaleras) le prometimos que antes de las 13:00 estaríamos abajo. Y así fue, aunque solo nos sobraron 2 minutos. 😛

La torre ha tenido dos usos, a cada cual más importante. Por un lado, fue utilizada como faro. En la actualidad se la considera el último faro de la Edad Media que se conserva en la costa atlántica francesa (y seguramente no haya muchos más en el resto de Europa). Por otro lado, la función de faro convivió con su uso como cárcel. Evidentemente ese uso ya se ha perdido, pero durante más de 300 años fue uno de los presidios más temidos por piratas y corsarios.

Los prisioneros de la Torre de la Linterna fundamentalmente eran corsarios holandeses, británicos y españoles, además de prisioneros de guerra y religiosos díscolos. Durante sus encierros, estos hombres mataban el tiempo haciendo graffitis en la pared. Se han documentado más de 600, que en la actualidad han sido protegidos y puestos en valor a través de paneles informativos, dibujos, sombreados… Hay que destacar que incluso hay varios moldes de los grabados hechos en yeso, para que personas ciegas puedan leerlos con los dedos.

Aunque los grabados normalmente se reducen a fechas, nombres y poquito más, en ocasiones hay dibujos muy elaborados. Y no es nada fácil, teniendo en cuenta que los presos no contaban precisamente con un cincel para sus obras y que el soporte era la piedra desnuda. Si alguien se anima a hacer su propio grafitti, no hace falta vandalizar las paredes de la torre. Simplemente hay que buscar un pequeño bloque con un hierro destinado a tal fin. Nosotros damos fe de que no es nada fácil escribir cosas, y mucho menos esbozar algo reconocible por los demás.

Nos gustaron mucho las vistas de la Torre de la Linterna. Con sus 70 metros de alto, es uno de los grandes miradores hacia el casco histórico de La Rochelle. Hay que reconocer que no se sube tan arriba, ya que su aguja gótica octogonal eleva muchos metros el tamaño final del edificio, pero aun así la posición es excelente para ver el mar de tejados que componen este precioso pueblo.

¡Qué cansancio! Las torres dan para una mañana yendo a un ritmo normal, pero nosotros las visitamos en una hora larga. Realmente no fue un inconveniente, ya que nos paramos en los miradores y vimos las exposiciones sin problema, pero tuvimos que darle duro en los escalones para ir ganando segundo a segundo. Por eso, nada más terminar de ver la Torre de la Linterna, volvimos al Viejo Puerto y comimos allí. Buscamos un banquito y nos sentamos al sol a zamparnos nuestros bocatas, pasando incluso un poquito de calor.

¿Qué os ha parecido esa parte de La Rochelle? Pues no penséis que el resto de la ciudad es así. El puerto y las torres son totalmente distintos del casco histórico, que fue lo que visitamos nada más comer. Para el recorrido seguimos un folleto que nos dieron en la Oficina de Turismo, el cual distingue entre edificios que se ven por fuera y edificios que se ven por dentro. Es un itinerario bien hecho, que no se deja nada en el tintero y que es bastante directo.

Cruzamos por el Gran Reloj (el edificio que os hemos enseñado antes que está en el Viejo Puerto) y empezamos a ver edificios interesantes. Los primeros fueron el Palacio de Justicia (Temple de la Justice) y la Bolsa (Bourse), dos sobrios mazacotes neoclásicos que pueden pasar fácilmente desapercibidos. Buena parte de las calles de La Rochelle están resguardadas bajo soportales (muy al estilo de Bolonia), por lo que a veces no se ve lo que hay al otro lado de la calle.

Algunos edificios quizá no sean muy bonitos, pero tienen mucha historia detrás. Es el caso de la Residencia de Nicolás Venette (Maison Nicolas Venette), una casa construida en el siglo XVII para el médico de la ciudad (que curiosamente era el español Martín Bartox). Que no pasen desapercibidas las gárgolas de su fachada 😉

Nuestros pasos nos llevaron hasta la Place de Verdun, lugar de paso obligado ya que allí está la Catedral de San Luis de la Rochelle (Cathédrale Saint-Louis de la Rochelle). Lo malo es que estaban restaurándola, por lo que de la fachada solo se veían los andamios y ni siquiera se podía visitar por dentro.

Seguimos recorriendo la ciudad, aunque siempre con el rabillo del ojo mirando al reloj. A las 15:00 teníamos reserva para ver el Ayuntamiento, por lo que no podíamos despistarnos. Y esa tarea es ardua difícil en un sitio como La Rochelle, donde en cada calle se encuentran cosas interesantes.

Nos quedamos con muchas ganas de ver por dentro el Templo protestante (Temple du Culte Réformé), pero como era domingo estaba cerrado. De hecho, en La Rochelle hay un Museo de Historia Protestante que tiene bastante fama, pero llevan la religión a rajatabla y también cierra los domingos.

Hay que destacar que en La Rochelle hay algunos canales de agua que de repente cortan la ciudad. Son poco numerosos, nada que ver con un sitio como Venecia o Brujas, pero igualmente son bonitos de ver. Este tipo de cosas suelen llamarnos la atención, ya que estamos acostumbrados a vivir en una ciudad en la que no hay río ni nada que se le parezca, pero quizá a otros no les resulte de interés.

Que conste que no fuimos hasta el canal para verlo, sino porque en los alrededores hay algunas cosillas interesantes. Por un lado, hay que destacar dos edificios religiosos: la Iglesia de San Salvador de La Rochelle (Église Saint-Sauveur de La Rochelle) y una pequeña Capilla que también estaba cerrada.

Por otro lado, cerca de estos dos templos está el antiguo Arsenal, construido a comienzos del siglo XVIII tras la restauración de las murallas de la ciudad. Los incendios y los accidentes estaban a la orden del día, así que se dio la orden de construir un almacén de armas. Los edificios que componen el Arsenal tuvieron este uso hasta el final de la II Guerra Mundial, cuando pasaron a ser propiedad municipal.

Y, por fin, llegó el momento de visitar el Ayuntamiento de La Rochelle (Hôtel de Ville de La Rochelle), un edificio clave en la ciudad y reconocido unánimemente como uno de los ayuntamientos más bonitos de toda Francia. Aunque pasó largo tiempo abandonado, esta joya del gótico flamígero fue restaurada en el siglo XIX y hoy presenta un aspecto impresionante. Lo primero que nos llamó la atención fue el enorme recinto amurallado que lo protege, incluyendo varias torres.

Una vez superado el impacto inicial (este tipo de edificios siempre nos dejan boquiabiertos) nos dimos cuenta de que la plaza en la que está el Ayuntamiento también es espectacular. Los edificios nos recordaron mucho a los que habíamos visto en Burdeos el día anterior. No vamos a adelantar acontecimientos, pero en la visita guiada por el Ayuntamiento se empieza en la propia plaza, explicando algunas cosas sobre ella.

La muralla está llena de detalles, aunque quizá lo que más nos gustó fue la finura del escudo de armas de la ciudad. ¡El barco parece que se vaya a salir de la imagen en cualquier momento!

Un poquito de información práctica: pese a que el Ayuntamiento tiene mucha fama, es relativamente complicado verlo. Entre octubre y mayo solo se puede visitar los sábados y los domingos a las 15:00. En los meses cálidos abre a diario, pero igualmente solo hay un pase a esa misma hora. Las entradas cuestan 4€ por persona (hay descuento para estudiantes, quedándose en 1,50€) y se pueden comprar en la Oficina de Turismo o directamente a la guía que hace la visita.

A eso de las tres menos cinco salió la guía a buscarnos, para dar comienzo a una interesantísima visita: imprescindible no solo en La Rochelle, sino en cualquier viaje por el oeste de Francia. Aunque era en Francés, se entendía perfectamente, y si teníamos alguna duda nos lo explicaba de una forma más sencilla.

Empezamos en el exterior del Ayuntamiento: la plaza, la muralla, la fachada y los soportales. Nos gustó que se hiciese una buena introducción histórica y artística, ya que normalmente en este tipo de visitas se va directamente a lo gordo, y para eso sería mejor ir por libre.

Se tarda una hora larga en recorrer los distintos salones y cámaras del Ayuntamiento. Solo podemos decir que nos pareció impresionante, uno de esos edificios únicos que parecen propios de una película o de un cuento. Y como toda Historia tiene a su personaje malvado, cuando la guía nos explicaba algunas cosillas sobre el salón que veis abajo en la foto… ¡Zas! ¡José María Aznar! Al parecer, el ex-presidente del Gobierno de España estuvo aquí de visita oficial, y esta fue la parte que más le gustó del Ayuntamiento.

“Sorprendente, magnífico, no se lo pierda”: así hablaban del Ayuntamiento en los folletos de La Rochelle. Las expectativas eran altas, pues además habíamos leído en varios foros que era una pasada, pero aun así se vieron totalmente superadas. Nos encantó, realmente es algo por lo que merece la pena salir de casa y hacerse unos cuantos cientos de kilómetros.

Pero no acababa ahí nuestra visita a La Rochelle. Para el último tramo del día nos habíamos reservado los museos, pues esta localidad tiene una gran oferta cultural en ese sentido. Tuvimos bastante suerte, pues se había puesto a diluviar y no llevábamos abrigo, paraguas ni nada que se le pareciese, por lo que el resguardo de los museos lo agradecimos enormemente.

Empezamos con el Museo del Nuevo Mundo (Musée du Nouveau Monde), que como su propio nombre indica está protagonizado por todo lo relacionado con la colonización en América. Por cierto, hay una entrada conjunta para ver varios museos de la ciudad que cuesta 10€.

No sabemos si nos gustó más el continente (un precioso palacete del siglo XVIII) o el contenido, pero el caso es que fue una visita muy agradable. La relación entre Francia y sus colonias americanas está excelentemente documentada a través de paneles informativos, armas, estatuas, tapices, legajos y mucho más. También hay que destacar el ambicioso programa de actividades del museo, que incluye, entre otras cosas, ciclos de cine y música en directo.

Del Museo del Nuevo Mundo fuimos al Museo de Bellas Artes (Musée des Beaux Arts), pero lamentablemente estaba cerrado. Aún no tenemos explicación, ya que por horario debería haber estado abierto, e incluso se veían luces en el interior, pero no había nadie y las puertas no se podían abrir.

Mirándolo por el lado positivo, eso nos permitió tener mucho más tiempo para disfrutar del Museo de Historia Natural (Musée d’Histoire Naturelle). Sin duda, uno de los museos que más nos han gustado de este viaje. Es relativamente grande para estar en una ciudad tirando a pequeña (más de 2500 metros cuadrados), por lo que da para estar un buen rato en él.

La base de la exposición son todo tipo de objetos que viajeros, científicos y coleccionistas fueron trayendo y donando poco a poco al museo. Gracias a eso ha quedado un museo de lo más diverso: ciencia, viajes, música… Hay algunos elementos en común con lo que suele haber en un museo de este tipo, como una colección gigante de animales disecados, pero también muchas cosas sorprendentes.

Lo pasamos muy bien. Nos gustó especialmente la colección etnográfica, sin duda una de las más importantes de toda Francia. Quizá el museo no tenga comparación con grandes  como el Louvre en lo que a cantidad de piezas se refiere, pero desde luego se aprenden muchas cosas. Mención aparte merece el trato de los trabajadores del museo, auténticos especialistas que resuelven cualquier duda que se les plantee (y encima con una sonrisa). ¡Un diez para el museo!

Para poner la guinda a este larguísimo día, fuimos a ver el Aquarium de La Rochelle (Acuárium). Está en el puerto de la ciudad y es gigantesco, nada que ver con el de Biarritz. La visita lleva un mínimo de dos horas (algo menos si se va con prisa o algo más si se busca el detalle), en la cual se recorren decenas de acuarios con hasta 12.000 animales en su interior. Es algo caro (14.50€ adultos y 11€ estudiantes), pero realmente merece la pena.

La visita está chulísima para niños, pues se va de abajo a arriba y se empieza por una especie de ascensor que simula llevarnos bajo el agua. Además es muy didáctico, al recrearse distintos ecosistemas (el Atlántico, el Caribe, el Mediterráneo) con todo tipo de explicaciones sobre biodiversidad y desarrollo sostenible. También, hay un montón de programas y actividades que se van renovando, enfocadas fundamentalmente a los niños, como exposiciones temporales o nuevas especies. Hay que destacar el hilo musical, algo que normalmente no hay en acuarios o museos, pero que en este caso generaba una atmósfera increíble.

Eso si, como siempre pasa en este tipo de espacios, al final hay dos protagonistas absolutos: cualquier pez relacionado con la película Buscando a Nemo y los tiburones. En este caso, hay un acuario gigantesco con tiburones de dos y tres metros de largo, de esos que podrían protagonizar escenas de la película Tiburón. Vistos de cerca no parecen tan fieros, aunque, por si acaso, no seremos nosotros quien les molestemos. 😛

La visita al Aquarium fue, en nuestro caso, sinónimo de despedirse de La Rochelle. La ciudad (y antes Rochefort) nos gustó mucho, es una joya que no esperábamos encontrar. ¿Lo mejor? Su diversidad, pues es como un montón de ciudades dentro de una sola. ¿Lo peor? Pues quizá el tiempo, que cambió de un sol espléndido a un auténtico chaparrón.

Antes de irnos no pudimos evitar la tentación, y nos cogimos un rico gofre de chocolate (2,70€) para endulzarnos un poco la vuelta hasta el coche.

Todavía teníamos casi dos horas hasta nuestro siguiente destino, Nantes, a donde llegamos ya con noche cerrada. Allí cometimos el error de haber reservado un hotel súper céntrico, en una zona en la que fue imposible aparcar gratis. Después de dar muchas vueltas lo acabamos metiendo en un parking, lo que al día siguiente nos supuso tener que decirle adiós a 12,20€.

Aun así, estábamos muy contentos. La dupla Rochefort – La Rochelle había funcionado muy bien, y teníamos muchas ganas de que llegase el día siguiente para hincarle el diente a la ciudad de Nantes. 🙂

Capítulo IIIVolver a Oeste de Francia ’13Capítulo V

5 pensamientos en “Oeste de Francia ’13 – Capítulo IV: Rochefort y La Rochelle (día 3)

  1. Pingback: Oeste de Francia ’13 – Capítulo V: Nantes (día 4) | www.eduyeriviajes.com

  2. La Rochelle es una de mis ciudades favoritas de Francia. La última vez que estuve seguí este itinerario por la ciudad. Muy recomendable!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *