Oeste de Francia ’13 – Capítulo II: País Vasco Francés (día 1)

¡Empezaba nuestro primer viaje al extranjero de 2013! Después de un 2012 muy cargadito, en el que salimos de España hasta 8 veces, este nuevo año tiene unas perspectivas mucho más moderadas gracias a la crisis y el negro panorama laboral en el que nos encontramos los dos. Eso sí, tras mucho ahorrar y mucha ilusión, nos embarcamos en un viaje por el oeste de Francia durante los últimos diez días de abril. No conocíamos nada de nada, así que nos planteamos una ambiciosa ruta que nos llevaría desde Madrid hasta el Monte Saint-Michel, haciendo una especie de best of de una zona gigante que, sin duda, exploraremos muchas más veces en el futuro.

La primera parada fue en dos localidades costeras del País Vasco Francés (Iparralde): San Juan de Luz y Biarritz. No existe mejor manera de empezar un road tour por Francia, ya que son dos ciudades preciosas y a las que estamos deseando volver desde el mismo momento en el que las dejamos atrás.

Un consejo y una anécdota. En primer lugar, os recomendamos echar gasolina justo antes de pasar la frontera. Aunque cada vez hay menos diferencia, todavía es unos céntimos más barato llenar el depósito antes de cruzar la frontera. Precisamente, nada más entrar en Francia se produjo la primera historia que contar del viaje: nos pararon unos gendarmes (los policías franceses) y nos revisaron el coche de arriba a abajo. No sabemos si pensaban que éramos contrabandistas, terroristas o las dos cosas, pero hasta miraron con linternas por debajo del vehículo. ¡Con lo buena gente que somos! 😛

SAN JUAN DE LUZ

Tras nuestro casual encuentro con la policía francesa, llegamos a nuestro primer objetivo del viaje: San Juan de Luz (Saint-Jean-de-Luz en francés y Donibane Lohizune en euskera), una pequeña localidad costera famosa en toda Europa por sus playas y sus agradables temperaturas en verano. El hecho de que sea muy turística hace que resulte relativamente sencillo aparcar en el centro, aunque pagando: en parkings subterráneos o en zona azul. Nosotros optamos por esto último, y por 2.40€ dejamos estacionado el coche durante un par de horas (tiempo suficiente para visitar la ciudad, ya que aparte de lo pagado también contábamos con otras dos horas gratis, ya que a la hora de comer no hace falta echar moneditas al parquímetro).

Yendo en dirección a la Oficina de Turismo, llegamos al Mercado, uno de los edificios emblemáticos de la ciudad. Tiene el típico diseño de galería comercial de finales del siglo XIX e inicios del XX, con mucho hierro y con cierta luminosidad. Fue construido sobre una antigua marisma, pues la desembocadura del río Ugarana (río Nivelle) hacía que, en su momento, buena parte de la actual ciudad estuviese anegada por el agua.

Los puestos del interior del Mercado bien merecen una visita, pues encontraréis productos de todo tipo (carnes, pescados, verduras) con su consiguiente mosaico de colores, aromas y sabores. Además, dos veces a la semana (los miércoles y los viernes) se celebra un mercadillo que llena de pequeños puestos los alrededores del edificio. Nosotros tuvimos la suerte de empezar en viernes, así que pudimos disfrutar de preciosas imágenes de la gastronomía local.

Nos encantan los mercados, siempre que sabemos que hay uno nos acercamos a verlo. Se puede saber mucho sobre un sitio viendo lo que come la gente y la forma en que lo compra. Es verdad que, al ser una ciudad muy enfocada al turismo, algún puesto estaba enfocado a “guiris”. Sin embargo, la realidad es que el 99% de lo que vimos en este mercado nos pareció auténtico. No es muy grande, pero aun así es una experiencia imprescindible en San Juan de Luz.

Una vez exploramos a fondo el Mercado, fuimos a la Oficina de Turismo (Boulevard Victor Hugo 20) a hacernos con un planito y con algo de información sobre la ciudad. El casco histórico de San Juan de Luz, incluyendo playa y puerto, es tirando a pequeñito, por lo que en una mañana se ve fácilmente. Eso sí, el tiempo se puede extender mucho, ya que es la típica ciudad en la que los monumentos concretos son escasos. Lo realmente interesante es pasear sin rumbo, descubriendo paso a paso los rincones con encanto de este pueblo con la típica arquitectura del País Vasco Francés.

Uno de los edificios más destacados es la Iglesia de San Juan Bautista (Église Saint-Jean-Baptiste o San Joan Bataiatzailearen eliza), dedicada al patrón de la ciudad. Algunas partes (como el campanario) son del siglo XIV, pero la mayor parte de la iglesia es del XVII. Es un edificio cargado de Historia, pues en él contrajeron matrimonio Luis XIV de Francia y María Teresa de Austria (la hija de Felipe IV de España) el 9 de junio de 1660. Si vais con los ojos bien abiertos, encontraréis un montón de referencias a este enlace mientras paseáis por el pueblo.

San Juan de Luz es un lugar de gran tradición marinera, que vivió su esplendor gracias a la pesca de la ballena y del bacalao en el siglo XVII. Esta iglesia es fiel reflejo de ese gran momento de auge, pues fue construida con los mejores arquitectos y financiada mediante una gran inversión por parte de los pescadores de la ciudad, que necesitaban un lugar de culto acorde a un lugar con más de 12.000 habitantes.

Destacan especialmente las tribunas de madera de los laterales, desde donde los más pudientes contemplaban los oficios. No sabemos si se podrá subir en visita guiada, pero desde ellas tiene que haber una buena vista del edificio. Tampoco hay que dejar de lado el enorme retablo del ábside, una obra colosal del siglo XVII. Se necesitaron hasta cinco carros para transportar todos los materiales para su elaboración. Por último, fijaos en una maqueta de un barco que hay colgada justo en el lado opuesto al retablo, muestra inequívoca de la tradición marinera de la villa.

De la iglesia fuimos a la Place Louis XIV, al final de la calle. Es una bonita plaza llena de árboles y de edificios chulos. El más destacado es la Casa de Luis XI(Maison Louis XIV o Lohobiaguenea), un pequeño palacete de mitad del siglo XVII de diseño muy sobrio. Se llama así porque esta construcción albergó a Luis XIV y toda su corte durante algo más de un mes, en los preparativos de la boda del monarca, y durante unos días después. No fue el único huésped ilustre que tuvo, pues en 1701 sirvió para que Felipe de Anjou hiciese noche en su ruta hacia Madrid para ser proclamado rey de España.

Aunque se puede visitar por dentro (vale 6€), no lo hicimos porque únicamente se puede hacer con guía y a horas muy concretas (solo tres veces al día). Nos venía muy mal, sobretodo pensando en ir a ver Biarritz a la tarde, así que nos quedamos con las ganas.

Atravesando la plaza y yendo en dirección al puerto llegamos hasta la Casa de la Infanta (Joanoenia o Maison de l’Infante). Fue construida a finales del siglo XVI por el armador Joannot de Haraneder, como una forma de dar las gracias a la ciudad por haber sido el lugar en el que había amasado su fortuna. Al igual que en la Casa de Luis XIV, por aquí también han pasado muchos visitantes ilustres: Ana de Austria, María Teresa de Austria (cuando todavía era infanta), el Duque de Borgoña…

Por cierto, a San Juan de Luz se la conoce también como la Ciudad de los Corsarios. A partir del siglo XVI las guerras en Europa se hicieron mucho más presentes en el mar, por lo que muchos balleneros transformaron su actividad y pasaron a ser corsarios. Por si no lo sabéis, la diferencia entre un corsario y un pirata es que el primero actúa amparado por el Estado (más o menos como un militar) mientras que el segundo está considerado un criminal. Pues bien, esta fue una de las ciudades francesas con más barcos corsarios, hasta el punto de que buena parte de las calles llevan el nombre de sus armadores.

Al margen de casas tradicionales y grandes palacios, en San Juan de Luz también encontramos edificios de vanguardia. A lo largo y ancho de esta localidad hay decenas de edificios innovadores, claros representantes de la arquitectura más puntera de comienzos del siglo XX. Uno de sus principales impulsores fue André Pavlovsky, arquitecto y fotógrafo. Amante del hormigón y de los claroscuros, cambió para siempre la imagen del pueblo con construcciones como la que veis en la foto de abajo.

Pero si por algo destaca San Juan de Luz no es por su arquitectura modernista, por sus corsarios o por sus edificios tradicionales. Si esta ciudad es uno de los grandes destinos costeros de Europa es por ser un balcón al mar. La Playa de San Juan de Luz es muy bonita, con uno de esos paseos marítimos interminables. Mira que nosotros fuimos en marzo y no hacía temperatura para bañarse, pero la tentación fue difícil de superar.

La ciudad tuvo tradicionalmente un problema: que estaba demasiado expuesta a la dureza del mar. Eso provocaba que los edificios del paseo marítimo siempre estuviesen en mal estado, siendo una zona de relativa clase baja. Eso se solucionó cuando San Juan de Luz se convirtió con un destino preferente de la clase alta europea, momento en el que en 1854 Napoleón III lideró un proyecto para cerrar la bahía. Durante varias décadas se construyeron tres grandes diques que todavía hoy son visibles.

Caminar por el paseo marítimo es siempre una gozada, da igual la época del año. Si lo que se busca es un enfoque cultural, hay un montón de edificios chulos y varios paneles informativos. Si se quiere hacer deporte, es el lugar perfecto para correr un poco y estirar las piernas. ¡Ah! Y también hay sitio para los que busquen relax, pues aquí y allá hay bancos y miradores para disfrutar del entorno.

 

Sin embargo, playas bonitas hay muchas. Lo que es más difícil de encontrar es un casco histórico como este, por el cual es un placer pasear. Nos recordó un montón a nuestra querida Saint-Jean-Pied-de-Port, esa pequeña joya al amparo del Camino de Santiago que visitamos en 2009. Por cierto, al ser una ciudad netamente turística, la cantidad y variedad de los comercios es sorprendente. Si os gustan las típicas compras de playa (pulseritas y cosas de esas) este es vuestro sitio.

Antes no hemos hablado de ella, pero la Iglesia de San Juan Bautista está en la Rue Gambetta. Esta calle, a la cual volvimos para terminar nuestro paseo, es el mejor ejemplo de lo abstracto de San Juan de Luz: caminando por ella y por sus alrededores veréis algún monumento chulo, pero sobretodo rincones con encanto de esos que no aparecen en las guías turísticas. A nosotros nos encantó ver un montón de chocolaterías artesanales (con auténticas obras de arte en sus escaparates, aunque muy alejadas de lo que nuestros bolsillos se pueden permitir) y también las típicas casas con madera teñida de roja.

Esa fue nuestra última parada antes de dejar San Juan de Luz. Bueno, en realidad fuimos a un LIDL de las afueras, donde hicimos algunas compras. También nos comimos los bocadillos que habíamos hecho en casa esa misma mañana. Puro viaje low cost.

BIARRITZ

Para la tarde estuvimos dudando hasta el último minuto entre Bayona (Bayonne o Baiona) y Biarritz (Miarritze) hasta el último minuto, pero finalmente escogimos esta última. ¿El motivo? Realmente ninguno. Las dos tenían muy buena pinta, pero solo teníamos tiempo para una.

El caso es que empezamos yendo a la Oficina de Turismo (Square d’Ixelles), un edificio que difícilmente pasa desapercibido. Allí nos atendió una persona antipática y poco trabajadora, de esas que te dan un mapa como si te estuvieran perdonando la vida. Hicimos un par de preguntas, pero no supo (o no quiso) responderlas.

La Oficina de Turismo está tirando al centro, y en este visita express nos íbamos a detener en la zona costera de la ciudad. Aunque en verano es imposible aparcar allí gratis, entre octubre y abril sí. No os preocupéis de parquímetros o de posibles multas, porque al ir a echar una moneda todos tenían carteles indicando que en esos meses no se paga. ¡Genial! 🙂 Eso nos llevó a aparcar al lado del mar, en una zona en la que todo pillaba muy a mano.

Empezamos asomándonos hacia el sur, a un mirador desde el cual se veía la Playa de la Costa Vasca (Plage de la Côte des Basques), una de las grandes playas de la ciudad. Fue una pena que estuviese nublado, porque desde luego la zona tenía buena pinta para bucear y para bañarse.

Al igual que San Juan de Luz, Biarritz ha sido el destino veraniego por excelencia de la clase alta Europea durante siglos. En este caso, destaca por encima del resto por sus centros de talasoterapia, balnearios en los que el tratamiento se hace fundamentalmente en el mar o con agua marina. La presencia de esta gente de alta alcurnia define el skyline costero de Biarritz, pues casi en cada promontorio se ven impresionantes mansiones de corte germano. Nuestra favorita (y la de otros muchos, ya que en internet hemos encontrado algunas referencias sobre ella) es la de esta foto:

No obstante, también queremos destacar la parte más natural de la ciudad. Pese a que es un sitio explotado turísicamente al 100% y con una larga tradición en la materia, no tiene nada que ver con Benidorm o con sitios así. En Biarritz todavía quedan acantilados, zonas verdes y playas por las que pasear con toda la tranquilidad del mundo. Eso podemos decir en marzo, no sabemos como será en agosto.

Una de las playas más bonitas de Biarritz es Le Port Vieux (algo así como el Viejo Puerto). Durante siglos, esta pequeña porción de arena fue el escenario en el que se hacía el despedazado de la ballena. Sin embargo, Napoleón III anuló esta actividad y en 1858 impuso por decreto que se abriese un centro de baños. Esta actividad se ha mantenido de una forma o de otra, y en la actualidad es una playa muy valorada por los biarrotas. De hecho, pese a que hacía algo de frío, vimos a dos señoras (no precisamente jóvenes) dándose un buen baño.

Muy cerquita de la playa, bordeando la línea de costa hacia el norte, vimos un memorial en honor a los caídos de la II Guerra Mundial. En prácticamente todas las ciudades que visitamos en este viaje (en realidad, esto sería aplicable a Europa en general) vimos referencias a las dos grandes guerras del siglo XX.

Una de las zonas que más turistas atrae Biarritz es Le Rocher de la Vierge (traducido sería La Roca de la Vírgen), un antiguo peñasco en medio del mar que fue unido a tierra por orden de nuevo de Napoleón III. Aunque su idea era crear una especie de puerto de refugio para que los pescadores pudieran amarrar allí sus navíos en caso de emergencia, en la actualidad ha perdido totalmente esa función. La pasarela de madera y metal que une tierra y peñasco es utilizada únicamente por viajeros.

En el peñasco hay una especie de ermita coronada por la figura de una virgen, la cual fue colocada allí en 1865 por los pescadores del pueblo tras una serie de catastróficos naufragios. Pero no busquéis más, porque no lo hay. Eso si, merece la pena ir hasta allí solo por adentrarse un poquito en el mar

 

Un poquito más adelante vimos otro memorial, en este caso recordando tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial. La frase “Aux morts pour la France” (“A los muertos por Francia”) a veces parece poca cosa escrita en piedra, pero, si se piensa bien, existen millones de historias personales que la guerra se llevó para siempre.

El plato fuerte de la tarde fue el conjunto formado por el Museo del Mar Aquarium (Musée de la Mer Aquarium) y la Ciudad del Océano (Cité de l’Océan), dos instalaciones complementarias entre sí y que representan la gran apuesta de la ciudad por el turismo del siglo XXI. Para visitarlas lo mejor es hacerse con el Biarritz Océan, un tícket combinado que incluye el acceso a ámbos por 17.50€ (o 13€ en tarifa estudiante). Mientras que el Museo del Mar está en pleno puerto, la vanguardista Ciudad del Océano está a las afueras, pero se llega perfectamente en coche. Evidentemente, ya que estábamos allí empezamos por el primero.

El museo ofrece alrededor de 50 acuarios que representan distintas zonas bioclimáticas del planeta: ríos, barreras de coral, las profundidades… A través de su exposición se aprende mucho, ya que cada acuario tiene su panel explicando cosas sobre los seres vivos y sobre sus hábitats. También hay espacios que funcionan como museo de historia natural, en los cuales se muestran esqueletos de grandes cetáceos o antiguos aperos de pesca. ¡Ah! Y hay un mini-acuario táctil, en el cual se puede interactuar directamente con peces, estrellas de mar y algas (siempre teniendo cuidado y respeto).

  

En cualquier caso, la auténtica estrella es el gigantesco acuario en el que están los tiburones. ¡Qué miedito! Siempre se dice que en realidad no hacen nada y que su mala imagen se debe a Spielberg y compañía, pero aun así no nos gustaría nada estar nadando y toparnos con un bicharraco de estos. No es que fueran los ejemplares más grandes que hayamos visto, pero aun así imponen.

A la salida del museo, merece la pena subir la cuestecita y asomarse al mirador. Desde allí se tiene una panorámica perfecta de otros muchos atractivos de la ciudad:

El Faro (le Phare): con 73 metros de altura y 248 peldaños, lleva casi dos siglos guiando a los barcos que pasan por Biarritz. Está en un punto estratégico, ya que marca el límite entre la costa rocosa del País Vasco y la costa de arena de las Landas.

L’Hotel du Palais: en este impresionante edificio de fachada roja residió la emperatriz Eugenia de Montijo. No se puede visitar por dentro, salvo que estés hospedado en él. Y es que en la actualidad es un hotelazo de cinco estrellas.

La Iglesia Ortodoxa (L’Eglise Orthodoxe): ¿Qué pinta una iglesia rusa en medio de Biarritz? Pues que los grandes aristócratas de Rusia que veraneaban allí durante el siglo XIX echaban de menos su tierra, y decidieron construirla para tener un lugar en el que dar rienda suelta a su culto ortodoxo.

No podemos olvidarnos del Casino Municipal: el gran representante del Art Déco de Biarritz. Sigue funcionando como casino, aunque tras la gran reforma del siglo XIX ha diversificado su actividad: salas de juego, centro de congresos, piscina municipal…

Y, por último, la Iglesia de Santa Eugenia de Biarritz (Église Sainte-Eugénie de Biarritz). Se la llama así por la emperatriz Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Es de estilo neogótico

Reconocemos que lo suyo hubiera sido haber recorrido estos lugares uno a uno, pero nos hubiera llevado todo el día y solo disponíamos de una tarde. Aun así, no queremos dejar de recomendaros que subáis a este mirador, pues aparte de todo lo dicho (que no es poco) también ofrece una maravillosa vista del mar.

Con eso terminamos nuestra visita por el centro de Biarritz, pero aún íbamos a ir a la Ciudad del Océano (Cité de l’Océan). Se tarda 5 minutos en llegar y al ladito hay un parking gratuito, por lo que no hay excusas para no ir.

Básicamente se trata de una exposición sobre los océanos: origen, procesos que se dan en ellos, estado actual… Fue abierto hace bien poquito, por lo que cuenta con tecnología de lo más puntera (no veréis una sola sala sin pantallas led). Es una pasada, y prácticamente todo está doblado al castellano.

¿El problema? Pues que es excesivamente pedagógico. No es la típica visita de la que disfruta una pareja joven, sino que más bien es algo enfocado para colegios o para familias que quieran aprovechar para que sus hijos aprendan un poquito más sobre el mar. A nosotros nos encantó porque somos profesores, pero seguramente a la mayor parte de los viajeros les resulte un poco tostón.

Y esa fue nuestra última parada en Biarritz. Todavía podríamos haber ido a alguna cosilla más, pero como no dormíamos allí decidimos irnos en ese momento. ¡Carretera y manta!

RUMBO A BURDEOS

En la primera noche del viaje dormiríamos en Burdeos, por lo que todavía teníamos más de 200 kilómetros por delante. Encima, tardamos un montón: no dejó de llover en todo el camino y las carreteras estaban en obras. Tomamos el peaje para evitar los atascos, pero estaban igual.

Llegamos a Burdeos bastante tarde y muy cansados, pero muy contentos por haber aprovechado bien el día. Nos alojamos en el hotel Ibis Budget Bordeaux Centre Bastide (que antiguamente era un Etap Hotel) y la verdad es que no tenemos queja: barato, bien ubicado, cómodo y limpio. Bueno, en realidad si tenemos una queja: ¡No funcionaba el wifi! Avisamos en recepción pero no pudieron arreglarlo.

Tampoco es que estuviésemos para muchos trotes, porque había sido un día agotador. Nos pegamos una buena duchita, cenamos y nos fuimos a dormir, que todavía nos quedaba casi todo el viaje por delante. 🙂

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7 pensamientos en “Oeste de Francia ’13 – Capítulo II: País Vasco Francés (día 1)

  1. Yo cuando estuve en Biarritz no visité el museo ni la Ciudad del Océano. Nos dedicamos más bien a callejear por la ciudad que es muy chula. Además, como era verano, tenía mucho ambiente.
    Saludps

    • ¿En verano? ¡Qué suerte! Tenía la pinta de tener ambientazo en los meses cálidos, y por lo que decís, así eso. Una buena excusa para volver 😛

      Un saludo!

  2. La verdad es que todos los pueblecitos de esa zona son preciosos, nosotros estuvimos ya hace unos añitos así que toca volver porque hay muchas cosas que no vimos. Por cierto, lo de los gendarmes debe ser normal porque a nosotros el año pasado nos pararon también en un pueblo perdido de Francia para hacernos la prueba de la alcoholemia, supongo que estaban aburridos porque creo yo que no habían pasado coches en horas, jejejeje. Un abrazo!!! 😉

  3. Buenas pareja!

    Aquí va el ‘Abuelo Cebolleta vasco’ con una serie de curiosidades relacionadas con el post:

    1. La gasolinera en la que repostasteis antes de pasar a Francia, la de Oiartzun, se dice que es la gasolinera que más combustible vende de todo España.

    2. ¿Que te paren los gendarmes? Es algo bastante habitual que los oriundos hemos ‘sufrido’ desde siempre, suelen estar al acecho, en especial en invierno, una época en la que muchos vascos, especialmente guipuzcoanos, van a esquiar al Pirineo Francés. Como te pases de 130 km/h, estás muerto…

    3. Mucha gente de Donosti que conozco se fue a vivir a Hendaia, Donibane-Lohitzune y pueblos de la zona cuando el boom inmobiliario empezó a disparar los precios de la vivienda aquí.

    4. Es una zona que los giputxis visitamos bastante, pero me atrevo a decir que a pesar de la cercaanía con Euskadi, es un destino que muchos vascos desconocen, siempre ha dado cierto “reparo” ir a Francia, hay muchas rencillas y reticencias hacia el país galo. Yo mismo, admito que he ido pocas veces.

    5. ‘Iparralde’ (‘Norte’ en euskera, aquí se denomina así al País Vasco Francés) tiene magia, es una tierra a caballo entre Francia y España, que tiende a coger y a mezclar (como su especial euskera) lo mejor de los dos países.

    Me quedo con el ambiente de las céntricas calles comerciales de San Juan de Luz, con su arquitectura típica de Iparralde y con la coqueta playa del Puerto Viejo de Biarritz, entre rocas, un sitio precioso, así como el mirador y paseo que tiene sobre el acantilado. Me anoto la visita al museo del mar y los acuarios para una próxima visita a Aquitania.

    Por último, felicitaros por este post y su nivel de detalle, me habéis dejado perplejo, os lo digo en serio. Esto es un ‘quality post’ y lo demás son tonterías.

    SaludoX!

    • ¡¡¡Ostras!!! ¡¡Vaya pedazo de comentario!! Hablas de ‘quality post’, pero desde luego eso es un ‘quality comment’ en toda regla 😛 Y de abuelo cebolleta nada, nos ha encantado conocer todas las cosas que has dicho.

      Estamos totalmente de acuerdo en que esta es una zona especial, con mucha magia 🙂 El País Vasco nos encanta, es uno de los lugares más bonitos del mundo. Da igual que sea Zarautz, San Juan de Luz o Bilbao: todas las visitas que hemos hecho allí nos han parecido inolvidables.

      Un abrazo enorme!!!

  4. Pingback: Guía de Saint-Lary | www.eduyeriviajes.com

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