Nueva York ’12 – Capítulo XI: Excursión a Washington DC (día 9)

Ya que íbamos a cruzar el charco y que era un viaje de más de una semana, desde el primer momento pensamos en hacer una excursión. En Nueva York había mucho que hacer, pero sus alrededores son lo suficientemente interesantes como plantearse moverse un poquito. Había muchas opciones (Filadelfia, Boston, incluso Toronto) y de maneras muy variadas (vuelos internos, trenes, alquilar coche), por lo que costó mucho decidirse. Finalmente, optamos por una de las más clásicas: Washington DC. La capital de Estados Unidos resultaba perfecta por muchos motivos, los cuales vais a ir viendo a lo largo del relato.

Para llegar a Washington DC básicamente había dos opciones: el tren (más rápido) o el autobús (más barato). Optamos por el segundo, ya que los billetes ida y vuelta de Nueva York a Washington nos costaron 32.50$ en total… ¡Más de diez veces menos de lo que costaba el tren! Eran cuatro horas, pero nuestro presupuesto lo agradecía. Cogimos el primer autobús (salía a las 6:00) y volvíamos en uno de los últimos (llegaba a las 00:45), por lo que así no hacía falta hacer noche. Físicamente fue una paliza, pero nada que no curen unas cuantas horas roncando.

El caso es que, cuando se trata de viajar, madrugar nunca supone un problema. Por eso, cuando el despertador sonó a las 4:40, nos levantamos con una sonrisa. Nos daba cosilla coger el Metro a esas horas, pero no vimos nada raro: únicamente gente yendo a trabajar y poquito más. El viaje lo hacíamos con Megabus, una empresa low cost cuyas tarifas no tenían rival (y miramos mucho). Salíamos de la Calle 34, entre la 11th y la 12th Avenue. El andén no podía ser más cutre y casi nos congelamos, pero el vehículo era nuevo y muy cómodo. Además, con lo pronto que era, buena parte del trayecto la hicimos durmiendo.

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Tras una pequeña parada en Baltimore, llegamos a Washington a las diez, lo cual fue de agradecer ya que en excursiones de este tipo cualquier retraso puede complicar mucho los planes. El bus nos dejó en la Union Station, un gran nudo ferroviario y automovilístico por el cual pasan cada año más de 30 millones de personas. Es otro lugar fácilmente reconocible, por haber aparecido en películas como Hannibal (Anthony Hopkins) o Daño Colateral (Arnold Schwarzenegger). Pensábamos que el autobús nos iba a llevar a un lugar algo más céntrico, pero nos pareció una buena oportunidad para recorrer zonas de la ciudad que no habíamos previsto visitar.

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La primera sensación que nos llevamos al caminar por Washington DC es que se trata de una ciudad moderna, perfectamente gestionada y en la que no hay un cabo suelto. Es casi imposible perderse o deambular sin rumbo, ya que en cada cruce hay carteles indicando los puntos de interés más cercanos.

Además, dado que en la ciudad vive el presidente de EEUU, la seguridad es extrema. Hasta en la calle más pequeña os sentiréis vigilados, ya sea por la policía, por el ejército o por alguna de las miles de cámaras de seguridad que toman nota de lo que está ocurriendo en la calle. Evitad cualquier comportamiento mínimamente extraño, porque seguramente os acaben llamando la atención.

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Esa sensación se vio reforzada porque estábamos en plena recta final de la campaña electoral. Solo quedaba un par de semanas para que Barack Obama optase a la reelección y Mitt Romney tratase de desbancarlo, por lo que aquí y allá se veían carteles, pegatinas y demás parafernalia política de demócratas y republicanos.

Precisamente, nuestra intención era empezar por la Casa Blanca, por lo que para llegar a ella tuvimos que darnos un buen paseo. Atravesamos prácticamente entera la E Street NW, una amplia calle en la que inmediatamente nos dimos cuenta del aire gubernamental que desprende cada rincón de la ciudad. Al margen de dos o tres templos religiosos (como la First Trinity Lutheran Church), nos cruzamos con infinidad de edificios, plazas y monumentos conmemorativos relacionados con la vida política estadounidense.

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El paseo fue larguito, si no os gusta mucho andar os recomendamos tomar autobús o taxi. Al menos hasta llegar a la Freedom Plaza (Plaza de la Libertad, antaño conocida como Western Plaza). Aquí empieza realmente lo gordo, lo que nadie se debería perder si pasa por Washington. La plaza es todo un icono de la igualdad y de la lucha de los afroamericanos por obtener los mismos derechos civiles que los blancos, ya que Martin Luther King escribió su famoso discurso I Have a Dream, pronunciado en 1963, desde el cercano Willard Hotel. Desde entonces, este es un lugar de reunión para todo tipo de protestas sociales: desde las de mayo del 68 hasta toda las que se han producido a comienzos del siglo XXI. Merece la pena pasear un poquito por la plaza, pues el suelo está lleno de inscripciones con frases legendarias sobre la igualdad y la libertad.

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Quizá la plaza haya sido un descubrimiento para unos pocos, pero seguro que la siguiente parada que hicimos es conocida por todos: la Casa Blanca (oficialmente The White House), la residencia oficial del presidente de Estados Unidos desde que John Addams la inaugurase en 1800. Es un edificio de inspiración neoclásica sorprendente, mucho más bonito al natural que en fotografías. Además, resultó ser bastante más pequeño de lo que esperábamos, aunque según hemos leído la mayoría de sus estancias están tapadas por los árboles o bien son subterráneas.

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Las medidas de seguridad alrededor de la Casa Blanca son muy estrictas, quizá las más escrupulosas que hayamos visto nunca. Nos encontramos con varios policías y militares a la entrada de la calle, atentos a cualquier movimiento extraño y patrullando sin parar. Hay una pequeña carretera para coches oficiales, detrás de la cual se paran la mayoría de grupos turísticos. Se puede estar al otro lado de la vía, pegados a la valla, pues únicamente hay que cruzar por el paso de cebra indicado. Aunque se puede visitar por dentro, es necesaria la invitación de un congresista o de un senador, algo que es difícil de conseguir. En cualquier caso, el exterior se ve desde demasiado lejos.

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No hace falta decir que la Casa Blanca ha aparecido en miles de películas y series, hasta el punto de que hacer una lista sería injusto ya que nos dejaríamos un montón de clásicos fuera de ella por cuestiones de espacio. Para nuestro gusto, la escena más sorprendente se da en Independence Day, cuando una de las naves invasoras destruye el edificio. Aquí va el vídeo:

Justo enfrente de la Casa Blanca está el Monumento a Washington (Washington Monument), un enorme obelisco que rinde tributo a George Washington. Para llegar hasta él hay que andar un rato, pero nunca se le pierde de vista gracias a sus 170 metros de altura. Fue inaugurado en 1884, y fue la estructura más alta del mundo hasta que cinco años más tarde se construyese la Torre Eiffel. Tardó más de 30 años en hacerse, debido a inconvenientes como la muerte del arquitecto (que en origen había pensado en hacer un a columnata a su alrededor) o la escasez de fondos por la Guerra Civil de EEUU.

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Es una obra colosal, si la intención de sus constructores era impresionar a la gente desde luego lo han conseguido. Hemos visto muchísimos obeliscos de la antigüedad a lo largo de nuestra vida, pero éstos raramente superan los 30 metros de altura. ¡Este es casi seis veces más alto! Además, el entorno se ha preparado de una manera fantástica para que nada le haga sombra al Monumento a Washington: una inmensa llanura verde, caminos por los que correr, banderas de Estados Unidos por todas partes… No esperábamos demasiado de él, ya que en algunos foros se referían a él como un pincho de mármol muy grande, pero realmente nos impactó. Hace unos años se podía subir, pero en el momento en el que fuimos los accesos estaban restringidos por seguridad. Una pena, pero aun así lo dejamos en la lista de cosas que más nos gustaron de la ciudad.

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No nos entretuvimos demasiado en él, pues justo delante de nosotros teníamos una de las zonas culturales más importantes del planeta: The National Mall (la Explanada Nacional). Se trata de una explanada gigante en el corazón de la ciudad, ubicada entre el Monumento a Washington y el Capitolio. A su alrededor están los Museos Smithsonianos (Smithsonian Museums), una serie de 19 museos, centros de investigación y galerías de exposiciones dependientes del Instituto Smithsoniano (Smithsonian Institution). Imaginad cualquier cosa: el Museo del Aire y del Espacio, el Museo de Historia Natural, el Jardín Botánico de los Estados Unidos…  Es un lugar muy transitado, quizá de los más visitados de la ciudad, aunque no da sensación de agobio ya que la gente está muy repartida. Aquí va un pequeño plano.

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Solo con los museos alrededor de The National Mall ya se podrían pasar varios días en la ciudad de Washington. Por eso, lo suyo es hacer una selección previa y tratar de ver solo los que realmente se ajustan a tus intereses. Un ejemplo: hay dos galerías impresionantes de arte asiático y africano, pero no son los temas que más nos llamen la atención. Por tanto, las tuvimos que dejar de lado, pese a ser conscientes de que son dos de las mejores muestras del mundo.

Precisamente, esa selección hizo que tuviéramos que pasar delante de muchos edificios y conformarnos únicamente con hacer una fotito en la entrada. Ese fue el caso de la Galería Freer (Freer Gallery of Art) o del S. Dillon Ripley Center (conocido generalmente como el Ripley Center), dos excelentes museos que tuvimos que pasar por alto. También queremos destacar el Jamie L. Whitten Building (foto de abajo a la izquierda), un impresionante edificio centenario que es la sede del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

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Una referencia imprescindible dentro de The National Mall es el Castillo Smithsoniano  o Smithsonian Castle, la sede de la prestigiosa institución que gestiona todos estos museos. Arquitectónicamente es impresionante, pues se trata de una fortaleza de 1855 cuyo diseño se inspira en elementos románicos y góticos, por lo que queda un castillo precioso y muy idealizado.

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Además, al margen de cuestiones administrativas de la Smithsonian Institution, también sirve como centro de información. Allí nos dieron un mapa, los horarios de los museos (casi todos abren a diario de 10:00 a 17:00, salvo alguna pequeña excepción) y nos dieron una buena noticia. ¡La entrada es gratuita a todos ellos!

Cultura de calidad y gratis: parece un sueño en comparación con lo que vivimos en España, donde nuestros políticos sólo se preocupan de destruir la cultura para poder robar con mayor impunidad. En fin.

Una vez nos hemos desahogado, prosigamos con el relato. Nuestros pasos nos volvieron a llevar delante de museos que nos dejaron con muchas ganas, como el Museo Nacional de Arte Africano (National Museum of African Art), la Arthur M. Sackler Gallery o el Museo Hirshhorn, con su Jardín de Esculturas al aire libre. Lo dicho, una pena pero no había tiempo material para entrar.

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En Washington, en lo que a museos se refiere, teníamos un objetivo claro: el Museo Nacional del Aire y el Espacio de Estados Unidos (National Air and Space Museum). Seguramente sólo podríamos visitar éste, pero aun así merecía la pena, ya que su colección es la más importante de aviones y naves espaciales del planeta. Es uno de los museos más visitados del planeta, pues su enorme y variada exposición atrae a gente interesada en temas muy diversos: aviación bélica, exploración espacial, geofísica, la Guerra Fría, evolución de nuestro planeta…

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El edificio en sí ya resulta interesante, pues es una de las principales muestras de la arquitectura moderna endémica de esta ciudad. Es un conjunto de cuatro grandes cubos  hechos con travertino, un tipo de roca sedimentaria muy utilizada en la construcción, conectados entre sí por tres espacios gigantes de metal en los que se exponen los objetos más voluminosos.

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En cuanto entramos, nos dimos cuenta de que estábamos en un sitio distinto. Fue poner un pie en el museo y en seguida vinieron a nosotros dos voluntarios, para darnos el folleto y ofrecerse a resolver cualquier duda que tuviésemos con la exposición. Otra vez… ¡Igualito que en España! Mapa en mano, pensamos un recorrido lógico que nos llevase por todas las estancias y nos pusimos a recorrerlo.

Solo podemos decir que nos pareció genial y que sobretodo destaca por su gran variedad. Cada sala funciona como una exposición independiente, por lo que es como visitar varios museos dentro de uno solo (más o menos como en los Museos Vaticanos, solo que con una museología del siglo XXI).

La parte que más nos gustó fue la relacionada con la exploración espacial, ya que es un tema que nos apasiona. Entre los objetos más importantes destacan la reconstrucción del cohete V-2 (el primer objeto que la humanidad lanzó al espacio), un módulo del Apollo 11 (la primera misión tripulada a la luna) o la sonda espacial Pioneer H, que nunca llegó a lanzarse pero que es similar a otras del mismo programa. La lista es interminable, la libreta en la que tomamos apuntes para luego hacer los diarios de viaje está llena de datos sobre esta parte del museo.

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Gracias a este viaje pudimos cumplir un sueño: tocar la Luna. Resulta increíble, pero es que el Museo Nacional del Aire y del Espacio es uno de los poquitos del planeta que pueden presumir de tener roca lunar expuesta al público. Los “trozos de Luna” que hay en la tierra son muy escasos, pues entre las misiones Apolo de EEUU y las Lunik de la URSS trajeron alrededor de 400 kilos. La mayoría está custodiada bajo unas condiciones de conservación extrema, pero en unos cuantos museos selectos se exponen al público… ¡Y en este incluso se puede tocar! Es curioso, porque el stand es pequeño y puede pasar desapercibido en comparación con las gigantescas naves que lo rodean. Seguro que más de uno se va del museo sin tocarla.

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También nos gustaron mucho las salas relacionadas con los orígenes de la aviación. Sin duda, la pieza más destacada es el Wright Flyer original, es decir, el avión con el que los hermanos Wright (Orville y Wilbur) realizaron el primer vuelo propulsado en el año 1903. Incluso está el Spirit of Saint Louis, el avión con el que Charles Lindbergh atravesó por primera vez el Océano Atlántico. Por supuesto, la I Guerra Mundial (1914-1918) y la II Guerra Mundial (1939-1945) están notablemente representadas.

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Al margen de piezas o temáticas concretas, queremos destacar lo interactivo que es este museo. Es evidente que las instituciones estadounidenses han apostado fuerte por la institución, pues cuenta con los medios más punteros.

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Hay de todo: desde un simulador de vuelo como los que utilizan los pilotos en su formación, hasta varias máquinas para experimentar y comprender de primera mano las leyes de la física. Al final, nos quedamos con la sensación de que si hubiéramos venido aquí de pequeños igual ahora nuestra vocación sería la de astronautas o algo por el estilo.

Lo cierto es que tanto conocimiento nos levantó el apetito, pero por suerte los americanos para eso son muy prácticos. ¿Os imagináis poder visitar el Museo del Prado y comer una hamburguesa en mitad de la visita? No, porque en España museo grande suele ser sinónimo de museo rancio.

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En este caso, hay un espacio muy amplio para que la gente pueda comer y continuar su visita sin que la hora del almuerzo sea un problema. Hay varias cadenas de comida rápida de todo tipo (incluso mediterránea), pero nosotros optamos por unas grasientas y deliciosas hamburguesas del McDonald’s (16$ en total).

Nuestra idea original para la tarde era visitar el Capitolio, pero lamentablemente en el Castillo Smithsonian nos habían dicho que si no se madruga es imposible verlo, pues las colas son interminables. Aun así, decidimos probar: si podíamos entraríamos a verlo, y si no volveríamos en un futuro viaje.

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En una excursión de un día, pasar dos o tres horas haciendo cola sería una locura. Y más teniendo pendiente por visitar el Museo Nacional de los Indios Americanos (National Museum of the American Indian, en la foto), el Museo Nacional de Historia Estadounidense (National Museum of American History) y otros muchos.

Total, que fuimos a intentarlo. Andamos unos minutos y allí estaba, al final de The National Mall, el Capitolio de los Estados Unidos (United States Capitol). Es uno de los enclaves políticos más importantes del mundo, pues en su interior están las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos: la Cámara de Representantes y el Senado. Precisamente por eso, porque EEUU nació con grandes pretensiones, desde el primer momento se planteó un diseño asombroso, colosal, de esos que te dejan con la boca abierta. Y vaya si lo consiguieron.

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Se mire por donde se mire, el Capitolio es un edificio espectacular. Fue inaugurado en el año 1800, y desde entonces es la sede oficial del poder legislativo estadounidense. También es uno de los grandes atractivos turísticos del mundo, pues recibe cada año millones de visitantes que van hasta él para ver su colección de arte, su impresionante arquitectura o sus interminables jardines. Merece la pena pasear un rato por los alrededores (siempre atentos a las indicaciones de la policía y el ejército, pues muchas zonas son de acceso restringido) contemplarlo desde distintos puntos de vista y en sus diferentes fachadas.

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Hacía un día espectacular, así que el Capitolio, con su característico color blanco, lucía como si de una película se tratase. Aunque prácticamente todos los edificios de Washington relacionados con el gobierno son neoclásicos, después de ver unos cuantos seguíamos sin cansarnos, y cada uno nos parecía más bonito que el anterior. Por eso mismo hicimos muchas fotos, más que en ningún otro día del viaje.

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Para ver el interior se entra justo por la fachada opuesta a las fotos de aquí arriba. Dimos la vuelta por un lateral y llegamos sin problemas, ya que todo está lleno de carteles y policías que te indican donde está el Centro de Visitantes (Visitors Center). Hablemos ahora un poquito de aspectos prácticos.

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El Capitolio se puede visitar de muchas maneras, siempre teniendo en cuenta el horario (lunes a sábado de 8:30 a 16:30) y que pase lo que pase será con un guía. La forma más habitual (y la que hicimos nosotros) es el Tour del Capitolio, que dura algo más de una hora y que recorre los tramos más destacados del edificio. También hay visitas temáticas sobre arte, sobre la Guerra Civil, sobre los plenos…

No hace falta decir que, en todos los casos, el acceso es gratuito. Lo suyo sería haber reservado para asegurarnos la visita, (se hace a través de la web del Capitolio), pero no lo hicimos porque era imposible calcular a que hora llegaríamos al edificio. Aun así, pese a que nos habían dicho que a esa hora era imposible ver el edificio por dentro sin esperar dos o tres horas… ¡Milagro! ¡Estaba vacío! Fuimos a la taquilla, nos dieron entradas para el tour de diez minutos después (incluyendo una pegatina identificativa que hay que llevar a la vista en todo momento) y nos pusimos los primeros en la fila. ¡Genial! 🙂

El Tour del Capitolio empieza con un vídeo de orientación de trece minutos que se proyecta en un teatro gigante, en el que se muestra la historia del edificio, de la institución y del país. Se trata de una superproducción, probablemente el mejor vídeo que hemos visto nunca en un museo o en algún sitio por el estilo. Tras él, nos dividieron en varios grupitos pequeños y la guía nos fue enseñando distintas estancias del Capitolio.

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Pese a que el inglés sigue siendo nuestra asignatura pendiente, entendimos prácticamente todo lo que dijo la guía, pues utilizó un lenguaje muy sencillito (buena parte del grupo éramos extranjeros). A lo largo de la visita se pasan por 6 o 7 salas como mucho, pero aun así son muy significativas por cuestiones históricas o artísticas..

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La parte más destacada, sin lugar a dudas, es la Rotonda del Capitolio, la sala circular de gran tamaño que está bajo la cúpula del edificio. Por sí misma ya es impresionante, pues es una estancia gigantesca y sorprendente a nivel arquitectónico. Sin embargo, os quedaréis boquiabiertos al ver la cantidad de obras de arte que os rodearán. En el techo está la Apoteosis de Washington (The Apotheosis of Washington), un fresco de más de 400 metros cuadrados que decora la cúpula. Un poco más abajo, justo debajo de las 36 ventanas, está el Friso de la Historia Americana (Frieze of American History), otro fresco gigantesco. A lo largo de 19 escenas muestra la evolución histórica de EEUU hasta 1859, cuando se empezó a pintar.

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Por último, ya al nivel del suelo hay un grupo de ocho cuadros, a cada cual más importante. Tienen en común las dimensiones (3,6 metros de alto por 5,5 de ancho) y la temática, pues en todas ellas se abordan hechos que cambiaron la Historia de EEUU: la llegada de Colón, el descubrimiento del Misisipi, etcétera. El más famoso, con diferencia, es la Declaración de Independencia (Declaration of Independence) de John Trumbulls, una pintura al óleo que habíamos visto mil veces antes en el colegio, en películas e incluso en el dinero, pues una adaptación del cuadro sirve para ilustrar el reverso del billete de dos dólares.

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Aunque no impresiona tanto, hay otra gran sala de la que es imprescindible hablar al recordar una visita al Capitolio. Nos referimos a la National Statuary Hall, justo al sur de la Rotonda, una cámara semicircular en la que se expone buena parte de la colección de estatuas de personajes ilustres del país: Samuel Adams, Dwight Eisenhower y otros muchos estadounidenses notables están aquí representados. Tiene una acústica curiosa gracias al preciso diseño de la cúpula, cosa que nos demostró la guía yéndose a la otra punta y susurrando, pues la oíamos perfectamente.

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Al terminar el recorrido, se pasa por una papelera en la que amablemente te invitan a tirar tu pegatina acreditativa. Prácticamente todo el mundo lo hizo, pero nosotros las guardamos discretamente y ahora están en nuestra colección de papelajos viajeros 😛 Aunque el tour dura más o menos una hora, conviene que calculéis una hora y media como mínimo entre que se retiran las entradas y te explican las medidas de seguridad. También es posible que se os vaya un poco de tiempo en la tienda, tal y como nos pasó a nosotros. No pudimos evitar comprar dos frikezas históricas: las réplicas de la Declaración de Independencia y de la Bill of Rights (4$ en total).

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Además, ninguna visita al Capitolio está completa si no se va también a la Biblioteca del Congreso (Library of Congress). Se llega a ella sin necesidad de salir a la calle, a través de un túnel subterráneo, y nuevamente la visita a ella es gratuita. En este caso hay estancias que se ven por visita guiada, pero otras se recorren libremente.

La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos es una de las mayores del mundo, pues en ella hay más de 138 millones de objetos entre libros, manuscritos, microfilms, cómics, grabados y demás. Las cifras dejan sin aliento tanto en cantidad (30 millones de libros en 470 idiomas distintos, 61 millones de manuscritos, 14 millones de grabados, 5 millones de mapas, 1 millón de periódicos…) como en calidad (una de las cuatro copias prístinas de la Biblia de Gutenberg, una viola Stradivarius Cassavetti, una tablilla de piedra del 2040 a. C., el borrador de la Declaración de Independencia…).

Los Padres Fundadores de EEUU tenían claro que una Biblioteca Nacional fuerte no solo ayuda a conservar la cultura, sino que es un símbolo de legitimidad fortísimo de cara al exterior. Por eso, desde su construcción en el año 1800 se concibió como un edificio solemne, de belleza extrema. Y justo eso fue lo que nos encontramos. Podríamos entrar a describirlo, pero las fotos de más abajo hablan por sí solas.

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Cuando llegamos estaban a puntito de cerrar, así que no pudimos hacer la visita guiada por las entrañas de la Biblioteca. Aun así, desde una especie de mirador de la segunda planta nos dejaron asomarnos a la sala de lectura.

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Esta biblioteca es el equivalente estadounidense a la Biblioteca Nacional de España, es decir, lo que se traduce en un centro de investigación y de difusión de primer orden. Siempre hay exposiciones, charlas y eventos culturales de todo tipo, por lo que si tenéis varios días en Washington conviene estar atentos a su programación.

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Aunque entramos por el pasillo subterráneo, hay que destacar que el edificio de la Biblioteca del Congreso (o, mejor dicho, los edificios, ya que sus salas se distribuyen entre tres construcciones) es muy bonito. Como no podía ser de otro modo, es de inspiración neoclásico y presume de un blanco impoluto.

La visita a esta gigantesca biblioteca supuso un punto y aparte dentro de nuestra visita a Washington. Poco a poco iba cayendo la tarde, lo que significaba que la vuelta a Nueva York se acercaba inexorablemente, pero aún teníamos mucho que hacer. Al otro lado del Monumento de Washington (justo en dirección contraria a The Nationall Mall) nos estaba esperando la zona de los memoriales, otra zona verde de gran tamaño que está llena de lugares para el recuerdo. Total, que nos dimos una buena caminata (solo desde la Biblioteca hasta el obelisco hay casi tres kilómetros) y nos dispusimos a apurar nuestras últimas horas en la ciudad de la mejor manera posible.

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Durante todo el relato hemos hecho referencia a las estrictas medidas de seguridad que están presentes en toda la ciudad, ya que Washington es el epicentro de la vida política estadounidense. Pues bien, la zona de la ciudad que os vamos a enseñar a continuación es también una de las más delicadas, pues está llena de memoriales a las guerras en las que ha participado el país durante el siglo XX: Vietnam, Corea, la I Guerra Mundial… Es un lugar en el que el espíritu americano está en estado puro, así que aquí os recomendamos especialmente ser precavidos, no hacer ningún movimiento extraño (sobretodo a la hora de las fotos, que los españoles somos muy dados a hacer el cafre delante de una cámara) y mantener la actitud más respetuosa que podáis imaginar.

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Empezamos por el Memorial Nacional a la Segunda Guerra Mundial (National World War II Memorial), uno de los más modernos de la zona. Fue inaugurado en el año 2004 por George W. Bush, tras una agria polémica durante su construcción: algunos sectores lo criticaron porque interrumpe la visión directa entre los monumentos de Washington y Lincoln, otros que protestaban porque era una zona habitual para hacer manifestaciones, incluso se puso bajo sospecha la rapidez con la que se aprobó su diseño y su ubicación. Total, que nadie estaba contento.

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El caso es que desde que se inauguró recibe miles de visitas cada día, así que no parece que vaya a sufrir alteraciones en un futuro próximo. Como memorial es muy interesante, pues no es nada sombrío ni dramático: más bien parece un parque.

El monumento sirve para rendir homenaje a los estadounidenses que sirvieron en la II Guerra Mundial. Hay que recordar que casi 200.000 ciudadanos de EEUU murieron en el conflicto, por lo que es un tema bastante delicado y con muchas sensibilidades distintas. Por eso mismo, parece una caja llena de pequeños memoriales, pues en realidad es un conjunto de diferentes placas, inscripciones y esculturas que rinden tributo a cuerpos concretos del ejército, a caídos en batallas determinadas o a combatientes en zonas específicas del mundo.

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Un poquito más adelante está la Piscina Reflectante del Monumento a Lincoln (Lincoln Memorial Reflecting Pool), uno de los estanques artificiales más famosos del mundo. Mide más de 600 metros de largo y 50 de ancho, aunque curiosamente solo tiene 76 centímetros de profundidad máxima. Caminar a su lado es una experiencia muy relajante, lo cual es fantástico ya que entre tanto memorial es el sitio perfecto para pasear en silencio y pensar un poquito.

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Dicho sea de paso, desde los dos extremos de esta lámina de agua quedan unas fotografías muy bonitas. Un buen momento para dar un consejo: cuando queráis que os hagan una foto, pedídselo a la persona que veáis con la cámara más grande. Normalmente se tratará de un loco de la fotografía, por lo que no solo os hará bien la foto sino que además no le importará en absoluto. Y es que primero le pedimos que nos hiciera una foto a una simpática japonesa de 50 años, y nos sacó muy bonitos… los pies. Después vimos a un chico de unos 30 años con tres cámaras colgadas del cuello, y en unos segundos nos hizo varias fotos. Mil gracias allá donde estés, fotógrafo anónimo 🙂

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Por cierto, seguramente el lugar os resulte familiar. En él se rodó una de las escenas más famosas de la película Forrest Gump, cuando están condecorando al personaje interpretado por Tom Hanks y aparece su amada Jenny entre la multitud.

Tras recorrernos la piscina de punta a punta llegamos al Monumento a Lincoln (Lincoln Memorial), inaugurado en 1922, otro de los grandes puntos de interés de Washinton. Es el principal lugar para rendir tributo a Abraham Lincoln, decimosexto presidente de EEUU, célebre entre otras muchas cosas por haber abolido la esclavitud.

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El monumento fue diseñado por Henry Bacon, que siguió la estructura típica de un templo griego de estilo dórico. Si lo que quería era dignificar la figura de Lincoln, desde luego lo ha conseguido: entre la escalinata, las columnas y la estatua interior parece que se está visitando al mismo dios Zeus.

Como acabamos de decir, en el corazón del memorial está una escultura de Abraham Lincoln de seis metros de alto y otros tantos de ancho. Una obra colosal diseñada por Daniel Chester French, en la que sin duda se ha captado la figura desgarbada y pensativa del político de Kentucky. Muchos jóvenes hemos visto este monumento por primera vez en Los Simpsons, en un capítulo en el que Lisa habla con la escultura.

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Además del Lincoln gigante que está en la sala principal, hay dos estancias más divididas por sendos grupos de columnas. Una tiene grabado íntegramente el Discurso de Gettysburg, el speech más famoso de Abraham Lincoln. La otra tiene su discurso inaugural, también bastante célebre. Y hablando de grandes parrafadas, desde la escalinata del monumento Martin Luther King pronunció su famoso I have a dream, del cual ya hemos hablado cientos de párrafos antes.

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Aunque es un monumento impresionante y de visita obligada, hay que reconocer que este es el único sitio en toda la ciudad en el que sentimos un poquito de agobio por el exceso de gente. El memorial es gigantesco, pero eso no significa que sea suficiente para canalizar la gran afluencia de viajeros. Si encima tenéis la mala suerte que tuvimos nosotros, que nos tocaron al lado dos chicas maleducadas que no hacían más que meternos codo, podéis experimentar ganas de explotar 😛

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Por suerte, desde lo alto del monumento las vistas son espectaculares, así que contra cualquier momento mínimamente tenso la mejor medicina es mirar al horizonte. La piscina reflectante y el impresionante Monumento a Washington forman una estampa inolvidable, de película (de hecho, ya hemos enseñado el vídeo de Forrest Gump). Poco más podemos decir, salvo que nos sentimos muy orgullosos de haber tachado este sitio de la lista de lo lugares a los que queremos ir al menos una vez en la vida.

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Por cierto, en la base del monumento hay dos cosas destacables. La primera es un baño público gratuito (de los poquitos que vimos en Washington), perfecto para hacer un pipí tras unas cuantas horas recorriendo la ciudad. La segunda es una pequeña exposición sobre la vida de Abraham Lincoln, pero es muy poquita cosa.

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Después de ver el Monumento a Washington, fuimos al Monumento Conmemorativo a los Veteranos de la Guerra de Corea (Korean War Veterans Memorial), inaugurado en 1995. Es uno de los lugares para el recuerdo más completos que hemos visto nunca, pues tiene una calidad y variedad artística fuera de lo normal.

El epicentro del monumento es una superficie triangular sobre la cual hay 19 estatuas (cada una mide más de dos metros) que representan a un escuadrón de patrulla, con 15 soldados, 2 marines, un médico y un observador de las fuerzas aéreas. El realismo es impresionante, te hace sentir en medio del conflicto coreano. Hay otras zonas importantes: la Pared de las Naciones Unidas, en el cual están inscritos los 22 países que participaron en el conflicto; la Piscina del Recuerdo, con inscripciones que recuerdan el número de muertos y heridos; y luego distintas placas con frases solemnes. La más famosa es una pared en la que pone Freedom is not free (La libertad no es gratis), una frase que ya forma parte de la cultura popular.

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Y de Corea pasamos a otra de las grandes guerras del siglo XX, a través del Memorial a los Veteranos del Vietnam (Vietnam Veterans Memorial). Éste también es bastante completo, pues está dividido en dos partes claramente diferenciadas. La primera es Los Tres Soldados (The Three Soldiers), en la foto de aquí debajo, en una estatua de bronce que muestra a tres jóvenes militares con todo lujo de detalles. La segunda es el Monumento a las Mujeres de la Guerra de Vietnam (Vietnam Women’s Memorial), que evidentemente rinde homenaje a las mujeres que participaron en el conflicto (fundamentalmente enfermeras).

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No obstante, la parte más famosa del memorial (mucha gente piensa que es la única) es La Pared (The Wall), formada por dos muros de gabro (un tipo de roca ígnea) de 75 metros de largo en los que están escritos los 58.195 nombres de los muertos o desaparecidos en el conflicto. Se han detectado algunos errores y se calcula que 20 o 30 personas siguen vivas pese a estar sus nombres allí, pero aun así no deja de ser un lugar muy triste.

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Los nombres están ordenados cronológicamente (según cayeron en combate), pero a la entrada hay unos mostradores con libros en los que, alfabéticamente, se puede encontrar la ubicación de alguien en concreto. De todos modos, hay un programa de actividades muy ambicioso, en el que los populares rangers (no hay que olvidar que todos estos monumentos están catalogados como Parque Nacional) hacen visitas guiadas. Y es que es un lugar para el recuerdo muy activo, pues siempre veréis flores y demás objetos que los familiares siguen llevando a sus seres queridos. Vimos algo que nos dejó los pelos de punta: las botas originales de un militar que murió en el conflicto, con una pequeña nota en la que se cuenta su historia. Impresionante, de las cosas más fuertes que vimos en toda la tarde.

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Aún tuvimos tiempo para comprar unos imanes de nevera de recuerdo, pero lamentablemente el tiempo se nos había echado encima: habíamos calculado mal y nos encontramos con riesgo serio de perder el autobús de vuelta a Nueva York. Y eso era sinónimo de muerte, pues ya nos veíamos en plan negativo sin billetes de vuelta y perdiendo el vuelo a Madrid. Pensamos un poquito y se nos ocurrió una única solución: ir hasta la estación de Metro más cercana (por “cercana” entiéndase caminar un montonazo) y utilizar el suburbano hasta Union Station. Total, que tocó correr un poquito, y pasar delante de edificios muy chulos a los que no pudimos hacer ni caso.

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Pese a las prisas, no podemos negar que nos detuvimos un momento frente al Monumento a Washinton. Ya casi se había hecho de noche, pero gracias a su iluminación el obelisco resultaba aun más impresionante. No sabemos cuando volveremos, pero lo que está claro es que esta no va a ser la última vez que vayamos a esta ciudad. Nos encantó y haremos lo posible por regresar más pronto que tarde.

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Llegamos al Metro y descubrimos, muy a nuestro pesar, lo difícil que es comprar un billete para este sistema de Metro. De hecho, todavía no sabemos como funciona. Pedimos ayuda al taquillero y no se dignó ni a salir de su garita, pero por suerte un chico joven nos echó una mano y nos dijo como sacar dos tickets.

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Ya que estamos, hablemos un poquito del Metro de Washington. Nos encontramos con un servicio moderno, puntual y muy limpio, con vagones amplios y cómodos. Vamos, que va de maravilla. No nos fijamos demasiado en los detalles, pues estábamos bastante preocupados por perder el tren, pero nos transmitió buenas sensaciones.

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Una vez el Metro nos dejó en la estación de autobuses, corrimos y corrimos hasta el andén que iba a Nueva York. Llegamos cuando ya estaban subiendo, así que no pudimos apurar más. Nos hubiera gustado llegar un poquito antes, ya que no tuvimos tiempo de comprar algo de cena, pero la cosa es que habíamos logrado llegar.

Pues básicamente esto es lo que vimos en Washington DC. Nos dejamos muchas cosas por ver (nos dolió mucho prescindir de algunos museos y memoriales), pero en una excursión de un día el tiempo no se podía extender más. De hecho, nos parece difícil apurar más el tiempo de lo que lo hicimos. Aunque fue una jornada agotadora y llena de prisas, fue suficiente para darnos cuenta de una cosa: que Washington DC es una ciudad impresionante, de las más bonitas e interesantes en las que hemos estado nunca. Algún día volveremos con más calma.

La vuelta a Nueva York transcurrió sin novedad. Más o menos a las dos de la mañana estábamos en la cama, casi 24 horas después de haber salido de casa. Aún nos quedaba un día de viaje, por lo que ya estábamos con la típica pena de que la aventura se acaba. La vuelta a España estaba cada vez más cerca.

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4 pensamientos en “Nueva York ’12 – Capítulo XI: Excursión a Washington DC (día 9)

  1. que bien me está viniendo vuestro blog! ya tengo mis billetes para Washington en marzo con megabus, 2 personas ida y vuelta por 13$ en total. Vamos hacer vuestro recorrido pero intentando añadir el cementerio de arlington pero en principio sin entrar a ningun museo, salimos de NY a las 6.30 y salimos desde Washington a las 19.45.

    • Nos alegra mucho haberte ayudado 🙂 Has conseguido dos precios excelentes, es como para presumir ^^ Si no vais a museos seguro que tenéis tiempo de sobra para ir al cementerio. Si tenéis cualquier otra duda, escribidnos y os ayudamos encantados! 🙂

  2. Washington DC es una de las ciudades que me más me ha gustado visitar de todas las que he estado en EEUU. Washington destila cultura, historia y naturaleza…

    Saludos

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