Nueva York ’12 – Capítulo VIII: Central Park (día 7)

Nueva York no es solo asfalto, hormigón y acero. Aunque parezca mentira, en la ciudad de los rascacielos también hay sitio para el color verde. A veces es en espacios pequeñitos, casi anecdóticos, como Bowling Green. Sin embargo, en otras ocasiones es en enormes áreas, pulmones que parecen luchar por tragarse el humo de los coches y dar a los neoyorkinos un poquito de calidad de vida. El principal ejemplo de eso es Central Park, el que probablemente sea el parque más famoso del mundo.

El séptimo día de nuestro viaje a Nueva York lo dedicamos, en exclusiva, a recorrer esta enorme zona verde en el corazón de Manhattan. Fuentes, ardillas, pingüinos, un castillo, varios lagos y puentes de película nos acompañaron en un inolvidable paseo. ¿Quieres caminar por Central Park sin moverte de casa? Pues sigue leyendo, porque este relato va a hacer que puedas ver, oír y sentir el parque desde tu ordenador.

Nueva YorkAntes de contaros nuestra experiencia, un poquito de información práctica. Central Park abre prácticamente todo el día (de 6 de la mañana a 1 de la noche), por lo que el horario no es un problema. Es un rectángulo perfecto, limitado por la Quinta Avenida al este, por la Calle 110 al norte, la Octava Avenida al oeste y la Calle 59 al Sur. Es totalmente gratis, y al igual que en otros grandes zonas verdes urbanas del mundo (como El Retiro en Madrid) es muy frecuente encontrarse con músicos callejeros, gente haciendo deporte o simplemente con otros viajeros. Vamos, que es el típico sitio en el que pasan cosas. Por último, es recomendable ir con calzado cómodo, ya que hay más de 300 hectáreas por las que caminar gracias a sus 4 kilómetros de largo y 800 metros de ancho. Si no os gusta andar podéis alquilar una bici, pero igualmente hace falta ropa cómoda. Está la opción de alquilar un coche de caballos, pero es carísimo.

Normalmente se entra por el acceso sur, y eso fue exactamente lo que hicimos nosotros. Llegamos un poquito antes de la diez, y ya antes de meternos en Central Park nos llevamos la primera sorpresa. Resulta que la Central Park South, la calle a la altura de la 59 que linda con el parque, está llena de estatuas de libertadores americanos. Nos llamó mucho la atención encontrarnos estatuas de figuras como Simón Bolívar o José de San Martín, que normalmente son empleados en la actualidad como “símbolos anti yanquis”, en la zona verde más importante de Nueva York. Pero es que en esta calle se rinde homenaje a personas que lucharon por la independencia de los estados del continente americano, sin importar lo que haya pasado después.

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Y por fin nuestro relato llega al interior de Central Park… ¡No! ¡Aun no! Antes, un poquito de Historia sobre el parque. Será el último paréntesis antes de meternos de lleno en él, lo prometemos 🙂

El parque no estaba pensado en el Nueva York que se planificó a comienzos del siglo XIX. Sin embargo, la ciudad creció tanto en las primeras décadas de la centuria que se hizo necesaria una gran zona verde, y así es como se aprobó su construcción en 1853. En 1861 abrió una pequeña parte del parque, aunque no fue hasta 1873 cuando se inauguró oficialmente. Sin embargo, con el cambio de siglo el aspecto de Central Park era lamentable, casi de abandono. Pasó así bastante tiempo, hasta que en 1980 se creó la Comisión de Conservación de Central Park (Central Park Conservancy), encargada de poner en valor de nuevo esta enorme zona verde. Eso cambió para siempre el curso de los acontecimientos, pues desde entonces Central Park goza de un estado excelente. Caminar por sus innumerables caminos es sinónimo de respirar aire puro, de relajación absoluto y de diversión a raudales.

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Como os podéis imaginar, a lo largo de 300 hectáreas hay mucho que hacer. Además de enormes praderas e interminables caminos, también hay varios lagos artificiales, estatuas, un fuentes, puentes y hasta un castillo. Eso por no hablar de la gran cantidad de actividades que se pueden realizar: pasear en bici, alquilar una barca, patinaje sobre hielo… También cabe destacar la variedad de gente, pues el parque recibe más de 25 millones al año (una media de 70000 personas al día).

Con todo lo que ya hemos escrito, no hace falta decir que las expectativas eran altísimas. Y fue poner un pie dentro de Central Park para darnos cuenta de que había sido todo un acierto reservar un día entero para recorrerlo. Desde el primer momento encontramos exactamente lo que estábamos buscando: tranquilidad, enormes caminos y preciosas zonas verdes.

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Un poquito antes de las diez, justo antes de que abrieran, llegamos al Centro de Información al Visitante (Dairy Visitor Center and Gift Shop) que está a la altura de la Calle 65. A lo largo del parque hay cinco puestos de información, en los que te puedes apuntar a actividades, obtener ayuda para planificar el día o comprar algún recuerdo. Que nadie espere una caseta de madera, pues estos centros son construcciones preciosas que parecen propias de un cuento de hadas. En el caso que os estamos enseñando ahora, se trata de una casa de campo de estilo victoriano diseñada por Calvert Vaux en el siglo XIX. Nosotros fuimos en busca de un mapa, y nos acabamos comprando uno de época por 5$. No nos ayudó nada a orientarnos (de hecho, nos movimos siguiendo los paneles del parque) pero se ha convertido en un souvenir muy mono de nuestro paso por Central Park.

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A estas alturas vimos a la primera ardilla del día. Nos encanta este animal, ya que pese a que le hemos visto en mil sitios nunca deja de sorprendernos. En Central Park os hartaréis de ver ardillitas, que aquí tienen el entorno paradisíaco para vivir.

Nueva YorkY, hablando de animales, la primera gran visita que hicimos dentro del parque fue al Central Park Zoo. Su historia es muy similar a la de la Casa de Fieras del Parque del Retiro en Madrid, ya que en el siglo XIX se trajeron al parque animales exóticos con el único fin de ser admirados. Con el tiempo la dinámica cambió, y un siglo después ya se podía hablar del zoo moderno que hoy perdura. Abre todos los días de 10:00 a 4:30, y hay distintos tipos de entradas en función de lo que se quiera ver. Nosotros pagamos 12$ cada uno, lo cual nos daba derecho a ver el zoo pero no a las cosas más enfocadas a niños (como una peli en 4D).

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Seguramente, al ver el Zoo de Central Park a más de uno le venga a la mente la peli de Madagascar. Y es que la genial obra de animación de DreamWorks transcurre aquí. De hecho, es una película genial para conocer Nueva York, pues aparte de Central Park también aparecen otros lugares fácilmente reconocibles como la Grand Central Terminal.

El zoo está dirigido por la Wildlife Conservation Society (WCS), responsable de un conglomerado de cuatro zoos y un acuario distribuidos por los distintos barrios de la ciudad. Así, se podría decir que el zoo de Nueva York está repartido en cinco sedes distintas.

No es demasiado grande, por lo que se tarda poquito en verlo. Además, no se trata del típico laberinto en el que es difícil encontrar a algunos animales. Aquí hay un espacio central que sirve como referencia, alrededor del cual está todo lo que se visita. Precisamente, en esa zona centro está uno de los grandes atractivos del zoo: la piscina de leones marinos.

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Solo había dos o tres animales, pero eran suficiente para hacer las delicias de todos los que estábamos allí. Daban vueltas constantemente alrededor de la piscina, y cada cierto tiempo salen a la superficie para aplaudir. Tiene pinta de que los pobres están ultra-amaestrados…

Antes hemos dicho que este es el Zoo de Madagascar (de hecho, ese día se ponía a la venta Madagascar 3 en EEUU y estaban repartiendo regalos a los niños). Sin embargo, que nadie espere encontrarse a Alex el León, a Melman la Jirafa o a Gloria la Hipopótamo. No sabemos el motivo (en internet no lo hemos encontrado), pero esos animales tan exóticos ya no está allí. O quizá nunca lo estuvieron. El caso es que fauna africana hay más bien poquita. Los que no faltan son los famosos pingüinos, que en la peli encarnan el papel más alocado y entrañable.

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En general, podemos decir que esperábamos mucho más del zoo. Hemos visitado ya unos cuantos a lo largo de nuestros viajes (el Zoo de Roma, el Zoo de Berlín, el Zoo de Londres…), y de todos nos hemos llevado algo positivo. En este caso, que se trataba del zoo que sale en la peli de Madagascar y poquito más. Las instalaciones son viejas, el recinto es bastante chiquitito y hay poca variedad. Por si eso fuera poco, los animales más interesantes (como el oso polar) se ven a kilómetros de distancia, a través de un sucio cristal.

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La excepción, que por si sola no justifica una visita pero que es realmente interesante, es un pequeño espacio en el zoo muestra un ejemplar de panda rojo. También llamado panda menor, es uno de los animales más difíciles de ver en el mundo, pues solo quedan 2500 en todo el planeta.

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Por suerte, la reproducción en cautiverio de esta especie se ha conseguido con éxito, por lo que parece que no corre riesgo de extinguirse.

Con todos los tickets está incluido, además, el acceso al Tisch Children’s Zoo, a cinco minutos andando. En él viven básicamente animales de granja (vacas, cerdos, cabras y demás), a los cuales se les puede dar de comer… comprando la comida oficial del parque, por supuesto.

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Teníamos pensado pasar bastante más tiempo en el zoo, pero al ser tan pequeño no nos entretuvimos demasiado. Aunque nos había decepcionado un poco, lejos de verlo como un problema lo vimos como una oportunidad: disponíamos todavía de muchas horas de sol para disfrutar al máximo de Central Park. Y la verdad es que apetecía pasear, pues hacía un día impresionantemente bonito.

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El primer lugar que nos dejó boquiabiertos fue la Fuente BethesdaBethesda Fountain, alrededor de la cual hay una terraza que hace las veces de punto de reunión. Es una de las zonas más animadas del parque, sin duda gracias a la belleza de la fuente (coronada por un ángel) y al bucólico lago de alrededor. Aquí experimentamos esa extraña sensación de haber estado antes, de conocer el sitio sin saber muy bien el motivo. Pues bien, indagando un poco en Internet hemos encontrado decenas de motivos: desde la película de animación Stuart Little 2 hasta videojuegos como el GTA IV, pasando por series como Gossip Girls o por clásicos navideños como Elf (la peli de Will Ferrell).

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Ya que estábamos allí, aprovechamos para hacer un descanso. Hacía tan buena temperatura (incluso estábamos en manga corta) que era imposible resistirse, así que nos sentamos en un ladito de la plaza y disfrutamos del ambientazo que había. Dicho sea de paso, también tomamos un pequeño aperitivo, pero no cualquier cosa. JetBlue Airways, una de las aerolíneas lowcost más famosas de EEUU, estaba esos días haciendo promoción en Nueva York. En distintos puntos de la ciudad regalaban bolsitas de sus famosas Terra Blues, unas patatas fritas de color azul que son su snack oficial. De casualidad nos dieron unas de esas, así que decidimos probar. ¡Riquísimas! Y no llevan nada extraño, simplemente es una variedad sudamericana de patata que tiene esos curiosos tonos azulados.

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Una vez tomamos este pequeño piscolabis, volvimos a ponernos en marcha. No muy lejos de allí estaba el Bow Bridge, el que para muchos es uno de los lugares más románticos del mundo. Se trata de un puente de hierro de casi 30 metros (el más grande del parque) por el cual pasan millones de personas cada año. Su éxito radica en muchos factores. En primer lugar, tiene un diseño precioso, justo lo que esperaríamos encontrar en el palacio de una princesa de Disney. Además, está perfectamente ubicado: los árboles de alrededor son muy bonitos, el lago está espectacular en esa zona, apenas hay ruido del exterior del parque…

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Por si eso fuera poco, ha aparecido en miles de millones de películas y series, por lo que mucha gente acude aquí para poder pasear por el escenario de innumerables historias de amor. Es muy bonito, sería un crimen ir a Central Park y no pasar por el puente Bow.

Otra referencia imprescindible al hablar de Central Park son Los Beatles y, en concreto, el popular John Lennon. Son varios los puntos relacionados con el músico de Liverpool, aunque sin duda el más destacado es el Edificio Dakota. En este exclusivo edificio de estilo neorrenacentista alemán vivía Lennon junto a la polémica Yoko Ono cuando en diciembre de 1980 fue asesinado a sus puertas.  Este crimen conmocionó al mundo, y no se tardó demasiado en renombrar un trocito de Central Park como Strawberry Fields (recordando a la canción Strawberry Fields Forever) en honor al músico. De hecho, se decía que esa zona era su favorita y que era frecuente verle pasear por allí. El punto de encuentro en el que fans de Los Beatles de todo el mundo siguen recordando al músico es el Mosaico Imagine, un pequeño mosaico en el que es frecuente encontrar ofrendas de todo tipo: flores, fotografías, cartas…

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En nuestra opinión, el mejor homenaje que se puede hacer a un músico es, precisamente, la música. Estamos seguros de que a John Lennon lo que más ilusión le haría, si viera todo Strawberry Fields, es que es una zona en la que los acordes de una guitarra siempre están presentes. Resulta imposible pasar por allí sin que un músico callejero, un fan o simplemente un grupito de jóvenes esté rindiendo tributo a John Lennon a través de su música.

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Desde esa zona conviene seguir al norte, pero sin despegarse de los límites del parque, para llegar a uno de los grandes museos de Nueva York, de EEUU e incluso del mundo: el American Museum of Natural History. Vamos, el Museo Americano de Historia Natural. Es uno de los museos más grandes del mundo, pues está ubicado en un complejo que conecta 25 edificios entre sí. Tiene más de 32 millones de ejemplares en sus fondos, además de una biblioteca enorme y un equipo de más de 200 investigadores.

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Abre todos los días (incluido lunes) de 10:00 a 17:45, y cuesta 19$ por persona. No obstante, está incluido en la New York Pass, además de en otras tarjetas de descuento, por lo que el dinero no es una excusa. Se entra a la altura de la Calle 79, y hay que tener un poquito de paciencia ya que en la entrada hay que pasar unos controles de seguridad bastante exhaustivos.

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Conviene decir que es uno de los museos más visitados del mundo, por lo que las aglomeraciones están aseguradas. Otra advertencia: es imposible ver el museo del tirón en un día, por lo que hay que ser selectivos. Nosotros queríamos volver luego a Central Park, pues aun nos quedaba mucho, así que hicimos un recorrido por lo más destacado.

Nos encantó el museo. La principal conclusión que sacamos es que hay de todo, absolutamente de todo: miles de animales disecados, minerales procedentes de todo el planeta, recursos audiovisuales de lo más puntero… Justo lo que se puede esperar de una institución del siglo XXI.

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Como viajeros, nos sorprendió mucho una serie de vitrinas en las que se muestra cómo es la vida en diferentes partes del mundo. Lo hacen a través de maquetas, objetos reales e ilustraciones, y la verdad es que está muy bien montado. Es el mejor ejemplo de que un museo de historia natural no se reduce únicamente a “bichos disecados”, como dicen algunos despectivamente.

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En cualquier caso, el gran reclamo del museo para el público general es su impresionante exposición sobre dinosaurios. Desde el temible Tyrannosaurus Rex hasta pequeños huevos fosilizados, cualquier cosa relacionada con el jurásico siempre es sinónimo de éxito. Siempre que podemos vamos a museos en los que se exponen restos de dinosaurios, por lo que ya hemos visto unos cuantos, pero aun así superó las expectativas con creces.

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Para terminar con el Museo de Historia Natural de Nueva York, queremos recomendaros la peli Noche en el Museo, protagonizada por Ben Stiller. En ella el personaje principal entra a trabajar como vigilante nocturno, lo cual lleva a descubrir que todos los objetos del museo cobran vida por la noche. Una comedia de lo más divertida. Aquí va el trailer:

Salimos del museo con bastante hambre, así que, como el día anterior en el Met, aprovechamos que en la puerta había una buena variedad de puestos ambulantes. Edu pidió pechugas de pocho rebozadas con patatas fritas, mientras que Eri optó por un philly cheese & steak, una especie de bocadillo de carne mechada, queso, pimientos y cebolla (15$ en total). Nos lo comimos todo en un banquito a la sombra, de nuevo dentro de Central Park.

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Si habíamos limitado nuestro tiempo en el Museo de Historia Natural a solo unas horas es porque todavía nos quedaba muchísimo por ver y hacer en Central Park. Ya hemos destacado por activa y por pasiva su enorme tamaño, pero quizá sea más gráfico hacerlo por comparación. ¿Sabíais que Central Park es más grande que el Vaticano y que el Principado de Mónaco? Siendo un parque más grande que dos países, no hace falta decir que las posibilidades son enormes.

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Además, como en tantos otros aspectos de la vida, no es solo una cuestión de tamaño, sino más bien de calidad. Central Park es una caja de sorpresas, a cada paso te puedes encontrar con algo que te haga pensar “¿cómo puede estar esto aquí?”. Es lo que nos pasó al encontrarnos con la Swedish Cottage Marionette Theatre (algo así como el Teatro de Marionetas de la Casa de Campo sueca).

Bajo ese pomposo y rimbombante nombre se esconde una auténtica casita de campo sueca, que fue traída a EEUU en el año 1876 pieza a pieza. Desde entonces es una visita obligada dentro de Central Park, no solo por lo exótico que supone encontrarse este edificio en la ciudad de los rascacielos, sino porque lleva décadas siendo la sede de uno de los teatros de marionetas más famosos del mundo.

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Pero bueno, hablando de cosas sorprendentes el premio gordo se lo lleva el Castillo Belvedere (Belvedere Castle), una pequeña fortificación localizada en el corazón del parque. Fue construida en 1865 con intereses muy distintos a los que se le pueden presuponer a un castillo: estación meteorológica, observatorio de aves, mirador del parque, centro de información turística, simple lugar de recreo…

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Vamos, que fue un caprichito que quisieron darse las autoridades para hacer de Central Park un lugar aun mas mágico. Abre todos los días de 10 a 17, salvo fechas muy concretas como Acción de Gracias o Navidad. Entrar es totalmente gratis, aunque como en muchos otros sitios os harán saber que los donativos están bien vistos.

El hecho de que el castillo no se construyese siguiendo necesidades militares, sino más bien culturales, hizo que sus arquitectos (Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux) pudieron recrearse. Así, a nuestros días a llegado una obra a medio camino entre el gótico y el románico, con todos los tópicos medievales que se pueden imaginar: acceso impresionante, torre preciosa, dragones grabados en bronce… Por si eso fuera poco, el castillo está enmarcado en una zona de inspiración victoriana, por lo que seguramente más de uno sufra un pequeño ataque de síndrome de Stendhal (ese que nos pone el corazón a mil ante manifestaciones artísticas especialmente bellas).

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El Castillo Belvedere es una joya en sí misma, pero más aun lo son sus vistas. Está en un pequeño promontorio sobre el Turtle Pond, un pequeño lago que literalmente significa “estanque de tortugas”. Sin embargo, es más típico ver aves, insectos e incluso anfibios. También tiene una panorámica excelente del Great Lawn. No se rompieron la cabeza con el nombre, ya que significa “el gran césped”. Y es que se trata exactamente de eso, de una enorme llanura perfecta para tumbarse en la hierba y descansar un rato.

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Pero antes de ir allí, nos desviamos para ir a ver dos de los monumentos que más nos impresionaron de Central Park. El primero es el Monumento al Rey Jagiello, una brutal estatua ecuestre en honor de Vladislao II de Polonia. Está unánimemente reconocida como una de las esculturas que más sentimientos transmiten de todo el parque, pues la imagen de esta gran figura medieval pone los pelos de punta con sus dos espadas y su enorme caballo. El otro gran monumento que fuimos a ver es conocido como Cleopatra’s Needle (Aguja de Cleopatra), un obelisco original del Antiguo Egipto. Forma parte de un conjunto de tres obeliscos que en el siglo XIX se trasladaron desde su lugar de origen a Londres (Ciudad de Westminster), París (Plaza de la Concordia) y  este en Nueva York.

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En cuanto al Great Lawn, ofrece exactamente lo que promete su nombre: una enorme llanura llena de césped. Hacía un día precioso, por lo que todo invitaba a hacerse un sitio en ese gran manto verde y dejar pasar las horas. Eso es lo que estaba haciendo mucha gente, pero en absoluto había sensación de agobio ya que el terreno es muy grande.

De hecho, hay nada más y nada menos que ocho pistas para jugar al baseball en los lados, y ninguna está lo suficientemente cerca del centro como para que haya riesgo de sufrir un bolazo. También había gente jugando con indiacas, raquetas e incluso balones de rugby. Abajo veis a Eri, que demostró su gran juego de codo al devolver un balón perdido.

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Antes de tumbarnos en el césped, quisimos acercarnos hasta la mayor masa de agua de Central Park: la Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir (generalmente conocida como Central Park Reservoir o, lo que es lo mismo, el Embalse de Central Park). Es un lago artificial de gran tamaño, muy bonito y que transmite una enorme sensación de tranquilidad. Tiene una superficie de 43 hectáreas, por lo que se calcula que puede contener casi cuatro millones de metros cúbicos de agua. En los alrededores y en el propio estanque anidan hasta veinte especies animales, desde ánades reales hasta mapaches. Es además un lugar clave en los flujos migratorios de aves por el continente americano. Quizá por eso es una zona con especial protección, mucho más tranquila que el resto de lagos del parque.

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 Aunque nuestra idea inicial era seguir subiendo, pues al norte todavía quedaban muchas cosas por ver de Central Park, cambiamos de planes. The Great Lawn nos había parecido un lugar digno de ser disfrutado más tiempo, así que compramos una bolsita de almendras garrapiñadas (por toda la ciudad hay vendedores de frutos secos garrapiñados, y el parque no es una excepción) y volvimos al césped. Después de todo el día caminando, disfrutar de las últimas horas de sol sentaditos, descansando y reflexionando sobre el significado de la vida fue una experiencia maravillosa. Sin duda, uno de los momentos más especiales de todo el viaje.

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Desgraciadamente lo bueno pasa muy rápido, y cuando nos quisimos dar cuenta ya estaba atardeciendo. No quisimos apurar demasiado, ya que teníamos bastante camino hasta salir del parque y nos daba cosilla ir por allí por la noche (ya que en muchos senderos no habíamos visto ni una sola farola). Eso si, el paseo hacia la salida fue de lo más gratificante: una estatua de Romeo y Julieta, los tonos caoba del otoño en los árboles, las últimas ardillas diciéndonos adiós… ¡Y hasta una góndola! Ya lo dijimos al principio: en Central Park siempre se ven cosas sorprendentes.

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También empezamos el relato diciendo que teníamos unas expectativas altísimas puestas en Central Park. Pues bien, después de haber pasado varias horas recorriéndolo de arriba a abajo solo podemos decir una cosa: nos enamoró. Es un sitio mágico, con un sinfín de posibilidades y con una montaña de sorpresas en cada camino. Cada vez que pensamos en el pulmón verde de Manhattan nos ponemos melancólicos, pues aquí hemos pasado uno de los días más felices de nuestra vida viajera.

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Resultó muy chocante, tras unas cuantas horas pensando en verde, volver al asfalto y a los rascacielos infinitos. Estos también tienen su encanto, pero por un momento nos sentíamos un poco abrumados por tanto tráfico y tanta gente, pues Central Park había sido como una terapia en un balneario.

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Apenas nos detuvimos en la ciudad, pues estábamos muy cansados y al día siguiente teníamos que madrugar. ¡Casi nos quedamos dormidos en el Metro!

Capítulo VIIVolver a Nueva York ’12Capítulo IX

3 pensamientos en “Nueva York ’12 – Capítulo VIII: Central Park (día 7)

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  2. No quiero seguir leyendo vuestro diario sin deciros que después de haber leído muchos relatos para preparar mi primer viaje a Nueva York y el segundo que haré este verano, el vuestro es de lis mejores sin duda.
    Coincido mucho con vosotros en los sentimientos que inspira esta magnífica ciudad.
    Lo estoy disfrutando! Gracias

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