Nueva York ’12 – Capítulo V: Intrepid Museum, Madison Square, Chinatown, Little Italy, TriBeCa y SoHo (día 4)

Como dos neoyorkinos más empezamos nuestro cuarto día en la ciudad. En esta ocasión teníamos pensado visitar algunos de los barrios más exóticos y característicos de la Gran Manzana, como Chinatown o Little Italy. Antes de eso habíamos planeado ver algunas cosas sueltas, como el Intrepid Museum o el Madison Square Garden. Vayamos por partes.

Tras maldecirnos a nosotros mismos por haber dormido tan poco, quitarnos las legañas y desayunar, fuimos exactamente a donde lo habíamos dejado la noche anterior: la Grand Central Terminal. Ahora, a plena luz del día, se podía disfrutar de una vista perfecta del Edificio Chrysler (Chrysler Building), uno de los rascacielos más célebres de la ciudad. Aunque no se puede visitar por dentro (una pena, porque seguro que las vistas son impresionantes), sus 319 metros de altura despiertan la fascinación de todos los visitantes de la ciudad. Como curiosidad, su remate art déco está basada en los tapacubos que utilizaban los vehículos Chrysler a comienzos del siglo XX.

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Si nos habíamos bajado en esa parada es porque queríamos ir al Intrepid Sea-Air-Space Museum. Desde la Grand Central tomamos el autobús 42 en dirección al oeste, nos bajamos a la altura del mar y allí caminamos un poco hasta la entrada del museo. No tiene pérdida, ya que está al lado del portaaviones. ¿Portaaviones? Si, como lo leéis. El Intrepid Museum es una institución que nos permite conocer desde cerca (a veces desde dentro) distintas joyas de la ingeniería moderna: un portaaviones, un submarino, un avión Concorde e incluso el transbordador espacial Enterprise. Imprescindible simplemente por el cosquilleo que produce pasar al lado del Portaaviones Intrepid y pensar que en unos minutos se van a estar recorriendo sus entrañas.

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Abre de martes a domingo, en un horario de 10:00 a 17:00. Recibe miles de visitas cada día y algunas estancias son pequeñas, por lo que conviene madrugar y estar allí unos minutos antes de la apertura. Así se evitarán colas innecesarias, con sus consiguientes pérdidas de tiempo.

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La entrada general cuesta 24$, aunque estaba incluido en el New York Pass. Sin embargo, tuvimos que pagar 6$ cada uno para ampliar nuestro tícket y poder ver el pabellón espacial. En este caso el mapa del museo es importantísimo, ya que unas zonas son independientes de otras y el orden de la visita puede ser determinante para rentabilizar cada segundo al máximo.

Nosotros empezamos por el Submarino Growler, ya que se accede en grupos muy reducidos y en él se forman las mayores colas. El recorrido exige unas mínimas condiciones físicas, pues se visitan estancias estrechas, incómodas y a las que se accede pasando por una compuerta un poco elevada. Por tanto, recomendamos que se abstengan personas mayores, voluminosas y, por supuesto, gente con claustrofobia. Y hecha esa advertencia, un poquito de Historia…

El USS Growler es un submarino lanzamisiles de clase Grayback, que estuvo sirviendo al ejército americano desde 1958 hasta que en 1964 (¡Sólo seis años más tarde!) se le retirara de servicio por considerarlo obsoleto. Aun así, tuvo tiempo de operar en distintas campañas por el Océano Pacífico. Después pasó 45 años en reserva, estando a punto de hundirse por falta de mantenimiento, hasta que en 1989 pasó a formar parte de la colección permanente del Intrepid Museum.

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Aunque es infinitamente más espectacular, el recorrido nos recordó a la visita de algunas embarcaciones como el barco Playa de Ondarzabal de Lekeitio o el Reina del Carmen de Burela. Y decimos eso porque en los tres casos hemos podido comprobar de primera mano lo durísima que es la vida en el mar, ya sea pescando atunes o espiando al enemigo bajo el agua.

En el Growler se camina por prácticamente todas sus estancias: desde las zonas para hacer vida (comedores, dormitorios, cocina) hasta las más técnicas (como la sala de control). La parte que más nos gustó fue la sala de torpedos, ya que no habíamos visto nada parecido salvo en películas. Además, se conservan un par de enormes proyectiles, por lo que la imaginación se disparó.

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Lo cierto es que no se tarda demasiado en ver el submarino, ya que es un único corredor y no hay ninguna otra alternativa. De todas formas, sigue siendo una de las experiencias que recordamos con más cariño de nuestro paso por Nueva York.

Exactamente lo mismo podemos decir del Portaaviones USS Intrepid, la auténtica estrella del museo. Es increíble, ni más ni menos, poder visitar una nave que participó en la II Guerra Mundial con un papel muy destacado (prestó servicio en varias campañas del Pacífico). Tras el conflicto, fue remodelado y volvió a tener un papel destacado en otro gran conflicto: la Guerra de Vietnam. Poco a poco perdió protagonismo hasta que en 1974 fue dado de baja y, tras un proceso de 8 años, pasó a formar parte del museo. La Historia le tenía reservada una última misión, ya que durante los atentados del 11S prestó apoyo en las tareas de rescate.

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Recorrer su enorme interior lleva bastante tiempo, ya que se ha aprovechado hasta el último metro cuadrado para mostrar piezas relacionadas con el barco o con los conflictos en los que participó. A lo largo de sus tres cubiertas interiores se ha montado un recorrido libre, con muchas posibilidades y muy interactivo.

Hicimos prácticamente de todo: montarnos en una barca que simula las condiciones del mar en caso de naufragio, ver cómo es la cabina de un avión que combatió en la II Guerra Mundial, probar la “comodidad” de una cama similar a la que utilizaba la tripulación del portaaviones… Especialmente recomendado para niños y para locos de la Historia.

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En la cubierta de vuelo hay una excelente colección de aviones y helicópteros militares, algunos fácilmente reconocibles por su participación en las películas bélicas más célebres de Hollywood. Desde un F-14 Tomcat hasta un A-12 Blackbird, la lista es interminable. También hay hueco para la aviación civil, pues se puede recorrer el interior de un Concorde auténtico que perteneció a British Airways. Lamentablemente, se hace en grupos muy reducidos y si queríamos hacerlo teníamos que esperar varias horas. No hubo tiempo para lamentarse, ya que para quitarnos el mal sabor de boca recorrimos el puente de mando de arriba a abajo.

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En uno de los extremos se ha montado un curioso pabellón hinchable en el que se expone el Transbordador Espacial Enterprise, una de las joyas del programa espacial estadounidense. Como ya hemos dicho, hay que pagar un plus para verlo. Se trata del primer transbordador espacial construido por la NASA, inspirador del resto. Aunque realmente nunca voló al espacio, su utilización en numerosísimas pruebas durante los años 70 fue determinante en la exploración del espacio. Lo malo es que no se puede recorrer su interior, pero ver de cerca un coloso como este es fascinante (y más si, como a nosotros, os gusta el tema). Además, constantemente se muestra en el interior del pabellón un vídeo en el que se enseña cómo fue el transporte del transbordador al museo (con la famosa imagen en la que la nave está anclada a un avión). Nos recordó mucho a la visita del Museo Memorial de la Exploración Espacial de Moscú.

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Con eso terminó nuestro tiempo en el Museo Intrepid. Queremos volver a recordar lo imprescindible que es esta visita dentro de un viaje a Nueva York. Quizá sea un poco incómodo llegar hasta él (no está en el centro, por lo que mínimo hay que coger un autobús), pero ofrece tanto, tan variado y tan exclusivo que merece la pena acercarse. Además, como os enseñamos un par de capítulos atrás, al ladito hay un muelle del que salen los principales paseos en barco por Manhattan. Quizá lo suyo fuera combinar ambas opciones.

Nuestro planning continuaba algo alejado de esa zona, así que tuvimos que volver a tomar el autobús 42 hasta la estación de Metro de esa misma calle, para bajar hasta la 34. Allí, desde Penn Station, nos acercamos a ver dos edificios más o menos destacados: el Madison Square Garden y la Oficina Postal James Farley (James Farley Post Office). El primero es un pabellón deportivo, hogar de los New York Knicks de la NBA y sede de grandísimos conciertos. Se puede hacer un tour por su interior, pero no nos llamaba la atención especialmente. El segundo es el cuartel general del servicio de correos en Nueva York. Destaca especialmente su frase de la fachada: “Neither snow nor rain nor heat nor gloom of night stays these couriers from the swift completion of their appointed rounds“. Viene a significar algo como “Ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor ni la oscuridad de la noche hace que estos mensajeros no completen rápidamente sus objetivos asignados”. No sabemos si funcionará bien el servicio postal en EEUU, pero desde luego dominan el marketing desde hace más de un siglo.

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Y… redoble de tambores… aquí viene uno de los grandes momentos del viaje y de nuestra vida viajera. En Nueva York es muy frecuente encontrarse con rodajes de películas y series de televisión, hasta el punto de que existe una división de la policía destinada exclusivamente a gestionar este tipo de eventos. Raro es no toparse con un puñado de cámaras.

Pues bien, dicho esto, íbamos caminando cuando de repente vimos unos camerinos portátiles y un montón de sillas. Al principio no le dimos mucha importancia, solo lo comentamos y dijimos que igual veíamos a algún famoso… hasta que descubrimos que lo que estaban rodando era la serie de Person of Interest. Aquí ya nos picó más la curiosidad, dado que su actor protagonista es uno de nuestros favoritos: Michael Emerson, que en su momento interpretó al temible Benjamin Linus en Perdidos. ¿Y si nos lo encontrábamos? Sería gracioso, la verdad, pues no todos los días te encuentras con una de tus estrellas internacionales favoritas.

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El caso es que llegamos a un punto en el que había un cartel (fotografía de la derecha) avisando de que estábamos entrando en “zona de rodaje”. La advertencia era bastante clara: a partir de ese punto dabas tu consentimiento para ser grabado y que tu imagen o tu voz sean incluidos en la serie de televisión, y si no quieres salir tienes que darte la vuelta. Nosotros seguimos caminando, más que nada porque queríamos ir al otro lado de la calle (y si, dicho sea de paso, curiosear un poquito).

Un poquito más adelante nos topamos con el típico follón de rodaje: técnicos de sonido, cámaras, sillitas plegables al más puro estilo Hollywood… Al principio no veíamos nada, y de hecho estuvimos a punto de pasar de largo. Sin embargo, Eri estuvo atenta y vio a Michael Emerson en un lateral, esperando para rodar. Llegados a ese punto, solo teníamos un objetivo a corto, medio y largo plazo: hacernos una foto con él. ¡Costase lo que costase!

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Estaba rodando una escena en la que cruzaba una calle, terminaba y volvía andando para volver a grabar una nueva toma. Observamos y vimos que el momento perfecto para “abordarle” sería cuando volviese de grabar la escena. El primer intento fue fallido, ya que se lo llevaron los maquilladores. Pero al segundo… ¡ZASCA! Edu le soltó algo del tipo “Jelou! We come from Spain! You are our favourite actor!”. El pobre puso cara de “no entiendo nada”, pero cuando le dijimos que nos queríamos hacer una foto con él sonrió y nos llevó con él a la zona de rodaje. ¡Qué majo! Nos daba cosilla que nuestro ídolo fuese un borde o algo así, pero demostró que se puede ser una estrella de la televisión americana y a la vez una persona de lo más normal. En todo momento estuvo sonriendo, fue realmente amable y al terminar nos deseó un buen día. ¡WUAAAAAA! No os podéis imaginar la ilusión que nos hizo hacernos la foto con Michael Emerson. Aquí va nuestro particular tesoro.

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Habíamos ido hacia allá porque queríamos ver el Museo del Sexo de Nueva York (Museum of Sex), cuya entrada estaba incluida en el New York Pass. Básicamente es como otros de este estilo que ya hemos visto, aunque este tiene algunas salas extremadamente explícitas. No es gran cosa, solo merece la pena si pilla de paso y tenéis tiempo libre.

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Además, nosotros seguíamos atentos al momentazo del día. Desde las ventanas podíamos ver como transcurría el rodaje de Person of Interest, con el pobre Michael Emerson repitiendo la misma escena una y otra vez. Suena un poco friki, pero nos costó irnos de la zona. Nos había sorprendido mucho encontrarnos con uno de nuestros actores favoritos, pero teníamos todavía mucho que hacer ese día y al final tuvimos que marcharnos.

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Tampoco nos costó demasiado movernos, pues como ya hemos dicho teníamos muchos alicientes por delante. El primero de ellos, a solo unos minutos andando, era el Flatiron Building (Edificio Flatiron o Edificio Fuller), uno de los rascacielos más antiguos de la ciudad. A nivel arquitectónico es una maravilla, pues su innovadora utilización del acero hizo que pudiera alcanzar una altura muy elevada para su época (casi 90 metros en el año 1902 era una pasada). Tradicionalmente se le considera el rascacielos en pie más antiguo de la ciudad, pero en realidad ese honor recae sobre el Edificio Park Row (terminado en 1899). Tampoco es el edificio con planta en forma de cuña más antiguo, pues en Atlanta hay otro de 1897.

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Aunque no sea el más antiguo, característica forma triangular (con solo dos metros de anchura en su extremo redondeado) ha llamado la atención a los neoyorkinos y a los viajeros desde el momento mismo de su construcción. Ha salido en infinidad de películas y videojuegos, quizá los más jóvenes la recuerden porque en la trilogía de Spiderman de los años 2000 era la sede del Daily Bugle, el periódico dirigido por John Jonah Jameson al que Peter Parker le vendía fotos de las hazañas de Spiderman.

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Llegados a este punto, volvimos a tomar el Metro. En esta ocasión nos desplazamos hacia el sur con la única intención de pasear. Para lo poquito que quedaba antes de comer y para el resto de la tarde, lo que teníamos previsto era patearnos cuatro de los barrios más característicos de Nueva York: Chinatown, Little Italy, TriBeCa y el SoHo.

Empezamos por Chinatown, un barrio que no deja de crecer y que poco a poco está absorbiendo a los de su alrededor. Después de conocer el Chinatown de Liverpool y el Chinatown de Manchester un par de semanas atrás, teníamos muchas ganas de pasear por la versión neoyorkina de este enclave étnico.

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Es difícil conocer el tamaño real de la población que vive allí, pero algunas estimaciones hablan de hasta 350.000 asiáticos. Tal cantidad de gente explica todo lo que se puede encontrar en Chinatown: restaurantes, tiendas, fábricas, puestos callejeros, museos… Así, el barrio chino es otra de esas paradas obligadas si se está en NY.

Recorrer sus calles es sinónimo de viajar a China, aunque obviamente sin moverse de la ciudad. Eso implica encontrar decenas de tiendas de imitaciones y de productos asiáticos, centenares de restaurantes de comida asiática y, en definitiva, romper con la “rutina” de rascacielos y luces de neón. Por tanto, no hace falta decir que es un sitio perfecto para hacer compras y comer a buen precio. Respecto a lo primero, por 24$ compramos un estuche de caligrafía china para Erika (incluyendo pinceles, tintas y algunas cosas que no sabemos ni lo que son) y dos camisetas de la policía de Nueva York para nuestros padres.

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Respecto a la comida, vimos varios restaurantes y ninguno terminó de convencernos: algunos eran muy caros, y otros no eran recomendables ni para nuestro peor enemigo. Pasamos un rato buscando, hasta que en Canal Street (una de las calles principales de Chinatown) vimos un pequeñísimo puesto de comida. ¿Por qué no probar?

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Básicamente era una cocina portátil puesta en mitad de la calle, pero cumplió con un requisito importantísimo: la gente de la zona estaba comprando. También era baratísimo, por lo que no lo dudamos. Por 6$ en total (si, solo seis dólares) nos hicimos con dos cajas de noodles con verduras, otra de rollitos de primavera y una pieza de pollo rebozada.

Con ello fuimos hasta el Columbus Park, por donde habíamos pasado unos minutos antes en busca de restaurantes, y nos pusimos en un banquito a comer. Recordamos con mucho cariño este momento, no solo porque todo estaba riquísimo (nos encanta la comida asiática) sino porque pudimos disfrutar de la cotidianidad del barrio chino desde una posición privilegiada.

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Y es que el Columbus Park es el único parque de Chinatown, por lo que es un lugar de reunión de primer orden para la comunidad china de Nueva York. Allí había de todo: mujeres jugando a las cartas, señores mayores dándole al mahjong, músicos callejeros, ancianos dando de comer a las palomas, gente de un lado para otro… Aunque a mucha gente se la veía feliz, no podemos negar que sentimos algo de pena. En algunas caras se veía tristeza, pues por mucho que todo recordase a China era evidente que solo era una copia barata a miles de kilómetros de la versión original. Y la añoranza del hogar es algo que se ve en la mirada de la gente.

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Una vez terminamos de comer, volvimos a caminar. Lo hicimos sin rumbo, también sin prisa, simplemente disfrutando de Chinatown y de todo su exotismo. Hicimos centenares de fotos, así que seguramente en algún momento publiquemos un post dedicado exclusivamente a esta animada zona de Nueva York.

Casi sin darnos cuenta llegamos a Little Italy, el barrio italiano… o, mejor dicho, lo poquísimo que queda de él. Hace cien años era uno de los enclaves étnicos más activos de la ciudad, pero desde mediados del siglo XX se dieron dos fenómenos (la reducción de los inmigrantes italianos y la expansión de Chinatown) que hicieron que poco a poco el barrio fuese menguando. Así, hoy en día la Pequeña Italia hace honor a su nombre, pues prácticamente ha quedado reducida a la calle Mulberry (y no toda entera). En ella se pueden encontrar restaurantes italianos y alguna tienda, pero carece absolutamente de encanto: se trata de una zona montada para los turistas, por lo que poco o nada os perdéis si no vais allí.

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Cada uno tiene sus gustos a la hora de viajar: hay a quien le divierten los museos, otros se decantan por la comida, a determinadas personas les gustan las compras… A nosotros nos gustan todas esas cosas, pero, por encima de todo, tenemos devoción por caminar sin rumbo. Solo paseando se conoce de verdad una ciudad, fijándote en las calles y en ese tipo de detalles que pasan desapercibidos si no vas con los ojos bien abiertos. En ese tipo de momentos no prestamos demasiada atención al mapa o a la cámara de fotos, sino que simplemente nos dejamos llevar.

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Por eso, aunque pasamos el resto de la tarde entre el SoHoTriBeCa, no sabemos muy bien qué contaros. Recordamos que son dos barrios encantadores, que reflejan lo mejor de dos épocas distintas: la inicial, cuando eran sitios destinados fundamentalmente a la industria; y la reconversión, cuando poco a poco fueron llegando artistas al barrio por los bajos precios de sus alquileres. Así, en la actualidad conviven edificios clásicos con el ambiente más bohemio de la ciudad. Por si eso fuera poco, la posibilidad de ver famosos es muy alta, ya que por aquí viven estrellas de la talla de Scarlett Johansson o Leonardo DiCaprio. Que conste que no vimos a ninguno.

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Y así es como, paulatinamente, la noche le fue ganando la partida al día. Casi sin darnos cuenta fue atardeciendo, hasta que con los últimos rayos de sol decidimos irnos a casa. Fue una tarde sin ninguna prisa, sin nada concreto que ver, lo cual resultó de agradecer en un viaje con tantísimos objetivos.

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Sentimos que la parte sobre Chinatown, Little Italy, SoHo y TriBeCa esté menos desarrollada de lo habitual, pero es lo propio para esos cuatro barrios. En ellos hay que pasear y dejarse enamorar por una ciudad, Nueva York, que desde ese momento sentimos como parte de nosotros. Y eso que aun no habíamos llegado ni a la mitad del viaje.

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20 pensamientos en “Nueva York ’12 – Capítulo V: Intrepid Museum, Madison Square, Chinatown, Little Italy, TriBeCa y SoHo (día 4)

  1. Locos por la historia: presentes!!! jajaja el Intrepid es una de las visitas que tengo como TOP!!! estoy segura que lo pasaremos genial visitandolo!!

    Que guay lo del actor!!! nosotros nos encontramos con Joffrey Baratheon en Edimburgo y flipamos G_G

    • Pues si, el Intrepid es TOP a más no poder! 😛 En algunas guías (incomprensiblemente) hablan de él como si fuera un museo más, pero realmente merece la pena. ¡Os va a encantar! 🙂

      Y que guay vuestro encuentro con el chico de Juego de Trono! Nos encanta la serie, también nos hubiéramos quedando alucinando pepinillos XD

      Por cierto, qué tal tus papis en Roma? 🙂

  2. Chrysler Building y Flatiron Building mis 2 edificios favoritos de todo NY. Esa visita al portaaviones con todo lo que tienen ahí metido debe ser una pasada 😀

    Y que puntazo la foto con Michael Emerson, aunque facebook ya me dio el chivatazo, menos mal que era majete… XDD

    • El portaaviones es mítico, no hay que irse de NY sin verlo. En algunas guías lo ponen como algo “opcional”, de esas cosas a las que ir si te sobra tiempo… ¡Craso error! Es totalmente imprescindible.

      Y si, el amigo Benjamin Linus es un encanto XD Ojalá vuelvan a hacer LOST…

    • Nosotros no lo hicimos porque somos más de fútbol que de baloncesto, pero tiene que ser impresionante. Es lo bueno de Nueva York: cada persona tiene un puñado de “imprescindibles” que no coinciden con los de otros viajes. ^^

      Un abrazote!

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  5. Aquí me tienes de nuevo xD

    Un apregunta, me aconsejas totalmente pagar mas por el Transbordador Espacial?
    Es por ir contando gastos.
    Luego miraré passes, pero seguramente pillemos la city por qu da mas flexibilidad de días :S no quiero apelotonar todo en 3 días cuando vamos a estar 11…y la de mas días no creo que me salga a cuenta…tengo que hacer números 😉

  6. Hola!

    A nosotros si nos parece que el transbordador merece la pena, pero porque nos gusta mucho todo lo relacionado con la exploración espacial. Podría ser mejor (por ejemplo que se entrase dentro de él), pero desde luego en poquitos sitios del mundo podrás ver algo así. Resumiendo, que si te gusta el tema es imprescinbile, y si no… pues al menos es muy recomendable 😛

    Respecto a los pases, primero haz cuentas, pero una tarjeta turística en Nueva York siempre sale rentable. Ten en cuenta que hay muchas zonas de la ciudad gratis (Central Park, tiendas, Times Square…) y otras en la que todo es carísimo (25$ por museo, por ejemplo). Al final siempre ahorras con esas cosillas.

    Un abrazote!

  7. Buenos dias! voy en marzo y me estoy empapando pero bien del blog, tengo una pregunta: cuánto tiempo tardasteis en recorrer el Intrepid Sea-Air-Space Museum?
    Muchas gracias!
    Sara.

    • Hola Sara! Aún te queda mucho para preparar el viaje, aquí estaremos para las dudas que te vayan surgiendo 🙂

      Si no recordamos mal, en el Intrepid estuvimos al menos un mar de horas. Calcula un mínimo de 30 minutos para el submarino, de 45 para el portaviones, otros 30 para la cubierta… Vamos que es larguito 😛 Y eso yendo a un ritmo normal tirando a rápido, ya que no queríamos perdernos otras cosas.

      En definitiva, si os gusta mucho el tema de los aviones-barcos, podéis estar allí una mañana entera ^^

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