Nueva York ’12 – Capítulo III: El sur de Manhattan y un paseo en barco (día 2)

¡Ni jet lag ni leches! Diez horitas de sueño y nos levantamos como si nada. Bueno, en realidad estábamos muy ilusionados: por fin había llegado el momento de patearnos Nueva York. Desayuno, último repaso al planning y a comernos la ciudad.

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Ahora que ya ha pasado el viaje, es el momento de confesar: la primera noche en Nueva York fue bastante complicada. El barrio nos había parecido bastante chungo y la casa era realmente modesta. ¿Nos habíamos metido en un sitio peligroso por no haber pagado más? Por suerte, con la luz del día todo resultaba mucho más amable.

Nos encontramos con el típico barrio afroamericano, propio de una serie como Cosas de Casa (Family Matters). De hecho, con el paso de los días comprobamos que lo que nos habían parecido bandas callejeras nocturnas en realidad eran familias con sus hijos jugando en la calle. ¡Qué bobos habíamos sido! Un poco de cague para que al final estuviésemos en una zona residencial de lo más tranquilo. De hecho, cada mañana nos cruzábamos con el autobús escolar de Los Simpsons 🙂

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Dado que era el primer día a tope en Nueva York, compramos una MetroCard de una semana (29$ por persona). Con ella podríamos utilizar durante siete días todos los transportes públicos de la ciudad de forma ilimitada. Teniendo en cuenta que cada trayecto en Metro son 2.5$, el ahorro es más que considerable.

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Para esta primera jornada habíamos pensado en empezar con la parte sur de Manhattan, así que tomamos el Metro hasta la Estación de Bowling Green. Es la parada mejor ubicada para ir a ver uno de los hits del viaje: la Estatua de la Libertad. Pero no adelantemos acontecimientos, porque antes nos encontramos con muchas cosas.

El punto más al sur del Lower Manhattan es Battery Park, un parque de diez hectáreas llamado así porque en él estaba instalada la artillería de neerlandeses y británicos para proteger la ciudad. En el corazón de esta pequeña zona verde está el Castle Clinton (a veces llamado Fort Clinton), catalogado como Monumento Nacional Americano. Se trata de un fuerte con forma circular que se terminó de construir en 1811. Lejos de matices históricos, es lugar de paso obligado ya que en él se adquieren las entradas para el ferry que lleva a la Estatua de la Libertad y Ellis Island.

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Los tickets cuestan 24$ con persona, pero están incluidos en muchas tarjetas turísticas. Precisamente, con esta visita nosotros empezamos a usar la New York Pass de una semana, imprescindible si sois de los que suelen entrar a ver muchas cosas.

El Statue of Liberty and Ellis Island Immigration Museum Ferry incluye, como su propio nombre indica, la entrada a tres cosas: el ferry ida y vuelta con parada en las dos islas, el acceso a la isla de la Estatua de la Libertad y el acceso a la Isla Ellis.

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Conviene ir cuanto antes mejor, y para muestra un botón. Llegamos como a las 9 de la mañana (hora a la que empiezan los cruceros) y aun así tuvimos que esperar más de sesenta minutos. Entre la cantidad de gente que hay y los arduos controles policiales, la fila avanza muy despacio. ¡Madrugad, que merece la pena!

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Los ferrys son modernos, cómodos y de una gran capacidad. Pese a ser una bahía interior, las aguas no son especialmente tranquilas. Paciencia, porque si no os gusta el mar acabaréis echando el desayuno. Aun así, conviene estar pegados a la barandilla, ya que las vistas son impresionantes tanto hacia atrás como hacia delante.

En primer lugar, si se mira hacia la ciudad se obtiene una panorámica impresionante del skyline de Nueva York. Cuando se aleja el barco se puede disfrutar de la mejor posición para ver el bosque de rascacielos que conforma la punta sur de Manhattan. Una imagen típica de una postal que es imposible de olvidar.

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Aunque un vídeo nunca sustituye a la experiencia original, aquí va una pequeña grabación para que os hagáis a la idea de lo que se ve cuando se aleja el ferry:

Por otro lado, según se acercaba el ferry a la Isla de la Libertad (Liberty Island, aunque antaño era conocida como Isla de Bedloe) se iba haciendo más real el sueño de estar frente a la Estatua de la Libertad (Statue of Liberty). Hay que decir que el nombre completo es La Libertad iluminando al mundo (Liberty enlightening the world), y que este precioso monumento fue un regalo de los franceses a EEUU en 1886 para celebrar el primer centenario de la independencia americana. Se trata de uno de los grandes símbolos de la cultura occidental y, por supuesto, de una imagen que todos hemos visto millones de veces.

Nueva YorkNos bajamos con muchas ganas, pese a saber que no se podía subir a lo alto de la estatua ya que esta se encontraba cerrada por obras. Aun así, la sensación de pasear por la isla y de rodear al enorme monumento bien merecía la pena. Al ser un enclave gestionado por el Servicio de Parques Nacionales de EEUU (National Park Service), los guardas que lo custodian van vestidos con el uniforme oficial. Dicho de otro modo, como el Guardabosques Smith del Oso Yogui.

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Hay un centro de visitantes, pero la verdad es que deja mucho que desear. Básicamente es una tienda y poco más. En cualquier caso, queremos reafirmar que sigue mereciendo la pena pasear a los pies de la Estatua de la Libertad. El monumento, Patrimonio de la Humanidad desde 1984, es uno de los más famosos del planeta. Durante muchos años fue lo primero que veían los inmigrantes al llegar a EEUU, ya que generalmente lo hacían por barco hasta Nueva York.

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Y un detalle muy importante: la base. Suele pasar desapercibida, pero tiene su aquel ya que esta fue construida por los americanos. Los franceses “solo” regalaron la estatua, y para poder erigir el basamento (una joya desde una perspectiva artística) hubo que organizar cientos de actos sociales para recaudar fondos. No hay que olvidar que EEUU acababa de salir de su Guerra Civil.

Nueva YorkNo hace falta decir mucho más de esta preciosidad, pues por todos es conocida. Solo deciros que realmente impresiona verla en persona. Son las mismas sensaciones que se experimentan, por ejemplo, delante de la Torre Eiffel o del Coliseo de Roma: una mezcla entre felicidad, incredulidad y satisfacción. Aun nos quedan muchos monumentos emblemáticos de la humanidad por visitar, pero sabemos que no nos moriremos sin poder decir que miramos cara a cara a la Estatua de la Libertad.

 En realidad, en la isla hay poquito que hacer al margen de la estatua. Entre eso y que teníamos mucho que ver ese día, no tardamos demasiado tiempo en coger el ferry en dirección a la siguiente parada: Ellis Island. Aunque ha tenido otros usos, fundamentalmente se conoce al lugar porque entre 1892 y 1954 fue la puerta de entrada a EEUU para más de 12 millones de inmigrantes. Era la aduana de Nueva York y, por tanto, la mayor parte de los extranjeros llegaban a través de ella.

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El edificio principal, perfectamente conservado, es en la actualidad el Museo de la Inmigración de la Isla de Ellis (Ellis Island Immigration Museum). En él se hacían tareas administrativas, se pasaban controles médicos y se desembarcaban mercancías. Hoy sirve para conservar la memoria de todos los que por allí pasaron.

Las piezas expuestas son impresionantes, muy variadas y perfectas para hacerse una idea de lo que fue Ellis Island: fotografías personales, pasaportes, carteles publicitarios de época… Una pasada, imprescindible tanto si os gusta la historia como si no. La visita puede durar mucho si estáis interesados en la materia (nosotros estuvimos más de una hora), pero si habéis ido a Nueva York para hacer compras seguramente tardéis menos.

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La estancia más reconocible, que ha salido en infinidad de películas, es la Sala de Registro (Registry Room). No hay duda: por aquí pasaron, obligatoriamente, millones de personas con la idea de vivir el auténtico sueño americano. En algunas salas del museo se exponen fotografías de la estancia en pleno funcionamiento, y lo cierto es que son impresionantes. Seguro que algunos de los americanos con los que nos cruzamos esa mañana son descendientes directos de la gente que pasó por allí, ya que se calcula que los “herederos” pueden ser más de cien millones.

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Según terminamos en la isla, esperamos a que volviese el ferry para llevarnos de nuevo a Manhattan. Habíamos abierto la mañana con uno de los grandes atractivos del viaje, y sin duda podemos decir que no nos decepcionó.

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De vuelta en tierra firme, vimos un puesto de perritos y no pudimos resistirnos. Era el primero del viaje, así que pagamos los 3$ tan felices… ¡Craso error! En Nueva York es facilísimo encontrar puestos que venden perritos a 2$ e, incluso, a solo un dólar. De hecho, si alguna vez os piden tres y os vais seguro que os hacen contraoferta.

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Íbamos bien de tiempo, así que aprovechamos para visitar algo que no estaba previsto en origen: el George Gustav Heye Center, una sede permanente del Museo Nacional de los Indios Americanos. Aunque la institución tiene su edificio principal en Washington DC, en NY se exhibe una colección muy ambiciosa.

Como en muchos museos estadounidenses, el acceso es totalmente gratis. Quizá lo que más nos gustó fueron las piezas de corte contemporáneo: arte, vestidos, referencias a la música rock… Lo mejor es planificar la visita, ya que frecuentemente hay actividades y conferencias que pueden resultar más que interesantes.

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Y bueno, aunque antes no lo hemos dicho, Bowling Green es un pequeño parque con mucha historia. En él estaba la estatua del rey Jorge III, foco de protestas en los años previos a la Independencia. De hecho, solo 5 días después del 4 de julio de 1776, la estatua fue derribada como símbolo del cambio.

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Nuestra siguiente parada fue Fraunces Tavern Museum, teóricamente el edificio más antiguo de Nueva York. Su importancia radica en que en la antigua taberna se reunían los Hijos de la Libertad, muy activos en la Revolución Americana. George Washington estuvo allí varias veces, pues lo consideraba uno de sus lugares favoritos de la ciudad.

En la actualidad sigue funcionando como taberna (plantas inferiores), pero también como museo. Solo merece la pena ir a verlo si se tiene el New York Pass, ya que de lo contrario es caro (7$ por persona) en comparación con lo poquito que hay que ver. Tiene una buena colección de pinturas de John Ward Dunsmore, aunque la pieza estrella es un mechón de pelo de George Washington. Dentro no se pueden hacer fotos.

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Ya nos empezaba a picar el gusanillo, por lo que valoramos las opciones que teníamos alrededor. Estábamos en una zona de oficinas, así que básicamente había dos posibilidades: restaurantes de esos con menú ejecutivo o puestos de comida callejera. En Nueva York es muy típico comprar comida en la calle, ya sea en carritos, en pequeños kioskos o incluso en furgonetas que hacen las veces de restaurantes ambulantes.

Precisamente, vimos una furgoneta que anunciaba comida india y que tenía a varias personas esperando (todas con traje y corbata). Nos llamó la atención, vimos un poco y al final nos decidimos a probar. ¡Menudo acierto! Por 11$ en total nos hicimos con una caja de pollo tikka masala con arroz (Eri) y otra de pescado bengalí al curry picante (Edu), bebidas incluidas. Buscamos unos banquitos y devoramos ambos platazos. ¡Para que luego digan que comer en NY es caro!

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Ya con el estómago lleno, seguimos con el planning. Como ya hemos dicho, ese día iba a estar fundamentalmente dedicado a la parte sur de Manhattan, así que fuimos a nuestro siguiente destino: el Museo de la Policía de Nueva York (The New York City Police Museum). No es que sea imprescindible, pero si es muy interesante.

Está ubicado en un edificio histórico, ya que en él se situó la primera comisaría del NYPD (New York Police Department). A través de centenares de piezas, incluyendo placas, armas de defensa o fichas de presos, se hace un repaso a la evolución del cuerpo de policía. Hay algunas zonas que se prestan para hacer fotos, como la recreación de un pequeño calabozo. La parte más “sensible” es la relacionada con el 11S, pues los agentes de la policía de Nueva York tuvieron un papel muy activo en la ayuda a los heridos. Hay de todo: desde restos de uno de los aviones hasta cascos calcinados. Salimos de allí con los pelos de punta.

Hicimos la visita a la vez que dos policías españoles, a los cuales un colega neoyorkino les estaba haciendo una visita personalizada. Hay que decir que pegamos un poco la oreja, cosa que no solemos hacer, pero estaba siendo tan interesante que era imposible no hacerlo.

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Tras el Museo de la Policía nos metimos de lleno en el Distrito Financiero (Financial District), recorriendo de arriba a abajo su calle más emblemática: Wall Street. En esta estrecha calle están la Bolsa de Nueva York y muchas otras instituciones, a través de las cuales se mueve la mayor parte del dinero del mundo. Un pequeño ecosistema formado por rascacielos infinitos, ejecutivos trajeados y mucho estrés.

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Pese a lo que pudiera parecer, desde el punto de vista del viajero hay mucho que ver en Wall Street. Lo primero que hay que decir es que conviene ir en horario de máxima actividad, pues es una zona muy curiosa de ver (sobretodo para los que no estamos interesados en absoluto en ese mundo). Además, hay varios edificios destacables. El primero de ellos es The Trump Building, un rascacielos de 70 plantas y casi 300 metros de altura, que en su momento fue el edificio más alto del mundo. Muy cerquita de él está la Bolsa de Nueva York, el mayor mercado de valores del planeta.

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No todo es modernidad y finanzas en Wall Street, pues también hay cabida para la Historia con mayúscula. En el número 26 está Federal Hall, un monumento que conmemora la ubicación del primer capitolio de EEUU. En el siglo XIX se destruyó el edificio original, por lo que las autoridades de Nueva York decidieron erigir uno nuevo que en la actualidad funciona básicamente como museo. Es uno de esos recintos reconocibles, pues sale en la peli Sleepy Hollow del genial Tim Burton. También está recreado en el final de Metal Gear Solid II: Sons of Liberty.

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Al final de la calle está la Iglesia de la Trinidad (Trinity Church),  construida a mitad del siglo XIX. No lucía mucho, ya que estaba en obras, pero aun así es una referencia perfecta para orientarse cuando se está en Wall Street. Resulta casi irónico que en un lugar tan frívolo, en el que el dinero lo es todo, se haya mantenido un templo así.

El edificio lleva la firma del arquitecto Richard Upjohn, autor de templos similares a este por todo el país. Su interior, de corte neogótico, es bastante vistoso. Quizá eso fue lo que atrajo a la reina Isabel II de Reino Unido, que lo visitó en el año 1976.

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Otro aspecto muy importante de la iglesia es su cementerio anexo, en el cual están enterradas varias personalidades muy importantes. El más destacado es Alexander Hamilton, uno de los Padres Fundadores (los líderes que firmaron la Declaración de Independencia). También yace aquí Robert Fulton, el inventor del barco de vapor.

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Llegados a ese punto, estábamos en una de las zonas más sensibles de la ciudad: aquellas que mayor destrucción sufrieron por los atentados del 11 de septiembre. Empezamos atravesando Zuccotti Park (antaño conocido como Liberty Plaza Park), una zona verde creada en los años 60 del siglo XX y que fue cubierta por escombros el 11S. Tardó 5 años en ser reabierta y hoy es todo un símbolo de aquellos días. Por supuesto, la principal referencia a esta cruel masacre es la Zona Cero (Ground Zero), el lugar en el que estaban las Torres Gemelas antes de ser derribadas.

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Es impresionante caminar por allí. Aunque hayan pasado ya bastantes años, se sigue respirando dolor en cada rincón: placas conmemorativas, improvisados mausoleos que han resistido el paso del tiempo, las caras de la gente… Si a nosotros nos estaban entrando ganas de llorar con todo aquello, no queremos ni pensar en como se estaría sintiendo la gente que había vivido la tragedia de cerca.

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Precisamente, en todos los edificios de los alrededores el dolor está escrito a sangre y fuego. El mejor ejemplo de ello es la Capilla de San Pedro o  St. Paul’s Chapel, el edificio religioso más antiguo de Manhattan. Fue construida entre 1764 y 1766, por lo que el templo es testigo mudo de buena parte de la Historia de Nueva York. Su vinculación con el 11S es enorme, ya que durante los atentados la capilla sirvió de lugar de descanso, refugio y encuentro para los equipos de salvamento que estaban operando en las torres.

Esos sucesos marcaron para siempre el devenir de St. Paul’s Chapel, pues durante los meses siguientes fue santo y seña de la vida post-atentados. Aquí comían y dormían los trabajadores que llevaron a cabo todo el proceso de recuperación y desescombro. También se atendió a víctimas de la masacre, ya fuera con tratamiento médico, con atención psicológica o simplemente sirviendo comidas.

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Fruto de toda esa actividad, prácticamente todos los rincones del templo están llenos de recuerdos: restos de las torres, mensajes de apoyo, insignias de los cuerpos de seguridad… Así, hoy es un auténtico lugar de peregrinación en la ciudad.

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La capilla tiene al lado un pequeño cementerio, al igual que la Trinity Church. Resulta curiosísimo que en medio del centro financiero del planeta, con todos esos rascacielos y con gente estresada de un lado a otro, todavía se conserve un pequeño camposanto. No es un sitio muy tranquilo (todo el rato se oyen sirenas de policía) pero aun así merece la pena acercarse a echar un vistazo.

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Aunque habíamos empezado la mañana incluso más al sur de Manhattan (viendo la Estatua de la Libertad), poco a poco habíamos ido subiendo y ya estábamos casi a la altura del Puente de Brooklyn. Justo antes de la entrada al puente está el City Hall Park, algo así como el Parque del Ayuntamiento.

Se trata de una zona verde muy particular, pues en ella tradición y modernidad se dan la mano. Por un lado, hay wifi gratis en todo el parque y se suelen hacer muestras de arte contemporáneo (cuando fuimos había una botella de ketchup inflable, de tamaño gigante, creada por el artista Paul McCarthy). Sin embargo, por otro lado es un sitio para la tradición, con el Ayuntamiento de Nueva York (New York City Hall), un edificio neorrenacentista de comienzos del siglo XIX. Nos llamó mucho la atención que las luces de las farolas no son eléctricas, sino candiles como se hacía antaño. ¿Quizá con eso quieren darle un toque más solemne y clásico? También nos fijamos en las ardillas, presentes en casi todos los parques neoyorkinos.

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Tras dar una vueltecita por la plaza, fuimos en dirección a otra de las grandes construcciones de Nueva York: el Puente de Brooklyn (Brooklyn Bridge). Fue construido para comunicar los distritos de Manhattan y Nueva York, siendo un hito de la ingeniería (era el puente colgante más grande del mundo cuando se inauguró, en 1883) y una obra que cambió para siempre las comunicaciones de la ciudad.

Rápidamente se convirtió en un símbolo. Para los neoyorkinos, cruzarlo (ya sea en coche, andando o en bici) es todo un ritual, una de las actividades de ocio que con más frecuencia realizan. Por otro lado, ningún viaje a Nueva York está completo sin cruzar el puente de punta a punta, por lo que es parada obligada para cualquier viajero que se precie. Sus cifras impresionan: 1825 metros de largo y con una luz entre pilas de casi 500 metros.

Caminando, que es como fuimos nosotros, se tarda más o menos una hora desde el edificio de la Pace University hasta la parada de metro de High Street-Brooklyn Bridge. El paseo resulta de lo más agradable, divertido y variado, pues se ve gente de todo el mundo, corre la brisa y las vistas de Manhattan son inigualables. Hay que decir que esta es una de las zonas con mejores hoteles baratos en Nueva York. No es el “centro centro”, pero si una opción muy interesante para bolsillos ajustados.

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El suelo está dividido en dos partes, una para ciclistas y otra para peatones. No os despistéis, pues la gente con la bici va a buen ritmo y os podéis llevar un buen susto. Que conste que no todo consiste en andar y andar, ya que hay algunas zonas más amplias en las que descansar y disfrutar del paseo. Suele haber vendedores ambulantes con souvenirs o bebidas (botella de agua, 1$). Nos gustó mucho cruzar el Puente de Brooklyn, aunque hubo que apretar el paso ya que se estaba formando una buena tormenta. Cuanto más mirábamos hacia los rascacielos, más negro se veía todo.

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Aunque el día ya estaba terminando, pero aun teníamos pensado hacer una cosa más. Con nuestras New York Pass estaban incluidos recorridos por la ciudad. Las visitas guiadas no nos gustan demasiado, pero una de las opciones consistía en hacer un paseo en barco por la noche. ¿Cómo no hacerlo?

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La empresa que organiza los tours es Circle Line Sighseeing, que ofrece distintos recorridos en función de su duración, su horario y su recorrido. Está en el extremo oeste de la calle 42, por lo que llegar es relativamente fácil: metro hasta esa altura, y luego el autobús 42 hasta la última parada (en la dirección que hemos dicho).

Queríamos hacer el Harbor Lights Cruise, un tour nocturno de dos horas (de 7PM a 9PM). Al margen de lo chulo que sería ver la ciudad por la noche, el trayecto discurre por los puntos más reconocibles del sur de Manhattan: el USS Intrepid, Battery Park, Ellis Island, Liberty Island, el Puente de Brooklyn, el Edificio Chrysler…

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Llegamos como media hora antes, cogimos sitio… y empezó a llover. Pero no cuatro gotas, sino una buena tormentaza. Por suerte, el barco tenía una zona cubierta y pudimos resguardarnos de la lluvia. Las aguas estaban bastante calmadas, aunque aun así se movía un poquito.

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La visión del skyline neoyorkino por la noche es impresionante, parece que estás en una película. Ahora que vemos esas fotos, no nos creemos haber estado allí. Vale que la lluvia y el frío hicieron que todo fuera un poquito incómodo, pero aun así resulto una experiencia inolvidable. Recomendamos enormemente un tour como este, pues se disfruta de Nueva York desde una perspectiva totalmente distinta.

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Aquí van tres vídeos grabados en distintos momentos del crucero, para que podáis disfrutar del skyline nocturno de NY en movimiento:

Fue el broche de oro a un día realmente maravilloso. Fueron muchas horas pateándonos la ciudad de arriba a abajo, pero aun así teníamos la sensación de no haber visto ni el 1% de Nueva York. Con una sonrisa de oreja a oreja volvimos a nuestra casita en Brooklyn, hicimos algunas compras para la cena (10.9$) y nos fuimos a dormir.

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16 pensamientos en “Nueva York ’12 – Capítulo III: El sur de Manhattan y un paseo en barco (día 2)

  1. madre mía que tute os disteis!! O.O pero cuando algo se pilla con ganas… 😉

    nosotros seguro que también tiraremos de comida callejera jaja nos gustan esas cosas ^_^

    a ver si cuando vayamos han vuelto a abrir los ferrys a la estatua y Elli’s U.U

    • Los primeros días de un viaje siempre lo damos todo, pero evidentemente luego ese ritmo es difícil de mantener jeje 😛

      En este viaje comimos mucha comida en puesto callejeros. Fue una manera de ahorrarse un dinerillo, pero probamos cosas riquísimas. De hecho, siempre había gente de la zona comprando: no hay una señal mejor.

      En cuanto a lo del barco, habíamos leído que estaban a puntito de abrirlo de nuevo. A ver si tenéis suerte!!! 🙂

  2. ¡Madre mía lo que os cundió el día! Lo del crucero nocturno debió ser espectacular. Algún día tocará… Mientras tanto, a seguir leyendo vuestras magníficas crónicas. Un abrazo, pareja!

    • El crucero es increíble, pero lo malo es que llovía muchísimo. Aun así mereció la pena.

      Y seguro que vas dentro de poquito 😀 Además, nos ha dicho un pajarito que te ha tocado una guía de Nueva York en un sorteo…

      Un abrazote!!

  3. ¡Sí! Yo tampoco hice el crucero y la verdad es que tiene una pinta estupenda (pese a que os hiciera mal tiempo la fotos se ven preciosas).
    Está claro que ir a NY es sinónimo de andar. Menudos pateos os pegasteis…
    ¡Un saludo chicos!

    Por cierto, qué gracia me ha hecho que pensarais que un padre jugando con su hijo fueran pandilleros… Esas cosas de los viajes que a todos nos ha pasado alguna vez… 😉

    • Jajajaja es que tenías que haber visto nuestro barrio cuando llegamos por la noche: ¡qué miedo! Con el paso de los días nos dimos cuenta de que era una bobada, pero a todos nos ha pasado eso 😛

      Y si, Nueva York = andar, andar y andar. Siempre decimos eso, pero en esta ciudad es obligatorio: o gastas suela o te pierdes la mitad de las cosas.

      Un abrazote Helena! 🙂

  4. Pues ya os contaré! vamos en Noviembre así que espero que ya esté abierta, o ami novio le da algo xD

    Y si, haremos grandes pateos…de hecho he mirado la típica excursión de contrastes y la haremos con un Andrew (un guía) que la hace en metro y a pie ^_^ creo que nos gustará mas que no en minibus… ^_^

    • Buah, en noviembre estará abierto el ferry seguro! 🙂

      La excursión de contrastes tiene mucha fama, en muchos foros dicen que es genial. Mucho mejor andando y en metro, así todo tendrá mucho más color ^^

  5. Que completa entrada!! Se la voy a mandar a unos amigos que se marchan a NY pronto que les va a servir de ayuda!!!

    Por cierto, he flipao con el precio tan barato del metro card en relación al precio del billete…Se amortiza echando leches!!

    Saludos!!

    • Hola!

      Pues si, la Metrocard sale totalmente rentable. Además, en una ciudad tan ENORME es casi imprescindible coger el metro varias veces al día.

      Muchas gracias por tu comentario y por recomendarnos! 🙂

  6. En todas las ciudades que vamos y está la opción de hacer un tour en barco, allá que vamos, aquí en NY es casi obligatorio, como se me ponen los dientes largos al ver las imágenes y leerte 😀

    • A nosotros nos pasa igual. Hay cosas que nunca perdonamos, como subir a sitios altos o probar la gastronomía local. Por supuesto, montar en barquito es una de ellas ^^

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