Navarra ’09 – Capítulo VIII: Mercado de Estella y Villa Romana de Arellano (Día 7)

Aunque la idea era pasar el día descansando, ya sabíamos de antemano que íbamos a ser incapaces de quedarnos quietos. De todas formas, se cumplía una semana de viaje y el cansancio hacía mella, por lo que fue una jornada tranquila en la que solo salimos por la mañana. Después de mirar en Internet las semanas previas al viaje, decidimos que un día iríamos a Estella -en este caso era la tercera vez que íbamos- para ir a ver su mercado semanal. Allí aprovechamos para comprar los regalos a la familia (espárragos, pimientos del piquillo, plantones para la huerta y alguna cosilla más) y de paso meternos en medio de la gente y curiosear un poco. El mercado era bastante grande, y estaba dividido en dos: una parte para la comida y otra para la ropa.

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Una vez compramos nos fuimos a Eroski y compramos un montón de carne, pues a la noche teníamos intención de hacer una barbacoa de despedida. ¡Ojo! Anda que no tuvimos que dar vueltas hasta que encontramos carbón, parece que todo el mundo tuvo la misma idea en Estella ese día.

Hechas todas las compras, pensamos en ir a la Villa Romana de Arellano. Está cerquita de Estella, pero no teníamos muy claro si estaba abierto, así que llamamos y nos dijeron que tenían un horario especial de Semana Santa. ¡Yuju! Cogimos el coche y fuimos hacia allá para conocer el yacimiento arqueológico romano mejor musealizado que hemos visto hasta el momento. La entrada era un euro cada uno, aunque la tía no ponía mucho empeño y se le colaba la mitad de la gente.

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La visita son dos partes, la interior y la exterior. Así como unos días antes vimos el sistema hidráulico de Andelos, la importancia de este yacimiento radica en su configuración como centro productor de vino. De esa manera pudimos ver distintas estancias, desde las bodegas para almacenar hasta los lugares en los que se producía esta bebida que desde entonces no ha perdido popularidad. Al ser un día festivo estaba lleno de gente, por lo que había que esperar un poquito para hacer fotos sin demasiados muñecos de por medio. También pudimos ver a una niña pequeña con vocación arqueológica que no paraba de dibujar todo lo que veía.

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En el yacimiento, por supuesto, hay algunos mosaicos más o menos bien conservados. Lo que se hecha en falta son las piezas originales dedicadas a la producción de vino o simplemente a otras tareas de la vida cotidiana de Arellano, pues salvo algunas piezas de cerámica el resto brillaba por su ausencia, y no había más que unos cuantos paneles con fotografías. Una pena, pero no iba a ser el yacimiento perfecto.

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Tuvimos que ir con un poco de prisa, pues ya eran las 13:30 y cerraban a las 14:00. De todas formas, como el interior no tiene pérdida (no es más que hacer un cuadrado y se sale por el mismo sitio que se entra) tardamos poquito y fuimos a ver la parte exterior. Esta está dividida en dos partes, siendo la primera bastante curiosa. Se trata de un taurobolio, el lugar donde se celebraba una extraña y sangrienta ceremonia en la que se degollaba a un toro y se hacía caer su sangre sobre la persona que realizaba el ritual. Una fiesta, vamos. De todos modos que nadie se asuste, pues el único testimonio que queda de ese acto es un par de altares taurobólicos bastante graciosetes, con los toros esquematizados al más puro estilo Forges.

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En la parte de atrás están los restos de los establos, de los cuales hay más bien poquito testimonio. Eso sí, es un lugar que merece la pena ser visitado, pues desde ahí hay unas preciosas vistas que probablemente expliquen el emplazamiento de la villa romana de Arellano. Eso sí, ya nos habían dado las 14:00, por lo que la mujer que trabajaba en el yacimiento echó a todo el mundo y algunos se quedaron sin verlo todo (no fue nuestro caso).

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Una vez visto el yacimiento, volvimos al camping y descansamos por la tarde. Bueno, fue un descanso a medias, pues ya tocaba empezar a recoger cosas… ¡Qué rápido se había pasado el viaje! La tarde antes de marcharse nunca es agradable, y para quitarnos las penas decidimos hacer una barbacoa y celebrar lo bien que había salido todo. Había muchas nubes y hacía mucho viento, así que preguntamos a los del camping y ellos nos dijeron que mientras hiciese viento no llovería. ¡Qué razón tenían!

No nos llovió, pero la barbacoa no salió del todo bien, pues con el dichoso viento era difícil hacer el fuego, y cuando no se apagaba se aviva. Total, que aunque pudimos cenar hubo alguna que otra cosilla que se quedó a medio hacer. De todos modos, y a pesar de la penita que daba que se estuviera terminando el viaje, éramos los más felices del mundo.

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Después de la barbacoa, recogimos algunas cosillas más y nos fuimos a dormir. A mitad de la noche se confirmó la teoría del viento, pues fue calmarse un poco y empezar a caer una tormenta de esas que dan miedo. Además, había relámpagos, y la sensación de estar protegidos solo por una capa de tela daba cualquier cosa menos seguridad.

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