Navarra ’09 – Capítulo IV: Museo de la Trufa, Metauten, Puente La Reina, Poblado Romano de Andelos, Cerco de Artajona, Dólmenes de Artajona, Adiós, Muruzábal, Obanos, Santa María de Eunate y Cirauqui (Día 3)

A pesar de que el día anterior fue agotador las vacaciones acababan de empezar y de momento no flaqueaban las fuerzas, por lo que madrugamos para hacer otro día de excursiones. Aunque ya teníamos idea de ver algunos pueblos que habíamos visto en Internet, la noche anterior estuvimos planeando la visita. Todos estaban cerca (no más de 15 kilómetros como máximo entre unos y otros) y eran pequeñitos, por lo que fuimos añadiendo cosas y cosas a la lista hasta encontrarnos con que queríamos ir a unos diez sitios. Parecía imposible, pero… ¿Quién dijo miedo?

Navarra 85La primera parada fue en el Museo de la Trufa, en Metauten. En este atípico museo dedicado a uno de los alimentos más caros que hay -no en vano la trufa se conoce como “diamante negro”- aprendimos cosas que hasta entonces nos eran totalmente ajenas, como que para recolectar trufas es mejor ir con perro que con cerdo (porque a los cerdos les gustan las trufas y se las comen) o como que se recomienda utilizar las trufas en alimentos sencillos, como los huevos fritos, para que se perciba al máximo su sabor. Al llegar había una visita guiada, por lo que nos unimos para disfrutar de las explicaciones de la trabajadora del museo, vecina del pueblo e hija de un trufero, que nos contaba todo con conocimiento de causa. Es una visita entretenida y en la que se aprende un montón de cosas. No todos los museos tienen por qué ser de pintura o escultura.

Navarra 86Ya que estábamos en el museo nos acercamos al pequeño pueblo de Metauten, donde pudimos visitar la Iglesia de San Román. La localidad no debe estar acostumbrada a recibir visitas, y cuando pasamos a ver este edificio del siglo XVI nos recibieron unas señoras muy agradables que nos dijeron que estaban preparando la iglesia para el Jueves Santo.

Navarra 87La visita a Metauten fue fugaz, pues aún nos quedaba mucho que ver y el pueblo es muy pequeñito. Así, de nuevo nos montamos en el coche para esta vez ir a un pueblo que aparece en todas las guías de viaje de Navarra: Puente la Reina – Gares. Es uno de los lugares más emblemáticos del Camino de Santiago, pues en él confluyen las rutas franco-navarra y franco-aragonesa.

Lo primero que fuimos a visitar fue el precioso puente que da nombre al pueblo, el cual lleva siglos y siglos viendo como un incesante flujo de peregrinos pasa a diario por sus piedras. Es un sitio mágico que invita a la reflexión, muy transitado a cualquier hora del día -es un lugar de paso obligado para los peregrinos- y que merece la pena unos minutos para ser contemplado desde distintos ángulos. Cruzarlo en dirección hacia Puente la Reina es una sensación única.

“Pasamos por delante de la iglesia de Santiago, que lucía una hermosa portada de ejecución mozárabe, y atravesamos la rúa Mayor, flanqueada por multitud de palacios y de casas con linaje -los escudos nobles podían verse sobre los portalones-. Al final de esta calle se encontraba el famoso puente que daba nombre y fama a la ciudad.” Iacobus (Matilde Asensi) (pp. 162-164)

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La estructura de la villa está claramente definida por la influencia del Camino de Santiago, lo que ha venido a dar una tipología urbana conocida como pueblo calle. ¿Qué quiere decir eso? Pues que toda la vida del pueblo se orquesta entorno a una calle -en este caso la Calle Mayor o Kale Nagusia-, que es por la que pasa el Camino de Santiago y por la que el tránsito de peregrinos ha hecho que afloren iglesias, albergues y lugares de interés. Así, al igual que vimos en Estella un par de días antes, se trata de una calle con infinidad de detalles: una puerta de madera curiosa, una inscripción en una fachada, un blasón de piedra… Lo mejor es ir con calma y con los ojos bien abiertos para disfrutar al máximo de pueblos tan bonitos como los que hay en la Comunidad Foral de Navarra.

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A mitad de calle está la Plaza de Julián Mena, que representa perfectamente el urbanismo del siglo XVIII navarro. Además, en ella está el Ayuntamiento del pueblo, por lo que es lugar de paso obligado no tanto para los peregrinos como para los habitantes de Puente la Reina. La plaza nos encantó no solo por los conjuntos de arcos, sino por los edificios del fondo a diferentes alturas. Vamos, que aunque todo el mundo piense en el pueblo como algo puramente medieval hay que prestar atención también a esta plaza y todo lo que en ella se contiene.

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Navarra 95Al poco de pasar esta plaza, y siguiendo en la Calle Mayor, está la Iglesia de Santiago, un templo que representa cuatro siglos y cuatro estilos a la vez: el siglo XII, con su portada románica lobulada (con influencias árabes); el siglo XIV, pues el interior es de estilo gótico; el siglo XVI, con la gran torre renacentista que preside todo; y el siglo XVIII, con el campanario barroco con el que se remató la torre. Cuando fuimos estaba hasta arriba de gente, pues justo coincidimos con la salida una misa y nos costó mucho poder entrar a ver el interior.

Andando un poco más, y ya en la Calle del Crucifijo, llegamos a la Iglesia del Crucifijo. Es un templo románico-gótico de dos naves, y la visita fue bastante curiosa. En la oficina de turismo nos avisaron que las puertas siempre están cerradas y que no suele haber nadie en el templo, pero que empujásemos y pasásemos a verla: ¡Vaya acierto! Es una iglesia pequeñita, sí, pero su interior es precioso. Además, poder visitarla y disfrutar un segundo de la oscuridad y el silencio te hace imaginarte aun más los sentimientos que millones de peregrinos han tenido al visitar ese mismo lugar a lo largo de los siglos.

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Según nos dijeron, un poco más adelante está el Monumento al Peregrino, pero no lo encontramos. Además, tuvimos que andar un poco por una carretera que no parecía muy segura para los peatones, así que nos dimos la vuelta para volver a recorrer la Calle Mayor e ir al coche para visitar otro sitio. Sin embargo, cuando íbamos a volver a entrar nos dimos cuenta de que antes se nos habían pasado el Portal de Suso -un torreón que vigilaba el acceso al recinto amurallado- y las murallas de la ciudad.

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Navarra 100Por cierto, ese día era Domingo de Ramos, y como es costumbre no nos pudimos librar de toparnos con alguna procesión. En este caso, fue la procesión más rara que hemos visto en la vida: varios hombres salieron de la iglesia con el paso, lo levantaron y salieron corriendo literalmente con el Cristo a hombros, para pararse en un bar y entrar todos a tomar algo dejando a Jesús aparcado en la puerta. Además, cuando estábamos haciendo unas fotos al paso salió un hombre y nos dijo riéndose: “¡No os llevéis nada”. Como no cogiésemos a Cristo y lo echásemos al maletero…

Navarra 101Dejamos atrás el pueblo medieval de Puente la Reina para coger el coche y viajar en el tiempo hasta la época de los romanos, gracias al Poblado Romano de Andelos. Lo tuvimos que visitar con el tiempo un poco justo, pues llegamos casi a las 13:30 y cerraban a las 14:00. De todas formas, hay una zona que está al aire libre, por lo que solo tuvimos que ir rápido en una parte.

Hacía un día muy bueno, e incluso pasamos algo de calor mientras visitábamos el yacimiento. Es bastante grande, pero está perfectamente explicado en el folleto que nos dieron y además hay una plataforma de madera para subirse y tener una perspectiva global del poblado. El asentamiento arranca antes de que llegaran los romanos, entre los siglos IV y III AC. Tras una serie de contactos, el esplendor de la ciudad se da entre el I y el II DC, época de la que datan la mayoría de los restos hallados. También hay algunas cosas medievales, pues Andelos se ocupó hasta que en el siglo XIV se abandonó por la escasez de recursos económicos.

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Navarra 104El principal atractivo de Andelos se haya fuera de la zona acotada, por lo que pudimos verlo sin prisas: se trata de un sistema hidráulico de los más importantes de España, pues está muy bien conservado y ha permitido avanzar mucho en el conocimiento del aprovechamiento de los recursos hídricos por parte de los romanos.

Para llegar hay que subir una cuestecilla pequeña pero muy empinada, aunque merece la pena. Ojo con bajar a verlo, a pesar de las escaleras hay charcos cada vez que llueve y zonas con mucho barro.

Navarra 105Después de ver esto las tripas rugían, y cuando estábamos ya de camino hacia nuestro siguiente objetivo paramos en un idílico merendero que hay en Mendigorría. Entre flores y arbolitos comimos los bocatas que nos habíamos preparado en el camping esa misma mañana, mientras a unos cuantos metros había un grupo de rumanos haciendo una barbacoa que olía de bien…

Navarra 106Con el estómago lleno, y tras descansar un poco en el coche, fuimos a nuestro siguiente destino: el Cerco de Artajona. Es increíble, pues lo visitamos de casualidad -nos dieron un folleto en el camping, pues cuando preparamos el viaje no lo vimos en ninguna guía- y fue una de las cosas que más nos gustaron en todo el viaje. Se trata de un recinto amurallado del siglo XI, y es una de las fortificaciones medievales peninsulares más importantes tanto por el conjunto en sí como por su estado de conservación. La imagen del cerco, con sus torreones y su muralla, es impresionante.

Navarra 107El interior está a la altura del exterior, gracias a edificios como la Iglesia-Fortaleza de San Saturnino, un edificio del siglo XII -construido, eso sí, sobre las ruinas de una iglesia de estilo románico- que no solo era lugar de culto sino que además era parte del entramado defensivo de Artajona. Su fachada gótica monumental, perfectamente conservada, en nada tiene que envidiar a otros edificios pese a su sobriedad. El problema es que solo se abre en días muy concretos y en un horario muy restringido, por lo que no pudimos visitar su interior.

El Cerco de Artajona es uno de esos lugares como Sos del Rey Católico, en los que a pesar de haber edificios de muy bella factura lo más interesante es pasear y perderse por sus calles. Nosotros hicimos eso, y vimos que el pueblo en la actualidad sigue habitado -incluso hay un montón de establecimientos en los que pasar la noche-, lo cual hace que sea aun más bonito, pues hay muchos balcones adornados con flores y las calles están limpísimas. Es un sitio pequeño y en un paseo corto se ve, pero a pesar de todo es muy agradable y es una visita imprescindible -como tantas otras- si se va a Navarra. Nos llama mucho la atención que no sea tan publicitado como Olite, Estella o Roncesvalles.

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Ya a las afueras del cerco hay otra visita obligada, aunque implica pasar por un sendero de 3 kilómetros estrechísimo y sin asfaltar por el coche. Estamos hablando de los Dólmenes de Artajona, un conjunto prehistórico formado por el Poblado de Farangortea, el Portillo de Enériz y La Mina. Hay que andar bastante, por lo que fuimos al que más cerca estaba: el Portillo de Enériz. Se trata de las muchas muestras que hay en Navarra de la cultura del neolítico, y como aun no habíamos visto ninguna quisimos ir por ser algo que rompe con la tónica general del viaje, pues casi todas las visitas eran a núcleos medievales.

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Navarra 112Visto el Portillo de Enériz, volvimos al coche para deshacer el camino andado e ir a nuestro siguiente destino, el cual fue el que más tiempo nos tuvo en el coche: Adiós. Si, se llama Adiós, pero que nadie se imagine que a la entrada del pueblo hay un señor despidiéndose con la mano (el chiste malo era obligado). La verdad es que fuimos porque nos hizo gracia el nombre, dado que no es un pueblo muy turístico y no aparecía en las guías. Sin embargo, fue todo un acierto ir, pues cada pueblo tiene algo único y Adiós nos permitió conocer de primera mano los pueblos pequeños alejados del Camino de Santiago y de la explotación turística masiva.

El edificio más destacado del pueblo es la Parroquia de San Andrés. Es una construcción de origen incierto, pues aunque la cabecera es del siglo XVI la nave podría ser medieval. En la puerta principal, en la parte superior, hay una escultura del propio San Andrés. A diferencia de todos los pueblos que habíamos visitado hasta el momento, las calles estaban prácticamente vacías, por lo que dimos un paseo muy tranquilo y silencioso -algo que no está de más de vez en cuando-.

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Una vez dimos un paseíto por Adiós, dijimos adiós al pueblo (también aquí era imposible no hacer la gracia) y pusimos rumbo a Muruzábal. Fue mucho más fácil llegar aquí que a Adiós, aunque el pueblo es más o menos similar: pequeñito, no muy turístico y sin embargo precioso en su conjunto. Uno de los edificios más destacados es el Palacio Cabo de Armería de Marqués de Zabalegui (foto de abajo a la izquierda), de principios del siglo XVII. Es muy interesante porque sigue el estilo del siglo anterior, pero incorporando elementos decorativos muy barrocos. Hay algunos edificios más, relacionados con el mundo enológico y con el religioso, siempre omnipresentes en Navarra.

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¡Que trajín de día! Cuando terminamos de ver Muruzábal (es un lugar muy pequeñito, en media hora andando muuuy tranquilos se recorre perfectamente) cogimos el coche y fuimos a parar a Obanos. Esta localidad, que sigue siendo preciosa aunque no tiene el esplendor de antaño, fue en tiempos el lugar de reunión de la Junta de Infanzones de Obanos, la asamblea de los infanzones navarros que en la Edad Media canalizaba los procedimientos para defender sus intereses y luchar contra sus enemigos. En la actualidad quizá el pueblo sea más conocido por el Misterio de Obanos, una macro-obra de teatro que se celebra en los años pares y en la que participa prácticamente todo el pueblo.

El edificio de mayor envergadura es la Parroquia de San Juan Bautista, que a comienzos del siglo XX sustituyó a una iglesia de estilo gótico que estaba en muy mal estado. En cuanto a la arquitectura civil, la Plaza de los Fueros es preciosa, quizá de las plazas más bonitas que hemos visto en Navarra.

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Navarra 121A estas alturas, después del día que llevábamos, teníamos los pies destrozados. Como hacía buen tiempo (cosa rara, ya que cuando dijimos que íbamos a ir a Navarra en Semana Santa todos nos dijeron que nos íbamos a helar) y nos apetecía descansar nos compramos un helado (el primero de 2009) y nos lo tomamos tranquilamente en la Plaza Mayor. Muy cerquita vimos un frontón, que no era precisamente el primero que vimos en tierras navarras: allí, al igual que en el País Vasco y en otros lugares de España, la pelota vasca y el tenis son deportes de primera línea. Además, en muchas ocasiones el frontón es uno de los principales núcleos del pueblo, a la altura de la iglesia o de la plaza mayor.

Tras el helado (que supo a gloria) y el descansito volvimos al coche para ir a parar a la penúltima etapa de nuestro particular maratón: la Ermita de Santa María de Eunate, que, por cierto, está en el término municipal de Muruzábal. Es una iglesia preciosa, paradigmática del románico (de hecho es de las que se suelen estudiar en bachiller) aunque no exenta de misterios: se desconoce su origen, su estructura octogonal es poco frecuente, no se sabe que uso pudo tener…

“Perdida en la soledad de los campos, su espadaña guiaba al peregrino a través de una vasta llanura desolada. […] Entramos en la ermita por una de las dos aberturas del claustro exterior y, circulando por su deambulatorio […] penetramos en el interior de la capilla por la puerta norte.”

Iacobus (Matilde Asensi) (pp. 152 y 159-160)

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Navarra 124Es un lugar muy visitado -y a pesar de eso es gratis- en el que no es extraño ver a turistas de todo tipo: moteros, peregrinos, jubilados en masa… Y entre todos ellos estábamos nosotros. La visita es muy interesante no solo por el templo en sí -ahora hablamos del interior-, sino por los arcos exteriores e incluso por el entorno.

De todas formas, es innegable que el interior es una joya. En especial destaca la cúpula peraltada de ocho nervios, con claras -a la vez que extrañas- influencias árabes. Como es un lugar pequeño, en cuestión de minutos puede cambiar totalmente la visita. Nosotros entramos dos veces: la primera, en la que todo era muy espiritual por estar vacío -a excepción de tres personas rezando, que hacían más mística la estampa-; y la segunda, en la que había una atmósfera guiri increíble gracias a las hordas de señoras hablando en voz alta. Evidentemente es más recomendable la primera, así que si vais y está todo lleno de gente lo mejor que podéis hacer es ir a ver el exterior e intentarlo un poco después.

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Aquí también hubo momentos para estar sentados y descansar, pues las fuerzas realmente escaseaban. Hicimos un esfuerzo y fuimos a nuestra última estación: Cirauqui. Es otro lugar salpicado claramente por el camino de Santiago -de hecho todo estaba lleno de albergues y hospederías-, además la gente siempre está dispuesta a ayudarte. En nuestro caso, unas señoras muy amables nos indicaron el camino a seguir.

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Y es que en este caso íbamos a tiro hecho, pues el principal atractivo del pueblo -aunque hay otros muchos, pero eso no lo sabíamos hasta llegar allí- es la calzada romana que sale del pueblo. Además de estar muy bien conservada, la calzada cuenta con un puente -éste en estado ruinoso- también de época romana. Como ya hemos dicho, estábamos cansadísimos, y Cirauqui no ayudó lo más mínimo: para llegar a la calzada hay que subir y bajar unas cuantas cuestas. Para que nos hiciéramos a la idea, una de las señoras que nos indicó el camino nos dijo que las cuestas “duelen un poco”.

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Otra cosa no, pero Cirauqui es un pueblo muy animado. Como ya hemos dicho, en todos los carteles y en todas las guías se hace alusión a la calzada romana, pero el ambiente del Camino de Santiago es increíble en este pueblo. Fruto de este contexto es la Iglesia de San Román, un edificio del siglo XII -aunque muy reformado-. Es el mejor ejemplo de que no solo del Imperio Romano vive Cirauqui.

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Y ahora sí, después del día más agitado de nuestra vida turística (hasta ese momento) pusimos rumbo al camping. Había que recuperar fuerzas después de semejante maratón, pero la conclusión de todo esto es que había merecido conocer tantos lugares, edificios y personas a pesar del gran dolor de pies.

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