Moscú y San Petersburgo '11
Capítulo VII: San Petersburgo 2/2 (Día 5)
La cara de sueño que teníamos al empezar nuestro segundo día en San Petersburgo fue antológica. Por suerte, habíamos dormido como troncos ya que tanto la cama como las almohadas de la Babushka House eran súper cómodas. Por cierto, aún no os hemos hablado a fondo de nuestro alojamiento. ¿Se os ocurre mejor manera de comenzar el relato?
Babushka
House es un pequeño hostel que cumplía con los cuatro requisitos básicos
que siempre buscamos: bien ubicado (calle Vladimirsky prospect 14, al
lado de la estación de los trenes que llegan desde Moscú), buen precio
(30€ la habitación doble, aunque con el baño en los pasillos), desayuno
incluido y un mínimo de limpieza.
El barrio no tenía muy buena pinta, pero la verdad es que no vimos nada raro ni por la mañana ni por la noche. Llegar costó un poquito, ya que aunque la Babushka House está en una calle muy céntrica se encuentra en la tercera planta de un edificio metido en una plaza de lo más extraña en la que además hay un local de color morado: según Eri es de masajes, según Edu de "masajes" (guiño, guiño). En cualquier caso al estar en medio de la plaza no hay ruidos de ningún tipo pese a estar junto a una gran avenida.
El hostel lo llevan dos chicas jóvenes que están allí todo el tiempo (incluso duermen en él). Son muy amables, hablan inglés e incluso se animaron a probar con el español al ver lo mal que nos desenvolvíamos en la lengua de Shakespeare. Ellas son las encargadas de poner el desayuno, que la verdad no es gran cosa: leche, té, yogur y cereales. Donde sí se esfuerzan es en la limpieza, pues tanto las habitaciones como las zonas comunes estaban como los chorros del oro. Quizá la explicación a esto es que había que quitarse las zapatillas y dejarlas en una alfombra en la entrada, aunque en esa misma alfombra había un montón de chanclas que se podían utilizar durante lo que durase la estancia. ¡Ah! Y otro dato importante: al hacer el checkout, como íbamos a estar todo el día por San Petersburgo, les pedimos dejar la maleta allí. No tenían lockers, pero nos la guardaron en un armario cerrado con llave. Para terminar, una curiosidad: en el alojamiento coincidimos con un grupo de amigos que eran de Getafe (igual que Eri). ¡El mundo es un pañuelo y los españoles somos sus moquetes!
En definitiva, nuestra opinión sobre Babushka House es muy buena. Si buscáis alojamiento en San Petersburgo es una opción a tener en cuenta.
Tras este repaso a nuestro alojamiento hay que decir que tras sacudirnos la pereza, desayunar y guardar las maletas en un armario con llave nos dispusimos a apurar nuestro segundo (y último) día en San Petersburgo. Aún quedaban varios de los principales atractivos de la ciudad, pero empezamos por un objetivo mucho más modesto: la Iglesia de Vladimirskaya (Владимирская церковь).
Bueno
en realidad de modesta tiene poco, sólo es que no sabíamos nada de ella
hasta que la vimos de camino al hostel. Es un enorme templo ortodoxo del
siglo XVIII en el que su parte más interesante está en el interior: un
iconostasio barroco que fue trasladado aquí en 1808 desde un palacio de
la Nevski Prospekt. La visitamos y la recorrimos sin problemas, pero no
pudimos hacer ninguna foto porque en todo momento tuvimos a nuestro lado
un guardia jurado (si, tal cual lo leéis) que nos miraba con cara de
odio. ¿Qué mal hacíamos?
Y nada, tras esta visita que en principio no estaba prevista cogimos el Metro hasta la estación de Nevsky Prospekt (Не́вский проспе́кт), en la línea azul. De nuevo estábamos en la calle en la que el día anterior habíamos pasado varias horas perdidos, con la diferencia de que ahora teníamos claro hacia donde ir y en pocos minutos llegamos a la Plaza del Palacio (Дворцовая площадь, Dvortsovaya Ploshchad), el otro gran centro de interés de San Petersburgo junto a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Esta enorme plaza tiene una gran significación histórica, valgan como ejemplos el Domingo Sangriento o episodios clave de la Revolución de Octubre. En la actualidad es típico ver la plaza en los telediarios verano tras verano, cuando se celebran conciertos gratuitos como el de los Rolling Stones de 2007.
Además, entorno a la plaza se disponen varios edificios interesantes sobre los que hay mucho que decir. En la parte sur está el Edificio del Estado Mayor (Здание Главного штаба, Zdanie Glavnovo Shtaba). Su elemento más destacado es un arco de triunfo doble que en la parte superior está coronado por una cuadriga romana. Su gran fachada mide más de 580 metros de largo y en la actualidad tiene varios usos: dependencias ministeriales, parte del Ermitage, ejército... Al ladito hay varios edificios que en la actualidad también forman parte del museo, como el Pequeño Hermitage o el Teatro del Hermitage, del cual hablaremos un poco más abajo.
En la parte central destaca la Columna de Alejandro (Александри́йская коло́нна), un monumento erigido entre 1830 y 1834. De casi cincuenta metros, la también llamada Columna Alejandrina recibe su nombre en honor del zar Alejandro I. Quizá lo más interesante está en su base (los altorrelieves con motivos militares son impresionantes, y la inscripción "Para Alejandro I de una Rusia agradecida" es uno de los principales símbolos de San Petersburgo) y en su parte superior (coronada por un ángel portando una cruz realizado por el escultor Boris Orlovsky). La verdad es que nos sentimos como dos hormiguitas debajo de esa pedazo de columna.
En cualquier caso, el principal punto de interés de la plaza es el Palacio de Invierno (Зимний дворец), que es la cuarta generación de palacios construida en el mismo emplazamiento. Entre 1732 y 1917 fue la fastuosa residencia de los zares, hasta que ese último año se convirtió en uno de los grandes hitos de la Revolución Rusa al ser asaltado por los que querían cambiar el régimen. Su magnífica y colorida fachada barroca representa como ninguna la grandeza de la Rusia Imperial. Las cifras relacionadas con el palacio marean: más de 1000 habitaciones, 117 escaleras, fachada de 150 metros de longitud... Lo que sin duda los zares no imaginaron es que su afán por hacer acopio de obras de arte, unido a un edificio como este, iba a generar una de las pinacotecas más importantes del mundo: el Museo del Hermitage (Эрмитаж, que procede del francés ermitage).
Para
visitar el Hermitage es recomendable estar prontito: teóricamente abre a
las 11, pero se monta una buena cola antes. Nosotros fuimos precavidos y
como llevábamos un buen rato dando vueltas por la Plaza del Palacio nos
pusimos de los primeros. Además, entramos de gratis gracias al carnet de
estudiante internacional.
Lo que no pudimos pasar fue la cámara grande. Nos quisimos hacer los locos y no pagar la tasa de fotos, pero en el detector de metales la vieron y nos hicieron guardarla en la taquilla. Por suerte, no vieron la cámara pequeña que llevaba Eri en su mochila: nos libramos de pagar ese impuesto tan injusto y pudimos hacer fotos sin problemas... ¡Yupi!
¿Y qué se puede decir del Museo del Hermitage en pocas palabras? Cualquier persona que haya estudiado arte sabrá que es de los museos más importantes del mundo, una de esas instituciones que todo el mundo debería visitar al menos una vez en la vida. Es sencillamente inabarcable: por mucho que se planifique la visita en unas horas no da para ver ni la mitad de la colección. Éramos plenamente conscientes de ello, así que cuando nos dieron el mapa en español (sí, en español) trazamos un recorrido por las obras maestras que no nos queríamos perder: antigüedades siberianas, vestigios egipcios, pintura holandesa... Un museo tan grande tiene muchas posibilidades, y en cierto sentido fue como recorrer a la vez el Museo del Prado, el Louvre y el British Museum. Por cierto, a las doce en punto escuchamos el temblor producido por el cañonazo del mediodía de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. ¿Será bueno eso para las obras de arte?
Al margen de las obras de arte en el Museo del Hermitage también hay que destacar los interiores palaciegos. En efecto, cuando decíamos que este edificio representa lo mejor del arte imperial ruso no era una frase vacía de contenido. De hecho, un dato muy curioso es que cuando los revolucionarios asaltaron el palacio en 1917 tardaron horas en encontrar a las personas del interior: es lo que tiene buscar entre 1000 salas. Aunque bien pensado, caminar por el interior de un palacio tan bonito es realmente gratificante: nosotros ya teníamos los pies destrozados de días anteriores, pero aún así nos dimos una buena paliza en el interior del Palacio de Invierno.
A nivel de obras de arte no hace falta más que dar unos cuantos nombres: Tiziano, Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Van Dyck, Rembrandt, El Greco, Zurbarán, Velázquez, Goya, Picasso, Gauguin, Monet, Van Gogh, Kandinsky... No es poca cosa, ¿Verdad? Quizá las obras que más nos llamaron la atención fueron "La Madona Litta" de Leonardo da Vinci, las pertenecientes a la primera estancia en Tahití de Paul Gaughin y "La danza" de Henri Matisse. En la selección tratamos de sacrificar el mínimo de cosas, por aquello de no saber cuando podremos volver al museo, pero desde luego planificarse es fundamental si no se quiere perecer en el intento.
Cuando
ya decidimos salir (tras casi cuatro horas en el Hermitage) estuvimos un
ratillo sentados en el patio interior del Palacio de Invierno. Había
unos banquitos a la sombra y fue la excusa perfecta para descansar un
rato, aunque tampoco demasiado ya que eran casi las 15:00 y nuestros
estómagos estaban rugiendo.
Una de las muestras de que San Petersburgo es una ciudad mucho más occidentalizada que Moscú es que hay algunas oficinas de turismo. En una esquina del Palacio de Invierno hay una, y ya que pasamos aprovechamos para coger folletos e información de cara a la tarde.
Tras una última mirada a la Plaza del Palacio emprendimos el rumbo, aunque estando al lado de la Nevsky Prospekt encontrar un sitio para comer fue más bien sencillo. Por algo menos de 300 rublos (menos de 8€) nos tomamos dos deliciosos kebabs (nos recordó bastante al sabor de los kebabs de Bruselas) y dos botellas de Pepsi.
Ya
con el hambre saciada pusimos rumbo hasta el final de la calle, pues aún
nos quedaba por ver el Monasterio de Alexander Nevsky. Pero como
ir andando los cuatro kilómetros era una locura cogimos el metro desde
la estación de Nevsky Prospekt hasta la estación Ploshchad
Alexandra Nevskogo I (Площадь Александра Невского-1).
Allí nos recibió, rodeado de mucho tráfico, una bonita estatua
de Alexander Nevsky. Pero por cierto... ¿Quién era ese señor
del que no paramos de hablar? Pues uno de los principales santos de la
iglesia ortodoxa rusa.
El conjunto es conocido como Monasterio de Alexander Nevsky o Alejandro Nevski (Свя́то-Тро́ицкая Алекса́ндро-Не́вская ла́вра). Aunque la fecha de fundación no está clara la idea más plausible es que fue en 1710 por Pedro el Grande, que quiso crear un templo para albergar los restos del ya citado Alexander Nevsky. Como muchos otros centros de poder poco a poco fue creciendo hasta convertirse en lo que es hoy: un recinto amurallado, dos iglesias, dos cementerios, varios edificios administrativos... Pero vayamos por partes, que la visita da para mucho. Lo primero que hicimos fue caminar por un corredor formado entre las tapias de los dos cementerios para llegar a la entrada del cementerio. Previamente cruzamos un pequeño canal en el que todavía quedaba un montón de nieve acumulada.
Lo
primero que visitamos fue la Catedral de la Sagrada Trinidad (Троицкий
собор), de estilo neoclásico. Gracias a ella aprendimos un concepto
clave: en los templos ortodoxos las mujeres deben llevar la cabeza
cubierta. Eso explica numerosas miradas de odio en los días precedentes,
o esa misma mañana en la Iglesia
de Vladimirskaya.
Entrar al edificio es gratis, aunque no te dejan hacer fotos. Tampoco cuesta nada recorrer el resto del recinto del interior del monasterio. En él hay algunos enterramientos interesantes (las típicas tumbas románticas como sacadas de película de terror), aunque lo que más nos gustó fueron las montañas de nieve acumuladas en distintas zonas.
Sin
darnos cuenta, a la que habíamos entrado al monasterio pasamos justo
delante de la Iglesia de la Anunciación (Благовещенская
церковь), construida al igual que la catedral por los
arquitectos Trezzini. Es el edificio más antiguo de todo el conjunto, y
en su interior se haya el Museo de Escultura Urbana de San
Petersburgo (Государственный музей городской скульптуры).
Por el nombre, desde luego, tenía muy buena pinta, y con la ilusión de
que antes no nos habían cobrado nada decidimos pasar... ¡Craso error!
Aquí comenzó lo que ha pasado a la historia como el atraco de San Petersburgo. Nos cobraron 100 rublos a cada uno por entrar (en total 5€), y el supuesto museo no era más que unas pocas reproducciones de esculturas de la ciudad apiladas sin ton ni son por la nave de la pequeña iglesia. Un auténtico fiasco, y de hecho cuando entramos y vimos el panorama nos miramos con cara de bobos. Eri sólo pudo decir algo del tipo "¿Esto? ¿Nada más?" y aunque alargamos la visita todo lo que pudimos no dio para más de cinco minutillos.
La segunda parte del atraco vino cuando quisimos ir a ver los cementerios... ¡200 rublos cada uno! Total, 10€, lo que sumado a los 5€ de antes suponía que habíamos pagado 15 eurazos: lo más caro con diferencia del viaje y probablemente lo más prescindible. Sin embargo, lo típico: aunque nos pareció un abuso decidimos pasar, porque estar a las puertas y no poder verlo se nos iba a quedar clavado de por vida.
Primero
visitamos el Cementerio de San Lázaro (Лазаревское
кладбище), una necrópolis del siglo XVIII en la que se
encuentran enterradas personalidades de todo tipo: arquitectos, miembros
de la aristocracia, hombres de Estado... Vamos, que esto sí que es un
auténtico museo de escultura y no el que acabábamos de visitar.
Los lugares de enterramiento son sitios fascinantes para conocer la cultura del lugar, y éste fue especialmente interesante. Al ser el típico cementerio lleno de personalidades ilustres cada sepultura incluía una inscripción solemne o una escultura llamativa. También había panteones familiares, e incluso un templo propio: la Capilla de San Lázaro (Церковь Праведного Лазаря). Sin embargo, no estaba en demasiado buen estado. Muchas tumbas se hallaban rodeadas de maleza y otras directamente estaban destrozadas. Además, algunas zonas no eran transitables por tener montículos de nieve congelada... aunque Eri se dedicase a patinar.
La
entrada con la que nos hicimos a tan "módico" precio incluía además el
acceso a Cementerio Tikhvin (Тихвинское
кладбище), también conocido como la Necrópolis de los
Artistas (Некрополем мастеров искусств). Este
es mucho más ilustre, y de hecho se le nota en mucho mejor estado a
nivel de limpieza y de indicaciones.
Cuando a fines del siglo XIX el Cementerio de San Lázaro se había llenado se decidió creo uno nuevo al lado, llamado Nuevo San Lázaro. Sin embargo, en 1935 el poder soviético decidió elevarlo a la categoría de Necrópolis de los Artistas, cambiando su configuración por completo: se trajeron personajes ilustres, se destruyeron tumbas, se erigieron nuevos monumentos... Total, que en la actualidad todo está tan bonito y tan ordenado que más parece un parque temático de la muerte que un cementerio. En la actualidad la lista de personajes ilustres enterrados aquí es interminable, aunque quizá los más destacados sean el compositor Piotr Ilich Chaikovski y el escritor Fiódor Dostoyevski. Sus tumbas están perfectamente señalizadas, así que quien quiera rendir un homenaje a estas personalidades lo tiene relativamente fácil.
En definitiva, nos habían pegado un estacazo de 15€. Vale que los cementerios habían merecido la pena y que el monasterio también es digno de visitar, pero nos pareció un precio desorbitado teniendo en cuenta que habíamos pagado menos por visitar la Catedral de San Basilio y el Museo Estatal de Historia que por todo esto.
Llegados a este punto habíamos cumplido con todo lo que teníamos previsto ver durante los dos días en San Petersburgo. Sin embargo, cuando pasamos por la Oficina de Turismo de al lado del Hermitage nos informamos sobre un lugar bastante extraño: el Museo Erótico, donde está embalsamado el pene de Rasputín. El frikismo histórico no pudo resistirse ante tal posibilidad y decidimos a ver que fusil calzaba el Monje Loco.
Nuestro
objetivo estaba bastante lejos, así que cogimos el Metro hasta la
estación de Chernyshevskaya (Чернышевская).
Desde allí hubo que andar un ratillo, pero como se ve en la foto de la
izquierda fue por una avenida muy cuqui y encima hacía bueno, por lo que
fue un paseo de lo más agradable.
Así
llegamos, por fin, al dichoso Museo Erótico o
Museo de la Erótica (Эротический музей).
Aunque entramos por una especie de portal, en realidad hay que ir hasta el
final de la calle y torcer a la derecha, buscando una entrada como la
que se ve en la foto de la derecha. Vamos, que es muy fácil y no tiene
pérdida.
Tras pasar por caja y pagar los 100 rublos de rigor por persona, nos entregaron una cajita de cartón con un montón de postales repasando la vida de Grigori Rasputín (todo un detalle). También nos entregaron unos plásticos para ponernos en los pies y así no ensuciar el suelo.
¿Cómo describir el Museo de la Erótica? Es el sitio más raro en el que hemos estado en nuestra vida, y sinceramente no se nos ocurre nada que pueda superarlo. Por un lado es un museo en el que se acumulan cientos de objetos relacionados con el erotismo venidos de los cinco continentes. Sin embargo, también funciona como centro clínico para personas con problemas de próstata. Si a ello le sumamos la estridente música, el atuendo de las enfermeras cual película porno y que en los pasillos hay pacientes con cara de enfermedad, os podéis imaginar que era el sitio más bizarro, surrealista y inquietante en el que hemos entrado. Una experiencia fascinante que recomendamos a todo el mundo.
La
pieza estrella del museo es el pene de Rasputín, que
fue lo que llevó al doctor Igor Knyazkin a fundar un
museo con el que recaudar dinero para investigar y para mantener su
clínica. Al Monje Loco se le han atribuido infinitas cualidades
esotéricas, y al parecer muchas de ellas estaban relacionadas con el
enorme tamaño de su miembro. Vamos, que Rasputín era un auténtico
trípode. Al lado del bote con semejante reliquia hay algunos recortes de
prensa en los que se muestran la adquisición, restauración y puesta en
valor de la misma.
Tras haber constado que si Rasputín se rompe una pierna aún le quedan dos puntos de apoyo, decidimos aprovechar nuestra ubicación para ir a ver el Convento Smolny. Por hora seguramente estaría cerrado, pero aún así teníamos tiempo y nos apetecía ir a verlo ya que en las guías lo ponían muy bien. Tuvimos que bordear los Jardines Tauride o Jardines Tavrichesky (Таври́ческий сад), pero no pudimos visitarlos por dentro porque estaban cerrados por restauración. De camino también pasamos frente al edificio del Museo Suvorov (Музей Суворова), pero igualmente estaba cerrado. Además pasamos por unos cuantos palacios interesantes.
Al
final llegamos a las puertas del enorme y monumental
Monasterio-Palacio de Smolny (Смольный монастырь).
Tanto el tamaño como sus llamativos tonos azulados hacen que destaque
especialmente respecto a los edificios del entorno, por lo que
visualmente resultó mucho más impactante de lo que pensábamos.
Lamentablemente no pudimos visitarlo. Vimos gente saliendo de la catedral, y al ir a acceder un desagradable guardia de seguridad nos dijo con una sonrisa que "it's closed". Nos dio más rabia la ilusión que le hizo ver nuestras caras por no poder pasar que el hecho de que estuviese cerrada. Pero bueno, aún así mereció la pena acercarse a este enorme conjunto, pues pudimos dar una vuelta por los alrededores e inspeccionar diversas construcciones.
Con esto habíamos terminado de explorar la zona, por lo que pusimos rumbo al Metro (además se estaban levantando unas nubes con pinta de lluvia bastante sospechosas). De camino pasamos por algunos edificios interesantes, aunque quizá el más destacado sea el Palacio Táuride (Таврический дворец, Tavrichesky dvorets). Ubicado en una esquinita del parque que os hemos enseñado antes, este palacio ha servido de modelo para innumerables casas solariegas diseminadas por toda Rusia. De su dueño original, el príncipe Potemkin, pasó a Catalina II y de ahí a la eternidad, pues en él se han celebrado todo tipo de actos institucionales: desde reuniones de bolcheviques hasta asambleas de la Comunidad de Estados Independientes.
Utilizando el Metro (tuvimos que comprar monedas, puesto que ya habíamos gastado las diez con las que nos hicimos el día anterior y queríamos tener alguna de recuerdo) volvimos a nuestra querida Babushka House, donde esperaba nuestra maleta. Tras hacernos con ella fuimos andando hasta la estación, y en un centro comercial de al lado llamado Galería estuvimos cenando en un Kentacky Fried Chicken. Quedaban como un par de horas para coger el tren cuando llegamos, por lo que junto a la cena hicimos algo de tiempo entrando en algunas tiendas y recordando lo bien que se habían dado estos dos días.
Y así, cuando quedaba poco tiempo para las 23:55 fuimos hacia la estación. Fue el único momento en todo el viaje en que llovió un poco, por lo que no hace falta decir lo afortunados que nos sentimos en cuanto a la meteorología rusa. Por cierto, hubo un pequeño susto al intentar entrar al Krasnaya Strela, pues nuestros billetes electrónicos servían para subir directamente al tren (en lugar de los de hace dos días, que se canjeaban en taquilla por otros). Al enseñárselos a la que controlaba el acceso al vagón puso cara rara y no nos dejó pasar, lo mismo que a una familia francesa. Tras unos minutos de espera apareció un hombre con un listado en el que estaban los nombres de todos los que teníamos billete online, por lo que al final el problemilla no fue más que unos minutos de incertidumbre y pudimos tomar nuestro tren.
De
este modo pasamos otras ocho horas durmiendo en el Krasnaya Strela. El sueño
fue mucho más profundo que en el viaje de ida, pese a que uno de
nuestros compañeros de vagón (un joven ruso un poco pasado de kilos)
respiraba fuertecito. Por cierto, esa noche se jugaba la final de Copa
del Rey entre el Real Madrid y el Barça y en el tren fue imposible
verla.
Y para terminar, el momento chusco. ¿Os acordáis de las jarras de metal de las que os hablamos al inicio del capítulo anterior? No lo pudimos evitar y ahora dos de ellas decoran nuestro salón. Además, nos consta que somos varios los españoles que hemos repetido esa operación...
CAPÍTULO VI - Volver a Moscú y San Petersburgo '11 - CAPÍTULO VIII
































































