Moscú y San Petersburgo ’11 – Capítulo VI: San Petersburgo 1/2 (Día 4)

Una de las cosas más interesantes de este viaje es que pasaríamos dos días en San Petersburgo (Petrogrado, entre 1914 y 1924; y Leningrado, entre 1924 y 1991). Para desplazarnos hasta allí desde Moscú utilizaríamos el tren, pues hay un servicio ferroviario bastante bueno que comunica diariamente las ciudades en distintas franjas horarias. La más frecuente es la nocturna, pues en vagones-cama se salvan en ocho horas los más de 650 kilómetros que separan ambas urbes.

Los billetes de tren se pueden comprar en internet. El proceso es un poco lioso ya que la web de la RZD sólo está en ruso, pero hemos elaborado un tutorial con todo lo que hay que saber para comprar los billetes de tren de Moscú a San Petersburgo. Por eso no nos entretendremos más en ello y os contaremos como fueron las últimas horas del lunes 18 de abril, en las cuales estábamos realmente nerviosos.

Rusia 162Después de pasar todo el día viendo el Kremlin y algunas cosillas más, preparamos una maleta y nos desplazamos hasta la estación de Leningradiski (Ленинградский вокзал). Fuimos con mucha antelación ya que no sabíamos muy bien cómo llegar (el Metro no se llama como la estación, sino Komsomolskaya) y aparte teníamos que cambiar los billetes electrónicos en la taquilla, por lo que decidimos ir con tiempo para evitar prisas innecesarias. La comunicación fue algo complicada, pero entre que nos ayudó un hippie ruso muy gracioso y que sabíamos que teníamos que  buscar unas taquillas con arrobas (@) no fue difícil.

Así, ya con la reserva canjeada por los billetes teníamos por delante una hora y media que se planteaba interminable. Sin embargo, no nos dio tiempo a aburrirnos: a los cinco minutos apareció Emilio, un cubano afincado en Rusia desde hace muchísimos años. Al escucharnos hablar en español se acercó a saludarnos y este encuentro casual derivó en una divertida charla que tocó todos los palos posibles: fútbol, música, política… Nosotros le preguntamos muchas cosas sobre la vida en Rusia, y él quería saber como iban las cosas por España. Además, cuando se iba acercando la hora de coger el tren surgió de la nada Antonio, un chico mexicano que vive en Barcelona y que también iba a San Petersburgo. Estaba un poco perdido, así que se unió a la conversación en esta particular cumbre hispanorusa. Nuestro tren salía a las 23:55, pero un cuarto de hora antes ya se podía subir. Con pena por tener que interrumpir tan divertido encuentro nos despedimos, aunque antes intercambiamos emails e hicimos una foto para inmortalizar el instante.

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Y así nos encaminamos a un andén en el que aguardaba nuestro tren. De entre todas las opciones habíamos reservado en el Krasnaya Strela (que en español significa algo así como Flecha Roja), que es el que más tradición tiene. Hizo su primer viaje en 1931, y salvo periodos puntuales (como la II Guerra Mundial) no ha interrumpido su servicio hasta la actualidad. Por tanto, como frikis de la Historia que somos decidimos permitirnos este pequeño lujo, ya que los pasajes son algo más caros que el resto, y la verdad es que no nos arrepentimos en absoluto. Desde los bordados de las cortinas hasta la música con la que empieza y acaba el trayecto (el “Hymn to A Great City“), absolutamente todo te recordaba que estabas en un tren legendario.

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Rusia 167Un aspecto muy importante a destacar es que nos pareció un viaje completamente seguro. El acceso está totalmente vigilado: nadie puede subir sin billete. Cada vagón está controlado por una persona que es la que se encarga de comprobar los tickets, ofrecer cenas/desayunos y de cualquier eventualidad que pudiera surgir en el trayecto.

Nosotros viajamos en segunda clase, lo que es sinónimo de compartimentos para cuatro personas en dos literas separadas por una mesita. Tanto a la ida como a la vuelta compartimos habitáculo con un ruso y una rusa, con los que nos pudimos comunicar vagamente a través de sonrisas y palabras en un extraño “espanrusinglish”.

Viendo las fotos os podéis imaginar lo interesante que fue la experiencia de cruzar por la noche la estepa rusa, contemplando los bosques iluminados por las estrellas a través de la ventana. Pensábamos que sería más difícil, pero el traqueteo hizo que pudiéramos dormir perfectamente y que nos despertásemos a las 7:00 totalmente descansados. Fue entonces cuando la señora que se encargaba de nuestro vagón nos ofreció un té (30 rublos por persona) en unas jarras de metal que nos gustaron mucho y de las que os confesaremos algo en el siguiente capítulo.

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El trayecto había sido cómodo y desde el vagón se veía que hacía un día espléndido. La estación de Moskovskiy Vokzal (Московский вокзал), donde llegan los trenes desde Moscú, era bastante parecida a la que habíamos dejado unas horas atrás: alargada y con tiendas a los lados. En cualquier caso no nos detuvimos allí demasiado, ya que sólo contábamos con dos días y había mucho que ver. Por tanto, lo primero que hicimos fue ir al hostel que habíamos reservado (Babushka House, del que os hablaremos en el siguiente capítulo), hacer el check-in y dejar la maleta.

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Nuestro alojamiento estaba muy bien comunicado, tanto a pie (cerca de la calle principal de la ciudad, Nevsky Prospekt) como por Metro. Precisamente de este medio de transporte os queremos hablar ahora: no es tan lujoso como el Metro de Moscú pero aun así funciona espectacularmente bien. Hay estaciones más decoradas que otras, pero lo que no falla es la puntualidad y la limpieza. El trayecto cuesta igual que en Moscú, 26 rublos por viaje. ¡Ah! Como nota curiosa hay que decir que para poder utilizarlo no se compran tickets, sino una especie de monedas que también valen para algunas cabinas telefónicas. Como os podéis imaginar, una de estas se vino de recuerdo a España. ¿A alguien se le ocurre un recuerdo de viaje más auténtico y barato?

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Así, tras dejar las cosas en el hostel, cogimos el Metro para desplazarnos hasta la estación de Vasileostrovkaya (Василеостровская), que recibe ese nombre por estar ubicada en el corazón de la Isla de Vasilyevsky. San Petersburgo es una ciudad fundada de la nada entre ciénagas, marismas y la desembocadura del río Nevá (Река Нева). El emplazamiento, pese a no ser especialmente propicio para albergar una urbe, fue elegido para crear una nueva ciudad para que sirviese de ventana hacia occidente y diese salida a mares nuevos. Así, Pedro el Grande hizo gala de su carácter visionario y en 1703 fundó la nueva ciudad, pese a que ello la convirtiese en protagonista directa de la larga Guerra del Norte, que enfrentó a Rusia contra Suecia.

Debido a su ubicación geográfica (60º latitud norte) y a sus condiciones climáticas no era el sitio más propicio para vivir, pero los zares se encargaron de potenciarla trayendo ingenieros, nobles y siervos, llegando a ser capital del país durante más de 200 años (en concreto hasta la revolución de 1917). Con el paso del tiempo vivió un desarrollo espectacular que la han convertido, sin duda, en una de las ciudades más bonitas del mundo y en un lugar de visita imprescindible.

Eso era exactamente lo que nos había llevado hasta allí y lo que sitúa a nuestro relato de nuevo en el siglo XXI. Los primeros pasos por la ciudad nos habían servido para percatarnos de que, pese al buen día que hacía, el frío calaba los huesos, y es que estábamos más cerca del Polo Norte que de nuestra casa. Desde el Metro seguimos la calle hasta el río Nevá, en un paseó que sirvió para darnos cuenta de una cosa: las distancias en San Petersburgo son inabarcables, y lo que en el mapa parece cinco minutos en realidad es media hora. Por cierto, según la primera imagen que tuvimos del río fue la silueta del Estadio Petrovsky, la sede del Zenit de San Petersburgo (campeón de la UEFA en 2008).

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Siguiendo el tremendo cauce del río llegamos a la esquinita de la Isla de Vasilyevsky en la que se agrupan varios de sus edificios de interés. Ya hemos dicho que sólo teníamos dos días en la ciudad, por lo que hubo que hacer una gran selección y centrarnos únicamente en los highlights. Así, de esta zona hay que destacar el Museo Literario, el Museo Central Naval (Центральный военно-морской музей, el cual está ubicado en el edificio de la antigua Bolsa), el Museo Antropológico y Etnográfico (Музей антропологии и этнографии) y una sede de la Academia de Ciencias (Росси́йская акаде́мия нау́к). En general son edificios cortados por el mismo patrón: todo muy neoclásico tratando de reproducir las tendencias europeas de los siglos XVIII y XIX. No pudimos entrar a ninguno ya que aún estaba todo cerrado, pero el paseo por la zona, y más teniendo en cuenta el buen día que hacía, fue de lo más agradable.

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La zona que más nos gustó fue la que está justo enfrente del edificio de la Bolsa (o, lo que es lo mismo, del Museo Central Naval). En un saliente con forma de semicírculo se ha ubicado un pequeño parque desde el cual hay unas vistas sensacionales de diferentes puntos de la ciudad. La panorámica nos recordó un montón al Puente de San Miguel de Gante. El río Nevá con sus dos extremos llenos de edificios ilustres era como ver al Korenlei y al Graslei, sólo que multiplicando por diez su tamaño original. También es destacable la vista de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, a las que poco a poco nos íbamos acercando.

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Pero sin duda los elementos más representativos de esta zona son las dos grandes Columnas Rostrales (Ростральная колонна) de 32 metros de altura, las cuales fueron erigidas para conmemorar las victorias navales rusas. Las dos dan para hablar horas y horas sobre ellas: están coronadas por proas de buques, en la base tienen cuatro figuras en honor de los cuatro ríos principales del país (Volga, Nevá, Voljov y Dnieper), es frecuente ver a rusos de boda haciéndose fotos… Vamos, que es uno de los puntos candentes de la ciudad. Por cierto, ya lo hemos dicho varias veces pero lo volvemos a repetir: ¡Qué buen día estaba haciendo! Además, según nos dijeron nuestros tíos en Moscú granizaba de lo lindo. El tiempo ruso estaba de nuestra parte.

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Rusia 186Con las mismas tocaba cambiar de isla. Cruzando uno de los muchos puentes de la ciudad (ojo por la noche, porque muchos son levadizos y si no miramos horarios nos puede tocar darnos un rodeo considerable) llegamos a la Isla de Petrogradsky (Петроградский остров), la tercera más grande. Es el centro administrativo de la ciudad y en ella hay oficinas, universidades, museos…

En realidad, de momento lo único que nos interesaba era que se trata del único lugar de paso para acceder a la Isla de Zayachy (Заячий остро). En ella se encuentra la Fortaleza de San Pedro y San Pablo (Петропа́вловская кре́пость), nuestra siguiente parada. Fue fundada por Pedro el Grande en 1703 (lo que la convierte en el auténtico corazón de la ciudad), y según la leyenda el zar trajo con sus propias manos las primeras piedras. Obviamente, por todo lo que ofrece es una visita imprescindible si se está en San Petersburgo. Por cierto, al llegar estaba aterrizando muy cerca de nosotros un helicóptero. ¡Ahí queda eso!

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A diferencia del Kremlin de Moscú, la superficie de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo es un espacio abierto en el que sólo se paga si se desea ver el interior de los edificios. Para ello hay una entrada combinada que incluye el acceso a cinco edificios por 170 rublos por persona (tarifa de estudiante, la general suponemos que costará más). Por cierto, se puede hacer fotos sin cargo adicional… ¡Yuju!

Rusia 189De todos modos, antes de pensar en entradas y en ese tipo de cosas… ¡Qué pedazo de plaza! El espacio central de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo es espectacular. La silueta de la catedral desafiando al cielo con su larguísima aguja coronada por un ángel será difícil de olvidar. Nos sorprendió gratamente el sitio, ya que aunque habíamos leído maravillas nos pareció de lo mejor del viaje.

Rusia 190Además, aunque teóricamente el horario es de 11 a 18 las taquillas están abiertas desde las 10. Se compran en varios puntos de la fortaleza, aunque quizá el más típico es un pequeño edificio de color salmón que hace las veces de tienda de souvenirs. Puede parecer cerrado porque no se entra por la fachada principal, sino por un lateral.

Rusia 191Y ya con las entradas en la mano fuimos a visitar el primer edificio: la Catedral de San Pedro y San Pablo (Петропавловский собор o Petropavloskii Sobor). Este colosal templo ortodoxo (mide más de 120 metros desde el suelo hasta el ángel) está ubicado en un recinto destinado al culto desde 1704, aunque la catedral actual fue consagrada en 1733 sustituyendo a una anterior. Como nota curiosa hay que decir que posee un carrillón flamenco que fue regalado por la ciudad de Malinas. Como mola viajar, todo está conectado y cuantos más sitios visitamos más recordamos aventuras que ya hemos vivido.

Del interior de la catedral poco se puede decir que no sean buenas palabras. Artísticamente es una joya excelentemente bien conservada, por lo que poco más hay que añadir. Eso sí, desde el punto de vista histórico hay que decir que en esta catedral se enterraron la mayoría de los zares de Rusia desde Pedro el Grande hasta Nicolás II. Dos siglos dan para mucho y el pavimento está lleno de tumbas, aunque mención aparte merece la del ya citado Nicolás II. Fue el último zar de Rusia, con el cual los revolucionarios no tuvieron mucha piedad (ni con su familia). Por eso, huelga decir que se está ante un lugar delicado, y aunque es visitable hay una barrera que evita que los turistas se acerquen demasiado al sepulcro. Sin embargo, eso no impide que los nostálgicos dejen flores en forma de homenaje… No sabríamos explicar muy bien los motivos, pero el caso es que la estancia nos recordó horrores al Valle de los Caídos.

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A la salida de la catedral fuimos al segundo edificio que estaba entre nuestros objetivos: la Casa del Comandante (Комендантский дом). Ya en 1704 había un edificio en la fortaleza destinado a ser la casa del comandante, pero esta última versión no fue acabada hasta 1746. Desde entonces hasta 1914 fue utilizado para ese fin, y muestra de ello es que detrás hay un cementerio con 19 generaciones de comandantes enterradas.

Rusia 195La casa arquitectónicamente da para mucho. Su peculiar aspecto alargado en tan solo dos alturas es casi tan representativo como su color o sus ventanas. Eso si, que conste que el aspecto actual responde a infinitas modificaciones que llevaron a añadir estancias, retirarlas, unir unas con otras… Hasta fines del XIX no se estabiliza el asunto.

Como otros tantos edificios fue confiscado durante la revolución de 1917 y no fue hasta 1975 cuando por fin se volvió a poner en valor. Por la gran cantidad de salas de la construcción se decidió que albergase la exposición “Historia de San Petersburgo. 1703-1918” y esa muestra fue, precisamente, la que visitamos. La verdad es que nos encantó, pues es el típico museo que va de menos a más: al principio no nos aportaba demasiado (objetos muy frecuentes, todo en ruso, museografía viejuna…) pero según se acercaba a la Historia Contemporánea la cosa iba mejorando. Sin duda, el carácter propagandístico con el que se concebían este tipo de exposiciones tiene mucho que ver, pero sea como fuere nos encantó y aprendimos muchas cosas sobre San Petersburgo a lo largo del tiempo.

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Al salir nos pusimos a andar para ir a ver otra parte de la fortaleza, pero en el camino nos encontramos con un parquecito que no aparecía ni en el mapa y que nos llamó mucho la atención… ¡Era un círculo hecho por sillas a lo Tim Burton! Igual era una obra de arte o algo importantísimo, pero desde luego nosotros no encontramos señalización alguna. Como os podéis imaginar, cayeron un montón de fotos haciendo el bobo en cada silla y recordando momentazos de películas como Alicia en el País de las Maravillas o Pesadilla antes de Navidad.

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Tras ese pequeño e inesperado paréntesis fuimos al lugar más emblemático del recinto amurallado: la Puerta del Neva (Не́вские воро́та), que es el único acceso a la fortaleza que da al río. Si se franquea se llega al Muelle del Comandante (Комендантской пристанью), un interesante saliente con mucha historia. Aunque hoy es un lugar que fácilmente se presta a un atardecer romántico, en tiempos era la zona por la que se sacaban a los presos de la fortaleza que iban a ser ejecutados. Las vistas de la ciudad, desde aquí, son magníficas.

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Por sí mismo merece la pena venir hasta aquí, pero también porque da acceso a uno de los sitios más bizarros de toda Rusia: la playa de San Petersburgo. Cuando salimos al Muelle del Comandante nos topamos con una imagen bastante extraña: una fila de rusos en gallumbos estaban apoyados en la fortaleza, cual zombies, tostándose al sol. Raro, ¿eh? Y más teniendo en cuenta que si se anda hacia la derecha, bordeando un saliente de la muralla, se llega a una zona que tiene más pinta de playa (con su arenita y todo). Así, pese a estar en Rusia en el mes de abril pudimos darle un toque playero a nuestro viaje.

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De vuelta a la fortaleza, justo al lado de la Puerta del Neva, se accede a una sala en la que se ha montado la exposición “La Historia de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo”, que era el tercer sitio al que se podía acceder con nuestra entrada combinada. Como su propio nombre indica en el interior se puede ver todo lo relacionado con la construcción y el desarrollo del sitio, donde a través de audiovisuales uno se puede hacer a la idea sin hablar ruso. Mención aparte merece una réplica a tamaño real del ángel que corona la aguja de la catedral y que sirve para darse cuenta de su gran tamaño. Por cierto, la mujer que pedía las entradas en la puerta fue muy amable: al vernos con cara de perdidos nos dio un plano del recinto (cosa que no nos facilitaron al comprar las entradas) y nos dio algunas explicaciones… Algo pudimos entender, aunque no demasiado. Para dejar muestra de que Edu & Eri Viajes había conquistado este territorio firmamos el libro de visitas.

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Iban a dar las doce cuando pusimos rumbo hacia el Bastión Naryshkin (Нарышкин бастион Петропавловской крепости). El motivo no era otro que presenciar el tradicional cañonazo del mediodía, que se viene celebrando desde 1873 (salvo una interrupción de algunos años en el siglo XX). La verdad es que no nos dio tiempo a llegar para presenciarlo en la propia plaza, pero estábamos sólo a unos metros y pudimos sentir como nos retumbaba el pecho. ¡Vaya pedazo de cañonazo!

Rusia 208Aviso importante: al bastión se puede subir, pero no está incluido en la entrada. Lo promocionan como “las mejores vistas de la ciudad” y en base a ello ponen un precio abusivo: echar un vistazo desde arriba cuesta más que la entrada general. Nosotros no pagamos, ya que poco más podría aportar a las vistas que hay desde la playa.

Rusia 209Después del cañonazo seguimos dándolo todo, y esta vez pusimos rumbo a la Prisión del Bastión Trubetskoy (Тюрьма Трубецкого бастиона). Fue uno de los centros penitenciarios más célebres de toda Rusia, pese a que sólo funcionó como tal poco más de cincuenta años. Sin embargo, la importancia de los reclusos lo explica todo: en él estuvieron retenidas personalidades de la talla del Leon Trotski, Maxim Gorki (pseudónimo del escritor Alekséi Maksímovich Péshkov) o Alexander Ulyanov (el hermano de Lenin). Por tanto, una visita obligada.

Desde 1924 funciona como museo y la verdad es que merece la pena recorrer sus siniestros pasillos. Hay algunas vitrinas que explican como era la vida en la prisión (a través de ropa y enseres), celdas que han sido puestas en valor con el mobiliario original y algunas estancias en las que por medio de maniquíes se reconstruyen escenas cotidianas. Toda la cartelería está en ruso y en inglés, por lo que fue una visita en la que nos enteramos de muchas cosas. Eso sí, no todo iban a ser buenas palabras: aunque hay muchas celdas abiertas casi todas ofrecen lo mismo (un camastro y poco más), por lo que sin duda se le podría sacar mucho más partido de alguna otra manera.

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Rusia 213Nos estaba encantando todo lo que estábamos viendo en la fortaleza, pero desgraciadamente nuestro tiempo allí se iba acabando y nuestros siguientes pasos nos llevarían a lo único que nos faltaba por visitar: el Revellín Ioannovsky (Иоа́нновский равели́н). Pese a ser una construcción de gran importancia para con las funciones defensivas de la fortaleza de este revellín nos interesaba que en su interior se haya el Museo de la Exploración Spacial y de la Tecnología de los Cohetes (Музей космонавтики и ракетной техники им. В.П. Глушко).

No sabemos muy bien por qué han plantado aquí un museo sobre la exploración espacial, ya que no pega demasiado con el resto de la fortaleza. Sin embargo, como es un tema que nos encanta no nos lo pensamos dos veces y recorrimos con los ojos bien abiertos todas sus salas. Tras haber visitado unos días atrás el Museo Memorial de los Cosmonautas nuestra afición por todo lo relacionado con la exploración espacial no había hecho más que crecer, y en estas salas pudimos ampliar un poquito más nuestros conocimientos sobre el tema.

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La pena es que con eso habíamos terminado en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Nos ha quedado muy buen recuerdo sobre ella y la consideramos totalmente imprescindible en todo viaje a San Petersburgo, por lo que si vais a la ciudad no os lo penséis dos veces y acercaos a conocerla.

Rusia 217De la fortaleza a nuestro siguiente destino había una buena tiradita, pero a pesar de que podíamos haber cogido un autobús decidimos hacer el camino andando. No todos los días se tiene la oportunidad de estar en San Petersburgo, con tan buen tiempo y cerca del río Neva… vamos, que no había excusas para disfrutar del paseo.

Rusia 218Después de un cuarto de hora caminando llegamos al mítico Crucero Aurora (Авро́ра), el buque en activo más antiguo de la armada Rusa. Aunque participó en numerosos conflictos (incluyendo la Guerra Ruso-Japonesa y las dos guerras mundiales) el acorazado Aurora es especialmente célebre por su participación en la revolución de 1917.

Su papel en el proceso fue especialmente destacado, pues con sus cañones se dio el aviso a los revolucionarios para asaltar el Palacio de Invierno. Vamos, que por eso frecuentemente se dice que la revolución comenzó en el Aurora. Dicho esto no hace falta decir la importancia que tiene el acorazado, que sin duda es la que le ha llevado a operar como museo desde 1957. Desde entonces más de 28 millones de personas lo han visitado, entre ellos nosotros. Durante un buen rato estuvimos recorriendo las cubiertas y las dependencias interiores del crucero. Algunas partes del barco estaban un poco viejunas, pero eso le daba aún más encanto si cabe ya que no era difícil imaginarse el trasiego que habría en el barco durante los días previos a la revolución.

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Rusia 222Siendo sinceros, esperábamos algo más del Aurora. Tan solo un par de meses atrás habíamos tenido la oportunidad de visitar un acorazado con unas características bastante similares (el HMS Belfast, en Londres) y nos había parecido una pasada: todo en perfecto estado, recorrido claramente estructurado, museología de lo más moderna… Un montón de cosas que el buque ruso no ofrecía. Eso si, que no se malinterpreten nuestras palabras: aun así merece la pena y es una visita obligada. Además, es de los pocos sitios a los que se entran gratis, por lo que no hay excusas para no ir.

CRusia 223on la visita al barco-museo terminábamos con la Isla de Petrogradsky y cambiábamos radicalmente de tercio. Tuvimos que deshacer algo de camino andado hasta llegar al centenario Puente de la Trinidad (Тро́ицкий мост). También es levadizo, por lo que mucho ojo con los horarios nocturnos. El caso es que cruzando el puente llegamos a una de las zonas más interesantes de San Petersburgo: la del Campo de Marte (Ма́рсово по́ле). Por supuesto, que el entorno se llame así explica que lo primero con lo que nos topásemos fuese una estatua de Marte (aunque la verdad es que luce poco entre tantos coches y cables).

El Campo de Marte es un parque de nueve hectáreas hecho al gusto francés. En los alrededores se distribuyen distintos puntos de interés relacionados con los zares: el Palacio de Mármol (Мраморный дворец), uno de los primeros palacios neoclásicos de toda Rusia; los Jardines de Verano (Ле́тний сад), los cuales estaban cerrados por obra y por tanto no los pudimos visitar; el Palacio de Verano de Pedro el Grande (Летний дворец), que tampoco pudimos visitar… Vamos, que es una zona llena de atractivos.

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Rusia 227Caminando por el Campo de Marte descubrimos que en pleno centro está el Monumento a los Héroes de la Revolución, que no hace falta decir lo que conmemora. Si se investiga un poco por el parque se puede encontrar además una llama eterna (de cuyo fuego se prendió la que hay en Moscú) y diferentes enterramientos de revolucionarios ilustres.

Atravesar el parque era necesario para llegar a la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada o Iglesia de la Resurrección de Cristo (Храм Спаса на Крови). Este edificio neoclásico es parada obligada en San Petersburgo por su infinita belleza. ¿No os recuerda horrores a la Catedral de San Basilio? Pues claro, porque fue hecho a su imagen y semejanza. Es muy frecuente encontrar edificios del siglo XIX hechos al estilo de varios siglos atrás. También tiene una significación histórica destacada, estando muy relacionada con el zar Alejandro II: está construida en el lugar en el que fue asesinado, la cúpula central mide 81 metros de alto porque dicho magnicidio ocurrió en 1881, las cúpulas laterales miden 62 metros de alto porque el zar tenía esa edad al morir…

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Tras pasar por caja y pagar la correspondiente entrada (150 rublos por persona en tarifa de estudiante) pudimos deleitarnos con la decoración del interior de la catedral. La principal característica es que no se trata de pinturas, sino de mosaicos: enormes mosaicos de varios metros de altura representando escenas religiosas de todo tipo. El más representativo es un Jesucristo hecho en la cúpula central que fue compuesto a imagen y semejanza de Edu. Lo dicho, un templo impresionante en el que es imposible no quedarse boquiabiertos.

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A la salida de la catedral estuvimos dando una vuelta por un mercadillo de souvenirs en el que vendían de todo: matriuskas, gorros, objetos relacionados con el comunismo… Sin embargo todo nos pareció caro y decidimos esperar hasta el sábado, cuando iríamos al mercado de Ismailova. Lo que si hicimos fue empezar a buscar un sitio para comer, que ya apretaba el hambre. Lo encontramos sin buscar demasiado, pues justo enfrente del Museo Ruso (Русский музей, que ese día estaba cerrado), al lado de uno de los muchos canales de San Petersburgo, vimos uno que nos llamó la atención.

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Elegimos el sitio por ser uno de los pocos que tenía lista de precios en la puerta (¡Y encima traducida al inglés!). Gracias a eso pudimos saber de antemano lo que íbamos a pedir, que al final fueron dos sopas (una de pollo y una solyanka, esta última quizá la más representativa de la comida rusa) y dos trozos de empanada de pescado rojo. Como curiosidad decir que tuvimos que comer con Sprite ya que no había de beber más que eso o cerveza. Ni agua, ni Coca-Cola, ni Fanta… Litros de cerveza y, entre ellos, una lata de Sprite que fue nuestra salvación. Al final todo muy rico y comimos por muy poco dinero (al cambio unos 10€ entre los dos, más o menos).

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Con el estómago lleno afrontábamos una tarde en la que ya pocas cosas teníamos previstas, ya que las primeras horas en San Petersburgo habían cundido mucho más de lo que habíamos pensado sobre el papel. De hecho, hubo un pequeño cambio de planes y decidimos acercarnos a ver la Catedral de San Isaac. En principio nuestra intención era haberla visto el día siguiente por fuera, ya que no pensábamos que el martes nos fuese a dar tiempo.

Para llegar allí desde la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada en principio no había mayor complicación: únicamente había que ir a la Nevski Prospekt (Невский проспект), la principal avenida de San Petersburgo, y andar un rato… eso en principio, porque aquí vino la principal cagada del viaje. Nos desorientamos y comenzamos a andar en la dirección equivocada. Hacer eso en una calle de más de cuatro kilómetros de largo, en la que se avanza muy despacio porque está llena de gente, de pasos subterráneos y de obras, nos hizo perder muchísimo tiempo: una hora andando en sentido contrario a la Catedral de San Isaac, media hora intentando comunicarnos con los rusos para orientarnos y otra horita para volver al punto de partida, que estaba a nada menos que media hora de nuestro objetivo. Total: tres horazas andando que, sinceramente, nos dejaron un poco desmoralizados.

De todos modos perderse en un lugar como la Nevsky Prospekt no es ningún problema. A lo largo de sus más de 4000 metros que unen el Palacio de Invierno con el Monasterio de Alexander Nevski se puede encontrar de todo: iglesias, palacios, tiendas, restaurantes, puentes, parques, mercados… La lista es interminable, desde la Catedral de Kazán (Каза́нский кафедра́льный собо́р) hasta el Puente Anichkov (Аничков мост) pasando por infinidad de construcciones que no supimos identificar. También es destacable que, al ser la principal arteria de la ciudad, la mezcla cultural es interesantísima. Nos perdimos, y es evidente que al darnos cuenta del error nos dio muchísima rabia el tramo andado, pero desde luego no fue un recorrido en balde. Vimos un montón de edificios peculiares y, desde luego, si alguna vez tenemos que recomendar a alguien algún lugar de Rusia para perderse sin duda le hablaremos de la larga y transitada Nevski Prospekt.

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Rusia 244Y, aunque en algún momento pensamos en tirar la toalla, al final acabamos llegando a nuestra anhelada Catedral de San Isaac (Исаа́киевский собо́р). Teníamos los pies destrozados y la moral por los suelos, pero al final con paciencia, tesón y mucho amor conseguimos llegar al templo más grande de la ciudad. Fue construida durante casi toda la primera mitad del siglo XIX siguiendo el proyecto del francés Auguste Montferrand, que ganó un concurso entre destacados arquitectos. A juzgar por la majestuosidad de la catedral su victoria en el certamen fue totalmente merecida.

Al comprar las entradas nos enteramos de que debido a nuestras tres horas perdidos en la Nevski Prospekt no podríamos subir hasta la cúpula de la catedral, que cierra una hora antes que el resto del edificio. Una pena, pero también una excusa para volver alguna vez a San Petersburgo puesto que por lo que habíamos leído las vistas desde arriba son las mejores de la ciudad, habiendo incluso una buena panorámica del Golfo de Finlandia.

Sin embargo, tampoco nos dolió en exceso no poder subir ya que ni siquiera teníamos previsto haber visitado su interior. Además, lo que ofrece la decoración no es poca cosa: para llevarla a cabo se emplearon más de 40 minerales distintos. El oro brilla por doquier junto a otros materiales de gran valor como mármol de distintas procedencias, malaquita o lapislázuli. Aprovechamos al máximo nuestra visita, y más teniendo en cuenta que encontramos un banco bien ubicado en la nave central en el que reposábamos nuestros maltrechos pies a la vez que nos deleitábamos con la espectacular ornamentación del templo.

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Enfrente de la catedral había un parquecito con unos cuantos rusos desafiando al frío en forma de partido de fútbol. En los alrededores hay varias cosas destacables: el Ayuntamiento, la estatua de Nicolás I, el Palacio de Comunicaciones… Sin embargo, por primera vez en todo el viaje estábamos cansados hasta un punto poco saludable. A los tres días que llevábamos durmiendo poco y caminando mucho se le había sumado una cuarta jornada maratoniana, en la que habíamos hecho noche en un tren y en la que llevábamos muchas horas andando. Para colmo de males, habíamos estado un buen rato perdidos, por lo que decidimos poner punto y final en lo que a ver cosas se refería y dedicarnos unas horas de relax, que también son muy importantes en viajes largos.

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De este modo, aunque eran poco más de las 18:00 pusimos rumbo a nuestro hostel. Allí nos pegamos una larga y relajante ducha que sirvió para desconectar totalmente tras un ajetreado día recorriendo una ciudad tan grande como San Petersburgo. Tras ella dimos un paseíto por los alrededores: no era la mejor zona del mundo pero había muchas opciones para cenar. Al final nos decidimos por probar en un establecimiento de Teremok (Теремок), una cadena de comida rápida rusa que habíamos visto mucho en días precedentes. Están especializados fundamentalmente en blinis, una especie de crepes rellenos muy típicos de la cocina eslava. Por unos 350 rublos entre los dos (algo menos de nueve euros) pedimos dos crepes, una ensalada y una pepsi que fueron suficientes para cenar, ya que estábamos tan cansados que no teníamos demasiada hambre. Todo estuvo riquísimo y os animamos a probar en cualquier establecimiento de esta cadena.

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El momento relax se trasladó de la cena en el Teremok a un delicioso chocolate caliente en un McDonalds. La verdad es que estaba un poco fuerte, pero tras un par de sobres de azúcar nos acomodamos en la butaca e hicimos balance sobre lo que estaba dando de sí el viaje. Lo mejor de viajar juntos es poder mirarnos al final del día y compartir ideas, expectativas cumplidas, propuestas para días posteriores… ¡Qué bonito es el amor! 🙂

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Así, tras la cena y el chocolate caliente nos fuimos a la habitación… ¡Pero aún quedaba mucha noche por delante! Como el Babushka House tenía wifi gratis aprovechamos para hablar con nuestras familias por Skype (los días anteriores apenas habíamos podido por una avería en la red moscovita), pasar las fotos al portátil de Eri, actualizar nuestra querida web… Y eso por no hablar del obligatorio masaje mutuo de pies, una tradición que se repite viaje tras viaje y que explica que al día siguiente estemos como nuevos. Ya habéis visto que el primer día en San Petersburgo dio mucho de sí. ¿Cómo fue el segundo? Lo veréis en el siguiente capítulo.

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2 pensamientos en “Moscú y San Petersburgo ’11 – Capítulo VI: San Petersburgo 1/2 (Día 4)

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