Marruecos en familia ’11 – Capítulo III: De calesas y zocos

El segundo día en Marrakech siempre es más interesante que el primero por infinidad de razones: te has adaptado al barullo, es casi seguro que vas a pasar un buen rato en los zocos, los sentidos están más agudizados… En nuestro caso tenía el plus, además, de que íbamos a ver cosas que no habíamos podido visitar en nuestro segundo día en Marrakech en 2009.

Empezamos la mañana con una rutina que se repitió todo el viaje: tomando un rico desayuno en la terraza del hotel. Sin embargo, ya os hablaremos de ello en el último capítulo de este diario de viaje. Lo que interesa aquí es que, tras las sorprendentes nubes del primer día, teníamos por delante una jornada con un tiempo espléndido: solazo y no mucha temperatura.

Marruecos 42Con las pilas bien cargadas pusimos rumbo a la Mezquita Koutoubia (también llamada Kutubia, Kutubiya o, si lo preferís en grafía árabe, جامع الكتبية). Es un monumento muy significativo por muchas cosas: se ve desde toda la ciudad por ser el edificio más alto (casi 70 metros), sirvió de modelo para la Torre Hasan de Rabat y la Giralda de Sevilla, aparece citado en infinidad de libros… Vamos, que sigue estando igual que como la dejamos un año y medio atrás. Al hacer la visita bastante prontito pudimos disfrutar, además, del placer de recorrer su exterior sin apenas gente.

Dando una vuelta por su perímetro se pasa al principio o al final por un precioso parque. En nuestro caso fue en un primer momento, y aprovechando que muchas flores ya habían abierto estuvimos haciendo alguna que otra fotito. Tampoco pasamos demasiado tiempo, ya que teníamos muchas cosas interesantes que ver.

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La Koutoubia es uno de nuestros sitios favoritos de la ciudad. Pasear con el enorme minarete al fondo y pensar en lo que pudo ser una construcción de ese calibre… ¡Ains! Dado que no se puede pasar al interior de ninguna mezquita en Marrakech si no eres musulmán, la Koutoubia es un buen lugar para imaginarse como es el interior del edificio. Aquí Eri volvió a hacer de guía turística, pues sabe mucho de arte islámico.

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Una vez exploramos a fondo la mezquita y sus alrededores, volvimos a la Jma el Fna, pues justo en la calle que comunica la plaza con la Koutoubia está ubicada una parada de calesas. A nuestra familia le apetecía hacer un recorrido así por la ciudad, así que fuimos a negociar. Hay diferentes itinerarios preestablecidos, aunque puedes acordar con el conductor a dónde quieres ir y -sobretodo- cuánto te va a costar la broma. Nosotros nos tiramos un buen rato negociando, pues necesitábamos una calesa amplia al ir seis (normalmente son para cuatro) y no había muchas de esas, por lo que quería un precio elevado.

Tras diez minutos de tira y afloja, pactamos un camino que nos llevaría por los Jardines de la Menara, la zona francesa y alguna cosilla más: serían casi dos horas por un total de 200 dírhams, cuando en un primer momento nos pedía el doble. Según hemos leído en foros de internet es un precio adecuado, nunca hay que pagar más de eso y menos si se va en una calesa de dimensiones normales.

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El paseo en líneas generales fue, la verdad, sorprendente. A nosotros dos nos parecía en un primer momento una turistada (no nos gustan nada ni los autobuses rojos turísticos, ni las visitas guiadas ni nada que nos quite la sensación de libertad que da un viaje), pero en seguida cambió nuestra opinión. El traqueteo de la calesa era agradable, corría el aire y la ciudad se veía distinta. Nos gustó a los seis, pero en especial al padre de Edu que fue con el conductor hablando todo el rato.

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Lo primero por lo que pasamos fue por el acceso del Hotel La Mamounia, el que probablemente sea el alojamiento de lujo más conocido de la ciudad. Buena parte de su fama se la deben al célebre Winston Churchill, que tras hospedarse allí dijo que se trataba del lugar más delicioso del mundo. A nosotros ese tipo de cosas no nos llaman demasiado la atención, y de hecho nos gustó más poder disfrutar de las Murallas de Marrakech desde otra perspectiva. Poco a poco el paisaje urbano fue dejando paso a un amplio paseo con palmeras y vegetación a la que no estamos acostumbrados.

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Marruecos 55La calesa iba en esa dirección con la intención de llegar a los Jardines de la Menara, construidos por el califa almohade Abd al-Mumin alrededor del año 1130. Básicamente la visita consiste en recorrer un largo paseo hacia un pequeño estanque y un pabellón del siglo XVI (para entrar a este último hay que pagar 10 dírhams por persona).

La calesa paró en la puerta, y durante la media hora que estuvimos visitando la Menara el conductor esperó fuera. Los enormes jardines están regados por un sistema de canales antiguo que trae agua de las montañas que hay a más de 30 kilómetros de la ciudad. Por eso, pese al calor y a la escasez de lluvias en ningún momento se vacía el enorme estanque central que sirve para distribuir agua por huertos y palmeras. Incluso hay unos peces bastante gordos, quizá sobrealimentados porque todo marroquí que vimos por allí llevaba pan para ellos.

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Estuvimos un rato trasteando por la zona: viendo a los peces, bordeando el perímetro, haciendo fotos de todos los colores… Al final nos animamos a visitar el interior del pabellón (10 dírhams por persona, tal y como hemos dicho antes). Si la parte que se ve desde el estanque es muy bonita, el acceso no se queda atrás. Su perímetro y su fachada son preciosos, por no hablar de las vistas que hay desde su planta superior.

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Marruecos 61Y es que la máxima atracción es un balconcito en el que todo el mundo se hace la correspondiente foto. También hay una especie de “guía” que te presta una fotocopia con la historia del lugar (en realidad con dos líneas sobre la “historia del luga”), que por supuesto luego te pide algo. Estábamos algo hartos de ser huchas con patas, así que no dimos nada.

Marruecos 62A la salida nuestro querido conductor estaba esperando en el sitio convenido, por lo que la ruta siguió como estaba previsto. El padre de Edu siguió hablando con él y al final hasta le dejó llevar las riendas de la calesa… ¡Que peligro! Por cierto, un consejo: no paguéis hasta el final, o corréis el riesgo de que no os espere en las paradas.

De la Menara volvimos a la ciudad, visitando más a fondo la zona francesa. Pasamos por un montón de edificios interesantes, aunque todos de corte occidental: hoteles de lujo, embajadas, el casino de Marrakech… Seguramente no nos hubieran dejado pasar a ninguno de esos sitios con las pintas que llevábamos. Además, el calor empezaba a apretar y estábamos sudando a chorretones.

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Marruecos 65Nuestro amigo el calesero hizo una nueva parada en una “farmacia típica bereber”. Lo ponemos entre comillas porque se trataba del típico sitio para guiris en el que te enseñaban miles de productos milagrosos que te vendían a precio democrático. No compramos nada, pero la charla fue entretenida y nos reímos un poco a costa de la madre de Edu (hasta aquí podemos leer).

Con eso casi casi terminaba el paseo en calesa. Dimos unas vueltas más pero al final acabamos irremediablemente en la plaza Jma el Fna. Era casi la una y todos habíamos quedado más que contentos con el recorrido: totalmente recomendable el paseo en calesa, a pesar de nuestro escepticismo inicial.

Marruecos 66Aún no teníamos hambre del todo, así que decidimos dar una vueltecita por la zona de los zocos para ir abriendo apetito. En principio el resto del día estaba previsto darlo todo en un maratón de compras sin límite, aunque antes de que nos diese tiempo a empezar nos abordó una chica que hacía tatuajes de henna. Nos ofreció hacerlos por 10 dírhams por persona, y como nos pareció buen precio fuimos con ella. Hubo que andar bastante rato, aunque por suerte fue a la sombra de los techos que hay distribuidos por la mayoría de las calles del zoco.

Al llegar al sitio donde hacía los tatuajes… ¡Sorpresa! Lo que antes eran 10 dírhams por persona ahora eran 100. Evidentemente la dijimos que nos íbamos, lo cual dio comienzo a un regateo bastante largo. Total, que al final lo dejamos a 20 dírhams el tatuaje: el precio más común, nunca hay que pagar más de eso. Tampoco es que fuera una ganga, pero ya que estábamos allí… Total, que al final todos -salvo Edu- salieron tatuados en brazos, antebrazos y piernas respectivamente.

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Al final el viaje no fue en balde, ya que en la misma plaza aprovechamos para hacer las primeras compras. Fue en la Herboristería Rubio, donde bajo un nombre muy hispano se escondía la típica rebotica con hierbas, especias y productos de todo tipo. Teníamos claro lo que queríamos comprar: té, mucho té. Nuestras reservas estaban bajo mínimos, ya que aunque compramos unos meses atrás en el zoco de Rabat casi no nos quedaba nada. Para prevenir posibles carestías nos compramos nada más y nada menos que medio kilo de té, que está quedando riquísimo combinado con la hierbabuena que tenemos plantada en nuestra terraza.

También aprovechamos para enriquecer nuestra cocina comprando 250 gramos de ras al hanut (o ras el hanout), el popular condimento que mezcla más de 35 especias y que es la auténtica estrella de la cocina marroquí. Por último, nos hicimos 250 gramos de otra mezcla de especia, en este caso con cuatro ingredientes y destinada al pollo y al pescado. ¡Riquísimo! El comerciante fue muy amable, nos regaló alguna muestra y tras un regateo hizo “precio amigo”.

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Entre la henna y las compras se nos había echado encima la hora de comer, así que retrocedimos hacia la plaza Jma el Fna. El primer día, al llegar, nos habíamos fijado en que una de las calles que salen desde la plaza en dirección opuesta hacia los zocos (no sabemos exactamente cual) tenía una pinta bastante “occidental”, con tiendas para guiris y sitios chulos para comer. Buscando encontramos uno con kebabs y hamburguesas lleno de gente del lugar, así que probamos… ¡Y menudo acierto! Nos pusimos hasta arriba (no hay más que ver las fotos) y fue baratísimo.

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Hicimos un poco de sobremesa, aunque no demasiado dado que teníamos muchas ganas de meternos a saco en el zoco. En realidad, a nosotros nos apetecía sin más, pero a la madre y a las hermanas de Edu les apetecía ir allí a arrasar con todo. Ya le habían echado el ojo a varias cosas y tenían algunos encargos, por lo que la tarde de compras por delante prometía.

Marruecos 76Y, en efecto, no estuvo nada mal. Pasamos HORAS y HORAS recorriendo cada callejuela del zoco. La sección femenina de la familia no dejó títere con cabeza: pulseras, collares, babuchas, camisetas y hasta instrumentos de música. Los regateos fueron míticos, en especial de la madre de Edu que empezó diciendo que le daba vergüenza y acabó pareciendo un mercader fenicio. Al final, el único freno fue que no habíamos facturado equipaje y que las maletas de mano tenían un tamaño limitado. Si no, probablemente los zocos se habrían quedado sin existencias…

Marruecos 77El mejor momento sin duda fue cuando nos encontramos con Jarid. Este chico trabaja en una de las tiendas del zoco (concretamente en una en la que durante el viaje a Marrakech de 2009 Erika compró un bolso que ha salido buenísimo), en su momento nos hicimos una foto juntos y quedamos en enviársela. Eso hicimos, pero no teníamos claro si había llegado… ¡Hasta que nos la enseñó! Allí estábamos, en un sobre con sus clientes más ilustres: debajo de nuestra foto estaba otra de él con Florentino Pérez. Estuvimos hablando un rato, intercambiamos facebook y está claro que ahí tenemos un amigo para toda la vida.

Tanta compra nos dejó exhaustos, así que repetimos la operación del día anterior: vuelta al hotel para una duchita y un rato de descanso tomando el fresco en la terraza. Eso sí, teníamos ganas de apurar el día y decidimos ir a dar una vuelta por la zona de la Koutoubia, que resultó estar animadísima. Un montón de gente de todo tipo se agolpaba en el lugar: hombres que iban a rezar, familias paseando, adolescentes… Había bastantes vendedores ambulantes, y nosotros aprovechamos para comprarnos una bolsa de palomitas recién hechas por el suculento precio de 1 dírham. ¡Diez céntimos de euros! Excelente.

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Ya de noche cerrada fuimos a cenar a los puestos de la plaza. Aunque nosotros éramos más partidarios de probar en un sitio distinto, los padres de Edu quisieron repetir en el 117… ¡Craso error! El día anterior, cuando estábamos terminando de cenar, nos dijeron que si les podíamos hacer un favor y tomarnos el té de pie, que había gente esperando. Como nos habían tratado bien accedimos, pensando que era una excepción. Pues bien, en la segunda noche no sólo lo volvieron a hacer, sino que empezaron a retirar platos mientras estábamos aún cenando. Nos enfadamos y les dijimos que no íbamos a volver, pero nos dijeron que lo hacían por un motivo: nosotros sólo éramos unos turistas y estaba esperando un señor que cena muchas noches allí. Para colmo de males, mientras recogían uno de los camareros le clavó unas brochetas en la espalda al padre de Edu, ante lo cual no recibimos ni una disculpa… En definitiva, y aunque no acostumbramos a decir cosas de estas, no cenéis en el puesto 117 de la plaza Jma el Fna. La comida y los precios son igual que en otros sitios, sólo que aquí os tratan bien hasta que pagáis y luego os echan como pueden, cosa que no pasa en otros puestos.

La verdad es que todo ese pastel nos mosqueó un poco, aunque en cuanto subimos a la terraza del hotel y nos sentamos a ver el espectáculo de la plaza se nos pasó. Los sonidos, las luces, los olores y todo el conjunto en general justifican con creces la fama de la plaza. Es increíble, un sitio irrepetible y al cual siempre hay que tratar de volver.

Con esta estampa en la retina nos fuimos a la camita tras un día en el que todo (salvo la cena) había salido genial. ¿Qué más se puede pedir?

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Tocaba descansar, pues para el día siguiente habíamos reservado un coche y nos lo acercaban a la plaza a las ocho de la mañana. Teníamos por delante dos excursiones chulas, a Essaouira y al Valle de Ourika. ¿Queréis saber como fueron? Seguid leyendo 🙂

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