Marruecos en familia ’11 – Capítulo II: Hola de nuevo, Marrakech

A Marruecos hay que ir, por lo menos, una vez año. Tras la primera toma de contacto (Marrakech y Essaouira, 2009) y una segunda visita (Rabat y Casablanca, 2010), esta vez tocaba hacerlo acompañados de la familia. En lugar de las tradicionales vacaciones de 15 días en la playa, este año hemos apostado por partir el tiempo en dos: un tramo para una escapada fuera de España y otro en la costa.

Para salir fuera de nuestras fronteras elegimos Marruecos, ya que nuestra familia había quedado encantada con lo que les habíamos contado. Además, al ser la primera vez que íbamos todos juntos fuera de nuestro país nos apetecía más movernos sobre terreno conocido. Eso por no hablar de los precios: vuelos, alojamiento cuatro noches y alquiler de coche dos días supusieron 100€ por persona, 600€ en total ya que íbamos los padres de Edu, sus hermanas y nosotros dos. Barato, ¿eh?

Marruecos 01Pero dejemos de lado cuestiones de intendencia de las que ya os hemos hablado en el capítulo de información práctica y vayamos al relato del viaje. Un tempranero y tranquilo vuelo con Easyjet (en el que las hermanas y la madre de Edu fueron durmiendo todo el camino) nos ponía en poco menos de dos horas en Marrakech.

Pese a ser nuestra tercera vez en Marruecos y la segunda en esta ciudad nos sigue pareciendo increíble el contraste tan grande que hay con un país tan cercano. El choque no pasó desapercibido para nuestra familia ya desde los primeros detalles: letreros escritos en árabe, el sellado del pasaporte, las palmeras por todas partes…

Como siempre, el avión de EasyJet fue a parar al Aeropuerto de Marrakech-Menara, unos pocos kilómetros a las afueras de la ciudad. Por tanto, lo primero -previo cambio de euros por dírhams en el propio aeropuerto- fue hacerse con un taxi en el que pudiéramos ir todos juntos a nuestro alojamiento.

Marruecos 02La negociación no fue sencilla, ya que al ser seis personas teníamos dos opciones: dos petits taxi o un grand taxi. Obviamente íbamos a coger el segundo, ya que sería más barato y más cómodo (esto último en el sentido de ir todos juntos, ya que de grande tenía poco y fuimos bastante apretados). Tras un rato negociando al final todo quedó en 170 dírhams, un precio bastante elevado pero desde el principio pudimos percibir que yendo en familia es mucho más difícil bajar precios que estando los dos solos. Fue el único acuerdo malo del viaje, con los demás quedamos contentos.

En el trayecto a la ciudad fuimos comentando con nuestra familia lo típico: el regateo con los taxistas, la frenética forma de conducir, lo apretados que íbamos dos delante y cuatro detrás… Desde luego el concepto de seguridad vial no ha llegado aún a Marruecos.

Marruecos 03En cualquier caso sólo fue un ratito, por lo que se hizo bastante llevadero. Nuestro hotel estaba en las inmediaciones de la Plaza Jma el Fna, por lo que para llegar hasta allí tuvimos el primer contacto (en nuestro caso el primer reencuentro) con varios puntos claves de la ciudad: las murallas y la Koutubia lucían tan bonitas como siempre.

El taxi nos dejó en la plaza, pero aún nos quedaba una parte importante: encontrar el hotel. Fue difícil ir en busca del hotel directamente, sin dejarse embaucar por una plaza que a cualquier hora es un foco de atracción casi inevitable. Como casi todos los alojamientos de Marrakech, el Hotel Cecil, nuestra casa esa semana, tiene una pega: es facilísimo de encontrar… la segunda vez.

Marruecos 04La primera no lo encontramos, tuvimos que preguntar un un chico bastante avispado nos dio una vuelta por mil callejones hasta llegar a la puerta. Así parecía que habíamos andado mucho y nos pidió 50 dírhams por habernos guiado, pero no le dimos ni el 10%. No sólo nos hizo andar mucho, sino que nos quiso dar el sablazo. Puso mala cara, cogió lo que le dimos y hasta siempre.

Hacer el check-in en el hotel fue bastante lento, prácticamente perdimos una hora entre presentarnos, subir a las habitaciones y que nos intentaran vender un paquete de excursiones. Solía haber dos recepcionistas: uno poco simpático, que es el que trataba de endosarte excursiones; y uno con gran bigote y una sonrisa aún mayor. Este último fue muy amable durante toda nuestra estancia, nos ayudó en todo lo que necesitamos y siempre nos regaló su mejor sonrisa.

Marruecos 05El caso es que, entre unas cosas y otras, eran ya casi las dos y teníamos muchísima hambre. Por suerte, nuestro hotel estaba al lado de uno de los restaurantes más célebres de la Plaza Jma el Fna: Chez Chegrouni. Nuestra familia tenía intención de probar algunos platos típicos y por eso decidimos llevarles allí: buenas vistas, buenos precios y buena comida. Subimos a su bonita azotea, y pese a que no pudimos coger uno de los sitios con vistas comimos la mar de cómodos. No hace falta decir que nosotros estábamos encantados de volver a este restaurante.

La típica sopa marroquí o harira, tajine, cous-cous… Para empezar, un best of comida típica del país. Mucho habíamos hablado en las semanas previas a nuestra familia de las maravillas de la cocina marroquí, y aunque Chegrouni es un sitio dedicado eminentemente al turismo es un buen lugar para una primera toma de contacto. Por cierto, nunca habíamos probado un tajine de patatas fritas. No sabemos si será muy típico o no, pero el caso es que estaba especialmente rico.

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Ya con la barriga llena, tocaba hincarle el diente a la ciudad. Básicamente repetiríamos el itinerario de nuestro primer día en Marrakech en el viaje de 2009, ya que se trata de un recorrido cómodo, eficiente y en el que se ven la mayoría de puntos de interés de la ciudad. Básicamente primero iríamos a la zona norte, luego a la zona sur y, por último, investigaríamos a fondo la genial Plaza Jma el Fna. Pero todo a su tiempo.

Marruecos 09Lo primero fue una primera toma de contacto con los zocos de Marrakech. Como las compras por parte de las hermanas y la madre de Edu iban a ser compulsivas dimos un pequeño consejo: en un primer momento ir con los ojos bien abiertos, ver lo que gusta y ya al día siguiente plantearse lo que comprar. Si no se puede acabar con la maleta llena de cosas a las primeras de cambio, por no hablar del bolsillo. Además, ya habíamos avisado de que la primera tarde del viaje sería eminentemente cultural, por lo que no había escapatoria: ya “zoquearíamos” a fondo al día siguiente.

En la zona norte la principal visita es la tríada compuesta por el Museo de Marrakech, la Koubba Almorávide y la Medersa Ben Youssef. La entrada conjunta cuesta 60 dírhams por persona y se puede adquirir en cualquiera de los tres sitios. No sabríamos muy bien como llegar a ellos, simplemente hay que coger un plano, tratar de orientarse e ir andando más o menos hacia la dirección que creemos que es. Las estrechas calles de la medina son laberínticas, pero con un poco de paciencia se puede llegar.

En este caso lo primero que visitamos fue el Museo de Marrakech, del cual lo principal sigue siendo su sala central. La colección está un poco descuidada y la museografía es propia del siglo pasado, aunque a su favor hay que decir que algunas estancias habían abierto desde nuestra visita en 2009. No tenemos muy claro que le gustara mucho a nuestra familia.

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Marruecos 13Lo que sí les gustó fue la Koubba Almorávide, y más con la explicación de Eri, que tras haber hecho un máster en Historia Medieval es toda una experta en estas lides. La arquitectura de esta pequeña construcción es muy importante, ya que pese a no tener un gran tamaño es de los pocos ejemplos que se han conservado de época almorávide.

Para contemplarla lo mejor es echar un vistazo desde la parte superior, pero para comprender la entidad real del edificio hay que bajar y verlo desde distintos puntos de vista. Además, hay algunos espacios como la cisterna que también están abiertos al público. Sin embargo, decimos lo que ya dijimos dos años atrás: no entendemos que un edificio tan importante esté tan sumamente descuidado.

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Marruecos 17De ahí fuimos a uno de nuestros rincones favoritos de Marrakech: la Medersa Ben Youssef. Esta antigua escuela religiosa islámica es un regalo para los sentidos, pues no sólo es una joya a nivel artístico sino que además es muy fresquita, está impregnada de los olores del zoco y es un auténtico remanso de paz. Además, se trata del ejemplo más importante de todo el país en cuanto a este tipo de edificios se refiere. Llegó a tener casi 1000 estudiantes al mismo tiempo en sus épocas de esplendor, y su fama creció allende las fronteras de Marruecos.

Hoy es una visita obligada si se está en Marrakech, además de ser uno de los principales alicientes para visitar la ciudad. El recorrido por su interior no es demasiado largo -poco más de media hora puede ser suficiente-, aunque esa es una afirmación relativa: la abundante y fastuosa decoración de sus grandes espacios hace que el tiempo corra con facilidad, y que un pequeño descuido se lleve un buen rato por delante.

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Desde ahí dimos el salto a la parte sur del centro histórico de Marrakech, previo paso obligado por la genial Plaza Jma el Fna. Desde ella caminamos un poco hasta plantarnos frente a la Bab Agnaou, la principal puerta de las murallas de Marrakech. Su decoración no tiene parangón gracias a su característico color turquesa, sus inscripciones en kúfico y sus motivos vegetales. También es interesante pararse a ver los dos cañones que adornan su entrada.

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Marruecos 23Al franquear la puerta nos topamos, casi sin querer, con la Mezquita de la Kasba, que aun sin ser visitable cuenta con minarete muy bonito. La zona supuso una grata sorpresa para nosotros, ya que en su momento nos pareció bastante dejada -aceras destrozadas, mucha suciedad- y ahora estaba terminando unas obras que han supuesto un lavado de cara importante. En cualquier caso es un lugar de paso casi obligado si se desea visitar la principal atracción de los alrededores: las Tumbas Saadíes, las cuales pudimos visitar por los pelos ya que estaban a punto de cerrar.

Entrar sale a 10 dírhams por persona, y en su interior podemos ver la excavación del siglo XX que ha puesto en valor un antiguo mausoleo de la dinastía saadí. La particular decoración de los enterramientos -con mosaicos de colores los más modestos y con estancias áureas para las personalidades de renombre- tienen mucha fama en la ciudad y constantemente llegan autobuses de turistas. También hay suelto por el recinto algún bichejo, como gatos o unas curiosas tortugas.

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Así como en las tumbas saadíes llegamos justo antes del cierre y pudimos pasar a verlas, con el Palacio El Badi no tuvimos tanta suerte. Después de un buen rato deambulando por la ciudad -se nos atragantó un poco encontrar la entrada, por mucho que ya habíamos estado y que teníamos mapa no es fácil orientarse- nos encontramos la puerta a medio abrir, y un guardia nos impidió el paso.

Marruecos 27Básicamente lo que estaba haciendo era buscar al señor soborno (guiño guiño), pero nuestra familia estaba bastante cansada y preferimos prescindir por esta vez la visita al palacio. Lo mismo se extendió al Palacio de la Bahía, al que ni intentamos ir ya que seguramente estaría cerrado. Una pena, no comprendemos que en verano cierre a las 16:45.

En cualquier caso, las fuerzas ya escaseaban. Habíamos madrugado mucho, el calor era sofocante y los padres de Edu no están muy acostumbrados a andar. Si a eso le sumamos que apenas le habíamos metido mano a la Plaza Jma el Fna, no hace falta dar más explicaciones. Pusimos rumbo hacia allí para descansar, rehidratarnos (paramos a tomarnos unos refrescos) y dejarnos llevar por todo lo que sucede en un lugar que, a pulso, se ha ganado el reconocimiento de ser Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.

Describir en pocas palabras un lugar como la Plaza Jma el Fna a alguien que no sabe nada de él es complicado: sorprendente, inimaginable, divertido… Se trata de una explanada sin apenas valor patrimonial, ni falta que le hace. En él están en ebullición tantas sensaciones como en ningún otro lugar: coloridos saltimbanquis, pegadizas melodías de encantadores de serpientes, aromas a centenares de especias…

Nosotros fuimos curioseando de un lado a otro. Por ejemplo, las hermanas de Edu se hicieron fotos con dos pequeñas culebras de un encantador, al que por supuesto hubo que darle unos pocos dírhams por la foto. Aquí hubo un pequeño problema, pues cuando se pusieron a hacerse fotos con un mono el dueño del animal quería… ¡DIEZ EUROS POR FOTO! ¿Doscientos dírhams? Menudo abuso. Al decirle al hombre que sólo le íbamos a dar 20 dírhams (a nosotros ya nos parecía una pasada) se puso un pelín tonto e incluso intentó quitarle la cámara a Edu. Hubo que ponerse firmes y le dijimos un NO tan nítido que nos dejó tranquilo. Toda la escena la presenció un chico marroquí que vive en España, el cual nos contó que algunos de los que frecuentan la plaza tratan de cometer con frecuencia esos abusos, pero que no hay que dejarse avasallar. Desde luego, nosotros no nos dejamos.

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Por cierto, la plaza no sólo es alegría y cosas curiosas. Justo tres meses antes de nuestra visita se produjo un terrible atentado (véase las crónicas en La Vanguardia y en el ABC) en un restaurante muy frecuentado por turistas, Argana. Hubo alrededor de quince muertos, y pese a que ya había pasado un tiempo aún estaban muy presentes los restos de la explosión. Una pena.

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Marruecos 34Después mucho tiempo en la plaza fuimos a nuestro hotel para hacer un pequeño descanso. Estuvimos un rato sentados en la terraza, tomando el fresco (corría un aire muy agradable) y disfrutando de las melodías que llegaban de una plaza en plena ebullición. Además, nos duchamos y nos preparamos para una noche que prometía bastante.

Marruecos 35Y es que al caer la noche Jma el Fna es un lugar totalmente diferente. Hay más gente, muchos más lugareños que turistas (todo lo contrario que por el día) y, sobretodo, muchísima más animación. Cuenta cuentos, equilibristas, encantadores y demás artistas elevan la magia del lugar a la enésima potencia. Quien no lo haya vivido no se lo imagina.

Por supuesto, otro de los atractivos de la plaza en horario nocturno es que se montan más de un centenar de puestos de comida. Salen de la nada y en cuestión de minutos montan cocinas, mesas y una humareda que huele a todas las especias del mundo. Elegir un puesto para cenar es complicado, ya que todos tienen más o menos lo mismo… aunque, por supuesto, hay unos mejores que otros.

Marruecos 36Para que la elección sea aún más complicada, todos los puestos tienen “comerciales” que tratan de que te sientes allí. Te dicen de todo: que si ahí está el Karlos Arguiñano negro, que si hay que comer aquí porque Belén Esteban tiene la nariz mal, que si aquí solo come gente de Madrid porque de Barcelona son unos tacaños… Chorradas de todo tipo.

El caso es que te arrancan una sonrisa, pero como te descuides también te arrancarán unos buenos dírhams. Nosotros nos dejamos querer en algunos puestos hasta que uno de ellos nos ofreció mejor precio (a veces regalan cosas, del tipo “si cenas aquí no pagas bebida”) y decidimos quedarnos. Fue en el 117.

Comimos los platos más típicos de la plaza: entrantes, brochetas, salchichas y patatas fritas. Todo riquísimo, muy barato (la cena entera salió por poco más de 5€ por persona) y al final nos invitaron a un té. El chico que nos había “convencido” de cenar ahí fue muy amable, y al final dijo que nos hiciéramos una foto. Los padres de Edu quedaron encantados, y de hecho a la noche siguiente volvimos… aunque se portaron mal. Ya os lo contaremos en el siguiente capítulo.

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De momento hay que decir que, tras la cena, dimos una última vuelta por la plaza. De postre nos compramos en un puesto unos deliciosos dátiles y almendras garrapiñadas, que nos acompañaron todo el viaje (hasta que tuvimos que tirar los dátiles, pues se pusieron duros a la velocidad de la luz).

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Como primer día no estuvo mal. Nosotros recordamos las sensaciones maravillosas que nos dejó Marruecos año y medio atrás, mientras que todos los miembros de nuestra familia tenían una sonrisa de oreja a oreja. Aún quedaba mucho viaje, por lo que había que dormir para recuperar fuerzas y afrontar un segundo día en una ciudad que aún tenía mucho que ofrecer.

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