Marrakech y Essaouira ’09 – Capítulo IV: Segundo día en Marrakech

¿Por qué el tiempo pasa tan rápido cuando se es feliz? El viaje estaba siendo perfecto, lo estábamos pasando estupendamente bien y no había habido ningún contratiempo, pero el reloj avanzaba como si fuera un Ferrari y ya estábamos en el penúltimo día en Marruecos. A pesar del cansancio acumulado y de despertarnos una vez más con la llamada a la oración estábamos plenamente recuperados, por lo que no había tiempo para lamentarse ya que quedaban muchas cosas por ver.

Marrakech 96El día empezó de nuevo con Simón, que nos tenía preparado el desayuno más que puntual a la hora a la que le habíamos dicho. Esta vez tomamos sfenj (una especie de churros redondos que estaban riquísimos), y a pesar de que la mezcla sea un poco extraña los tuneamos con mantequilla y mermelada. Nos encantó y nos pusimos hasta arriba.

Marrakech 97Lo primero era coger un taxi, ya que queríamos ir a ver unos jardines alejados de la medina. Decidimos ir directamente a Jma el Fna para allí coger un taxi, aunque de camino pasamos por la tumba de Youssef ben Tachfine, el fundador de Marrakech. Este sultán fue el responsable de la construcción de los muros que defienden la ciudad.

Marrakech 98Nosotros siempre que se puede vamos andando, pero en este caso era demasiada pérdida de tiempo, pues queríamos ir al Jardín Majorelle, unos jardines en la zona francesa de Marrakech. Fueron creados por el pintor galo Jacques Majorelle en 1947, y comprados por Pierre Bergé e Yves Saint Laurent en 1980, los cuales dieron un gran impulso al lugar.

La primera sensación que se tiene en los jardines es la de estar en medio de una selva, pues los enormes árboles casi no dejan pasar el sol. De todas formas, hay que decir que el Jardín Majorelle fue un poco decepcionante: es pequeñito, el museo estaba cerrado, chispeaba… Seguramente el lugar sea mucho más interesante en verano por el microclima que forma, pero desde luego nosotros no quedamos especialmente contentos. Tampoco esperábamos algo enorme (como el Jardín Botánico de Madrid, por ejemplo), pero la realidad es que esperábamos mucho y nos supo a poco. Lo más destacable, al margen de los diferentes tipos de plantas, es el Memorial Yves Saint Laurent, un pequeño monolito que recuerda al diseñador y sobre el cual fueron esparcidas sus cenizas.

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Además de pasear entre las plantas, los jardines ofrecen un museo de arte musulmán (que se paga aparte y que estaba cerrado cuando nosotros fuimos), una pequeña galería de arte con pinturas hechas por Yves Saint Laurent, una boutique y un restaurante bastante caro. No son atractivos que merezcan la pena por sí mismos, pero son un buen complemento para una visita que no es especialmente imprescindible.

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Marrakech 103En definitiva, el Jardín Majorelle nos dejó un sabor agridulce: está bien pero no es tanto como habíamos leído por ahí. Tras la visita cogimos un taxi y tras el duro regateo conseguimos volver al mismo precio que a la ida, y aunque nos dejó en la plaza Jmaa el Fna no fuimos allí sino al principal edificio de Marrakech: la Mezquita Koutubia (también llamada Kutubia o Kutubiya). Este impresionante templo musulmán, cuyo alminar o minarete inspiró a la Torre Hasan de Rabat y a la Giralda de Sevilla, es el edificio más alto de la ciudad, y por ley no puede ser superado.

Es un edificio precioso, y de hecho Ibn Battuta, un ilustre viajero musulmán del siglo XIV, ya habló de él en sus obras. Los 69 metros de altura del alminar lo convierten en una referencia omnipresente en la ciudad: nada mejor para orientarse que levantar la cabeza y buscar la Koutoubia. Cuanto más cerca se está más impresiona, y por eso estuvimos dando una vuelta por los alrededores. Al ser una mezquita está prohibida la entrada a los no musulmanes, pero tuvimos la buena suerte de que estaba abierta de par en par y, con mucho disimulo, pudimos echar un vistazo desde fuera.

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Marrakech 106Al lado de la mezquita actual están los restos arqueológicos del edificio original, el cual fue destruido por Ibn Tumert en su intentó de arrasar todo lo almorávide de la ciudad. Los restos están muy bien puestos en valor y es una manera ideal de conocer la estructura de la mezquita a pesar de no poder entrar en la nueva.

Como ya hemos dicho estuvimos dando un paseo por la zona, pues la Koutoubia tiene al lado unos jardines preciosos por los cuales dimos una agradable caminata. El día estaba un poco tonto, y en algunos momentos se puso a llover. En los jardines hicimos un nuevo amigo, pero no de dos patas sino de cuatro: el curioso perro que veis abajo a la derecha nos estuvo siguiendo (a pesar de que no llevábamos comida encima) desde los jardines hasta la Plaza Jma el Fnaa.

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Si habíamos vuelto a la plaza era porque íbamos a dedicarnos a explorar los zocos o souks en profundidad. Y cuando decimos “explorar”, en realidad queremos decir “arrasar”, pues a pesar de que siempre viajamos con bajo presupuesto y que nunca tenemos dinero para hacer compras esta vez decidimos hacer una excepción. Este año nos estamos hinchando a trabajar y estudiar, por lo que para hacer nuestra vida un poco más fácil decidimos permitirnos comprar todo aquello que nos gustase (a pesar de que luego Eri tuvo algún remordimiento).

Los zocos son sencillamente inabarcables. Hay infinidad de calles, cada una más estrecha que la anterior, con infinidad de puestos en los que siempre se encuentra alguna cosa distinta al anterior. Se vende de todo: alfombras, ropa, madera, lámparas, bolsos… Sólo hay que saber buscar y tener paciencia a la hora de regatear.

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Ya que estamos, aquí van algunos consejos para regatear. Lo primero es tener claro que, pase lo que pase, ellos ganan, así que hay que intentar bajar el precio sin ningún tipo de miramiento. Lo segundo es tomárselo todo con sentido del humor y no llevar prisas, pues cada regateo será un proceso largo y difícil. En tercer lugar, hay que echarle teatro al asunto: poner cara de asombro con cada precio que te ofrezcan, dar la sensación de que tu oferta es inmejorable, hacer ver que no tienes un solo dírham más… Ellos insistirán siempre en que los suyos son “precios democráticos” y “precios de amigo”, mientras que tú tienes que decirlos que son precios carísimos, “para americanos y franceses”, y que los españoles no tenemos dinero. Dicho esto, os diremos que nosotros compramos de todo: unos sombreros, un bolso y una cartera de cuero, una camisa bordada, babuchas… Cada proceso fue largo y difícil, aunque entre todos nos quedamos con uno.

Sin duda, con quien mejor lo pasamos fue con el chico que veis en las imágenes de abajo. Íbamos con algo de mosqueo, pues acabábamos de no comprar un bolso porque no bajamos el precio lo suficiente, y él nos enseñó su tienda. Como no tenía el que queríamos se fue corriendo y nos trajo uno que encajaba perfectamente en la descripción. Luego nos dio precio, y nos pidió nada menos que 800 dírhams. Nosotros, con cara de escándalo, empezamos a regatear y al final acabamos en 250 dírhams. Eso sí, para llegar ahí hubo mil y un regates: nos preguntó de dónde veníamos, le dijimos que éramos pobres, nos enseñó unas fotos de Florentino Pérez comprando en su puesto… Total, que al final nos hicimos hasta amigos y hubo momento foto, la cual le hemos enviado por correo.

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Después del regateo nos invitó a ver el puesto de su padre, el cual tenía unas camisetas que Edu quería comprarse. También nos vendió una camisa bordada. Aquí el regateo fue especialmente duro, tanto que para amenizarlo nos invitó a un té.

Marrakech 113Fue curioso el ritual, pues el té llegó de no se sabe donde y el hombre sirvió los dos vasos, pegó un trago de cada vaso y luego nos los ofreció. Como lo que no mata engorda no lo pensamos y estuvimos bebiendo con él mientras le contábamos cosas de España, él nos hablaba de Marruecos y entre medias nos íbamos lanzando ofertas.

Aunque no sea visitar un monumento o un museo, la experiencia en el zoco nos pareció igual de interesante y una situación de la cual aprendimos mucho. Es divertido, pues el regateo es totalmente surrealista, pero además entras en contacto con gente totalmente diferente y, aunque se vacíe un poco la cartera, acabas con alguna compra interesante.

Después de toda la mañana en el zoco volvimos a comer a Chez Chegrouni, aunque esta vez dentro y solo un cous cous para los dos. Cuando terminamos la comida fuimos a la Plaza Jma el Fna porque Eri quería hacerse un tatuaje de henna. Sobre esto hay que decir dos cosas: la primera cuidado con la henna negra (la cual es bastante peligrosa, y en algunos sitios incluso se dice que no es henna sino otro producto distinto) y cuidado con los precios. Algunas tatuadoras piden cantidades desorbitadas (150 dírhams nada menos), pero no hay que pagar más de 20 dírhams. Nosotros lo conseguimos regateando, y aquí vino otro momento gracioso: como ya nos sabíamos algunas de las frases que dicen los vendedores regateando (como “esto no es precio democrático” o “prisa mata, pachorra remata”) decidimos soltárselas todas a la vez, y la chica nos miraba con cara de que eso nos lo tenía que decir ella. Al final, Eri se hizo el tatuaje, y por 10 dírhams más le compramos una jeringuilla con dos agujas especiales para hacer los tatuajes de henna en casa. La chica era muy agradable, y nos estuvo contando como hacer la mezcla de la henna para que queden bien los tatuajes.

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Marrakech 116Había dejado de llover, así que pasamos por el riad para dejar las compras de la mañana y, a la vuelta, pasar por los jardines de la Koutoubia para tomar alguna foto del Atlas. No es la mejor perspectiva, pero no teníamos otra y había que aprovechar el momento sin lluvia. Ya habrá tiempo de volver a Marruecos y hacer una excursión por allí.

Aunque buena parte de la tarde también la pasamos en los zocos, más o menos a las cinco de la tarde volvimos a la Plaza Djemaa el Fna para ver un espectáculo gratuito que se produce a diario: la llegada de los puestos de comida, su desembarco y su montaje. En cuestión de minutos una parte de la plaza pasa de ser una simple explanada a un tumulto increíble formado por decenas y decenas de puestos. De verdad, es increíble ver el cambio y merece la pena estar allí para verlo.

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Lo dicho, el resto del tiempo estuvimos en los zocos comprando souvenirs para toda la familia. No es muy propio de nosotros, pero quisimos hacer la excepción para ver que se siente llenos de bolsas y de compras de lo más variado. Al final llovía mucho, así que decidimos cenar por primera vez (luego explicamos esto) e irnos al riad. Cenamos en el puesto 32, uno de los que más fama tienen porque viene recomendado en muchas guías y foros de Internet. La verdad es que es un puesto distinto y lleno de gente de la tierra, lo cual es buena señal. Sus salchichas son el plato estrella, las cuales pedimos acompañadas de otra sopa marroquí para entrar en calor. Es un buen sitio y el más barato de todos, pero a nosotros el que más nos gustó fue el 26. De hecho luego nos encontramos a uno de los chicos que trabajaba en él y nos deseó que volviéramos pronto a Marrakech. Seguro que si.

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Marrakech 120Aunque era prontito estábamos cansados, así que fuimos al riad para ducharnos y descansar. Hicimos balance de todo lo comprado, y aquí fue cuando le vino a Eri el cargo de conciencia. De todas formas una vez es una vez, y tampoco gastamos demasiado en comparación con las compras que habíamos hecho y el buen rato que habíamos pasado en los zocos.

Como era pronto, Simón, el chico del riad, aún no había cenado. Éramos los únicos clientes que estábamos, pues otros españoles no habían podido llegar porque sus vuelos habían sido cancelados. Como ya teníamos confianza, Simón nos dijo que si nos apetecía ver como se prepara un tajine bereber, le dijimos que si encantados y se fue a comprar los ingredientes. Estuvimos cocinando con él, nos enseñó la receta y también algunos truquitos de los fogones (él trabaja de cocinero por el día). Nuestro asombro vino cuando puso tres platos en lugar de uno, y nos dijo que cenáramos con él a pesar de que ya habíamos cenado. Olía tan bien que era imposible resistirse, así que compartimos mesa los tres. El tajine bereber estaba riquísimo, al igual que las ricas mandarinas que tomamos de postre. Fue una experiencia maravillosa, la cual precedió a un buen e interesante rato hablando de todo un poco hasta que nos entró el sueño y nos fuimos a nuestra habitación.

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Al día siguiente teníamos que madrugar mucho, así que le pedimos que nos buscara un taxi (llamó a un amigo suyo que nos cobró lo mismo que a la ida) y nos fuimos a dormir. El viaje casi había terminado, y a pesar de que se había pasado rapidísimo momentos como el de la cena con Simón serán siempre recordados.

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