Marrakech y Essaouira ’09 – Capítulo III: Excursión a Essaouira

EssaouiraDesde que surgió la idea del viaje a Marruecos, decidimos combinar Marrakech con una excursión a la ciudad de Essaouira, una bonita localidad en las aguas del Océano Atlántico. Había que madrugar y pasar unas horas en autobús, aunque aún así nos apetecía mucho.

¡Pero no adelantemos acontecimientos! Aunque dormimos como troncos, no pudimos evitar despertarnos en mitad de la noche con el almuecín (también llamado almuédano o muecín) y su llamada a la oración. De paso nos dimos cuenta de que llovía un montón, lo cual invitaba a estar mucho tiempo en la cama. A pesar de eso nos levantamos a las 7 de la mañana, pues a las 8 había que estar en la estación de autobuses. El bueno de Simón tuvo preparado el desayuno puntualmente a la hora que habíamos convenido. Éste consistía en leche, café, zumo y una especie de tortitas en las que se unta mantequilla, mermelada y miel.

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Después del desayuno cogimos un taxi (20 dírhams después del correspondiente regateo) y fuimos a la estación de CTM, la compañía con la que habíamos comprado los billetes. El autobús tenía años pero tampoco era lo peor del mundo, aunque el viaje se hizo pesado por la distancia (176 kilómetros), las obras en las carreteras, los atascos en las zonas donde se vende aceite de Argán y el tiempo (llovió mucho de camino).  Hicimos una parada a mitad, donde aprovechamos para comprarnos unos chicles, y al final el trayecto se quedó en unas tres horas y media, bastante más de lo previsto inicialmente. En condiciones normales seguramente no habría llegado a 3 horas.

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Marrakech 65La estación de autobuses de Essaouira en la que hace parada CTM está en la zona noreste de la ciudad. Como llevábamos bastante retraso seguimos un planteamiento similar al del primer día en Marrakech: ir directamente a la zona donde se puede comer y empezar a ver la ciudad ya con la barriga llena. En este caso todo consistía en llegar al puerto.

La primera impresión que ofrece Essaouira no es la mejor precisamente. Las calles están sucias, el asfalto en mal estado, los edificios bastante viejos… y todo esto haciendo la comparación con Marrakech, no con Madrid. También hay que decir que no hay ni una sola indicación, por lo que a pesar de contar con un plano no teníamos muy claro hacia dónde teníamos que ir. Nos movimos un poco por intuición, sin alejarnos demasiado de la parte más pegada al mar, y atravesando algunos zocos al final conseguimos llegar a una explanada que daba acceso a la zona portuaria.

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Essaouira es fácilmente comparable con Tarifa por la fuerza del viento y las interminables olas que año tras año atraen a miles de turistas. Es un espectáculo impresionante, y vimos a más de uno de cara al mar escribiendo o simplemente mirando como rompían las olas. Esto último siempre nos ha gustado, y aquí hay unas panorámicas increíbles con olas rompiendo por todas partes. El mar parecía lodo, porque en Essaouira no hay medias tintas: o está azul cristalino o está marrón oscuro.

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La zona del Puerto de Essaouira es como un museo etnográfico al aire libre o, si se prefiere, como viajar a la España litoral de hace treinta o cuarenta años. Las barcas azules son uno de los símbolos de la ciudad, y dar un paseo por todo el área portuaria es una experiencia muy enriquecedora: aparejos de pesca amontonados, jaulas para capturar pulpos, embarcaciones que están siendo reparadas… Las gaviotas están presentes por toda la ciudad, pero aquí especialmente por el pescado que se trae de alta mar.

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Essaouira, al igual que Marrakech, destaca más por conjunto que por edificios concretos, pero a pesar de eso hay una serie de construcciones muy destacables y de imprescindible visita. Lo más importante son las sqalas o skalas, dos bastiones costeros que se construyeron para proteger la ciudad tanto del avance del mar como de las incursiones piráticas que solían saquear Essaouira. La primera que vimos fue la Sqala du Port o Skala du Port.  Cuesta 10 dírhams entrar, y aunque sea de pago merece la pena la visita. Este enorme bastión rectangular tiene como elementos más significativos dos robustas torres desde las cuales se domina toda la costa. Además, cuenta con una serie de cañones españoles y portugueses que son el orgullo de la ciudad.

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Marrakech 75Para los aficionados a la fotografía aquí se encuentra la instantánea de Essaouira por antonomasia, pues desde un pequeño ojo de buey se contempla el recinto amurallado y buena parte de la medina. Hay dos escalinatas, una para mirar a través de él y otra para hacer la típica foto que estáis viendo. Solo esta imagen justifica el precio de la entrada.

Marrakech 76Desde la Sqala hay una gran perspectiva de las Islas de Mogador o Islas Purpurina. Estos pequeños islotes han sido importantes desde la época romana, cuando de allí se obtenían ingentes cantidades de púrpura. Luego se establecieron unas fortalezas de las cuales quedan algunos restos, y en la actualidad las islas han pasado a ser una reserva natural.

Llegados a este punto, solo se puede decir una cosa: ¡Que hambre! Como habéis visto, aunque pretendíamos ir directamente a comer al final nos liamos a ver cosas. Eso sí, después de la Sqala du Port nuestros estómagos empezaron a rugir y no quedó más remedio que poner rumbo a los puestos de pescado del puerto. En Essaouira lo más típico es comer en este conjunto de chiringuitos a la entrada del pueblo, en el cual todos tienen unos precios similares y la calidad es excelente. Aquí hay que decir dos cosas: que no todos los puestos tienen los mismos precios, pues algunos te hacen ofertas que no están en la carta; y que se puede ver el pescado, por lo que una buena forma de elegir es comer en el que los productos tengan mejor pinta.

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Nosotros elegimos el puesto 29, llamado Finistere, en el cual comimos dos menús formados por ensalada, calamares, gambas, chopitos, dorada y lenguado. En teoría un sólo menú cuesta 60 dírhams, pero en este puesto cada uno costó 50 dh y para colmo incluían agua y pan, cosa que en los otros puestos no. No sabemos muy bien el motivo -quizá fuera por haber sido los primeros en sentarnos en ese puesto, mientras que en otros ya había gente- pero el caso es que cuando estábamos a mitad de comida nos trajeron un enorme congrio regalo de la casa. ¡¡AL FINAL NOS PUSIMOS HASTA ARRIBA!! El pescado estaba riquísimo, fresquísimo y limpísimo. Como se suele decir en estos casos, sabía a pescado de verdad y no al que se compra en Carrefour. Es increíble que toda esta comida nos costase menos de 10 euros entre los dos, cuando en muchos bares de España solo una ración de gambas ya costaría eso.

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Marrakech 81Con el estómago lleno la vida se ve de otra manera, y decidimos ir a ver lo que nos quedaba de Essaouira con calma. Es una localidad pequeñita y estábamos cansados de tanto autobús, por lo que fuimos paseando sin rumbo salvo por una excepción, pues queríamos ir a ver la Skala o Sqala de la Ville. A diferencia de la del puerto a esta sqala se pasa gratis, quizá por ello estaba llena de artistas pintando y escribiendo, algo muy típico de esta ciudad. Esta plataforma almenada también tiene su propia fila de cañones hispanoportugueses.

El sitio será conocido por muchos, pues en él Orson Welles rodó, en 1949, escenas de la mítica película Otelo. A nosotros lo que más nos gustó fue, una vez más, sentir tan cerca la fuerza del mar rompiendo contra las olas. El viento es constante en Essaouira, pero en esta ocasión se agradecía: era 22 de diciembre y estábamos en manga corta enfrente del mar. Las pobres gaviotas no opinaban lo mismo, pues a duras penas conseguían avanzar por la fuerza del viento.

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Justo debajo de la Sqala de la Ville, en una especie de soportales, hay un conjunto de pequeñas tiendas dedicadas a la venta de piezas de madera de tuya, muy abundante en la región. Estas finas piezas de marquetería tienen fama desde los orígenes de Essaouira por sus preciosos acabados, por su perenne brillo y por la resistencia de la tuya. Nosotros no compramos nada, pero si al final hubiéramos querido también las hubiésemos podido comprar al día siguiente en el zoco de Marrakech.

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La pena de la visita fue que nos quedamos con ganas de ver el Museo de Sidi Mohammed Ben Abdallah, pues en Marrakech, a diferencia de España y otros países europeos, los museos y monumentos tienen por costumbre cerrar los martes en lugar del lunes. Una pena, pues este museo etnográfico estaba en nuestra lista y tendrá que ser visitado en otra ocasión. Por cierto, en la pared vimos unos recuadros de los que queremos hablaros. ¿Veis la foto de abajo a la derecha? Pues se trata ni más ni menos que de espacios destinados para que las diferentes facciones políticas marroquís estampen sus sellos y sus mensajes cuando están en campaña electoral. Curioso, ¿No?

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Buena parte de la tarde la empleamos en callejear por los zocos de Essaouira. Sin embargo, no hicimos ninguna compra, pues no vimos nada especialmente destacado y habíamos dejado esa actividad para el día siguiente. Por eso decidimos ir a la zona de la playa, para seguir haciendo aún más exótico este día 22 de diciembre. La playa de Essaouira ofrece sensaciones contradictorias: por un lado es preciosa (las olas, las Islas de Mogador, el viento) pero por otro no está en muy buen estado (ramas, basura, cacas de animales). Además, estuvimos como una hora paseando y viendo el mar y en ese rato se nos acercaron como cinco personas distintas diciendo “¿Españoles? ¿Queréis porros buenos?”. Incluso uno que vendía pasteles en una bandeja también nos quiso vender “hierba de la filosofía”, aunque obtuvo la misma respuesta negativa que los anteriores.

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A las 17:00 salía el bus de vuelta, por lo que no hubo tiempo para mucho más. Fuimos a la estación y allí conocimos a dos chicos franceses que también volvían a Marrakech. Estuvimos hablando de fútbol (ellos eran de Lyon y nosotros de Madrid, por lo que hubo pique sobre cual de los dos equipos ganaría la próxima eliminatoria entre ambos) y también de viajes, pues nos contaron que habían estado en España, pero solo en Sevilla.

De regreso no tardamos tanto, ya que no llovía, aunque nos paró la policía y le pusieron una multa a nuestro pobre conductor. Tras tres horitas y cuarto llegamos a Marrakech, y al querer coger el taxi de vuelta a la plaza Djemaa el Fna… ¡Sorpresa! ¡Por ser de noche pedían cuatro veces más que por el día! La batalla fue larga, discutimos un montón -sobretodo Eri-, y después de tirarnos el farol de que nos íbamos andando a la plaza (incluso sacamos los planos, pero estábamos tan lejos que ni venía donde estábamos) conseguimos que sólo nos cobraran 10 dírhams más que a la ida.

Ya en la plaza, cenamos en el puesto 1, que tiene mucha fama en Internet. Nos gustó menos que el del primer día, la verdad, pues las raciones de brochetas tenían cuatro en lugar de seis. Esta vez las pedimos de pollo, y las acompañamos con una harira, una sopa típica marroquí que estaba riquísima. Nos hizo gracia la cuchara, y al día siguiente nos compramos una de recuerdo que, junto a la que compramos en Rumanía, ha dado comienzo a nuestra colección particular de cucharas de madera.

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Marrakech 95Para terminar nuestro segundo día en Marruecos, nos tomamos el típico zumo de naranja que todo visitante de la plaza Jma el Fna debe probar. Cuesta tres dírhams (ni siquiera 30 céntimos de euro) y está riquísimo. Se puede pedir que te lo expriman delante o refrigerado con agua y azúcar, según aguante tu estómago. En cualquier caso, una delicia.

Estábamos cansadísimos, por lo que después del zumito fuimos al riad a pegarnos una duchita y descansar hasta el día siguiente. Eso sí, antes de ir a dormir compartimos otro té con Simón, con el cual estuvimos hablando un buen rato. Íbamos cogiendo confianza, y nos contó que iba a ser papá, los sitios en los que trabajaba, cómo veía a determinados tipos de turistas… Fue una conversación muy gratificante y una de las mejores cosas que nos pasaron durante todo el viaje.

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