Madrid ’09 – Capítulo IV: Palacio Real y alrededores

¡Tercera etapa! A estas alturas, seguro que ya empezamos a estar un poco cansados… Pero bueno, hay que pensar que merece la pena y que los últimos itinerarios que hemos preparado son más relajados. Hoy empezamos en la Plaza de Isabel II, conocida coloquialmente como Ópera y a la cual se accede de varias maneras -la más cómoda es yendo en metro hasta la Estación de Ópera-. Es un sitio bastante transitado, en el que lo primero que se ve es el Teatro Real, en el cual se representan óperas a las cuales suele acudir la familia real española. Las fotos que veis abajo son las de las fachadas este y oeste, respectivamente.

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Bordeando el palacio por la Calle de Carlos III se llega a la Plaza de Oriente, uno de los lugares más bonitos de Madrid. Allí está el Palacio Real, pero antes de entrar a verlo lo mejor es darse un largo paseo por la plaza. El centro está presidido por una estatua de Felipe IV, a cuyos cuatro costados hay unos jardines preciosos. Aparte del ambiente -turistas de todo el mundo, músicos, artistas- y de los problemas típicos de estos lugares -chinos que te acosan para darte masajes, policías a caballo, algún que otro carterista- lo mejor es pasear sin más, y disfrutar de un lugar único equiparable a los palacios reales de las grandes ciudades europeas.

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Los jardines de la Plaza de Oriente están divididos en centrales (los que hemos visto antes) y los dos laterales: los Jardines del Cabo Noval y los Jardines de Lepanto, que también son dignos de visitar. Sobre el terreno la plaza en sí es un único jardín, y la delimitación la marcan dos hileras de esculturas en memoria de los primeros reyes de España hechas durante el reinado de Fernando VI. Las veinte que hay en la Plaza de Oriente pertenecen a una colección mayor, aunque las piezas están distribuidas por otros parques de la ciudad o incluso de España, como las que hay en el Paseo de Sarasate de Pamplona, en Navarra.

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Antes de ir al Palacio Real, hay que ver algunas cosillas por la zona. Según se mira al propio palacio, hay que ir hacia la derecha, donde nos esperan dos edificios importantes, uno religioso y otro laico. El primero es el Real Monasterio de la Encarnación, un convento de monjas agustinas recoletas que, al igual que ocurría con las descalzas, tiene algunas estancias visitables organizadas como un museo (de hecho, hay una entrada conjunta). El otro edificio de interés es el Senado. La Cámara Alta es visitable, aunque requiere algo de papeleo, pues hay que hacer la solicitud por escrito y con semanas de antelación.

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Volviendo a la Plaza de Oriente, también en la parte derecha según se mira al Palacio Real, está la entrada a los Jardines de Sabatini. Son más que modernos, pues fueron construidos tras la proclamación de la II República -que requisó algunos bienes del Patrimonio Real- y además su aspecto actual responde a una reforma de los años 70. Son unos jardines pequeñitos, pero en ellos la relajación llega al extremo -entre el sonido del agua y la ausencia de ruido parece mentira que estén en pleno centro de Madrid- y además hay una buena perspectiva de la fachada norte del Palacio Real.

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Y hablando del Palacio Real, ya es hora de prestarle un poquito de atención. Aunque el edificio data de mediados del siglo XVIII, el lugar ha sido siempre el centro de poder de la ciudad: desde la fortaleza que establecieron los primeros pobladores musulmanes hasta el Real Alcázar, donde residían los Austrias. Es el mayor Palacio Real de Europa Occidental, y en él se celebran actos diplomáticos muy a menudo. También es posible ver, aunque con una frecuencia bastante restringida, el cambio de Guardia Real. Vamos, que es un edificio colosal cuya visita es imprescindible si se viene a Madrid.

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Para entrar a ver el interior hay que acceder por un lateral, y lo más normal es que haya que hacer algo de cola. De todos modos, merece la pena con creces, pues en el interior hay todo tipo de atractivos: las vistas sobre la Casa de Campo, el Patio de Armas, la Real Farmacia, la Armería, exposiciones temporales… Vamos, que es muy difícil explicar en unas líneas todas las cosas que se pueden ver. Dos consideraciones al respecto: la primera, no ir con prisas, pues un par de horas como mínimo no las quita nadie; la segunda, hay algunos días al mes que se puede pasar gratis, así que estad atentos.

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Justo al lado del Palacio Real -no tiene pérdida, es un edificio monumental- está la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, conocida generalmente como Catedral de la Almudena. Es de construcción reciente, pero eso no es impedimento para que ya haya protagonizado más de un acontecimiento de postín, como su consagración en 1993 por Juan Pablo II o la boda de Felipe de Borbón y Letizia Ortiz en 2004. Por fuera es impresionante, y dentro es bastante bonita. Aquí nos pasa como con el Palacio Real: son tantas las cosas que hay que ver -pinturas, capillas, objetos- que es imposible hacer una pequeña relación en unas pocas líneas, así que lo mejor que se puede hacer es entrar a verla y curiosear uno mismo.

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También es visitable, aunque se entra por un lateral -está bien señalizado- la cripta. Es la parte más antigua del edificio, pues se abrió al culto ya en 1911, y es impresionante. El interior está hecho en estilo neorrománico, y da la sensación de ser larguísima. Aunque se puede encender la cripta echando unas monedas, es casi mejor visitarla en penumbra y disfrutar de su tétrico ambiente. En su interior está la Virgen de la Flor de Lys, un cuadro nada menos que de 1083.

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Según se sale de la cripta, justo enfrente (aunque hay que bajar una cuestecita) están los restos de la muralla musulmana de Madrid. Hay muy pocos tramos al descubierto, y este es desde luego, a pesar de lo mal cuidado que está, el que mejor se conserva. Cuando se excavó y expuso la muralla se creó además el Parque del Emir Mohammed I, el supuesto fundador musulmán de la ciudad. Es un tramo de más de cien metros en el que sobresalen algunas torres defensivas, y que desde el punto de vista histórico-arqueológico no tiene precio. Sin embargo, no es muy espectacular a la vista y por tanto los políticos no ponen mucho empeño en tenerlo bien expuesto y, sobretodo, bien conservado, pues los hierbajos crecen a sus anchas y no hay nadie que haga nada por evitarlo.

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Vistos los muros, lo mejor es subir de nuevo a la Almudena, y desde ahí coger la Calle Bailén alejándonos de la catedral. Tras unos minutos andando llegaremos a la Real Basílica de San Francisco el Grande. Data del siglo XVIII, y destaca por su monumentalidad y por se enorme cúpula: sus 33 metros de diámetro la convierten en la tercera más grande de todos los edificios cristianos. Se puede visitar de dos maneras: pagando y viendo el museo, o esperando a que haya una misa y así pasar gratis. Una vez vista podemos desandar el camino por Bailén, y a la altura de la Calle Segovia ir a descansar un rato al Parque de Atenas.

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Cuando hayamos cogido fuerzas, seguiremos por la Calle Segovia para girar a la derecha en el cruce con el Paseo de la Virgen del Puerto. Si seguimos por dicho paseo, llegaremos a la entrada de uno de los sitios con más encanto de la capital: el Campo del Moro. Son unos jardines justo detrás del Palacio Real, que, en teoría, reciben ese nombre porque Alí Ben Yusuf acampó ahí con sus huestes en el siglo XII cuando pretendía conquistar Madrid. Es un lugar bastante grande, así que lo mejor es mirar el mapa de la entrada y tratar de seguir una ruta, pues hay pequeñas construcciones y fuentes que es una pena perderse. En algunos momentos el lugar recuerda a Versalles, pero en pequeñito.

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A lo largo del paseo por el parque (que puede durar desde media hora hasta un día entero, además de ser un buen lugar con sombra para tomarse un bocadillo) hay que ir con los ojos bien abiertos, pues hay muchos animales sueltos por allí: patos, cisnes, ardillas, mariposas e incluso varios pavos reales. Éstos últimos son a veces difíciles de ver, pues se acurrucan entre la hierba y se camuflan con su plumaje.

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Madrid 113El parque solo tiene una entrada, por lo que cuando queramos salir hay que volver al principio. Según se sale hay que ir a la derecha para, tras andar un poquito, llegar a la Puerta de San Vicente. La pobre no tiene una canción, como la de Alcalá, y por eso es menos famosa, pero su historia es muy interesante: resulta que a fines del siglo XIX se decidió desmontar temporalmente para mejorar el tráfico de la zona, y cuando se quiso volver a poner… ¡Nadie sabía donde estaban las piezas! Hay varias teorías: que la enterró el ayuntamiento, que se hicieron adoquines… Total, que por ser un lugar emblemático de la ciudad a finales del siglo XX se decidió construir la réplica que hoy se ve, hecha siguiendo el diseño original.

Madrid 114Desde la Puerta de San Vicente hay que ir por el Paseo de la Florida y caminar un buen rato. El destino es la Glorieta de San Antonio de la Florida, donde nos espera la Ermita de San Antonio de la Florida. El edificio, desde el punto de vista arquitectónico, no es lo más interesante del mundo. Sin embargo, es obligatorio entrar, pues el interior fue decorado por Francisco de Goya. El aragonés tardó más de seis meses en pintar el interior, del que destaca la bóveda con su Adoración a la Trinidad. Es sencillamente impresionante. Además, dentro está enterrado el propio Goya, cuyos restos fueron aquí trasladados en 1919 junto a la lápida original del cementerio de Burdeos, donde murió.

Por cierto, relativamente cerca de aquí está el Estadio Vicente Calderón, por si algún futbolero se quiere pasar a verlo -hay un museo y visitas guiadas por el interior-. Se vaya o no al estadio, hay que volver por el Paseo de la Florida, para entrar a la Estación de Príncipe Pío. Interesa entrar, aparte de porque el edificio refleja la arquitectura ferroviaria del siglo XIX, porque a través de la estación se puede salir a la Senda del Rey, una calle que da acceso, mediante otras como la Calle de Estanislao Figueras, a un viaje en el tiempo de un par de milenios aproximadamente.

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En efecto, detrás de Príncipe Pío está el Templo de Debod, un templo del Antiguo Egipto. ¿Cómo llegó hasta aquí? Pues resulta que fue un regalo de Egipto a España que se hizo a fines de los años 60 para agradecer la ayuda de los arqueólogos españoles en las campañas de emergencia de esa época, cuando varios edificios importantes iban a ser sumergidos por la construcción de la enorme presa de Asuán. Aproximadamente tiene unos 2200 años, y el traslado a España se hizo desmontándolo, enviando las piedras por barco y luego volviéndolo a montar.

La entrada es gratuita, abre prácticamente todos los días y el interior, además de ser muy fresquito, está muy bien musealizado: las inscripciones en piedra se iluminan y en la parte alta hay una especie de pequeño museo, con maquetas y alguna pieza más. Desde hace unos años se ha dicho que aquí iba a ir un museo egipcio, pero nada se sabe del tema.

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Llegados hasta aquí la etapa se puede dar finalizada. Sin embargo, desde esta zona se puede acceder, andando un poco, a otros tres lugares de importancia de Madrid: el Palacio de Liria, un edificio dieciochesco en el que actualmente vive la Casa de Alba; la Plaza del Dos de Mayo y sus alrededores, donde se vivieron en 1808 los famosos y sangrientos enfrentamientos contra los franceses; y el Museo Municipal, donde se puede conocer algo más de la historia de la ciudad.

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En cualquier caso, lo que hay que hacer es descansar, que Madrid da para mucho y aun quedan varias etapas por delante.

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