Londres ’11 – Capítulo IV: Tempus Fugit (día 3)

Agotados. Así nos sentíamos cuando sonó el despertador, pero la tentación de seguir descubriendo Londres en el último día completo del viaje era demasiado grande como para remolonear en la cama. Nos levantamos, desayunamos y nos pusimos en camino con una gran sonrisa de oreja a oreja… hasta que empezaron los problemas.

Cuando ya llevábamos un cuarto de hora andando Edu se revisó el bolsillo del abrigo donde llevaba los dos London Pass… ¡Y faltaba uno! Después de mirarnos en todos los bolsillos de la ropa y de las mochilas tuvimos que volver al hostel, donde destrozamos la habitación al más puro estilo rockero. Miramos hasta debajo de la cama, pero no encontramos la dichosa tarjetita (sin la cual nuestros planes se trastocaban por completo). La única solución que se nos ocurrió fue coger la factura de compra y todo lo que sirviese para demostrar que teníamos dos London Pass e ir al primer monumento que nos encontrásemos, a ver que pasaba. Así, tras un buen rato andando fuimos a la Catedral de San Pablo y en la taquilla nos dijeron que no nos podían dejar pasar, pero que al lado había una pequeña Oficina de Turismo donde podíamos ir a preguntar.

Al llegar y contarles el problema, nos dijeron que no nos podían dar otra con un ejemplo muy gráfico: es como si pierdes dinero, no puedes ir al banco a que te den otro billete. Nuestras caras debieron expresar lo que sentíamos en ese momento, ya que el chico que nos estaba atendiendo dijo que si esperábamos hasta las diez (quedaban veinte minutos) llamaría al servicio de London Pass a ver si había una solución. Salimos fuera y estuvimos pensando en lo que íbamos a hacer: no teníamos presupuesto para pagar las entradas de lo que pretendíamos ver, pero tampoco queríamos que pasara uno sí y otro no. Total, que entramos de nuevo y empezamos a coger folletos de sitios gratis como el Imperial War Museum.

Londres 103Mientras esperábamos el chico llamó y… ¡Milagro! Nos dio motivos para creer de nuevo en la humanidad. Los del London Pass le dijeron que si íbamos a su oficina central, en el Britain & London Visit Center (en Regent Street, cerca de Picadelly Circus), anularían la tarjeta perdida y nos darían una nueva. Estaba un poco lejos pero en ese momento nos sentimos las personas más felices del mundo. Total, que cogimos un autobús rojo de dos plantas de la línea 15 y fuimos allí, donde nos atendió una chica que encima era española. Nos dio la tarjeta y con ella un montón de ilusión.

Cogimos de nuevo el autobús y volvimos a la Oficina de Turismo para darle las gracias al chico… pero ya no estaba. Eran casi las 11, por lo que habíamos perdido un par de horas y tendríamos que ir con un poco de prisa el resto del día. Sin embargo, haciendo balance al final recordamos esta pequeña anécdota con cariño: nos dimos cuenta de que hasta en los momentos más tensos nunca dejamos de apoyarnos, montamos en los famosos autobuses londinenses y la ilusión por recuperar nuestra London Pass hacía que el cansancio del día anterior se nos olvidase por completo.

Y así, el relato sigue donde en realidad debía haber empezado: en la St Paul’s Cathedral o Catedral de San Pablo. Entrar vale una pasta, nada menos que 12.5£ por persona, pero por supuesto estaba incluido en nuestras flamantes London Pass. Es otro de los grandes iconos londinenses prácticamente desde su construcción entre fines del siglo XVII y comienzos del XVIII. Su impresionante fachada neoclásica, su tremenda cúpula o los enterramientos ilustres de la cripta (entre otros muchos el almirante Nelson o el Duque de Wellington) justificarían la visita, pero aún hay más.

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Y es que lo que más nos gustó de San Pablo, con diferencia, fue la posibilidad que da de subir a tocar el cielo casi literalmente. Tras subir 85 metros de altura por una serie de angostas escaleras se llega a la Galería Dorada, desde la cual hay unas vistas impresionantes de la city. No teníamos demasiada información sobre esta catedral y la panorámica fue un regalo con el que no contábamos y que recomendamos a todo el que visite Londres. Habíamos oído hablar de la Galería de los Susurros, ubicada en la cúpula y en la cual se puede oír un murmullo a más de treinta metros de distancia, pero de las vistas que veis más abajo no sabíamos nada. Lo dicho, realmente merece la pena.

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Londres 107Si ya de por sí íbamos mal de tiempo por el incidente con la London Pass, pasar tanto tiempo subiendo y bajando escalones hizo que cumplir el planning que teníamos previsto pareciese imposible. Por eso, cuanto tras andar un rato llegamos al Monumento al Gran Incendio de Londres de 1666 (conocido popularmente como The Monument) decidimos no subir. En vista de su altura la panorámica no iba a aportar nada distinto a lo que ya habíamos visto en la Catedral de San Pablo, y así ganaríamos un tiempo que nos vendría de perlas para más adelante.

De lo que no pudimos prescindir es de la visita a All Hallows by the Tower, la iglesia más antigua de Londres. Fue fundada nada menos que en el año 675, y aunque la mayor parte está muy restaurada aún conserva un arco perteneciente al templo sajón original. Como dato curioso, este es un lugar tremendamente emparentado con EEUU, pues aquí se bautizó William Penn y se casó John Quincy Adams, fundador de Pennsylvania y sexto presidente respectivamente. Entrar es gratis, por lo que no hay excusa para dejarse caer por esa pequeña iglesia.

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Londres 110Además, por si esto fuera poco pilla de camino a la Torre de Londres o Tower of London. Es una frase que ya hemos utilizado casi diez veces, pero es innegable que este es otro de los grandes símbolos de la ciudad. Entrar no es barato precisamente (17£ por persona, aunque incluido en nuestra amada London Pass) pero sin duda merece la pena.

La Torre de Londres, cuyo nombre oficial pese a que se emplee poco es Palacio Real y Fortaleza de su Majestad, es una de las fortalezas más famosas del mundo. Es Patrimonio de la Humanidad y cuenta con nada menos que 1000 años de antigüedad, en los cuales no ha parado de crecer. Su fecha exacta de fundación es 1066, mientras que la Torre Blanca, la cual da nombre al conjunto, data de 1078. Con el tiempo se fue ampliando con fosos y nuevas construcciones hasta ser como una ciudad en miniatura. De hecho, visitar este conjunto es como recorrer matrioska arquitectónica, pues hay casi tantas dependencias dentro como se pueda imaginar. Por cierto, aunque en la entrada hay una especie de “comerciales” que te intentan vender un librito por 5€, en el centro de visitantes de la plaza se pueden coger planos del recinto de manera totalmente gratuita.

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Explorar la Torre de Londres lleva tirando muy por lo bajo un mínimo de dos horas, pues son muchos los edificios que visitar y encima en algunos hay que guardar algo de cola. De todos modos fue el momento perfecto para hacerlo, pues estaba lloviendo un poco y lo peor nos pilló bajo techo. Entrando por la Byward Tower (la entrada principal) básicamente se da una vuelta al perímetro, por lo que aunque se pueden visitar unas cosas antes que otras el camino más corto lleva a empezar por la St Thomas’s Tower, en la que a algunas horas del día hay actores representando personajes de la Edad Media. Nosotros nada más entrar nos topamos con un bufón que, al decirle que éramos españoles, tocó con la flauta unos fragmentos de las Cantigas de Santa María. Tras ello nos contó algo de historia y nos mostró algunos escudos de Castilla diseminados por las salas… ¡Maravilloso! Esta zona además se denomina Palacio Medieval porque el mobiliario reproduce la decoración de antaño, incluyendo piezas concretas como una réplica de la cama que utilizó Eduardo I.

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Por cierto, mención aparte merece la musealización de toda la Torre de Londres, pues todo el recorrido es un auténtico centro de interpretación de la Edad Media. Lo que más nos gustó es que no se limita a paneles informativos o a objetos tras una vitrina, sino que en distintas instancias está la posibilidad de aprender con los sentidos. Por ejemplo, nosotros nunca habíamos tocado un trozo de cota de mallas ni nos habíamos puesto un casco de guerra. Dicho sea de paso, a Erika le venía pequeño.

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Londres 118Por encima de todos los edificios del conjunto destacan dos. El primero de ellos es el Waterloo Block, donde están las Crown Jewels o Joyas de la Corona. Esta impresionante colección de ropas y joyas de coronación es una de las principales referencias de la Torre de Londres, y de hecho tuvimos que guardar cola un buen rato para entrar.

Por cierto, no nos gustó demasiado como está planteada la exposición de las joyas. Son impresionantes, si, pero para llegar a ellas tienes que pasar media hora deambulando por una serie de estancias oscuras en la que lo único que ves son vídeos sobre la coronación de Isabel II y la espalda del señor que llevas delante y que está tan harto como tú de estar en una fila interminable. Al salir nos dimos cuenta de que había una tienda al lado con productos relacionados con el tesoro, y es que en la Tower of London hay varias cafeterías y tiendas especializadas al lado de cada estancia.

El segundo gran edificio del que hablábamos es la White Tower o Torre Blanca, que como hemos dicho antes es la que da nombre al conjunto. En su interior presenta la colección de la Armería Real, en la que destaca la armadura de Enrique VII. En este edificio es donde más cuervos hay… ¿Cuervos? Si, resulta que son algo así como el animal emblema de la fortaleza. Según la leyenda, en tiempos de Carlos II se dijo que si alguna vez los cuervos abandonaban la Torre de Londres caería el reino. Como los ingleses son tan supersticiosos como previsores existe el cargo de Maestro de los Cuervos, que pone todo su empeño para que dichos animalitos no dejen nunca de estar a su gusto en la fortaleza.

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Al salir de la enorme fortaleza aún nos quedaban tres cosas imprescindibles para ver: el Tower Bridge, el Britain at War Experience y el HMS Belfast. Como habíamos tenido el pequeño inconveniente mañanero era casi imposible que nos diese tiempo a ver todo, ya que eran más de las 14:00, no habíamos comido y las cosas cerraban entre las 16:00 y las 17:00. Sin embargo, como no nos apetecía nada quedarnos sin ver alguna de esas tres cosas decidimos engañar al estómago con los frutos secos y las chuches que llevábamos en la mochila y posponer la comida hasta algo más tarde de lo normal. Las tripas rugieron un poco, pero estábamos de viaje y la ilusión por ver lo que teníamos previsto hizo el resto.

Con las mismas pusimos rumbo al Tower Bridge o Puente de la Torre. ¿Lo adivináis? Si, este es otro de los grandes símbolos londinenses. Este impresionante puente levadizo de más de 200 metros de longitud fue construido a finales del siglo XIX (en concreto, se inauguró en 1894), y desde entonces se ha convertido en en uno de los puentes más famosos del mundo. Al estar junto a él por primera vez se produce una sensación extrañamente familiar, quizá provocada porque este monumento ha salido en infinidad de películas: La Momia, Harry Potter y la Orden del Fénix, Sherlock Homes…

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Además de ser un sitio en el que, como se ve arriba, es casi obligatorio hacerse una foto, también existe la posibilidad de subir a la London Bridge Exhibition. Subir cuesta 7£ por persona, aunque nosotros no dimos ni una libra porque estaba incluido en la tarjeta London Pass. Una vez pasamos por las taquillas subimos en el ascensor (no da nada de miedo, todo lo contrario que cuando sufrimos el ascenso al Puente de Vizcaya) y nos sentamos a ver un vídeo sobre el largo proceso de construcción del puente, algo perfecto para descansar los pies. Después recorrimos las pasarelas que unen una torre con otra, perfectas para tener unas buenísimas vistas del Támesis. Por cierto, cuando nosotros hicimos la visita había una exposición sobre juegos victorianos tradicionales.

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Londres 126Se baja por un ascensor distinto al que se sube, y desde él hay que seguir una línea azul que lleva hasta la sala de máquinas. Allí hay que enseñar la entrada que te dan en la taquilla, así que mucho ojo de no perderla. La verdad es que la maquinaria que mueve el puente levadizo es impresionante, tiene que ser increíble verla a pleno funcionamiento.

Londres 127No podíamos perder tiempo, así que una vez terminamos de ver la maquinaria seguimos con nuestro recorrido, esta vez bordeando la orilla del Támesis que está enfrente de la Torre de Londres. Nuestros pasos nos llevaron por delante de  la nueva sede City Hall o Ayuntamiento de Londres, diseñada por Norman Foster e inaugurada en 2002.

Londres 128Allí no entramos, sino que seguimos caminando hasta la Winston Churchill’s Britain at War Experience. ¿Qué se esconde bajo un nombre tan largo? Pues nada menos que un viaje a la II Guerra Mundial. Se trata de un museo que recrea como era la vida durante la guerra desde distintos puntos de vista: tabernas, escuelas, búnkers…

Es un proyecto educativo avalado por el Plan de Estudios Nacional, y a nosotros nos encantó. No es lo mismo leer en un libro de Historia que cuando sonaban las alarmas había que bajar a los búnkers que ponerse en la piel de la población: daba hasta claustrofobia estar sentados a oscuras escuchando los bombardeos en el exterior. De verdad, pese al precio (12.95£ por persona, incluido en el London Pass) merece la pena, aunque sólo sea por el impacto que causa en la familia ver fotos con una máscara antigás puesta. Pasamos como una hora en el interior del Britain at War Experience llenando la mochila de experiencias y sensaciones que desde luego nos concienciaron de los angustioso que tiene ser vivir en guerra.

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Londres 132Salimos de allí y fuimos al HMS Belfast, el único acorazado de grandes cañones construido por la Armada Real Británica en la primera mitad del siglo XX que ha llegado a nuestro días. Entrar también cuesta 12.95£ por persona, y nuevamente está incluido en la London Pass. En este caso la entrada incluye una audioguía totalmente en castellano.

Recorrer las nueve cubiertas de este acorazado, sus salas de máquinas y el resto de dependencias interiores no es moco de pavo, pues se trata de una nave que ha participado en conflictos clave del siglo XX como la II Guerra Mundial o la Guerra de Corea. No tiene precio sentarse en el asiento del capitán, dirigir los instrumentos con los que se lanzaban los misiles o simplemente sentir el viento en la cara mientras ondea en cubierta la bandera de Gran Bretaña. Lo dicho: una visita muy recomendable y que no tiene nada que envidiar a otros puntos de interés de la ciudad.

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Justo salimos del HMS Belfast y en nuestro reloj dieron las 17:00. Lo que para muchos era la hora del té para nosotros suponía constatar que habíamos cumplido nuestro objetivo. Nos sentimos especialmente contentos, pues pese a que el estómago rugía con todas sus fuerzas no nos habíamos perdido nada imprescindible pese al tiempo que nos llevó recuperar una de las London Pass. Así, ya no había excusas para buscar un sitio para comer. Deambulamos un rato y en la Tooley Street, justo enfrente de la London Bridge Experience and The London Tombs, vimos unas letras de “open” que nos llamaron la atención. Era un local de comida rápida llamado Fantastic, donde por 5.99£ entre los dos comimos 16 alitas de pollo (crujientes y picantes… mmmm…) y dos montañas de patatas fritas. Tan rico como barato, y a pesar de que durante todo el viaje sólo nos alimentamos de comida basura las ensaladas de la semana siguiente limpiaron nuestro organismo y lo dejaron como nuevo.

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Una vez comimos estuvimos un buen rato sentados descansando los pies, recordando lo que llevábamos visto de Londres y planificando lo que quedaba de tarde-noche. Únicamente nos pondríamos un objetivo: ir a la Tate Modern. Eso sí, aunque teníamos los pies doloridos aún era prontito, por lo que decidimos ir paseando tranquilamente hacia allí y así conocer una zona distinta de Londres.

Fue buena idea, pues casi sin querer fuimos a parar a la Southwark Cathedral (también conocida como Catedral e iglesia Colegiata de San Saviour y Santa María Overie). Llegamos como diez minutos antes de que cerrase, pero era el tiempo justo para recorrer este edificio gótico (el más antiguo de este estilo en Londres, pues fue construida entre 1200 y 1420). John Harvard, el padre de la universidad homónima en EEUU, fue bautizado aquí. Una catedral que impresiona más por dentro que por fuera y que hay que visitar si se tiene la ocasión.

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De camino al Tate nos topamos con algunas cosas interesantes, como una réplica a tamaño real del Golden Hind (el barco pirata que circunnavegó la Tierra en el siglo XVI capitaneado por Sir Francis Drake). Está muy cerca del Támesis, en una especie de estanque aparte, y aunque es visitable a esas horas ya estaba cerrado. También pasamos junto a las ruinas del Palacio de Winchester, fundado en el siglo XII y en uso hasta que se abandonó 500 años más tarde. A finales de los años 80 del siglo XX se redescubrieron las ruinas, se excavaron y se pusieron en valor. Esta zona, pese a que no habíamos previsto visitarla, nos gustó mucho y es muy recomendable para una caminata nocturna.

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Londres 143Sin embargo, si tenemos que quedarnos con una imagen de este paseíto es con la instantánea que ofrecen la Catedral de San Pablo y el Millenium Bridge o Puente del Milenio por la noche. ¿Se os ocurre una imagen más bonita? Siempre se suele hablar del Sena como el típico río por el que dar un paseo romántico, pero el Támesis no se queda atrás.

Londres 144Lo bueno fue que al estar pendientes del espectáculo que ofrecía la ribera de enfrente no nos dimos cuenta de que nuestros pasos ya nos habían llevado a la Tate Modern, que así es como se conoce al Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Al igual que en los grandes de la ciudad, como el British o la National Gallery, la entrada es gratuita.

Con la London Pass nos dieron una audioguía que fue de gran ayuda, ya que nosotros no somos especialmente amigos del arte contemporáneo y a veces nos cuesta disfrutar de algunas obras de arte. Y para muestra la gran exposición temporal que había cuando hicimos la visita, Sunflower Seeds, del artista chino Ai Weiwei. En ella millones y millones de pipas de porcelana hechas a mano llenan el suelo de una de las salas del museo. En principio la exposición estaba pensaba para caminar sobre ellas, pero a los tres días tuvieron que cambiar el planteamiento porque el personal del museo se estaba intoxicando con un polvo producido por las pisadas que sufría esta particular alfombra por los miles de visitantes diarios. Y eso por no hablar de los robos, que seguro que algún millón de pipas se ha perdido por el camino.

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En cuanto al resto del museo… pues eso, que no somos muy amigos del arte contemporáneo. En las plantas tercera y quinta está la exposición permanente, en la que conviven obras de Claude Monet, Max Ernst, Francis Bacon, Anish Kapoor o Pablo Picasso. Junto a producciones realmente sorprendentes se exponen otras que no lucen tanto, pero pese a todo merece la pena dejarse caer por el museo. No es un cualquiera, pues se trata del tercero más visitado del mundo sólo por delante del Louvre y el British.

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Londres 151Para terminar con la visita al museo, queremos destacar sus espacios comunes: desde sofás en los que tirarse a descansar hasta salas de debate, pasando por unos cuantos pupitres en los que se pueden dejar sugerencias o donar tu propia obra al museo. Nosotros nos dejamos llevar con un bolígrafo verde y cedimos un Edu & Eri original a la colección.

Con esto poníamos punto y final a otra jornada maratoniana. En principio teníamos pensado ir a patinar o a la bolera, pero estábamos tan sumamente agotados y con los pies tan hechos polvo que decidimos volver a nuestro hostel. Al llegar a la habitación nos quedamos asustados de lo descolocado que estaba todo, y es que ya no nos acordábamos del incidente con el que habíamos empezado el día. Por suerte todo había quedado en una anécdota y al final todo había salido a pedir de boca. Total, que nos preparamos una cenita rica rica en la cocina, nos pegamos una duchita y nos fuimos a dormir para reponer fuerzas, pues aún quedaba por ser exprimido un día casi entero en el que queríamos terminar de disfrutar de Londres.

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De turismo por el centro de Londres parte II (Explorando el mundo)

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