Londres ’11 – Capítulo III: Carpe Diem (día 2)

Como si nuestro cuerpo supiera que le esperaban varios días agotadores, la primera noche en Londres dormimos como troncos. Sólo hubo una pega: que se nos había olvidado cambiar la hora en el móvil (teníamos que haber retrasado 60 minutos los relojes) y por ello nos levantamos a las 7 en vez de a las 8. Por suerte ya se podía bajar a desayunar, así que en vez de volver a dormir bajamos y cogimos fuerzas a base de tostadas, cereales, zumo de naranja y cola-cao. Desayunando conocimos a María, una chica de Bilbao que acababa de llegar a Londres para estudiar/trabajar y con la que hablamos todos los días. Muy maja, esperemos que le vaya bien en la City.

Una vez desayunamos subimos a la habitación para coger las cámaras de fotos, las tarjetas London Pass y los tíckets de transportes. Los packs de London Pass + transporte son caros (el de tres días salió a 94£ por persona), pero como veréis a lo largo del relato se amortiza con creces. De todos modos, para más info podéis ver el anexo sobre museos y monumentos de Londres donde tenéis tarifas y enlaces.

No eran ni las 8:00 cuando ya estábamos en la calle. Era temprano pero poco a poco se abrían ante nosotros los principales símbolos cotidianos de la ciudad: las populares cabinas rojas de teléfono, los autobuses de dos pisos, los taxis con diseño exclusivo… Fue una delicia no perder de vista todos estos iconos durante el viaje, la verdad es que han quedado grabados para siempre en nuestra memoria.

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Lo único malo de la London Pass es que el transporte es off-peak, es decir, de lunes a sábado no se puede utilizar hasta las 9:30. Aún quedaba mucho tiempo por delante hasta esa hora, así que optamos por hacer andando lo que en principio íbamos a salvar en metro. Aún así las estaciones que nos habían recibido la noche anterior, St. Pancras y King’s Cross, pillaban de paso y vimos como su aspecto cambia por el día por completo.

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Por cierto, en King’s Cross había que hacer una parada obligada. Hoy por hoy no somos demasiado fans de Harry Potter, pero en su momento leímos sus libros y tener cerca el Anden Nueve y Tres Cuartos (9 y 3/4) era una tentación demasiado grande como para dejarla pasar. A pesar de estar dentro de la estación no hay que comprar ningún billete, únicamente hay que ir a la zona de trenes y buscar el andén 8. Al fondo a la izquierda hay un pequeño pasadizo y allí se ha instalado un pequeño panel simulando el andén y un portaequipajes atravesándolo. No es gran cosa para gente a la que no le guste la saga, pero para los que alguna vez hayan leído las aventuras de Harry, Ron y Hermione dará pie a una foto muy chula.

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De vuelta a la realidad (y a la calle) nuestro plan más inmediato era llegar andando al río Támesis, para lo cual había una buena tiradita. Eso sí, nos habíamos levantado una hora más pronto y no nos importó andar más de la cuenta a cambio de conocer una zona de la ciudad que no teníamos previsto visitar. Gracias a eso vimos una sede del popular King’s College y empezamos a darnos cuenta del impacto que han causado las grandes guerras del siglo XX en la ciudad. Casi en cada rincón hay una estatua o un monumento recordando a los que lucharon en esa centuria, y entre esas referencias destaca con fuerza la II Guerra Mundial.

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Quizá lo que más nos ha gustado de Londres es su versatilidad: de Harry Potter pasamos a la II Guerra Mundial, y de ahí a Sweeney Todd (película de Tim Burton basada en un musical que nosotros disfrutamos en España bajo la dirección de Mario Gas) gracias a la Fleet Street, donde supuestamente estaba la barbería en la que se desarrolla la Historia. De camino también pasamos por los Reales Tribunales de Justicia (The Royal Courts of Justice), el edificio que alberga la Corte de Apelación de Inglaterra y Gales y el Alto Tribunal de Justicia de Inglaterra y Gales. Al margen de su uso, que ya es de por sí importante, data del siglo XIX y destaca su impresionante arquitectura en estilo gótico victoriano. Por cierto, todavía no nos habíamos acostumbrado a las cabinas rojas y cada vez que veíamos una no dejábamos pasar la oportunidad de hacer un poco el bobo.

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Y así, de casualidad, llegamos a la Iglesia de San Clemente Danés (St Clement Danes Church). Este pequeño templo fue destruido por completo durante los bombardeos de la II Guerra Mundial, quedando abandonado durante más de diez años. Tras varias peticiones la Diócesis de Londres permitió a la Royal Air Force (la rama aérea de las Fuerzas Armadas Británicas) acometer el proceso de restauración y establecerla como su Iglesia Central, siendo consagrada en 1958. Por eso, en la actualidad tiene una función doble: en ella se sigue rindiendo culto a San Clemente Danés, por lo que no ha perdido la naturaleza con la que los colonos daneses la fundaron en el siglo IX; pero también sirve de monumento a la memoria de los caídos de la Royal Air Force, lo cual se recuerda con numerosos hitos tanto en su exterior como en su interior.

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Ya estábamos al lado del río Támesis (Thames) y eso se notaba en el ambiente, en especial en el viento gélido que venía calle abajo. Andamos un poquito más y tuvimos un primer contacto con uno de los ríos más populares del mundo. Lo que hicimos a continuación fue seguir su cauce en dirección a Westminster, aunque antes de llegar nos dimos cuenta de que el “paseo marítimo” que bordea al Támesis es un museo de arte al aire libre. Hay de todo: desde un obelisco con más de tres milenios de antigüedad hasta otro de los muchos monumentos a la ciudad que hay para recordar la II Guerra Mundial, pasando por infinidad de referencias a los ingenieros que dieron el aspecto que hoy tiene el Támesis.

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Londres 25Estábamos llegando a lo gordo, a esos monumentos que llevábamos viendo toda la vida en diferentes medios de comunicación y que en un instante se iban a ver grabados en nuestra retina para siempre. El primero en aparecer fue el London Eye, la enorme noria (la más grande del mundo desde su apertura en 2000 hasta 2006) que giraba al otro lado del río.

En este viaje el presupuesto estaba ajustado al máximo, por lo que tuvimos que hacer una afinada selección de las cosas a visitar. En este caso la London Eye fue la gran sacrificada, puesto que es realmente caro subir (de 16£ por persona no baja) y no habíamos oído grandes críticas: que si sólo da una vuelta, que si hay vistas mejores, que si te acabas aburriendo… Nosotros vemos en la London Eye uno de esos sitios a los que hay que subir al menos una vez en la vida, como la Torre Eiffel, así que esta espinita queda clavada para cuando volvamos a Londres.

Londres 27Lo que no podía faltar en ningún caso es quedar boquiabiertos ante la imponente imagen del Palacio de Westminster. Este gran conjunto Patrimonio de la Humanidad, en el que se reúnen la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes (las dos que forman el Parlamento de Reino Unido) es uno de los grandes símbolos europeos y mundiales.

Y ahora, unos pocos datos. Pese a que el lugar ya fue residencia real de Canuto el Grande a comienzos del siglo XI, la mayoría de la estructura que hoy se ve responde a la reconstrucción que se hizo en el siglo XIX tras el gran incendio de 1834. En la II Guerra Mundial sufrió los rigores de los bombardeos alemanes, pero toda la reconstrucción se hizo siguiendo los diseños decimonónicos de Charles Barry. Hoy en día, además de albergar las dos cámaras de las que hemos hablado en el párrafo anterior, se utiliza para importantes eventos de Estado como la Ceremonia de apertura del Parlamento, la cual hemos visto cada año en los telediarios al llegar el periodo otoñal.

Londres 28Mención aparte merece el Big Ben. Erróneamente se piensa que así se llama la impresionante Torre del Reloj, que por cierto es más pequeña de lo que pensábamos, aunque en realidad esa denominación se refiere a la Gran Campana de Westminster. Sin importar las confusiones lo cierto es que este es otro de los grandes símbolos de la ciudad, el cual es especialmente reconocido por su fiabilidad.

Desde allí fuimos hacia la Parliament Square en dirección a la Abadía de Westminster, nuestro siguiente objetivo. Entrar es caro (16£ por persona), pero aún así merece la pena y siempre hay que hacer un poquito de cola para entrar. En nuestro caso fue la sorpresa económica del viaje, pues aunque ya nos habíamos mentalizado a pagar en los días previos a nuestra visita se anunció que pasaba a formar parte del catálogo de lugares a los que se pasa gratis con la London Pass. Por tanto, fue el primer sitio en el que empezamos a amortizar nuestra adquisición.

Este precioso edificio de estilo gótico es Patrimonio de la Humanidad por infinidad de razones. A su bellísima arquitectura se le suman más de mil años de Historia que han visto como todos los reyes ingleses, salvo tres, se han coronado en su interior. El recorrido por la abadía dura como mínimo una hora, y aunque nos dieron una audioguía en castellano no la hicimos demasiado caso, pues su falta de ritmo aburría a las ovejas.

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Nuestros pasos por el interior del conjunto nos llevaron por lugares tan asombrosos como la Capilla de Enrique VII (conocida como Lady Chapel por estar dedicada a la Virgen María), el Poets’ Corner (donde están enterradas personalidades varias, desde Robert Adam hasta Dickens) o el Claustro. Es una pena que no dejen hacer fotos en el interior del templo, porque realmente es de los más bonitos que hemos visitado nunca.

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Serían más o menos las 10:30 cuando terminamos nuestra visita. Llegados a este punto había un poco de prisa, pues queríamos ir a Buckingham Palace antes de las 11:30 para ver su popular cambio de guardia. Para llegar allí dimos un agradable paseo por Birdcage Walk, un precioso bulevar que bordea el pequeño St James’s Park, sobre el que luego volveríamos. Por cierto, fue un buen momento para comprobar el espléndido día que nos estaba regalando Londres, pues aunque a primera hora hacía un pelín de frío poco a poco se estaban marchando las nubes.

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Aunque siempre se habla del cambio de guardia en realidad habría que emplear el plural. Para preparar la visita a esta popular maniobra militar hay que entrar en la web del Ejército Británico (podéis ver el enlace en la Información práctica) y descargar los horarios, pues varían a lo largo del año. En nuestro caso primero vimos el cambio de la The Queen’s Life Guard, a las 11:00 en la Horse Guards Parade Whitehall (a medio camino según se anda por el Birdcage Walk en la explanada de uno de los edificios de la izquierda). Es un evento menos pomposo y que congrega menos público, pero las piezas que representó su banda de música fueron sorprendentemente pegadizas. Por fin a las 11:30 le tocaría el turno al cambio de la The Queen’s Guard.

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Londres 37El Palacio de Buckingham, la residencia oficial de la reina del Reino Unido, lucía radiante y eso se reflejaba en los centenares de turistas que se agolpaban a su alrededor. Si hubiésemos querido tener un buen sitio tendríamos que haber madrugado, por lo que estábamos en unas posiciones bastante retrasadas como para ver los movimientos del patio.

En cuanto los relojes dieron las 11:30 apareció la comitiva que iba a entrar en el palacio a hacer el relevo. Una vez pasaron al patio cerraron la verja y ya no se veía nada claro, sólo a los guardias a lo lejos procediendo con la ceremonia. Como había tanta gente y habíamos podido ver el cambio de las 11:00 decidimos estar curioseando un rato e irnos, pues aún quedaban muchas cosas por ver.

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Así, enfilamos la Constitution Hill y fuimos directos a ver el Arco de Wellington (Wellington Arch). Gracias a su excelente posición, a caballo entre Buckingham Palace y Hyde Park Corner, es uno de los monumentos más visitados de todo Londres. Cuesta 3.70£ entrar (nosotros no tuvimos que pagar por tener la London Pass) y en su interior ofrece una exposición sobre la construcción del arco, la evolución del entorno y monumentos similares repartidos por el mundo. En la parte superior hay dos miradores que ofrecen unas buenas vistas de la Apsley House (la residencia del primer Duque de Wellington, que es visitable aunque no pudimos entrar por falta de tiempo). También es un buen lugar para ver pasar la comitiva que va hacia el cambio de guardia.

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Londres 43El plan salió redondo, pues nuestro recorrido pasaba por volver hacia el Palacio de Buckingham e incluso más atrás, donde había museos interesantes que visitar. Sin embargo, mientras íbamos andando nos topamos con los Horse Guards que salían del palacio. Fue una suerte, pues no había nadie y fue como si estuvieran desfilando para nosotros.

Deshacer el camino andando nos llevó al Museo de la Guardia Real (Guards Museum), tan pequeño como interesante. A lo largo de sus diferentes salas se hace un repaso de la historia de las Guardias del Ejército Británico a través de cuadros, mapas, trajes, armas, audovisuales… Todo lo que se os pueda ocurrir. No lleva mucho tiempo recorrerlo, y precisamente pensamos que en eso está su principal valor: en un paseo tranquilo por su interior se aprecia una profunda evolución en esta facción del ejército. Como curiosidad, al final se puede dejar un mensaje de apoyo escrito en una de las salas. Por cierto, entrar cuesta 3£, aunque como ya hemos dicho varias veces nosotros pasamos gratis enseñando la London Pass.

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A la salida del museo seguimos retrocediendo por donde habíamos venido, hasta que en una esquina de St James’s Park vimos que había algo de barullo. Nos acercamos y… ¡había un grupito de ardillas! La gente estaba echándoles de comer pero parecía que no se querían acercar a nadie. Entonces Erika sacó de la mochila unas pocas avellanas y sólo con verlas se una de las pequeñas ardillitas se acercó hacia nosotros. El bichejo comió varias avellanas de la mano de Eri, que no cabía en sí de gozo.

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Por si alguien quiere repetir la experiencia de dar de comer a las ardillas (muy recomendable, todo sea dicho) están en la esquina del parque más cercana al Churchill Museum and Cabinet War Rooms (frecuentemente citado como Churchill War Rooms), que era nuestra siguiente parada. Es otro de los museos caros, 14.95£ por persona, pero también está incluido en la London Pass. Como veis la tarjeta se amortiza a pesar de ser tan costosa.

Pese al precio merece la pena la visita, que está dividida en dos tramos. En el primero se pueden recorrer las salas subterráneas del búnker desde el que la administración de Winston Churchill dirigió parte de las operaciones de la II Guerra Mundial. Las instalaciones se han acondicionado con el mobiliario de la época, parte original y parte reconstruido. La segunda parte de la visita es un museo dedicado a la vida y obra de Churchill, desde su infancia hasta su muerte. Su ascenso al poder y su labor como Primer Ministro juegan un papel principal en un discurso expositivo que roza el panegírico, pues incluso hay cabellos del estadista. Es increíble lo mucho que es admirado Churchill por la generación actual de londinenses.

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Tras ese pequeño ejercicio de claustrofobia (una visita imprescindible para cualquiera al que le guste la Historia) volvimos a la superficie para seguir hincándole el diente a la ciudad. Nuestro plan ahora era ir en dirección a la National Gallery por una sucesión de calles que empezaba en Parliament Street  y Whitehall extrayéndole el máximo jugo a la infinidad de museos, monumentos y edificios históricos que se despliegan a ambos lados de una carretera especialmente poblada por autobuses rojos de dos pisos. Para muestra las imágenes de abajo, en las que aparecen el Cenotafio (Cenotaph) y un Monumento a las mujeres de la II Guerra Mundial.  Lo dicho, el mayor conflicto de la Historia de la humanidad ha dejado en Londres una huella imborrable.

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Al poco de pasar el Cenotafio, a la izquierda, se abría la popular Downing Street. La calle es célebre porque en ella están las residencias oficiales del Primer Ministro y del Ministro de Hacienda del Reino Unido, en los números 10 y 11 respectivamente. Antiguamente se podía caminar por esta calle sin problemas, pero en 1989 instalaron un enorme y horrible enrejado negro que impide el tránsito por motivos de seguridad. Total, que hay que pasar porque es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, pero en la práctica se ve poquita cosa.

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Un poquito más adelante, pero en la acera de enfrente, está la Banqueting House (4.80£ por persona, aunque incluido en la London Pass). Es un edificio muy importante desde el punto de vista histórico por muchos motivos, aunque en especial en el siglo XVII: formaba parte del Palacio de Whitehall (en el edificio original Jacobo I recibió a Pocahontas en 1617), fue reconstruido en 1622 por Íñigo Jones tras un incendio, en 1649 fue el lugar en el que se ejecutó a Carlos I de Inglaterra y en 1660 allí se le ofreció el trono a su hijo Carlos II, cuando la monarquía fue restaurada.

Por si eso fuera poco, arquitectónicamente también es realmente notable. Es el más grande “banqueting house” (edificios típicos ingleses para banquetes y fiestas) que se ha conservado y la visita está dividida en dos partes: en primer lugar se visita la cripta, proyectada por Jacobo I como lugar para beber alejado del bullicio y donde se proyecta un excelente audiovisual sobre el edificio; y después se sube a la enorme sala principal, cuyo techo está decorado con unas magníficas pinturas de Rubens (un viejo conocido para nosotros, pues ya visitamos su casa natal en Amberes). Muy interesante, en especial para gente a la que le guste la Historia.

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Tras esa interesante (aunque breve, ya que sólo se recorren dos salas) visita seguimos subiendo la calle, teniendo que cambiarnos de nuevo de acera para esta vez visitar el Household Cavalry Museum. Vamos, el Museo de la Caballería (6£ por persona, incluido en London Pass). En muchos folletos aparece descrito como un “museo viviente”, y la expresión no es nada desacertada: el museo es un anexo de las dependencias donde los miembros de la Caballería desempeñan sus tareas. Estas pueden ser vistas en algunas zonas a través de un cristal, por lo que todo tiene un ambiente de entre bambalinas. En los alrededores hay varios guardias que no se mueven bajo ningún concepto, lo cual hace que la gente se haga fotos como las que véis abajo. Nosotros también tuvimos nuestro momento friki, pero esa instantánea queda reservada para el álbum personal.

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La máquina de las entradas se había roto, y al ir con London Pass la recepcionista nos dijo que pasáramos sin más, con nuestra correspondiente carita de pena. Al decirle que coleccionamos entradas de museos y monumentos, no sólo nos dio una mano sino que nos dio dos boletos electrónicos del día anterior. ¡Muchas gracias, nuestra colección te lo agradecerá eternamente!

En lo que se refiere a la exposición, recuerda bastante al Guards Museum, aunque aquí evidentemente todo gira entorno a la caballería. En una zona de la exposición hay un montón de vestimentas del ejército que están disponibles para que cualquiera se haga una foto… ¡Qué divertido! Estuvimos por lo menos un cuarto de hora haciendo tonterías con distintos atuendos y utensilios relacionados con la caballería.

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A la salida seguimos subiendo hasta llegar a la zona de Charing Cross. Además de la impresionante estación de trenes, algo que poca gente sabe es que este es el centro de la ciudad de Londres. De hecho, fija el kilómetro 0 de todas las carreteras del país al modo que la Puerta del Sol lo hace con España. En los alrededores encontramos un McDonald’s, y como nuestro estómago ya llevaba un buen rato rugiendo decidimos entrar allí. Puede parecer una tontería, pero ya hemos visitado varios establecimientos de esta cadena de comida rápida en distintos países y resulta divertido ver las diferencias de uno a otro.

Lo que hicimos fue coger la comida para llevar, pues un poquito más adelante estaba la Trafalgar Square, con su popular Nelson’s Column (el monumento conmemorativo al almirante Horatio Nelson, fallecido en la batalla de Trafalgar). ¿Se os ocurre un sitio mejor para comer? Nos sentamos en unas escaleras de la populosa plaza y dimos cuenta de varias hamburguesas mientras prestábamos atención al trajín de tan animado lugar.

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Que conste que no estábamos sentados en unos escalones cualquiera, sino en los que dan acceso a la Iglesia de St Martin-in-the-Fields. Ya que estábamos allí pasamos a ver este gran templo anglicano, que pese a que fue construido en 1721 ha tenido función sagrada desde época romana (tal y como demostraron las excavaciones de 2006). Es gratis entrar y la visita se divide en el templo, que visitamos primero, y en la cripta/cafetería/tienda, lugar al que se accede por uno de los laterales.

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Londres 70Dado que la London Pass nos había costado mucho, estábamos mentalizados de amortizarla al máximo, y en la tienda de esta iglesia está el London Brass Rubbing Centre, en el cual se pueden calcar elementos históricos y mitológicos a partir de planchas de latón. Es una actividad muy curiosa y más para gente a la que le gusta mucho la Historia, pues puedes llevarte un curioso recuerdo de Londres hecho por ti mismo. Sin London Pass seguramente no habríamos ido allí, pero la verdad es que fue muy divertido y perfecto para relajarnos un rato.

Con el estómago lleno y un pequeño recuerdo en la mochila teníamos una interesante tarde por delante en la que el tiempo se debía repartir entre la National Gallery y el British Museum, dos de los sitios que no se podían escapar en este viaje a Londres. Es difícil afrontar la visita a semejantes gigantes con tan sólo unas pocas horas por delante, pero imaginamos que debe ser lo mismo que siente un turista en Madrid cuando se planta en la Milla de los Museos.

Londres 71Como es lógico empezamos por la National Gallery, ya que está en la propia Trafalgar Square. Esta brutal pinacoteca es una referencia a nivel mundial y una visita obligada para cualquier primerizo en Londres, le guste el arte o no. Además, como la colección permanente pertenece al Estado Británico el acceso es gratuito, por lo que no hay excusas. En una pinacoteca que expone más de 2000 obras es imprescindible planificar lo que se quiere ver, y en este caso nosotros optamos por hacer el 60 Minute Tour, un recorrido de una hora en el que se visitan los “highlights”.

Esta visita se puede complementar a la perfección con una audioguía (3.5£ cada una, incluida en la London Pass), y eso fue lo que hicimos. Así, a lo largo de un recorrido que se alargó algo más de lo previsto (estuvimos hora y media larga) disfrutamos de obras que habíamos visto infinidad de veces a lo largo de nuestra vida: “Venus del espejo”, de Velázquez; “Jarrón con tres girasoles”, de Van Gogh; “Alegoría del triunfo de Venus”, de Bronzino… Y eso sólo son algunos ejemplos, ya que la National Gallery exhibe obras desde 1250 a 1900 de maestros como Leonardo Da Vinci, Tiziano, Monet, Van Gogh o Picasso. Maravilloso, uno de los grandes museos mundiales que ya está tachado en nuestra lista de cosas por visitar.

Una vez dimos cuenta de la National Gallery pusimos rumbo al Museo Británico. Eran ya las 17:00, pero por suerte los viernes abre hasta las 20:30: tres horitas largas por delante para disfrutar de uno de los museos más famosos de todo el mundo. De camino pasamos por la puerta de la National Portrait Gallery y del Cartoon Museum, pero tuvimos que prescindir de ellos por una mera cuestión de tiempo.

Y así, tras diez minutos caminando, llegamos a las puertas del Museo Británico o British Museum. Es increíble que en una ciudad tan cara como Londres este pedazo de museo sea gratis. Teniendo en cuenta que recibe más de 5 millones de visitantes al año, sobra decir la pasta que sacarían cobrando entrada, aunque fuese un precio simbólico de 2 ó 3 libras. En fin, si es gratis no hay que darle más vueltas: entramos, nos hicimos con un plano y dedicamos unos minutos a sentarnos para dar descanso a los pies y planificar el recorrido por sus aproximadamente 100 salas.

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Quizá el orden en que planteamos nuestro itinerario sea un poco atípico ya que no entramos por el acceso principal, y aparte de eso tratamos de abarcar el máximo posible. Empezamos por las salas dedicadas a Asia, y pronto nos dimos cuenta de que estábamos en uno de los grandes museos… ¡Qué cantidad de piezas! Había tantos Budas, Ganeshas y Shivas juntos como todos los que habíamos visto hasta entonces en nuestra vida. Y es que el Museo Británico, desde su fundación a mediados del siglo XVIII, ha acumulado objetos de todo el mundo hasta llegar a más de siete millones de piezas. Tanto es así que en origen la Biblioteca Británica y el Museo de Historia Natural (que ambos visitaríamos el último día) formaban parte en origen del museo, y se disgregaron a una sede propia por falta de espacio.

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Después de una serie casi interminable de salas cambiamos de tercio radicalmente, y nos dirigimos al ala del museo dedicada a Grecia, Roma y el mundo asirio… ¡Cuantos recuerdos! Infinidad de piezas con las que habíamos trabajado (virtualmente) en la carrera empezaron a aflorar regalándonos una tarde memorable desde el punto de vista historiográfico.

Londres 78La principal pieza de estas salas, y quizá del museo entero, es la Piedra de Rosetta, que no es más que un fragmento de una antigua estela egipcia. Su importancia radica en que fue la clave para descifrar los jeroglíficos egipcios, ya que su texto (un decreto del año 196 antes de Cristo) está escrito en tres lenguas: jeroglíficos egipcios antiguos, egipcio demótico y griego antiguo. Desde su descubrimiento en 1799 despertó el interés de toda la humanidad, y a los pocos años ya había servido para que el francés Jean-François Champollion descifrase el texto egipcio.

Una pasada, vamos. Además, el resto de salas no se quedan atrás en lo que a piezas se refiere: escribas sentados, jeroglíficos que conservan parte de su policromía original, relieves asirios de gran popularidad como la “Leona herida”… Para que os hagáis una idea, sólo del recorrido por el interior del Museo Británico tenemos casi 200 fotos. Muchas de ellas las hicimos con fines didácticos, pero la cifra sirve para hacerse una idea de lo impresionante que es la exposición permanente de este enorme museo.

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Mención aparte merece la sala dedicada al Partenón. Los Mármoles de Elgin, que así es como se conoce a la colección de trozos del Partenón de la Acrópolis de Atenas que se expone en el British, llegaron al museo en 1939. Éstos habían sido arrancados de su lugar original más de un siglo antes por un oficial británico (el conde de Elgin), y desde entonces pusieron rumbo a Gran Bretaña. En total se exponen 75 metros del friso original, 15 metopas y 17 esculturas parciales.

Llegados a este punto surge el debate de si estas piezas deberían seguir en el Museo Británico o volver a Atenas. Vamos, que al British le ocurre más o menos lo que al Museo del Louvre de París: la importancia de su colección está fuera de toda duda, pero que el proceso por el cual se reunió tal cantidad de piezas sea “digno” o “moral”… Sobre eso se podría pasar una buena tarde debatiendo. Por si acaso nosotros aprovechamos al máximo la visita y apenas pestañeamos, como si así ayudásemos a que tanta belleza quedase grabada en nuestra memoria para siempre.

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Después de eso recorrimos las salas de pisos superiores: las dedicadas al medievo europeo, las centradas en Mesopotamia, las que tienen a Japón como protagonista… Sin embargo, ninguna pudo hacerle sombra a la sección sobre el Antiguo Egipcio. Sólo el Museo Egipcio de El Cairo puede presumir de tener una muestra más potente que esta, lo cual es mucho decir. A lo largo de varias salas hay de todo: desde sarcófagos hasta momias, pasando por elementos utilizados en rituales o muebles directamente sacados de cámaras funerarias. Nos vinieron a la memoria otras exposiciones sobre Egipto que ya hemos visitado, como la del Museo Arqueológico Nacional de Madrid o el Museo Cívico Arqueológico de Bolonia, pero ninguna se puede acercar ni de lejos a lo que vimos aquí.

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Londres 88Para despedirnos de un museo así como se merece, decidimos salir por la entrada principal. Allí, amparados por este impresionante edificio de estilo neoclásico, nos sentamos en un banquito para darle un respiro a los pies. Estábamos en los últimos compases de una jornada frenética y teníamos ya algún pequeño problemilla de rozaduras, especialmente Eri que estrenaba zapatillas. En cualquier caso el marco era incomparable y tras un ratito dejando la mente en blanco habíamos cogido las fuerzas suficientes para dar los últimos sorbos de este fantástico día.

Londres 89Desde el British Museum estábamos relativamente cerca de algunas de las zonas más animadas de la noche londinense, y decidimos ir a ver qué se cocía en ellas. Empezamos por el Soho, uno de los barrios más multiculturales y marchosos de Londres. Sus calles son un cúmulo de pubs y discotecas de todos los colores, siendo una visita obligada en la ciudad.

Tras un rato empapándonos de glamour hicimos un viaje de varios miles de kilómetros, metafóricamente hablando, con una incursión en el Barrio Chino o Chinatown. Se trata de un área estructurada entorno a Gerrard Street en la que casi todo es chino: restaurantes, supermercados, tiendas varias… ¡Hasta los carteles están traducidos al chino! Según hemos leído en internet es muy pequeño en comparación con otros “chinatowns” del mundo como el de Nueva York, pero al ser nuestro primer contacto con una zona de este tipo quedamos impactados. Incluso entramos a alguna tienda sólo para comprobar que, en efecto, todo era chino.

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Tras el empacho de cultura china fuimos a la Shaftesbury Avenue, otra calle especialmente importante en la cultura londinense por ser el epicentro de sus representaciones teatrales. A lo largo de esta avenida se distribuyen lugares notables como el Teatro Apollo o el Queen’s Theatre. “Los Miserables” o un musical basado en la vida de Michael Jackson eran algunas de las obras en cartel, todo un lujo muy lejos del alcance de nuestro exiguo presupuesto. De todos modos estuvimos un rato paseando por allí, siempre hay algo mágico en lugares relacionados con el teatro.

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Londres 94La Shaftesbury Avenue nos llevó directamente a otro de los lugares más emblemáticos de Londres: Piccadilly Circus. Este pequeño pero llamativo cruce de caminos forma parte de la cultura popular occidental por sus rótulos de neón y sus anuncios en enormes pantallas de vídeos, siendo un fijo en cada película o reportaje que habla de Londres.

Londres 95En esta particular plaza-icono estuvimos un rato, aunque al estar uno de sus laterales en obras había menos movimiento del que presuponíamos por lo leído en Internet. Así las cosas, fuimos al Tube o Metro de Londres, algo que particularmente nos encantó: si una ciudad tiene Metro éste se convierte en una visita obligada en todos nuestros viajes.

Si nos metimos bajo tierra fue para ir de de la Piccadilly Circus Station a la Waterloo Station, donde nos esperaba nuestro último destino de la noche. También aprovechamos para conocer la imagen nocturna que dan algunos puntos de interés como el London Eye o el Palacio de Westminster, algo que nos apetecía especialmente inmortalizar con nuestra cámara.

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Y a estas alturas, tras un día agotador, os preguntaréis qué leches nos llevó a volver al sitio donde había empezado todo. Pues bien, la respuesta es muy sencilla: con la tarjeta London Pass no sólo se incluye la visita a monumentos, sino también la entrada a cines, boleras, salas de patinaje… Pues bien, nosotros elegimos ir a la Namco Station, unos salones recreativos de tres pisos en los que teníamos 3 partidas gratis cada uno. Así, pasamos un buen rato entre videojuegos de carreras y máquinas de air hockey. Edu ganó, aunque las malas lenguas lo nieguen. Para redondear la noche Eri se encontró unos tíckets que se podían intercambiar por interesantes premios: televisiones, videoconsolas, electrodomésticos y mucho más. Como encontró pocos, los pudimos canjear por… ¡Dos sugus! Os parecerá una tontería, pero nos hizo muchísima ilusión.

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Nos lo estábamos pasando tan bien que se nos fue el santo al cielo, y para cuando nos quisimos dar cuenta eran las 23:00 y aún no habíamos cenado. Fuimos al alojamiento, pero cuando llegamos la cocina estaba cerrada y no pudimos preparar nada. Como teníamos los pies destrozados decidimos ir al sitio más cercano, que estaba en la misma esquina: ¡¡¡Menudo acierto!!! Pedimos un kebab enorme cada uno, una montaña de patatas y una botella de agua y en total todo salió por 8.80£. Además de estar todo buenísimo nos pusimos hasta arriba, tanto que no pudimos terminar ni con los kebabs ni con las patatas.

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Ya con el estómago lleno volvimos al mundo real, y nos dimos cuenta de que a pesar de estar en Londres seguíamos siendo personas: estábamos muertos de sueño, los pies parecían una ciudad recién bombardeada y necesitábamos una duchita reparadora. Total, que eso hicimos: un buen rato bajo el agua y un masajito en los pies antes de ir a dormir. Al día siguiente nos esperaba un problema que trastocaría nuestros planes, pero aún no éramos conscientes de la que se nos venía encima…

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