Huelva ’08 – Capítulo II: Playa, piscina, lonja y flamenquito

Lo dicho, en el marco de unas vacaciones con toda la familia el sol y playa estaba asegurado en cantidades industriales. El principal centro de operaciones para llevar a cabo dicha actividad fue la playa de Isla Cristina. Normalmente íbamos a una que tenía un pinar al lado, en el que aparcabas -a cambio de darle 50 céntimos de euro a un señor que “vigilaba”- y el coche se quedaba a la sombra. La playa en sí es espectacular, paradisíaca: fina arena durante varios kilómetros -no se veía ninguno de los dos extremos-, no especialmente masificada -al ser una playa enorme no había problemas de espacio- y con todos los tópicos que debe haber en una playa. Es decir, había gente jugando con raquetas, niños haciendo castillos de arena, una señora que vendía refrescos dando alaridos…

Nosotros no somos especialmente aficionados al sol y playa, al menos no durante diez días seguidos sin hacer casi excursiones, pero esta playa merecía la pena. El agua no estaba caliente, lo cual evitaba la desagradable presencia de medusas, pero tampoco estaba fría. Vamos, un lugar ideal para relajarse al cien por cien.

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Tal y como dijimos en la información práctica, en Huelva hay una gran oferta de alojamientos para todos los gustos, y al ir con familia alquilamos un enorme chalet adosado, aunque en este caso más que adosado era un chalet acosado. Sea como fuere, tenía una enorme piscina que también contaba con todo tipo de tópicos, desde las palmeras en la orilla hasta los flotadores salvavidas. Por lo general íbamos por la mañana a la playa y por la tarde a la piscina, así que nos pasamos los diez días pasados por agua.

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El chalet estaba en Pinares de Lepe, lo cual daba la posibilidad de visitar varios pueblos de alrededores como el propio Lepe. Como ya hemos dicho, no hicimos muchas excursiones, pero sí que pudimos pasear por los alrededores. Por lo general, la tónica era la misma allá donde íbamos: mucho “guiri” y poca cosa interesante -acorde a nuestros gustos-.

De todos modos, queríamos destacar un par de visitas que hicimos, la primera de las cuales fue a una lonja de pescado. Aparte de poder ver todo tipo de peces -desde tiburones hasta peludillas-, pudimos comprobar que cuando salen en los telediarios las cofradías de pescadores quejándose de lo poco rentable que les resulta su oficio no están exagerando ni mucho menos. Básicamente, había una cinta transportadora en la cual se iban exponiendo cajas de peces, y a los lados de las cintas había un graderío con los comerciantes de la zona, que compraban en subasta a la inversa -es decir, se partía de un precio y este iba bajando hasta que alguien cogía el producto-. Moralmente es indignante ver como productos que luego en el mercado se venden a precio de oro son comprados a los pescadores, que vienen de jugarse la vida en alta mar, por dos duros.

La otra cosa que queríamos destacar es el ambiente flamenco que había allá donde íbamos. A nosotros no nos gusta especialmente esa música, pero desde luego que entre todos los músicos que tocaban en la calle más de uno tenía “musho arte”, como dicen ellos. El que más nos gustó fue Lolo, el cual no solo tocaba sino que vendía sus discos in situ, y nos hicimos con los dos que tenía.

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