Grecia ’12 – Capítulo VII: Atenas a fondo 1/2 (día 6)

¡Atenas! ¡Atenas nada menos! Después de varios días recorriendo en coche la Grecia continental, nos apetecía un montón ir a la capital del país y conocerla a fondo. Pese a que últimamente solo se la ve en los telediarios por los recortes y la crisis económica, nada podía quitarnos las ganas de conocer uno de los enclaves más importantes de la Antigüedad Clásica. El Partenón, el barrio de Plaka o las iglesias bizantinas eran atractivos suficientes como para no tener ningún recelo.

Vamos, que el día prometía ser largo y cansado. Eso si, no podemos decir eso de “empezamos la mañana con un buen desayuno”, ya que ese era el punto débil de nuestro alojamiento. El Hotel Acropolis House nos encantaba en todos sus aspectos, pero el desayuno era muy muy flojito. En cualquier caso, un inconveniente menor que no pudo borrarnos la sonrisa: Atenas estaba esperándonos y nosotros a ella. 🙂

LA ACRÓPOLIS

La primera parada era obligada: la Acrópolis. En muchos sitios habíamos leído que es muy fácil llegar hasta la entrada, así que nos confiamos y no nos preparamos demasiado. ¡Craso error! Nos perdimos y acabamos dando una vuelta considerable. Eso nunca es un inconveniente, ya que Atenas es una ciudad perfecta para pasear sin rumbo, pero no vamos a negar que en el momento nos dio un poco de rabia perdernos de una manera más tonta. Lo peor de todo era ver la Acrópolis en todo lo alto y no tener ni la más remota idea de cómo acceder a ella. Eso si, hay que decir que nos encontramos con unos guiris que estaban en la misma situación, lo cual fue todo un consuelo.

 

Siendo sinceros, al final recordamos ese pequeño despiste con mucho cariño. Y es que gracias a eso pudimos conocer el pequeño barrio de Anafiotika (Αναφιώτικα), un lugar muy pequeñito pero con mucho interés. Está formado prácticamente en su totalidad por casitas blancas de una sola altura, con puertas y ventanas de un llamativo color azul, más propias de la arquitectura de las Islas Cícladas que de lo que se suele ver en el resto del continente. No encontraréis apenas tiendas o locales relacionados con el turismo: únicamente residencias privadas y carteles (muy difíciles de seguir) indicando la dirección de la Acrópolis.

 

¿A qué se debe esto? Pues a que en el siglo XIX se trasladaron aquí un montón de albañiles de Anafi (una de las islas griegas, y de ahí el nombre de Anafiotika) para participar en la construcción del palacio que se estaba haciendo Otón I de Grecia. Pero claro, en algún sitio tenían que vivir, así que se hicieron sus propias casas siguiendo el estilo de sus lugares de origen. Gracias a eso y a la dificultad del entorno (la pendiente es muy pronunciada) ha quedado una especie de pueblo independiente dentro de Atenas, en el que sus estrechas callejuelas viven al margen de las grandes hordas de turistas que día a día toman la Acrópolis. La paz, la armonía y el silencio, pese a que parezca difícil de creer, son absolutos.

 

Caminando por la zona y sus alrededores vimos algunas cosas chulas, como el Museo de Historia de la Universidad de Atenas (normalmente viene indicado en todos los sitios en inglés, es decir, Athens University History Museum) o algunas pequeñas iglesias. Aun así, lo que más nos gustó de Anafiotika fue su esencia de pequeña ciudad isleña, pasear sin rumbo por empinadas callejuelas y descubrir rincones con encanto casi a la vuelta de cada esquina.

 

Lo dicho: técnicamente es fácil de llegar a la Acrópolis, pero conviene mirar antes cómo es el camino. Sobre el terreno es fácil perderse y dar un buen rodeo. En nuestro caso fue bonito y nos permitió conocer una zona muy curiosa de Atenas, pero si hubiésemos ido con el tiempo justo seguramente ahora estaríamos maldiciendo nuestra suerte.

El caso es que, por fin, llegamos a la entrada de la Acrópolis de Atenas (Ακρόπολη Αθηνών), uno de los grandes hits del viaje y uno de esos lugares a los que todo el mundo debería ir al menos una vez en su vida. Es el ejemplo más representativo de las acrópolis griegas y su silueta es sencillamente inconfundible: dominando la ciudad y visible desde muchos puntos de la misma. En su interior están algunos de los edificios más reconocibles de la Antigüedad Clásica, de los que poco a poco os vamos a ir hablando.

Un poquito de información práctica: la Acrópolis abre todos los días de 8:30 a 15:00. La entrada cuesta 12€, pero es un combinado que da acceso a buena parte de los restos arqueológicos de la ciudad: el Ágora antigua, el Ágora romana, el Teatro de Dionisio, el Templo de Zeus Olímpico, la Biblioteca de Adriano y el Kerameikos, además de la propia Acrópolis. Para estudiantes menores de 26 años, el acceso es gratuito.

Antes de seguir, hay que decir que en realidad no entramos por la entrada principal, sino por el que da acceso a las laderas norte y sur. Fue por pura casualidad, pero hacer esto os evitará colas y aglomeraciones (ya que los grupos organizados no pasan por aquí). De hecho, aprovechamos esta circunstancia para romper una lanza en favor de la Acrópolis en su totalidad. En muchas ocasiones solo oiréis hablar de lo más típico (como el Partenón o el Templo de Atenea Niké), pero la Ciudad Alta (que es lo que significa literalmente la palabra acrópolis) tiene mucho más que ofrecer: teatros, templos, pequeñas viviendas… Y no solo nos referimos a vestigios arqueológicos de época clásica, pues también hay restos micénicos, arcaicos y de épocas posteriores.

 

Muy cerquita del acceso principal está el Odeón de Herodes Ático (Ωδείο Ηρώδου του Αττικού), un edificio construido en el año 161 para albergar espectáculos musicales. Fue ordenado por el cónsul romano del mismo nombre como homenaje a su mujer, que falleció el año anterior. Aunque está muy cerquita del Teatro de Dionisio, por cómo se ha montado el recorrido uno y otro se ven al comienzo y al final de la visita.

Tal y como habréis visto en la foto anterior, las vistas no están nada mal. Desde el Odeón de Heroes Ático merece la pena asomarse, ya que hay una buena panorámica de Atenas en dirección al puerto de El Pireo. Sin embargo, no merece la pena pararse para hacer fotos: más adelante tendréis miradores a más altura, y en los primeros es casi imposible sacar una foto.

¿Por qué? Porque justo en este punto es cuando es inevitable toparse con la realidad de la Acrópolis: su masificada, desproporcionada y asquerosa explotación turística. Mira que hemos ido a sitios con millones de visitas al año (desde La Alhambra de Granada hasta el Museo del Louvre en París, pasando por el barco que lleva a la Estatua de la Libertad y muchas cosas más), pero nunca nos hemos encontrado con algo así.

Decenas de grupos organizados abarrotan la Acrópolis desde primera hora, con un volumen de turistas muy superior a lo que sería recomendable para una superficie como esa. ¿Resultado? Aglomeraciones, codazos, barullo, gente con malas caras y señoras japonesas que te empujan como si su deseo fuese que te abrieses la cabeza en las escaleras. Lamentablemente, empezamos a sentir esa sensación de agobio desde este punto y no nos abandonó hasta que nos fuimos a otra zona de la ciudad.

Las escaleras de la foto de más arriba no solo sirven para que las hordas de turistas se agolpen y hagan ruido, no. También sirven para llegar a los Propíleos (Προπύλαια), el acceso monumental a la Acrópolis. Los restos actuales datan del año 437 antes de Cristo y todo apunta a que fueron construidos por el célebre arquitecto Mnesicles, aunque hay documentados unos anteriores que fueron destruidos por los persas en el 480 a. C. Su principal seña de identidad son las hileras de columnas dóricas de ambas fachadas, además de las jónicas del interior.

 

Nos resultó muy llamativa la gran cantidad de gente que pasaba por este sitio sin ni siquiera levantar la cabeza, como si fuera un mero trámite antes de ir a lo importante. Es más, este es un buen momento para recordaros que a la derecha (mirando desde fuera de los Propíleos) está el Templo de Atenea Niké (Ναός Αθηνάς Νίκης). Esta joya, que también suele pasar desapercibida para el gran público, conmemora la victoria sobre el ejército persa en la Batalla de Salamina del año 448 antes de Cristo. Pese a disponer de un espacio muy reducido, su arquitecto (Calícrates) consiguió hacer una de las construcciones más emblemáticas de la Antigua Grecia. Está muuuuy restaurada y ha perdido algunas partes, pero conserva toda su esencia.

El caso es que por fin, tras cruzar los Propíleos, llegamos a la explanada principal de la Acrópolis. La primera sensación que nos dio no fue del todo positiva: poquitos paneles informativos, excavadoras, grúas… No seremos nosotros los que hagamos la gracia de que todo estaba en ruinas, pero desde luego un sitio como este, con la cantidad de millones de euros que genera al año, podría estar mucho mejor.

Pero bueno, fue fácil abstraerse de todo aquello. Y es que no todos los días uno está al lado de monumentos que llevas toda la vida admirando, estudiando y deseando conocer. El mejor ejemplo es el Erecteion (Ἐρέχθειον), un templo dedicado a Atenea Polias, Poseidón y Erecteo, el fundador mítico de la ciudad de Atenas (del cual toma el nombre). Elaborado en mármol del Monte Pentélico, data de finales del siglo V antes de Cristo. Con el paso del tiempo el terreno se ha ido viniendo abajo, así que hoy en día su irregular planta transmite una sensación bastante caótica.

 

Tiene tres pórticos, siendo el más famoso (con muchísima diferencia) la Tribuna de las Cariátides. En él, las seis columnas que sostienen el entablamento tienen forma de mujer. Por toda Grecia (mejor dicho: por todo el mundo) veréis ejemplos de este recurso arquitectónico, pero el más famoso con diferencia es el de la Acrópolis de Atenas. Miden más de dos metros de alto, así que se ven perfectamente desde la distancia. Eso si, hay que decir que las Cariátides que se ven a pie de yacimiento no son más que unas reproducciones (muy bien hechas, por cierto). Las seis originales están repartidas entre dos grandes museos: cinco en el Museo de la Acrópolis, muy cerquita del lugar; y una en el British Museum de Londres.

En cualquier caso, el protagonista absoluto de la Acrópolis, de Atenas y de toda Grecia es el Partenón (Παρθενώνας), uno de los edificios más reconocibles del planeta. Aunque algunos dirán que se tratan de las ruinas de un templo normal y corriente, en realidad se trata de uno de los mejores ejemplos de arquitectura dórica que se conserva. Data del siglo V antes de Cristo y tiene unas dimensiones cosiderables: casi 70 metros de largo por 30 de ancho, con unas columnas de más de 10 metros de altura.

Desde su construcción fue un edificio intocable para los moradores de Grecia, hasta el punto de que con el paso del tiempo fue iglesia (primero bizantina y luego latina) y más tarde mezquita. Sin embargo, en una batalla entre venecianos y turcos por la ciudad, una bomba cayó en el Partenón y buena parte de él se vino abajo. Por si eso fuera poco, en el siglo XIX los ingleses trasladaron al Museo Británico una significativa cantidad de piezas del edificio (frisos, metopas, esculturas…), en uno de los expolios más destacados de la Historia de Europa. De hecho, las malas lenguas dicen que se ve más Partenón en ese museo que en Atenas.

El resultado de todo el proceso histórico es su peculiar y esquelética silueta, tan decadente como inspiradora. Cuando en las clases de Historia se habla del amor que sentían los románticos por la ruina, normalmente el profesor se refiere a algo como esto: destrucción, pero a la vez belleza.

A nivel personal, la experiencia fue bastante extraña. Por un lado, nos frotábamos los ojos una y otra vez, como si aún no nos creyésemos estar delante de un lugar que habíamos querido visitar desde que éramos pequeños. Sin embargo, hay que decir que no nos impresionó tanto como esperábamos. Quizá fuese porque la mañana había empezado un poco torcida (entre que nos perdimos y los empujones de los guiris, no estaba siendo un paseo muy agradable), pero el caso es que en el momento no disfrutamos tanto.

Sin embargo, por otro lado hay que decir que con el paso del tiempo miramos las fotos y sentimos un gran orgullo personal, ya que estamos encantados de haber podido tachar este edificio de nuestra lista de sueños por realizar.

 

Después del viaje hemos hablado de esta sensación con muchos conocidos, y la mayor parte coincide en que su experiencia fue muy similar. Da igual que madrugues mucho, que esperes a media mañana o que apures a justo antes del cierre: en cualquier momento te toparás con frenéticas hordas de turistas haciendo fotos, ruido y obviando cualquier muestra de respeto por un sitio de semejante importancia. La masificación en las visitas a la Acrópolis es un lastre demasiado pesado.

Pese a todo, recorrer la Acrópolis de arriba a abajo sigue siendo una experiencia inolvidable, de esas que hay que hacer antes de morir. Aunque entre el Erecteion y el Partenón se llevan toda la fama, también es justo hacer mención a las excepcionales vistas que hay de la ciudad de Atenas y sus alrededores. Hay que tener presente que el área metropolitana de Atenas tiene casi 4 millones de habitantes, mientras que los miradores desde la parte superior de la Acrópolis están a más de 150 metros de altura. Si a esos dos ingredientes se le añade la caprichosa orografía del entorno, la panorámica inolvidable está más que asegurada.

 

Hasta aquí os hemos enseñado los greatest hits de la Acrópolis, esos que salen en todas las guías y que son recorridos día a día por cientos de grupos organizados. Sin embargo, como ya hemos dicho antes, el recinto arqueológico es mucho más grande. Aunque teníamos muchas cosas para ver ese día, no queríamos irnos de allí sin explorar a fondo todo el yacimiento, así que eso fue lo que hicimos.

 

Bordeando las laderas de la montaña sagrada, conocimos otros puntos de interés igual de destacables, tales como la Estoa de Eumenes o el Odeón de Pericles. Mención aparte merece el Teatro de Dionisio (Θέατρο του Διονύσου), el mayor teatro de la Grecia Clásica. Data del siglo VI antes de Cristo, y a pleno rendimiento llegó a tener capacidad para más de 17.000 espectadores. Su sistema complejo de gradas, hoy en un estado ciertamente ruinoso, tenía hasta 46 espacios distintos en función del grupo social que se fuese a ubicar en ellos.

 

Quizá fue en este último tramo de la visita donde encontramos una Acrópolis mucho más auténtica: paneles informativos que no estaban destrozados, ausencia de aglomeraciones, pequeños grupos de estudiantes recibiendo una clase magistral a pie de campo… Lo que pudo ser y no fue.

 

En definitiva, no vamos a ocultar que la Acrópolis nos decepcionó un poco. Es una visita obligada para cualquier viajero que se precie, pero no esperéis nada del otro mundo ya que en el momento es una experiencia bastante incómoda.

OTRAS MARAVILLAS ARQUEOLÓGICAS DE ATENAS

Por suerte, la Acrópolis solo es la punta de un iceberg gigante llamado Atenas. Quizá sea el monumento que más camisetas vende, pero desde luego la ciudad tiene muchas más cosas que ofrecer. Sin ir más lejos, la calle Dionisiou Areopagitou es una pasada: una amplia avenida peatonal que conecta el Templo de Zeus Olímpico con el acceso al Monte Filopapos (dos joyas de las que un poco más abajo os hablaremos), con la Acrópolis a un lado (aquí está la entrada/salida principal) y un montón de edificios nobles al otro. Un sitio perfecto para pasear casi a cualquier hora del día.

Si recorrimos esa calle fue para llegar a nuestro siguiente objetivo, el Ágora Antigua (Αρχαία Αγορά της Αθήνας). También oiréis hablar de ella por su nombre en inglés, Ancient Agora. Básicamente se trata de los restos arqueológicos del Ágora griega, es decir, del epicentro comercial, social y político de la ciudad en tiempos de la Antigua Grecia.

Es un yacimiento arqueológico gigantesco, en el que las excavaciones comenzaron en 1859 y aun no han terminado. Encontraréis edificios de todo tipo, relacionados con ámbitos de poder (como templos), aunque también residenciales, ya que la zona fue utilizada para construir viviendas en época romana y bizantina. El acceso está incluido dentro del combinado de la Acrópolis, por lo que si ya tenéis entrada no hace falta pagar.

 

La construcción principal es Templo de Hefesto o Hefestión (Ναός Ηφαίστου), un templo dórico períptero de manual. Su estado de conservación es excelente, posiblemente uno de los edificios que mejor han aguantado el paso del tiempo de toda la Antigüedad Clásica. No se sabe su origen con exactitud, aunque parece datar del siglo V antes de Cristo. Lo importante es que desde el siglo VII hasta el XIX fue una iglesia cristiana, lo cual ha contribuido enormemente a que se haya conservado de esa manera. También hay que añadir que Atenas, a diferencia de buena parte de Grecia, no sufre con demasiada frecuencia terremotos, lo cual ayuda a su conservación.

 

Aunque las excavaciones arqueológicas se llevan sucediendo en el lugar desde hace más de siglo y medio, aún quedan muchos trabajos por hacer. En el Ágora Antigua encontraréis un yacimiento vivo, en el que hay zonas en crecimiento y otras en franco declive (pocas cosas dicen tanto como las montañas de hierbajos creciendo encima de los vestigios arqueológicos). Es bastante grande, en dimensiones seguramente supere a la Acrópolis, pero no se tarda tanto en hacer la visita por dos motivos: la ausencia de aglomeraciones y el escaso desnivel del terreno.

Además del Templo de Hefesto, el otro gran edificio de la zona es la Estoa de Átalo. Fue construida por Átalo III Filadelfio en el año 160 antes de Cristo. Dicho rey de Pérgamo había estudiado en la ciudad, por lo que fue un regalo a Atenas por la educación que allí había recibido. Aunque el edificio estaba totalmente destruido, en la segunda mitad del siglo XX fue reconstruido por la Escuela Americana de Estudios Clásicos de Atenas, en un proyecto financiado por John D. Rockefeller Junior que siguió el diseño original.

 

El edificio de dos plantas estás destinado en la actualidad a albergar el Museo del Ágora Antigua (en el que se exponen monedas, armas, piezas de cerámica y otros muchos objetos aparecidos en las excavaciones arqueológicas del lugar), además de oficinas y un mirador para poder ver el recinto a vista de pájaro. Dicho sea de paso, también hay baños públicos gratuitos, algo que siempre es de agradecer.

 

No os podéis ir del Ágora Antigua sin visitar la Iglesia de los Santos Apóstoles (Agii ApostoliΆγιοι Απόστολοι Σολάκη), una pequeña joya bizantina del siglo X. Por dentro está totalmente restaurada y solo se conservan unos pocos frescos de la cúpula (que además son bastante posteriores a la fundación del edificio), pero por fuera es preciosa. Nos encantan este tipo de pequeños templos, pese a que muchas veces pasan desapercibidos en ciudad con tanto patrimonio como Atenas.

 

Haciendo balance sobre el Ágora Antigua, lo vemos como un punto de inflexión dentro de nuestra visita a Atenas. La Acrópolis nos había dejado bastante decepcionados, especialmente por la extrema masificación que se traducía en un agobio constante. Sin embargo, a partir de aquí nuestra imagen de la ciudad empezó a cambiar, hasta el punto de que hoy en día la recordamos como una de nuestras favoritas.

 

Dejando atrás el Ágora Antigua, nuestra siguiente parada fue la Colina Filopapos, conocida de muy diversas maneras: Colina Philopappos, Colina de las MusasΛόφος Φιλοπάππου… Es uno de los pequeños montes sobre los que se asienta la ciudad de Atenas, solo que en este caso no ha sido arrasado por la construcción urbanística y hoy en día es una de las zonas verdes más interesantes de la ciudad. Siempre es un placer caminar por ellal, no solo por las vistas de la cima o por los monumentos que posee, sino porque un poco de naturaleza nunca viene mal.

En la ladera de la montaña hay varias cosas que ver, de las cuales queremos destacar dos. Por un lado, la supuesta Prisión de Sócrates, unas celdas excavadas en la roca que fueron usadas como cárcel en miniatura. La tradición siempre ha dicho que aquí estuvo recluido el filósofo tras su condena a muerte, pero no hay ninguna evidencia histórica o arqueológica que corrobore tal afirmación. Por otro lado, también es interesante la Iglesia de San Demetrio (Agios Dimitrios), un templo bizantino que sigue funcionando como lugar de culto. Se puede visitar por dentro casi a cualquier hora del día.

 

Pero lo realmente interesante de la Colina Filopapos es el contacto con la naturaleza. Aunque en Atenas existen muchos rincones tranquilos y en los que el tiempo parece haberse detenido, en general es una urbe bulliciosa llena de gente, ruido y asfalto. Por eso, el contacto con la fauna y la flora (por pequeño que sea) no solo resulta muy agradable, sino también una excelente válvula de escape para el estrés que siempre generan las grandes urbes.

El sendero principal lleva a lo alto del monte. Allí destaca el Monumento de Filopapos, construido entre los años 114 y 116. Está dedicado a Julio Antíoco Filopapos, uno de los griegos más influyentes de la época en el Imperio Romano. Se trata de un monumento funerario que está en ruinas y que ha perdido algunos trozos, pero que todavía conserva algunas esculturas importantes. Merece la pena, pese a que solo se pueda observar  desde detrás de una valla.

Nuevamente queremos destacar las vistas. Desde lo alto de la Colina Filopapo la ubicación es perfecta para disfrutar de distintas panorámicas de la ciudad: el ensanche hacia El Pireo, la zona tradicional, las montañas…

 

También hay que señalar que desde la cima de la colina (e incluso un pelín antes de llegar a ella) se puede contemplar a la perfección la Acrópolis casi a su misma altura. Solo por esto ya merece la pena hacer un pequeño esfuerzo y escalar Filopapos.

Por cierto, investigando un poco por la zona descubrimos que en la propia colina está el Observatorio Nacional de Atenas (Εθνικό Αστεροσκοπείο Αθηνών), la institución de investigación más antigua de toda Grecia. Fue fundado en 1842, por lo que también destaca por su edad a nivel europeo.

El caso es que bajamos la colina, regresamos a la calle Dionisiou Areopagitou y la recorrimos en dirección opuesta. Así es como llegamos, en cinco minutitos, al Arco de Adriano. En su momento no solo se erigió para homenajear al emperador, sino que también indicaba la separación entre los dos grandes bloques de la Atenas romana: la ciudad de Tesea, que era la parte antigua; y la ciudad de Adriano, la zona en la que se asentaron los romanos. Es tan finito que da la sensación de que se va a derrumbar con el más mínimo golpe de viento.

 

Está muy cerquita del Templo de Zeus OlímpicoOlimpeion (Naos tou Olimpiou DiosΝαός του Ολυμπίου Διός), otro de los grandes iconos de la influencia romana en la ciudad. Aunque el templo en sí comenzó a construirse en el siglo VI antes de Cristo, su aspecto actual corresponde a las ruinas del siglo II después de Cristo. En ese momento, el emperador Adriano erigió el templo más grande de toda Grecia: casi 100 metros de largo por 40 de ancho, con 104 columnas de estilo corintio de 17 metros de alto cada una. Todo ello elaborado con mármol pentélico, el mismo que se usó para la Acrópolis y para otras muchas construcciones atenienses. ¿Espectacular o no?

 

Un consejo: si habéis comprado el tícket de la Acrópolis, merece la pena entrar ya que el  Templo de Zeus Olímpico está incluido en la combinada. Si no lo habéis hecho, no es necesario pagar solo por ver esto. Lo “gordo gordo”, es decir, el templo en sí, se ve perfectamente desde fuera. Lo único que aporta pagar la entrada es ver los restos de las excavaciones arqueológicas del siglo XIX, pero, tal y como se ve en la foto de debajo, no son gran cosa.

La verdad es que ya teníamos bastante hambre, pero la mejor opción era avanzar hasta el Estadio Panathinaikó (καλλιμάρμαρο) y verlo antes de comer. Más que nada porque estábamos cerquita de él, y si no perderíamos mucha vuelta entre ir y volver. Aunque también se puede ver desde fuera, merece la pena pagar los 3€/persona: te dan una audioguía en español muy cortita y con un montón de detalles, puedes recorrer la pista, entrar a un pequeño museo…

Y es que el Estadio Panathinaikó es una parada obligada en Atenas para los amantes del atletismo en general y del deporte en particular. Fue el principal escenario de los Juegos Olímpicos de 1896, la primera edición del olimpismo moderno. Se levantó sobre un antiguo estadio griego, está construido íntegramente con mármol del Monte Pentélico y es uno de los puntos calientes del olimpismo internacional. Vamos, que no podíamos perdernos una cosa como esta.

 

Al margen de cumplir pequeños sueños personales, tales como pisar una de las pistas de atletismo más antiguas del mundo, recorrer el estadio también nos permitió descubrir mil y un detalles sobre cómo se concebía el deporte entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Nos referimos a elementos como los asientos de mármol reales, inscripciones a la salida del túnel de vestuarios o estatuas en medio de la pista. Y todo gracias a una audioguía que nos encantó, pese a que no somos muy amigos de ese tipo de trastos: era breve, concisa y con indicaciones muy precisas.

 

Entrando por el túnel de vestuarios llegamos a un pequeño museo del olimpismo. En él se exponen elementos tan significativos como la antorcha olímpica y el cartel promocional de buena parte de los Juegos Olímpicos modernos, tanto de verano como de invierno. Nos vinieron a la mente un montón de recuerdos, ya que recordábamos nítidamente las antorchas de Pekín 2008 y Londres 2012.

 

Hasta ahí dio de sí una larguísima mañana. Quizá deberíamos haber parado a comer antes, pero teníamos muchas cosas para ver y tocó hacer un pequeño esfuerzo.

PLAKA Y MONASTIRAKI

Eso sí, nuestra recompensa llegó en seguida. Del Estadio Panathinaikó volvimos al barrio de Plaka, donde acabamos comiendo en el típico sitio de comida árabe. En la zona vimos decenas de restaurantes entre los que elegir, pero optamos por uno que se ajustase a nuestro estrecho presupesto. Por 12€ nos hicimos con dos kebabs, dos bandejas de ensalada con patatas fritas y dos coca-colas. Como hacía muy bueno, nos lo zampamos todo en unas escaleritas un poco alejadas del bullicio.

 

Además, tampoco nos importó comer tarde, ya que para el resto del día teníamos un plan muy distinto. Si por la mañana habíamos seguido un planning muy exigente y lleno de cosas fue por un motivo: porque en Atenas (como en el resto del país) la mayor parte de los museos y los yacimientos arqueológicos cierran a las 15:00. Total, que había que elegir entre apurar el tiempo al máximo o perdernos cosas, y como no podía ser de otro modo (no hay más que leer el relato) elegimos lo primero.

Sin embargo, para la tarde nuestra idea era muy distinta: caminar sin rumbo. Nos esperaban PlakaMonastiraki, dos de los barrios con más encanto de la ciudad, por lo que el plan era perfecto.

Empezando por Plaka, hay que decir que es una de las zonas más animadas de Atenas. Es el típico lugar añejo, encantador e inolvidable, algo así como el Trastevere de Roma pero en versión griega. Se caracteriza por ser un interminable tejido de calles estrechas y sin aparente sentido, en las que una tras otra nos sorprenden decenas de casas nobles del siglo XIX. Es el centro por antonomasia, ese lugar que es imposible dejar de visitar si se está en Atenas. También se le conoce como el Barrio de los Dioses, ya que se sitúa en la ladera oriental de la Acrópolis.

Uno de sus elementos más destacados es la Linterna de Lisícrates (también conocida como Monumento corégico de Lisícrates Μνημείο του Λυσικράτη), un monumento griego del siglo IV antes de Cristo que conmemora la victoria de un coro masculino en el Teatro de Dionisio.

Como ya hemos dicho, Plaka es un sitio perfecto para comer. En sus infinitas calles de tradición otomana se agolpan decenas de restaurantes, tavernas griegas y terrazas. Dado que es un sitio muy turístico, pero a la vez muy auténtico, conviven en él establecimientos de todo tipo: desde cocina de autor hasta puestos de kebabs como en el que comimos, pasando por tabernas tradicionales o tugurios que solo piensan en pegar el sablazo al guiri despistado. Como en todos los sitios, conviene echar un vistazo antes de elegir: de ello depende que recordéis este sitio como un lugar mágico o como el sitio en el que os metieron una clavada legendaria.

 

Además de su infinita oferta gastronómica, Plaka también es un sitio perfecto para hacer compras. Personalmente nos gustó menos que Monastiraki en este aspecto, pero aun así hay que reconocer una inmensa variedad de tiendas. Hubo algo que no nos gustó, y es que las calles más comerciales estaban llenas de mendigos (incluyendo niños MUY PEQUEÑOS pidiendo limosna mientras el padre les controlaba a unos metros) y de animales callejeros. Lo habíamos leído en internet y ahora lo confirmamos: la crisis económica ha deteriorado enormemente el centro de Atenas, y es inevitable dar un paseo sin ver estampas propias del tercer mundo. Una pena, pues mientras los políticos y los banqueros siguen siendo cada vez más ricos.

 

Por cierto, para la tarde nos habíamos dejado el Museo de la Acrópolis, que abre de martes a domingo de 8:00 a 20:00 (incluso los viernes tiene horario ampliado hasta las 22:00). Es la gran excepción respecto a los horarios, por lo que siempre es conveniente visitarlo por la tarde. Es uno de los museos con más afluencia del planeta y, desde su reinauguración en 2009, también uno de los más modernos y vanguardistas. Su nuevo edificio es una obra arquitectónica de primer nivel, en la que tan importante es el continente como el contenido.

La exposición es excepcional, ya que en el museo se preservan los restos de las excavaciones arqueológicas de la Acrópolis. Pese a que solo se muestran algo más de 4.000 piezas (puede parecer mucho, pero el Louvre expone casi diez veces más), hay que reservar al menos un par de horas para verlo en detalle. Sigue las técnicas museológicas más punteras, por lo que descubrimos grandes espacios diáfanos, infinitos recursos audiovisuales y paneles de texto poco recargados. Estuvo bien hasta la exposición temporal, dedicada a los colores de las esculturas. El único problema fue que en el interior del museo no dejaban hacer fotos, así que no os podemos enseñar gran cosa. Una pena.

 

A la salida del museo, aprovechamos que estábamos entre Plaka y Monastiraki para hacer algunas compras: imágenes de nevera (aunque en algunas tiendas están a 5€, buscando un poco se encuentran a 1€), camisetas (5€), monederos (2€)… Vamos, las típicas cosas para la familia.

 

Y hablemos ahora un poco de Monastiraki, cuyo epicentro es la homónima Plaza de Monastiraki. En ella hay un pequeño monasterio (que es el que da nombre a todo el barrio), además de una fuente y de otros edificios destacables. Es el típico cruce de caminos en el que merece la pena echarse a un lado y observar durante un rato, pues se ve gente de todos los rincones del mundo.

 

Si por algo destaca Monastiraki es por ser la zona comercial más importante de toda Grecia. Es como una especie de centro comercial al aire libre, con un horario de apertura muy amplio y con una variedad de productos a la venta tan grande como se pueda imaginar. Calles como Ermou pueden tener fácilmente doscientas o trescientas tiendas, una detrás de la otra. También hay determinadas zonas que más parecen un zoco marroquí o un bazar turco que otra cosa, pero de ellas os hablaremos en el siguiente capítulo (ya que al día siguiente volvimos a explorar Monastiraki, pues nos quedamos con ganas de más).

 

ATENAS DE NOCHE

Cuando se hizo de noche, volvimos al hotel a pegarnos una duchita. Estábamos bastante cansados, pero nos apetecía mucho conocer la cara nocturna de Atenas y pasear bajo las estrellas. Eso si, una recomendación importante: conviene hacerlo solo por la zona centro. El resto de la ciudad se ha vuelto muy insegura desde hace dos o tres años, y son decenas los turistas que cuentan atracos o cosas peores. Los que nos conocéis sabéis que no somos exagerados en ese aspecto y que siempre nos metemos en sitios la mar de lúgubres, pero en este caso las sensaciones fueron esas. De hecho, nos consta que cada vez son más los viajeros que contratan un seguro de salud con asistencia sanitaria en el extranjero para un viaje a Grecia.

Al margen de Plaka y Monastiraki (no os las vamos a enseñar otra vez, pues acabamos de hablar de los dos barrios), nos apetecía intentar conseguir imágenes de la Acrópolis por la noche. Para ello, fuimos hasta la calle Dionisiou Areopagitou, pues no solo parecía segura (bien iluminada, transitada y ancha) sino que además tenía una buena ubicación. Dicho sea de paso, el Museo de la Acrópolis por la noche es precioso. ¿Quién dice que los edificios vanguardistas no pueden ser bonitos?

Y sí, conseguimos algunas imágenes de la Acrópolis por la noche. Quizá no fueran las mejores, pero con nuestros escasísimos conocimientos fotográficos no pudimos obtener otras instantáneas. En cualquier caso, nos quedamos con algo mucho más importante: el recuerdo. Nunca vamos a olvidar lo bonita que es esa parte de la ciudad cuando se pone el sol.

 

Desde los albores de la Colina Filopapo (que estaban llenos de gente paseando) pudimos tener una perspectiva algo mejor del Propíleos, el Templo de Atenea Niké y el Partenón. Lo dicho: no son las mejores fotos del mundo, pero las recordamos con todo el cariño.

Después de hacer las fotitos, nos fuimos a cenar en un sitio que, sinceramente, nos encantó. Se llama Taverna Restaurant Plaka, está en la calle Kidathineon 16, y nos gustó tanto que cenamos allí esa noche y la siguiente. Por 18€ en total tomamos unas deliciosas soutzoukakia (esas albóndigas con tomate y especias que ya habíamos probado el día anterior) y pastitsio, una especie de bloque de pasta al horno muy similar a la lasaña (aunque hecho con macarrones).

 

Aunque no todos lo hacen, pero es muy típico en Grecia que te inviten a la bebida, al postre o a las dos cosas. En el caso de este sitio, nos invitaron a las dos cosas. El postre nos encantó, unas uvas en una especie de jarabe de miel y especias que estaba riquísimo. Hablando con el dueño del local (un señor muy amable) nos dijo que es un postre que le hacía su madre de pequeño, y que lo ha hecho siempre en su restaurante.

Hasta ahí dio de sí el día. La primera jornada de Atenas había sido exprimida al máximo, y al final habíamos acabado muy contentos (pese a la decepción de la Acrópolis). Aún nos quedaba día y medio en la capital de Grecia, por lo que todavía teníamos mucho que ver. ¡Os contamos en el siguiente capítulo! 🙂

Capítulo VI – Volver a Grecia ’12 – Capítulo VIII

2 pensamientos en “Grecia ’12 – Capítulo VII: Atenas a fondo 1/2 (día 6)

  1. Pues sí, pese al inconveniente inicial exprimisteis a tope el día. Ver la acropolis a tope de gente le quita mucho encanto y entiendo vuestra “decepción”, aunque veo que luego la opinión fue cambiando.
    Un saludo 😉

    • Atenas es una pasada, la ciudad nos encantó. Sin embargo, a la Acrópolis íbamos con toda la ilusión del mundo y fue un chof de dimensiones astronómicas. ¡Vaya circo! Había más japoneses que en Tokio. Quitando el susto inicial, luego la ciudad nos gustó mucho. Un abrazote! ^^

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