Grecia ’12 – Capítulo IX: Últimas horas en Grecia (día 8)

Levantarte sabiendo que se termina un viaje nunca es fácil, ya que siempre da pena despedirse de esa sensación de libertad y de conocer mundo, tan difícil de describir. Aun así, en esta ocasión nos habíamos dejado unas cuantas cosas para ver, así que no hubo atisbo ninguno de ñoñería. Rápidamente hicimos la maleta, desayunamos y nos fuimos a apurar nuestras últimas horas en Atenas. Solo estuvimos una parte de la mañana, pero nos dio tiempo a ver un par de yacimientos arqueológicos y alguna cosa más.

Empezamos rematando nuestro particular tour por las joyas arqueológicas atenienses, ya que aún no habíamos tenido tiempo de verlo todo. El horario es tan limitado (a las 15:00 suele estar todo cerrado) que en dos días fue literalmente imposible, y eso que siempre vamos a buen ritmo. Así, la primera parada fue la Biblioteca de Adriano (Βιβλιοθήκη του Αδριανού). El hecho de que también se la conozca como la Biblioteca de las Cien Columnas es la mejor muestra del esplendor que tuvo este edificio en su momento.

Básicamente se trataba de la biblioteca personal del emperador Adriano, que en el año 132 después de Cristo mandó construir el edificio. La pasión de Publio Elio Adriano está ampliamente documentada, y se sabía perfectamente que el emperador era muy consciente del gran prestigio que le daría disponer de una biblioteca colosal. Por eso levantó este edificio, de 122 metros de largo y 82 de ancho, en el cual no escatimó en gastos: techos de alabastro y oro, más de cien columnas, un estanque central…

El edificio cayó en el olvido, especialmente cuando fue sustituido por un templo cristiano. Sin embargo, a finales del siglo XIX se produjo un incendio en la iglesia que se había construido, y en las obras de reparación descubrieron algunos vestigios. Indagaron y, tras varias campañas arqueológicas celebradas en distintos momentos del siglo XX, descubrieron la impresionante biblioteca del emperador.

 

El yacimiento se ve perfectamente desde fuera, así que solo merece la pena entrar si tenéis la entrada a la Acrópolis (ya que está incluido en el tícket). Si no, da un poco igual: lo único que os perderíais es un exiguo museo, en el cual se exponen algunas piezas aparecidas en las excavaciones.

Adriano no solo hizo una biblioteca muy ornamentada, sino que también la ubicó en un lugar tan privilegiado como el Ágora Romana de Atenas (Ρωμαϊκή Αγορά της Αθήνας). Aunque en su momento eran lo mismo, hoy en día se visitan como yacimientos distintos (aunque están incluidos dentro del combinado de la  Acrópolis). Ocurre un poco lo mismo: desde fuera se ve perfectamente, así que solo conviene entrar si no se paga.

El Ágora es anterior a la biblioteca, ya que fue construida bajo el mandato del emperador Augusto (siglo I antes de Cristo). La zona tuvo cierto esplendor, hasta el punto de que hay vestigios de decenas de comercios, tabernas, letrinas y demás edificios públicos. La plaza central era impresionante, un rectángulo de más de 100 metros cuadrados rodeado por una columnata de mármol que se ha conservado parcialmente.

 

Con un plano y unas pocas indicaciones se pueden identificar elementos muy interesantes: la Torre de los Vientos (un reloj público del año 50 antes de Cristo), la Puerta de Atenea Arquegetis (financiada por Julio César y Augusto), restos de una mezquita… De todo un poco.

 

Otro edificio que había quedado pendiente para el último día era la Catedral de la Anunciación de Santa María (Μητροπολιτικός Ναός Αθηνών). Vamos, lo que popularmente se conoce como la Catedral de Atenas. Es un templo ortodoxo de mediados del siglo XIX, al que lamentablemente nos encontramos lleno de andamios.

Y no solo por fuera, ya que por dentro las obras eran aún más ambiciosas: solo se podía visitar el principio de la nave central, ya que el resto estaba tomado por andamios y herramientas. Una pena, ya que habíamos leído que es bastante bonita.

 

No nos arrepentimos de haber ido hasta allí, ya que la Plaza de Mitropólis (donde se ubica la catedral) es bastante bonita. Mención aparte merecen las distintas estatuas que están diseminadas por la plaza, a cada cual más chula.

  

Las cosas se dieron especialmente bien, así que aprovechamos para ir a ver un museo que se nos había quedado en el tintero: el Museo Bizantino y Cristiano de Atenas (Βυζαντινό και Χριστιανικό Μουσείο). Teníamos muchas ganas de verlo, ya que en este viaje habíamos visto bastantes cosas de la Antigüedad Clásica pero muy poquitas de época medieval.

El edificio en el que está el museo es espectacular: una villa decimonónica que trató de reproducir la arquitectura de las casas de campo bizantinas. Al parecer, la dueña (una noble de origen francés) tenía especial predilección por esta época, así que algunas instrucciones al arquitecto.

La colección es genial, pues se exponen más de 3000 piezas: mosaicos, iconos, escultura… Aunque el museo abrió sus puertas en 1914, fue renovado a comienzos del siglo XXI en una apuesta clara por la modernidad museológica. Cada sala es mejor que la anterior, con poquitos paneles pero con un discurso muy bien trenzado. De verdad, no se suele hablar de él, pero realmente merece la pena.

 

Solo hubo un aspecto negativo: la poquísima amabilidad del personal que trabaja allí. Desde la bordería de los recepcionistas, que nos obligaron a dejar nuestras mochilas en una taquilla sin llaves ni vigilancia, hasta la estupidez de los vigilantes de sala, que dejaban hacer fotos pero que (con muy malas maneras) te prohibían hacer vídeo. Suponemos que esta reclamación no llegará a ningún sitio, pero avisamos a futuros visitantes: la gente que trabaja en el Museo Bizantino es de todo menos simpática.

 

Nuestro tiempo en Atenas iba llegando a su fin, por lo que volvimos al hotel a recoger las maletas. Nos hicieron un gran favor, ya que, como no tenían espacio para guardárnoslas, nos dejaron hacer el check out más tarde y así pudimos dejarlas en la habitación. Tres hurras por el Hotel Acropolis House, al que sin duda volveremos cuando regresemos a la capital de Atenas.

Ya con las maletas, fuimos a la que iba a ser nuestra última parada. Aunque lo habíamos visto por la noche, queríamos disfrutar del cambio de guardia de los Evzones (Εύζωνες o Ευζώνοι) en todo su esplendor. Recordemos la información práctica: se hace todos los días a las horas impares (11, 13, 15…) y es totalmente gratis, ya que es en la calle. Por el día, los guardias abren la valla y te dejan ver el cambio de guardia desde cerca (mejor que verlo por la noche). Eso sí, las aglomeraciones están más que aseguradas.

Y un poquito de Historia, que nunca está de más. Los Evzones eran el cuerpo de élite de la infantería ligera griega, el sector del ejército que se encargaba de las operaciones más delicadas. Eso fue en el pasado, pero actualmente ese nombre se refiere a la Guardia Presidencial: a los encargados de custodiar el Parlamento Griego, la Tumba del Soldado Desconocido y la llama eterna. El aspecto de los Evzones es sumamente característica: con un arma de fuego en el brazo izquierdo y la tradicional fustanela (una especie de falda muy típica de los hombres de los Balcanes).

La ceremonia en sí… Bueno, podríamos dejarla en “es curiosa de ver”. Básicamente vienen los dos hombres de refresco acompañados de un superior, que pega cuatro gritos (suponemos que dando las instrucciones pertinentes), dan unas cuantas vueltas y se cambian. Más o menos como lo que hemos visto en otros cambios de guardia del mundo, aunque quizá más austero de lo normal.

 

Definitivamente, esa fue nuestra última parada. Lo siguiente fue ir hacia el aeropuerto y sus consiguientes trámites: controles, facturación, esperas… Nuestro vuelo salió con puntualidad y fue bastante cómodo, sin nada reseñable.

 

Bueno, si. En realidad, queremos dar un pequeño tirón de orejas a Iberia. En este vuelo nos sirvieron la peor comida que hemos probado nunca en un avión: una ensalada apestosa, una carne con más nervios que la Torre Eiffel y unas verduras que ni siquiera estaban bien cocidas. Así le va a esta compañía.

Ya en casita, pusimos a buen recaudo nuestras compras gastronómicas (las cuales nos acompañaron en los dos meses siguientes en cada ensalada) y pusimos las correspondientes chinchetas en el mapa que tenemos en la habitación desde donde escribimos para la web.

 

¿Balance final? Pues Grecia nos encantó, no podemos decir otra cosa. Un país que lo está pasando muy mal por culpa de sus ineptos banqueros y sus políticos corruptos, pero con todo lo suficiente para salir adelante. ¡Volveremos!

Capítulo VIII – Volver a Grecia ’12

4 pensamientos en “Grecia ’12 – Capítulo IX: Últimas horas en Grecia (día 8)

  1. La verdad es que a mí Atenas me soprendió, no tuve suerte (o sí) de conocer la antipatía de los empleados del Museo Bizantino pero para la próxima ya iré prevista, jejejeje. El cambio de guardia es curioso de ver aunque todavía no entiendo como aguantan allí, nosotros fuimos en pleno Agosto y me daba un yuyu solo de verles a todo el sol!!! Concido con vosotros, Iberia fatal, por lo menos os dieron de comer, a nosotros en vuelos por Europa nada de nada!!! Un abrazo!!! 😉

    • Uf… Solo de pensar en el calor que deben pasar los pobres soldados con esa ropa en verano se nos derriten las ideas!

      Iberia en Europa solo da de comer en los vuelos “largos”: Estambul, Atenas, Moscú, El Cairo y uno o dos más, y encima dan caca de la vaca. Así les va 😛

      Un abrazo! ^^

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