Grecia ’12 – Capítulo IV: Olimpia, Patrás y Lepanto (día 3)

El tercer día de nuestro road tour por la Grecia continental no empezó tan pronto como el anterior, pero igualmente madrugamos bastante para aprovechar al máximo las poquitas horas de sol que hay en esa época del año. Viajar en invierno por determinadas zonas es un incordio, ya que anochece prontísimo, pero eso no es suficiente para que se nos quiten las ganas de conocer mundo.

Dicho esto, la mañana comenzó con golpes de martillo y gritos de obreros griegos. Nuestra habitación daba hacia una iglesia con el techo en plena reparación, así que tuvimos un despertador de lo más costumbrista. Pese a eso, nos quedamos con muy buena imagen del Hotel Inomaos, pues el desayuno fue fantástico: té, zumo, bollos, fruta, queso, aceitunas y tostadas. Energía a tope para empezar con buen pie otra jornada maratoniana (nunca mejor dicho) en la que teníamos previsto rastrear el origen de los Juegos Olímpicos, cruzar uno de los puentes más largos del mundo y escuchar los ecos de la batalla por la cual a Cervantes se le conocía como “el manco de Lepanto”. ¡Vamos a por ello!

 

OLIMPIA

El yacimiento arqueológico de Olimpia está a 500 metros de una urbe con el mismo nombre, en la cual habíamos pasado la noche. Bueno, en realidad hay que decir que el nombre oficial del pueblo es Archaia Olympia, aunque en muchas guías viene por su traducción al inglés Ancient Olympia. Es una localidad pequeñita y bastante nueva, en la que todo parece prefabricado. Vive por y para el turismo, por lo que en sus calles poquitas cosas de interés encontraréis más allá de hoteles, restaurantes o tiendas de souvenirs. No obstante, según nos fuimos acercando al yacimiento arqueológico encontramos algún edificio reseñable, como el moderno Ayuntamiento.

 

Si habéis ido al lugar es porque, como nosotros, buscáis Historia y Arqueología con mayúsculas. Y es que Olimpia es uno de los yacimientos arqueológicos más visitados del planeta. Además de ser haber sido centro religioso de primer orden (aquí estaba la Estatua de Zeus esculpida por Fidias, una de las siete maravillas del mundo antiguo), es especialmente popular por ser la cuna de los Juegos Olímpicos. Al menos desde el 776 antes de Cristo se celebraron, cada 4 años, competiciones atléticas en las que los grandes portentos físicos de la Antigüedad demostraban sus capacidades. En ellos se inspira el olimpismo moderno, que periódicamente organiza el evento deportivo más importante del mundo.

Tal y como os hemos enseñado en capítulos anteriores, para visitar los yacimientos arqueológicos griegos de primer orden hay que seguir una mínima planificación y apoyarse en la cartelería, en general muy buena. De lo contrario, corremos dos riesgos: dejar de ver grandes cosas, pues no todo lo gordo está en la ruta principal; y caminar más de la cuenta, algo terrible en un viaje como este en el que andamos decenas de kilómetros. Vamos, que hay que ir con los ojos bien abiertos.

Una vez más (nunca nos cansaremos de decirlo) el madrugón mereció la pena, pues pudimos recorrer el yacimiento absolutamente solos. Aunque desde media mañana llegan miles y miles de turistas en viajes organizados, con todo el jaleo que eso significa, nosotros pudimos disfrutar de un elemento clave para entender la Historia como es debido: el silencio. Solo así, sin ruido, es posible reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre cómo perduran las huellas de la humanidad y sobre la belleza romántica de la ruina. Así es como se debería visitar siempre un yacimiento.

 

Hay mucho que ver en Olimpia, todo muy bueno, pero sin duda uno de los grandes hits está compuesto por un binomio dedicado a la misma deidad: el Templo de Hera y el Altar de Hera. El primero es uno de los edificios que mejor se conservan, pues todavía es posible ver parte de sus columnas originales. Es un templo fundamental en muchos sentidos, aunque en general se suele hablar de él porque en su interior se encontró una de las estatuas más populares de la Antigüedad Clásica: el Hermes de Praxíteles, que está expuesto en el museo del yacimiento. Justo delante está el altar, que es lo que veis en la foto de aquí debajo. ¿No os suena de nada? Buscad en vuestra memoria, pues lo habéis visto miles de veces en la televisión.

En efecto, tal y como los más deportistas habrán reconocido, el Altar de Hera es el lugar en el que cada cuatro años se enciende la llama olímpica que va desde aquí hasta la sede de los Juegos Olímpicos de esa edición, en un recorrido por relevos en el que participan las principales figuras del deporte a nivel mundial. Aquí os dejamos con la ceremonia que se realizó para Londres 2012:

Pese a la celebridad de Olimpia, en algunas zonas del yacimiento hay una sensación de abandono o de cierta dejadez. Somos plenamente conscientes de lo difícil que es mantener un área arqueológica en perfecto estado, pero con la cantidad de dinero que mueve lo suyo sería que las autoridades pusieran más medios. Fijaos en el contraste entre el Estadio (bien cuidado) y unos vestigios alejados del recorrido principal. Una pena.

 

Por cierto, otro detalle relacionado con los Juegos Olímpicos modernos. La edición de 2004 se celebró en Atenas, por lo que las autoridades griegas hicieron un montón de guiños a Olimpia. El más destacado se dio en atletismo, pues la final de lanzamiento de peso se celebró en el Estadio de la foto anterior. Manuel Martínez, el mítico lanzador español, ostenta actualmente la medalla de bronce pese a haber quedado cuarto, ya que en 2012 se descubrió que el ganador del evento se había dopado (siendo descalificado, por su puesto).

Otra construcción de mucha importancia en Olimpia es el Templo de Zeus, uno de los más grandes del Peloponeso. Está en un estado más que ruinoso (ha sufrido incendios, terremotos y abandonos), pero aun así se le considera la obra maestra del dórico. Aquí es donde estaba la enorme estatua de Zeus de la que os hemos hablado antes, pero no esperéis encontrar nada de ella ya que fue trasladada a Constantinopla.

 

Aunque hay mucha gente que prefiere yacimientos arqueológicos circunscritos a una sola época, a nosotros nos encantan los que tienen un poblamiento prolongado en el tiempo. En el caso de Olimpia, hay vestigios desde el siglo X antes de Cristo hasta finales del VI después de Cristo. Alrededor de 1600 años dan para mucho, y por eso se puede encontrar conviviendo a una basílica cristiana con un gimnasio griego o con unos baños romanos. Arqueología en estado puro.

 

El Jardín Botánico de Olimpia está integrado dentro del propio yacimiento. No es gran cosa, ya que más bien se trata de una pequeña senda botánica, pero aun así es una iniciativa destacable. Puede suponer un bonito paseo para despejar un poco la mente después de tanta piedra, o una experiencia más profunda en caso de tener conocimientos de botánica.

Dentro del yacimiento también está el Museo Arqueológico de Olimpia (Archeologiko Musio Olympias o Αρχαιολογικό Μουσείο Ολυμπίας). Es muy pequeñito (apenas dispone de doce salas), pero aun así la variedad de piezas es impresionante: frontones y metopas del Templo de Zeus, cerámica, esculturas… También es significativo el lapso temporal que abarca, pues va desde los orígenes de la humanidad hasta la caída del Imperio Romano.

 

La pieza de más renombre del museo es, sin lugar a dudas, el Hermes de Praxíteles. Su nombre completo (o, mejor dicho, su descripción) es Hermes con el Niño Dionisio, fue tallada por Praxíteles y encontrada a finales del siglo XIX en una excavación arqueológica. Es una obra maestra tallada en mármol de máxima calidad, que entre el grupo escultórico y la base llega hasta casi 4 metros de altura. Su seña de identidad es la curva praxiteliana, esa característica pose en la que la profundidad y el realismo se multiplican exponencialmente,

 

En los alrededores del yacimiento hay, al menos que nosotros viéramos, tres museos más: el Museo de la Historia de los Juegos Olímpicos en la Antigüedad, el Museo de la Historia de las Excavaciones en Olimpia y una sala de exposiciones en la que se montan muestras itinerantes. Lamentablemente todos estaban cerrados, ya que en temporada baja tienen un horario bastante restringido. No obstante, ahí quedan por si alguien tiene la suerte de poder visitarlos.

  

Con eso terminó nuestro tiempo en Olimpia. El balance final no puede ser más positivo, pues encontramos un yacimiento arqueológico de los buenos, capaz de superar las más altas expectativas. El resto del pueblo no tiene demasiado interés, pero aun así puede presumir de una buena oferta hotelera, hostelera y comercial.

Lo siguiente que teníamos previsto era abandonar el Peloponeso, pues también queríamos ver cosas en el centro y norte de Grecia. Total, que pusimos el GPS y nos dispusimos a sufrir las peores carreteras que se pueda imaginar. Por alguna razón, nuestro querido navegador decidió (pese a que le habíamos indicado lo contrario) llevarnos por pueblos y caminos rurales, hasta el punto de que algunos tramos eran sin asfaltar. En el momento no nos gustó la idea, sobretodo por la sensación de estar perdiendo el tiempo en el trayecto, pero ahora lo recordamos con mucho cariño. Gracias a esa ruta pudimos conocer la cara más rural de Grecia, esa que en España está a punto de desaparecer. Si os pasa lo mismo id con cuidado, ya que tuvimos que frenar en seco varias veces porque salían de la nada rebaños de ovejas, cabras y otros animales.

 

PATRAS

Aunque íbamos a acabar en Delfos, no nos apetecía hacernos el trayecto del tirón: por cansancio (eran más de 3 horas) y por interés, ya que en el camino había mucho que ver.  Habíamos planificado dos paradas: una en Patras y otra en Lepanto. Hay que decir que son, respectivamente, la última ciudad del Peloponeso y la primera del continente, estando comunicadas por un puente (del que luego hablaremos).

Respecto a Patras (Πάτρα), solo nos viene un pensamiento a la mente: decepción. Habíamos leído muchas cosas sobre la ciudad, pero no encontramos ninguna. Lo único con lo que nos topamos fue con atascos, calles en mal estado, basura y monumentos inaccesibles (al menos yendo en coche). Después de estar media hora buscando algo a ciegas, ya que las indicaciones brillaban por su ausencia, optamos por subir a la parte alta. Desde allí, a unas malas, podríamos disfrutar de una panorámica.

 

Encontramos una especie de fortaleza que, para rematar la jugada, estaba cerrada. Sin embargo, en los alrededores encontramos un pequeño mirador desde el que se veía parte del núcleo urbano. Lo que vimos no nos gustó demasiado, ya que parecía la típica ciudad fagocitada por el turismo de sol y playa. Miramos en las guías, pensamos un poquito y finalmente optamos por irnos. La siguiente parada (Lepanto) tenía mucho mejor pinta, y además cuando estuvimos dando vueltas con el coche no vimos ni un solo sitio decente para comer.

Después de una ruta por el Peloponeso, para dar el salto al resto del continente hay dos opciones: desandar todo el camino para volver a Atenas o cruzar un puente que une Patras con Lepanto. La segunda opción supone un peaje de algo más de 12€, pero a cambio te ahorras más de 400 kilómetros. Vamos, que merece la pena por tiempo (15 minutos frente a 4 horas) y por dinero, ya que el ahorro en gasolina es considerable.

El puente en cuestión no es un cualquiera, sino el Puente de Río-Antírio (Γέφυρα Ρίου-Αντίρριου), uno de los más largos del mundo. Mide más de dos kilómetros (en concreto, 2252 metros) y tiene una anchura media de 28 metros, lo que hace que sea el puente atirantado más grande del planeta. Es uno de los grandes prodigios de la ingeniería moderna, pues además de su longitud está erigido en una zona de arenas movedizas y con gran actividad sísmica. Abajo tenéis dos fotos: la primera es visto desde Patras y la otra ya desde Lepanto. ¿No es impresionante?

Sabíamos que cruzar este puente es una experiencia única, así que grabamos el trayecto en vídeo. Quizá no parezca gran cosa si no se conoce, pero os podemos asegurar que es impresionante atravesar un puente tan grande.

 LEPANTO

Aunque Lepanto (también conocida como Naupacto, Náfpaktos o Ναύπακτος) nos gustó mucho, no pudimos empezar con peor pie. Atención, porque aquí viene una anécdota bastante curiosa.

Sabíamos que en lo alto del pueblo hay una fortaleza con buenas vistas, así que decidimos empezar por ella y luego bajar a comer. Pusimos su dirección en el GPS, que nos fue llevando por calles cada vez más empinadas y estrechas… ¡Hasta que llegamos a un barranco! Sí, después de atravesar una calle a duras penas, nos decía que avanzásemos volando sobre un precipicio. Mala idea, así que intentamos ir marcha atrás, pero el coche no cabía. Intentamos dar la vuelta y tampoco: ni para un lado ni para otro.

Después de veinte minutos haciendo maniobras, salió la dueña de la casa y se ofreció a movernos ella misma el coche. Lo intentó un buen rato y no pudo, así que llamó por teléfono a su marido. Éste, al cabo de diez minutos, vino de la otra punta del pueblo. Lo intentó, pero tampoco pudo. Entre el ruido, los acelerones (recordemos que estábamos en una cuesta) y las 42369067 maniobras, empezó a venir gente del pueblo: un espectáculo en el cual no veíamos solución y cada vez teníamos más ganas de llorar.

Al final, después de una hora y pico siguiendo instrucciones de la señora griega, del marido y de Erika, Edu pudo sacar el coche sin un rasguño. Les dimos las gracias y aparcamos el coche en la parte baja: definitivamente no íbamos a subir en coche al castillo pasase lo que pasase.

¡Qué tensión! ¡Y qué hambre! Con ese pequeño incidente (felizmente solucionado) se nos había echado encima la hora de comer. No íbamos a ser demasiado selectivos, ya que nos rugían las tripas, pero aun así curioseamos un poco por la zona turística en busca de uno que se adaptase a nuestro bolsillo. Por cierto, mirad la foto de aquí abajo: el puerto de Lepanto es precioso.

Al final encontramos una taberna griega de lo más típico, regentada por una familia y con precios bastante asequibles. Comimos prácticamente solos, ya que era bastante tarde. Sin embargo, eso nos permitió disfrutar de las pequeñas cosas del mar: el sonido de las olas, el olor, el fresquito… Qué pena nos da vivir tan lejos de la costa.

 

El caso es que por 13,80€ en total, Edu comió pechugas de pollo a la plancha con patatas y ensalada, mientras que Erika optó por pescaíto frito con ensalada. Nos atendieron muy bien y todo estaba riquísimo, pero las raciones no eran especialmente abundantes y nos quedamos con un poquito de hambre.

 

Buscando para comer habíamos visto un par de creperías, creando en nosotros un antojo difícil de evitar. Para rematar la comida entramos en una de ellas, y por 3.5€ comimos los crepes más grandes, deliciosos y elaborados que hayamos probado nunca. Quizá en la foto no parezca mucho, pero tenían el triple de tamaño de un crepe normal. Por si eso fuera poco, los rellenamos de nocilla, chocolate blanco y twix, por lo que más empalagosos no podían ser. ¡Riquísimos! Eso si, acabamos llenos hasta arriba, casi a puntito de reventar.

 

Para bajar ese empacho, la mejor idea era caminar un poco. Así pues, para sacarnos la espinita del incidente con el coche, decidimos subir al castillo andando. De este modo descubrimos el Lepanto más auténtico, el que vive alejado del turismo y que sigue siendo un pequeño pueblo de la costa griega.

 

Ya que nos ponemos, hay que decir que subiendo al castillo descubrimos una bonita, amplia y asfaltada carretera que lleva hasta él. ¿Por qué no la habíamos visto cuando íbamos en coche? Así nos habríamos ahorrado el incidente por el cual nos hicimos famosos en Lepanto. No preguntéis como se llega hasta ella, ya que nuestro GPS no fue capaz (y nosotros tampoco).

Cuando llegamos al Castillo nos encontramos con que estaba cerrado. Lamentablemente, nos perdimos el interior de esta fortaleza construida por los venecianos sobre la antigua acrópolis de la ciudad. No obstante, sus impresionantes murallas fueron un pequeño consuelo para pensar que la subida no había sido en balde.

Puestos a encontrar consuelo, sí que es cierto que merece la pena subir sólo por las vistas. Hacía un día precioso, por lo que la bahía de Lepanto lucía llena de color. Además, aunque todavía no lo sabíamos, nos esperaban unos días de mucha contaminación en Atenas, por lo que esta caminata llena de aire puro también fue de agradecer.

 

Bajamos por el mismo camino que habíamos subido y ya, cansadísimos, solo nos apetecía una cosa: sentarnos a ver atardecer. Volvimos a la zona del puerto, a través de la cual se accede a una bonita playa. Entre dos pequeños perímetros defensivos hay una especie de memorial sobre la Batalla de Lepanto, en el que destaca una estatua de Miguel de Cervantes. El literato español, autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, participó en 1571 en la famosa batalla, donde un trozo de plomo le cercenó un nervio de la mano izquierda. Desde entonces no pudo moverla con normalidad, por lo que se le empezó a llamar el Manco de Lepanto (pese a que realmente no perdió dicho miembro). Otras placas recuerdan a combatientes de diversas nacionalidades.

 

Pero vamos, a esas alturas ya no estábamos para estatuas, monumentos ni ninguna fiesta. Lo que nos apetecía era caminar un poco por la arena, tocar el agua (que estaba sorprendentemente caliente) y buscar un sitio para disfrutar de la puesta de sol. En Grecia hemos gozado de cada atardecer, confirmando una vez más que lo bonito de viajar no está en los grandes monumentos sino en las pequeñas cosas.

 

EN BUSCA DEL ORÁCULO

Todavía nos quedaba más de una hora de coche hasta Delfos, donde pasaríamos la noche para empezar bien prontito a ver su yacimiento a la mañana siguiente. Teníamos muchas ganas de llegar, pues estábamos muy cansados, pero no fuimos con ninguna prisa. De hecho, paramos un par de veces a ver la costa, las montañas y las estrellas. Es lo que tiene viajar por libre, que puedes disfrutar de este tipo de cosas.

En Delfos no encontramos nada destacable, simplemente una calle enorme alrededor de la cual había decenas de hoteles. Es otra ciudad 100% centrada en el turismo, tanto que se puede aparcar en las aceras sin que te pongan una multa… En fin. El caso es que no nos gustó demasiado el sitio, muy ruidoso y lleno de guiris por todas partes.

Por suerte, nuestro alojamiento, el Pan Hotel, era un remanso de paz. La habitación estaba muy bien, era bastante silenciosa y pudimos descansar como bebés. No, no se nos ha olvidado hablaros de la cena, es que no salimos a cenar. Estábamos taaan cansados, que en la propia habitación nos zampamos toda la comida que habíamos ido comprando los días anteriores en pequeños ultramarinos.

¡A dormir se ha dicho! En el siguiente capítulo os contaremos más sobre Delfos, la ciudad del Oráculo…

Capítulo III – Volver a Grecia ’12 – Capítulo V

5 pensamientos en “Grecia ’12 – Capítulo IV: Olimpia, Patrás y Lepanto (día 3)

  1. ¡Chicos! ¡¡No me lo puedo creer!! ¿qué hicisteis con el coche? Si yo subí sin ningún problema siguiendo las indicaciones desde la ciudad… Y luego nos echáis fama a los conductores valencianos, jajaja
    A mí Olimpia me gustó mucho. Mucha gente dice que está en ruinas y no merece la pena desviarse tanto para verla, pero es un lugar mítico. Y el museo es una pequeña maravilla… ver como han reconstruido prácticamente la totalidad de los frontones del templo de Zeus… impresionante.
    Un saludo 😉

    • Solo hicimos una cosa: seguir el GPS… ¡Mala idea! XD Estamos totalmente de acuerdo contigo, Olimpia no solo merece la pena, sino que es imprescindible. Aunque no quedase nada de ella (que no es el caso) es un lugar tan importante en la Antigüedad Clásica que la parada es obligada. Abrazotes! 😛

  2. Tengo que reconocer que es un destino al que le tengo muchas ganas pero que me resiste…
    Despues de leer vuestra entrada, tengo claro que no puedo tardar en visitar Grecia.

    Un saludo,

    Trini

    • Te recomendamos ir en cuanto puedas, pues el destino está bastante barato y tienen muchas ganas de seguir recibiendo turismo pese a la crisis.

      Aquí estaremos para ayudarte a preparar ese futuro viaje! 😛

  3. Pingback: Grecia ’12 – Capítulo V: De la tranquilidad de Delfos a la batalla de las Termópilas (día 4) | www.eduyeriviajes.com

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