Grecia ’12 – Capítulo III: Acrocorinto, Corinto, Micenas, Tirinto, Epidauro y Nauplia (día 2)

¡Buenos días, arqueología! Con esa idea nos pegamos un buen madrugón en la segunda jornada de nuestro viaje, pues teníamos previsto ir a ver algunos de los grandes yacimientos de la Antigüedad Clásica: Corinto, Micenas, Tirinto… Para cualquier persona ya tiene que ser motivo de satisfacción, pero para nosotros tenía un puntito especial. Ambos hemos estudiado Historia, y hemos leído mil cosas sobre esos sitios. ¡Por fin podríamos recorrerlos con nuestros propios pies!

Las ganas que teníamos de ver cosas eran tan grandes que no nos importó en absoluto dormir cinco horas, ni tener que “sacrificar” el desayuno en el hotel. Aunque estaba incluido en nuestra reserva, no lo empezaban a servir hasta las ocho, y a esa hora queríamos estar ya por ahí. Total, que aprovechamos que nuestra habitación tenía cocina para tomarnos un té, pizza del día anterior (glorioso manjar de los dioses) y galletitas de chocolate. Energía para aguantar muchas horas dándolo todo, pues la ruta que habíamos preparado prometía mucho.

Comenzamos nuestra interminable ruta a los pies del Diolkos Studios, pues nos apetecía pasear un poquito por Loutraki y disfrutar del amanecer desde su paseo marítimo. Viajar siempre es sinónimo de romper la rutina, pero esa sensación se acentúa cuando hay cambios climáticos. Justo antes de venir, en España hacía mucho frío y estaba empezando a llover, y en Grecia nos encontramos con un tiempazo que invitaba a estar en manga corta.

 

CANAL DE CORINTO

No nos entretuvimos demasiado, pues si nos habíamos pegado ese madrugón era porque la mayoría de los yacimientos arqueológicos cierran a las cinco en horario invernal (algunos incluso a las tres). Si queríamos que nos diese tiempo a todo, teníamos que aprovechar muy bien la mañana y no desviarnos demasiado de la ruta prevista. Ya habría otros días para improvisar más.

Eso si, una parada obligada fue en el Canal de Corinto (Διώρυγα της Κορίνθου), una de las vías artificiales de agua más importantes que hay en el planeta. La idea de hacer un canal por aquí para evitar rodear todo el Peloponeso (lo que supone ahorrarse 400 kilómetros) estuvo presente desde época antigua, pero no hubo tecnología suficiente hasta finales del siglo XIX. Así, en 1893 se inauguraba esta vía de 6 kilómetros de largo, 21 metros de ancho y 8 de profundidad. Para verlo, lo mejor es ir por la autovía desde Atenas (ya que se para en el nivel más alto). Sin embargo, nosotros íbamos por una carretera secundaria por la costa, así que tuvimos que conformarnos con verlo en su tramo final. Aun así, es espectacular mirar al fondo y ver como se ha excavado en la tierra para que puedan pasar los barcos.

 

Hay que ver el lado positivo de las cosas. Aunque paramos en un sitio que no era el más adecuado para ver el Canal de Corinto en todo su esplendor, gracias a eso pudimos ver el yacimiento de Diolkos, una antigua vía pavimentada construida en el siglo VI antes de Cristo. Es el antecedente directo del canal, ya la vía fue utilizada para transportar pequeños barcos (generalmente navíos de guerra) por tierra, haciendo uso de una plataforma. Este sistema fue muy popular y estuvo activo más de un milenio. En la actualidad se conserva un tramo de más de 200 metros de largo.

ACROCORINTO

Diolkos solo fue un pequeño aperitivo antes de la primera parada importante del día: Acrocorinto (Ακροκόρινθος). Se trata de uno de los yacimientos arqueológicos más impresionantes que hemos visto nunca, pues está ubicado sobre un promontorio inexpugnable. En su momento fue una acrópolis, pero tuvo un gran uso desde época bizantina como castillo. Los francos la utilizaron como fortaleza tras la Cuarta Cruzada, aunque más tarde cayó en manos de los venecianos. Incluso los otomanos se sirvieron de ella para asegurar sus intereses en la zona. Aquí debajo tenéis la imagen de la elevación rocosa sobre la que se asienta. Solo con ver esto, ya hay que pensárselo dos veces para querer conquistarla.

Abre todos los días desde un poquito antes de las 8:00 hasta las 17:00, y la visita es gratuita. Os recomendamos llevar calzado y ropa cómodos, además de una botellita de agua y ganas de hacer ejercicio: el recorrido es muy exigente físicamente, pues apenas hay terreno llano. Calculad mínimo una hora.

La advertencia no la hacemos porque sí, basta con echar un vistazo a las dos fotos de abajo. Corresponden a la panorámica que se ve nada más aparcar el coche, todo un aviso para la gente a la que no le gusta andar. Desde una perspectiva histórica, un panorama como este explica que el lugar haya sido utilizado como fortaleza durante siglos. De hecho, fruto de ese ocupamiento prolongado han llegado a nuestros días tres circuitos amurallados independientes, uno dentro del otro.

 

Desde una perspectiva arqueológica, Acrocorinto es un yacimiento increíble para entender desde la Época Arcaica hasta finales de la Edad Media. Aquí y allá se solapan vestigios de diferentes épocas: un sistema de aprovechamiento de aguas, un templo dedicado a Afrodita, restos de una mezquita… El recinto es uno de los grandes iconos de la investigación arqueológica en Grecia, pues aquí han excavado instituciones tan prestigiosas como la American School. Cuando hicimos la visita, pese a la terrible crisis económica, seguía en excavación, por lo que es uno de esos yacimientos “vivos” en los que constantemente se están descubriendo cosas.

  

Por cierto, vimos una cabra 😛 La anécdota en si puede parecer baladí, pero es muy significativa. Por mucho que sea uno de los grandes espacios arqueológicos del país, y que cuente con una buena vigilancia, las autoridades no han querido limitar el acceso de los animales que se han movido por el entorno durante milenios. Por eso es frecuente ver fauna de todo tipo en la mayoría de los yacimientos a los que vayáis.

El hecho de que Acrocorinto esté en la cima de una pequeña montaña hace que desde distintos puntos del yacimiento se pueda disfrutar de una panorámica preciosa de toda la región. Las fortalezas no solo se construyen en altura para que se defiendan mejor, sino también para poder controlar el entorno de un solo vistazo. Fijaos como es el panorama hacia el interior y hacia la costa. Si el vigía estaba atento, resultaba imposible acercarse por sorpresa.

 

En definitiva, merece la pena subir hasta Acrocorinto. Una última cosa: como requiere una cierta forma física, el yacimiento suele estar excluido de los grandes tours organizados. Otro punto a favor para visitarlo, pues es casi imposible sufrir las aglomeraciones con las que os tocará lidiar en otras zonas de Grecia.

CORINTO

A los pies de Acrocorinto está Corinto (Kórinthos o Κόρινθος), otro de los grandes enclaves arqueológicos de la zona. En muchas guías veréis que se refieren a él como Ancient Corinth o Antiguo Corinto, para diferenciarlo de la ciudad moderna con el mismo nombre que está a unos kilómetros. El yacimiento ha llamado la atención de viajeros de todo el mundo desde la Edad Media, quedando constancia en crónicas de lo más diversas: Ciríaco de Ancona, siglo XV; George Wheler, siglo XVII; Abel Blouet, siglo XIX….

Su principal seña de identidad es el Templo de Apolo, el templo griego de mayor tamaño de todo el Peloponeso. Es uno de los ejemplos más representativos del estilo dórico arcaico. Data del año 550 antes de Cristo, y las siete columnas que se conservan, cada una de más de siete metros de alto, están talladas en una sola pieza (algo poco habitual). Es uno de los grandes edificios de la Antigüedad, por pocos conocimientos que se tengan de arqueología es imposible no haberlo visto en algún libro, algún reportaje o alguna postal. En nuestro caso, después de haberlo estudiado mil veces en la carrera, nos hizo una ilusión tremenda contemplarlo, bordearlo y recrearnos en hasta el último detalle.

Conviene reservar una hora como mínimo para esta visita, pues la zona arqueológica es bastante grande (pese a que no ha aflorado ni un 1% de lo que debe haber bajo tierra). Por cierto, como en la mayor parte de los museos, yacimientos y monumentos del país, es totalmente gratis para la estudiantes de la UE (hay que enseñar el carnet internacional). Nunca antes le habíamos sacado tanto partido a esta tarjetita.

La mayor parte de los vestigios conservados en el yacimiento son de época romana, y de ese tiempo hay ejemplos muy notables. Quizá el más destacado sea el Ágora, uno de los espacios más grandes de este tipo que se conservan en toda Grecia: 160 metros de largo por casi 100 de ancho. También hay que hablar de la Fuente Pirene y de otros elementos propios de un yacimiento arqueológico grecorromano, como canalizaciones de agua u otros espacios públicos.

  

En el corazón de Corinto hay un pequeño museo. Su colección es impresionante, pues tratándose de una ciudad de esta importancia no era difícil que apareciesen restos arqueológicos muy interesantes. Sin embargo, las salas no están a la altura de lo que merecería un yacimiento como Corinto: viejo, desordenado y sin ninguna explicación. Una pena, porque a lo largo del viaje fuimos a otros enclaves que han sabido renovar su museo, y la diferencia no es pequeña.

 

Los límites de la ciudad de Corinto, como en tantos otros casos, sobrepasan al actual yacimiento arqueológico. Por eso mismo, una vez terminéis la visita no hay que ir al coche, sino acercarse a ver el odeón romano (edificio destinado a conciertos y otros actos musicales) y el antiguo teatro. No cobran entrada, suelen estar abiertos y sería una pena irse de allí sin verlos, ya que están bastante bien.

 

MICENAS

Dejamos atrás Corinto con una gran satisfacción, ya que no nos había decepcionado en absoluto, y pusimos rumbo a Micenas, hasta donde nos llevó nuestro fiel GPS. Este era otro de los sitios que más nos interesaban de todo el viaje, ya que es uno de los grandes yacimientos arqueológicos del planeta.

Micenas fue uno de los grandes centros de poder de la Antigüedad Clásica, dominando la mayor parte de Grecia durante el segundo milenio antes de Cristo (fundamentalmente la segunda mitad). Su influencia fue tal que a ese tiempo se le conoce como la Época Micénica, pues la preponderancia era total a nivel económico, político y cultural. Son muchos los yacimientos arqueológicos relacionados con el periodo, pero Micenas, por ser el epicentro, es una visita obligada.

Justo antes de llegar, a las afueras de Micenas, está la Tumba de Agamenón (también conocida como Tumba de AtreoTesoro de Atrae). Es una tumba abovedada precedida de un corredor, también llamada tholos, pero no una cualquiera: se trata de la más monumental que se ha descubierto hasta ahora en toda Grecia. Aunque en este momento mismo está prácticamente descartado, en origen se pensaba la tumba podía haber pertenecido a Atreo (el padre de Agamenón), o incluso a su hijo, lo que llevaría a dar el enterramiento alrededor del siglo XIII antes de Cristo. Fue descubierta por el legendario arqueólogo alemán Heinrich Schliemann.

 

En realidad, las dudas sobre su época o sobre su origen son irrelevantes para afirmar que se está ante uno de los grandes monumentos funerarios de la Antigua Grecia. Tiene un diámetro de 14,5 metros y una altura de 13,5 metros, cifras que la convirtieron en la cúpula más grande del mundo durante mil años, hasta que fue desbancada por el Panteón de Roma. Aunque de por sí resulta espectacular, lamentablemente la práctica totalidad de su ornamentación fue expoliada, y buena parte de ella se expone ahora en el British Museum de Londres.

 

Tras esa breve parada, finalmente llegamos al yacimiento de Micenas (Μυκήνες) propiamente dicho. Es como un parque temático, ya que hay muchas grandes cosas para ver que por sí solas justificarían la visita, por lo que es importante echar un ojo al mapa para no perderse nada. Empezamos por el museo, una auténtica maravilla. ¿Recordáis que hace un momento decíamos que el de Corinto estaba viejo y desfasado? Pues este es todo lo contrario. Lo han renovado hace relativamente poco, y sus modernas técnicas museológicas hacen que sea una regalito inesperado. Muy chulo.

 

Parece que el museo lo han hecho cómodo a propósito, pues para el resto del yacimiento hay que andar y sudar. No llega al extremo de Acrocorinto, pero más os vale traer calzado cómodo a Micenas, porque de lo contrario lo pasaréis regular. Hay que recordar que lo que se visita es fundamentalmente la acrópolis (sinónimo de que vamos a tener que subir a una pequeña montañita). Ya que estamos, hay que decir que esta es otra de las puntas de lanza de la investigación arqueológica griega, por lo que año tras año crece y se pueden visitar cosas nuevas.

Pase lo que pase, la estrella de Micenas siempre será la Puerta de los Leones (Πύλη των Λεόντων). Tiene más de 3000 años de antigüedad, es la única muestra de escultura monumental que sobrevive de época micénica y es una referencia obligada para entender el arte de todo el continente. El nombre se debe, como no podía ser de otro modo, a las dos leonas que están sobre el dintel de la puerta de acceso a la acrópolis. Es una escultura de gran belleza, estudiada en facultades de todo el planeta y ante la cual solo cabe sentir admiración.

Y, aunque la puerta es la gran protagonista, no eclipsa en absoluto el resto de atractivos que ofrece el yacimiento. Nada más cruzar la Puerta de los Leones, a mano derecha, está el famoso Círculo A de Micenas, un área circular en el que se encontraban seis profundas tumbas señaladas por sus correspondientes estelas. En origen estaba fuera de la ciudad, pero quedó dentro del entramado urbano cuando Micenas se amplió en el 1300 antes de Cristo.

Este hallazgo arqueológico fue uno de los más importantes de Schliemann, pues en el Círculo A se enterraron casi 20 personas de gran influencia. ¿Eso que significa? Pues que sus ajuares funerarios eran excepcionales, por lo que a través de su riqueza (armas, copas, joyas, broches, alfileres) se ha podido conocer la cultura Micénica en profundidad. Entre las muchas cosas que afloraron está la famosísima Máscara de Agamenón, que días más tarde vimos en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

 

Al margen de las grandes cosas, Micenas es uno de esos yacimientos por los que da gusto pasear. Los vestigios arqueológicos están perfectamente enmarcados en un entorno natural precioso, por lo que el espíritu se enriquece a cada paso. Además, zonas menos populares como el barrio norte o el barrio de los artesanos también son muy importantes desde una perspectiva arqueológica.

  

En la parte alta de Micenas está su Palacio. Quizá el nombre prometa mucho, pero no hay más que un solar ya que el paso del tiempo no fue nada bueno para la construcción: la mayor parte se cayó colina abajo, por lo que en la actualidad poco más veréis aparte del perímetro y de un enorme solar rosado. Las vistas son excepcionales, eso sí, pero quizá alguien esperase más como recompensa tras subir esa larga cuesta.

 

Si la Tumba de Agamenón os dejó con ganas de más, a lo largo de Micenas podréis ver otros tholos. Los más destacados son la Tumba de Egisto y la Tumba de Clitemnestra. Antes no hemos hablado de él, pero justo detrás del museo nuevo hay un enterramiento de las mismas características. Aunque es evidente que el de Agamenón es el más espectacular, es posible que sea más interesante visitar las que hay dentro de Micenas ya que se pueden ver también desde arriba.

 

Por último, ya casi saliendo del yacimiento (o entrando, según se mire) está el Círculo B, otro conjunto de tumbas. Normalmente se le considera el “hermano pobre” del Círculo A, dado que está fuera del recinto amurallado, es más antiguo y más pobre. Sin embargo, merece toda la atención ya que gracias a él se han podido estudiar los enterramientos micénicos con todo lujo de detalles. Además, sus ajuares -aunque más modestos- tampoco es que fueran de cartón piedra.

Con eso terminamos en Micenas. Aquí comprobamos de primera mano lo mucho que merece la pena madrugar para una excursión como esta, pues cuando nos fuimos la Puerta de los Leones estaba rodeada de hasta cuatro visitas organizadas.

TIRINTO

La siguiente parada fue en Tirinto (TirinteΤίρυνθα), alias “el gran pufo”, “decepción absoluta” o “menuda chusta”. Vamos, que nos decepcionó bastante en todos los sentidos. Quizá el listón estaba muy alto tras Corinto y Micenas, o puede que esperásemos demasiado, pero el caso es que nos encontramos con un pluf de dimensiones considerables.

El yacimiento en sí es pequeñito y tendría muchas posibilidades si estuviese gestionado correctamente, pero está en un estado lamentable. En la caseta donde se compran las entradas había unos señores fumando y jugando a las cartas, que nos intentaron cobrar pese a ir con el Carnet de Estudiante. Además, por Tirinto no veréis carteles ni nada que se le parezca. Están en plena excavación, por lo que vimos todo tipo de trastos tirados por el suelo. Las zonas que ya han aflorado están muy deterioradas, como si llevasen años sin hacerles el mantenimiento. Para terminar, varios perros nos acompañaron durante la visita.

 En definitiva -y eso que a nosotros nos encanta la Historia- es un lugar totalmente prescindible. Es una pena, porque Tirinto es un lugar legendario: según cuenta la mitología griega, fue fundada por Pretos con la ayuda de los cíclopes, que le ayudaron a erigir las murallas. De hecho, esa es una de sus grandes señas de identidad: los muros, que en algunos podrían haber llegado a tener casi 20 metros de altura.

  

La otra gran seña de identidad de Tirinto es su entramado de pasadizos subterráneos. Teóricamente por ellos se movían los soldados a gran velocidad para defender la ciudad durante los asedios, pero en tiempos de paz funcionaban como almacenes o incluso como estancias de descanso. Esta es la imagen más típica del yacimiento, la que siempre sale en las guías de viaje.

No vamos a hablar más de él porque la verdad es que nos defraudó muchísimo. Quizás en otro viaje volvamos y nos llevemos una impresión totalmente opuesta, pero de momento lo único que podemos decir es que no merece la pena perder el tiempo con Tirinto. Prescindible a más no poder.

EPIDAURO

No se puede decir lo mismo de Epidauro (Ἐπίδαυρος), nuestra siguiente parada. A veces se le llama Asclepio por su gran templo, pero viene a ser el mismo lugar. Sus restos arqueológicos recogen la herencia de la gran ciudad-estado independiente que fue, pues su influencia era notabilísima en toda la Argólida. A nuestros días han llegado unos vestigios más que interesantes que incluyen un museo arqueológico, un entramado urbano de gran tamaño y mil cosas más.

El elemento diferenciador de Epidauro es su genial Teatro, construido en el siglo IV antes de Cristo y uno de los grandes símbolos de Grecia. Fue diseñado por Policleto el Joven, que consiguió hacer no solo una obra atemporal (pues ha llegado a nuestros días en perfecto estado) sino con una acústica digna de estudio. No es una forma de hablar: si en el centro del teatro se dejan caer unas monedas al suelo, se escuchan nítidamente en lo alto de todo (a más de 60 metros de altura)

Se conserva tan bien y la acústica es de semejante calidad que en la actualidad se siguen haciendo representaciones teatrales en verano. El Festival de Epidauro es uno de los eventos de arte dramático más prestigiosos del mundo. No hay que olvidar que tiene una capacidad para casi 14.000 personas, lo cual dice mucho de la grandeza del edificio. Fue un gustazo poder movernos a nuestras anchas por allí, subiendo por las gradas y comprobando que, en efecto, la acústica responde a su fama.

 

También es muy interesante el museo, que se nutre fundamentalmente de piezas procedentes de la excavación de Epidauro a lo largo del siglo XIX y, en especial, del Templo de Asclepio. Aunque a pie de yacimiento solo se conservan unas pocas columnas, son muchos los vestigios que recuerdan la grandeza de otro tiempo. Eso si, vaya por delante que al museo le va haciendo falta una reformilla.

 

El grueso del yacimiento es un museo al aire libre de la Antigüedad Clásica. Hay de todo: varios templos, un gimnasio, una stoa, una palestra… En Epidauro se sigue un ambicioso programa museológico, que está haciendo que en algunos tramos se estén haciendo reconstrucciones… digamos… agresivas. Eso no está mal (ya que está debidamente señalizado), pero dudad de aquellas cosas que están tan sumamente bien en medio de tanta ruina.

 

Otro punto importante que no debe pasar desapercibido es el Estadio, pues también es de los que mejor se conservan en Grecia. Data del siglo V antes de Cristo, y todavía se aprecian nítidamente sus límites, además de buena parte de las gradas. En él se celebraban periódicamente eventos deportivos, al modo de las actuales Olimpiadas.

Pues eso. Aunque Tirinto fue una gran decepción, Epidauro superó con creces las expectativas. Con eso terminaba nuestro primer maratón arqueológico del día, pues lamentablemente ya estábamos cerca de las 15:00 y la mayor parte de los sitios empezaban a cerrar (por no hablar del hambre que teníamos).

NAUPLIA

Total, que de Epidauro fuimos a Nauplia (Náfplio o Ναύπλιο), donde teníamos previsto pasar toda la tarde. La prioridad máxima, nada más llegar, era comer, pues aunque habíamos andado picoteando a media mañana (básicamente los trozos de pizza del día anterior) teníamos un hambre considerable.

Dejamos el coche en la calle Thessalonikis, al este del casco histórico, un buen sitio para aparcar ya que es gratis, está a diez minutos andando del puerto y se encuentra muy cerquita de sitios baratos para comer. De hecho, en un calle de al lado nos sentamos en la terracita de un bar (hacía muy bueno) y por 8.80€ en total comimos dos gyros (pan de pita lleno de carne y verduras, bastante parecido al kebab), con sus correspondientes patatas y bebida incluida.

 

Y ahora un poquito de Historia. Nauplia es una ciudad cuyos orígenes se pierden en el tiempo, hasta el punto de que algunos piensan que pudo ser una colonia egipcia. La explicación mitológica dice que su nombre deriva de Nauplio, el hijo de Poseidón. El caso es que su excelente ubicación ha hecho que haya sido independiente en varias ocasiones, además de estar en manos de romanos y otomanos. Gracias a eso han llegado a nosotros tres fortalezas: Acronauplia, al sur; Palamidi, al este; y Bourtzi, una isla-fortaleza en la bahía que fue construía por los venecianos para proteger el puerto.

Al margen de conflictos bélicos, poco a poco Nauplia fue embelleciéndose hasta llegar a lo que es en la actualidad: una de las ciudades más bonitas de Grecia. Su parte antigua tiene un encanto increíble, a medio camino entre la decadencia de lo decimonónico y lo inesperado de lo bohemio. En verano está infestada de turistas, ya que es un destino clásico de los atenienses para echar un fin de semana, pero en invierno es deliciosa.

¿Y qué se ve por allí? Pues muchas cosas, la verdad. Aparte de las tres fortalezas hay museos, iglesias, dos mezquitas… Nosotros estábamos cansadísimos después de todo el día visitando yacimientos arqueológicos, así que escogimos el mejor camino en una ciudad como esta: dejarnos llevar. Nos compramos unos deliciosos helados artesanos (3€ en total) y empezamos a caminar sin rumbo, descubriendo sorpresas en cada nueva calle que se cruzaba ante nosotros.

De entre todas las callecitas que recorrimos, la que más nos gustó fue sin duda la Vasileos Konstantinou. Sus balcones llenos de flores, los colores de las casas o los comercios con artesanía de la zona fueron suficientes para enamorarnos. Habíamos venido a Nauplia más bien de rebote (sabíamos que la ciudad estaba bien, pero la prioridad en el día era lo arqueológico), y en cuestión de minutos descubrimos que era una ciudad preciosa.

 

Uno de los grandes puntos de reunión es la Plaza Sintagma (Πλατεία Συντάγματος), que viene a significar Plaza de la Constitución. Está repleta de bares, cuyas animadas terrazas siempre están llenas sin importar la época del año (quizá sea un poco la excepción en la zona). Nos gustó mucho el típico ambiente mediterráneo: sol, gente tomando algo, niños jugando en el centro de la plaza… La misma imagen que podríamos encontrar en cualquier pueblecito del litoral levantino.

En la propia plaza y en sus aledaños hay varios puntos de interés destacables. En una visita de media tarde como esta no se les puede sacar mucho partido, pero si darían para alguien que esté pasando un fin de semana. Nos referimos al Museo Arqueológico (que ya estaba cerrado), a una pequeña iglesia ortodoxa (preciosa, pero no dejaban hacer fotos) y a alguna pequeña galería de arte. No obstante, aquí lo que destaca es lo social, en forma de decenas de bares.

Paso a paso llegamos hacia el Puerto, donde terminamos de darnos cuenta de que Nauplia no es solo una de las ciudades más bonitas de Grecia, sino también de toda Europa. Evidentemente a nivel monumental no puede competir con urbes como París o Roma, ni siquiera con otras más pequeñas como Gante o Bolonia. Sin embargo, en poquitos sitios del continente encontraréis rincones tan deliciosos para pasear, dejarse llevar por el viaje y disfrutar del paso lento del tiempo.

En la zona del puerto hay un precioso paseo marítimo en el cual destaca, por encima de cualquier cosa, lo natural. El caso histórico de Nauplia se asienta sobre un cabo dentro de un pequeño golfo, por lo que hay una vista excelente del mar y de todo lo que le rodea.

Nuevamente aquí paseamos con calma, disfrutando de cada paso que dábamos como si estuviéramos desenvolviendo un caramelo tras otro. No podía hacer mejor día, nos sentíamos como si estuviéramos en vacaciones de verano pese a estar en pleno mes de noviembre.

 

En un pequeño espigón nos topamos con el que resultó ser nuestro lugar favorito de Nauplia: unos bancos perfectos para sentarse, disfrutar de la brisa y del sonido de las olas. Allí estábamos varias personas (una pareja mayor de turistas alemanes, un grupo de chicos jóvenes de la ciudad, un hombre leyendo un libro), cada uno disfrutando de este momento a su manera. Las pequeñas cosas, al final, son las que más satisfacciones dan en la vida. Y hablando de eso, desde el espigón casi podíamos tocar con los dedos Bourtzi, la isla-fortaleza de la que os hemos hablado antes. ¿No es una maravilla?

Tampoco hay que despreciar la imagen que desde allí teníamos de la propia ciudad de Nauplia. Se nos empiezan a acabar los adjetivos, pero es que todo lo que se diga sobre esta bonita ciudad se queda poco. Nos gustó tanto que decidimos interrumpir nuestro momento de relax y fuimos en busca de una tienda de souvenirs, donde nos compramos un imán en el que se muestra más o menos lo que veis en la foto de aquí debajo. Es una pena que lugares como este queden a miles de kilómetros de casa.

Aunque estábamos bastante cansados, no nos bastó con lo que habíamos visto al nivel del mar y decidimos trepar un poquito. La parte alta de Nauplia es la más auténtica, la que más parece un pueblecito en medio de las montañas que una ciudad bohemia. No llegamos hasta las fortalezas, ya que a esa hora estaban cerradas, pero sí exploramos lo suficiente como para descubrir un montón de rincones con encanto. Una pequeña advertencia: ojito con investigar demasiado, porque sin querer llegamos a una calle que tiene pinta de ser el picadero municipal, y estaba todo lleno de… suciedad. Guiño guiño.

 

El broche de oro a esta magnífica visita lo puso un atardecer de ensueño. El puerto de Nauplia da hacia el oeste, por lo que prácticamente cualquier punto es bueno para disfrutar de una puesta de sol de las que se quedan grabadas en la mente para siempre. ¡Perfecto para enamorados!

Una vez se puso el sol, volvimos en dirección hacia el coche, deshaciendo el camino andado. Antes, al comienzo del relato sobre Nauplia, os habíamos dicho que nos habían gustado mucho sus tiendas de artesanía. No era una afirmación gratuita, pues aprovechamos el tramo final de la visita para curiosear en alguna. Vimos auténticas maravillas, aunque lamentablemente muy alejadas de lo que puede permitirse nuestro maltrecho bolsillo.

Nos reafirmamos: Nauplia nos enamoró. Fue la auténtica sorpresa del viaje, uno de esos sitios que quizá son menos conocidos para el gran público pero que merecen una visita. En cierto sentido nos recordó a Essaouira: divertida, bohemia, llena de rincones con encanto… Una maravilla.

LLEGADA A OLIMPIA

Aunque hasta ahora todo había sido bonito, llegados a este punto del día (o de la noche) nos dimos cuenta de que habíamos cometido un error. Pensábamos que Nauplia estaba cerquita de Olimpia, el lugar en el que pasaríamos la noche… ¡Nada mas lejos de la realidad! Nos encontrábamos a casi 200 kilómetros, lo que implicaba no solo atravesar el Peloponeso de punta a punta, sino tener que recorrer unas horrendas y sinuosas carreteras de montaña, en un estado bastante malo. Por si eso fuera poco, era de noche. ¿Alguien da más? Tardamos tres horas en hacer el trayecto.

Quizá fuera por la paliza del viaje, pero el caso es que Edu llegó encontrándose bastante mal. Dejamos las cosas en el hotel y fuimos en busca de una farmacia. Aun no sabemos cómo lo conseguimos, pero pudimos entendernos para comprar ibuprofeno y algunas cosillas más (ya sabemos que deberíamos haber llevado un mini botiquín, madres del mundo). También aprovechamos que había una pequeña tienda de ultramarinos abierta para comprar bollos, fruta, zumos y, en definitiva, cosas para ir picoteando. Entre una compra y otra nos gastamos poco más de 10€, una nueva muestra de que en Grecia los euros cunden mucho.

 

Ya que estábamos, decidimos ir a cenar antes de volver al hotel. Entre los tres o cuatro bares que quedaban abiertos, nos decantamos por uno de comida rápida que estaba lleno de gente. Por 15,5€ cenamos unas cuantas brochetas de kebab, pollo y salchicha (en la foto solo estan la mitad), acompañadas de una riquísima ensalada griega.

 

Y ahora si, por fin, volvimos al Hotel Inomaos, nuestro alojamiento para esa noche. El primer día completo en Grecia había sido largo y agotador, con muchas horas caminando entre yacimientos arqueológicos. Por si eso fuera poco, también nos habíamos pasado mucho rato con el coche. Total, que estábamos cansadísimos. Duchita caliente, hablar con los papis, poner algunas fotos en el facebook de Edu & Eri Viajes… ¡Y a dormir un buen puñado de horas!

El día siguiente también prometía bastante, pues terminaríamos con el Peloponeso, veríamos muchas cosas y acabaríamos durmiendo en Delfos. Con esas perspectivas, tuvimos unos sueños dulces y cargados de aventuras.

Capítulo II – Volver a Grecia ’12 – Capítulo IV

13 pensamientos en “Grecia ’12 – Capítulo III: Acrocorinto, Corinto, Micenas, Tirinto, Epidauro y Nauplia (día 2)

  1. ¡Madre mía! Que palizón de coche la parte final. Llegaríais a las tantas… Se me hizo a mí pesado y fui al día siguiente haciendo paradas y tal.
    Las visitas de este día son indispensables en todo viaje a Grecia Continental (bueno, yo no subí a Acrocorinto y me salté el museo de Micenas, que encima decís que estaba bien, cachis!). A mí me encantó. Incluso a Tirinto le encontré su aquel… ¿visteis las murallas que tenía? Impresionantes.
    Un saludo 🙂

    • Fue una paliza, tan grande como nuestro error de cálculo XD Pero bueno, así nos quitamos todo de golpe y al día siguiente fuimos más relajados.

      Acrocorinto a nosotros nos encantó, pero porque nos gustan mucho estas cosas… Quizá no sea para tanto jeje Y Tirinto… bueno, las murallas impresionan, pero esperábamos muuuuuuuuucho más 😛

      Un abrazote! 🙂

  2. No conocía Nauplia y me ha encantado. Y esto de encontrarse mal en un viaje es de lo peor, espero que el ibuprofeno lo arreglara rápido y os permitiera seguir disfrutando al día siguiente.

    Saludos!

    • Pues si, Nauplia es una joya. Si vas a Grecia no te olvides de visitarla, porque merece mucho la pena 😛

      Y lo de viajar estando pochos… Pufff… Encima este año nos ha vuelto a pasar, y tampoco llevábamos medicinas. De las peores cosas que pueden pasar viajando XD

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  5. Hola, vamos a viajar a Grecia en Marzo y habíamos pensado en visitar todos los sitios que visitasteis en vuestro segundo día, pero nos surge una duda, da tiempo de verlo todo en un día o es mejor hacerlo en día y medio? y por curiosidad¿A que hora os levantabas? un saludo y gracias!

    • ¡Hola! Da tiempo, pero tenéis que estar preparados para un día muy ajetreado. Eso sí, dormiréis como auténticos angelitos esa noche :D. Nosotros nos levantábamos prontito, por ejemplo, si Acrocorinto abre a las 8, estar justo allí a esa hora, de modo que pudiéramos aprovechar bien el día, porque los sitios arqueológicos suelen cerrar entre las 17 y las 18 h. Mirad de todas formas los horarios antes, así os podréis organizar mejor. ¡Buen viaje!

  6. Hola, voy a ir una semana a Grecia y me han sido muy útiles tus comentarios, para confirmar por ejemplo la visita a Nauplia y descartar la de Tirinto… La estrella del viaje será Micenas. También he pensado en ir a Patras y desde allí visitar alguna isla jónica, Ítaca si puede ser. Bueno, aún lo estoy planificando. Gracias de nuevo la entrada 🙂

    Saludos!

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