Expo Zaragoza ’08 – Capítulo II: Acuario, Pabellón de España y mil cosas más (Día 1)

Como suele ser habitual en eventos de gran magnitud, la ciudad de Zaragoza vio como sus líneas de autobuses se reforzaron especialmente para abastecer la sobredemanda existente durante los tres meses de la muestra. Según nos contó gente de la ciudad, durante junio y julio la cosa fue a medio gas, y a partir de agosto, que es cuando fuimos nosotros, todo funcionaba a tope. Aun así, llegar al recinto de Ranillas, lugar en el que se ubicó la Expo, fue toda una odisea. El ExpoBus pasaba a primera hora con retraso, y el primer bus que llegaba siempre pasaba de largo porque iba lleno. Así, llegar a las 9:30, hora a la que abren, nos fue imposible en los tres días, y a la entrada nos tuvimos que tragar una fila de más de media hora.

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Nosotros entramos los tres días por el acceso del Pabellón Puente, una magnífica obra de la arquitecta Zaha Hadid. Esta construcción futurista es uno de los símbolos de la Expo, y está entre los elegidos para perdurar tras la exposición. Desde el puente existía la posibilidad de ver el Ebro y las obras que se hicieron para acondicionar sus dos orillas. Según se salía del puente se veía buena parte de la Expo, y las primeras colas para conseguir los Fast Pass más codiciados. ¿Qué era un Fast Pass? Un servicio para asegurarse la entrada a algunos de los pabellones con mayor demanda, como el Acuario: hacías cola, pasabas el código de barras de tu entrada por una máquina y te daban un ticket para una determinada hora. Sin embargo, el servicio no era del todo eficaz: algunos Fast Pass eran inútiles, pues nunca había cola; otros se agotaban en seguida, como el del Agua Extrema; no se podía elegir hora…

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En la Expo era muy importante la estrategia para poder ver las cosas, pues que en tres días no daba tiempo a ver todo salvo que fueses con las ideas muy claras (¡como nosotros!). Así, una vez nos hicimos con el Fast Pass del Acuario (nos dieron hora para las 16:30) empezamos a ver los primeros pabellones. Como íbamos con ganas de ver muchas cosas, nos pusimos a ver los países que menos fila tenían para entrar, como Turquía, Bulgaria o Rusia. Pronto nos dimos cuenta de que en la Expo podías encontrarte con pabellones espectaculares, otros con menos presupuesto pero que eran “resultones” y otros que no eran más que un mercadillo, en los cuales lo único que se podía hacer era comprar pulseritas y nada más.

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Otros pabellones andaban a caballo entre unos y otros, como el de China. Por un lado, aprovechaban para presentar a Haibo, la mascota de la Expo Shanghai 2010, pero también había cosas interesantes. Por ejemplo, en este caso había una máquina que estimaba la cantidad de agua que tiene un ser humano en función de su condición (diferenciaban entre hombre, mujer, niño/a y anciano/a) y su estatura. En el caso de Eri, sugirieron que tenía 23 litros de agua, y en el de Edu 42.

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Las primeras horas en la Expo pasaban muy rápido, pues entre que te ubicabas y tanteabas el terreno el reloj volaba. Así, a las 12:00 empezó uno de los espectáculos diarios principales: la cabalgata “El despertar de la serpiente”. Era uno de los ejes de la Expo, y no es para menos, ya que no todos los días se puede ver un espectáculo del Cirque du Soleil. A lo largo de más de una hora un sinfín de bailarines, músicos, acróbatas y demás artistas recorrían las calles principales de la exposición. La primera sensación era extraña, pues pasaban sin más, pero lo interesante era que hacían diferentes paradas con espectáculos de todo tipo. El primer día decidimos verla desde la planta superior de los pabellones, y el último nos bajamos para interactuar con los actores.

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La cabalgata producía un fenómeno extraño: generaba colas en los pabellones adyacentes a ella, a pesar de que éstos no merecieran la pena. El resto de mañana estuvimos viendo algunos de esos pabellones-mercadillo, como el de Nepal o el de Angola, en los que lo único interesante era que te pusieran un sello. ¿Sello? ¡Sí! En todas las “Expos” es tradición comprar un pasaporte que te van sellando en cada pabellón. Había sellos preciosos, como el de Tanzania o La Rioja, y otros como Libia que eran feísimos. Antes de comer también nos pasamos a ver algunas plazas temáticas, edificios dedicados a temas concretos del agua: ciudades de agua, iniciativas ciudadanas (el Faro), oikos (energía)… Eran interesantes, alejados de la temática general de los pabellones y en algunos de ellos aprendías cosas interesantes.

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Aunque a nosotros la Expo nos encantó, es cierto que sabíamos algunos truquillos para hacer menos cola en determinados lugares. Así, habrá gente que haya hecho tres horas de cola varias veces y su opinión sea negativa. El mejor ejemplo de esto es lo que hicimos para obtener la entrada del Pabellón de España, que tenía Fast Pass propio -y solo se podía entrar con uno de ellos-. Desde primera hora había 3 y 4 horas de cola para conseguirlo, pero después de comer, cuando apenas quedaban entradas, era posible obtenerlas sin hacer más de 5 minutos de cola -aunque también era posible quedarse sin ellas-. Nosotros probamos el primer día y… ¡tachán! Nos hicimos con la entrada sin ningún problema.

Tras obtener nuestro preciado tesoro, nos fuimos a ver el Acuario, para el cual habíamos cogido Fast Pass a primera hora. Se trataba -y se trata, pues ha sobrevivido a la exposición- del acuario de agua dulce más grande de Europa. El hecho de que sea fluvial implica que no se ven tiburones toro de cinco metros de largo, pero aun así es espectacular: está dividido en 5 ríos, cada uno representando a un continente -el Ebro, como es normal, no podía faltar- y en él hay cocodrilos, pirañas o nutrias. Es enorme, y una visita obligada de ahora en adelante para los turistas de Zaragoza. Al lado del acuario había un pequeño estanque en el que todo el mundo se refrescaba, pues el calor en la Expo era agotador.

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Una vez salimos nos dedicamos a hacer tiempo hasta ver el pabellón español, y nos fuimos a ver algunos que estaban por la zona. En especial destacaba un edificio con países árabes, como Túnez, en el cual nos tomamos un zumo, un té y unos dulces árabes para coger fuerzas para el resto de la tarde.

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Seguíamos haciendo tiempo, y nos pasamos por algunos Pabellones de Comunidades Autónomas, aunque ese día no nos dio tiempo a ver más que 5 ó 6. Algunos eran muy interesantes y otros no tanto. El mejor ejemplo de lo primero fue Galicia, en el cual había unas imagenes que no te decían nada, y si las mirabas a través de una cámara digital se convertían en fotografías. Por otro lado, el pabellón de Castilla-León no fue del todo afortunado, aunque quizá el hecho de que estuviese casi íntegramente dedicado al vino y no bebamos tuvo algo que ver en que no nos gustase. También hay que hablar del pabellón de Canarias, en el que nos regalaron un boli que se desenroscaba y se podían hacer pompas.

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Expo 19Por fin llegó la hora de ver el Pabellón de España, y allí fuimos con nuestras entradas obtenidas tras una larga fila de 5 minutos. El pabellón empezaba con un vídeo de animación al estilo Toy Story que se proyectaba en el techo, el cual producía mareos. Tras ello, el pabellón ofrecía información, bajo el lema “Ciencia y Creatividad”, de temas muy diversos, relacionados con la física en algunos momentos. También había talleres -nosotros hicimos uno, pero era fundamentalmente para niños- y a la salida te regalaban agua desalada del Mar Mediterráneo, para promocionarla. El edificio será tras la Expo, según anunció Zapatero, el centro de investigación sobre el cambio climático.

Tras la visita a España, nos fuimos a por uno de esos Fast Pass inútiles -porque no había cola-, el de América Latina, que nos dieron cita para media hora después. Mientras esperábamos, visitamos Qatar, interesante no tanto por el contenido del pabellón como por lo que te regalaban. A la entrada te daban dos cajas con cuatro dátiles -entramos varias veces, todo sea dicho-, pero es que dentro le hacían a las chicas tatuajes de henna… ¡Gratis! Eri tenía ganas, y los habíamos visto en otros pabellones por 5-10€, así que la fila de 10 minutos mereció la pena.

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Una vez Eri se hizo el tatu nos fuimos a ver los pabellones de América Latina, ubicados todos en el mismo edificio. Nada más entrar había un espectáculo de tango argentino, y luego los pabellones… pues bueno, no tenían mucho que ver. Eran 13 ó 14, y en algunos aprendías algo interesante sobre el país, pero otros no tenían más que fotografías con lo más turístico. Eso si, mientras estábamos dentro empezó a diluviar, y gracias a estos pabellones no nos enteramos de nada.

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El hecho de que lloviese fue un golpe de suerte, ya que mucha gente abandonó el recinto de Ranillas por el diluvio… ¡pero nosotros no! Y eso nos permitió visitar Japón, un pabellón que solía tener un mínimo de una hora de cola asegurada, esperando tan solo 15 minutos. El pabellón era espectacular, era una película al más puro estilo nipón en la que, en los tramos finales, la pantalla se abría dejando paso a una inmensa cascada. Además, al final te regalaban un té que venía muy bien. Ya eran las 22:00, hora en la que cerraban los pabellones, pero aun con esas nos dio tiempo a entrar a Malasia, que estaba al lado, donde nos hicimos una foto en una barquichuela supuestamente típica.

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Tras el cierre de los pabellones, la Expo seguía abierta hasta las 3:00 a través de espectáculos, conciertos, restaurantes… Nosotros optamos por irnos a ver, a las 22:30, el Iceberg, uno de los principales espectáculos diarios de Expo Zaragoza. Era una reflexión sobre el ser humano y su relación con el planeta, y la verdad es que era bastante crudo. Si lo que pretendía era que los espectadores pensaran, desde luego lo conseguía. Una vez terminaba, y todos estábamos algo abrumados, se valoraba más todo lo cotidiano relacionado con el agua. Tras ver el espectáculo, te dabas la vuelta y veías toda la Expo iluminada, y la verdad es que ganaba mucho.

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A esas alturas ya estábamos cansadísimos, pero no pudimos evitar darnos una vuelta para ver el ambientillo. Ese día tocaba noche de discotequeo, y como no nos va mucho el chunda chunda nos pasamos por diversos edificios, como la Torre del Agua, para ver como les sentaba la iluminación nocturna. Lo último que hicimos en la Expo ese día fue coger el teleférico, para el cual teníamos entrada los tres días, pero que era todo un engorro para acceder al recinto por la mañana: doble cola, una para cogerlo y otra para entrar en la Expo. De todas formas, merecía la pena usarlo por la noche y poder ver el recinto cuando más bonito es.

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Después de todo esto, solo nos quedaba irnos a dormir para coger fuerzas, que aun quedaban dos larguísimos días. De momento, nuestro plan de ver todos los pabellones quedaba lejano, pero seguía siendo factible.

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