Estambul ’12 – Capítulo VIII: Crucero por el Bósforo y despedida de Estambul (día 7)

Cuando el último día de un viaje es largo (el avión no salía hasta las 5 de la mañana, por lo que técnicamente estábamos en la penúltima jornada), hace muy buen tiempo y tienes un plan interesante por delante, la típica morriña de vuelta a casa afecta menos. Y es que para despedirnos de Estambul no se nos había ocurrido mejor plan que hacer un Crucero por el Bósforo, una de las excursiones más típicas desde la ciudad.

Hay mil maneras, pues tanto el Estado turco como empresas privadas ofrecen sus servicios con distintos tipos de barco que salen desde Eminönü. La forma que más triunfa entre los viajeros es el tour “oficial”, es decir, uno organizado por las líneas marítimas turcas TDI. Se le conoce como el Tour Nostálgico (suele aparecer como Nostalgic Bosphorus Tour -en inglés- o Nostaljik Bogazici Ozel Gezisi -en turco-) y es quizás el más atractivo. Ahora os contaremos por qué.

EstambulDe momento, desayunamos, terminamos de hacer la maleta y las dejamos guardadas en el hostel. Fuimos en tranvía hasta el muelle de Eminönü, desde donde salía el barco. Hay dos horarios en los meses cálidos del año: 10:35 y 13:35. Conviene el primero, porque así puedes aprovechar parte de la tarde en otra cosa, ya que entre unas cosas y otras se van no menos de 6 horas.

Los tíckets cuestan 25 liras por persona, y dan derecho a hacer ida y vuelta con una parada en el puerto que elijas. Hay que ir pronto, pues nosotros llegamos a las 9:30 y ya había una enorme cola. No solo hay riesgo de coger mal sitio, sino de quedarse sin boletos y tener que coger el barco de tres horas después. No tuvimos problema, pero hasta que se sube al crucero las aglomeraciones son bastante incómodas.

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EstambulPese a todo, a las 10:15 ya estábamos sentaditos en un lateral del barco. Aprovechamos el tiempo que faltaba hasta zarpar para hacernos fotos, comprobar la ruta que íbamos a hacer -nuestro plan era bajarnos en Anadolu Kavaği, el último pueblo- y pensar en cómo aprovecharíamos nuestra últimas horas de Estambul, a la vuelta del crucero.

EstambulEl Bósforo une el Mar Negro con el Mar de Mármara, por lo que es un lugar de paso obligado para cientos de barcos cada día. Aun así no son aguas muertas, pues entre los residuos pudimos ver todo tipo de peces y medusas como las de la fotografía. Incluso vimos delfines, aunque eso es algo de lo que hablaremos un poco más abajo.

Con unos minutos de retraso zarpó el barco. Eri estaba preocupada por los mareos, pero, aunque es cierto que algo se movía, el balanceo de las aguas era bastante agradable. Por el sitio que habíamos cogido nos tocaba ver la parte europea de la ciudad en el trayecto de ida, así que en un primer momento pudimos ver desde una perspectiva distinta viejos conocidos como el Palacio de Dolmabahçe. También nos sorprendió la enorme cantidad de barcos militares que estaban apostados a ambas orillas, muchos más que en días anteriores. ¡Parecía que iba a estallar la guerra!

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Hasta Anadolu Kavaği teníamos más de una hora y media, pues, aunque son unos pocos kilómetros, el barco va despacio y hace varias paradas. La primera fue en el Puerto de Paşa (Barbaros Hayrettin Paşa İskelesi), en el mismo barrio de Beşiktaş. Hasta entonces todo había sido conocido, pero a partir de ahí comenzaba lo nuevo. A lo largo de todo el Bósforo hay edificios de gran entidad, como el Palacio de Çırağan (Çırağan Sarayı), gran palacio otomano durante el siglo XIX y hoy hotel de cinco estrellas. También destacan algunos templos, como la Mezquita de Mecidiye (Mecidiye Köşkü), encargada por el sultán Abdül Mecit I.

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A lo largo del crucero pasamos por debajo de dos puentes. El primero es conocido como Puente del Bósforo (Boğaziçi Köprüsü), aunque también como Puente Atatürk. Fue inaugurado en 1973, coincidiendo con el 50 aniversario de la instauración de la República de Turquía. Sus dimensiones siguen siendo colosales: más de un kilómetro de largo y hasta 64 metros por encima del nivel del mar. Es impresionante vis to desde lejos, pero aun más cuando se está al lado.

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Pasamos al lado del Islote Galatasaray (Galatasaray Adası), una pequeña y sorprendente isla propiedad del equipo deportivo que le da nombre. Es una especie de club privado que cuenta con restaurantes, piscinas e instalaciones de recuperación física. Desde el barco también vimos algunos pueblos, como Bebek, especialmente famoso por sus mazapanes. Antiguamente era muy frecuentado por nobles, de ahí que en su litoral se hayan establecido algunos edificios de interés como el precioso Consulado de Egipto. Esa construcción no es sino un antiguo yalı: casas ostensosas que la aristocracia otomana construyó a orillas del Bósforo a finales del XVII y comienzos del XVIII. Son impresionantes palacetes que están diseminados en ambos márgenes del estrecho y que le otorgan un carácter imperial.

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EstambulOtro edificio destacadísimo es el Castillo de Rumelia (Rumeli Hisarı), también conocido como Fortaleza de Europa. Fue construido por el sultán Mehmed II para preparar la toma de Constantinopla. Sus enormes torres y sus altas murallas dan cuenta de lo importante que fue esta plaza en la gran operación militar de Mehmet el Conquistador.

Un poquito más adelante de la Fortaleza de Europa está el Puente de Fatih Sultan Mehmet (Fatih Sultan Mehmet Köprüsü), al que generalmente se refieren como el segundo puente del Bósforo. Fue inaugurado en 1988 y está destinado fundamentalmente al paso de vehículos pesados. Sus dimensiones son tan colosales como las del Puente Atatürk: más de 1500 metros entre orilla y orilla, con un ancho de casi 40 metros y un gálibo de navegación superior a los 60 metros. Os podéis imaginar los barcos que caben por debajo de él.

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EstambulEn este trayecto es imprescindible ir con los ojos bien abiertos. El barco va despacito pero sin pausa, con lo que si uno no está atento se puede perder alguna cosa chula. Además, más allá de grandes palacios o férreas fortalezas, no hay que olvidarse de la parte natural. En el Bósforo es posible ver animales como… ¡Delfines!

Ni más ni menos. Estábamos a mitad del recorrido cuando, de repente, nos sorprendió un amplio grupo de delfines. No teníamos ni idea que se podía disfrutar de algo así, pero el caso es que nos hizo mucha ilusión. Aquí está el vídeo del momento:

 

Otro punto interesante del recorrido es la Bahía de Istinye, que alberga uno de los puertos más transitados del Bósforo. El barco no se acerca demasiado, pero aun así se ve mucho trasiego. Muy cerquita, al norte, está Yeniköy, el pueblo que quizá concentra la mayor cantidad de yalıs de todo el recorrido. Y aún más al norte otra bahía, la de Tarabya, cuyo pequeño pueblo era la residencia de verano de los griegos más pudientes y de algunas personalidades estambulitas, como el embajador de Alemania. Hoy en día tiene un sinfín de restaurantes especializados en pescado, por lo que si no queréis ir hasta el final del Bósforo puede ser una buena opción, ya que el barco para en su puerto.

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Hablando de puertos y paradas, la penúltima que hicimos en el recorrido fue en Rumeli Kavaği, la más septentrional del lado europeo. En su puerto se bajaron muchas personas, por lo que suponemos que tendrá bastantes atractivos, pero no podemos hablar demasiado ya que ni en nuestras guías ni en internet hemos encontrado gran cosa.

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Así, a ojo, tiene buena pinta: el típico pueblo pesquero lleno de casitas de colores y muy tranquilo. Desde el barco pudimos ver una mezquita, un parque y varios restaurantes. Sin embargo, íbamos a tiro hecho y nada iba a hacer cambiar nuestra idea de bajarnos en Anadolu Kavaği.

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Rumeli Kavaği y Anadolu Kavaği están enfrente entre sí, por lo que al girar el barco para ir de uno a otro obtuvimos la primera gran imagen del último tramo del Bósforo. Los últimos ocho kilómetros son bastante más anchos, pero están bajo control militar y por tanto la navegación turística no llega hasta allí. Aun así, nada impedía ver al fondo el comienzo del Mar Negro.

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Al final, después de más de hora y media, llegamos al pequeño pueblo de Anadolu Kavaği. Es la última parada del trayecto, quizá la que más cosas ofrece: las ruinas de una fortaleza genovesa, unas excepcionales vistas del Bósforo y del Mar Negro, gran variedad de restaurantes… Precisamente, la hostelería -y el turismo en general- es el principal dinamizador económico del pueblo, hasta el punto de que, cada vez que llega un barco, los dueños de los restaurantes agitan los brazos dando la bienvenida y tratando de captar los primeros clientes.

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Básicamente hay dos cosas que hacer en el Anadolu Kavaği: subir a la fortaleza y comer. Da igual el orden, aunque generalmente los europeos del sur optamos por subir primero, mientras que nuestros vecinos del norte comen nada más bajarse del barco, ya que las 12:00 para ellos es sinónimo de sentarse en la mesa. El barco de vuelta no salía hasta las 15:30, por lo que teníamos tiempo de explorar el pueblo.

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Lo cierto es que en este pequeño pueblo asiático no hay demasiadas cosas: una mezquita, muchos restaurantes, alguna tienda de recuerdos y poquito más. Sin embargo, no deja de ser algo bastante distinto a Estambul, por lo que es agradable pasear por sus callejuelas. Os recomendamos investigar un poco por la zona más alejada del puerto, ya que allí solo hay restaurantes y gente gritando para que entres en su local.

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La actividad fundamental es la subida las ruinas del Castillo de Yoros (Yoros Kalesi), los restos de una fortaleza genovesa de mediados del siglo XV. Las cuestas y las escaleras son numerosas y muy empinadas, por lo que es recomendable ir con calzado cómodo. Es fácil encontrar el camino, ya que por todo el pueblo hay carteles que indican la ruta. El recorrido, dicho sea de paso, atraviesa restaurantes y tiendas frecuentemente. Nos recordó un poco a las Cascadas de Setti-Fatma, en Marruecos. Es cierto que no es una subida tan caótica, pero formar parte de una sucesión de guiris pasando de tienda en tienda es una sensación bastante cansina.

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EstambulAun así merece la pena, ya que desde el primer momento se puede disfrutar de unas vistas espectaculares. Tenemos bastantes fotografías desde distintos puntos, y cada una nos gusta más que la anterior. Por cierto, durante la subida vimos un montón de perros en libertad. No hacían nada, pero ahí queda el aviso para los que tengan miedo a estos grandes animales.

EstambulLas cuestas son mortales, acabamos bastante cansados. Además, cuando llegamos nos encontramos con la puerta de la fortaleza cerrada. Seguimos caminando por si había otra puerta hasta que se acabó el camino, y cuando volvimos… voilà! Ya estaba entrando la gente. Por tanto, paciencia que al final se pasa dentro.

La posición estratégica de Yoros, dominando la unión entre el Bósforo y el Mar Negro, hizo que se generase una enorme fortaleza. El lugar fue ocupado desde época fenicia, pero fueron los genoveses los que fortificaron el promontorio. A partir de ahí fue objeto de distintos enfrentamientos, lo que explica el ruinoso estado en el que se encuentra en la actualidad: bizantinos, otomanos, cosacos… Sea como fuere, ha quedado un espacio enorme en el que sentarse, curiosear y disfrutar de unas vistas excepcionales.

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EstambulNo pudimos resistirnos e inmortalizamos el momento, con el Mar Negro a nuestras espaldas. Habíamos tenido dudas sobre si hacer finalmente el crucero, y encima era el último día del viaje, pero las sensaciones no podían ser mejores. Lo estábamos pasando en grande, habíamos visto sitios muy interesantes y el tiempo era excelente.

EstambulEl Mar Negro es uno de esos lugares que te tienes que memorizar cuando estás en el colegio, y al cual le acabas cogiendo bastante manía. Hoy por hoy sentimos fascinación por este mar, en cuyas costas conviven Bulgaria, Georgia, Rumanía, Rusia, Turquía y Ucrania. Seis países de los cuales ya hemos visitado la mitad. ¡Ampliando horizontes!

Estuvimos en la fortaleza un buen rato, que sumado a la subida y la bajada se fue más allá de la hora y media. Nos dio mucha pena, pero tuvimos que bajar para comer, ya que el barco zarpaba a las 15:30 y no queríamos tener que esperar un buen rato hasta el siguiente.

EstambulA la hora de escoger el sitio, no falló el tópico de que cuanto más lejos del epicentro turístico se come mejor y más barato. Al lado del puerto pedían 30 liras por persona a cambio de un menú escaso y con muy mala pinta, un poco más lejos la cantidad bajaba a 25 liras turcas… Nos fuimos al sitio más lejano (que en un sitio tan pequeño como Anadolu Kavaği equivale a andar dos minutos) y dimos con el sitio.

Por un total de 35 liras turcas (lo que supone menos de 9€ por persona) nos pusimos finos: caballa, dorada, boquerones, mejillones, calamares, ensalada pan y bebida. ¿Qué más se puede pedir? Estaba todo riquísimo, el camarero era muy simpático y encima corría el aire. Aquí veis una de las dos fuentes que nos pusieron, para que quede constancia de que no mentimos. Un sitio muy recomendable.

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A las 15:30 salía el barco, así que un poquito antes fuimos para allá. Dos cosas curiosas. La primera es que había una cola enorme, y por primera vez en nuestra vida no nos apetecía ser buenos y nos colamos por un ladito ya que las puertas del barco son enormes. En un viaje en el que se nos habían colado en cada sitio, era necesario equilibrar el universo. Sin embargo, el karma nos devolvió la jugada, y cuando ya estábamos sentados… ¡Horror! ¡Tragedia! ¡Nos habíamos dejado la cámara de vídeo en el restaurante! Edu se pegó la carrera y, contra todo pronóstico, se la encontró en el mismo sitio en el que la habíamos apoyado. Podía haber sido una gran cagada, pero al final todo quedó en un susto. La conclusión es que no nos volveremos a colar, a partir de ahora todo por el buen camino.

En el viaje de vuelta nos sentamos en la parte de arriba del barco, mirando al lado asiático, ya que iba bastante más vacío y no tuvimos problemas para elegir. Lo cierto es que se levantó algo de viento, por lo que mucha gente optó por resguardarse en las estancias interiores. Pese a todo, nada pudo evitar un último vistazo al final del Bósforo y su confluencia con el Mar Negro. ¡Qué pena nos dio alejarnos de un sitio tan bonito!

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La vuelta, conociendo ahora todo lo que antes no habíamos podido ver del lado asiático, fue igual de interesante que la ida. Vimos grandes pueblos de pescadores como Beykoz, industrias reconocidas como la de Paşabahçe (con su famosos cristales) o sitios más turísticos como Kanlica, en la que muchos grupos organizados suelen parar para degustar su riquísimo yogur.

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Lo que no dejó de sorprendernos es la cantidad de basura que hay en el agua. Vale que es un sitio muy transitado por barcos de todo tipo y que en sus orillas el turismo está elevado a la máxima potencia, pero eso no es excusa para que la mierda flote a sus anchas. Durante el viaje contemplamos escenas de lo más desagradables, como camareros tirando la basura al agua (incluyendo servilletas o envases) o barcos arrojando residuos al mar. Como no cambien al final se encontrarán con un Bósforo pestilente y al que nadie querrá ir.

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Dejando de lado ese tema, que nos indigna en cantidades industriales, queremos destacar los muchos edificios de renombre que pudimos divisar desde el barco. Empezamos por el Yalı de Ethem Pertev y su embarcadero, fácilmente reconocible desde la distancia. Un poco al sur, pasado el segundo puente, está la Fortaleza de Asia (Anadoluhisarı), construida medio siglo antes que su vecina de enfrente, pero con las mismas intenciones. También vimos la desembocadura del Río Göksu, en el pueblo de Anadolu Hisar, y la famosa Escuela Militar de Kuleli. Antes de rebasar el primer puente pasamos enfrente del Yalı de Sedullah Paşa, con su siempre característico color rojo.

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Todo lo bueno se acaba, y nuestro crucero por el Bósforo llegó a su fin a eso de las 16:35. No queríamos llegar nunca, pero las mezquitas de Estambul aparecieron en el horizonte y las gaviotas nos recibieron de nuevo en la ciudad. Aún nos quedaban unas cuantas horas para disfrutar de este precioso lugar, ya que nuestro avión no salía hasta bien entrada la madrugada, por lo que lejos de ponernos con morriña nos decidimos a exprimir al máximo los últimos momentos en Estambul.

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Por un lado, aprovechamos para hacer las últimas compras. El Bazar de las Especias y sus calles de alrededor fueron el escenario perfecto para comprar un poco de queso, unos molinillos de pimienta y alguna cosilla más. También estuvimos curioseando entre los puestos de animales, plantas y objetos exóticos, donde no teníamos intención de comprar por cuestiones obvias.

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EstambulPor otro lado, volvimos a la Estación de Sirkeci (Sirkeci Garı). Allí muchas tardes es posible contemplar las extrañas danzas giratorias de los derviches o Mevleví, una orden sufí muy popular en Estambul. Fuimos a entrar y nos pidieron… ¡40 liras turcas por persona! Nuestro presupuesto estaba en las últimas, y aunque al final nos ofrecieron entrar por 10 liras no nos animamos. Nos pareció un robo.

Lo que no quisimos perdernos fue un último paseo por la Plaza de Sultanahmet, para ver iluminadas a Santa Sofía y a la Mezquita Azul. No somos muy buenos haciendo fotos, así que han quedado unas instantáneas demasiado llamativas, pero os aseguramos que la imagen de esos dos edificios por la noche no se nos olvidará en la vida. ¡Qué cosa más bonita!

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Por si eso fuera poco, decidimos intentar pasar a la Mezquita Azul. En principio el horario de visitas había terminado, pero al ser viernes a última hora estarían rezando y seguramente tendríamos una oportunidad a la salida. Todo salió tal cual lo habíamos planeado, pues a los cinco minutos de estar allí empezó a salir gente y pudimos pasar. La sensación de visitar la Mezquita Azul por la noche, con muy pocos turistas, es indescriptible. Nos sentamos un rato en las alfombras, cerramos los ojos y nos pusimos a recordar la cantidad de experiencias que habíamos acumulado en el viaje. Una despedida por todo lo alto.

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EstambulNo terminó ahí la cosa, sino que además dimos otro paseíto hacia la zona baja de la ciudad y cruzamos por última vez el Puente Gálata. Estaba siendo una despedida perfecta de Estambul, pero también nos daba mucha pena tener que dejar una ciudad tan bonita. A esas horas, al día siguiente, tocaba estar otra vez en el trabajo. Un drama.

EstambulApuramos al máximo las horas en el casco histórico, tanto que no llegamos a la İstiklâl Caddesi hasta pasadas las diez de la noche. Cenamos en el sitio de kebabs que estaba más cerca del hotel, el mismo en el que había empezado todo seis días atrás. Tiene que pasar un tiempo hasta que probemos otro kebab turco, así que había que despedirse.

Por último, no quedó más remedio que volver al hostel y recoger las maletas. Allí nos despedimos de los dueños, un grupo de gente entrañable que nos había tratado muy bien y con los que habíamos hablado de fútbol casi cada noche. Nos deseamos suerte mutuamente, cogimos las maletas y pusimos rumbo al aeropuerto… pero eso es otra historia, y será contada en el siguiente capítulo.

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