Estambul ’12 – Capítulo V: Museos y mezquitas (día 4)

Levantarse de la cama sabiendo que ese día vas a visitar Santa Sofía no tiene precio. Sensaciones como esta son las que justifican un viaje, pues el cosquilleo que teníamos esa mañana en el estómago solo se puede experimentar viajando. Por eso, con muchas ganas, volvimos a la Plaza de Sultanahmet. No nos costó llegar tanto como el día anterior, pero aun así la media hora no nos la quitó nadie.

De todas formas, eran poco más de las diez cuando llegamos a Santa Sofía o Hagia Sophia (Aya Sofya). Oficialmente es un museo al que cuesta entrar 25 liras turcas por persona, el Museo de Santa Sofía, pero por encima de su uso actual destaca por ser uno de los edificios más universales que existen. Su perfil característico está a la altura, como icono, de la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel o la Gran Muralla China.

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Era pronto y ya había bastante cola. Mucho ojo, pues hay guías que ofrecen sus dudosos servicios: pagas el doble, pero no haces cola. No merece la pena, ya que en hay varias taquillas y en cinco minutos ya teníamos los tickets en nuestras manos.

Y antes de entrar, vamos a dar unas pequeñas pinceladas históricas. Desde su consagración como templo en el año 360 hasta la caída de Constantinopla, en 1453, sirvió como catedral patriarcal. Desde la llegada de los musulmanes hasta 1931 fue utilizado como mezquita, hasta que en ese año el edificio perdió su función religiosa. Al poco, en 1935, fue reinaugurada como museo.

EstambulEsa amplitud en el tiempo implica que tan pronto te puedes encontrar con un friso bizantino -como el de la foto de la derecha- con un grabado del siglo XIX. Y ahí está la gracia: casi 1500 años convierten a Santa Sofía en uno de los edificios más interesantes del mundo. En cierto sentido es como San Pedro del Vaticano: demasiadas cosas para ver en un solo viaje, en unas pocas horas.

EstambulTodos esos datos atraen a miles de turistas al día, con lo que las aglomeraciones están aseguradas. Es una pena que haya que visitar Santa Sofia de ese modo, pero si se redujese el número de visitantes la lista de espera sería de varios años. Aun así, las dimensiones de la nave principal y de otras estancias hacen que haya momentos para el esparcimiento.

Precisamente, la nave central de Santa Sofía es el principal espacio del templo. A primera vista destaca por sus enormes dimensiones, tanto de ancho como de largo. También es impresionante la altura, pues en la cúpula se llegan hasta los 56 metros de alto. Hoy por hoy luce espectacularmente bien, gracias a una restauración que finalizó en 2010 y que duró 17 años. El proceso vino directamente derivado de la declaración del edificio como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, junto al resto del casco antiguo de Estambul. Se llevaron a cabo actuaciones muy vistosas -como la limpieza de los 600 metros cuadrados de cúpula- y otros menos visibles pero igual de necesarios -como el apuntalamiento de determinadas estancias-.

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Al ser una de las basílicas (al principio) y de las mezquitas (desde 1453) más importantes del planeta, cada detalle está magnificado. El kürsü, las pechinas de la cúpula o el mahfili, que en cualquier otro edificio pueden pasar desapercibidos, aquí son referencias del arte universal. Mención aparte merecen los ocho tondos caligráficos que decoran la parte superior (foto de abajo a la izquierda), elaborados en el siglo XIX durante la restauración dirigida por el sultán Abdülmecit I.

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El enorme espacio de la nave central de Santa Sofía hace que, frecuentemente, se acoten algunas zonas y se celebren exposiciones temporales. En nuestro caso, habían montado una excelente muestra sobre caligrafía árabe. Os podéis imaginar lo mucho que disfrutó Erika, sabiendo que es paleógrafa y que cualquier tema relacionado con la escritura le encanta.

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Una de las partes que más éxito tienen entre los turistas es el pilar de San Gregorio, ubicado en la nave principal, a la izquierda de la entrada. Tiene un pequeño agujero, y la leyenda dice que se cumplirán los deseos de aquel que consiga introducir el pulgar y girar la muñeca 360º. Es relativamente sencillo, aunque hacedlo con cuidado… ¡No os vayáis a dejar ahí el codo!

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EstambulLo que más nos gustó de Santa Sofía es que es posible subir a las galerías superiores, lo que permite tener una panorámica completa de la nave principal. Se accede por una pequeña rampa y, aunque no tiene pérdida, muchos grupos guiados no suben. Suponemos que será por falta de tiempo, pero el caso es que en la parte de arriba hay mucha menos gente y por tanto se está más cómodo. Desde lo alto, como hemos dicho hace un momento, la vista de Santa Sofía es preciosa. Nos paramos casi en cada ángulo, pues nos costaba creernos que estuviésemos allí.

En las galerías superiores están varios de los mosaicos más importantes del edificio. Aunque el más famoso es el de la cúpula (Cristo entronizado junto a un emperador arrodillado), en la galería hay una representación del emperador Alejandro sujetando una calavera que no tiene nada que envidiar. Algunos detalles cuesta encontrarlos, como la marca que señala donde estaba el trono de la emperatriz Irene (suele estar lleno de gente que la pisa, sin saber ni donde está). Por último, nos fijamos en que algunas cruces han superado el paso del tiempo… aunque raspadas, para que no quede duda de que se trata de una mezquita.

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Pasamos mucho tiempo en el interior de Santa Sofía, y aun así en el exterior hubo tiempo para ver (desde fuera) el Mausoleo de Mehmet III, el Mausoleo de Selim II o la Fuente de las Abluciones. Esta última tiene fama de ser uno de los mejores ejemplos de rococó turco, pero lamentablemente estaba en restauración y se encontraba cubierta por una tela. Pese a este último pequeño inconveniente, le damos un diez al edificio. Todo el mundo debería visitar Santa Sofía alguna vez en la vida, no hay duda.

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EstambulTanto estuvimos en Santa Sofía que a la salida, aunque no era la hora de comer, nos picaba un poco el gusanillo del hambre. Como Estambul es una ciudad en la que a cada paso te encuentras con vendedores ambulantes, no fue difícil hacernos con algo. En este caso, con una mazorca de maíz asada: 1.5 liras en total. Riquísima, con sabor a palomitas.

EstambulFuimos comiéndonos el maíz de camino al Museo de Arte Turco e Islámico (Türk ve İslam Eserleri Müzesi), en la otra punta de la Plaza Sultanahmet. Está en el Palacio de Ibrahim Paşa (del siglo XVI) y cuesta entrar 10 liras turcas/persona. Es una referencia obligada en la ciudad, dado que tiene una enorme colección de más de 40.000 objetos.

El museo abarca desde el califato omeya hasta la actualidad, y con la cifra que hemos dado en el párrafo anterior os podéis imaginar la variedad de piezas: sedas, armas, vajillas… ¡Incluso una yurta! Es una exposición interesante, tanto que hace treinta años el museo fue declarado el mejor de Europa. El problema es que desde entonces apenas han introducido cambios, con lo que la cartelería está destrozada y las técnicas museológicas están totalmente desfasadas.

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EstambulLo que nunca cambiará, pase lo que pase, es que una de las mejores vistas de la Mezquita Azul está en el patio central del Museo de Arte Turco e Islámico. De hecho, prácticamente el precio de la entrada está justificado por hacerse una foto como la que veis justo a la izquierda. Hubo que esperar unos minutos, pues se hace en unas escaleritas en las que, obviamente, se para todo el mundo. Por cierto, se nota que era un día futbolero. Esa noche jugaba el Real Madrid contra el Bayern de Munich, y desde la lejanía queríamos apoyar a nuestro equipo.

EstambulAparte del fútbol, estaba claro que era el día del viaje en el que más museos íbamos a ver. Más que nada, porque muy cerquita (cinco minutos andando hacia Topkapi) está el Museo Arqueológico de Estambul (İstanbul Arkeoloji Müzesi), otro sitio de paso obligado si se está en la ciudad. Cuesta 10 liras turcas por persona.

EstambulTiene ya más de cien años (fue inaugurado en 1891) y ofrece una colección importantísima a nivel mundial, ya que tiene fondos procedentes de todo el antiguo Imperio Otomano. Tanto es así que el museo está dividido en varias construcciones: el edificio principal, el Museo del Antiguo Oriente (en la foto de la derecha) y el Pabellón Çinilli.

Empezamos por el Museo del Antiguo Oriente, ya que fue el primero con el que nos encontramos al entrar. Destaca fundamentalmente por la antigüedad de algunas de sus obras, como trozos de las Puertas de Istar (de los cuales habíamos visto las partes más importantes en el Museo de Pérgamo de Berlín, dos meses atrás). También están algunos de los primeros testimonios escritos que se conservan.

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EstambulSin embargo, su principal pieza es el Tratado de Qadesh, una tablilla que supone el tratado de paz más antiguo de la humanidad. Data de 1269 a. C. (aproximadamente) y supuso el fin de las hostilidades entre los egipcios y los hititas. Para nosotros verlo fue muy especial, ya que pasamos muchas horas en la carrera estudiando dicha pieza.

EstambulEl edificio principal del museo fue erigido entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, siguiendo las directrices del arqueólogo Osmán Hamdi Bey. Sin embargo, ha sufrido algunas transformaciones, siendo la más reciente la de 1991 en la cual se amplió hasta cuatro pisos. Más que nada porque los fondos del museo son enormes.

En esta ocasión, si tuviéramos que destacar alguna pieza sin duda sería el Sarcófago de Alejandro, llamada así porque sus bajorrelieves muestran escenas de Alejandro Magno. Fue hallado en 1887, y aunque no está clara su fecha (seguramente en algún momento de la primera mitad del siglo IV a. C.) sus bellas tallas en mármol han fascinado a historiadores, arqueólogos y viajeros en general. Además de esta, hay otras muchas obras importantes llegadas de Anatolia, Tracia y otras regiones. Es imposible hacer un breve repaso, solo podemos recomendaros encarecidamente visitar el museo tanto si sois amantes de la Historia como si no. Es uno de los más importantes del mundo y como tal no debe quedar en el tintero.

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El tercer edificio es el Pabellón Çinilli, cuya obra principal es el Mihrab Karaman. Es el ejemplo más representativo del arte de la Dinastía Karamánida, que controló el sureste de la actual Turquía entre 1256 y 1483. Al margen de eso, en el pabellón hay muchísimos ejemplos de azulejos y cerámicas de origen turco. Fueron el broche de oro a un museo que nos gustó mucho.

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Después del Museo Arqueológico solo teníamos en mente comer. Nos apetecía algo de pescado, así que pusimos rumbo al Puente Gálata. De camino pasamos por la Estación de Sirkeci (Sirkeci Garı), base de los Ferrocarriles Estatales Turcos. Históricamente es relevante porque fue construida como estación de llegada del Orient Express. Se inauguró en 1890, y fruto de esa concepción ha quedado una arquitectura solemne, romántica y con el sabor misterioso del legendario tren.

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El primer día nos habíamos dado un homenaje en la comida, pero en este caso íbamos a probar algo más acorde a nuestro presupuesto: el famoso balik ekmek salata. Se trata de un bocadillo de caballa a la plancha y ensalada (de hecho su nombre significa literalmente eso) que cuesta cinco liras turcas por persona, y que es tan barato como rico. ¡Nos encantó! Eso si, el de la pobre Eri estaba lleno de espinas, como de costumbre. Nos lo tomamos tranquilamente, mirando al mar sin más preocupaciones que el paso del tiempo en un viaje que se acercaba a la mitad. De postre, como manda la tradición, nos compramos un bollito en un puesto ambulante. A una lira turca por persona, oigan.

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Si la mañana había estado dedicada en exclusiva a museos, el protagonismo de la tarde sería para las mezquitas. Teníamos pendiente visitar algunas que no queríamos dejar en el tintero, y estábamos ante la ocasión perfecta de hacerlo. Además empezamos bien cerquita, pues la primera parada fue a solo un par de minutos andando desde el Puente Gálata.

EstambulEstamos hablando de la Mezquita de Rüstem Paşa (Rüstem Pasha Camii), construida a mediados del siglo XVI. Verla desde lejos es fácil, pero entrar resulta algo más complicado: está ubicada en una pequeña terraza, elevada entre tiendas, y su entrada puede pasar desapercibida. Seguid a la gente, pues a cualquier hora hay personas entrando y saliendo.

Pese a estar en una zona privilegiada y haber sido diseñada por el arquitecto imperial Mimar Sinan, es muy modesta en el exterior. El pequeño patio destinado a las abluciones está en mal estado, la entrada no presenta ningún lujo y no vimos precisamente a nadie adinerado por la zona.

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Sin embargo, el interior es otra historia: está todo cubierto con azulejos de Iznik (los mismos que dan nombre a la Mezquita Azul), la sala de oración tiene unos dibujos preciosos y cada ventana tiene mejores cristaleras que la de al lado. En algunas guías la señalan como la más lujosa de la ciudad, pero a nosotros no nos pareció tanto. Una buena visita, aunque no imprescindible.

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Lo que no debe faltar en ningún viaje a Estambul es un paseo por los alrededores. La zona forma parte del barrio del Gran Bazar, el cual visitaríamos al día siguiente, pero no pudimos evitar callejear un poco por unas callejuelas con un aroma que nos recordó muchísimo a los zocos de Marrakech, Essaouira y Rabat.

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Además, no nos dedicamos a caminar sin rumbo, pues nuestros pasos tenían por objetivo llevarnos a la Mezquita de Süleymaniye (Süleymaniye Camii), la segunda más grande de la ciudad. Su silueta es famosísima y aparece en casi todas las instantáneas que se toman del Cuerno de Oro, pero mucha gente no la visita por estar algo retirada. Fue construida en tiempos de Süleyman I el Magnífico, también por el gran arquitecto Sinán, a mediados del siglo XVI. La idea fue hacer un edificio que pudiera competir con el esplendor bizantino de Santa Sofía, lo cual no es poca cosa.

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Pese a que la cúpula se ha derrumbado algunas veces, no fue por errores constructivos sino por incendios o terremotos. De hecho, las proporciones de la Mezquita de Süleymaniye son tan simétricas y racionales como las de los edificios modernos. La altura de la preciosa cúpula es exactamente el doble que su diámetro, y en la actualidad está decorada siguiendo el diseño original tras infinitas restauraciones.

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Solimán no planteó una mezquita sin más, sino que creó una de las mayores instituciones de caridad de la ciudad. Por eso, en los alrededores se puede visitar un enorme cementerio, un antiguo hospital, casas de baños y muchas cosas más. En definitiva, una gran infraestructura que atendía a diario a más de mil necesidados. Sobretodo destacan algunos sepulcros importantes, como la tumba de Roxelana (mujer del sultán) o la propia tumba de Solimán.

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A partir de aquí empiezan zonas menos turísticas, y no pudimos evitar echar un vistazo. Hubo un momento de apuro, pues nos topamos con una especie de redada policial (con derribo de viviendas incluido) en la que el ambiente estaba bastante tenso: decenas de coches de policía, agentes camuflados, mucha gente en la calle… A punto estuvimos de darnos la vuelta, pero ya era tarde para hacerlo y tuvimos que pasar por medio de semejante panorama. Seguimos vivitos y coleando, hasta el punto de que lo recordamos como una experiencia interesantísima ya que nos permitió tomar contacto con una cara de Estambul muy alejada de lo que suelen ver los viajeros.

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De todos modos, reiteramos que nuestros pasos tenían un sentido. En este caso, llegar al Acueducto de Valente (Bozdoğan Kemeri). Construido en el año 368 para abastecer a los palacios y las fuentes de la ciudad, sus 20 metros de altura están hoy perfectamente integrados en la Avenida de Atatürk (Atatürk Caddesi). De hecho, por aquí pasan los autobuses que van y vienen del aeropuerto, por lo que para muchos viajeros (como nosotros) este acueducto supone la primera toma de contacto con el casco antiguo de la ciudad.

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EstambulAl lado del acueducto está la Mezquita de los Príncipes (Şehzade Camii), una de las primeras obras de Sinan. Está dedicada al príncipe Mehmet, que falleció en 1543 en extrañas circunstancias. De hecho, existen toda clase de leyendas relacionadas con este asunto, hasta el punto de que algunas hablan de que el sultán la construyó para expiar la culpa por la muerte de su hijo.

El interior es bastante austero, aunque no por eso nos dejó de gustar. Sin embargo, lo que más nos llamó la atención es que entramos justo en mitad del rezo. No solo estaban abiertas las puertas, sino que pudimos sentarnos al fondo y contemplar los cánticos propios del rito. Nunca habíamos visto algo así -pudimos hacerlo algunas veces más a lo largo del viaje- y la verdad es que nos impactó. Además, hay que decir que no es tan diferente de una misa cristiana, simplemente es otra manera de entender la fe.

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EstambulEl último templo que visitamos ese día fue la Mezquita de los Tulipanes (Laleli Camii), que lamentablemente estaba cerrada. Por lo visto es muy bonita por dentro, pero desde luego su exterior ha perdido la batalla con el tráfico. Está atrapada entre carreteras muy concurridas, y el tráfico con el paso del tiempo ha deteriorado mucho su fachada.

EstambulCon eso terminamos la parte más turística del día, aunque aún quedaba mucho. Volvimos a nuestra amada İstiklâl Caddesi y aprovechamos para distraernos un poco: entramos en una librería, en un enorme Saturn de tres plantas, compramos algunos recuerdos… También aprovechamos para cambiar liras turcas, pues se nos estaban agotando.

Después de echar un rato comprando, fuimos al hotel a ducharnos y a descansar un rato. A las 21:45 hora local empezaba el partido de semifinales de Champions League entre Bayern de Munich y Real Madrid, por lo que fuimos en busca de un sitio para verlo. No fue cosa fácil, pues aunque lo ponían en muchos sitios en todos te obligaban a cenar a precio de oro. No bastaba con tomarse unos refrescos y unos aperitivos, querían meternos un estacazo al que no estábamos dispuestos.

EstambulCuando casi habíamos tirado la toalla, vimos a un señor en mitad de la calle que decía “football… football here…“. No sabemos muy bien como, pero acabamos en un sitio bastante sórdido: un bar improvisado en una buhardilla, con otra pareja extranjera y unos turcos enormes dando gritos. No era el mejor sitio, pero pudimos ver el partido.

El gol en el último minuto no nos dejó precisamente contentos, pero era tarde y algo había que cenar. Estábamos cansados, así que fuimos al sitio de kebabs más cerquita del hotel. Lo interesante de la cena fue que, por fin, probamos el ayran. Se trata de una bebida que causa furor entre los turcos, y que consiste en una especie de yogurt salado. Con ella acompañan casi cada comida. A Eri no le gustó demasiado, pero no fue la única que se tomó Edu a lo largo del viaje.

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Con eso pusimos punto y final a un día larguísimo. Seguían quedando cosas para ver, pero el tiempo cada vez iba más rápido.

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3 pensamientos en “Estambul ’12 – Capítulo V: Museos y mezquitas (día 4)

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  2. Estoy por ir en mayo a Estambul, me sirve mucho leer sus comentarios y tomar nota de sus consejos y experiencia.- Hablo poco ingles, tendre mucha dificultad para entenderme con los turcos? Como crees sera clima ya en mayo? se que Uds viajaron en abril. Gracias desde Mar del Plata, Argentina

    • Hola Patricia! Gracias por tus palabras 😀 No habrá problema en hacerte entender, pues muchos hablan español al ser un país tan turístico. En cuanto al clima, normalmente suele hacer buen tiempo, pero nunca se sabe… Intenta mirar unos días antes de partir para ir bien equipada. Besos y buen viaje!

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