Estambul ’12 – Capítulo IV: Palacio de Topkapi, Cisterna Basílica, Mezquita Azul, Mezquita Nueva y Parque Gulhane (día 3)

Cada vez preparamos menos los viajes. Al principio lo llevábamos todo atado, pero con el tiempo miramos lo básico y dejamos más cabida a la improvisación, la aventura y el placer de descubrir las cosas sobre el terreno. Eso hace todo más dinámico, pero también da cabida a problemillas como el que nos sorprendió este nuevo día: la cagamos. Y bien cagada.

EstambulQueríamos empezar la mañana visitando el Palacio de Topkapi, y en el palacio nos dijeron que lo mejor era coger un bus desde la Plaza Taksim. Allí fuimos, preguntamos al conductor por “Topkapi” y nos dijo que subiéramos… ¡¡¡ERROR!!! ¡¡¡CRASO ERROR!!! Resulta que hay dos sitios distintos: el Palacio de Topkapi, céntrico y turístico; y el barrio de Topkapi, a las afueras de la ciudad.

EstambulCuando llevábamos media hora en el bus la cosa nos empezó a oler rara, sobretodo viendo como no dejábamos de alejarnos del centro. En el autobús había una pareja francesa con la misma cara de susto que nosotros, y juntos llegamos a la conclusión de que estábamos realmente lejos de donde queríamos ir.

EstambulTambién solucionamos el enredo entre los cuatro, pues encontramos el autobús de vuelta y el tranvía que, hora y media después, nos dejó en el Palacio de Topkapi. Suena un poco raro, pero lo pasamos bien perdiéndonos y encontrándonos. A nuestros amigos franceses tampoco se les veía mal, de hecho en un momento de la conversación lo dejó claro: “It’s adventure!“. Eso es.

En conclusión, tardamos el triple de lo que se suele tardar en llegar al palacio. Aun así el recuerdo que ha quedado de esa experiencia es bonita, os recomendamos a todos perderos alguna vez a 3000 kilómetros de casa.

A lo que vamos. Cuando, por fin, nos pusimos a la cola del Palacio de Topkapi (Topkapı Sarayı) pensamos que íbamos a tener que esperar tanto como en Dolmabahce. Sin embargo, la fila avanzaba mucho más rápido y en diez minutos teníamos las entradas (25 liras turcas por persona, más otras 15 adicionales que hay que pagar dentro para acceder al harén) en nuestro poder. Además, la espera se hizo rápida, ya que estuvimos hablando con unos españoles muy simpáticos que acababan de volver de la Capadocia. Estaban visitando a su hijo, de Erasmus en Estambul, y nos contaron algunas cosas chulas sobre la ciudad.

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Justo antes de entrar aprovechamos para leer un poco acerca del lugar, uno de los principales puntos de interés de Estambul. Fue construido al poco de tomar Constantinopla por Mehmet II (entre 1459 y 1465), y hasta 1853 fue el centro de la vida política del Imperio Otomano. Sería más correcto hablar de palacios que de palacio, pues no es un único edificio sino un conjunto formado por distintas construcciones unidas entre sí por patios. Para dar la bienvenida al recinto está la Puerta de la Acogida (Bâb-üs Selâm), cuyas torres fueron adheridas en el reinado de Suleiman Kanuni (siglo XVI).

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Al margen de la pequeña introducción histórica del párrafo anterior, queremos dar unas impresiones generales sobre el palacio. Las tras cosas que más nos gustaron fueron las espectaculares reliquias religiosas (incluyendo pelos de la barba de Mahoma), las excelentes vistas del Bósforo y la abundante cartelería. Como punto negativo hay que decir que está muy masificado, tanto que hay que hacer cola varias veces durante la visita. Nos recordó a la Alhambra de Granada, pues está claro que acogen más visitantes de los que sería conveniente.

Y dicho esto, nada más hacer la cola y comprar las entradas fuimos a… ¡Hacer lo mismo! Gran negocio hacen aquí, pues además de la entrada general hay que comprar tickets para el Harén. Aun así, huelga decir que merece la pena.

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El harén es el mejor ejemplo de la vida palaciega, solo que elevado a la enésima potencia. Concubinas, esclavos, la reina madre, el sultán y sus hijos convivían en medio de todo tipo de lujos y -aunque no tanta como dicen los tópicos- lujuria. En el caso del harén del Palacio de Topkapi, fue construido a fines del siglo XVI por Murat III. En pocos años erigió un sinuoso conjunto de estancias bellamente decoradas: el Salón Imperial, el Comedor de Ahmet III, los Pabellones Gemelos…  Podríamos escribir durante horas sobre lo que vimos en el harén.

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Sin embargo, Topkapi va mucho más allá. Desde el boato del Diván -en el que los visires se reunían- hasta la Biblioteca de Ahmet III -hoy en día sin libros-, pasando por sus infinitos jardines o por sus tesoros. Sobre este punto hay que destacar varias cosas. En primer lugar, el Pabellón de la Capilla Sagrada: donde se guardan algunas de las reliquias más importantes del Islam. Lo más sagrado es todo lo relacionado con Mahoma, que en este caso incluye un pelo de su barba, una huella de su pie en el barro y una carta manuscrita. También hay que destacar el Tesoro, cuya riqueza es difícilmente comparable. La pieza más importante es la Daga de Topkapi, elaborada en 1741 con las joyas más excelentes. Además hay vajillas, colgantes, tronos…

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Uno de los momentos más espirituales, al margen de las reliquias islámicas, fue cuando entramos en una de las muchas pequeñas mezquitas que hay en el complejo. En el edificio no había nadie a excepción de nosotros y un joven recitando el Corán. Nunca habíamos visto nada parecido, y la verdad es que nos llamó mucho la atención.

 

Desde diversos puntos del Palacio de Topkapi hay unas vistas excelentes del Cuerno de Oro, ya que se alza en lo alto del Serrallo, una montañita llena de vegetación. Hay sitios propicios para hacerse una foto (como desde el pequeño Pabellón de Iftariye) y otros en los que simplemente se intuye el mar, a través de una pequeña abertura en la piedra o tras unas cristaleras. En cualquier caso, con el buen día que hacía, era una gozada asomarse y disfrutar con imágenes como esta:

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Además de construcciones concretas y de lo bonito que es el mar, también hay que destacar los objetos individuales: trajes de lujosas telas, porcelanas japonesas o armaduras de guerra son ejemplos de lo mucho que hay que ver en el Palacio de Topkapi. Las mejores manifestaciones artísticas de diferentes épocas y de diversas partes del mundo tienen aquí representación, ya fuera a través de regalos diplomáticos, de botines de guerra o de compras de los sultanes. Hay que ir con los ojos bien abiertos, pues ni en un millón de guías de viaje se podría describir todo lo que hay a la vista.

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En conclusión, el Palacio de Topkapi nos encantó. Sin embargo, las expectativas eran tan altas que el factor sorpresa fue inexistente. Inclusive se podría decir que nos ha quedado un recuerdo más bonito del Palacio de Dolmabahce que de Topkapi, ya que del primero no sabíamos apenas nada hasta que hicimos el viaje.

En los exteriores del palacio hay también muchos edificios interesantes, aunque lamentablemente nos los encontramos cerrados por diversos motivos. Por ejemplo, la Iglesia de Santa Irene (Aya Irini Kilisesi) no estaba abierta por el rodaje de una película o algo parecido. Como curiosidad, es el único gran templo cristiano que no se convirtió en mezquita tras la caída de Constantinopla. Lo mismo nos pasó con la Ceca Imperial (Darphane-i Âmire), aunque en este caso no hay explicación.

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Pese a la fama de Topkapi, la zona tiene otros muchos edificios interesantes. De hecho, concentra los principales atractivos turísticos de Estambul. Es el caso de la Cisterna de la Basílica (Yerebatan Sarnıcı), nuestro siguiente objetivo. También conocido como el Palacio Sumergido, es extraño, pues no es especialmente frecuente visitar una cisterna y salir de ahí pensando que has estado en una construcción paradisíaca. Ahora veremos por qué, pero antes hablemos de lo material: 10 liras por persona, ni más ni menos. La entrada no es gran cosa, e incluso puede pasar desapercibida, pero como en otros muchos casos lo importante está en el interior.

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La Cisterna de la Basílica fue construida en el año 532, durante el mandato de Justiniano, con la intención de abastecer de agua al gran palacio que ocupaba toda la zona de Sultanahmet. Así, se excavó en la tierra un recinto de proporciones grandiosas en el que la parte funcional no hizo que se descuidara la estética. Así, hasta nuestros días ha llegado una auténtica maravilla que vive al margen de la ciudad. El bullicio y el calor del exterior parecen muy lejanos cuando se camina bajo la tierra, escuchando el sonido de las gotas al caer sobre la piedra.

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En la actualidad solo se visita un tercio del total, pues el resto fue tapado en el siglo XIX. Aun así, al fondo del todo es posible ver dos cabezas de Medusa, procedentes probablemente de un templo cuyas piedras fueron reutilizadas aquí. Por todos lados veréis carteles indicando hacia donde hay que ir, así que no tiene pérdida. Hay que bajar unas escaleritas pues las bases en origen estaban cubiertas por agua.

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EstambulLas fotografías son muy bonitas, pero aun así no hacen justicia. La Cisterna de la Basílica fue uno de los monumentos que más nos gustaron de Estambul, por lo que os recomendamos la visita totalmente. Una última curiosidad: los otomanos, desde la toma de Estambul, tardaron casi un siglo en descubrir esta maravilla. Solo lo hicieron al ver a la gente saliendo del sótano con cubos llenos de agua y peces.

Al volver a la superficie solo teníamos un objetivo: comer. Sin embargo, la Plaza de Sultanahmet no es el sitio más indicado, pues todo es carísimo. Al ser el principal foco turístico de la ciudad, todos los restaurantes están pensados para guiris. Aun así es posible comer barato por la zona, pues probamos a alejarnos un poco y encontramos el típico sitio de kebabs con precios normales: dos tavuk, patatas y bebida por 14 liras en total. Como hacía bueno pedimos la comida para llevar, y nos pusimos en un banquito con vistas espectaculares. Comer con Santa Sofía a un lado y la Mezquita Azul a otro es un regalo para los sentidos.

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EstambulDe postre cogimos un bollo en uno de los muchos puestos callejeros que hay por la ciudad. Costó dos liras y ha sido el que más nos ha gustado con diferencia. No sabemos el nombre, pero tiene una textura esponjosa y está relleno como las baklavas. Si estáis en Estambul no dudéis en probarlo, que no os defraudará.

Con el estómago lleno nos dispusimos a afrontar una tarde que prometía mucho. No podíamos visitar Santa Sofía, pues al ser considerada museo ese día estaba cerrada, pero teníamos otros muchos objetivos en mente.

EstambulEl primero de ellos no podía ser otro que la Mezquita Azul (Sultan Ahmet Camii), llamada así por los azulejos traídos de Iznik con los que está decorado su interior. Fue construida entre 1609 y 1616 siguiendo las directrices de Ahmet I, que quería un templo majestuoso como eje de su imperio. Desde luego lo consiguió.

Sus seis minaretes despertaron una agria polémica, pues Ahmet I y su arquitecto fueron acusados de querer competir con la Masjid al-Haram, el principal templo islámico. La disputa se solucionó por la calle de en medio, pues en el templo de La Meca se construyó un séptimo minarete. De eso hace mucho, pero aun así la Mezquita Azul sigue siendo utilizada como templo. Por eso, a la hora de visitarlo hay que tener en mente varias cosas: está cerrada en horas de rezo, no hay que armar follón ya que puede haber gente orando, las mujeres deben taparse la cabeza, hay que descalzarse…

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Aunque hubiera que seguir mil trámites más, seguiría mereciendo la pena. El interior de la Mezquita Azul es precioso, uno de los edificios más bonitos que hemos visitado nunca. Desde las cúpulas y las bóvedas, decoradas con pinturas arabescas, hasta las alfombras del suelo, pasando por todo tipo de detalles. Hay que prestar atención a los azulejos, al minbar de mármol del siglo XVII (utilizado en la oración de los viernes) y, por supuesto, al mihrab que indica la dirección a La Meca.

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Visitar la Mezquita Azul es una experiencia fascinante. El único problema es el olor a pies, pues no olvidemos que hay que ir descalzos, pero al margen de ese pequeño asunto todo es perfecto. Nosotros hicimos como otros muchos viajeros, y nos sentamos en un lado a escudriñar hasta el último rincón del templo. Realmente se podría ver todo en cinco minutos, pero estuvimos casi una hora disfrutando de este magnífico edificio.

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Salimos de la Mezquita Azul con una sonrisa de oreja a oreja, y con muchas ganas de seguir descubriendo las maravillas de Estambul. Lo siguiente era ir al Hipódromo (At Meydan), o mejor dicho a lo que queda de él. Como ya hemos dicho, antiguamente la zona de Sultanahmet era un enorme palacio, y en él se encontraba un gigantesco hipódromo construido por Septimino Severo en el siglo III.

Hoy en día es una gran plaza por la que da gusto pasear, y en la que se suelen hacer eventos culturales durante todo el año. Cuando fuimos para allá había una especie de encuentro entre estudiantes de África y Asia, cada uno enseñando cosas chulas de su país. Fue muy divertido, y pudimos hablar con gente de Marruecos (que escribieron nuestros nombres en árabe), de Palestina, de Irak… Conocimos a gente genial, con la cual hemos intercambiado facebook y seguimos en contacto.

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EstambulEn el Hipódromo hay tres columnas que deben ser destacadas. La primera es el Obelisco Egipcio, erigido originalmente en el año 1500 a. C. en Luxor y traída por Constantino a la ciudad. La segunda es la Columna Serpentina, del siglo V antes de Cristo, traída desde Delfos. Poco se sabe sobre ella, salvo que en el siglo XVIII fue dañada por un noble borracho. Por último, la que peor está es la Columna de Constantino, que ha llegado a nuestros días en un estado pésimo porque la guardia personal del sultán se subía a ella para demostrar su valor.

Llegados a ese extremo volvimos hacia el Palacio de Topkapi, pues en sus alrededores nos habían quedado un par de cosas por ver. Por un lado, la Fuente de Ahmet III (Ahmet III Çeşmesi), que generalmente está considerada la más bonita de la ciudad. Fue construida en la primera mitad del siglo XVIII, y su ornamentación es tan recargada como llamativa. Está cerca de las Murallas del Palacio de Topkapi, así que es fácil encontrarla. Por otro lado, desde la misma fuente sale la Soğukçeşme Sokağı, una calle de lo más peculiar. Está compuesta por casas de madera de estilo tradicional, construidas desde el siglo XVIII. Es una callecita de cuento de hadas, no hay nada parecido en la ciudad.

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En nuestro planning faltaban dos cosas por ver: la Mezquita Nueva y el Parque Gülhane. Lo que más cerca estaba era esto último, pero decidimos dejarlo para el final para ver atardecer desde allí. Andamos de más, pero disfrutamos el doble.

EstambulDe este modo, bajamos hasta abajo del todo. Al lado del Puente Gálata está la enorme Mezquita Nueva (Yeni Cami). Destaca -o al menos así nos lo pareció- por ser la que más ambiente tiene de las que visitamos. La Mezquita Azul, por ejemplo, tiene un cierto toque de circo turístico. Esta es mucho más auténtica.

Fue construida durante el siglo XVII, en unas obras que duraron más de sesenta años. Al final quedó un edificio precioso, en el que cada punto fue cuidado hasta el más preciso detalle. No se escatimó en gastos, y de hecho los azulejos también proceden de Iznik (al igual que la mezquita azul). Mucho ojo con éstos, en especial en el friso del pórtico.

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EstambulVisitar una mezquita suele conllevar un pequeño momento para el descanso y la reflexión. En la calle puede estar lloviendo o con un montón de gente, pero dentro siempre hay un oasis. Por eso, tanto en la Mezquita Nueva como en todas las demás dedicamos unos minutos a sentarnos en las alfombras que cubren el suelo y dejar la mente en blanco.

EstambulLa última cosa que teníamos previsto ver ese día era el Parque Gülhane (Gülhane Parkı), que como ya hemos dicho está en la parte alta de la ciudad. Justo un poco antes del Palacio de Topkapi se ve su acceso, siempre flanqueado por vendedores de todo tipo: bollos, maíz, souvenirs… Más o menos como la entrada al Parque del Retiro.

Este pequeño parque supuso una gran sorpresa. Sabíamos que desde él se podía ver una panorámica muy bonita del Cuerno de Oro, pero en una guía de viajes habíamos leído que estaba bastante abandonado. Nada más lejos de la realidad, pues nos encontramos un parque cuidado hasta el último detalle: limpio, lleno de gente joven y las plantas en perfecto estado. Además, justo en el mes de abril se celebra el Festival Internacional del Tulipán de Estambul, por lo que todo estaba precioso.  

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Dimos un paseo muy agradable y al final acabamos en una especie de colina desde la que se veían los barquitos pasar. Estuvimos bastante rato allí, no solo viendo atardecer sino planificando los siguientes días. Acostumbrados a viajes con un ritmo frenético, en Estambul fuimos bastante más tranquilos y la verdad es que lo agradecimos.

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EstambulCuando el sol ya había caído, pusimos rumbo a casa. Para eso había que ir hasta la parte baja de la ciudad, atravesar el Puente Gálata y coger el funicular. Sin embargo, de camino vimos muchas cosas interesantes, como los ferrys embarcando de un sitio a otro. Puede parecer una bobada, pero impresiona ver a cientos de coches entrando y saliendo del mismo barco.

Además, en Estambul siempre pasan cosas. Caminar sin más, aunque sea sin querer ver nada en concreto, ofrece sensaciones tan dispares como ver un barco zarpar, el bullicio de un improvisado mercado callejero o las magníficas vistas de la Torre Gálata al atardecer.

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Aun así, no hay que olvidar que llevábamos todo el día de un sitio a otro. Estábamos cansadísimos, y eso que solo habíamos llegado a a ciudad dos días atrás. Pero es que Estambul, aunque engancha, es un sitio que desgasta mucho: contaminación, ruido, mucha gente… Ya decimos que es un lugar mágico, pero también muy cansino. Además, los transportes públicos no están muy bien distribuidos y a veces toca darse grandes caminatas.

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Ya de noche llegamos a la İstiklâl Caddesi, donde probamos uno de los platos más típicos de Estambul: el kumpir. Se trata de una enorme patata asada rellena de mil cosas, tantas como le quieras echar. Suele costar 7 liras turcas (bebida aparte), y nosotros la rellenamos de salchichas, cous cous, maíz, remolacha… Con una tuvimos para los dos, ya que era grandísima. ¡Menudo empacho! Esa noche subimos la foto al facebook de Edu & Eri Viajes y dio mucho que hablar.

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La noche terminó con el plan viajero más clásico: duchita, hablar con la familia e ir a la cama. Aún teníamos mucho por delante, pero 48 horas habían sido suficientes para enamorarnos de Estambul. Una de las ciudad que más nos han gustado y de las que más hemos disfrutado.

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