Teruel '11
Capítulo VI: Dinópolis y Sierra de Gúdar (día 5)
Uno de los grandes objetivos de este viaje era visitar Dinópolis, el mayor espacio dedicado a los dinosaurios de toda Europa. Desde que vimos la peli de Parque Jurásico siendo pequeños nos ha fascinado todo lo relacionado con los dinosaurios, y esta visita era obligada en un currículum que ya incluye el Museo del Jurásico de Asturias o la colección de iguanodontes de Bernissart que se encuentra en el Museum des Sciences Naturelles de Bélgica.
Dinópolis está formado por una gran sede, ubicada en Teruel, y varios centros temáticos más pequeñitos distribuidos por toda la provincia: Mar Nummus, en Albarracín; Legendark, en Galve; Bosque Pétreo, en Castellote; Inhóspitak, en Peñarroya de Tastavins; y Región Ambarina, en Rubielos de Mora. Visitarlos todos en un único viaje es imposible debido al tamaño y a las malas carreteras de la provincia de Teruel, pero sí que es factible ver la sede principal y un par de subsedes en un fin de semana.
Que conste: las entradas para Dinópolis son caras. Sólo la sede principal son 24€, más 2€ por cada subsede si se combina con la entrada de Teruel. En nuestro caso este gasto nos lo ahorramos, ya que nos habían tocado unas entradas en un sorteo de la web Viajeros Sin Límite (cuando aún no éramos colaboradores, que nadie piense mal). Precisamente estas entradas son las que hicieron que fuésemos a Teruel en 2011.
Y nada, tras toda esta pequeña contextualización os vamos a contar todo lo que vimos en Dinópolis. En primer lugar, hay que decir que madrugamos para estar allí a primera hora: tanto que cuando llegamos aun no habían abierto. Pese al frío estuvimos dando una vuelta comprobando varias cosas: que de fondo ponen la musiquita de Parque Jurásico, que en el enorme aparcamiento pernoctan muchas autocaravanas, que hay una fuente en la puerta de esas en las que todo el mundo se hace una foto...
Y
nada, cuando dieron las diez nos pusimos en la puerta. Sólo teníamos
delante a una simpática familia de ingleses con la que coincidimos en la
mayoría de las atracciones de Dinópolis. Y es que el parque
paleontológico está enfocado fundamentalmente a público familiar, aunque
cualquier persona aficionada a los dinosaurios disfrutará como en ningún
otro sitio.
Y quizá a estas alturas aun haya gente que se pregunte en qué consiste Dinópolis. Pues básicamente son un conjunto de atracciones didácticas en las que se aborda la paleontología desde distintas maneras: cine en 3D, un museo, obras de teatro, talleres prácticos... De todo un poco, vamos.
Al
entrar se llega a un hall desde el cual se pueden acceder a la mayoría
de las atracciones, ya sean de interior o de exterior. También está la
tienda y una gran cafetería. Importante: no se puede pasar comida a
Dinópolis. Y es una pena, porque aunque para un adulto con una mañana se
ve todo, para una familia hacen falta muchas horas ahí dentro. Estacazo
asegurado en el bar.
Lo primero que vimos fue una atracción llamada Viaje en el tiempo, claramente inspirada en Parque Jurásico. En ella se sube en una especie de todoterreno sobre raíles y se hace un auténtico viaje al pasado, viendo distintos ecosistemas con vegetación de hace 65 millones de años. Por supuesto, los dinosaurios son los protagonistas absolutos, y cada vez que aparece uno los niños gritan entre asustados y felices.
De ahí pasamos a Terra Colossus -un cine en 4D de esos que incluyen olores y movimiento- y a El último minuto, una exposición sobre el proceso de hominización. No era lo que estaba más cerca, pero sí lo más eficiente: en Dinópolis hay que planificarse bien, ya que muchas atracciones tienen horarios fijos (cada hora, un par de veces al día, cada media hora...) y si se va a lo loco puedes perderte algunas cosillas.
Lo
que más nos gustó, con diferencia, fue la famosa Paleosenda.
Se trata de la principal atracción al aire libre y la que más recoge la
esencia del parque, pues ofrece por igual diversión, aspectos didácticos
y mucha interactividad. En ella hay que trepar, excavar, resolver
enigmas... Vamos, que los niños se lo pasan como locos.
Hay muchas sorpresas, como una simulación de excavación paleontológica, un pequeño poblado y un sitio por el que trepar. Al principio fuimos cautos e hicimos el recorrido de los papás, pero al comprobar que había varios adultos trepando y explorando la Paleosenda a fondo... no pudimos resistirnos. Lo pasamos como niños, aunque acabamos con la ropa entera manchada de tierra.
Otros lugares destacados del parque son el Cine en 3D, la sala del T-Rex (que cuenta con muchos medios pero que es la más pobre didácticamente hablando), el Museo Paleontológico y una especie de parque de atracciones. Como os podéis imaginar hay algunas cosas de las que pasamos -no tenía mucho sentido montarnos en los caballitos- pero en general aprendimos muchísimas cosas.
Dinópolis está 100% enfocado a familias con niños pequeños, y ese perfil de público necesitará un día entero para verlo todo. Nosotros con una mañana tuvimos de sobra, y aunque nos gustó mucho también nos decepcionó un poco. Quizá esperábamos algo más adulto, o algo mejor planteado como recurso didáctico.
Comimos en el coche los bocadillos que nos habíamos preparado, y nos dimos cuenta de que aún teníamos todo el día por delante. Sólo habíamos pensado en ir a Dinópolis, pero con todas las horas de sol que quedaban algo teníamos que hacer. Estuvimos mirando los folletos y... voilà! Decidimos darnos una vuelta por dos de las principales localidades de la Sierra de Gúdar: Rubielos de Mora y Mora de Rubielos. Las informaciones que teníamos hablaban de que eran dos bonitos núcleos medievales, así que no pudimos resistirnos.
La primera parada de la ruta vespertina fue en Rubielos de Mora, donde dejamos el coche cerca de las Escuelas. Son dos antiguos edificios que recuerdan los tiempos en los que la educación estaba separada por sexos, y en los que la escuela era un edificio de referencia en el pueblo. Ya hemos visitado anteriormente otras antiguas escuelas -así a bote pronto se nos ocurren las de Soto del Real o las de Rinlo- y nunca nos cansaremos de ver más ejemplos de este tipo.
De
todos modos, la parte más interesante de Rubielos de Mora está dentro de
sus murallas. Tiene un casco antiguo único y muy bien conservado, tanto
que en su momento ganó el premio de la asociación Europa Nostra. Se
accede a él a través de distintas puertas: nosotros lo hicimos por el
Portal de San Antonio, junto al cual estaba uno de los
muchos paneles informativos que vimos por todo el pueblo. Esta gente
sabe como conservar y difundir su patrimonio, pues prácticamente en cada
calle encontramos alguna referencia histórica bien explicada.
Una vez atravesamos San Antonio, empezamos a recorrer las infinitas callejuelas con aroma medieval que componen Rubielos de Mora. En estos casos solemos decir que lo importante es pasear sin rumbo, que el conjunto es lo más bonito. Sin embargo, aunque eso es cierto, este pueblo tiene un patrimonio repleto de edificios destacados. El primero que encontramos fue la Casa Consistorial, en la cual estaba la Oficina de Turismo (aunque cerrada).
En la misma plaza que la Casa Consistorial hay dos casas de la nobleza muy destacadas: el Palacio del Marques de Villasegura, de gran tamaño y con una fachada propia del renacimiento aragonés; y la Casa de los Condes de Creixell, muy diferente al anterior gracias a su inspiración barroca.
Pronto
nos dimos cuenta: no habíamos planificado la visita a Rubielos de Mora,
pero nos estaba pareciendo el pueblo más bonito de los que habíamos
recorrido en este viaje. Muchas veces ocurre eso, que vas a un lugar sin
habértelo propuesto previamente y te encuentras con una joyita que no
olvidarás en la vida.
Íbamos sin mapa, pero es fácil orientarse en una ciudad tan bien preparada para acoger turistas. Así, sin buscarlo, llegamos a la ex Colegiata de Santa María la Mayor, construida por el arquitecto galo Juan Lacambra. Al margen del retablo del Maestro de Rubielos que no pudimos ver por estar el templo cerrado, el exterior ofrece muchas cosas llamativas: una torre-campanario que se ve desde todo el pueblo, dos portadas totalmente distintas, ejemplos de forja...
Tanto
patrimonio hay que incluso la Plaza de Ygual y Gil es
conocida como la Plaza de las Casas-Palacio. En ella se
agolpan la Casa Ygual (también conocida como
Casa de los Leones), la Casa Gascón y la
Casa Vivó. Distintos ejemplos de arquitectura solemne
que se pueden contemplar en un mismo lugar.
Junto
a los paneles informativos, casi en cada calle hay obras del escultor
José Gonzalvo. Hijo predilecto de la villa, ha sido uno de los
principales impulsores de la puesta en valor de su patrimonio artístico.
Su producción toca infinitos temas: tradiciones populares, aspectos de
la vida religiosa, antiguos oficios... Buena iniciativa.
El
otro gran templo cristiano del pueblo es el antiguo Convento de
Carmelitas Calzados. Data del siglo XVII y está hecho en estilo
barroco. Sin embargo, que nadie espere algo muy recargado, ya que tiene
una cierta inspiración clasicistas que dota a la fachada de una gran
sobriedad. Lo realmente sorprendente es que este edificio siga en pie,
pues a lo largo de su historia ha sufrido abandonos, ha sido utilizado
como taller, fue cuartel durante la Guerra Civil... El elemento más
destacado es el campanario, auténtico símbolo de la localidad.
En la misma plaza hay varios palacios y casas solariegas que vuelven a poner sobre la mesa el abundante y bien conservado patrimonio con el que cuenta Rubielos de Mora.
Justo
al final de la misma está el Portal del Carmen, que no
sólo es una estructura defensiva sino que además hace las veces de
capilla. Data del siglo XV -como el portal de San Antonio, que antes no
lo hemos dicho-, y en su cara interior alberga la pequeña
Capilla de la Virgen del Carmen. En 1973 fue sumamente
restaurado, pues estaba en muy mal estado, y en la parte superior se
decidieron simular unas almenas. También se añadió durante estas obras
el excudo de la villa mirando hacia la cara exterior, donde por cierto
hay un parquecito muy mono.
Con eso terminamos la visita al casco histórico de Rubielos de Mora, pero aún quedaba más. En su término municipal está la Región Ambarina, una de la subsedes de Dinópolis. Cada centro perteneciente al Territorio Dinópolis está centrado en un tema específico, y en este caso el protagonista es el ámbar. Dado que son edificios muy pequeñitos las visitas son siempre guiadas, y en este caso fue sólo para nosotros dos. Durante algo más de media hora un paleontólogo nos enseñó un montón de cosas acerca del ámbar y la clasificación de fósiles.
Por
cierto, cada sede tiene una mascota. La de la Región Ambarina es
Polillo, una mariposa tirillas que nos hizo mucha gracia y de la cual
nos habíamos comprado un peluche pequeñito en la sede principal de
Teruel. Polillo es la parte más infantil de la subsede que, por otro
lado, tiene un enfoque mucho más serio que Dinópolis.
Aún quedaba mucha tarde, así que una vez vimos la Región Ambarina pusimos rumbo al cercano pueblo de Mora de Rubielos. No sabemos muy bien a qué se debe que un pueblo y el otro tengan el nombre cambiado, y aunque lo hemos buscado en la red no hemos encontrado nada. Por tanto, sólo nos queda preguntar a lo Mourinho: ¿Por qué?
La primera parada, casi obligada ya que aparcamos en sus faldas, fue en el Castillo de Mora de Rubielos. Data del siglo XIII, está hecho en estilo gótico de tintes mediterráneos, y su elemento más característico es el enorme patio central en el que se distribuyen las estancias. Hay que pagar por entrar, pero merece la pena ya que es muy completo y enseña algunas cosas que no se suelen ver.
Antes
de entrar en materia, también queremos destacar que es el primer
castillo adaptado para personas con movilidad reducida que hemos visto
nunca. Tiene un acceso específico, rampas para moverse entre estancias y
un ala con ascensores para bajar a bodegas y mazmorras. Un diez para los
responsables de esta iniciativa.
Y ahora si, hablemos del castillo. Nos gustó mucho porque el recorrido por su interior no se limita a un paseo sin más por sus estancias, sino que hay mucha tela que cortar. Por aquí y por allá se han montado pequeñas pero interesantes iniciativas: un museo etnográfico, restos de la Guerra Civil, una biblioteca... Se nota que es un lugar muy querido en el pueblo.
Durante la Guerra Civil, y en años sucesivos, el castillo fue utilizado como cárcel. Por ello, en las estancias más húmedas e inhóspitas aún es posible encontrar inscripciones en las paredes de prisioneros. Este es el mejor ejemplo de que no se trata de un castillo medieval sin más, sino de un punto de interés entorno al cual se ha movido la vida de todo el pueblo durante siglos.
Mora de Rubielos es más que su castillo, y por eso una vez lo visitamos bajamos a dar un paseo. El epicentro es la Plaza de la Iglesia, donde por supuesto está la ex Colegiata de Santa María, además de varios edificios que muestran lo mejor de la arquitectura civil.
Hay una segunda plaza importante, la Plaza de la Villa, en la que está la Casa Consistorial. De camino pasamos por la Oficina de Turismo, donde nos hicimos con un mapa para orientarnos un poco por el pueblo. La sensación que habíamos tenido en Rubielos de Mora era la misma que en Mora de Rubielos: sin haberlo planeado estaba siendo de los lugares más bonitos de todo el viaje.
Pasado
el Portal de Rubielos llegamos a las afueras del
pueblo. Allí un sendero comunica con un monte en el que se asienta la
antigua muralla, o mejor dicho los restos de esta. Es un camino que
lleva un rato, pero como luego ofrece unas vistas excelentes no hay duda
de que merece la pena. Vimos a varios del pueblo paseando por allí y
disfrutando del atardecer.
El caminito incluye una especie de via crucis con escenas de la vida de Cristo hechas en cerámica, además de discurrir por la puerta de una pequeña ermita. Además, al llegar al tramo amurallado se puede hacer parte del camino de ronda y entrar en dos torrecillas.
Desde ellas hay una panorámica sensacional del pueblo. El castillo dominándolo todo, los tejados rojizos, la iglesia...
Lo último que hicimos fue pasar a ver la ex Colegiata de Santa María, cuando ya estaba casi anocheciendo. En un primer momento estaba cerrada, pero en la Oficina de Turismo nos dijeron que abría a última hora de la tarde para la misa. Esperamos y... ¡Tachaaaan! ¡Una iglesia abierta! Por dentro es preciosa, así que estuvo bien esperar.
Antes de irnos compramos unos dulces en una de las dos pastelerías que hay en la Plaza de la Iglesia. Algunos nos los comimos de camino y otros volvieron a Madrid con nosotros, haciendo las delicias de nuestra familia. Por cierto, tanto Rubielos de Mora como Mora de Rubielos forman parte del camino del cid: en el primer pueblo nos pusieron el sello en un hotel y en el segundo en la Oficina de Turismo.
La pena de toda esta historia es que ya sólo quedaba un día de viaje...



















































