Provincia de Cuenca '09
Capítulo VIII: Huete, Monasterio de Uclés y Segóbriga
En nuestra última semana en Cuenca hicimos balance de todos los lugares a los que queríamos ir y a los que habíamos ido. Más o menos habíamos hecho una excursión por semana, y en esta octava semana aún nos quedaban tres cosillas por ver... ¿Por qué no juntarlas? Iba a ser una jornada maratoniana, pero nuestros pies estaban entrenados y queríamos cerrar por todo lo alto nuestra etapa conquense.
Pues eso, según salió Eri del trabajo cogimos el coche y en unos tres cuartos de hora nos plantamos en Huete. La localidad, una de las que más se promocionan turísticamente hablando en la provincia de Cuenta, era una visita obligada que, sin embargo, habíamos dejado para el final. A través de Internet nos hicimos con un plano y con unos audios que explicaban los monumentos más importantes de la ciudad. Siempre solemos ir a nuestra bola, pero en este caso nos gustó la idea y quisimos probar como era ir con una audioguía particular.
Dejamos el coche donde pudimos, en una callecita al lado del antiguo monasterio de Santo Domingo de Guzmán. Este imponente edificio, obra del arquitecto fray Alberto de la Madre de Dios, cuenta con una impresionante fachada barroca diseñada por Antonio de Mazas, todo esto en el siglo XVII. Hacía bastante calor, así que a la sombra de un árbol escuchamos el correspondiente mp3. Después estuvimos paseando por la Plaza de San Juan, en uno de los laterales de la iglesia, desde la cual pudimos ver que en algunos tejados había enormes nidos de cigüeñas.
Atravesando la plaza llegamos a la Iglesia Real de San Nicolás de Medina, de inicios del siglo XVIII. Ésta pertenecía al antiguo colegio de Jesuitas, y fue diseñada por los arquitectos Cristóbal de Hernansaiz y Juan de Palacios. Como otros muchos edificios de Huete no está en muy buen estado, pero aun así tiene un "nosequé" que nos encantó. Quizá fuera por la estrechez de las calles o por sus sobrios accesos, pero el caso es que nos gustó mucho esta gran iglesia.
Justo
al lado (tan cerca que está antes, pero no nos habíamos dado cuenta)
está la Casa de los Montalvo. Según la inscripción de
la fachada fue terminada en 1684, aunque está bien conservada. Enfrente
de la casa hay una cabina de teléfonos, la cual, a raíz del auge de las
telecomunicaciones, ya es prácticamente una pieza de museo.
Por cierto, durante el paseo nos topamos varias veces con restos de las murallas de Huete. En este caso, en la imagen podéis ver la Puerta de Medina, el único acceso que se conserva. Parece ser que data del siglo XII y que fue construida tras un asedio almohade. Su función militar está clara por su forma acodada que, en caso de ataque, obliga al enemigo a ofrecer un flanco por el cual es vulnerable.
Si la cruzamos fue porque en la parte alta de la ciudad estaba un edificio que teníamos ganas de ver. En realidad, lo que queríamos ver no era una construcción sino sus restos: los de la Iglesia de Nuestra Señora de Atienza. Este pequeño templo del siglo XIII ha acusado demasiado el paso del tiempo, pero aún conserva el ábside con sus capiteles antropomorfos y sus ventanas ojivales. El edificio estaba en una especie de parque cerrado con una verja, algo que no entendemos y que nos hizo tener que verlo desde lejos. Quizá esté abierto al público, pero como era primera hora de la tarde ahí no había ni un alma.
Y ya que estamos en la parte alta de la ciudad, vamos a echar un vistazo aún más arriba. Al igual que en Cañete, en Huete la ciudad está siempre presidida por restos del antiguo perímetro defensivo. En este caso se trata de una muralla en estado más que ruinoso y del Corazón de Jesús, una estatua que recuerda al Cristo Redentor de Río de Janeiro pero en pequeñito.
Siguiendo con la parte alta, los ojos deben permanecer bien abiertos, aunque esta vez para mirar hacia abajo. Desde aquí hay una bonita panorámica de Huete y de su entorno. El terreno seco y los tejados marrones dan un aspecto medieval a la localidad que hace que merezca la pena subir andando hasta aquí. Sobre gustos no hay nada escrito, y aunque quizá no sea compartido por mucha gente a nosotros nos encanta, siempre que hay ocasión, subir a lo más alto de un sitio para disfrutar de las vistas.
Y aunque desde aquí había unas buenas vistas bajamos para seguir conociendo el interesante patrimonio arquitectónico de Huete. Una de las primeras cosas que encontramos fue los restos de la Iglesia de San Pedro, cuyo mayor esplendor se produjo entre los siglos XV y XVII. Desde el exterior no luce demasiado, aunque se aprecian unas interesantes rejerías. Dimos una vuelta alrededor del edificio para verlo desde diferentes ángulos.
Relativamente
cerca de los restos que os hemos enseñado antes está la Casa de
Almonadid, uno de los muchos palacetes que están distribuidos
por el casco histórico de Huete. Quizá puedan pasar desapercibidos, pero
a nosotros como historiadores nos encanta ir con los ojos bien abiertos
descubriendo blasones, inscripciones, esculturas...
La Casa de Almonadid estaba de camino al Pósito Real, un edificio interesantísimo. Funcionó desde el siglo XVI hasta el XIX, y estaba destinado a almacenar las reservas de cereales. Además, funcionaba como una especie de banco de semillas para los agricultores del pueblo. Es una pena que no se pueda visitar por dentro, ya que es una propiedad privada, pero a pesar de eso su fachada es un auténtico libro de Historia en toda regla. Ésta responde a una reforma que se hizo en 1871, lo cual está indicado con una inscripción. Además, hay tres blasones: dos, a los lados, que son los escudos de Huete; y el central, que es el escudo de los Austrias.
En una calle cercana al Pósito está la Torre del Reloj. Este edificio, adosado a la puerta de Almazán, ha sido tradicionalmente el símbolo de la ciudad. Pertenecía al antiguo ayuntamiento, y la tranquila plaza de su alrededor nos pareció un lugar pintiparado para hacer un descansito, pues el calor estaba siendo muy intenso y la enorme torre nos regalaba unos minutos de sombra. Por cierto, justo detrás de la torre está una pequeña iglesia en ruinas.
Desde la Torre del Reloj cogimos una calle que, después de andar un rato, nos llevó hasta el antiguo Monasterio de Jesús y María. Este monumental edificio fundado por Marcos de Parada en el siglo XVI se ve casi desde cualquier lugar del pueblo. Lo que más destaca es su portada manierista, la cual es una gozada contemplar en detalle. Cuenta con un panel explicativo al lado que ofrece una descripción muy detallada que permite comprender que se está ante una obra de gran importancia, no solo a nivel de Cuenca sino de toda España. Además de esta obra, supuestamente de Andrés de Vandelvira, destaca la Iglesia de Santa María de Castejón.
Y
después de eso llegamos a la gran decepción del día, el antiguo
Monasterio de Santa María de la Merced. El edificio como tal no
tiene ninguna pega, es una obra barroca sencillamente impresionante.
Está en buen estado, y su característica fachada de un orden de rejas y
dos de balcones es todo un icono. Sin embargo, no es oro todo lo que
reluce.
El efecto de esperar muchísimo y encontrar algo que sólo está bien (más o menos lo que nos pasó en Cañete) aquí estuvo multiplicado por cien. En la página web de Huete se publicitan una serie de museos y recursos turísticos más que interesantes, en los cuales sólo encontramos dos cosas: puertas cerradas y desinformación.
En
teoría, en el interior del edificio (muy bonito, por cierto, ya que
buscando y buscando nos lo recorrimos casi entero) se hallan tanto la
Oficina de Turismo como el Museo Florencio de
la Fuente. Habíamos mirado en internet los horarios, y a pesar
de eso nos encontramos que uno y otro estaban cerrados a cal y canto.
Una pena, ya que nos quedamos con muchas ganas. El tema no es que no lo pudiéramos visitar, sino que no es de recibo que se anuncie algo a bombo y platillo y luego no haya nada de nada. Según nos dijo un chico que conocimos después, en Segóbriga, el problema de Huete y el turismo es que se han intentado llevar a cabo un montón de iniciativas para las cuales no ha habido dinero suficiente. Una pena, de verdad.
Pero bueno, dejemos las penas y volvamos al relato. La Iglesia Parroquial de San Esteban forma parte del enorme monasterio, así que aprovechando que sí estaba abierta pasamos a verla. La joya del edificio es un enorme retablo manierista del siglo XVI, en el cual Pedro Muñoz de Aguilar hizo unas pinturas increíbles. De todos modos la visita fue rápida, pues ya estábamos un poco mosqueados por el asunto de los museos cerrados.
Y es que la cosa no hizo más que agravarse cuando intentamos visitar el Museo Etnográfico (en el lateral del Monasterio de Santa María de la Merced) y el Museo de la Fragua (en un edificio que está enfrente del mismo lugar), ambos cerrados y sin ningún tipo de información. Como ya decimos, el problema no es que estuvieran cerrados, sino que se publiciten mucho y que pongan unos horarios en internet que luego no se cumplen. Nos quedamos con las ganas, pero ya volveremos.
Para terminar la visita a Huete, algo decepcionados, pasamos por la Casa de los Linajes (de los siglos XVII-XVII), que conserva los escudos blasonados y el artesonado originales, y por la Casa solariega de los condes de Garcinarro. Ésta, del siglo XVI, sufrió una reforma que cambió su fachada por completo en el siglo XVIII, incorporándose el escudo de José Antonio de Parada Vidaurre de Mendoza. El caso es que esta casona estaba en la misma calle en la que habíamos dejado el coche, pero como habíamos ido hacia la Iglesia de Santo Domingo no la habíamos visto.
Aunque
nos habíamos quedado algo fríos, teníamos muchas ganas de seguir viendo
cosas, pues lo que nos esperaba era el Monasterio de Uclés,
un gran conjunto construido por la Orden de Santiago.
En este sentido, el patrimonio que las órdenes militares han dejado en
España es increíble, como ya pudimos ver en
Calatrava la Nueva (Ciudad
Real).
Llegar fue una auténtica odisea, pues la carretera por la que debíamos transitar estaba en obras y un cartel mal señalizado nos hizo meternos por algo que parecía cualquier cosa menos una carretera. Sin embargo de todo se saca algo positivo, y gracias a ir por aquí tuvimos acceso a unas buenas vistas del monasterio, al cual, por cierto, Edu había ido de pequeño en una excursión con el colegio.
Dejamos el coche cerquita del monasterio, y tras subir unas escaleras nos plantamos ante su impresionante fachada. Como las obras del edificio fueron bastante largas en él se pueden encontrar tres estilos artísticos: plateresco, herreriano y churrigueresco. Después de un buen rato fijándonos hasta en el último detalle nos decidimos a entrar, así que pasamos por caja y nos introdujimos en un auténtico viaje en el tiempo.
Pero
antes de entrar, veamos un poco la historia del lugar. El cerro en el
que está el monasterio ha tenido una función defensiva desde los
celtíberos. En 1174 Alfonso VIII lo conquistó a los
musulmanes, tras lo cual se lo cedió a la Orden de Santiago. Ésta lo
convertiría en el epicentro de sus acciones, por lo que lo convirtió en
un importante centro económico y militar. Tras la reconquista su función
cambió totalmente, por lo que se hizo una tremenda remodelación que lo
cambió por completo. En el siglo XVI se empezaría a construir el
monasterio que hoy vemos, cuyas obras terminaron en el siglo XVIII. En
1836 la Orden de Santiago abandonó el edificio por la desamortización de
Mendizábal.
A
partir de aquí vendrían años convulsos: a inicios del siglo XX el
monasterio pasó a ser un colegio de enseñanza secundaria, después de
agustinos, en 1936 fue saqueado, tras la Guerra Civil pasó a ser una
cárcel... En 1949 recuperó la estabilidad, cuando pasa a ser el
Seminario Menor "Santiago Apóstol" del obispado de Cuenca.
Como habéis visto en las imágenes anteriores, el patio es impresionante. El lugar, conocido como "El Escorial de La Mancha", deja con la boca abierta a cualquier persona a la que le guste mínimamente la Historia. Sin embargo, el interior del monasterio, que recientemente fue utilizado para rodar la película "Alatriste", no se queda atrás. Lo primero que fuimos a visitar fue la iglesia, a la cual se accede por una puerta que tiene justo al lado una placa en honor del poeta Jorge Manrique.
La iglesia del Monasterio de Uclés es simple y llanamente espectacular. Está conservada a las mil maravillas (cómo se nota donde hay dinero y donde no) y decorada con los caracteres de la Orden de Santiago. Hay un rincón en concreto que nos encantó, con una pila bautismal y una puerta bellamente ornamentada. Además, lo bueno que tuvo esta visita es que a pesar de ser un enclave turístico de primer orden a nivel nacional no había nadie, y pudimos pasear e investigar tranquilamente sin ruidos ni esperas.
Para colmo de bienes, la iglesia es un auténtico museo de la Orden de Santiago. Algunas de las antiguas capillas han sido musealizadas, y cada una de ellas aborda distintos aspectos de la región, desde la Prehistoria hasta la actualidad. Evidentemente, la parte de la Orden de Santiago es la que más protagonismo tiene con trajes, armas, estandartes...
La segunda dependencia del monasterio que visitamos fue la sacristía, que en la actualidad se usa como capilla. Su decoración es bastante interesante, gracias a elementos como un aguamanil hecho en jaspe. Aunque esta pequeña estancia luce poco en comparación con la enorme iglesia que acabábamos de visitar, también salimos encantados con el buen aspecto que tenía todo: mobiliario en buen estado, suelo limpio, todo ordenado... Parece mentira, pero son muchos los monumentos que no están cuidados como deberían estarlo.
La tercera parte de la visita es el refectorio, es decir, el comedor. Aunque el mobiliario no tiene mucho interés (las sillas, las mesas y todo lo relacionado con la comida son objetos modernos) cuando levantamos la cabeza vimos la principal atracción de esta estancia: el artesonado. Aunque en España hay muchos artesonados de bellísima factura y probablemente más vistosos (como por ejemplo el de la Iglesia de Santa María la Mayor de Arévalo), la sobriedad monacal también nos pareció interesante.
Después de ver la iglesia, la sacristía y el refrectorio nos dedicamos a curiosear por el resto del monasterio allí donde estaba permitido (algunas estancias son sólo accesibles para miembros del Seminario). A través de la escalera principal (muy bonita, cuyo broche de oro es el lienzo de Antonio González Ruiz que representa la Aparición del Apóstol Santiago en la batalla de Clavijo) llegamos a la planta superior, por la cual estuvimos investigando un buen rato. Cuando nos cansamos volvimos sobre nuestros propios pasos y salimos para pasear por el exterior del monasterio.
Aunque según ponía internet abre todo el día, ahí no se veía mucha gente (toda la visita la habíamos hecho sólos), y de hecho tuvimos la sensación de haber podido hacer la visita de casualidad, pues cuando salimos cerraron las puertas. De todos modos, estuvimos dando una vuelta por los alrededores, aunque ya no estábamos solos, pues había varios señores mayores del pueblo paseando por la zona.
El recorrido alrededor del monasterio es interesantísimo. La fachada recuerda una y otra vez la presencia de la Orden de Santiago a través de cruces, conchas y símbolos diversos. Está en muy buen estado gracias a una restauración reciente, y su sobria e imponente imagen es quizá más característica del monasterio que la propia entrada. El terreno que circunda la construcción es una especie de empedrado que no estaba del todo limpio, pues había algunas latas y algunos plásticos por el suelo. De todos modos, eso no impedía que fuese un paseo más que agradable.
También
hay que destacar que, al tratarse de un enclave netamente defensivo,
ofrece al viajero unas vistas espectaculares. Las pequeñas casas del
pueblo de Uclés, los caminos que se pierden en el horizonte y la
vegetación de la zona crean una panorámica que se ha quedado grabada en
nuestra retina con la etiqueta de "tipical conquensis".
Tras bordear el edificio volvimos al coche. La visita al Monasterio de Uclés había sido increíble, pero aún nos quedaba una cosa más por hacer antes de volver a Madrid: la visita al Parque Arqueológico de Segóbriga, cerca de Saélices (pueblo que, por cierto, tiene todo tipo de restos romanos adornando calles y rotondas). El yacimiento pertenece a la Red de Parques Arqueológicos de Castilla-La Mancha, de la cual ya habíamos visitado anteriormente Recópolis y Alarcos-Calatrava. Al igual que en sus "hermanitos", la visita a Segóbriga consta de un centro de interpretación y del propio yacimiento arqueológico, por el que empezamos debido a que es una visita larga y se podía hacer de noche.
El sendero por el que hacer la visita está claramente delimitado, y aunque en algunos momentos puedes seguir diversos caminos al principio hay una única opción a través de la cual se ve el acueducto (encargado del aprovisionamiento de agua para la ciudad) y una de las diferentes necrópolis situadas alrededor del núcleo urbano. Esta primera necrópolis es de las más importantes, y no sólo cuenta con enterramientos romanos: también hay muchos de época visigoda.
Segóbriga fue una de las principales ciudades de la Península Ibérica, citada incluso por Plinio en sus obras. En la actualidad está considerado por muchos especialistas como el principal yacimiento del centro peninsular, gracias en parte a impresionantes edificios como el anfiteatro. Tenía capacidad para más de 5500 espectadores, y sus restos, muy bien conservados, nos permiten no sólo saltar a la arena sino además conocer de primera mano las gradas y las habitaciones subterráneas en las que se alojaban las fieras.
La ciudad suele ser citada como ejemplo de asentamiento esplendoroso. Por eso hay que prestar atención a sus murallas, de más de 1300 metros de longitud, y a las vistas que hay en todo momento desde el yacimiento. El paisaje conquense, al que ya nos habíamos habituado, nos regalaba una estampa muy similar al de la primera excursión que hicimos a Valeria dos meses atrás. Por cierto, el Parque Arqueológico está en plena expansión, y en la foto de abajo a la derecha podéis ver un recinto en plena excavación que seguramente estuvo destinado a carreras de cuadrigas.
Y desde aquí pasamos a ver los edificios más representativos de la vida política y social en la ciudad romana. En primer lugar nos topamos con el Criptopórtico del Foro y de la Curia, una construcción en origen subterránea (hoy descubierta) destinada a sostener los pórticos que rodeaban al foro. Normalmente era utilizada como archivo de la ciudad. Como es lógico, al lado está el Foro, que ha sido uno de los últimos descubrimientos arqueológicos del yacimiento. Es de gran tamaño, está casi totalmente excavado y data del año 15 a. C., cuando fue realizado en el marco de un programa que quería revestir a la ciudad de una gran monumentalidad. También pudimos ver, en uno de los caminos que salían desde aquí, las Termas del Teatro y el Gimnasio.
Pero para termas importantes en el yacimiento se encuentran las Termas Monumentales, en la parte alta de la ciudad. Datan del siglo I d. C. y en ellas se pueden ver las distintas estancias (palestra, frigidarium, tepidarium, caldarium y laconicum) que componían unas típicas termas para la clase alta. En ellas no sólo la gente se aseaba y se relacionaba, sino que también se decidían buena parte de los asuntos económicos y políticos de la ciudad. Por cierto, al lado está una basílica visigoda.
Para el final de la visita dejamos, aunque podíamos haberlo visitado antes, el Teatro. Es pequeñito en comparación con otros de la Península Ibérica, pero a pesar de eso está espléndidamente conservado. Su punto fuerte es el graderío, que conserva su división original en cunei (para organizar al público en función del estrato social al que pertenecía). El tablado o proscaenium era de madera, así que lógicamente no se conserva, pero si han perdurado otros elementos como el frons scanea (que hacía las veces de torna voz).
Después
de ver el yacimiento pasamos a ver el Centro de Interpretación,
en el cual pudimos disfrutar de un audiovisual que recreaba la ciudad en
su esplendor y de algunas piezas halladas en Segóbriga. Una vez vimos
todo estuvimos charlando un buen rato con el arqueólogo que trabajaba
allí sobre Cuenca, Madrid y sus diferencias.
La
conversación se prolongó tanto que, como veis, se nos hizo completamente
de noche. Siempre es agradable conocer gente, pero en este caso además
de paisano teníamos gustos muy parecidos y nos estuvo contando muchas
cosas sobre Cuenca. Le dijimos que Huete nos había decepcionado un poco,
lo cual no le sorprendió en absoluto.
Con esto se acababa nuestra estancia en Cuenca. Habían sido dos largos meses yendo y viniendo de allí, y aunque todavía nos quedaban dos días más de trabajo esta era la última excursión. A través de las siete salidas que hicimos (prácticamente una por semana) pudimos conocer buena parte de una de las provincias más desconocidas y olvidadas de España. El resultado de estos 61 días han sido que ahora, además de madrileños, también somos un poquito conquenses. ¡Animaos a visitar la provincia, seguro que os gusta!




































































