Provincia de Cuenca '09
Capítulo VII: Arcas, Alarcón, San Clemente, Mota del Cuervo y Belmonte
Este fue, posiblemente, el día más ajetreado de los dos meses que estuvimos en Cuenca. Estábamos decididos a ver la mayor parte de la provincia y cada vez nos quedaban menos días, así que las excursiones se fueron haciendo poco a poco más largas y con más visitas. Eso sí, sarna con gusto no pica, y aunque acabásemos con dolor de pies fueron días para recordar.
Si
en el capítulo anterior fuimos por el norte de Cuenca, esta vez era el
turno del sur. La primera parada estaba a poco más de 10 kilómetros de
la capital: Arcas del Villar. Ya habíamos visto este
pequeño pueblo anunciado en la carretera, y teníamos pensado ir a verlo
porque en él se halla la que posiblemente sea la iglesia románica más al
sur de toda la Península Ibérica.
Dicho templo es la Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora. Conocida coloquialmente como la Iglesia de Arcas, es un edificio bastante interesante que muestra cómo los edificios son seres vivos. Dando una vuelta alrededor de la iglesia se pueden ver distintas capillas añadidas, ventanas tapiadas, piedras de diferentes épocas... Por cierto, aunque la construcción está anunciada en la carretera hay que ir con ojo, porque cuando se llega al pueblo no te dice por donde hay que meterse y nosotros nos pasamos. Arcas es muy pequeño, así que lo mejor es dejar el coche en dónde se pueda e ir caminando hacia esta preciosidad.
Poco más hay que ver aquí, por lo que volvimos al coche para hacer unos cuantos kilómetros hasta nuestra siguiente parada: Alarcón. La primera imagen que se tiene del pueblo es espectacular, más propia de El Señor de los Anillos que de la Mancha. Hay un lugar en el que dejar el vehículo a las afueras y contemplar el paisaje: la ciudad fortificada, el río Júcar, una serie de guarniciones distribuidas por todos los pasos... Lo dicho, es impresionante.
El
coche se deja a unos metros de la Torre de Cañavate,
así que nos acercamos a curiosear. No se puede subir a la torre, y de
hecho aunque se pudiera no sería la actividad más recomendable: no está
en muy buen estado y seguramente su interior esté en ruinas. De todos
modos, es una construcción que impresiona y desde donde hay buenas
vistas.
La
bienvenida a la localidad la da el Castillo de Alarcón,
actual Parador de Turismo. El edificio es célebre, entre muchas otras
cosas, porque en él escribió Don Juan Manuel la mayoría
de su obra. La construcción es de origen árabe, y su gran Torre de
Homenaje (con barbacana renacentista incluida) es su principal seña de
identidad. Yendo en coche paramos a un lado de la carretera para hacer
una fotillo, y, como luego veréis, sería más adelante, durante la visita
a pie al pueblo, cuando entramos dentro a conocer el castillo. Desde
abajo era imposible acceder.
Dejamos el coche en una calle del pueblo, cuando a ojo de buen cubero habíamos calculado que estábamos cerca de la zona en la que queríamos empezar la visita. En esta ocasión nos habíamos hecho previamente con un plano y teníamos las ideas claras. El primer edificio que visitamos fue la Iglesia de la Santa Trinidad, de dos naves: una del siglo XIII y otra del XVI. Su enorme fachada plateresca y su gran torre crean una gran sensación de monumentalidad, la cual se acentúa por estar el edificio en una calle bastante estrecha.
Las
calles "comunes" de Alarcón (las que no tienen monumentos ni nada de
eso) no son muy diferentes de las que hayamos podido ver en otros
pueblos como Cañete o
Priego: estrechas, con
edificios bajos y con el típico toque castellano que es difícil de
explicar. Quizá por la hora que era no había nadie en la calle, lo cual
siempre hace la visita más agradable.
La Plaza de Don Juan Manuel es la plaza mayor de Alarcón, y como veis recuerda la relación del autor de El Conde Lucanor con el pueblo. Como toda buena plaza es el centro neurálgico del pueblo, y aunque el calor hacía que la gente se refugiase en los bares se veía más movimiento que en las calle. Allí pudimos conocer el Ayuntamiento -el antiguo Palacio del Concejo-, la Iglesia de San Juan Bautista -de estilo herreriano- y la Casa Palacio -de estilo barroco popular-. De entre estos tres edificios hay que destacar la Iglesia de San Juan Bautista, donde se encuentran las famosas pinturas murales que Jesús C. Mateo realizó sobre la vida de San Juan y de Cristo.
Eso
sí, no pudimos visitar las pinturas, ya que el turismo de Alarcón es el
que peor está organizado de toda España. La única manera de visitar el
interior de todos los edificios de renombre del pueblo (casi todas las
iglesias incluidas) es a través de unas visitas guiadas que duran dos
horas y que cuestan nada menos que ocho euros por cabeza. Como no
teníamos intención de perder tanto tiempo -la visita no empezaba hasta
una hora después y encima duraba lo que duraba, cuando ya conocíamos
buena parte del pueblo- ni de gastarnos ese dinero -sencillamente es
abusivo, por poner algunos ejemplos cuesta más que visitar
El Escorial o el
Palacio Real de Aranjuez- nos
quedamos con las ganas de ver las cosas. Desde luego, es increíble que
se monopolice el turismo de un pueblo y, lo que es peor, de esa manera.
Una familia como la de Edu, de cinco miembros, tendría que pagar 40
euros... ¿Estamos locos?
En fin, volvamos a hablar de Alarcón y su patrimonio que cada vez que pensamos en ello nos llevan los demonios. Aparte de los edificios de renombre que figuran en los mapas turísticos, en el pueblo hay otras construcciones que son especialmente curiosas. Una de las que más nos gustó fue una pequeña casa cuya fachada ha sido tomada literalmente por la vegetación... ¿Tendrán muchos bichos?
Muy
cerquita de esa casa está el sobrio Palacio de los Castañeda...
o lo que queda de él, mejor dicho. Lo único que se conserva es la
portada, pero es una de las más interesantes de toda la provincia de
Cuenca. Data del siglo XVI nada menos, seguramente es obra de
Esteban Jamete y consta de un arco de medio punto con columnas
a los lados. En la parte superior hay dos escudos de la familia
Castañeda, separados por una mujer en el centro. Como ya os hemos dicho,
solo ha sobrevivido al paso del tiempo la portada, que está integrada en
una fachada posterior.
Al
final de la calle está la Iglesia de Santo Domingo de Silos,
de los siglos XV, XVI y XXI. Básicamente, se trata de un edificio de
inicios de la Edad Media que ha sido recientemente acondicionado -con un
techo hecho con materiales modernos- para ejercer como sala de
exposiciones y sala de conciertos. Desde luego no es una restauración
muy al uso.
El último gran edificio que visitamos fue la Iglesia de Santa María, que es Monumento Nacional desde 1981. Su elemento más destacado es su enorme portada, también obra de Esteban Jamete, que forma una suerte de arco de triunfo. En el interior -aunque no pudimos comprobarlo- se haya un enorme retablo de 1572 con mucha fama en la zona.
Eso sí, antes de abandonar la localidad quisimos ir a ver el castillo por dentro. Como es un Parador no se puede visitar por dentro, aunque nos hicimos los turistas y pasamos a ver el patio de armas -totalmente restaurado-. Se entre o no, es muy interesante acercarse porque desde el castillo, como es lógico, hay unas buenas vistas de todo el entorno. Destaca desde aquí la peculiar Torre de los Alarconcillos, construida por don Juan Manuel, cuya forma no tiene parangón en toda la Península Ibérica.
Con
eso pusimos punto y final a nuestra andadura en Alarcón. La tercera
visita del día fue San Clemente, que no estaba del todo
prevista pero que finalmente quisimos conocer. Dejamos el coche
alrededor de la zona céntrica, justo en la puerta de la Plaza de
Toros. Fue construida en 1908, y a pesar de contar con más de
un siglo está en buen estado.
San Clemente tiene un buen número de conventos, y entrando por esta zona fue prácticamente lo primero que vimos. Así llegamos al Convento de las Madres Carmelitas Descalzas, del siglo XVI. Su fachada de estilo clásico está muy bien conservada. Según nos dijeron en la Oficina de Turismo se puede llamar para que te enseñen el claustro, pero por mucho que lo intentamos no hubo manera. Justo al lado del convento está el Mercado de Abastos, y enfrente de ambos un Monumento a los Portadores de Nuestra Señora de Rus y de Nuestra Señora de los Remedios.
Tal y como hemos dicho hay varios conventos concentrados en la zona. A un par de minutos de ahí hay otros dos: el Convento de las Hermanas Clarisas y el Convento de los Padres Franciscanos (también llamado Convento de los Frailes). Ambos son del siglo XVI -una de las épocas de esplendor del pueblo-, y aunque sus fachadas están en buen estado (mejor la del primer convento que la del segundo) lo más interesante está en el interior. El Convento de las Clarisas esconde un magnífico claustro, mientras que el de los Franciscanos conserva el cuerpo entero de San Faustino mártir.
No solo de conventos vive San Clemente, ya que también hay enormes y lujosos palacios. Primero nos topamos con el Palacio del Señor Marqués de Valdeguerrero, del siglo XVIII, y más adelante con la Casa-Palacio de Osma, del XVII. Ambos palacios comparten en sus fachadas un estilo entre barroco y rococó bastante similar. Por cierto, entre uno y otro edificio pasamos por delante de la Torre Vieja, de la cual hablaremos más adelante.
En
cualquier caso llegamos a la Plaza Mayor de San
Clemente. En todos estos pueblos conquenses siempre hemos señalado el
valor de las plazas como organizadores de la vida de los habitantes de
la localidad, pero este es sin duda el caso en el que más se acentúa
esta costumbre. No solo estaba llena de gente, sino que había varios
edificios destacables.
El
primero de ellos no está estrictamente en la plaza, sino que es una
forma de entrar y salir de ella. Nos referimos al Arco Romano.
El nombre no debe confundir, pues este gran arco tallado en piedra es
del siglo XVII. Quizá lo más interesante del mismo sea que está rematado
por el impresionante escudo de armas de San Clemente.
Quizá
el edificio de más renombre sea el Antiguo Ayuntamiento
del siglo XVI. Es una muestra muy interesante del renacimiento civil
castellano, y está perfectamente conservado. En la actualidad es sede
del Museo de Obra Gráfica de la Fundación Antonio Pérez.
En la derecha del edificio hay una columnilla barroca que funciona como
reloj de sol.
El otro gran protagonista de la plaza es la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol. Durante el siglo XVI la villa creció a partir de este edificio, y en la actualidad sigue siendo una gran referencia. El edificio estaba abierto, así que aprovechamos para verlo pensando que habría misa o algo así... ¡Pero lo que había era un funeral! Como no nos dio muy buen rollo decidimos marcharnos y no explorar demasiado la iglesia.
Los alrededores de la Plaza Mayor también son una pasada, y hay un montón de edificios de renombre: la Casa-Palacio de los Víllora (también conocida como Casa de los Picos), el Pósito, la Casa Piquirroti, la Casa Locutorio, el Convento de Madres Trinitarias... Quizá el edificio que más nos gustó fue la Antigua Cárcel y Puerta de la Inquisición, del siglo XVII. Se trata de una construcción que, a pesar de haber sido reutilizada durante el siglo XX como centro de salud, tuvo un uso muy oscuro: cárcel y sala de la Inquisición. En la fachada tiene el escudo de San Clemente. La pena fue que estaban asfaltando algunas calles del pueblo y todo estaba con el típico ambiente de obras: camiones, zonas cortadas, olor a asfalto, polvo en el ambiente... Y a eso había que añadirle el calor, pues estábamos cerca de los 40 grados centígrados.
Otro
edificio de interés, aunque algo alejado del centro, es la Casa
de la Reina Mora (también conocida como Casa del Patata),
cuyo elemento más significativo es una portada en piedra almohadilla que
tiene dos escudos y, en la zona central, una bonita rejería. Según
cuenta la leyenda, aquí vivió una familia de judíos amiga de Miguel de
Cervantes.
Otro edificio algo alejado de la Plaza Mayor es la Casa de los Acacio, del siglo XVII. Está en muy buen estado porque fue remodelada a inicios del siglo XXI para convertirla en un alojamiento rural, y aun así conserva algunos elementos originales de la fachada. Muy cerquita de ahí está la Ermita de la Cruz Cerrada, también conocida como Ermita de San Roque. En realidad se trata de un conjunto formado por dos elementos, que son los que le dan el nombre: el Humilladero de la Cruz Cerrada y la Ermita de San Roque.
Ya de vuelta hacia la Torre Vieja pasamos por dos rincones que recuerdan la Historia más reciente de San Clemente: la Casa Parroquial de 1977 y una Estatua de Miguel Ángel Ruíz Hondejar, alcalde de la localidad entre 1995 y 1998, con la inscripción "San Clemente es mi gente".
Y,
por fin, llegamos a la Torre Vieja. Construida en 1445
por orden de Hernán González del Castillo, esta enorme torre de planta
cuadrada cuenta con elementos bastante reconocibles de la arquitectura
medieval como almenas o gárgolas. En la actualidad tiene un doble uso:
Oficina de Turismo y Museo Etnográfico de
Labranza. Al final fue todo un acierto esperar, pues la mujer
que allí trabajaba nos atendió de maravilla, nos dio un montón de
folletos -nos preparó una bolsita mientras visitábamos el museo- y nos
estuvo contando curiosidades de la zona.
Según pone en Internet, la entrada al Museo Etnográfico de San Clemente cuesta 2€. Sin embargo, nosotros pasamos gratis. La verdad es que no nos dimos cuenta, y no sabemos muy bien si se nos olvidó pagar, si se le olvidó cobrarnos, ni nos hizo el favor o si simplemente es gratis. En cualquier caso... ¡Qué maravilla de Museo! Ocupa varias plantas alrededor de la torre, y los objetos están agrupados por zonas: cocina, agricultura, otros oficios...
Además, visitar el museo tiene el aliciente de que permite subir a la azotea de la Torre Vieja. Desde aquí se puede contemplar de una buena panorámica de San Clemente, sus tejados y la zona rural que bordea al municipio. Fue un buen punto y final a la visita de este interesante pueblo, que si bien no lo considerábamos una visita imprescindible ahora no podemos hacer otra cosa que hablar maravillas de él, de sus edificios y de su gente.
Con
muy buen sabor de boca llegamos a Mota del Cuervo,
donde queríamos ir a ver sus populares Molinos de Viento.
Es uno de los conjuntos molineros más importantes de España y una de las
paradas obligadas de la Ruta de Don Quijote, lo cual
convierte a esta pequeña localidad en un enclave turístico de primer
orden.
Al igual que otros pueblos castellanomanchegos, Mota del Cuervo trata de hacer suya la popular escena de la obra de Cervantes en la cual Don Quijote confunde los molinos con enormes gigantes. De hecho, el lugar tiene muchas papeletas de haber sido una fuente de inspiración para el escritor de Alcalá de Henares, pues los molinos están a solo 5 kilómetros de El Toboso. Por cierto, de los siete molinos solo uno es original: El Gigante. Éste realiza molienda siguiendo los usos tradicionales el primer domingo de cada mes, aunque cualquier día es bueno para visitar estos molinos ya que en el interior de algunos de ellos hay pequeños museos.
Tras esta breve parada en Mota del Cuervo, cogimos el coche para ir al último pueblo que queríamos visitar ese día: Belmonte. Entre que ya habíamos visto varias cosas y que había mucha carretera de por medio, se nos estaba echando el tiempo encima y tenía toda la pinta de que se nos iba a hacer de noche.
Lo
primero que hicimos fue subir a la parte alta del pueblo con el coche
para ir a ver el Castillo de Belmonte. Fue construido
por Don Juan Pacheco, Marqués de Villena, a mediados del siglo XV,
aunque su aspecto responde fundamentalmente a la reforma que Eugenia de
Montijo realizó en el siglo XIX. Fue una pena no poder visitarlo por
dentro, pero el edificio lleva mucho tiempo sumido en unas ambiciosas
obras de restauración que se han retrasado ya varias veces. De todos
modos tenemos intención de volver, pues nos enteramos de que todos los
años, el primer fin de semana de septiembre, se celebra un mercadillo
medieval en el Castillo y en todo el Cerro de San Cristóbal.
Una
vez estuvimos curioseando por la zona del castillo volvimos a coger el
coche para dejarlo junto a la Puerta de Chinchilla, uno
de los tres accesos que se conservan de las murallas de Belmonte. Está
en muy buen estado en comparación con las otras puertas, y desde luego
da buena cuenta del esplendor que en tiempos tuvo la localidad.
Entrando
por dicha puerta y siguiendo la calle se va a parar a la Plaza
de Enrique Hernández, uno de los puntos de más actividad de la
ciudad. No es la típica plaza del pueblo al uso, pero en ella había
señores mayores, niños con sus padres, jóvenes dándolo todo con sus
motos... Además, este es un buen punto de partida para conocer Belmonte.
En la plaza hay varias cosas que queremos destacar. La primera es la que quizá tenga más lustre: el Convento de los Trinitarios. Este edificio del siglo XV está actualmente siendo usado como centro de salud o centro para mayores (no nos acordamos del todo), así que se puede pasar al patio y curiosear un poco. Eso sí, lo que más nos gustó de la plaza fueron los edificios "anónimos", esos que no vienen en las guías de viaje pero que son perfectos representantes de la arquitectura manchega.
Tal y como hemos dicho, desde aquí se está en buena posición para conocer el resto de la localidad. Subiendo por una de las empinadas calles llegamos a la Iglesia Colegial de San Bartolomé (también conocida como Colegiata de San Bartolomé Apóstol). Este templo gótico es sencillamente impresionante, tanto por lo bien conservada que está (impecable, para ser un edificio del siglo XV) por la belleza de sus portadas. Se puede visitar por dentro, pero como el tiempo pasa a una velocidad pasmosa ya había cerrado. De hecho, se estaba empezando a hacer de noche.
En
cierto sentido, el hecho de que se hiciera de noche no era malo del
todo. Vale que los edificios estaban cerrados y que luego tendríamos que
conducir un buen rato de noche (algo que no nos hacía demasiado gracia
por el cansancio que llevábamos a rastras), pero conocer Belmonte a
oscuras y en silencio también podía ser una experiencia más que
interesante. Las ciudades y los pueblos cambian por la noche, y para
nosotros, que no solemos tener mucho tiempo libre el resto del año, la
sensación de no reparar en el reloj y pasear sin más bajo las estrellas
es muy agradable.
El patrimonio histórico-arquitectónico de Belmonte es increíble. Además del castillo, las murallas y las iglesias hay muchos otros edificios que merecen ser destacados. Por ejemplo, la casa natal de Fray Luis de León, en la cual desde 1955 hay una placa honrando su memoria. El importante escritor humanista nació aquí a comienzos del siglo XVI, lo cual es todo un orgullo para Belmonte. Muy cerquita de su casa está el Teatro Municipal Fray Luis de León, que al igual que en Alarcón aprovecha la estructura de una antigua iglesia para su uso actual.
Callejeando fuimos a parar al Convento de los Jesuitas de Belmonte, del siglo XVII. Lo que hoy queda no es más que los restos del gran conjunto de edificios que fue en su día: el claustro está abierto y ahora es una plaza, la iglesia es un cine, otras dependencias han sido convertidas en oficinas de Correos... Cuando nosotros fuimos se estaba celebrando un concierto de rock, el cual nos acompañó durante buena parte de la visita.
La noche se nos iba echando encima a marchas forzadas, pero a pesar de eso no aceleramos el paso lo más mínimo. Callejear por las estrechas calles de Belmonte estaba siendo como dar un paseo por la Edad Media, así que seguimos en ello mientras íbamos siguiendo el plano que habíamos sacado de Internet unos días atrás. Si a la entrada pasamos por la Puerta de Chinchilla, a lo largo de nuestra ruta también pudimos conocer la Puerta de Monreal, también conocida como Puerta de Toledo. Junto a ella también pasamos por la Puerta de Almudi, con lo que habíamos visitado las tres puertas que todavía quedan en pie.
A través de ella llegamos a edificios fascinantes como la Cámara Agraria o el Ayuntamiento de Belmonte. En la misma plaza que la Casa Consistorial hay una estatua de Fray Luis de León, instalada en 2001, que vuelve a recordarnos que el poeta del siglo XVI nació en la localidad. Es una pena que la inscripción de la estatua no fuese colocada correctamente, pues algunas de sus letras ya se habían caído.
Cuando
llegamos aquí el cansancio nos derrotó, por lo que decidimos poner rumbo
a las afueras del pueblo, donde había un edificio que queríamos visitar,
esta vez yendo un poco más deprisa. Nos perdimos unas cuantas veces por
las calles de Belmonte, ya que en algunas ocasiones el mapa no era muy
claro y las calles no estaban bien señaladas.
De
un modo o de otro, no sabemos muy bien cómo, conseguimos llegar a
nuestro objetivo, la Ermita de la Virgen de Gracia o de
Nuestra Señora de Gracia. Es un edificio interesante
del siglo XVII que alberga una imagen gótica de la patrona del pueblo.
No sabemos muy bien que fiesta era, pero el caso es que había un montón
de gente tanto dentro del edificio como en sus exteriores. La imagen era
impresionante, y más para dos personas que no son cristianas como
nosotros. Fue un buen broche de oro a un día interminable de
excursiones.
Al final, más de una hora de coche hasta nuestra casa en Cuenca. ¿Sabéis quién iba roncando y quien conduciendo?
CAPÍTULO VI - Volver a Provincia de Cuenca '09 - CAPÍTULO VIII






















































