Provincia de Cuenca '09
Capítulo V: La Ciudad Encantada y el Ventano del Diablo
Una de las cosas buenas de estar lejos de casa es que la familia te echa de menos, y por eso de vez en cuando vienen a hacerte una visita cargados de amor y tuppers llenos de comida. Una de esas visitas estuvo protagonizada por los padres, los tíos y los primos de Eri, que vinieron a pasar el día con nosotros. Por la mañana les enseñamos la ciudad -siguiendo un itinerario similar al que hicimos en nuestra visita a Cuenca en diciembre de 2008-, pero a la tarde decidimos hacer una excursión... y la elegida fue la más típica por antonomasia: la Ciudad Encantada.
A
algo más de 20 kilómetros de Cuenca, este Sitio de Interés Natural no
solo es la estrella del Parque Natural Serranía de Cuenca,
sino que además es uno de los monumentos naturales más conocidos de la
geografía española. Se trata de un conjunto de formaciones rocosas
calcáreas que, por la acción de la erosión, han definido formas de lo
más extrañas.
Aunque es un lugar que hay que visitar al menos una vez en la vida, está súper enfocado al turismo de la peor manera posible. Para verlo hay que pagar entrada, pero a cambio no te dan ni un triste folleto, te intentan vender de todo y encima dentro la señalización es de cuando los Reyes Católicos (por lo menos).
El
paseo por la Ciudad Encantada dura entre dos y cuatro horas, en función
del ritmo que se lleve y de los descansos que se hagan. Es un recorrido
que no tiene pérdida y en el que merece la pena ir con calma y fijándose
en los detalles. Lo bueno que tiene el lugar es que depende mucho de la
imaginación de cada uno, así que cada visita es única.
La
lista de figuras que la naturaleza ha dibujado es casi interminable. La
más destaca de todas -quizá por ser la que está primero, pero el caso es
que es la que sale en casi todos los folletos turísticos que hacen
referencia a lugar- es el Tormo Alto. Se trata de uno
de esos monumentos naturales con fecha de caducidad -como la
Playa de las Catedrales-
y es idóneo para explicar los efectos de la erosión continuada sobre el
tipo de roca que predomina en la Ciudad Encantada. Da la sensación de
que con un empujón se puede echar abajo semejante mole.
Otro aspecto interesante de la visita es que hay tantos recorridos como personas, y en función de las ganas que se tengan de curiosear se pueden descubrir caminos secretos o pequeños recovecos entre las rocas. Por ejemplo, en la siguiente figura, Los Barcos, hay huecos que permiten pasar de un lado a otro de estas naves de piedra. A pesar de que están casi en la entrada, a estas alturas ya se veía gente descansando a la sombra, porque hacía un calor de narices.
Muchas
de las formaciones de la Ciudad Encantada han adoptado formas de
animales. Una de las más curiosas es El Perro, la cual
nos costó distinguir al principio. Si veis la foto, se trataría de un
can mirando a la derecha que tiene como principales rasgos una gran
oreja y el hocico. En cierto sentido, esta figura esquemática recuerda
mucho a Puppi, el perro hecho
con flores que hay a la entrada del
Museo Guggenheim de Bilbao. Ya
sea con plantas o con rocas, lo cierto es que los humanos tendemos a dar
forma con la mente a todo tipo de elementos naturales.
Al
margen de elementos concretos de este paraje natural, el entorno en sí
es muy bonito. Después de haber vivido dos meses en Cuenca y haber
recorrido a fondo toda la provincia, este tipo de paisaje lo hemos
interiorizado como algo que nos recuerda a esa etapa de nuestra vida.
Quizá no sea tan bonito como el verde del norte, pero a nosotros nos
gusta.
Volviendo
a las figuras, la siguiente que vimos es conocida como Cara de
Hombre. En esta hay que echarle un poco más de imaginación que
en el resto, ya que aunque al final se acaba viendo una cara mirando
hacia la derecha (si se tiene la foto como referencia) el pobre señor no
es muy guapo que se diga: tiene una frente enorme y la cabeza más
cuadrada que Frankestein. Además, si ya de por sí es complicado ver la
cara -sólo se consigue desde un punto de vista muy reducido- los árboles
que hay su alrededor no ayudan precisamente.
En muchas ocasiones, la Ciudad Encantada es una visita divertidísima para los más pequeños y estresante para sus padres. ¿Por qué? Pues porque en muchas rocas existe la posibilidad de subirse a investigar y a buscar una foto curiosa, con el pertinente riesgo de pequeñas caídas. Un buen ejemplo de esto es el Puente Romano, que el pobre está tan deteriorado en su zona central que tuvimos que sujetarlo para que no se cayese.
La
anécdota del día estuvo en La Foca. Esta roca parece el
susodicho animal jugando con una pelota, y es tan fácil verlo que a lo
lejos Edu gritó "¡Mirad, una foca!"... con tan mala suerte de que al
lado había una señora un poco rellenita que se dio la vuelta con cara de
odio. Para colmo, toda la familia lo había oído y tuvimos unas cuantas
risas a su costa.
En
algunas ocasiones, las figuras no son algo que se vea de lejos sino que
se atraviesan por ser parte del recorrido. Por ejemplo, El
Tobogán es un gran pasillo que discurre entre las rocas y
haciendo subidas y bajadas. Además, íbamos acompañados de la foca, por
lo que nos lo pasamos en grande. Aunque fuera hacía bastante calor
-debían ser las 6 ó las 7 de la tarde-, en esta zona se estaba
agustísimo gracias a la sombra, a que corría el aire y a que había un
poquillo de humedad. A pesar de lo que parece Cuenca no es un lugar
especialmente caluroso.
Otro
buen ejemplo de lo que acabamos de decir es El Mar de Piedra.
Edu había estado aquí de pequeño con el colegio, y recordó las
explicaciones de su profesor Dionisio hablando de como se quedaba
embobado mirando a la lejanía y sintiendo las ondulaciones de estas olas
de piedra. Es increíble como algunos momentos de la infancia se quedan
grabados a fuego en la memoria.
Poco a poco el día se fue oscureciendo. No es que hiciese malo, ya que en ningún momento dejamos de ir en manga corta, pero sí es cierto que se posaron unas cuantas nubes sobre nuestro cabeza que parecían bastante sospechosas. El caso es que nosotros seguimos haciendo el camino como si nada, trasteando entre las rocas y buscando nuevas figuras.
Una
de las rocas más espectaculares es la conocida como Lucha entre
el Elefante y el Cocodrilo. Este combate de la naturaleza que
bien podría haber sido el título de una película de Hollywood fue objeto
de debate y de nuevas reinterpretaciones, ya que no ve lo mismo un niño
de diez años que nosotros o que los padres de Érika.
Otro de los elementos que hay que atravesar para seguir el camino es El Convento. Más bien debería llamarse el claustro, ya que el pequeño pasadizo que hay que franquear es lo más parecido a este tipo de construcciones. Sinceramente, en muchas ocasiones hubiera sido mejor no poner nombres: serían bonitas de todos modos y no habría que forzar tanto.
El
paradigma de lo que estábamos siguiendo es lo siguiente: Hongos,
Plaza Mayor y Teatro. ¡Ahí queda eso! Mira que estuvimos tiempo
dándole vueltas, pero ni rastro de todo lo que ponía en el cartel. De
hecho, Eri salió del camino para curiosear y ver si encontraba algo
parecido, pero nada de nada. Lo dicho, a veces es mejor no forzar.
De hecho, no hay ninguna necesidad de forzar. Hay muchas figuras claramente definidas diseminadas por toda la Ciudad Encantada, como las que vimos a continuación: la Tortuga y Los Osos. Esta parte de la visita parece un Faunia en miniatura.
Aquí
también hay tiempo para el amor, gracias a Los Amantes de Teruel.
Esta peculiar pareja -una de las más famosas de España y que siempre
viene acompañada de la coletilla "tonta ella, tonta él"- tiene aquí su
pequeño homenaje en forma de dos rocas que parecen estar inclinándose
para darse un beso. La Ciudad Encantada desarrolla la imaginación.
Con eso terminamos nuestra visita a uno de los monumentos naturales más significativos de la Península Ibérica. Sin embargo, la visita no terminó aquí, ya que en la carretera entre Cuenca y la Ciudad Encantada habíamos visto anunciada una cosa que, aunque no conocíamos, tenía un nombre más que llamativo: el Ventano del Diablo. De vuelta a casa decidimos parar y ver de qué se trataba.
Los
coches se dejan a unos 100 metros del ventano, junto a unos puestos de
souvenirs. Este pequeño monumento natural no es otra cosa que un gran
mirador al impresionante paisaje que el río Júcar ha
tallado a lo largo del tiempo: precipicios, fosas, corrientes de agua...
Luego veréis fotos y os daréis cuenta de que no estamos exagerando.
Aunque las vistas son increíbles, el Ventano del Diablo impresiona por sí solo. Esta roca horadada podría estar perfectamente enmarcada en la Ciudad Encantada, ya que ha sido modelada de forma caprichosa por la naturaleza... o por el Diablo, no se sabe. Desde luego, es un lugar en el que todo el mundo se quiere hacer una foto, y como se puede ver en la nuestra salieron otras dos parejas más inmortalizando su visita.
Lo prometido es deuda: aquí van las fotos de las vistas. Como podéis ver, la panorámica es increíble. Los árboles, las rocas y el río han formado un paisaje lleno de sorpresas, con unos barrancos impresionantes que suelen tener gente escalando que desde arriba se ven tan pequeños como hormigas. Estuvimos un rato mirando el paisaje, aunque no nos demoramos demasiado porque estábamos cansados y la familia aún tenía dos horas de carretera hasta llegar a Madrid.
La
última escena que nos llevamos del lugar fueron las aves rapaces que
sobrevolaban nuestras cabezas. No pudimos verlas tan cerca como en la
Foz de Lumbier, en
Navarra, pero siempre es agradable
estar cerca de la naturaleza y pensar que se puede convivir con ella sin
destruirla. También es agradable pasar un día como este con la familia.
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